QUÉ NIVEL

Es preocupante el nivel que estamos exhibiendo en Chile. Vivimos una pandemia global, de las peores de la historia, con miles de muertos, con potencias de rodillas, con una economía por el suelo, con millares de desempleados, con empresas quebradas,  con sistemas de salud superados, con cementerios que no dan abasto. Y todo esto, en buena parte del mundo. Y todo esto, con la incertidumbre de hacer frente a un bicho desconocido. Y todo esto, con la crudeza con que a veces nos azota – querámoslo o no asumir- la misma realidad. Deberíamos estar unidos. Sin embargo, insistimos en la división.

Hemos visto a un gobierno que- a juzgar por lo que se informa- ha realizado un amplio despliegue para enfrentar esta crisis. Ni al Presidente, ni a los ministros, ni a los subsecretarios se les ve relajados, sentados en una fuente de soda, comiendo pizza. No, ahora. Más bien, se muestran activos, en terreno, con pocas horas de sueño, con rostros cansados, conscientes del riesgo y del gigante que tienen por delante. Se han realizado esfuerzos – leo y escucho- por aumentar la capacidad de testeos, por robustecer la capacidad hospitalaria, por abastecernos de más ventiladores mecánicos, por  incrementar las camas críticas. No solo eso. Se lucha también, en otro frente, contra el descalabro económico y sus tremendas consecuencias para millones de familias.  ¿Se ha hecho lo suficiente? ¿Se podría hacer más?

Según me instruyo, el gobierno se asesora a través de una Mesa Social Covid 19, que cuenta con una ex ministra de Salud de la Nueva Mayoría, con el representante de la OMS en Chile, con la presidenta del Colegio Médico y su ex presidente, y con representantes del ámbito municipal y universitario, entre otros. Además, el gobierno se apoya en un Comité Asesor de Expertos y un Consejo Asesor Clínico Asistencial, donde se encuentran – aseguran- los mejores intensivistas del país.

Está claro que se han cometido errores (¿cómo no?). El estilo soberbio y confrontacional del Ministro Mañalich no lo hacen un personaje políticamente correcto y condescendiente, como se estila por estos días. Y eso suma resistencias. Las descoordinaciones con los alcaldes en una primera fase, también restaron. El optimismo a mitad de carrera (arrogante, si se quiere) y el llamado a un retorno seguro, con café incluido, fue quizás el mayor traspié. Del resto tengo algunas dudas. ¿Cajas o transferencias? ¿Cuarentenas totales o parceladas? ¿medidas oportunas o tardías?  Seguramente hay argumentos técnicos, en una y otra dirección.

Es legítimo levantar la voz, fiscalizar y hacer notar lo que el gobierno está haciendo mal. Sobre todo cuando se trata de salvar vidas y asegurar condiciones dignas para la gente que más sufre.  Hay críticas que son acertadas y que las autoridades deben escuchar.  En el último período, han rectificado el tono y la convocatoria a un acuerdo nacional apunta en ese sentido.

Sin embargo, advierto algo preocupante. Más allá del cuestionamiento válido, percibo una peligrosa mezcla de rabia y resentimiento – como un acelerante-  en la base de nuestras opiniones. No es nuevo. Lo arrastramos hace años. No puedo dejar de pensar en Bachelet y su gobierno. Era lo mismo, en roles invertidos. Se le achacaba todo, hasta las propias sombras. Siempre en un tono agresivo, humillante y exagerado. Si hoy son criminales y asesinos, antes eran ineptos y miserables. Esa violencia no se ha ido. Permanece y crece.

Es una rabia que escapa al abuso. No es solo la ira de los marginados ni del estallido. Está en todas partes. Incluso, en los más educados. Es la falsa y pobre lógica de las murallas y la división. La de buenos y malos. Víctimas y victimarios. Sensibles e inhumanos.  La rabia se mezcla con la falta de pensamiento. Y eso es una bomba. Hombres y mujeres emborrachados de ideología y revancha, escuchándose solo a sí mismos. Más importa  tener la razón,  ganar un punto, sumar votos y seguidores, que ponernos a pensar si lo que estamos diciendo o aclamando es cierto, es justo, es proporcional, es bueno para Chile.

