LA PLAZA

la mora

Nació prematura. Su madre sintió las contracciones apenas cumplido los ocho meses y las emprendió camino al hospital subida a las ancas de una yegua baya que su padre conducía con destreza y apuro.

Pero no alcanzaron a llegar. Vivían en mitad del campo, apartados de toda vida, en una pequeña casa de adobe, tejas de greda y un corredor de baldosas rojas y delgados pilares de madera donde su viejo se echaba a descansar después de andar los potreros.

Así que ahí no más, a medio camino, entre zarzamoras, nació la creatura. Las moras le dieron su nombre – Mora Sandoval Ramírez- y las espinas el carácter que le permitió sobrellevar la sordera casi total que heredó de quién sabe quién.

Pero desde pequeña Mora se las ingenió para sonreír a pesar de su limitación. Creció entre gallinas, tucúqueres, murciélagos, conejos, perdices y zorros que de vez en cuando se acercaban a su ventana.

Oía poco, pero algo oía. Le gustaba sentir el eco que dejaban las pisadas de los caballos en la tierra colorada camino al tranque y el zumbido de las aguas del Mataquito cuando partía con sus primas a sumergirse apenas el verano llegaba hasta Villa Prat.

Sus padres la criaron con la dureza del campo y Mora se fue haciendo mujer destripando tórtolas, echando liebres en vinagre, cortando leña y amansando potrillos que la tiraron más de una vez al suelo.

Tras la muerte de su padre, Mora, ya joven, ancha, negra por el sol y de un cabello grueso como la paja, se vino a la ciudad empujada por su madre a probar suerte y encontrar marido. Pero antes de un hombre halló trabajo como mesera en el restorán que administraba la parroquia a un costado de la Plaza de Armas. El curita, que era un tipo sensible, se apiadó de la chiquilla sorda y la contrató, sin antes encargársela bien encargada a la Tencha, su mejor y más fiel trabajadora.

Cada día parecía una comedia. No era fácil tener de garzona a una mujer sorda y bien segura de sí misma. Le pedían una “Pap” y ella traía papas fritas. Le indicaban una mechada con arroz y ella volvía con una malteada para dos. Y cuando los clientes reclamaban, Mora con sus cosas bien claras, les insistía que no podían cambiar de parecer cuando el pedido ya estaba hecho. Y antes de que la situación empeorara, aparecía la Tencha, les explicaba a los visitantes y arreglaba el tinglado. Así nacía y moría cada jornada.

La llegada de Cecilio vino a moverle el piso a la Mora. Apenas lo vio entrar al local, haciéndole con su mano el quite a las moscas, la muchacha sintió vértigo en el alma. Era un hombre bien formado, de tez morena, ojos bien oscuros, labios marcados y la contextura de un cabro acostumbrado a trabajar la tierra.

Miraba como miran los hombres buenos y escuchaba como las reverendas, compartiendo la misma pifia de la chiquilla que, nerviosa, secaba los vasos con un paño viejo tras el mesón. Comenzó entonces una dulce coquetería.

Él levantaba su mano y ella se acercaba presurosa hacia su mesa. – Voy a pedirle una lasagna. Y ella entendía “que linda sus pestañas”. – Me las encrespé un poquitito, respondía risueña. Y el joven escuchaba que se la traería en un ratito. Y mientras la Tencha intervenía, Mora se quedaba quieta, con la vista extraviada, imaginándose con él bañándose desnudos frente a las arenas de Iloca.

Las visitas de Cecilio se hicieron cotidianas y ella que tenía la paciencia del campo lo esperaba con su delantal limpio y un pinche rosado sujetando su moño. – Quiero probar la tortilla, decía. Y la chica oía que quería besar sus mejillas. Y así, en el mundo de los sordos, Mora se dejaba acariciar por las palabras.

De pronto Cecilio no apareció. Primero fueron días y después un par de semanas. Y Mora, con su corazón en pausa, le hacía vigilia en las puertas del restorán jugando con la bandeja de plástico entre sus dedos. Pero el sordo encantado, no daba pistas.

