CHILE, LA TIERRA PROMETIDA

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Aquella noche Jesús no durmió. Estaba muy inquieto con la situación de la Iglesia que él mismo ordenó edificar hace siglos.  Su espíritu reformador lo empujaba a dar una dura reprimenda a tanto cura que oculto tras la sotana y el tono solemne y dulce de quienes dicen ser hombres buenos, abusaron tanto y de tantos.

También quería darles un tirón de orejas a los obispos, arzobispos, monseñores y otros encumbrados cargos que de tan preocupados de los secretos de alcoba y del sexo de los otros, no vieron o hicieron vista gorda del escándalo, fogoso y compulsivo, que ocurría en sus propias narices.

Con los laicos también quería tener una reservada conversación. No entendía, el hombre y el resucitado, tanta venia al poder de la Iglesia y menos esa costumbre a mantenerse mansos y obedientes frente a las prédicas del pastor. Él había sido un revolucionario y no un alumno excepcional. Pasó más tiempo en inspectoría que en reconocimientos sobre la moral y la ética.  Y los rumores del feminismo también habían llegado hasta la puertas de San Pedro. Y Jesús, indignado como aquel día en las afueras del templo, quiso reclamar los derechos de la mujer y  su espacio en la iglesia. Lo suyo había sido el ser humano y por eso se decidió a bajar, otra vez, a la tierra.

Intentó primero en Israel, el pueblo prometido, pero era tanto el ajetreo allí que decidió mirar a otros horizontes. Pensó en Estados Unidos, pero apenas entró en territorio americano un misil le impidió el aterrizaje. Se tentó con Holanda, pero intuyó que en el país del barrio rojo no sería bienvenido. Y de pronto miró Chile. Sorpresivamente nos miró. Le gustó que su padre fuera nombrado recurrentemente por el Presidente y que en su nombre se abriera la sesión para hablar de leyes, indicaciones y trámites.

Se convenció y planeó y planeó hasta llegar a tierras chilenas.

Tras cruzar la cordillera, arribó por el sector oriente de la capital, llevándose de inmediato una buena impresión. El orden, la limpieza, el desarrollo inmobiliario, la policía privada, parques verdes e iluminados, lo hicieron sentir bien y seguro. Debía buscar un lugar donde guarecerse. Y así, sin saber cómo, llegó hasta la rotonda Atenas, en Las Condes. Ahí quiso arrendar algo donde quedarse. Pero su aspecto, distinto a los demás, generó desconfianza y rechazo. Y con un fuerte sartenazo en la cabeza,  lo expulsaron del exclusivo barrio.

Le habían dicho, en el cielo, que un tal José Antonio, presidenciable y defensor de la familia, hablaba mucho de él. Y le aseguraron que en su hogar sería abrazado y bien atendido. Entonces el también conocido como Cristo, aceleró el tranco en dirección a la casa del bienaventurado. La noche ya había caído hace rato y cuando llegó todos dormían. Por eso, acechado por el frío y el hambre, Jesús decidió entrar por una ventana entreabierta y tras recorrer algunos pasos se encontró de frente con el hombre de fe . Pero antes de que que el hijo de Dios pudiese pronunciar palabra, José Antonio apretó el gatillo y a punta de balazos lo hechó de ahí. Simplemente no lo reconoció.

Afuera lo esperaban los perros, de buena raza, azuzados por su patrón para comerse vivo al intruso. Y más allá un furgón de carabineros lo  arrestó y lo llevó a la comisaría. Pasó la noche en el calabozo, solo, tal vez acompañado por su decepción. Y mirando el techo reclamó, de nuevo, “padre, por que me has abandonado”.

Tras el control de detención del día lunes, fue formalizado y encarcelado por 180 días  mientras durase el proceso investigativo. En la penitenciaria,  de tanta insistencia, estuvo a punto de convertirse en evangélico, pero no cedió a la tentación.

Sin embargo, ahora se sintió acogido. En ese lugar nadie presumía de nada. Nadie tenía nada. Eran todos un poco pencas,  un poco traficantes, un poco lanzas y asesinos. Un poco abandonados y pobres. Le ofrecieron puchos, abrigo y comida. También celulares para hacer el “cuento del tío”. Pero Jesús no aceptó.

