POR ESO LLORAN

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Lloran los medallistas de los Juegos Panamericanos. Es que han sido años de esfuerzo y sacrificio, repiten con la voz quebrada. Por eso lloran. Porque al fin, después de tanto, de las madrugadas, del frío, de las lesiones, de sentirse solos, de saberse ignorados, del fracaso, de las pellejerías, de los viajes, de la exigencia y de un persistir monótono y porfiado, han recibido su premio. Por eso acarician sus medallas, mientras les tiembla la pera. Saborean el triunfo, el logro, el éxito, pero sobre todo, la felicidad.

Lo suyo no es un chispazo ni un azar. Es la cosecha de una siembra que debió lidiar con la tierra, el clima y los pájaros pedigüeños. Seguro lloraron antes. Pero de rabia, de frustración y de injusticia. ¿Cuántas veces habrán pensado en abandonar sus carreras? ¿Cuánto aguantaría uno dando vueltas en un circuito que nadie ve, que nadie reconoce y sin ningún solo like? Pero allí estuvieron los que patinan, los que reman, los de las bicicletas, los que andan sobre el agua, los que luchan, los que golpean una pelota, los de buena puntería y los que levantan decenas de kilos, porque saben cuánto pesa la vida. Han caminado mucho antes de llegar al podio. Por eso lloran.

No es la felicidad de una buena selfie o de un tweet compartido. No es la rápida ni la instantánea. Es la que se recorre, la que se anda a pie pelado, la que se empina y la que cae, a la que cuesta llegar. Es el deseo que debe ser conquistado. Como dice el siquiatra, Ricardo Capponi en el libro Felicidad Sólida, es la felicidad que se pedalea.

Es una mala noticia. Al menos, una nota agria para quienes piensan que la felicidad puede ser transitada en una autopista pavimentada y sin desvíos. Pero la felicidad es con llorar. Ahí está la prueba. En los medallistas de ojos aguados.

Vale la pena leer a Capponi. Pone un contraste en una sociedad que no quiere ver contrastes. Solo por eso es importante tomárselo en serio.   De acuerdo a su mirada, la felicidad no estaría en el lado brillante de la luna – en donde muchos buscamos (tal vez porque hay luz)- sino en la oscuridad de nuestras emociones negativas. Quien logre lidiar, elaborar y depurar la rabia, la tristeza, el miedo, la angustia, la culpa, la repugnancia y el aburrimiento, estaría más preparado para la vida y la felicidad. Por el contrario, quienes intenten ignorar o negar los achaques de la existencia, correrían el riesgo de perder la carrera, el podio y las medallas.

Ellos y ellas lo saben. Mascaron lauchas antes de mascar el oro, la plata y el bronce. Por eso lloran. Pero también lo hacen por gratitud. Agradecen a sus familias y a quienes estuvieron alentando, inclaudicables, en lo luminoso y en las penumbras. Y ahí hay que estar. Abrazando al cabro pataletero. Conteniendo los embistes del adolescente. Acogiendo el malestar de quien amamos. Enseñando, al fin, que la noche también alumbra y que aún con ira, dolor, frustración o miedo, hay algo, hay alguien, hay un vínculo inquebrantable. ¿Qué más se puede pedir?

Es difícil pensar en esto en la época de lo inmediato, de los atajos y en la ilusión de una vida sin repliegues. Quizás por eso el llanto de los campeones aparece como una flor en el desierto. Como advirtiéndonos de algo. Como un anuncio que debemos atender: también llora la felicidad.


Por Matías Carrasco.

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Papá

olivetti

El mismo día que mi padre perdió el trabajo, comenzó a escribir. Rescató de la bodega una máquina Olivetti y levantándola sobre sus hombros la mostró como un trofeo. Ésta nos dará de comer, prometió. Mamá lo miró con ternura. Y con esa misma ternura despejó la pequeña mesa al fondo del comedor, justo bajo la ventana. Entonces necesitarás un lugar donde inspirarte, dijo dando unas palmadas sobre la cubierta. Se abrazaron, sintiéndose más vivos que nunca.

Lo de papá era como un rito. Se levantaba a las seis, desayunaba un vaso de agua y dos tostadas bien quemadas. Volvía a la habitación, despertaba a mamá con un beso en la frente, se daba una ducha corta y se vestía con sobriedad. Un pantalón de cotelé grueso, una polera oscura, un chaleco beige con botones café, calcetines grises y los viejos zapatos de cuero negro y gastado. A veces, solo a veces, cambiaba su polera por una camisa blanca o una camiseta azul de manga larga. El resto, a excepción de los calzoncillos, supongo, se repetía como se repiten los amaneceres. Después, se instalaba en su silla, ponía una hoja en el rodillo de la Olivetti y comenzaba el “tic, tic, tic” de todos los días. Lo recuerdo interminable. Es la única imagen que tengo en mis oídos. El “tic, tic, tic” dibujado como una sombra eterna.

Papá pasó meses sentado delante de las teclas. Yo le veía su espalda. Parecía la de un orangután encorvado sobre alguna presa, con sus hombros subiendo y bajando, en una reñida lucha con las palabras. De repente, levantaba su cabeza y se ponía a mirar hacia afuera. Podía pasar horas así. Al mediodía, mamá le dejaba un plato de comida y a eso de las cuatro, una taza de té. En las noches cenábamos juntos y papá nos entretenía con las historias que iba inventando. Mamá nunca perdió el asombro. Siempre le sonreía.