Todo se esclareció cuando una mañana Tencha se acercó seria hasta la Mora y la tomó suavemente por sus hombros. – Cecilio ya no vendrá. Lo encontraron muerto en su casa, le dijo dejando escapar una pequeña sonrisa lastimera. Y la Mora, ruborizada, entendió que el jovenzuelo la esperaba bien apuesto en la plaza.

Tomó su pequeña cartera con flecos y corrió hasta el baño. Se desamarró el delantal, lavó sus manos con jabón y se restregó la cara. Sacó de su estuche de flores un pequeño espejo y se pintó los labios con un rouge cargado al ocre. Volvió a fijarse su cabello y estiró su blusa con un par de palmazos.

Descolgó el alambre que sujetaba la puerta y salió como levitando a encontrarse con su príncipe de pelo chuzo, para besarlo y decirle que nunca más lo hiciera, que no la volviera a dejar sola en esta vida.


Por Matías Carrasco.

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EL LOCO PARAÍSO

judas

Jesús había pasado toda la noche rezando en el huerto de Getsemaní esperando la hora señalada. Los apóstoles habían dormido poco y, más encima, andaban con la resaca de la última cena, donde comieron a destajo y bebieron vino como si fuese el día del juicio final.

Estaban todos acurrucados bajo un viejo olivo, de unos 14 metros de altura, de tronco grueso y contorneado. Fueron despertando de a poco, dándose codazos, anunciando el amanecer y recordando el vaticinio que el Maestro había hecho la noche anterior. – Uno de ustedes me traicionará, les dijo. Y los doce quedaron medios turulecos. El Maestro acostumbraba a hablar en parábolas y no sabían bien si lo que les había dicho era otro más de sus acertijos o había que tomárselo en serio.

En eso estaban, mirándose unos a otros con recelo, cuando Lucas, el de Antioquía, notó lo ausencia de Judas. – El Iscariote no anda por acá, ¿quién cresta lo ha visto?.

– Tal vez fue a dejar su huella más arriba, camino a la cumbre. Ayer comió como un buey entero y seguro debe dejarlo salir algún día- bromeó Juan, el más joven de todos.

La sospecha comenzó a instalarse y el murmullo entre los discípulos también. Y apenas cayeron los primeros rayos de sol sobre los jardines de aquel monte, se escucharon los pasos de un gentío y se vieron sus sombras alumbradas por las antorchas que les iban indicando el camino. Y allí aparecieron: Judas en el frente, y tras él, algunos soldados romanos y un montón de hombres jóvenes cargados de palos, de aspecto furioso y dispuestos a cumplir la tarea que los viejos sacerdotes les habían encomendado.

– Bien Judas, haz lo tuyo- inquirió uno de los que comandaba el grupo. Entonces el traidor, ya no habían dudas, caminó hacia Jesús con su morral repleto de monedas de oro y acercándose a su oído le dijo: – no te voy a dar en el gusto. Acto seguido, enfiló hacia su derecha donde se encontraba Pedro tiritando de miedo tras una roca. Cariñosamente tomó su cara y lo besó en la mejilla. Y ahí se armó la zafacoca. La turba se abalanzó sobre el pescador y Pedro, que no era el Dalai Lama, comenzó a repartir aletazos. Jesús, en medio de la trifulca, gritaba- ¡soy yo, soy yo! – desesperado por ver cómo los designios de las escrituras se iban por el despeñadero. Y Pedro, débil como era, afirmaba: – ¡Es él, es él! Pero nadie le creyó.

El asunto es que se llevaron a Pedro detenido, con los dos ojos en tinta, la mandíbula chueca y bien amarrado. Y mientras el piquete iba bajando la colina, Jesús caminaba rápidamente al lado del ellos intentando hacerles entrar en razón. – No es él, soy yo a quién deben llevarse preso. Soy yo quién dice ser el hijo de Dios- insistía. Pero de un solo golpe lo echaron a un lado y lo dejaron tendido al borde del sendero.

