
Escuché la historia de un perro y un sashimi de salmón cubierto de wasabi. Yo no como wasabi, tampoco sushi, pero tengo dos perros. Me lo puedo imaginar. El asunto es que una joven influencer le dio de probar un pedazo de pescado con wasabi a su perro, un precioso ejemplar de mastín italiano. O fue el papá quien lo hizo. Da igual, al menos para esta columna. Subió el video a las redes sociales. La hicieron bolsa. Comenzó la cacería. Que cómo puede ser. Que qué se ha creído. Que pobre animal. Que esto es mal trato. Recibió comentarios de odio y amenazas. Por supuesto, una parte de la prensa y matinales también aportaron lo suyo, poniendo- como se ha hecho costumbre- más palitos en la hoguera para que no se apague el espectáculo. Un diputado fue más allá y presentó una denuncia ante la Fiscalía (¡por darle de probar wasabi a un perro!). La multitienda en donde trabajaba la influencer la despidió “por no representar los valores de nuestra marca” (¡por darle de probar wasabi a un perro!). La PDI inició una investigación en contra de la -a estas alturas- desafortunada influencer (¡por darle de…!…bueno, ya saben). ¿En qué mundo estamos viviendo? La muchacha apareció en un video, compungida, pidiendo perdón. Que no vayan a pensar que somos malas personas. Que fue un error. Que no nos crucifiquen. Y hace pocas horas, apareció en un nuevo registro, esta vez con el padre, ambos pidiendo disculpas, asumiendo responsabilidades, jurando que el perro es su amigo, su partner, que entendemos el malestar de la gente, que ya aprendimos de esto, etc. ¿En qué momento nos volvimos locos?
Recuerdo hace algunos años, seguramente en tiempos del estallido social, a un actor que publicó una foto en donde salía él y un pequeño refrigerador abierto, repleto de frutas y verduras, y el texto que acompañaba la imagen: “él me alimenta a mí, y yo lo alimento a él”. Y vino la horda digital. Qué cómo tan despiadado. Que la gente se muere de hambre. Qué crueldad. Y el tipo, en pocos minutos, salió a explicar. Que no piensen mal. Que lo que hay en el refrigerador lo compró en ferias libres. Que son de almaceneros del barrio. Que lo hizo para ayudar. Que jamás hubiese comprado en los grandes retailers. Y así. Otra historia: un conocido rostro de televisión sube a sus redes sociales una foto en donde aparece con un cachorro de bulldog francés. “El nuevo integrante de la familia” -dijo. Y le cayeron encima. Que qué infamia. Qué cómo puede comprar un perro. Que las mascotas no se transan. Que habiendo tanto perro abandonado. Que cómo no adopta. Y atrasito, obediente, vino la respuesta del animador: que no se malentienda, que él nunca compró al perro, que fue un regalo, que si no se lo daban a él el animal terminaría en la calle, y una sarta de otras razones (o mentiras) bien urdidas.
A estas alturas la funa es muy previsible. Hay una suerte de nueva fuerza moral, algo así como un fariseísmo posmoderno, en donde un grupo se atribuye el derecho a decidir cómo se debe pensar, cómo se debe actuar, cómo se debe vivir la vida. Definen lo profano y lo sagrado, y según eso, van linchando, en un escarmiento público y ruidoso, a quien no comparta sus hipócritas tablas de la ley. Ya sabemos de todo eso. Pero hay algo peor que la funa, que es el miedo a ella. El miedo a decir, a opinar, a hacer, a pensar, para evitarse un mal rato. Yo entiendo. Hay personas que trabajan con los likes de los otros. Son su fuente laboral. Que, sin la aprobación del público, no hay fiesta. Es difícil arriesgar el reconocimiento o la pertenencia a la tribu. A todos nos pasa. Además, el hostigamiento social debe ser insoportable. Sin embargo, al intentar congraciarse con la funa, con esa patota oculta y cobarde, con esa religión imperante, algo se pierde, algo importante se va horadando, cierto carácter, cierto derecho a vivir la vida como a uno le plazca, para bien o para mal. Es el propio ser el que se arrodilla. Y esa contorsión no es buena ni para uno ni para la sociedad.
El problema no es de la influencer. Ella (o su padre) pudo haber cometido un error. Pero ya está. No es para tanto. No es para lo que ha sido. El problema es de los otros, los exaltados, los jueces de cartón, los intolerables, los comisarios del pensamiento, y quienes les hacen venia. A veces no es necesario dar tanta explicación. Quizás convendría, simplemente, mandarlos a la cresta.
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Por Matías Carrasco.
*Ilustración de Gaspar Álvarez. Fuente: La Tercera