Daba lo mismo lo que hiciera Bachelet. Da lo mismo, ahora, lo que diga o haga Mañalich o Piñera. Tampoco importan las dificultades o el contexto. ¿Para qué pensar en esas cosas? Menos, cuál es la propia responsabilidad en el asunto. ¿Para  qué complicarnos la vida? La suerte ya está echada. Simplemente se trata de calibrar la mira, esperar la oportunidad, disparar y ver si alguien cae del otro lado. ¿Después? Ahí se verá.

Es triste el nivel. Tanto, que se ve difícil el futuro. Algunos sectores de izquierda ya claman la cabeza de Mañalich (en la mitad de la catástrofe) y el diputado socialista, Juan Luis Castro, amenaza con una posible acusación constitucional. Otros, más jóvenes e iluminados, twitean y retwitean con ansiedad e histrionismo, cada bochorno, cada frase mal dicha, cualquier cosa que pueda hacer al ministro trastabillar. Es eso, lamentablemente, lo que pueden ofrecer. Es la peor política, en el peor momento, en la peor de las crisis.  

Es urgente que aparezcan liderazgos con coraje, capaces de romper esa inercia, de abandonar sus propias trincheras y disponerse a conversar. Sin tantas condiciones ni aspavientos. Solo conversar, animadamente y por horas, para cumplir con la noble misión de hacer de esta tierra atribulada, un lugar mejor.

Por Matías Carrasco.

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ELOGIO DEL RIESGO

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Para quienes queremos controlarlo todo, la incertidumbre puede ser una espina clavada justo debajo de la uña. Obsesiva. Hiriente. Aguda. Por eso preferimos andar tomados del pasamanos, por calles conocidas, obedientes al guión acostumbrado, aferrados a la rutina, como un ancla que nos sostiene en una zona segura. Y allí, apenas, nos quedamos tranquilos. Pero basta una sutil vibración, un oleaje repentino, para que busquemos las murallas como un ratón asustado. ¿Es posible vivir otra vida?

Los tiempos de pandemia traen miedo, incomodidad, encierro, enfermedad y muerte. Pero también regalan, si queremos verlo, hallazgos que aparecen de vez en cuando. Yo descubrí a Anne Dufourmantelle, filósofa y sicoanalista francesa, autora del ensayo “Elogio del riesgo”. Son pequeños capítulos, mordidas amistosas pero que dejan los dientes marcados. Habla del riesgo y su trauma positivo. “Sería, milagrosamente, lo contrario de la neurosis cuya marca de fábrica es atrapar en sus redes al porvenir de tal manera que moldee nuestro presente según la matriz de las experiencias pasadas, sin dejar ningún lugar a la irrupción de lo inédito” – advierte en las primeras páginas.

Cuando queremos que todo vuelva a la normalidad, a lo de siempre, a la melodía que ya conocemos, fuese como fuese, Anne insiste en quedarnos en suspenso. “Estar en suspenso es volver a la penumbra, a un punto de relativa ceguera, y de cierta forma mantenerse allí. Porque al mantenerse allí aparece otra cosa, otro límite” – dice. Intuía, sabía, que en el riesgo – solo en ese salto – está la libertad y la vida entera, sin guardarse nada.

Parece una locura, para gente como yo. ¿Para qué arriesgar? Para sanarse, para amar, para hallarse, para perdonarse, para ser feliz, para perderse, para reír, para romper con las deudas del pasado, diría Anne. Lo suyo es un llamado a desobedecer, a cortar amarras y aventurarse en una travesía incierta. “¿Por qué preferimos conservar pobres miserias contra la alegría de lo que llegaría de lo desconocido, del mar abierto?”, se pregunta.