A Pedro lo llevaron donde Poncio Pilatos, el Gobernador romano. Y el hombre que estaba a punto de cambiar la historia trató de explicarle el mal entendido, pero los nervios y la lengua trabada por la golpiza, no pudieron hacer nada por mejorar su presente y su futuro.

Y mientras Pedro balbuceaba explicaciones sin mucha suerte, Jesús deambulaba desesperado entre las polvorientas calles de Jerusalén esperando un milagro que pusiera de nuevo las cosas en su lugar. De pronto unas mujeres lo reconocieron. –Te hemos visto con él, al que apresaron, el que dice ser hijo de Dios.   Y Jesús, que no andaba de buenas por la falta de sueño y por ver su final empañado por un estúpido enredo, exclamó: – ¡el no es el hijo de Dios, no es el hijo de Dios, no es él el mesías!. Lo dijo así, tres veces. Entonces un gallo cantó y antes de que el pajarraco cerrara el pico, Pilatos ya había puestos sus manos en agua tibia tras condenar a muerte al pobre aldeano que años antes tiraba las redes sobre el mar de Galilea, sin más ambiciones que algunas sardinas, algo de miel y legumbres.

El resto de la historia es conocida. Un poco distinta, pero conocida. Al desafortunado Pedro lo azotaron ferozmente, pusieron sobre su cabeza una corona de espinas y cargó con el madero sobre sus hombros hacia lo más alto del Gólgota, el lugar de calaveras donde vería su último horizonte. Y mientras caminaba, entre escupitajos y ofensas, el hombre de barba y áspero genio, maldecía al idiota de Judas, que siempre lo miró con envidia por ser el preferido.

Tras tropezar unas cuántas veces, Pedro logró la cima y su crucifixión. Lo clavaron como a un delincuente, le enterraron una lanza a su costado y lo exhibieron como un animal moribundo en mitad del matadero. Antes de dejar esta tierra, Pedro gritó: – ¡Donde te pille te mato, Judas de pacotilla! Inclinó su cabeza, dio un último suspiro y murió. Murió. Y murió bien muerto. Ni hablar de resurrección.

A esas alturas Judas ya se encontraba haciendo negocios en una taberna de mala fama con un cobrador de impuestos intentando abultar el buen dinero que se había hecho trabajando de soplón. Y el resto de los discípulos murió sin volver a ver la luz del día, escondidos en catacumbas, confundidos por todo lo que les había tocado vivir.

Y de Jesús solo se cuentan algunas historias. Los entendidos señalan que tras la muerte de Pedro, Cristo sintió el peso de la culpa y del pecado. Su misión era morir por los hombres y no escabullirse de su hora más oscura. Además ya estaba tieso al que había elegido para seguir sus pasos sobre este mundo, y ya nadie lo seguía. Andaba entre las casas de piedra, de un pueblo a otro, dibujando con su dedo en la arena y anunciando en plazas y templos la promesa de un vergel sin hambre, sed ni penurias. Los transeúntes lo llamaron “el loco paraíso”.

Después de un tiempo nunca más lo vieron. Algunos piensan que se transformó en un ser eterno, el hombre de toda época. Cuentan que vaga por el mundo, sucio y maloliente, con una bolsa de pan duro y una caja de tinto barato, esperando algún día ser descubierto y degollado como a un cordero entregado al sacrificio.


Por Matías Carrasco.

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CHILE OPINANTE

OPINION

 

En los últimos años hemos visto el surgimiento de un Chile opinante. El acceso a internet y el uso de redes sociales ha facilitado la posibilidad de que cualquier persona pueda dar su parecer sobre la contingencia o respecto a asuntos más específicos.

En los medios tradicionales la opinión también ha ido ganando terreno. Atrás han quedado los periodistas que intentaban mantener cierta objetividad (si es que es posible esa pretensión) para dar paso a profesionales que constantemente emiten juicios y fijan una postura clara respecto a los temas que van marcando la agenda. Incluso la manera de titular, que siempre es una pista para ver por dónde navegará la noticia, hoy es más desenfadada y con evidentes juicios de valor.

