CREER DESDE LA DUDA

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Siempre nos enseñaron a creer. Nos dijeron que la fe era un don. Nos entrenaron para siempre creer. La duda era una debilidad. No podíamos flaquear. Nos prepararon para la certeza y no para la incertidumbre. Pero la certeza irrefutable está mas cerca de la locura que de otra cosa.

Nunca nos hablaron de que la misma iglesia podía hacernos dudar o incluso decepcionarnos. Por eso hoy hombres y mujeres, laicos y religiosos  – muchos o pocos, no sé- andan deambulando por ahí, perdidos, aturdidos, buscando otra vez certezas que se van desdibujando.  Intuyo que la iglesia cambió.

Pero nos queda la duda. ¡En buena hora! Trastabilla la Iglesia, tropieza nuestra fe, nuestros referentes y una historia que hemos construido desde una creencia santa e intacta. ¡Bienvenida la pregunta y la debilidad! Habrá que bancarse el tiempo y la espera de nuevas respuestas. El preámbulo nos acerca más al ser humano, a la carne y a los huesos.

La fe adulta, creo, tiene que ver con la capacidad de cuestionarse, ¡lo que sea!:  los muertos, los santos, las cruces, la verdad, los dogmas, los pecados, la culpa, las vírgenes, Adan y Eva, el paraíso, los confesionarios,  el sermón de un día domingo,  las palabras del Papa o  la mismísima existencia de Dios. De la duda saldrá más fortalecido o encaminado hacia una nueva respuesta. De todos modos, se hará más libre.

El desafío no es fácil. Cuando desde niños se nos ha pedido creer y obedecer con mansedumbre y prudencia, ahora se nos arroja al desierto, con la brújula averiada y a solas con nuestra propia razón y conciencia. Quizás en el calor de las arenas encontremos la oportunidad de creer también en nosotros mismos, en nuestra propia historia, discernimiento y voluntad. Ahí en lo profundo, en el principio de nuestra alma, se anidan también las respuestas.

No se amilane. Algunos le dirán que si duda de su misma iglesia, tendrá que mandarse a cambiar o buscarse otro templo. Y es que muchos creen en una iglesia angosta, rígida y uniforme. Pienso distinto. Para mí la iglesia es ancha, viva y dinámica. Por eso me doy permiso para hojearla de vez en cuando y ponerla en cuestión. Por eso también me quedo. Para aportar desde dentro a una iglesia más diversa, menos santa y más humana. ¿Alguien me puede quitar ese derecho?

No se congele. No se quede inmóvil al borde del camino, como decía el poeta. Se puede dudar y seguir andando. Así está bien. Es tiempo de sospechar de las certezas más absolutas y  poner a la duda en un lugar especial, allí donde valen más que nunca nuestras heridas, nuestros surcos, milagros y resurrecciones de la propia vida. Menos vistosas pero más hondas que las raíces de un nogal.


Por Matías Carrasco.

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ELOGIO DE LA LENTITUD

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Una buena amiga me comentaba en medio de una animada conversación que ya no recuerda cómo se vivía hace pocos años. “No me refiero a una pérdida de memoria, sino a no recordar la sensación de cómo lo hacíamos antes, sin celulares y tecnología” – me explicaba. Y es que vivimos en una época donde todo se resuelve con rapidez, instantaneidad y sin esperas. Y al parecer nuestro cuerpo y mente ya se acostumbraron a esta nueva vida.

Para quienes alcanzamos los cuarenta y más, sabemos que hasta no hace mucho las cosas eran de otra manera. Las fotos se sacaban en rollos de 24 ó 36 disparos y había que esperar hasta siete días para el revelado. El jardín se regaba a pulso y con manguera, sintiendo el relajo, el paso del tiempo y el nítido aroma a tierra mojada. Si teníamos dudas del mundo, la ciencia o la historia, debíamos viajar hasta la biblioteca, hacer fila y revisar en un salón antiguo hoja a hoja lo que estábamos buscando. Por esos años, encontrar una dirección podría convertirse en una aventura. Una gruesa enciclopedia de servicios y planos eran la respuesta más próxima para dar con el paradero deseado. Y si nos perdíamos en el trayecto, no quedaba otra que bajar la ventanilla del auto y empezar a descifrar entre los generosos transeúntes las pistas para llegar al destino. Cortejar a alguien también era un rito cuidado y de mucha precisión. A quién nos robó las miradas, debíamos llamarla desde un teléfono fijo. Para eso, primero teníamos que esperar nuestro turno en la familia. Luego, marcar en un disco lento y giratorio. Y al otro lado, mayoritariamente, contestaban los padres o hermanos de la persona que queríamos enamorar. Había que saludar, con cortesía, y a veces dar explicaciones de dónde íbamos, con quién y a qué. En los viajes de vacaciones, en carreteras de una sola vía, esquivábamos el aburrimiento adivinando carteles publicitarios o resolviendo la trilogía de una vaca, un hombre en bicicleta y otro con chupalla, que debíamos encontrar por el camino.