Dufourmantelle plantea la variación como un arte y un riesgo. Es el antídoto contra una vida repetida, que nos hace andar de aquí para allá, y de allá para acá, como un oso enjaulado con la vista pegada al piso. “Se trata de ejercitarse en perder la orilla, perderse a secas y encontrar en el camino de esa pérdida, el bucle de un deseo intacto” – comenta.

Anne confiaba en el ser humano, en su inteligencia y capacidad de decidir su destino. Tanto, que desconfiaba de la mismísima esperanza. “El vivir en la esperanza deja al presente cargado de angustia y resentimientos, aplazando día tras día la expectativa de la metamorfosis para mañana”. Ella pensaba que si bien la esperanza era necesaria (para no hundirnos lentamente en el abismo), debíamos iniciar el combate aquí mismo, de inmediato y sin demora para una vida mejor. “Se trata una y otra vez de nacer, de romper, separarse y liberarse. De abrirse a lo que ocurra”.

Imaginé en Anne a una mujer valiente, desenfadada, con una mezcla de ternura y dura honestidad. Le tomé cariño. Eso tienen los libros. Quizás sea un riesgo esto de encariñarse con gente que uno no conoce solo por leer sus palabras y subrayarlas con lápiz mina.

Me sorprendí de su muerte. No lo sabía. Me enteré googleando su nombre en internet. Como un signo o una íntima convicción, Anne falleció ahogada a los 53 años por salvar a dos niños en el mar. “Tal vez arriesgar la vida sea, para empezar, no morir” – dice en su libro. Y no está muerta. Al menos su voz inventada sigue dando vueltas en mi cabeza, como un susurro: arriesga, arriesga, arriesga…


Por Matías Carrasco.

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HAGÁMOSLO FAMOSO

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He visto un video que circula por las redes sociales en donde una persona encara a otra, celular en mano, por estar sin mascarilla comprando en un supermercado. El aludido reacciona irónicamente, con tono burlón, pidiendo que se alejara. El inesperado entrevistador, vuelve a arremeter, le dice irresponsable, se ríe de su acento y vocabulario, le advierte que lo hará famoso y sube la apuesta llamándolo asesino y criminal. La escena termina con el acusado lanzándole el carro de supermercado, en medio de improperios y más burlas, y el denunciante quejándose de su agresividad. “Eso no se hace” – le enrostra.

A las pocas horas, aparece otro post, viralizándose tan rápido como el primero, esta vez con la imagen del justiciero, su nombre, referencias políticas y nuevamente la frase “hagámoslo famoso”.

Y si ambos mensajes han logrado notoriedad es porque otros lo han compartido, con ímpetu, con esa impronta libertaria, con ese afán mesiánico por crucificar a quien cometa un delito, una infamia, o una falta, da igual. Lo importante es andar por la vida reafirmando un buenismo tan débil como hipócrita, arrogándonos el derecho de dictar una sentencia pública, tanto o más dañina que la falta que se acusa.

Es el síntoma de una sociedad enferma, de una ética extraviada, ansiosa de figurar, de aparecer, de abrazar una causa y de alimentar un narcisismo exacerbado por las redes sociales. Es la sociedad del espectáculo que otros ya han narrado, de la pirotecnia, de luces y cámaras, de un show pobre, rasca y lastimero, pero de una audiencia fiel y creciente.

Es como si twitter, repentinamente, se hubiese tomado los espacios públicos y convertido en el faro que orienta nuestro comportamiento. Todo rápido. Todo vistoso. Todo al extremo. Todo violento. Todo en apenas 140 caracteres. Quizás sea la falta de lectura, de pensamiento y de conversaciones, lo que nos tenga suspendidos en la idiotez de querer resolverlo todo a punta de funas y de venganza. No hay matices, no hay detalles, no hay mesura, no hay lenguaje, no existe ni el más mínimo interés por comprender, por escudriñar, por averiguar qué cresta está pasando.

Lo grave de esto, es que no solo ocurre en las góndolas del retail, en la calle o en los pasillos de un cementerio. Sucede también en los consejos municipales, en el Congreso y aún en la política más elevada. Muchos enredados en la refriega, vergonzosamente peleándose un pedazo de pantalla, queriendo aparecer en la foto, acusándose de un lado y del otro, sacándose viejos trapos al sol, llenándose la boca de una oratoria fascinante pero vacía.

