SOMOS WINNERS: RECTIFICACIÓN

En relación a la columna que escribí hace algunos días con respecto al caso de Martín Larraín, quisiera hacer una breve aclaración:

  1. El escrito generó discusión en las redes sociales, recibiendo buenos, malos, medidos y desmedidos comentarios. Pero hubo un punto de vista, quizás el más minoritario, que me hizo pensar y querer rectificar sobre la columna. Y es que algunos planteaban que no era correcto cimentar mi reflexión sobre este único caso, atribuyendo culpabilidad a Martín Larraín, aún cuando los tribunales dictaron su absolución. Y tienen razón.
  1. Recojo el guante y asumo que me equivoqué en este punto, sin ser el centro ni el interés de mi reflexión. A la luz de la información pública con la que contamos gran parte de los chilenos en este proceso yo me formé una opinión. Sin embargo, y con la cabeza más fría, admito que eso no me da el derecho a presumir su culpabilidad, por muy extraño que me haya parecido el fallo. Martín Larraín también tiene derecho a que se presuma su inocencia. Lo pude haber planteado de otra forma.
  1. Tampoco mi interés era sumarme a la seguidilla de mensajes y comentarios destemplados que corrieron a toda velocidad por las redes sociales, sino más bien hacer una reflexión sobre las lecciones que nos dejaba este caso (y sus públicas repercusiones) a un sector de la sociedad. Pero es cierto también que no es sólo por este juicio puntual que en Chile se está incubando una sensación de impunidad e injusticia. Una nueva e equivocada imprecisión de mi parte.
  1. Por tanto, creo justo reconocer lo que a estas alturas me parece un error en el planteamiento de la columna y lamento que eso haya ensuciado el mensaje central que buscaba transmitir.
  2. Con todo, retiré la columna de circulación durante un par de semanas. Sin embargo, para que se entienda de qué estoy hablando y a solicitud de algunos respetuosos lectores,  repongo más abajo el escrito, sólo con pequeños ajustes en su tercer párrafo. El fondo se mantiene.

Esta rectificación que puede parecer a estas alturas impopular, tardía o innecesaria, nace por iniciativa propia y nadie me la ha pedido o me ha invitado a hacerla.

COLUMNA: SOMOS WINNERS

Vivo en Vitacura, la comuna más rica de Chile. Estudié en un colegio particular pagado, de los mejores del país, y mis hijos, por supuesto, también están matriculados en otro de los mejores. Me he hecho de un buen grupo de amigos, y con ello, también de una importante red de contactos. Tengo un trabajo estable, gano bien y disfruto de una vida sin mayores sobresaltos. Pertenezco al grupo de los privilegiados. Y en otros tiempos, podría haber sido yo Martín Larraín o uno de sus acompañantes la tarde del accidente.

Y por eso miro el comentado fallo del Tribunal de Cauquenes con pudor. Porque siento que, matices más o matices menos, soy parte del mismo grupo del hijo del Senador. Porque siento que la indignación de miles de chilenos apunta directamente en esta dirección. Porque creo que la rabia y desazón de la familia del fallecido me interroga y me interpela.

Más allá de este caso, se está incubando una peligrosa odiosidad en Chile ¿Por qué? En parte porque somos nosotros quienes, desde esta vereda, hemos ayudado a alimentar una cultura clasista, simplemente por no querer soltar la teta del privilegio y la seguridad.

Somos pocos, pero a pesar de la pequeña muestra, lo tenemos prácticamente todo asegurado. Gozamos de acceso a la salud privada, sin filas, sin esperas, con servicios de hotelería cinco estrellas. Nos educamos en colegios de elite, con los mismos de nuestra “especie”, sin nada ni nadie que altere el paisaje. Vivimos en las mismas comunas, en los mismos barrios. Compartimos los mismos servicios de alarma e intercambiamos los números de contacto de seguridad ciudadana, para sentirnos a salvo.

Estamos protegidos. Tanto, que incluso la justicia nos pasa por el lado.  Al menos es la sensación que va quedando, evidencia en mano, entre la gente. Y eso no es bueno, no es sano, no es justo, no es, si a alguien le importa a estas alturas, cristiano.

Somos winners. A pesar de tenerlo, lo queremos seguir teniendo todo e inventamos trampas y triquiñuelas para no ceder ni un solo centímetro de nuestra acomodada posición. Vea usted lo que pasa con los impuestos. No nos gusta pagarlos. Simplemente porque no lo encontramos “justo”. Entonces recurrimos a la vieja y generalizada práctica de crear sociedades con el único fin de eludir con elegancia la carga impositiva. Y así, ganamos de nuevo.

Hasta a las nanas les regateamos el sueldo. Ahí también aparece otra de esas malas prácticas, compartidas de generación en generación, de imponerles por el mínimo. Así no más. Ganamos otra vez.

Y cuando uno intenta hablar de estos temas, lo acusamos de resentido o de promover la lucha de clases. Y así triunfamos una vez más y evitamos tocar asuntos que no nos gusta ver porque nos incomodan , nos ponen en evidencia, nos muestran en nuestra cara el amargo sabor de la inconsistencia ¿Alguien podría hacerse el indiferente?

Debo reconocer que sospecho que este apacible nido, que este rincón de seguridades, debe comenzar a dar ciertas concesiones. Algo tiene que cambiar. Nosotros tenemos que cambiar. La sociedad ya no tiene aguante para seguir tolerando un desfile de decisiones injustas que siguen privilegiando a unos pocos. No podemos seguir siendo absueltos sin pagar ninguna consecuencia. De lo contrario, la convivencia entre unos y otros se hará cada vez más difícil, más hostil y violenta.

No sé cómo se hace. Pero hay prácticas que debemos dejar atrás. Miradas que debemos evitar. Murallas que tenemos que comenzar a demoler. Lenguajes que tenemos que cuidar y estilos de vida que revisar. Y lo más importante: entender que la única manera de crear una sociedad más justa es comenzar por ceder parte de nuestros privilegios…y aprender a perder. No hay otra salida.

Feliz Navidad (aunque hoy no sea para todos).

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