La música también se escuchaba de otra forma. Oíamos a nuestros artistas favoritos en cassettes, donde había que esperar para deleitarnos con nuestra canción preferida, o bien, adelantar con ajustado acierto, una y varias veces, hasta dar con el tema requerido. Y si no teníamos el cassette a mano, teníamos que estar horas frente al dial con la esperanza que se tocará la canción que deseábamos escuchar. Y ahí estábamos, listos para soltar el “pause” y grabar, con publicidad incluida, la melodía que por tanto tiempo aguardamos. Y a veces, cuando fallaban los cabezales, la cinta se enredaba y había que repararla con delicada paciencia y algo de esmalte de uñas.

Luego llegó la tecnología, pero a paso más lento. En esa época los juegos se cargaban en consolas de un ruido infernal que demoraban hasta horas en estar listos, al flojo ritmo de números que apenas giraban. Y para acceder a un computador, había que esperar la clase de laboratorio en la universidad, aguardar nuestro turno y explorar en una internet que venía a prometernos una ventana al mundo.

Pero casi imperceptiblemente todo avanzó demasiado rápido. Los años se nos pasaron entre naranjas con jalea y suflés de maní. Hoy nuestras vidas están prácticamente automatizadas. La tecnología irrumpió vertiginosamente y hoy ocupa buena parte de todo lo que hacemos a diario. Se nos hace muy difícil vivir sin celulares, whatsapp, mails, computadores, waze, spotify, uber, riegos y portones automáticos, facebook, instagram o twitter. Es cierto que todos estos descubrimientos han facilitado nuestros estilos de vida, permitiéndonos más comodidades, ahorrar tiempo, conectarnos y tener las soluciones más a mano. Pero el otro lado de la moneda, es que son también combustible para una vida más agitada y sin escalas, y por ello, menos profunda y vinculada.

La tecnología nos regala instantaneidad, pero borra del mapa a la espera. Hace pocos días escuché a un poeta señalar que sin vacío no hay deseo. ¿Cómo desear aquello que ya se tiene? Y sin deseo, se apaga también el motor, la perseverancia y el estímulo de ir tras nuestros propios sueños. El problema que nos plantea la tecnología es que buena parte de nuestros deseos y preguntas tienen respuestas en tan solo segundos, abandonándonos en el espejismo de la saciedad.

En su libro “Elogio de la lentitud”, Carl Honoré plantea que “hemos olvidado la espera de las cosas y la manera de gozar del momento cuando llegan”. Asimismo, el escritor advierte que no se trata de hacer que el planeta entero retroceda a alguna utopía preindustrial, sino más bien de que nuestro amor a la velocidad, nuestra obsesión por hacer más y más en cada vez menos tiempo, ha llegado demasiado lejos. “Se ha convertido en una adicción, una especie de idolatría” – sentencia.

No se confunda. No soy yo un ejemplo de una vida lenta y reflexiva. Más bien la ansiedad es lo mío y me sirvo de este nuevo mundo para saciar mi propia sed. Si quiero escuchar a Roger Waters no dudo en ir a spotify y deleitarme en el camino. Ando pendiente del celular y no salgo de mi casa sin aprovecharme de las ventajas de waze. Pero intuyo que es bueno hacernos conscientes del contraste y de lo que nos puede regalar una vida más reposada y paciente. Por eso a las tortugas nunca las dejo de mirar.


Por Matías Carrasco. 

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EN EL DÍA DEL PADRE

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Hace unas semanas me decidí a arreglar el lavamanos del baño. Hacía tiempo que el agua estaba ahí estancada, escurriendo con dificultad. No le había dado mayor importancia. Pero algo me hizo tomar la determinación de hacerme cargo ese día.

