
Hoy me enteré de la muerte de Cecilia Beuchat, reconocida escritora chilena de literatura infantil. No solo eso. También escribió textos para docentes, antologías, y poemas. En total, publicó más de 60 títulos.
Este domingo en la tarde, coincidentemente, pasé cerca de donde vivía. Hace tiempo que no andaba por ese lugar. Le comenté a mi mujer que ahí había tenido mi primer taller literario y de los buenos recuerdos que guardaba de esa etapa. No fue hace tanto. Apenas unos años. Llegué por una amiga que me recomendó su taller. No tengo mucho que hacer ahí, pensé. Era un grupo de escritores para niños y jóvenes, y lo mío iba por otro lado. Fui igual. Fue un acierto.
Eran tres alumnas y yo. Cecilia nos recibía temprano en la mañana en su departamento de calle Versalles, siempre bajo el dintel de la puerta, con una sonrisa y un abrazo. Nos sentábamos en la mesa del comedor, adornada con galletas, té, café y terrones de azúcar. Caminaba a la cocina a calentar un poco de leche y volvía arrastrando los pies con una pequeña jarra blanca. Podíamos comenzar.
El asunto se trataba de leer lo que cada uno traía para la sesión. Una hablaba de Berta y unos monos trepados arriba de un árbol. Otra contaba de un muchacho joven como traído de otra época. Y la tercera, narraba historias de animales. Yo escribía sobre una mujer que parió un gato. Variedad, había. Me impresionó esa dinámica la primera vez que fui. Me llamó la atención cómo cambiaba la voz -la mía y la de mis compañeras- cuando se iniciaba la lectura. Era como entrar en otro mundo. Además, la colección de sapos, duendes y hadas que Cecilia tenía repartidos por toda la casa, le daba a la escena cierta magia, como de cuento.
Cecilia siempre fue muy respetuosa. Escuchaba atentamente. Reía cuando algo le parecía gracioso. Exclamaba si era necesario. Y ponía su expresión triste si la historia tomaba tonos más lúgubres. Estaba siempre atenta al texto. Desde que nací me fascinan las palabras, escribiría en el prólogo de su libro Palabras, regalo palabras. Y era cierto. Se notaba su cariño por cada letra. Y luego, corregía. Por su puesto que corregía. Tachaba y hacía sus comentarios en hojas impresas que uno debía llevarse para cumplir con la tarea. De vez en cuando, Cecilia se ponía de pie y volvía (arrastrando los pies) con unos libros que apilaba sobre la mesa y le daba una palmada sobre la cubierta como diciendo que aquí les traigo algo bueno, y recomendaba y repartía, siempre con devuelta.
Hicimos buenas migas con Cecilia. Nos caímos bien. Maestra, le llamaba. Teníamos cierta complicidad en esto de las palabras. Nos whatsapeabamos, de tanto en tanto. Con ella publiqué mi primer libro de cuentos. Me recomendó editoriales. Me ayudó con contactos. Ella me animó a hacerlo. Esa era, quizás, una de sus grandes virtudes como profesora: daba confianza, a mí al menos me la dio. Uno se sentía visto por ella. Miraba y enseñaba con afecto.
En mi segunda publicación, no hace mucho, volví con ella. No voy a mentir. Necesitaba, otra vez, de esa mujer grande abriendo la puerta, sonriente, de la mesa y de los sapos, del café y de la leche, de las galletas y los duendes, pero, sobre todo, de ese último empujón.
Hace algunos días hablaba con un amigo sobre los profesores que a uno lo marcan en la vida. Y la conclusión que ambos compartimos fue que son aquellos que, más allá de las clases o de sus enseñanzas, lograron mirarte y hacerte sentir alguien en un momento determinado de tu historia, tal vez sin saber cuánto hicieron. Puede ser un gesto, una mano en el hombro, una palabra (¡cuánto importan las palabras!) o un suspiro al terminar de escuchar un cuento. Adiós, maestra.
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Por Matías Carrasco.