Se hizo de amigos y buenas historias. Vio pecados y también redención. Allí leyó y entendió al mundo. En su estadía olvidó por qué vino a la tierra. Ya no importaba el sexo, la cama, la pasividad de los laicos o la jerarquía. Entendió que allí, en el rincón de los miserables, en las soledades, en la incomprensión, en el olvido, en el dolor, en las fronteras y en lo humano,  estaba su mensaje y su resurrección.Y decidió quedarse en ese lugar, a la espera de la cruz.


Por Matías Carrasco.

 

 

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LA EXPULSIÓN DE LO DISTINTO

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Estamos asistiendo a un tiempo donde nuevas formas de pensamiento comienzan a ganar terreno. Muchas de ellas  traen buenas noticias y buscan hacer justicia para grupos que han sido antes marginados o menospreciados. Ahí está el feminismo, la reivindicación de minorías sexuales, la lucha contra los abusos o el reclamo de derechos de todo tipo. Pero también creo que estamos siendo testigos de una gran masa opinante y uniforme que solo se escucha y se alimenta a sí misma, amparada tras la fachada de una buena causa.  Y cuando aparece un disidente, la tentación es a expulsarlo y apabullarlo.

Se pretende cierta radicalidad en las opiniones. En las redes sociales – sobre todo allí –  se exige igualdad en las expresiones y se les pide a todos – con una agresiva pasividad- pensar a favor de la opinión de turno. Y si alguien esboza algún matiz, una diferencia o derechamente una postura distinta a la masa, arriesga un ataque en jauría y una violencia amedrentadora. Por eso le pegan a José Antonio Kast. Por eso trolean a los famosos que no se suman al linchamiento público de Nicolás López. Por eso hemos visto tantas veces a personas despedazando a otras personas en el paisaje virtual.

Esto se puede ver a nivel social, donde se aprecia a una ameba gigante, de tantos nombres y ciudades, que no sabemos bien cómo se llama y en dónde vive. Pero también existe en círculos más pequeños donde habitamos todos los días: en grupos de whatsapp, en nuestros lugares de trabajo, en una conversación de sobre mesa o en cualquier espacio de pertenencia cotidiana. Cuando se instala una postura mayoritaria se hace muy difícil plantear una posición diferente. Hay miedo. Y esa práctica tiene que cambiar.

En su libro “La expulsión de lo distinto” el filósofo coreano alemán, Byung Chul-Han plantea que en una cultura narcisista como la nuestra el hombre va cediendo ante la imposición de lo igual, prescindiendo de cualquier relación con el otro diferente. “Encapsulado y atrapado en sí mismo, el hombre pierde toda relación con lo distinto. Yo me puedo tocar a mí mismo, pero solo me siento a mí gracias al contacto con el otro. El otro es constitutivo de la formación de un yo estable” – dice.

Además, el escritor advierte que en la comunicación del “me gusta” uno sólo se encuentra a sí mismo y a quienes son como él. “Ahí tampoco resulta ningún discurso”, subraya, agregando que tras abandonar las perspectiva del otro, hoy habitamos “el escenario del uno”.

Así las cosas, no son bien vistas las voces que cantan fuera del coro. Ni en la política, ni en la Iglesia, ni en las redes sociales. Hay voces que, temerosas, se están acostumbrando a cantar más bajo y otras que derechamente ya ni se escuchan. Solo se siente el estruendo de un coro uniforme e igual que se entona con fuerza, pero que se oye plano, superficial, fome y sin variaciones. Entre ellos mismos se aplauden y se palmotean y después del sobajeo, siguen otra vez cantando.

“En la caja de resonancia digital, en la que uno sobre todo se oye hablar a sí mismo, desaparece cada vez más la voz del otro. A causa de la ausencia del otro la voz del mundo de hoy es menos sonora (…) La desaparición del interlocutor que tenemos enfrente hace que el mundo pierda la voz y la mirada” – comenta Chul –Han.

Es peligroso continuar en este camino. No solo está el riesgo de terminar construyendo una sociedad de una opinión totalitaria, chata, asustada y gris, sino también la tentación de caer en prácticas más polarizadas como, por ejemplo, juzgar o encarcelar lo distinto.