Comencé por vaciar de shampoos, cremas, lociones y bálsamos la cajonera que está justo por debajo de la palangana. Luego giré con cuidado las piezas que unen las tuberías por donde circula todo aquello que a diario utilizamos. Y después de desarmarlo todo, tomé con cuidado el sifón y comencé a limpiarlo. De ahí salían pelos y una espesa pasta negra y maloliente. Finalmente, repasé también el interior de los tubos y refregué cada parte con cloro. Tomé nuevamente cada uno de los plásticos engranajes y volví a componer el intrincando laberinto del lavamanos. Eché a correr el agua y, esta vez, todo fluyó. Me sentí bien.

Puede que le resulte extraña la comparación, pero siento que de alguna manera de esto se trata ser padre. Al menos yo he aprendido de esta experiencia. Ser Papá significa muchas cosas pero en lo esencial significa, para mí, reparar. No digo que las madres no puedan hacerlo ¡por supuesto que si!, pero en este caso hablo de mi propia historia.

Criar a un hijo es una tarea gigantesca. Y no hablo del quehacer diario, de levantarse temprano, sacarlos de la cama, vestirlos, calentar el almuerzo, preparar sus loncheras e ir a dejarlos al colegio. Tampoco de dormir poco, hacer con ellos las tareas, repetir órdenes hasta el cansancio, batallar para que se coman la comida o se vayan a dormir. Me refiero más bien a la misión de formar hombres y mujeres libres y felices. Y para eso es necesario aprender a recomponer para que el agua, su propia agua, corra más fácilmente.

No me mal entienda. No hablo de ir limpiándoles a nuestros hijos de obstáculos su camino. Nada de eso. Pienso más bien en su interior, en sus afectos, sueños y dolores. En algunos el agua fluye con más facilidad. Pero a otros les cuesta más el mundo y es ahí donde se hace necesario intervenir. Reparar. Mis hijos me han enseñado a reparar.

No es fácil este asunto. Si entendemos que la tarea del padre es reparar, asumimos entonces que somos capaces de hacer daño. Y eso duele y si podemos evitarlo, inconscientemente lo haremos. Darse cuenta es el primer paso. Y el segundo es disponerse a recomponer aquello que nosotros u otros hemos roto. Tal como lo hacemos con un estropeado lavamanos. Habrá que hacerse el tiempo, preparar el lugar, desarmar con cuidado cada pieza, limpiar, volver a armar e incluso, para evitar filtraciones, reforzar con alguna cinta especial.

No importa de quién es la bola de pelos que produjo el tapón. La culpa no es el foco. Lo crucial, otra vez, es reparar.

Yo he tenido la suerte de hacerlo. No es porque sea un hombre muy sofisticado, sino simplemente porque así me tocó. He tenido que aprender y cambiar. Sobre todo, cambiar.  Es un trabajo duro y que requiere de mucha paciencia y esfuerzo. Pero asumir esta tarea, es también entender que el mayor regalo de un padre puede ser el de curar una vida entera.

 


Por Matías Carrasco

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LA JAULA DE ORO

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Un día un alto ejecutivo de una de las compañías más importantes de Chile y Latinoamérica me confidenció sentirse viviendo en una jaula de oro. Es decir, tenía todo lo que alguna vez soñó: un sueldo millonario, un sabroso bono, un cargo en lo más alto de la pirámide, una amplia oficina cerrada,  secretaria, hombres y mujeres adulándolo en cada reunión, stock options, trato exclusivo y preferencial, estatus, reconocimiento y poder. Sin embargo le era muy difícil salir de ahí. Estaba preso entre tantos privilegios. Cautivo en su propia celda.

Nunca se me olvidó la imagen. Quizás por lo simple o tal vez por lo verdadera y representativa de cientos de historias que uno conoce. Incluso la propia.

Y es que estamos acostumbrados, formateados –inconscientes ya-  a vivir una vida en cambio automático, no siempre la que quisiéramos vivir.