De alguna manera la opinión ha permitido que emerja una sociedad más crítica y cuestionadora. Y eso es bueno. Permite un mayor control y fiscalización del poder y de las clases dominantes y, a su vez, entrega una voz a quiénes antes no la tenían.

Sin embargo, como en todo, el exceso no es un buen consejero. Y en nuestro país la opinión abunda. Pienso que asistimos a una época que nos hace más opinantes pero no por eso más libres. La irrupción de diferentes puntos de vista no necesariamente culmina en un grupo más diverso y pluralista. Lo que vemos es que hay ciertas tendencias que se hacen notar para finalmente imponerse, no por consenso sino por la fuerza de sus declaraciones o por los tiempos que les tocó vivir.

Cuando la opinión comienza a ganar la batalla, hay un terreno neutral que es, sutilmente, abandonado. Y lo que prima es la corriente victoriosa y no la de los derrotados o, simplemente, de aquellos que estaban siendo testigos de la contienda. Y una opinión dominante puede resultar más aterradora que el rugido de un león o que un tanque avanzando hacia nosotros por la avenida.

Por nuestra costumbre ancestral de vivir en comunidad, la amenaza de quedar “fuera” o a ser percibidos como disidentes, puede ser muy amedrentadora. Por eso es común que muchos y muchas prefieran callar o simplemente sonreír frente a una opinión que, honestamente, no les parece. Y eso no está bien. Sobre todo cuando los comentarios son en blanco y negro, en “me gusta” y “no me gusta”, sin mucho espacio a los matices que siempre existen y que son tan necesarios.

¿Cuál es la solución?

En ningún caso restringir los espacios de opinión. Menos formar a niños sin voz ¡Por ningún motivo! Pienso que las mismas característica de este fenómeno nos dan luces de una posible salida. Cuando uno mira las opiniones en las esferas pública y privada, se dará cuenta que buena parte de ellas son más bien binarias (de acuerdo o en desacuerdo), confrontacionales (respecto a otro) y de muy poco análisis y reflexión propia.

Cada uno fija su opinión respecto a un tercero y desde ahí dispara. Lo vemos a diario en la política, en los temas de interés nacional y también en los discusiones de la vida misma. Es la manifestación de este Chile opinante el que ha dejado entrever nuestra carencia reflexiva y la incapacidad de mirarnos a nosotros mismos.

La opinión, la buena opinión, no debe ser solo un arranque o una pulsión incontrolable. La opinión no tiene porque ser siempre un veredicto y menos algo violento o que deba ser impuesto. Puede ser más bien un punto de partida o la chispa que enciende una conversación interesante.

Pero para hacer esa distinción es imprescindible dejar las trincheras, atrevernos a poner en duda “nuestras verdades” y comenzar a reconocer en la mirada del otro su valor y su particularidad. Quizás, quién sabe, algún día nos puedan hacer cambiar de opinión.


Por Matías Carrasco.

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CENTELLA

CENTELLA

Le decían la 10.000. La llamaban así porque era puta y cobraba diez mil pesos. Y a ella eso le molestaba. Sabía que era bien putaza, y a mucho orgullo, pero hacía tiempo había ajustado sus tarifas. Ahora estaba rondando los quince mil y no iba a permitir que los flaites del barrio y unos colombianos recién llegados le faltaran el respeto. – Una tiene sus valores, decía, y el mío es de quince lucas, ningún peso menos.

Había dejado de ser una muchacha hace varios años. Su época dorada fue durante sus veinte, donde administrativos, estudiantes del barrio universitario y juniors de grandes oficinas la visitaban en su pequeña pieza de calle Puente para empañar los vidrios de una ventana trizada y transpirar sobre un colchón tirado en el suelo, de esponja amarilla y carcomida.

Nunca fue bella, pero su clientela la prefería por su empeño y desenfado en la cama. Era chica y bien entrada en carnes. Aún así siempre gozó de buen autoestima. Vestía generalmente de calzas fucsias y bien ajustadas y un peto negro que dejaba traslucir sus grandes pezones y una abultada barriga que se le escapaba por todos lados.