Si nos enorgullecemos de abrazar la diversidad, debemos abrazarla de verdad. No solo esa que nos viste y que nos llena de  likes. No esa que viene de los pequeños ghettos a los que pertenecemos.  Si no la que está en el otro distinto, la que viene de más lejos,  la que nos mira e interpela, la que nos desafía simplemente porque es diferente, genuinamente diferente.

Si acogemos, escuchamos “hospitalariamente” y dialogamos con el otro en buena lid, podremos hacernos más conscientes de nuestros propios contornos, reafirmar nuestras convicciones, dudar, complementar, cambiar o, quizás, ver nacer algo nuevo. Pero no es  justo ni bueno para nadie amordazar a punta de insultos y violencia a quién piensa distinto. Para eso está hecha la inteligencia y los argumentos.

Como concluye el ensayista, “a diferencia del tiempo del yo, que nos aísla e individualiza, el tiempo del otro crea una comunidad. Por eso es un tiempo bueno”. Habrá que caminar hacia ese lugar.


Por Matías Carrasco.

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EL ACOSO BAJO EL SOL

ACOSO

En el último tiempo los casos de abuso y hostigamiento de todo tipo se han destapado en distintas instituciones. La iglesia pareciera llevar la delantera y la televisión y el cine suben ahora al escenario por las denuncias en contra de dos conocidos directores chilenos.

Una mirada rápida podría hacernos pensar que es en esos ambientes – el de la religiosidad y el del espectáculo- donde se amparan con más facilidad las prácticas que detestamos y que tanto daño causan a las víctimas de cualquier forma de abuso. Seguramente es cierto que en ambos mundos se comparten patrones que permiten al abusador dar el zarpazo y hacer de las suyas. Pero es ilusorio y peligroso pensar que el acoso siempre estará en la vereda de al frente y no en la propia.

Hace pocos días el profesor de curso donde estudia uno de mis hijos de no más de 10 años citó a una reunión especial de apoderados para abordar casos de “mal trato” entre los alumnos. Se habló de un vocabulario ofensivo y descalificatorio, de exclusión y de la normalización de dinámicas agresivas que no son propias para los estudiantes de esa edad. ¿La consecuencia? Niños con fobia escolar y padres que no duermen preocupados por la situación de su hijo. Y se nos advirtió que este tipo de incidentes se repetían en otros cursos e incluso en niveles inferiores.

Se nos dijo que el colegio estaba interviniendo con una metodología innovadora, que se había conversado con los alumnos y que las principales autoridades del ciclo estaban comprometidas y ocupadas en el caso. Se nos adelantó también que el trabajo estaba dando, hasta ahora, buenos resultados. Nada, de todas maneras, para quedarse muy tranquilo. Más bien, todo lo contrario.

Pienso que no es posible esperar a que una situación estalle para arremangarse las camisas e intervenir. No es necesario que un niño o una niña de pocos años sufra para que recién nos pongamos a conversar sobre bullyng y abuso escolar. Intuitivamente lo natural es apuntar al colegio, pero pienso que somos los padres quienes tenemos una buena cuota de responsabilidad. Además es más beneficioso verlo de esta manera. Estaría en nuestras manos, también, la posibilidad de cambiar esta historia.

Generalmente exigimos a los colegios más inglés, más deporte o excelencia académica. Pero rara vez ponemos el foco en una convivencia sana, integradora, de cuidado y buen trato.   Seguramente porque preocupados del rendimiento soslayamos otros aspectos que están en la base y que son los que nos hacen más humanos y más personas.

En segundo término los apoderados debemos poner la conversación del bullyng y forzar al colegio a darle absoluta visibilidad y vitrina a este tema, de cara a toda la comunidad. Viendo los abusos en la iglesia, nos damos cuenta que por evitar hacerle “daño” a la institución se minimizaron e invisibilizaron cientos de casos de abuso, a costa del dolor de miles. ¿No podría pasar lo mismo en los colegios? ¿A algún colegio le convendría que se hiciera público la existencia de bullyng entre sus filas? ¿Cómo impactaría esa noticia en las matrículas? La tentación es grande. Es por eso que los padres tenemos la responsabilidad de levantar la voz y generar instancias masivas, presenciales y reiteradas donde todos podamos educarnos, ayudarnos y apoyarnos en este tema, sin dejar nada debajo de la alfombra.

