ALGUIEN EN LA VIDA

peaje

Siempre soñé con ser un cajero de peaje. De pequeño me envolvía la idea de cobrar por circular y de saber hacia dónde van y a dónde llegan las personas. Ese cubículo inmóvil debía encerrar más secretos que un confesionario, pensaba. Y allí, en la mitad del tiempo de los viajeros, tenía que probar mi suerte.

Nunca fui bueno con los números. Por eso ensayaba los vueltos cuando mi madre me mandaba a comprar una cajetilla de Advance o una bebida de litro a la esquina. Si no lo hacía, si no me entrenaba contando dinero, nunca llegaría a ser alguien importante. Alguien con el poder de decidir quiénes pasan y quiénes quedan en el camino. Pero como soñaba con destacar fui también un buen aprendiz. Si pagaba $800 con mil, decía con entusiasmo “son $200 doña Inés”. Si cancelaba $1.400 con un billete de $5.000 murmuraba “son $3.600, son $3.600, son $3.600”. Y cuando me entregaban el sencillo tal cual lo había imaginado, sentía el mismo orgullo que debió sentir Hawking cuando descubrió los hoyos negros del universo.

Y así me fui puliendo para ser un buen cajero. Las fracciones me costaron mucho. No era de los que andaba por ahí dividiendo el mundo. Prefería los enteritos a los trajes de dos piezas. Pero finalmente lo logré. Dibujando números en mi cabeza, en mi camisa, debajo del colchón, en el espejo ahumado del baño, en la tierra húmeda del invierno y en los labios de una mujer que me enseñó a contar cada beso, entendí que incluso la vida podía ser dividida en pedazos.

Cuando ya supe contar números quise aprender a contar historias. Porque en las carreteras hay que saber contar historias. Y si no sabía yo de aquello no podría ser el cajero que me empeñaba en ser. En el asfalto de las autopistas hay perros muertos, ciclistas, vendedores de su futuro, caminantes de noche y de día, ermitaños que se cansaron hasta de su propia sombra, suicidas, furtivos amantes que aceleran el pulso al ritmo del bocinazo del camionero, mujeres solas, hombres solos, niños adivinando letreros y todo un cruce de llantos y de alegría.

Estuve un año hurgueteando en cada historia. Sentado en una sencilla silla de paja y de madera, veía pasar desde la orilla miles de vidas que iban y venían adelantando al viento y señalizando direcciones. Un pájaro equilibrado sobre los cables de un poste me soplaba quién se aproximaba y qué cosas le avivaban y le ahogaban el alma. Esos, los de la camioneta gris, van a descansar al sur, siete días, me decía. Celebrarán allí el aniversario de muerte de su padre, cazarán conejos y reirán después escupiendo perdigones al escabeche mientras se asoman los recuerdos. Ése otro trabaja por la zona y reza el rosario cuando va y cuando regresa, me cantaba el pájaro al oído. Ya está muerto, por eso reza. Falleció cuando un bus partió su auto en dos. Quiere llegar manejando al cielo, por eso insiste en la carretera.

Cuando ya me sentí preparado, inicié todos los trámites para graduarme de cajero de peaje. Envié mi curriculum y una carta de recomendación (de doña Inés) al Ministerio de Transportes y Urbanismo. Allí debí completar un formulario y poner sobre el papel mi firma y mi huella. Los documentos fueron enviados a la Notaría de Carreteras donde debían acreditar que yo era yo. Y después de un tiempo de investigación confirmaron mi identidad y mi inocencia y me entregaron el diploma que con tinta de aceite y lubricante me acreditaba como “cajero de la cabina número 2 del peaje de Trolladura”, una vía extraviada y de tráfico exiguo, ideal para principiantes.