Era puta, pero no callejera. Después que le sacaron la cresta nunca más quiso ponerse a levantar su falda encima de una cuneta, pelear la esquina con unos travestis bien pintarrajeados o hacerle el favor a un paco para que no la fueran a meter otra vez presa. Por eso prefería su dormitorio, picante pero mío, como decía, y de vez en cuando salir a poner calientes a los cabros del barrio alto que la querían ver en pelotas antes de jurar amor santo y eterno. Ella, siempre digna, llegaba con su estuche con condones baratos, pasta de dientes y cepillo bajo el brazo.

Juntaba lucas para poner su aviso en el diario. Era conocida en la sección de económicos de La Tercera. Centella. Prometo llevarte al cielo. Carné al día. Frigobar. Llámame. Así rezaba su mensaje. Eran tiempos en donde el Challenger prometía conquistar el universo y ella, vivaza como siempre, se aprovechó de la noticia y se hizo llamar Centella, como el helado y como el cohete. Y cuando el Challenger explotó en el despegue, un cliente también explotaba mientras ella ni siquiera había prendido sus motores.

Pero el tiempo y tanto ajetreo fueron haciendo lo suyo. La Centella de esos años comenzó a apagarse. Ni ella seguía tan empeñosa y traviesa ni sus clientes la querían así, más vieja, sin dientes y con sida. Solo otros como ella querían compartir sus miserias en la misma colchoneta amarilla de sus mejores hazañas.

Un haitiano, de unos cincuentaitantos, solo y sin trabajo, le decía a la Centella que su selva negra, ondulada y generosa, le recordaba a su isla y su calor. Le iba contando, mientras allá abajo Centella hacía lo suyo, las tragedias de un hombre sin tierra.

Y otro viejo, delincuente y asesino, visitaba la guarida del mal a veces para escapar del frío, a veces para huir de la justicia y otras tantas para intentar poner de pie lo que hace ya años se había dormido. Y así, entre cajas de vino tinto, iban desarreglando el mundo.

Pero Inés, Inés, era para Centella su mejor visita. Ella miraba por la ventana aguardándola, custodiando su llegada. Y cuando sentía sus pequeños pasos en la escalera, Centella volvía a brillar y se ponía contenta. La Inés dejaba sus rosas sobre las ollas que estaban arrimadas en un mueble roto y se sentaba a los pies de la cama a tomarse el vaso de leche que siempre la esperaba.

Inés, a sus siete años, ya no era una niña. Y la puta, que sabía de pobreza y de desgracias, quería devolverle su infancia y su futuro. Por eso insistía en esperarla, en abrazarla, en arreglar con pinches de colores su pelo largo y en comprarle pilchas en el bazar del maricón Román, a unos pasos de la esquina.

Y cuando Inés no llegaba, ahí partía Centella, con la luna sobre sus hombros y el centro hecho un puterío. Inés, sentada en las puertas de la catedral, vendía sus flores mientras los lobos la pretendían. Con un grito Centella espantaba a la manada, se llevaba a la niña y dormía con ella acurrucada con el feroz miedo de perderla algún día.


Por Matías Carrasco.

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SONREIR

camping

Habían acordado partir el tercer fin de semana de septiembre. Hacía ya cuatro años, desde que Vicente cumplió los cinco, que él salía una vez al año junto a su padre de paseo. Antes habían estado en unos domos en Casablanca, también alojando en Río Clarillo, en Hierba Loca y en el valle de Tinguiririca, en la sexta región. Esta vez decidieron juntos acampar en Guanaqueros.

Ambos contaban los días para cumplir ese rito que consideraban suyo y sagrado. A Hernán le gustaba pasar tiempo con su hijo. Intuía que darle toda su atención era una manera de decirle que lo querría para siempre. Y Vicente se sentía especial cuando su padre ponía sobre él esa mirada quieta y sin urgencias.