Hace rato que entramos en una dinámica peligrosa y de difícil solución. La sed de figurar y de aparecer siempre del lado luminoso de la luna, nos tiene bien jodidos. Pero todo eso es falso. Nadie es tan bueno como cree serlo, ni nadie es tan criminal como para hacerlo mierda en un coliseo de millones de jueces agitados por un trozo de carne cruda.

Es hora de entenderlo. No hay valentía alguna en el ajusticiamiento digital. Además, la mayoría de quienes propagan este venenoso virus, no tienen idea del contexto ni de la historia de lo que comparten con tanta liviandad y con esa sonrisa en los labios. Menos del impacto que esto puede causar en el funado y en sus cercanos. Frente a una injusticia o ilegalidad, existen organismos, protocolos e instituciones para denunciarla.

Somos una tierra extraña. Un día nos golpeamos el pecho por un país más justo y más humano, y al otro, nos maltratamos sin miramientos, sin piedad y sin justicia.


Por Matías Carrasco

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CUENTO: SIMPLEMENTE

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¿Qué hace esa mujer tan guapa con un tipo feo como un espanto? No se ve algo así todos los días. Al menos, a mí me parece curioso. Que una muchacha de buen aspecto ande con un hombre bien parecido, es un paisaje habitual. Pero que un esperpento como ése, esté allí con una pierna al suelo y la otra cruzada sobre su rodilla, charlando con soltura con algo así como la octava maravilla del mundo, es raro. No me convenzo. Intento leer el diario, pero no logro dejar de mirarlos por sobre los titulares de la primera plana.

Deben ser amigos. Sí. Eso siempre sucede. La amistad es más generosa. Uno por los amigos hace cualquier tontería. Incluso, pasearse en una tarde de octubre con un espantapájaros. Eso hacen los amigos. Seguro se conocieron en el colegio. Ella, era una chica linda y estudiosa. Él, también. Digo, también tenía buenas notas, porque ya en esa época la belleza le era esquiva. La profesora los sentaba juntos y juntos fueron creciendo. Compartían apuntes y resolvían ejercicios de álgebra, acompañados de un vaso de leche y galletas hechas en un horno viejo. Las hacía la madre de él, que tenía un caracho aún más desgraciado. La primera vez que ella la vio, sintió que la vida era injusta. Después, se fue acostumbrando. A él, le parecía que su familia, pequeña como era, estaba bien. Le gustaba sentirse único en los ojos hundidos de mamá, hacer con ella huevo batido, pasarse a su cama cuando la noche dormía y ayudar levantando la mesa y planchando su uniforme en los últimos respiros de cada domingo. En su casa se sentía como en casa. Es una estupidez, pero así lo sentía. Por eso no le gustaba ir a la casa de Valentina. Sí. Pienso que su nombre es Valentina. Con esas piernas largas, el cuello estirado y el vestido ceñido, no se iba a llamar Laurita o Magdalena. Y en la casa de ella, él se sentía como en un estadio inmenso y vacío. Ella era una niña rica y Nemesio (tiene que llamarse Nemesio), apenas tenía para la micro. Y entre el estudio, recreos y disertaciones, fueron escribiendo su amistad. Se hicieron confidentes. A los 17, ella le contó que tiritó de amor por primera vez con el Negro Marambio, el tipo más apuesto de la clase. Él, entre risas nerviosas, le soltó, al fin, que era gay. Valentina, lo sabía. Lo que no sabía era que también le tenía ganas a Marambio. Rieron, tomaron cerveza y terminaron esa noche abrazados. Así, tal cual como estaban ahora, envueltos arriba de la banca de madera. Pero, no. Hay algo extraño. Los amigos no se besan. No al menos en la boca. No así, con ese ritmo, con esa suavidad, con los labios bailando como pájaros. Los gay tampoco lo hacen. Digo, no a una mujer. Entre ellos, claro, lo que sea. Tiene que haber alguna explicación