Llegué allí un día soleado. Esperanzado en mi destino, entré en mi lugar, dejé un sándwich de queso y jamón en una pequeña cajonera y comencé a ordenar, con especial cuidado, los billetes, las monedas y el recibo. Todo como si fuera un rito. Allí donde otros detienen su marcha yo comenzaba mi futuro. Sentí orgullo y satisfacción. Por mí, por mi madre, por ser, al fin, alguien en la vida.

A lo lejos un auto viejo se aproximaba. Iba al volante un hombre joven, moreno, con la vista fija en el frente y los labios un poco tiesos, como señal de concentración y enfado. Lo acompañaba un hombre mayor, con un gorro de lana sobre la cabeza, anteojos gruesos y surcos que recorrían su rostro. Dormía. Y atrás cargaban con su equipaje y con su historia. Buenos días, dije. Buenos días, repitió. Recibí el dinero. Le devolví justamente lo que correspondía. Apreté el botón, y por primera vez, se abrió la valla. Ellos pasaron y yo los vi perderse sobre la última loma de la carretera.


Por Matías Carrasco.

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LOS INDIGNADOS

INDIGNADOS

En una búsqueda rápida por internet encuentro el primer significado de la palabra indignación: “sentimiento de intenso enfado que provoca un acto que se considera injusto, ofensivo o perjudicial”. Desde esta perspectiva, indignarse es una acción de involucramiento, porque algo o alguien nos importa a tal punto que nos cambia el estado de ánimo, nos nubla la vista, o en algunos casos, la vida.

La indignación es una reacción a una justicia engañada, y como son las reacciones, suelta las amarras intempestivamente, como un tsunami, torpe, fuerte, en oportunidades violento y avasallador. Así actúan los indignados. Porque el mundo, el propio o el ajeno, les revuelve los sueños y el alma.

El que sabe de indignaciones grita, levanta la voz, se hace escuchar. Algo quiere decir. Hay un dolor en alguna parte que nos quieren mostrar. Por eso quien se indigna se molesta, se rebela y puede incluso quemarse, desnudarse, destruir o tirar de la mesa para que su verdad sea también develada.

La indignación no sabe de apatía. La indignación no es obediente, sumisa o correcta. La indignación despierta cuando duerme la justicia y vuelve a cerrar los ojos cuando los que sufren encuentran su paz y su consuelo. Por eso atraviesa corazones. Por eso la lucha. Por eso el riesgo de perder incluso la propia historia.

Los indignados, como los poetas, traen ante nuestros ojos un misterio. Descubren frente a nosotros algo que no vemos o que neciamente no queremos mirar. Y lo hacen con vehemencia porque nos resistimos. Y mientras los indignados persisten, otros intentan callarlos, ignorarlos o marginarlos. Es lo que ha pasado en la historia reciente de la iglesia católica chilena.

Quienes se indignaron con los abusos sexuales, las víctimas de delitos clericales, las personas que reclamaban desde Osorno pusieron el pellejo sobre la mesa porque les importaba la justicia. Con ellos, con otros, con la misma iglesia. Pero por años fueron minimizados y ninguneados por la institución pero también por un montón de laicos que prefirió mirar hacia el lado por “no hacerle daño a la esposa de Cristo”.

Por eso pienso que las medidas que está adoptando el Papa, incluidas las expulsiones de Karadima y Precht, no son mayoritariamente mérito del mismo pontífice o de la curia en Roma, sino más bien de quienes con porfía y abnegada resistencia lucharon por mostrarnos un escándalo que ha herido y que ha matado tanto.

Es la crónica de la indignación de los violentados y los acallados. Sin ellos y ellas, sin su ira, sin su estruendo, sin las espinas que han clavado la cabeza de la misma Iglesia, el Papa no hubiese afinado su vista y su determinación.

Es la indignación la que nos despertó. Esa que la misma iglesia intentó por años silenciar. Esa que todavía le cuesta valorar. No hay que temerle a los indignados. Ellos y ellas están vivos porque hay algo que realmente les importa y les hace hervir la sangre. Hay que temerle más bien a la uniformidad y al espejismo de lo igual. Esa ordena y adoctrina, pero anestesia y adormece el alma.


