LA CIUDAD DE LA FURIA

santiago

Una buena pareja de amigos me contó que habían decidido cambiar de vida e irse al sur. Su sueño es construir una nueva historia entre bosques, lagos y volcanes. Su deseo es dejar atrás la capital y encontrar en otros aires y en otras tierras la quietud y la paz que aquí ya no se asoma. Tras el anuncio, brindamos y festejamos la decisión.

Y es que Santiago se ha vuelto un hervidero. Marzo nos deja en evidencia. Agendas copadas, compromisos, la competencia, la prisa, el sin sentido y la mala onda, sobre todo, la mala onda.

Estamos siendo testigos y protagonistas de una ciudad enfurecida. La agresividad se ha tomado las calles, la política, el trabajo y los medios. Abunda la intolerancia y la prepotencia. El bullyng ya no es solo cosa de niños o adolescentes. Se ven peleas más cruentas, ofensas más crueles y jugadas más sucias entre adultos, dicen, de educación privada y criterio formado.

Odio hay por todas partes. Algunos odian a Bachelet. Otros odian al candidato. Odiar se ha vuelto un gusto y una práctica amarga, de pronóstico desconocido. Hasta el humor, otrora bálsamo a nuestros avatares del día a día, hoy se ha convertido también en una vitrina para el odio y la descalificación. Denostar a personajes públicos es la panacea para arrancar sonrisas y carcajadas. Burdo y simplón, pero efectivo.

Santiago se ha vuelto una ciudad sospechosa. Nadie confía en nadie. Cualquiera se atribuye el derecho a echar a correr la bolita del descrédito, sin importar si lo que dice, comparte o repite es cierto o no. Cualquier cosa, hasta la más insignificante, puede encender todas las alarmas. Nos hemos convertido en un pueblo copuchento, lleno de rumores y conventilleo. Y en eso hacemos daño. Sin querer, hacemos daño.

La furia también está acunando cobardía. Es tanta la vehemencia y tan fuerte la resaca que se desata tras un contrapunto que pocos son los que se animan a decir realmente lo que piensan. He visto, en reiteradas veces, personas que dicen una cosa en privado y callan cuando frente a un whatsapp masivo o una conversación social llega su turno para decir lo que siente en su cabeza o corazón. Pocos están dispuestos a exponer su diferencia. Y eso no es bueno para Chile.

Santiago está gris y fome. Las mismas frases se repiten en las mismas esquinas. Las mismas opiniones se acumulan en los mismos lugares. Las mismas radios se escuchan de un lado. Los mismos diarios se leen del otro. Escasean verdaderos espacios de reflexión y el ánimo de compartir con respeto y altura de miras nuestras preguntas y convicciones más profundas. Hoy somos tan predecibles como el día después a una noche de lluvia. Algo tiene que cambiar.

Es cierto. No es solo Santiago quién aviva la cueca de un Chile alocado. Quizás en la capital se acentúen todos sus males. Tal vez el deseo de arrancar al sur sea la fantasía de encontrar allá el alma de un país que hemos perdido. Ojalá mis amigos la encuentren a la orilla de un lago, acurrucada en los brazos de un coihue desconocido.

 


Por Matías Carrasco.

 

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3 thoughts on “LA CIUDAD DE LA FURIA

  1. Fernando Paredes dice:

    estimado Matías, algo le pasa a mi celular, a mi PC ó a mí. estoy realmente interesado en recibir tus artículos y a pesar de haberme inscrito, nunca me ha llegado nada de nada. De vez en cuando el reenvío de un amigo me pone frente a un articulo tuyo y yo – ingenuo – vuelvo a alegar. Un abrazo Fernando Paredes Vidal Nanyfer1931@gmail.com

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  2. Yo amo esta ciudad, la encuentro cada día más desafiante. La encuentro histérica, neurótica, media violenta y llena de humo. Pero la amo. La amo porque es desafiante… porque no se anda con tonteras… es clarita… es directa… es llena de autos y llena de gente y llena de todo. Es lo mejor y lo peor de todos los que vivimos acá. Ahora está llena de inmigrantes.. cosa maravillosa… el metro es una especie de parlamento ultra democrático… y no olvidemos la cordillera… Esa si que es contención…La amo. Hay algunos que le dicen Santiasco… Dios, para mi siempre será Santiago del nuevo extremo. Y bueno… igual voy al sur… voy a descansar de Santiago. Abrazo querido Matías.

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