Quizás, él esté enfermo. Si la amistad es generosa, la misericordia puede ser absolutamente gratuita. A él le detectaron cáncer testicular apenas entrado los diecinueve años. Iniciaba sus estudios de arte en la universidad, cuando sintió una pequeña molestia justo debajo del abdomen. Fue al médico. Se bajó los calzoncillos y se quedó tieso, mientras el doctor palpaba como si se tratara de huevos o nueces. Estos tipos estudian para joderle a uno las pelotas, pensó. Estaba en esas divagaciones cuando el facultativo apretó y él dejó escapar un agudo “¡ay!”. Ahí estaba el tumor. Y ahí estaba él, asustado y solo. No veía a sus padres desde que murieron y su abuela, apenas respiraba. Después de la operación, lo visitó una enfermera para meterle una fina manguera por la uretra. Otra vez, “¡ay!”. Hasta que llegó ella. Magdalena (ahora sí, se llamaba Magdalena), entró a la pieza como un ángel, montada en una nube, con un rosario de marfil entre sus dedos. Así al menos la imaginó él, mientras salía de la morfina. Ella, era creyente. Más que eso. Devota. Desde pequeña viajaba con su familia al norte a misionar en las perdidas aldeas del desierto. Era de misa diaria y confesión dominical. Soñaba con ser monja, mientras visitaba a los enfermos para llevarles la comunión. Cuando vio a Luis Pedro (es como el nombre de un sujeto acontecido), dio un paso atrás. ¿Cómo tanta fealdad?, pensó. Con un suave murmullo maldijo a Satanás y se preguntó qué haría Cristo en su lugar. Se quedó allí, como una virgen a los pies del madero. A la extirpación del testículo derecho, siguió una radioterapia larga para eliminar las células cancerosas que se habían propagado a los ganglios linfáticos. Magdalena, aumentó las visitas y Luis Pedro, diestro en el dibujo, la embobaba con retratos de Jesús, la última cena, el monte de los olivos y la resurrección de Lázaro. Algún día yo también me levantaré, le dijo muy cerca de su oído. Ella, no supo qué decir. La mañana del alta, caminaron hasta la pequeña capilla que estaba a un costado del hospital. Luis Pedro se arrodilló frente al altar y agradeció por su recuperación. Magdalena se hincó junto a él y juró en silencio cargar por siempre con la cruz que el Padre le había encomendado. Y así se contó la historia de un hombre pavoroso y de una muchacha bella como una mañana después de la lluvia. Pero, qué diablos. Una niña de Dios no se deja manosear debajo del vestido de esa manera. ¡Por la cresta! ¡Es un lugar púbico! ¿No pueden esperar? ¡Parecen animales! Un manatí entrándole a una sirena. ¡Qué es esto!

Leo el obituario y no puedo dejar de pensar en ellos. Chuta. Se murió el Manano Ramírez. Lo dejé de ver hace tanto tiempo, que ya ni me acuerdo de su cara. La delantera no más nos lleva. Ojalá que a mí la muerte me agarre desprevenido y ni me entere. Así no me asusto. ¿Cómo a ella no le da terror mirarlo? Hasta un alarido tiene más melodía. ¿Qué hacen allí besuqueándose la cizaña y el más bello trigo de la tarde?