Por Matías Carrasco

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OLIGARIO LITERAL

OLIGARIO

Oligario Literal era un hombre bueno. Amaba a quien lo despreciaba y eso bastaba para que en cada esquina niños y jóvenes murmuraran que allí iba andando un hombre bueno. Oligario, como los hombres buenos, era humilde y aunque escuchaba lo que de él se decía no dejaba que los humos se le fueran a la cabeza. Tan bueno no soy, pensaba, y recordaba aquella vez en que mandó matar a un difunto.

Oligario desayunaba tostadas y leche con cereal. Vivía solo. No tanto en realidad. Lo acompañaba una gaviota que había perdido el mar. Y ahí estaba. Oligario y su gaviota que picoteaba los restos que el hombre dejaba sobre la mesa. Quedó solo. Esa es la verdad. Su problema fue que nunca pudo mantener una relación más allá de un saludo. Su mente estrecha y su comprensión literal del mundo lo apartaron y le hicieron ganarse el apodo de “literal”.

Todo en la vida de Oligario tenía exactamente el significado que salía disparado de los labios de cualquier conocido o hijo de vecino. La interpretación no era lo suyo y fue construyendo su realidad tal cual sonaba en el viento y en sus oídos. Fue así como pasó en vela toda una noche intentado hablar con Dios cuando el viejo del almacén le dijo que “nos vemos mañana, si Dios quiere”. Y Oligario Literal, angustiado por la condición que le habían puesto por delante, se esmeró por conocer la voluntad del padre. Y como no respondió, nunca más volvió al almacén y a ver al caballero de ojos hundidos que atendía tras el mesón.

Oligario, que nació en un parto normal y se colgó del seno de su madre hasta los cuatro años, nunca pudo amar a otra mujer. Digo otra porque a su madre la amó tanto que la perdió el día en que ella le confesó que estaba loca de amor por él. Y Oligario, joven en ese tiempo, decidió internarla en el hospital de los que habían perdido la cordura pero no la razón. Lloró como un niño. Nunca más la volvió a visitar.

Oligario era bueno, pero no de fierro. Quiso alguna vez conocer los vicios de la carne y una tarde de invierno se perdió entre las calles del centro y entró en una casa de putas para saber qué se siente cabalgar en un campo de sábanas con una desconocida. Todo iba bien, hasta que la muchacha le confesó que era virgen y él, beato como su abuela, se arrodilló y con sus brazos al cielo alabó con cantos el milagro. Le preguntó por el niño, por Belén, por José y el espíritu santo. Ella, que sabía de soledades, lo escuchó con ternura, lo besó en la frente y se durmieron. Él recostado sobre su vientre con la alegría de haber conocido a la madre de Jesús. El acto nunca se consumó.

A Oligario las semanas se le hacían eternas. Pasaba horas mirando el cielo con la esperanza de ver los días que pasaban volando, como se lo dijo alguna vez su tía Teresa. Nunca vio nada. Solo las nubes que viajaban en fila siguiendo la primavera.

Nada hacía pensar que Oligario terminaría su vida de manera tan drástica. Luego de pasar un mes encerrado en su pieza contando el millón de gracias que le dieron en la feria tras comprar una ollas gastadas, Oligario decidió visitar a un tarotista para mejorar su suerte y su destino. Después de echar las cartas, el hombre que aventura el mañana le prometió a Oligario que lo que buscaba estaba en su corazón. Y Oligario Literal, que ya ansiaba encontrarse con algo o con alguien, esa misma noche tomó un cuchillo, lo clavó en su pecho y sacó de allí su corazón. Luego suspiró, fumó un último cigarrillo, murió, resucitó y volvió a morir.

Nadie supo de su muerte, de su resurrección, de su segunda muerte y de su entierro. Lo metieron en un hoyo como un desconocido y en su lápida escribieron los sepultureros, “que en paz descanse”. Y Oligario Literal, que su mundo lo hizo de puro significado, otra vez hizo caso y descansó toda su muerte en paz.


