LAS VOCES FUERA DEL CORO

coro

El domingo 19 de marzo El Mercurio publicó a página completa, una entrevista a los Obispos de la Iglesia Católica, Fernando Ramos y Santiago Silva, sobre las conclusiones del encuentro que sostuvieron cerca de 29 prelados con el Papa Francisco en Roma.

En esa oportunidad ambos monseñores actuaron como voceros e intérpretes de la postura de Francisco en distintos temas, pero principalmente en aquellos que más han generado ruido y discusión en las alas conservadoras y liberales de nuestra iglesia.

Fue un mensaje tranquilizador para quienes no quieren cambios. Que el objetivo del último sínodo de la familia no era autorizar la comunión a los divorciados. Que el celibato voluntario no está en la agenda. Y que la ordenación de mujeres como sacerdotes “no pasará”. Todo eso se dijo.

Nada nuevo para una jerarquía eclesiástica que, intuyo, no quiere reformas, aunque el mismo Papa haya dado señales públicas (no privadas) en sentido contrario.

Pero lo que más llama la atención es lo que destacado en un apartado del mismo artículo se refería a “las voces que cantan fuera del coro”. Era una advertencia clara y dirigida a quienes, me sumo, han planteado la necesidad de ajustes en nuestras maneras de hacer Iglesia.

“Hay un núcleo teológico y moral claro, desarrollado y preciso, quién se sale de este riel tendrá que cuestionarse si está siendo fiel a su propia identidad de ministro de la iglesia o de laico católico si promueve algo en directa confrontación con la fe” – dicen los obispos. Y esto, detalla la nota, “se refiere a las discrepancias doctrinales que manifiestan abiertamente algunos sacerdotes chilenos y que, afirmó (el Papa), preocupan en Roma”. Y concluyen esta idea – ambos obispos- con un consejo que habría entregado el mismo Francisco en atención a estos temas: “tener siempre actitud de diálogo y actuar siempre si las advertencias no son acogidas”.

Lamentablemente he escuchado antes esta “sugerencia”. La invitación a cuestionarse la pertenencia a la Iglesia Católica a quienes proponen posturas diferentes en términos doctrinales o de disciplina eclesiástica no es una novedad. Y viene de obispos, sacerdotes, religiosas y laicos. Lo he visto y me lo han hecho sentir cada vez que he planteado, por ejemplo, mi deseo de que separados y homosexuales que deciden llevar adelante una vida de pareja con todas las de la ley puedan comulgar. Y tras el anuncio viene rápidamente de vuelta la respuesta: el catecismo es claro, la doctrina también, si no te gusta esta iglesia, búscate otra.

Suena sensato. Pero a mi siempre me ha parecido más a miedo y a chantaje. Miedo a la diferencia. Miedo a hacerse cargo de una realidad difícil y compleja. Miedo a cuestionarse. Miedo a dejar los textos y la ley para adentrarse en los dolores del ser humano, donde ahí todas las preguntas y todos los desiertos caben.

Y chantaje, porque siento que la invitación a preguntarse por “la fidelidad” a la iglesia es mal intencionada y lo único que busca es aplacar la disonancia y amedrentar al que alza su voz fuera de un coro, aparentemente, ordenado y correcto.

Hablo como un laico católico que quiere a su iglesia y se compromete con ella. Pero también como un laico convencido del aporte de las diferencias y admirador de quienes cantaron y seguirán cantando fuera del orfeón.

Yo, con la esperanza de una iglesia más abierta, inclusiva y humana, seguiré desafinando.


Por Matías Carrasco

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LA CIUDAD DE LA FURIA

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Una buena pareja de amigos me contó que habían decidido cambiar de vida e irse al sur. Su sueño es construir una nueva historia entre bosques, lagos y volcanes. Su deseo es dejar atrás la capital y encontrar en otros aires y en otras tierras la quietud y la paz que aquí ya no se asoma. Tras el anuncio, brindamos y festejamos la decisión.

Y es que Santiago se ha vuelto un hervidero. Marzo nos deja en evidencia. Agendas copadas, compromisos, la competencia, la prisa, el sin sentido y la mala onda, sobre todo, la mala onda.

Estamos siendo testigos y protagonistas de una ciudad enfurecida. La agresividad se ha tomado las calles, la política, el trabajo y los medios. Abunda la intolerancia y la prepotencia. El bullyng ya no es solo cosa de niños o adolescentes. Se ven peleas más cruentas, ofensas más crueles y jugadas más sucias entre adultos, dicen, de educación privada y criterio formado.

Odio hay por todas partes. Algunos odian a Bachelet. Otros odian al candidato. Odiar se ha vuelto un gusto y una práctica amarga, de pronóstico desconocido. Hasta el humor, otrora bálsamo a nuestros avatares del día a día, hoy se ha convertido también en una vitrina para el odio y la descalificación. Denostar a personajes públicos es la panacea para arrancar sonrisas y carcajadas. Burdo y simplón, pero efectivo.

Santiago se ha vuelto una ciudad sospechosa. Nadie confía en nadie. Cualquiera se atribuye el derecho a echar a correr la bolita del descrédito, sin importar si lo que dice, comparte o repite es cierto o no. Cualquier cosa, hasta la más insignificante, puede encender todas las alarmas. Nos hemos convertido en un pueblo copuchento, lleno de rumores y conventilleo. Y en eso hacemos daño. Sin querer, hacemos daño.

La furia también está acunando cobardía. Es tanta la vehemencia y tan fuerte la resaca que se desata tras un contrapunto que pocos son los que se animan a decir realmente lo que piensan. He visto, en reiteradas veces, personas que dicen una cosa en privado y callan cuando frente a un whatsapp masivo o una conversación social llega su turno para decir lo que siente en su cabeza o corazón. Pocos están dispuestos a exponer su diferencia. Y eso no es bueno para Chile.

Santiago está gris y fome. Las mismas frases se repiten en las mismas esquinas. Las mismas opiniones se acumulan en los mismos lugares. Las mismas radios se escuchan de un lado. Los mismos diarios se leen del otro. Escasean verdaderos espacios de reflexión y el ánimo de compartir con respeto y altura de miras nuestras preguntas y convicciones más profundas. Hoy somos tan predecibles como el día después a una noche de lluvia. Algo tiene que cambiar.

Es cierto. No es solo Santiago quién aviva la cueca de un Chile alocado. Quizás en la capital se acentúen todos sus males. Tal vez el deseo de arrancar al sur sea la fantasía de encontrar allá el alma de un país que hemos perdido. Ojalá mis amigos la encuentren a la orilla de un lago, acurrucada en los brazos de un coihue desconocido.

 


Por Matías Carrasco.

 

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