Partieron después de almuerzo. Chao Mamá. Chao, mi amor ¡pásalo bien!. Chao negra. Chao Hernán, maneja con cuidado. No olvides echarle bloqueador. La primera parada fue en el supermercado. Puedes comprar lo que quieras Vicente. Y Vicente, excitado, fue completando el carro con nutella, papas fritas, mantecoles y bebidas. Hernán aportó con la carnes, el carbón, cervezas y un buen vino. Durante el viaje, el pequeño durmió la mitad del camino y su padre pensaba en su vida acompañado de Serrat, Sabina y Peter Gabriel.

Llegaron al camping a las siete de la tarde. Era un lugar tranquilo, con una generosa vegetación que contrastaba con el paisaje seco del norte de Chile y con una extensa playa que se asomaba a unos cien metros del ajetreo de los visitantes. Cada sector estaba separado por arbustos altos y espesos y bien equipado con una mesa de madera, una rústica parrilla y baños y lavadero a la mano. Mientras Hernán descargaba las cosas del auto, Vicente dibujaba en cuclillas con un palo sobre la tierra. Luego comenzaron a armar la carpa. El padre iba enfilando los tubos y el Bicho iba clavando estacas con una piedra mediana. Con la misión cumplida, después de dar una vuelta al lugar, encendieron la parrilla.

Esa era la parte que Vicente más disfrutaba. Le gustaba mirar el fuego, girar las salchichas y quedarse quieto, acurrucado en los brazos de su padre, viendo como chorreaba la longaniza y el vetado. Gozaron de las conversaciones y también de los silencios. Después de comer, lavaron platos y vasos, se cepillaron los dientes y se fueron a acostar. Bien adentro de su saco, Vicente le contaba a su padre las sombras que veía dibujadas por la noche en el techo de la carpa. Veía mariposas, un perro con el hocico abierto, una sombrilla y una anciana encorvada con su bastón. Hernán soltaba carcajadas y lo animaba a seguir descubriendo figuras. Vio también un dinosaurio, unos zapatos de taco alto y otro perro echado sobre su cola. Y así, imaginando, Vicente se durmió y su padre lo miraba encariñado, acariciando su pelo y sus mejillas. Después de unos minutos, Hernán salió, se sirvió una copa de tinto, se sentó frente a las brasas que aún vivían y lloró un rato largo.

Un fuerte sol los despertó en la mañana. Limpiaron la mesa de las hormigas que habían atraído los restos de la última comida y desayunaron leche, huevos y pan con nutella. Se ducharon y embetunaron sus caras, brazos y piernas con bloqueador. Vicente tomó su balde y partieron a la playa. En el trayecto el Bicho se detenía para recoger flores y levantar piedras en busca de insectos. Hernán lo esperaba y acudía a su llamado cada vez que Vicente quería mostrarle una araña, un escarabajo o las añuñucas rosadas que se abrían en la mitad del sendero. El padre pedía una foto y el Bicho obedecía forzando una sonrisa con los dientes apretados y sus labios estirados.

En la playa Hernán se sentó con las piernas cruzadas sobre la arena, mientras Vicente corría y saltaba sobre el desnivel que la marea había dejado la noche anterior. Así pasó un buen rato. Luego comenzaron a caminar con dirección al norte. El padre tranquilo, avanzaba y se detenía al ritmo de su hijo. Y el Bicho, lleno de energía, corría haciéndole el quite a las olas que amenazaban con morderle los talones. De pronto se encontraron con un lobo de mar muerto varado sobre la playa. El animal tenía la piel desteñida y rota por los rayos del sol. ¿Está muerto?, preguntó Vicente. Si Bicho, está muerto. Seguramente estaba solo y se desorientó hasta llegar a la orilla. ¿Y nadie lo ayudó Papá? Quizás nadie lo vio, Vicente.