Por Matías Carrasco.

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FELIZ PRIMAVERA

GRULLAS

La historia es conocida, pero vale la pena ir a buscarla nuevamente y traerla hasta nuestros días. Es el relato de la resurrección de Jesús. Yo prefiero hablar del hombre, el nazareno, el de aspecto sencillo, el pobre y el que vivió las alegrías y avatares de este mundo. El otro, el hijo de Dios, a veces se me pierde entre tantas alabanzas y misterios. Algunos creen y otros consideran su regreso a la vida una fantasía, un invento o una treta para ganarse la fe de los que claman por darle sentido a su existencia. Pero aún así, sabiendo de todo aquello, vale la pena recordar esta historia.

Jesús murió humillado, como un delincuente, clavado en una cruz, a ojos de una madre doliente y de discípulos que lo quisieron, lo siguieron y creyeron en su reino y en su grandeza. Sin embargo el hijo del creador expiraba en el madero sin magias y sin milagros que lo libraran de su hora más oscura. Incluso Pedro llegó a negarlo por no ver en el abatido al mesías, al triunfante, al que conoció y en el que confió su vida.

Imagino a María desolada. Era su único hijo. La veo atravesada por el dolor y el sinsentido. Vacía de tanto llorar a los pies de la cruz. Imagino a sus apóstoles desconcertados, huérfanos y tristes. En Jesús estaban todas sus apuestas y la promesa de un reinado donde no habría más hambre ni sed. Sin embargo, la profecía de una vida mejor terminaría para ellos abruptamente, en un confuso laberinto de miedo, angustia y desilusión.

Pero en medio de las preguntas y la perplejidad que trae la muerte, ocurrió lo inesperado. El primer día de la semana, como rezan las escrituras, la piedra que cerraba el sepulcro había sido removida y el cuerpo de Jesús ya no estaba allí. Fue una mujer o tal vez dos, quienes descubrieron el hallazgo. Ellas, que han parido, saben dar vida y descubrirla aún entre tumbas y epitafios que hablan de muerte y no de existir. Después Jesús se les apareció a los caminantes de Emaús que solo lo reconocieron cuando partió el pan y finalmente se mostró a sus discípulos con sus manos y pies heridos. “Paz a ustedes”, les dijo. Y ellos, después de no creerlo, quedaron alegres y maravillados.

La historia es magnífica. Aunque fuera un cuento, es extraordinaria. Es el triunfo de la vida sobre la muerte. Nos da esperanza cuando no había ninguna. Es un final donde todo comienza. Es el feo y erizado cactus de Neruda que florece aún en medio de las rocas y el oleaje furioso y despiadado. No hay que esperar a morir para ver lo que puede hacer la resurrección.

La vida se vive distinta si uno anda cazando resurrecciones. Si camina con los ojos bien abiertos y el corazón dispuesto podrá encontrar en las esquinas del mundo algún resucitado u otros que pronto lo harán. Les juro que yo los he visto. Han corrido, no se cómo, la piedra de su propio templo y con sus heridas a cuestas han nacido otra vez. He visto mujeres perder un hijo, morir en vida y volver a sonreír. He visto en otra los ojos de la desesperanza, una mirada extraviada, que luego de intentar cavar su propio entierro, ha recuperado el sentido y una historia de valentía y superación. Una vez advertí a una niña que vivió pocas horas pero que trajo a sus padres una mirada clara, sorpresiva y creativa, como queriendo mostrarles un camino nuevo. Hoy la recuerdan en un altar de grullas que les da todos los días la bienvenida. En otras ocasiones vi a una pequeña nacer a los siete años, a hombres y mujeres rehaciendo sus vidas, a otros cambiar, a muchos descubrirse, relaciones que se reparan cuando todo estaba roto o soluciones imprevistas cuando no se veía ninguna salida. He visto pequeñas y grandes resurrecciones. Todas están ahí.