Tiene que ser puta. Ella es una muchacha de provincia, que conoce las dificultades de la vida. Muy joven se vino a la capital, a buscar algo mejor de lo que le ofrecía Curacautín. Tomó el tren en Temuco, arrastrando una maleta negra y una bolsa de nylon verde bajo el brazo donde llevaba los sándwiches que su madre le preparó para el camino. Viajó mirando el paisaje. Pasó por el puente del Malleco, lo encontró harto lindo, y se quedó dormida. Buscó una pieza cercana a la Estación Central. Encontró una habitación para los pocos pesos que tenía. Abrió la maleta, que ya venía con el cierre malo, ordenó su ropa arriba de una mesa diminuta, olió la bolsa con los sándwiches y se echo a llorar. Rápido encontró trabajo de mesera en un restorán de mariscos del mercado. Los garzones, dicharacheros como son los garzones, la apodaron como la “Lady D”. Era hermosa y elegante. Y la Lady D iba y venía con su bandeja a cuestas, recibiendo pedidos y piropos. De allí, saltó a atender en un café de calle Amunátegui, con una minifalda más corta que un orgasmo y un escote invisible. Le ofrecieron ser puta. Accedió. Necesitaba plata y fama. Le fue bien. Arrendaba un amplio departamento en avenida Providencia, donde recibía el ímpetu de hombres solos. Cogiendo conoció a Eleuterio (es como el nombre de un tipo feo). La primera vez que lo vio, le dio lástima. Era buena, como la gente de provincia. Él, que nunca tuvo buena suerte con las mujeres, encontró en el puterío algo más que una salida. Se enamoró. Se obsesionó. Se volvió loco por la Lady D. Lo que ganaba como abogado, lo gastaba en ella. Comenzó los viernes. Luego, sábado y domingo. Terminó por visitarla cinco noches a la semana. Ocasionalmente, tiraban. Largamente, conversaban. Eleuterio, se sentía a salvo y la Lady D, aumentando las arcas para su futuro. Habían estado juntos la noche anterior. Despertaron al medio día. Ella le dijo que se fuera y él le pidió un poco más. Negociaron una vuelta por el parque. Y ahí estaban, el jorobado y la princesa, acurrucados bajo la sombra de un nogal. ¿Y ese niño? ¿Y ese niño y el abrazo? Una puta no anda por ahí jugando a la familia. Y un cliente, no lanza por los aires al hijo de una puta.

Tal vez, simplemente, se trate de un hombre feo y de una mujer sublime unidos por el azar de un destino imperfecto. Así, tal como se ven. Yéndose. Ellos de la mano, y el pequeño delante, chuteando una pelota.


Por Matías Carrasco.

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EXTRAÑAR

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Alguien, a quién quiero, me habló de extrañar. “Mira cómo se descubren cariños entrañables en los días de encierro obligado” – me dijo. Me quedé pensando. De pronto, en medio de toda esta vorágine de información, de teorías y comentarios, de tanto ruido, de tantas voces, de tantos aparatos encendidos, aparece la ausencia como un hallazgo.

Hemos perdido la práctica, noble y sencilla, de extrañar. Es esa mezcla de abundancia y velocidad, la que nos impide ver lo que ya no está. No nos gusta el vacío. No queremos ni mirarlo. El terror a las despensas desocupadas es una señal. No hay tiempo, ni ganas para extrañar. Pero el cautiverio de estas semanas, el paso de los días y el conteo de los muertos, nos hace hacerlo.

Extrañar la plaza, ir al cine o a un bar, subir un cerro, tararear canciones en un semáforo, quedarnos pegados frente a una vitrina o deambular, simplemente, sin permisos y sin apuros. Pero sobre todo, echar de menos a los nuestros. Los viejos a los nietos, los hijos a los padres, los amigos a los amigos, los presos a sus familias y los amantes a los besos que no se entregan por delivery. La tecnología ayuda, pero no es lo mismo. Nada reemplaza ni la mirada, ni el tacto, ni el olfato del ser humano.

Y extrañar puede ser doloroso. El escritor C.S Lewis, tras la muerte de su esposa, decía que aún sentía su voz viva. “Su voz añorada que en el momento menos pensado me puede convertir en un niño que se echa a llorar” – recordaba. O el señor Lihn, de la novela de Philippe Claudel, que en una tierra ajena y separado de su único amigo, “quiere volver a ver al hombre gordo, quiere volver a oír su risa, quiere percibir el aroma de los cigarrillos que fuma sin pausa”.