Además, cuando se interviene es porque la situación es conocida. Pero, ¿qué pasa con esos niños que viven el acoso de manera silenciosa e íntima? ¿qué pasa con los que sufren sin ser detectados? Sabemos que estos casos existen y, a veces, con un dramático final.

El abuso en todas sus formas y contextos es una realidad y está en nuestras narices. La solución no está en otros, sino en nosotros. El buen trato y el respeto por los demás parte por casa y por dar el ejemplo. Debemos comunicarnos mejor, fomentar el auto cuidado y el valor de la diversidad. Sobre todo en la edad escolar más temprana, donde los niños forman su carácter y su manera de relacionarse.

Pero lo más importante, pienso, es conversar y darle a este tema un lugar público y prioritario. Hay que sacarlo del sótano y ponerlo bajo el sol de todos los días. Así lo hablamos, así nos preparamos, así lo prevenimos y así, porque no, ayudamos a otros a tener una vida mejor.


Por Matías Carrasco. 

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CRÓNICA DE UNA CÁRCEL ANUNCIADA

CARCEL

Soy un hombre normal. Despierto, me ducho y camino como un hombre normal. Incluso, más que normal, podría decirse que soy un hombre bueno. No muy destellante, sino simplemente bueno. No he matado a nadie. Tampoco vendo papelillos de pasta base, no golpeo a mi mujer ni a mis hijos. Soy, como dije, un tipo bueno. Pero no me siento orgulloso de eso. No al menos del todo.

Podría decirse que es la crónica de una educación anunciada. He sido formado en una buena familia, donde me hablaron de valores y me trataron siempre con especial afecto y cariño. Nunca sentí desprecio de mis padres y hermanos. Ellos también fueron un buen ejemplo para mí. Vivía en un barrio tranquilo. Jugaba con mis vecinos y cuando la tarde expiraba, mi nana, la querida Jovita, nos anunciaba la hora de ir al baño. Me eduqué en un colegio privado, con profesores de primer nivel. Había espacio para el estudio, la recreación, las artes y el deporte. Y mis compañeros eran buenos como yo. Lo que vino seguramente ya lo anticipa: fui a la universidad, me titulé como profesional,  tengo un trabajo estable y una familia, otra vez, normal. Pienso que lo mio no es necesariamente meritorio. Le concedo algo de esfuerzo y trabajo, pero más bien es fruto de un ambiente seguro, cuidado y protegido.

Digo esto ahora cuando se habla en Chile de asesinos, cárceles y torturas. Y aunque el instinto llama a la venganza, no puedo dejar de preguntarme, ¿cómo habrán sido sus vidas? ¿cuándo dejaron de ser niños buenos como yo? ¿quién les torció el camino? ¿cuánto abandono, violencia y miseria esconden esos rostros duros y desafiantes? Quizás una pregunta mas difícil: ¿tienen ellos y ellas, delincuentes y asesinos, algún grado de libertad para decidir? ¿hastá dónde son víctimas o victimarios?

En su libro El Adversario, el escritor Emanuelle Carrere decide ahondar en la vida de uno de los criminales más grandes en la historia de Francia. Se trata de Jean Claude Romand, quién a principios de los noventa asesinó a su padre, a su madre, a su señora y a sus dos pequeños hijos. Luego prendió fuego a su casa e intentó quitarse la vida, sin suerte. En seguida se ganó el repudio de toda una sociedad y el apodo de monstruo. Aún así, Carrere se puso en contacto con él y le pidió conocer su historia. “No me dirijo a usted movido por una curiosidad malsana o por el gusto del sensacionalismo. Lo que usted ha hecho no es , a mi entender, la obra de un criminal ordinario ni tampoco la de un loco, sino la de un hombre empujado por fuerzas que lo superan y son esas fuerzas terribles las que yo desearía mostrar en acción” – le explicó en una carta enviada a la cárcel.

Tras adentrarse en su mundo, el escritor descubrió una vida inventada y, desde sus primeros años, una dinámica familiar sostenida desde la intriga y la mentira. Y de ahí vaya saber uno que intrincados laberintos se dibujaron en la cabeza de Romand para llegar a matar a quienes más quería para no ser descubierto en su falsa historia de cristal.