Es esto lo que nos trae esta historia: la promesa eterna de un volver a empezar, la del desierto florido, la de una noche negra que algún día se iluminará. Solo hay que esperar. No es la culpa, los pecados, la norma o la doctrina lo central del mensaje. Es la vida misma que siempre regala una oportunidad más.

La nueva estación que ya llega trae consigo resurrección. Alergias, pero también resurrección. Y hay que estar atentos para descubrirlas y reconocerlas. Las propias y las ajenas. Y como florece un ciruelo, brota también la ilusión – para todas y todos- de una vida nueva. Feliz primavera.


Por Matías Carrasco.

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LA FUERZA DE LO DESIGUAL

bellolio

Cada vez valoro más la diversidad. Y cuando intento explicarlo, no puedo hacerlo desde su misma vereda. Es un término tan usado y tan manoseado, que va perdiendo su propio espesor. Me resulta más fácil hablar de ella, apreciarla y buscarla, desde el otro lado del río, en el mismo cauce de todos los días, donde remoja sus pies idénticos la uniformidad, la antagónica de esta historia.

Podría decirse más bien que cada día repruebo más la uniformidad, esa que nos quiere semejantes en pensamientos, palabras, obras y omisiones. Esa que se disfraza de obediencia, de virtud y de respeto. La misma que nos pide ser iguales para no desordenar la fila, para no hacer lío y para no agitar las aguas de un mar parejo e infinitamente plano.

Es difícil este ejercicio porque hemos sido formados en lo igual. Crecimos en barrios iguales, colegios iguales, compañeros iguales, credos iguales, familias iguales, ideologías iguales y una larga lista que más parece un elogio a la igualdad. Por eso es que nunca ha sido bien visto el cantar fuera del coro, disentir o trazar una raya más allá de las murallas del reino donde todo es afín y parecido.

Seguramente la uniformidad también tiene lo suyo. Por algo existe y ha persistido invisible y honda en nuestra cultura. Sus raíces, tan firmes como profundas, permiten ordenar, controlar y predecir, minimizando sorpresas y el riesgo de lo imprevisto. Y eso puede resultar muy tentador para personas o grupos que disfrutan de algún grado de poder. Así no se mueve ninguna hoja sin que se sepa.

Pero la uniformidad es un espejismo. Debajo de ella late la originalidad del ser humano. Esa que no es igual a nada y que solo viene a ofrecer algo distinto e irrepetible. Pero, en buena parte, todavía se mantiene amarrada a una camisa de fuerza que la oprime, la asfixia y no la deja respirar con libertad. Por eso una opción diferente siempre será amedrentada y emplazada a abandonar el rebaño.

Es lo que pasó hoy con el diputado Jaime Bellolio y su voto a favor de la Ley de Identidad de Género que se aprobó esta tarde en la Cámara. En su intervención, el parlamentario leyó una carta que le habían hecho llegar instándolo a rechazar el proyecto, diciéndole – entre otras cosas- que su votación podría desilusionar o afectar a su madre o poner fin a su carrera política. Apenas surgió la diferencia en la colectividad, otra vez aparecieron como un fantasma las armas del miedo y la amenaza. Seguramente ya se están escuchando por las redes sociales los gritos de “traidor” al díscolo diputado de la UDI.

Pero para ser justos el fenómeno de lo uniforme y el rechazo a lo distinto es transversal. Ocurre en la UDI, en RN, en la DC, en el PC y en el Frente Amplio. Pasa también en las iglesias, en las familias, en los colegios y los lugares de trabajo. Es, a mi parecer, una práctica que empobrece al ser humano. La uniformidad exige y excluye. La diversidad incluye y acepta legítimamente al otro. Es una mirada que invita a una mejor convivencia.

