
Ya no hay mucho más que hacer. Solo quedan unos días para mis 50. Escribo esto en el sur, en una mañana soleada (un regalo en la mitad del otoño), mirando un lago, una isla (unas islas, más bien), mientras tomo cerveza, fumo un cigarro y escucho a Charly García y a Pedro Aznar y su celebrado Tango 4. Son pasadas las 12. Nada mal. Mis amigos salieron a pescar. Yo no pesco. Tampoco hubiese podido. El bote era para dos y somos tres. Por eso me quedé aquí, en una terraza, ante un jardín precioso, pensando en mis 50.
Creo que llego bien. En lo físico no me quejo. Nada muy espectacular. Hay kilos de más. Bultos a los costados de mi cintura y una barriga que he disminuido con esfuerzo pero que se niega a desaparecer del todo. Noto cierta rigidez en mis piernas a la altura de las caderas. Intenté con yoga, pero no ha cedido. Tengo el pelo casi blanco, plateado en realidad, y lo llevo con cierto orgullo. Me ha salido uno que otro cabello en los lóbulos de las orejas y canas largas en las cejas, que saco con pinzas o tijeras cada vez que las descubro. Uso una placa para dormir, anteojos de lectura, tomo Eutirox de 75, Rosuvastatina de 10, y tengo una colonoscopía pendiente. Los sábados y domingos, salga o no, amanezco antes de las 8 de la mañana.
De cabeza no hay mucho que contar. Se me olvidan las cosas. A veces se me escapa un nombre o una palabra. No las pillo. Recorro el abecedario mentalmente y eso me da resultados. Hay películas que vi y no recuerdo. Las vuelvo a mirar. Los lunes, si me preguntan por el fin de semana, me cuesta acordarme de qué hice. Pero no me preocupa, en absoluto. Será normal.
Pero hay algo más que el cuerpo. ¿El alma? ¿El espíritu? El lugar donde habitan las preguntas, la historia de cada cual, la verdad de la milanesa. Debe ser como el fondo del lago. Y ahí… ahí… hace frío, estoy mojado, pero me siento bien. He ganado en libertad, pienso, y ese es un triunfo que vale la pena celebrar. He enfermado y sanado. Me he perdido y me he vuelto a encontrar. He tenido miedo y valor. He leído. Me he equivocado. He escrito. He pedido perdón. He dañado y he querido. He pensado más de la cuenta. He imaginado más de la cuenta. Tengo asuntos pendientes. Me han perseguido los fantasmas. He dado peleas y me he hecho de unos cuantos enemigos. Pero tengo buenas amistades, amores profundos y las ganas, siempre las ganas, de volver a casa. He sido, supongo, un ser humano.
Y ahora, frente al lago, cuando arremete una brisa helada, y Charly reza por mí (o por vos), y un perro ladra, y unos pájaros pasan, yo pienso en mis 50 como una tregua o un entretiempo, con una sensación curiosa de estar a punto, a solo unos días, de volver a empezar.
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Por Matías Carrasco.