No se trata de justificar actos deleznables. Para ellos está la justicia. Pero es bueno para Chile comenzar a mirar seriamente y de frente el tipo de sociedad que hemos formado y que cobija un semillero de maldad que se anida como una peste en lugares donde escasea el cariño y la contención. ¿Cabría otro futuro para niños que se crían solos, con padres tras las rejas, en barrios violentos, sin educación y buenos modelos a seguir?

Son vidas que más que otra vez torturas, malos tratos y venganza, requieren de reparación. Y en las cárceles vemos, a diario, todo lo contrario.

Es cierto. La rabia nos llama a olvidarlos y despreciarlos. Pero si nos abrimos a la interrogante de sus vidas, la misma que movilizó al escritor francés, podríamos verlos de niños, todavía buenos, y hacer algo por evitar la crónica de una cárcel anunciada y cambiar su final.


Por Matías Carrasco.

 

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CREER DESDE LA DUDA

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Siempre nos enseñaron a creer. Nos dijeron que la fe era un don. Nos entrenaron para siempre creer. La duda era una debilidad. No podíamos flaquear. Nos prepararon para la certeza y no para la incertidumbre. Pero la certeza irrefutable está mas cerca de la locura que de otra cosa.

Nunca nos hablaron de que la misma iglesia podía hacernos dudar o incluso decepcionarnos. Por eso hoy hombres y mujeres, laicos y religiosos  – muchos o pocos, no sé- andan deambulando por ahí, perdidos, aturdidos, buscando otra vez certezas que se van desdibujando.  Intuyo que la iglesia cambió.

Pero nos queda la duda. ¡En buena hora! Trastabilla la Iglesia, tropieza nuestra fe, nuestros referentes y una historia que hemos construido desde una creencia santa e intacta. ¡Bienvenida la pregunta y la debilidad! Habrá que bancarse el tiempo y la espera de nuevas respuestas. El preámbulo nos acerca más al ser humano, a la carne y a los huesos.

La fe adulta, creo, tiene que ver con la capacidad de cuestionarse, ¡lo que sea!:  los muertos, los santos, las cruces, la verdad, los dogmas, los pecados, la culpa, las vírgenes, Adan y Eva, el paraíso, los confesionarios,  el sermón de un día domingo,  las palabras del Papa o  la mismísima existencia de Dios. De la duda saldrá más fortalecido o encaminado hacia una nueva respuesta. De todos modos, se hará más libre.

El desafío no es fácil. Cuando desde niños se nos ha pedido creer y obedecer con mansedumbre y prudencia, ahora se nos arroja al desierto, con la brújula averiada y a solas con nuestra propia razón y conciencia. Quizás en el calor de las arenas encontremos la oportunidad de creer también en nosotros mismos, en nuestra propia historia, discernimiento y voluntad. Ahí en lo profundo, en el principio de nuestra alma, se anidan también las respuestas.

No se amilane. Algunos le dirán que si duda de su misma iglesia, tendrá que mandarse a cambiar o buscarse otro templo. Y es que muchos creen en una iglesia angosta, rígida y uniforme. Pienso distinto. Para mí la iglesia es ancha, viva y dinámica. Por eso me doy permiso para hojearla de vez en cuando y ponerla en cuestión. Por eso también me quedo. Para aportar desde dentro a una iglesia más diversa, menos santa y más humana. ¿Alguien me puede quitar ese derecho?

No se congele. No se quede inmóvil al borde del camino, como decía el poeta. Se puede dudar y seguir andando. Así está bien. Es tiempo de sospechar de las certezas más absolutas y  poner a la duda en un lugar especial, allí donde valen más que nunca nuestras heridas, nuestros surcos, milagros y resurrecciones de la propia vida. Menos vistosas pero más hondas que las raíces de un nogal.


Por Matías Carrasco.

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ELOGIO DE LA LENTITUD

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Una buena amiga me comentaba en medio de una animada conversación que ya no recuerda cómo se vivía hace pocos años. “No me refiero a una pérdida de memoria, sino a no recordar la sensación de cómo lo hacíamos antes, sin celulares y tecnología” – me explicaba. Y es que vivimos en una época donde todo se resuelve con rapidez, instantaneidad y sin esperas. Y al parecer nuestro cuerpo y mente ya se acostumbraron a esta nueva vida.