Vuelvo a Bellolio. El diputado felizmente insistió. Valientemente dio su voto a favor de la ley. Entre sus argumentos citó el amor a sus hijos, la compasión, la dignidad, la libertad humana, el derecho de los padres a formar a sus niños y el haber conocido el caso de una niña trans. ¿Qué hizo a Bellolio abandonar la uniformidad de su partido aún sabiendo el trago amargo que eso le traería? Pienso que fue la reflexión. Soltó por unos momentos esa verdad prometida y se abrió a las preguntas y a una búsqueda impredecible, que puso ante sus ojos un paisaje nuevo, de un horizonte ancho y relieves que subían y bajaban con la brutal y hermosa fuerza de lo desigual.

Pagará los costos, pero Bellolio aportó a un Chile más justo, más diverso y más humano.


Por Matías Carrasco.      

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LO INTRANSABLE

INTRANSABLE

Las empresas de servicio definen y gestionan una corta lista de acciones en la interacción con el cliente que permiten entregarle una experiencia diferenciadora y agradable. A estas conductas se les llama “intransables”. Muchas cosas pueden fallar en la relación con el consumidor. Puede que no exista stock suficiente de un producto, que el sistema se “caiga” al momento de pagar o que se acabe la sucralosa en un local de café. Pero no pueden fallar nunca los intransables. En algunos casos será sonreírle al cliente, tratarlo por su nombre o atenderlo en menos de un minuto. En otros, agradecerle su visita u ofrecerle siempre limpiarle el parabrisas de su auto. Los intransables en el mundo del servicio son aquellas cosas que – como dice su nombre- no se transan porque son importantes. Lo más importante.

Traigo esto reflexionando sobre nuestra cultura. Pienso que nos vamos llenando de tareas, objetivos y necesidades, pero se nos van perdiendo nuestros intransables, eso que nos permite siempre volver a lo esencial y a lo que queremos construir y formar en nuestras vidas.

Hace meses, en una ceremonia de inicio del año escolar, el rector del colegio de mis hijos se dirigió a toda la comunidad. Hablo allí de la planificación para ese período, de un nuevo sistema de idiomas y de modalidades para fortalecer la convivencia escolar. Pero no se refirió a lo intransable. No habló de eso que por todas las planificaciones o idiomas del mundo, nunca se puede obviar. No al menos en ese lugar.

Pensaba que perdió (y perdimos) una gran posibilidad. Todo lo que dijo respondía bien a las demandas de nuestra sociedad: cuestiones tácticas, útiles e instrumentales. Un plan que augure buenos resultados, una educación bilingüe que prepare a nuestros hijos para el éxito en una tierra sin fronteras y mecanismos de prevención que combatan el bullyng en las salas de clases. Todo bien. Todo necesario. Pero, ¿qué es eso que no se puede transar en la formación de los niños y adolescentes de ese colegio? ¿cuál es ese espíritu que da forma a todas las iniciativas enumeradas? En definitiva, ¿qué es lo más importante y que no se puede soslayar?

En la industria del servicio los intransables buscan generar una experiencia, para que el cliente vuelva a comprar e idealmente recomiende la marca. Pero en otras dimensiones – como el lugar donde nos educamos, la familia o nuestras propias historias- lo intransable debería tener que ver más bien con el sentido de nuestro quehacer diario. Sería algo así como una brújula que en medio de tantas distracciones nos ayude a encontrar la dirección correcta para volver al centro, para volver a casa.

Pienso en otras instituciones. ¿Cuál es el intransable de la Iglesia Católica? ¿La identidad sexual de sus fieles? ¿Lo que sucede bajo las sábanas? ¿la uniformidad de sus miembros? ¿La opción por los que más sufren? Y la política, tan cuestionada por estos días, ¿cuál es su intransable? ¿la imagen de los partidos? ¿conseguir poder? ¿la posición en las encuestas? ¿el hacer de Chile un país mejor? ¿el bienestar de los ciudadanos?