A veces pienso que un buen pasar, una rutina acomodada, un cargo, buenos ingresos y una carrera sobresaliente, más que hacernos libres o felices, nos van hundiendo en una inercia cotidiana y en una anestesiada resignación, casi ciega, de aquello que a diario nos toca. Como dice el filósofo coreano alemán, Byung Chul Han en su ensayo La sociedad del cansancio: “en esta sociedad de obligación cada uno lleva consigo su propio campo de trabajos forzados. Y lo particular de este último consiste en que allí se es prisionero y celador, víctima y verdugo, a la vez. Así uno se explota a sí mismo, haciendo posible la explotación sin dominio”. Otra vez la jaula. Otra vez la falta de libertad.

Es cierto. No todos pueden darse el lujo de elegir. A mayor precariedad, menores serán las opciones para hacerse de otros caminos. ¿Cómo pensar en qué quiero cuando no alcanzo, si quiera, a llegar a fin de mes? Por eso en el caso contrario, la pregunta debería ser casi obligatoria: ¿Estoy viviendo la vida que, libremente, quisiera vivir?

Yo mismo me lo he preguntado. De más joven quería ser escritor y siempre lo cuento como una anécdota, como un anhelo de cabro idealista y soñador. Y lo que es más claro, siempre lo narro en pasado. Pero ahora, a mis cuarenta y tantos, me lo cuestiono, ¿por qué no? No sé si dé el ancho. No sé tampoco si la pluma dé para eso y, si a fin de cuentas, llegue a lograrlo. De todas formas, ¿por qué no intentarlo?

No todo se puede hacer, por cierto, pero tampoco todo lo que alguna vez soñamos tiene que ser enterrado como si ya no existiera futuro. La capacidad creativa del ser humano es tan ancha y profunda que agotarla solo en un carro que simplemente nos tocó, puede ser un desperdicio. Vale la pena, pienso, buscar un propósito o algo que de verdad nos desvele el alma para agotar todas nuestras energías y arriesgar el pellejo.

Historias hay un montón. La de un profesional que abandonó el lujoso y promisorio mundo de los abogados para ir tras el sueño de hacer mapas recorriendo Chile. O el de un publicista que aburrido de la vida en la ciudad optó con su familia por arrancarse al sur, construir unas cabañas y llevar allí una vida más lenta y sencilla. O la de una exitosa ejecutiva del retail que abandonó una pista de acenso rápido y seguro para volver a las aulas y estudiar obstetricia, su vocación desde niña. O la de una profesora que quiso colgar el plumón y el borrador por bailar y enseñar flamenco, una pasión que abre ventanas tan hondas e íntimas que solo ella sabe valorar. Y así, suma y sigue.

¿No puedo entonces seguir adelante con la vida que he elegido? ¿Tengo que preguntarme sobre el rumbo de mi vida aún cuando estoy satisfecho con la mía? Por supuesto que no. Lo mío es una invitación para quien desee tomarla.

El punto que pongo sobre la mesa es con cuánta libertad estamos viviendo la propia vida y con qué facilidad dejamos atrás lo que alguna vez soñamos ser. El riesgo de evadir la pregunta es muy alto: el de sentirse preso y atrapado en una brillante, reluciente y a veces vacía, jaula de oro.

 


Por Matías Carrasco

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AÚN CON VIDA

CARCEL

Alguna vez escuché a alguien comentar que no había que decir “todos” cuando son “algunos”  o “algunos” cuando son unos pocos. Generalizar siempre será una fuerte tentación, pero también una injusta y simplona práctica, tan arraigada por estos días.

La iglesia chilena está pasando por una grave crisis. Las denuncias de delitos sexuales y encubrimiento siguen apareciendo como pan de cada día y un puñado de obispos, sacerdotes, monjas y hasta la misma Iglesia están hoy en el banquillo de los acusados, esperando sentencia.

Pero hoy no quiero referirme al lado sombrío de la fe. Quiero alumbrar a los otros curas y religiosas, a los que todavía sirven con honestidad y rectitud, a esos que también deben estar sufriendo en silencio, desolados, quebrados algunos, por las miradas de sospecha y por una Iglesia a la que se le perdió Jesús. A veces los imagino solos, a los pies de la cruz, llorando como niños. ¿Cómo deben estar? ¿qué sentirán? Para ellos y ellas estas palabras.

A los que viven entre los pobres, a los curas obreros, compartiendo con ellos sus luchas, avatares y sueños. A los que  esquivan las balas de la violencia, el narcotráfico, la exclusión y el sin sentido de vidas ignoradas por buena parte de la sociedad.