Siguieron adelante. Llegaron hasta un roquerío de mediana altura que comenzaron a trepar. Entre medio cazaron cangrejos que pillaron escondidos en pozones de agua caliente y que Vicente ponía delicadamente en su balde. Llegaron hasta la roca más alta y se sentaron uno al lado del otro a observar el océano. Después de unos minutos de ver el mar revuelto y las olas rompiendo, Vicente, con la vista fija en el horizonte y una voz seria y reflexiva, dijo: tú sabes que soy una niña Papá y que siempre me he sentido así, ¿cierto? Hernán, con el corazón apretado, buscó sus ojos y después de encontrarlos le respondió: si princesa, lo sé. La besó en la frente, le sonrió y le dio un abrazo eterno. Vicente, sobre el pecho de su padre, también comenzó a sonreír.


Por Matías Carrasco.

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EL CAFÉ DE FREUD

freud

Después de unos minutos recostado sobre el diván, Ignacio, el psicoanalista, interrumpió el silencio de Manuel. Podríamos ver en qué se quedó pensando, preguntó. Manuel que ya estaba cansado de la misma dinámica, de la misma consulta y de la misma y abultada boleta de todos los meses, le respondió: en tu mujer, en eso estoy pensando, en tu mujer.

El terapeuta, con el block entre sus piernas y la punta del lápiz apoyada sobre el mentón, tragó saliva, dejó pasar algunos segundos y volvió a incorporarse. Quizás siente rabia por el abandono de su esposa, dijo con un tono tranquilo y neutro. No es por esa loca, que merecería todos los males de este mundo, es simplemente por tu mujer, dijo Manuel. ¿Recuerdas la vez que nos encontramos en el supermercado? El psicoanalista, apoyado en el sofá, no abrió la boca. Bueno, esa vez yo puse los ojos sobre tu señora y ella los suyos sobre mí. No me culpes. Es una mujer atractiva, de eso no hay dudas, y nadie puede correrle la vista a esos hombros descubiertos, a esas caderas marcadas, a su mirada traviesa y, sobre todo, a ese lunar que corona su labio superior y que quise mascar ahí mismo, en el pasillo de detergentes y blanqueadores donde se cruzaron nuestros carros.

Ignacio se hundió un poco en el sofá y desvió su mirada hacia el pequeño cuadro de naturaleza muerta que adornaba la sala donde hombres y mujeres se desarman como el mercurio. El terapeuta pensaba que ya era tiempo de cambiar ese cuadro. Debo encontrar algo más moderno, se dijo. Y luego pensó de qué manera salir del entuerto que le estaba proponiendo su paciente. Devolvió su mirada sobre el cabello rizado de Manuel y volvió a intervenir: quizás su rabia sea contra mí, sugirió. Manuel cambió de postura, abrió sus piernas, enlazó sus manos sobre su estómago y suspiró. Tengo motivos para odiarte, pero esta vez no se trata de ti, se trata de tu mujer. Luego de ese encuentro fortuito soñé con ella, esa misma noche. Soñé que la desvestía. Soñé que me sonreía. Soñé que estábamos solos en el mismo hipermercado donde nos conocimos. Ella sentada sobre las paltas maduras y yo besándola encaramado arriba de un cajón de frutas. Y cuando estaba apunto de apretar con mis dientes el lunar prohibido, reventé una palta y desperté.

El sicólogo, medio desencajado, volvió a fijar su vista en el cuadro y se convenció que una pintura de Monet sería una buena opción a esa naturaleza que más que muerta estaba podrida. Después de ese sueño, siguió Manuel, pensé que nunca más la volvería a ver. Pero tú bien sabes Ignacio, que la vida es una caja de sorpresas, y cuando fui a conocer el nuevo café que se inauguraba justo debajo de mi oficina, la vi a ella, preciosa, coqueta, como su flamante administradora. Café de Freud, ¿no? Así se llama. Imagino que tú estás detrás de ese emprendimiento. La cosa es que ella me reconoció de inmediato. Y yo, no te puedo engañar, apenas la vi se me entusiasmaron todas las hormonas. Me convertí en un cliente frecuente de Freud y su café. Al principio pasaba todas las mañanas, antes del trabajo. Pero tú sabes que soy ansioso y no puedo esperar. Así que luego empecé a dejarme caer a la hora de almuerzo y en los últimas semanas, al terminar el día. No sé cómo nos fuimos enredando. Pero ella me miraba y yo también la miraba. Ella dibujaba corazones sobre mi macchiato y eso me bastó para entender que ella quería revolverla conmigo.