Para quienes alcanzamos los cuarenta y más, sabemos que hasta no hace mucho las cosas eran de otra manera. Las fotos se sacaban en rollos de 24 ó 36 disparos y había que esperar hasta siete días para el revelado. El jardín se regaba a pulso y con manguera, sintiendo el relajo, el paso del tiempo y el nítido aroma a tierra mojada. Si teníamos dudas del mundo, la ciencia o la historia, debíamos viajar hasta la biblioteca, hacer fila y revisar en un salón antiguo hoja a hoja lo que estábamos buscando. Por esos años, encontrar una dirección podría convertirse en una aventura. Una gruesa enciclopedia de servicios y planos eran la respuesta más próxima para dar con el paradero deseado. Y si nos perdíamos en el trayecto, no quedaba otra que bajar la ventanilla del auto y empezar a descifrar entre los generosos transeúntes las pistas para llegar al destino. Cortejar a alguien también era un rito cuidado y de mucha precisión. A quién nos robó las miradas, debíamos llamarla desde un teléfono fijo. Para eso, primero teníamos que esperar nuestro turno en la familia. Luego, marcar en un disco lento y giratorio. Y al otro lado, mayoritariamente, contestaban los padres o hermanos de la persona que queríamos enamorar. Había que saludar, con cortesía, y a veces dar explicaciones de dónde íbamos, con quién y a qué. En los viajes de vacaciones, en carreteras de una sola vía, esquivábamos el aburrimiento adivinando carteles publicitarios o resolviendo la trilogía de una vaca, un hombre en bicicleta y otro con chupalla, que debíamos encontrar por el camino.

La música también se escuchaba de otra forma. Oíamos a nuestros artistas favoritos en cassettes, donde había que esperar para deleitarnos con nuestra canción preferida, o bien, adelantar con ajustado acierto, una y varias veces, hasta dar con el tema requerido. Y si no teníamos el cassette a mano, teníamos que estar horas frente al dial con la esperanza que se tocará la canción que deseábamos escuchar. Y ahí estábamos, listos para soltar el “pause” y grabar, con publicidad incluida, la melodía que por tanto tiempo aguardamos. Y a veces, cuando fallaban los cabezales, la cinta se enredaba y había que repararla con delicada paciencia y algo de esmalte de uñas.

Luego llegó la tecnología, pero a paso más lento. En esa época los juegos se cargaban en consolas de un ruido infernal que demoraban hasta horas en estar listos, al flojo ritmo de números que apenas giraban. Y para acceder a un computador, había que esperar la clase de laboratorio en la universidad, aguardar nuestro turno y explorar en una internet que venía a prometernos una ventana al mundo.

Pero casi imperceptiblemente todo avanzó demasiado rápido. Los años se nos pasaron entre naranjas con jalea y suflés de maní. Hoy nuestras vidas están prácticamente automatizadas. La tecnología irrumpió vertiginosamente y hoy ocupa buena parte de todo lo que hacemos a diario. Se nos hace muy difícil vivir sin celulares, whatsapp, mails, computadores, waze, spotify, uber, riegos y portones automáticos, facebook, instagram o twitter. Es cierto que todos estos descubrimientos han facilitado nuestros estilos de vida, permitiéndonos más comodidades, ahorrar tiempo, conectarnos y tener las soluciones más a mano. Pero el otro lado de la moneda, es que son también combustible para una vida más agitada y sin escalas, y por ello, menos profunda y vinculada.

La tecnología nos regala instantaneidad, pero borra del mapa a la espera. Hace pocos días escuché a un poeta señalar que sin vacío no hay deseo. ¿Cómo desear aquello que ya se tiene? Y sin deseo, se apaga también el motor, la perseverancia y el estímulo de ir tras nuestros propios sueños. El problema que nos plantea la tecnología es que buena parte de nuestros deseos y preguntas tienen respuestas en tan solo segundos, abandonándonos en el espejismo de la saciedad.