Veo en la televisión comerciales que nos dicen que ya volveremos a abrazarnos, a tocarnos, a estar juntos. Es la anestesia que nos ofrecen. Existe la tentación de evitar las ausencias. Queremos tapar el agujero, como sea. Nos atareamos o nos hundimos en nuestros celulares. Sospecho, que cuando todo esto pase, cuando los autos vuelvan a chirrear, cuando las calles se inunden nuevamente, cuando las rutinas regresen como martillos, tal vez como un absurdo o como una comedia, extrañemos la vida que ahora llevamos.

En un mundo acelerado, extrañar puede ser una tregua. No hay que hacerle el quite. Es preciso dejarse estar en la hendidura y escuchar el silencio íntimo y filudo de lo ausente, de lo que se quiere y de lo que no está.

Quizás convenga detenernos en nuestras añoranzas. No con un afán dramático, sino como una manera de volver a conectarnos con los afectos que hemos ido ocultando bajo la piel. Si nos quedamos quietos y nos rendimos ante los embistes de la nostalgia, podremos saber qué extrañamos de lo que extrañamos, qué queremos recuperar y qué vida queremos vivir cuando las puertas se abran otra vez.


Por Matías Carrasco.

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TODO MAL

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Desde hace un tiempo se ha instalado en Chile la práctica dañina de la queja permanente. No me refiero a la crítica necesaria y justa. Hablo más bien de un cierto ánimo pesimista, agresivo y persecutorio. No es algo que afecte particularmente a los más vulnerables (que motivos tienen para lamentarse), sino que va más allá de las clases sociales, la geografía, las creencias, las funciones, el sexo y las edades. Es la inercia de criticarlo todo, de condenarlo todo, de ofenderlos a todos.

Lo veo a diario y cada vez con más fuerza. Nos hemos convertido en un enorme coliseo, con el derecho a apuntalar con el dedo y soltar puteadas bravas y ruidosas. Todo nos parece mal, insuficiente, tardío, exiguo o penca. Hemos afinado el ojo para descubrir la falla y la fisura. Y apenas detectada, arremetemos con el ímpetu de un potro furioso en contra del Estado, de las instituciones, de las autoridades o de cualquiera que no cumpla con las expectativas que idealizamos en nuestras cabezas. No es algo nuevo. Tampoco es la herencia del estallido social del 18 de octubre. Viene de antes. De mucho antes, de otros años, de otros gobiernos y de otras épocas.

Es cierto que hemos visto falencias, ineptitudes, delitos y negligencias graves por parte de nuestros gobernantes – los de hoy y los de ayer- y de grupos de poder. Pero también sería justo decir que al lado de esa sombra, está la luz de decisiones acertadas, de gestiones oportunas, de avances innegables y de la voluntad, de muchos, de trabajar honesta e incansablemente por un país mejor. Sin embargo, por alguna razón, preferimos quedarnos en la dimensión oposicionista, algo depresiva y fácil.

¿Por qué?

Pienso que no es por mala onda. Tampoco por un afán destructivo. Diría más bien, que es por nuestra incapacidad intelectual y emocional por asir la realidad, tal como viene. En momentos confusos y de incertidumbre – como los que estamos viviendo- preferimos simplificar las cosas y designar culpables o enemigos en quienes descargar nuestros impulsos y nuestra ansiedad.

El fallecido siquiatra, Ricardo Capponi, nos recordaba que la edad mental de los grupos grandes, de las masas, corresponde al período del desarrollo que va entre los cinco y ocho años. “La dinámica de los grupos grandes suele ser infantil, en blanco y negro. Lo imperfecto está totalmente malo, y hay que desecharlo, mientras que lo bueno se idealiza: está perfecto, hay que engrandecerlo y conservarlo sin modificación”- decía.

Tiene sentido. Actuamos como niños, narcisistas, exagerando lo negativo (que sospechosamente siempre está en el otro), y situándonos del lado de los buenos, que por supuesto, también exageramos en sentido contrario.

La alternativa estaría en el dificultoso y arduo trabajo de intentar comprender la realidad, de situarla en un contexto determinado, la mayoría de las veces complejo, lleno de repliegues, consideraciones y contrastes. Mientras más conscientes seamos de la realidad que nos rodea (más allá de nuestra propia subjetividad), más lúcidos y equilibrados seremos al momento de nombrarla, de juzgarla y de asumir los propios límites y la propia responsabilidad.