A los que cuidan a los presos. A ellos y ellas que avivan la esperanza en la mitad del mismísimo evangelio. A los que abrazan, ríen y lloran con ladrones, sicópatas, asesinos, traficantes y violadores. A los que, a pesar de todo, los miran como personas, con cariño y dignidad.

A los que visitan a los enfermos. A los que curan heridas, a los que limpian la mierda, a los que ayudan a cargar las cruces de otros y dan consuelo ante una muerte próxima.

A los que educan y forman con libertad y en una fe adulta. A los que respetan las conciencias, animan el discernimiento y un pensamiento crítico. A los que ven más allá de los limites de la Iglesia, valorando el aporte de creyentes, agnósticos o ateos.

A ellos y ellas que encarnan su misión mirando el mundo de hoy. A los lúcidos y compasivos que acogen las realidades de frontera, las que otros quisieran muy lejos de las murallas de la catedral. A los que son hospital para divorciados, homosexuales, transgéneros, prostitutas, travestis y mujeres que han abortado. A ellos y ellas que no juzgan y perdonan.

A los que dudan y se deprimen. A los que se preguntan por su fe y por la existencia de Dios. A los que se permiten flaquear porque saben que son humanos y no santos.

A los que hacen lío. A los que valientemente han desafiado a la misma Iglesia, a sus autoridades y su doctrina. A los que han arriesgado pellejo, reprimendas y cargos por hacer de este lugar una mesa ancha y servida para todas y todos, sin condición.

Para ellos y ellas, hombres y mujeres, contemplativos y revolucionarios, heridos y decepcionados, gracias por tanto.

Quizás no se enteren, pero su laboriosa tarea, silenciosa y cotidiana, sencilla e imperfecta, ayuda a sostener y mantener a esta Iglesia enferma aún con vida.


 Por Matías Carrasco.

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EL FEMINISMO Y UN OLEAJE OTOÑAL

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Voy a hablar de feminismo. Hasta ahora no había querido hacerlo. Quizás por miedo a ser reprendido o algo así. No sabemos bien a que atenernos. Los hombres, al menos, estamos acostumbrándonos a este nuevo mundo.

Debo reconocer cierta simpatía con el movimiento feminista.  Soy de los que piensa que debe existir una revolución cultural para que la mujer ocupe el lugar que se merece en nuestra sociedad. Debe abrirse para ellas la justa demanda de una sociedad mas equitativa en sueldo, trato, educación y oportunidades. Pero debo admitir que hay cierta radicalización de esta marea pro mujer que aún no logro entender del todo.

Adhiero a la teoría del péndulo. Pienso que todo grupo que ha sido vulnerado durante décadas o siglos, apenas vea un espacio arremeterá con inusitada fuerza y pasión. Como un tsunami generado tras un gran remezón de la tierra, cercano a la superficie, con epicentro desconocido. Entrará entonces una ola gigante, poderosa, buscando dibujar un nuevo cauce. Pero como todo tsunami, se mezclan allí,  espuma, rocas, sedimento y cuánta cosa encuentre en su camino. No discriminará con lucidez y claridad lo que lleve a su paso.

Comprendo la fuerza del péndulo, pero también creo que, en ocasiones, se pasa de rosca y terminará, mas tarde que temprano, equilibrando su peso y velocidad. Mientras tanto, observo con curiosidad y un montón de dudas el avance de esta nueva era.

A riesgo de parecer impopular, pienso que a veces se exagera. No en lo de un ingreso igualitario, no en el acoso de cualquier tipo y menos en la exclusión  de la mujer de ciertos grupos de poder en la empresa, la iglesia, la política, el gobierno y otras instituciones. Mucho menos en la violencia de la que muchos cobardes se sirven para maltratarlas. Incluso el cuestionamiento de los piropos me parece necesario para fijar las fronteras de la intimidad de cada cual. Todo eso debe cambiar.