En su libro “Elogio de la lentitud”, Carl Honoré plantea que “hemos olvidado la espera de las cosas y la manera de gozar del momento cuando llegan”. Asimismo, el escritor advierte que no se trata de hacer que el planeta entero retroceda a alguna utopía preindustrial, sino más bien de que nuestro amor a la velocidad, nuestra obsesión por hacer más y más en cada vez menos tiempo, ha llegado demasiado lejos. “Se ha convertido en una adicción, una especie de idolatría” – sentencia.

No se confunda. No soy yo un ejemplo de una vida lenta y reflexiva. Más bien la ansiedad es lo mío y me sirvo de este nuevo mundo para saciar mi propia sed. Si quiero escuchar a Roger Waters no dudo en ir a spotify y deleitarme en el camino. Ando pendiente del celular y no salgo de mi casa sin aprovecharme de las ventajas de waze. Pero intuyo que es bueno hacernos conscientes del contraste y de lo que nos puede regalar una vida más reposada y paciente. Por eso a las tortugas nunca las dejo de mirar.


Por Matías Carrasco. 

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EN EL DÍA DEL PADRE

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Hace unas semanas me decidí a arreglar el lavamanos del baño. Hacía tiempo que el agua estaba ahí estancada, escurriendo con dificultad. No le había dado mayor importancia. Pero algo me hizo tomar la determinación de hacerme cargo ese día.

Comencé por vaciar de shampoos, cremas, lociones y bálsamos la cajonera que está justo por debajo de la palangana. Luego giré con cuidado las piezas que unen las tuberías por donde circula todo aquello que a diario utilizamos. Y después de desarmarlo todo, tomé con cuidado el sifón y comencé a limpiarlo. De ahí salían pelos y una espesa pasta negra y maloliente. Finalmente, repasé también el interior de los tubos y refregué cada parte con cloro. Tomé nuevamente cada uno de los plásticos engranajes y volví a componer el intrincando laberinto del lavamanos. Eché a correr el agua y, esta vez, todo fluyó. Me sentí bien.

Puede que le resulte extraña la comparación, pero siento que de alguna manera de esto se trata ser padre. Al menos yo he aprendido de esta experiencia. Ser Papá significa muchas cosas pero en lo esencial significa, para mí, reparar. No digo que las madres no puedan hacerlo ¡por supuesto que si!, pero en este caso hablo de mi propia historia.

Criar a un hijo es una tarea gigantesca. Y no hablo del quehacer diario, de levantarse temprano, sacarlos de la cama, vestirlos, calentar el almuerzo, preparar sus loncheras e ir a dejarlos al colegio. Tampoco de dormir poco, hacer con ellos las tareas, repetir órdenes hasta el cansancio, batallar para que se coman la comida o se vayan a dormir. Me refiero más bien a la misión de formar hombres y mujeres libres y felices. Y para eso es necesario aprender a recomponer para que el agua, su propia agua, corra más fácilmente.

No me mal entienda. No hablo de ir limpiándoles a nuestros hijos de obstáculos su camino. Nada de eso. Pienso más bien en su interior, en sus afectos, sueños y dolores. En algunos el agua fluye con más facilidad. Pero a otros les cuesta más el mundo y es ahí donde se hace necesario intervenir. Reparar. Mis hijos me han enseñado a reparar.

No es fácil este asunto. Si entendemos que la tarea del padre es reparar, asumimos entonces que somos capaces de hacer daño. Y eso duele y si podemos evitarlo, inconscientemente lo haremos. Darse cuenta es el primer paso. Y el segundo es disponerse a recomponer aquello que nosotros u otros hemos roto. Tal como lo hacemos con un estropeado lavamanos. Habrá que hacerse el tiempo, preparar el lugar, desarmar con cuidado cada pieza, limpiar, volver a armar e incluso, para evitar filtraciones, reforzar con alguna cinta especial.

No importa de quién es la bola de pelos que produjo el tapón. La culpa no es el foco. Lo crucial, otra vez, es reparar.

Yo he tenido la suerte de hacerlo. No es porque sea un hombre muy sofisticado, sino simplemente porque así me tocó. He tenido que aprender y cambiar. Sobre todo, cambiar.  Es un trabajo duro y que requiere de mucha paciencia y esfuerzo. Pero asumir esta tarea, es también entender que el mayor regalo de un padre puede ser el de curar una vida entera.

 


Por Matías Carrasco

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