Los intransables, al igual que en una empresa de servicio, no solo se definen o se declaran. Eso no basta. Hay que poner los medios y adoptar decisiones que permitan orientarlos y vivirlos en el día a día. De lo contrario, si no tenemos claridad de lo que somos y queremos ser – más allá del hacer- nos extraviamos y se nos va desdibujando lo humano. Y ahí está el riesgo y, también, la oportunidad.


Por Matías Carrasco.

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NIÑOS TRANS Y UN PÁIS MÁS HUMANO

trans

Esta tarde el proyecto de ley de identidad de género podría llegar a su fin. La propuesta establece que las personas que presentan una disonancia entre sus sexo biológico y su género puedan cambiar su sexo registral en su cédula de identidad. La iniciativa incluye también a menores de 14 años con la aprobación de ambos padres, informes médicos y acompañamiento de al menos dos años para acreditar seriamente la situación.

Es un asunto complejo que merece ser tratado con respeto y especial cuidado. Pienso que hay dos formas de abordar este tema: desde nuestras creencias y propias ideologías o desde el sufrimiento que puede afectar a quienes viven esta realidad.

En una columna titulada “¡Con los niños no se metan!”, el ex presidenciable, José Antonio Kast, plantea la necesidad de rechazar esta ley basado en el argumento que el cambio de sexo registral obligaría al resto a tratar social y oficialmente a una mujer como si fuese un hombre. La ley no contiene norma alguna respecto del ejercicio del derecho constitucional de la objeción de conciencia para quien, en virtud de sus convicciones más profundas, pretenda hacer frente a dicha imposición” – dice Kast.

La primera pregunta que surge es, ¿quién y cómo lo obliga? Suponiendo que ello fuese cierto, estaríamos aquí en una contraposición de derechos. ¿Cuál pesaría más? ¿El derecho a una persona a forjar su propio destino cambiando su identidad registral o el derecho a un tercero a no sentirse vulnerado en sus convicciones?

Cabría aquí señalar que el rechazo que viven niños, jóvenes y adultos transgéneros, genera en ellos exclusión, marginalidad, angustias y una elevada tasa de suicidios. ¿A quién cabría proteger? ¿A aquél que sufre o aquél que se siente ideológicamente ofendido?

Pienso también en los niños adoptados. ¿Tendrá Kast el mismo problema de tener que aceptar socialmente a un niño como hijo de una mujer aún cuando no lo es biológicamente?   Evidentemente que no. ¿Por qué? Porque lo que realmente irrita a José Antonio no es la supuesta obligatoriedad de aceptar una cosa como si fuese otra, sino más bien avalar una situación que atenta contra su religiosidad. Para un buen sector de la Iglesia Católica el querer cambiar de identidad sexual es un atentado gravísimo a la creación de Dios: “Hombre y mujer los creó”. Sería importante que el ex diputado – amante de la verdad- sincerara su posición.

Visto desde esta manera, lo que tendría que reconocer José Antonio es que quién realmente está intentado imponer su propia visión del mundo y de las cosas sería él – y otros como él- al restringir los modos de vida de otras personas a su propio ideario ético y moral. En su columna Kast no se refiere a ningún argumento técnico ni especializado – válidos, por supuesto- sino simplemente a la “ideologización de la naturaleza humana” y al fantasma siempre presente de “la ideología de género”.

Vuelvo al principio. Este es un tema complejo. Cada uno podrá formarse su opinión. Yo ya me hice la mía. Y siendo de la misma iglesia que José Antonio, estoy a favor de esta ley y de que sean los padres – a diferencia de lo que él piensa- quiénes decidan junto a sus hijos el camino a seguir.

Independiente del resultado de este proyecto en el parlamento, una cosa es cierta: felizmente la realidad trans ha ganado visibilidad, respeto y acogida en buena parte de la sociedad. Y esto, sin dudas, está contribuyendo a un país más justo y más humano para todos.


Por Matías Carrasco.

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