Pero hay otras demandas que han surgido que, insisto, exageran. Me refiere al lengueje que pretende que heblemes tede con “e”, para eviter cuelquier tipe de discreminecién per génere.  O también al petitorio de eliminar lecturas u obras de arte que hacen referencia a la mujer, según algunas, de manera despectiva. Los límites de un trato vejatorio hacia la mujer también se plantean difusos y, pienso, con una sensibilidad tan frágil como la escarcha. Hoy no parece una necedad pensar que regalarles una flor, abrirles la puerta del auto, darles la preferencia en un ascensor u ofrecerles pagarles la cuenta en un restorán resultará, para pocas o muchas (no lo sé), una afrenta a su dignidad. No somos nosotros, los hombres, quienes nos hemos inventado ese delirio. Son cosas que van naciendo en el mismo corazón que ha dado vida al movimiento.

El feminismo debe velar por la legitimidad y seriedad de la importante misión que tienen y tenemos por delante. Pero debe moderar la fuerza del péndulo que han empujado, que de no ser medida podría venir de vuelta y amenazar con destruir parte de lo que ya, con esfuerzo y valentía, se ha construido. Estamos todos adecuándonos a este nuevo paisaje y todos y todas – concedo este punto- debemos cuidarlo y protegerlo del bravo e inusual oleaje otoñal.

 


Por Matías Carrasco

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LA PALABRA

la palabra

La palabra puede salvar una vida. Puede sanar y reparar aquello que se ha roto. La palabra nos puede hacer soñar e imaginar mucho más allá de las fronteras que acordamos dibujar. La palabra puede hacer volar a una tortuga, hacer llorar a un tigre o resucitar a un muerto. “Había estado en la muerte, en efecto, pero había regresado porque no pude soportar la soledad” – le decía el viejo Melquiades a José Arcadio Buendía en Cien Años de Soledad.

La palabra nos puede vincular, transformar y recordar una historia antigua. La palabra nos permite nombrar al vino, al mar, al cielo, a las hojas y a la tierra mojada. Con la palabra ansiamos y queremos. La palabra nos hace más hombres, más mujeres, más humanos.

Pero la palabra también daña. La palabra, la misma que canta a la alegría, tiene el filo suficiente para herir con hondura y despiadada precisión. La palabra puede humillar, denigrar, quebrar voluntades y enterrar la dignidad. La palabra puede ser también un demonio.

Hace poco nos ha conmovido la lamentable muerte de una adolescente que decidió quitarse la vida, aparentemente, empujada por el bullyng . En una reciente entrevista, su padre advirtió conmovido: “quiero transmitirle a este país a lo que puede llegar tan solo una palabra. Una palabra te puede destruir la vida”. Otra vez, la palabra.

Hoy los ojos están puestos sobre los colegios, los alumnos y el acoso escolar. Pero hay una mirada necesaria a la que no podemos hacerle el quite. Chile, de vez en cuando, se vuelve un hervidero. Los adultos, sobre todo los adultos, transitamos peligrosamente por los roqueríos y farellones del lenguaje, a punto de dejarnos caer. Nos hemos acostumbrado a zanjar nuestras diferencias – políticas, religiosas y valóricas- con insultos, descalificaciones, violencia, y a veces, golpes. ¿Qué ejemplo le estamos entregando a nuestros hijos? ¿Cómo exigirles respeto cuando no sabemos nosotros tratar nuestras propias discrepancias?

Chile se ha vuelto fanático. Y un fanático no ve más allá de sus propias narices. Un fanático solo está preparado para defender con exagerada pasión su propia verdad, sin respetar las ideas o creencias de los otros. Y donde no hay respeto, la palabra simplemente hiere y despedaza.

Estamos en un país que se está reordenando. Hay temáticas nuevas, complejas, a las que nos tenemos que acostumbrar. No es posible crear un Chile mejor sin diálogo, sin apertura, sin empatía y sin palabras que construyan puentes y conversación. Y si nosotros nos somos capaces, ¿qué esperar entonces de nuestros jóvenes? Queramos o no, debemos dar el ejemplo.

Y a ellos, a nuestros hijos, debemos heredarles la palabra, la buena palabra. La palabra afectiva y emocional. La palabra que libera y apacigua la rabia, la frustración y el dolor. La palabra inclusiva, que acompaña y acepta. La palabra que no busca más que ser dicha y abrazada.

Es bueno debatir y confrontar nuestros puntos de vista. No hay que tener miedo a hacerlo. Pero hay que cuidar las palabras. Como decía el poeta Huidobro, “inventa mundos nuevos y cuida tu palabra; el adjetivo cuando no da vida, mata”.

 


Por Matías Carrasco.

 

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