Ocasionalmente, papá salía para hacer algún trámite. Yo aprovechaba esos momentos para acercarme al escritorio y echar un vistazo. Había allí todo un mundo imaginado. Papeles vacíos. Papeles rotos. Papeles repletos. Papeles ordenados y en el suelo. También letras. Letras juntas y letras solitarias. Siempre pensé que la Olivetti, tan quieta y tan intacta, estaba viva. A mí no me engañaban. Ella y papá tenían un trato. Ella vivía para él y él se desvivía por ella. Seguro por las noches, cuando mamá dormía, él la llamaba Olivia y tecleaba su nombre con el silencio de los amantes.

Una tarde, papá se levanto repentinamente de la silla, giró, nos miró con los ojos excitados y dio por terminada su andanza literaria. ¡Ya está!, dijo. Alguien tendrá que leer tanta cosa escrita, remató. Mamá dio un grito, como aliviada. Esa noche los escuché gimiendo de alegría. Ella le decía “Borges” y él le celebraba su piel “suave como el hielo”. Yo hundí mi cabeza bajo la almohada.

A pesar del optimismo, las cosas se fueron dando de otra manera. Papá cambió la lucha con las palabras por una agónica batalla con las editoriales. Sus textos fueron rechazados, una y otra vez. Ni siquiera le respondían sus mensajes. Se fue acabando su entusiasmo, y con él, las formas de ganarse la vida. Fue entonces cuando volvió a su promesa. “Ésta, nos dará de comer”.

Reconozco que fue extraño. Sobre todo al principio. Si mascar un papel es dificultoso, el sabor de la tinta resulta aún más desafiante. Pero el hombre es un animal de costumbres. Y nosotros, nos fuimos acostumbrando. Desayunábamos, almorzábamos y comíamos los apuntes de papá. La primera vez que lo hicimos, nos miramos como cómplices a punto de cometer un atraco. Con dudas, con miedo y con sospecha. Pero ya está. Lo hicimos. Y el sabor de los textos se fue adecuando a nuestro paladar. Mejor dicho, nuestras lenguas fueron amansando las palabras.

Después, se transformó en un vicio. Casi como una droga, nos volvimos adictos. Cuando comíamos los versos de papá, se posaba sobre nosotros una atmósfera tranquila. Estábamos como idos, engullendo lentamente. Eso ocurría los lunes y martes. Así lo definió mamá, en un menú improvisado con lápiz mina pegado en el refrigerador.

Los miércoles y jueves eran mis preferidos. Tocaba cuentos. Y papá escribía con ritmo, ágilmente. Vi a mamá atragantarse más de alguna vez con una coma. A mí me costaban los puntos suspensivos. Tenía que sacármelos de entre los dientes. Los ánimos podían cambiar en una misma comida. Era como esos lugares con un microclima, donde aparece el sol, luego la lluvia, otra vez el sol. ¡Imprevisible! Eso tenía papá. Podía ser una montaña rusa. Reíamos devorando los primeros párrafos y podíamos terminar llorando, abrazados, masticando el final.

Los sábados y domingos eran tiempos de novela. Ahí la cosa se alargaba. A mí me parecía todo muy lento. Y cuando me quejaba de la comida, papá se ponía triste y mamá le acariciaba el lomo, mirándome con cara de enojada, pero como de mentira. Solo podía levantarme al final de un capítulo. Pero habían capítulos inacabables. No me gustaban las novelas. Sabían a champiñones.

Los viernes eran especiales. A mí me servían cuentos, solo para dejarme tranquilo. Pero papá y mamá comían otra cosa. Lo fui descubriendo de a poco. A mamá se le ponían rojas las mejillas y papá le acariciaba la pierna por debajo del mantel. A veces, con el plato a medias, salían corriendo como un par de adolescentes a la pieza. Yo aprovechaba de mirar los restos que dejaba mamá y encontrar allí algunas palabras enredadas en el tenedor. “…usted y su mar, usted y su orilla, deme permiso para varar como una ballena despistada y hundirme de a poco en sus arenas”. Los viernes dormía, otra vez, con la almohada sobre la cabeza.

Cuando faltaba la comida, volvía el “tic,tic,tic” (como una sombra eterna) y aparecían unos sonetos de aperitivo o un ensayo que lo tragábamos como crema por su espesura. Y, obvio, también lo de siempre: poemas, cuentos y novelas. Engordamos con las letras de papá.

Hasta, que encontró trabajo.

Debo aceptarlo, le dijo a mamá. Ella lo abrazó. Esta vez, como una derrota. El rito se convirtió en otro rito. Las seis, el agua y las tostadas, el beso en la frente, la ducha corta, la ropa sobria, el bolso al hombro y la manilla. Volvimos a la carne, a las legumbres, al arroz, al pescado, a los tomates y a la lechuga.

En la mesa, papá contaba de su jornada. Mamá escuchaba, aún con asombro. Yo los seguía con los ojos bien abiertos, mientras echaba disimuladamente a mi boca los pedazos de un cuento olvidado bajo la ventana.

 


Por Matías Carrasco.

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