Por Matías Carrasco.

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LA PANDEMIA Y UN MUNDO MEJOR

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Para muchos, nada termina con la muerte. Es solo un paso a una vida plena, elevada y eterna. Las mejores palabras se reservan para los difuntos y no para quienes seguimos animando la historia. Afectados por la muerte, por el dolor del deceso o por el terror a la propia, algo nos transfigura, cambiamos el lenguaje, hablamos del alma y del espíritu, y confiamos en que tras el velo de la debacle se asoma el paraíso. Hay una esperanza que nos sostiene en el derrumbe.

Hoy, cuando la muerte se viraliza, también surge el deseo de un mundo mejor. Se escucha, cada tanto, que nada será igual tras la pandemia. Hay una nostalgia por volver a casa, por aquietarnos y por estar con los nuestros. De pronto, con la muerte subiéndonos por los tobillos, hablamos en otra lengua y todo lo que veneramos lo ponemos en entredicho: el exitismo, el rendimiento, el consumo, las agendas copadas, el exceso, la velocidad, el dinero y ese hacer inagotable. Transitaremos, se especula, de un individualismo despiadado a un colectivismo comunitario. Seremos una sociedad nueva. Otra vez, en medio de la catástrofe, clavados en la esperanza.

Y, quién sabe. Ojalá las agitadas mareas de este tiempo nos arrojen a orillas paradisiacas. Pero es importante constatar, que al lado de los buenos augurios y de quienes arriesgan el pellejo por detener la peste, vemos imágenes de acaparamiento, personas que no respetan la cuarentena, barricadas en distintas ciudades para impedir el paso, individuos que lucran inescrupulosamente con la tragedia, el cierre de fronteras y países que se salvan solos. Tampoco sabemos si quienes están en casa, han estrechado sus relaciones, o más bien, permanecen aislados en sus aparatos electrónicos.

En una reciente columna publicada por el diario El País de España, el filósofo coreano alemán, Byung-Chul Han, plantea que este virus nos aísla e individualiza, sin generar ningún sentimiento colectivo fuerte. Cada uno se preocupa solo de su propia supervivencia. La solidaridad consistente en guardar distancias mutuas no es una solidaridad que permita soñar con una sociedad distinta, más pacífica, más justa. No podemos dejar la revolución en manos del virus. Confiemos en que tras el virus venga una revolución humana. Somos NOSOTROS, PERSONAS dotadas de RAZÓN, quienes tenemos que repensar y restringir radicalmente el capitalismo destructivo, y también nuestra ilimitada y destructiva movilidad, para salvarnos a nosotros, para salvar el clima y nuestro bello planeta”- dice.

Esta pandemia, su muerte y su sombra, no supone en sí misma un viraje obligado a un estado superior. Habrán cosas que cambiarán, pero no necesariamente nuestras maneras de ser humanos. Eso es harina del propio costal. Si no existe una mirada crítica y honesta de la propia vida, ningún vergel aparecerá en la ventana.

En su libro El arte de escuchar, Erich Fromm plantea – en relación al sicoanálisis y su carácter terapéutico (de cambio)- que todo conocimiento de sí mismo será ineficaz si no se acompaña de cambios en la forma de vida. Asimismo, señala que no se puede esperar la revolución con el sueño de que aparezca el hombre nuevo. “Esto es completamente absurdo, porque si viene la revolución y nadie ha cambiado, esa revolución no hará más que repetir las mismas calamidades, puesto que la traerán unos hombres sin la menor idea de lo que pueda ser una vida mejor” – concluye.

La revolución de esta pandemia no abrirá el mar ni nos llevará a la tierra prometida. Tampoco nos convertirá, sin más, en seres elevados. Eso no es asunto del virus. Él solo ataca lo pulmones. De nosotros depende cómo queremos seguir respirando.


Por Matías Carrasco.

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