A esas alturas, Ignacio no entendía bien lo que estaba escuchando. Intentaba mantenerse en su rol de psicoanalista pero le temblaba el piso y las piernas. Ahogado ahora en sus propias dudas intentó dar un manotazo antes de hundirse por completo. Tal vez vea en ella la figura de su madre, inquirió. Manuel acomodó su cabeza sobre el cojín y respondió con tono seguro. No es a mi madre a quién deseo Ignacio, es a tu mujer. No es a mi padre a quién quiero matar. Es a ti a quién quiero sacar del camino. Pero no puedo. Mal que mal son seis años, tres veces por semana y una inversión gigante que no puedo tirar por la ventana. Te tengo cariño. Hay un vínculo que no puedo traicionar. Perdona. Pero tú me has pedido decir todo lo que se me viene a la mente y lo único que tengo en este minuto es el nombre de tu mujer y ese cuerpo que ya conocí. Perdóname. Pero tú entiendes bien esto de la líbido. Cuando ella me ofreció pasar a dejarme después del último luongo de esa tarde, yo sabía y ella también, que los dos terminaríamos friéndonos de pasión. Y así fue Ignacio. En el estacionamiento del café, con Freud como testigo. Allí, en las butacas de tu Volvo, hicimos crujir los amortiguadores entre papers de Fromm, neurosis y culpa. Esa que no sentimos, pero que ahora me ahorca. ¿Tienes alguna pastilla que me puedas recetar?

El psicoanalista ya había perdido toda compostura. Ido, dibujaba garabatos y líneas inconclusas sobre el block, intentando dar cuenta de todo lo que estaba pasando.

Nunca debió haber ocurrido Ignacio, continuó Manuel con los ojos pegados en el techo. Digo lo de ese encuentro en el supermercado. Yo pensaba que tú eras un fantasma que existía solo entre estas cuatro paredes y, de vez en cuando, en mi cabeza. Pero pasó. Descubrí tu vida, a tu mujer y el sabor de ese lunar que no puedo sacármelo de la boca.

Exasperado ya, Ignacio dio un brinco, despegó del sofá y con los pelos de punta enfrentó a Manuel. ¡Estás loco! Mi mujer nunca me podría hacer algo así. He tenido mis tropiezos, es cierto, pero nada fuera de lo normal. El trabajo me absorbe por completo y no tengo todo el tiempo que querría darle a mi esposa. Pero ella sabe cuánto la quiero. ¡Estás mintiendo! ¡Dime que estás mintiendo! Bien, dijo Manuel con voz pausada y sin variaciones, se nos acabó la hora. Se sentó, se puso de pie, le dio su mano al terapeuta y se marchó. Ignacio se recostó en el diván y comenzó a marcar insistentemente el teléfono de su mujer.


Por Matías Carrasco.

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UNA VIDA EXCEPCIONAL

gato

Miguel siempre fue un hombre sobresaliente. Desde niño que sus profesoras le auguraban un futuro sin problemas y de no mediar por lo ocurrido ese día, ellas habrían tenido razón. No era fácil encontrar a un jovenzuelo tan completo. Obedecía sin reparos, levantaba su mano derecha para intervenir en clases, callaba cuando se lo ordenaban, dejaba su uniforme doblado sobre la cama antes de dormir y preparaba su desayuno cada mañana. Estaba acostumbrado a que le palmotearan la cabeza y le revolvieran el pelo en señal de orgullo y de aprobación.

Algunos pensaban que lo de Miguel venía dado por genética. De ahí explicaban una niñez sin llantos ni pataletas, su facilidad para dejar los pañales apenas iniciados los dos años o su interés por la lectura cuando todavía no entraba al colegio. Otros, sin embargo, creían que las virtudes de Miguel eran mérito de una familia correcta, ordenada y sin sobresaltos. Era normal verlos sentados en la mesa. Al padre en la cabecera, con sus dos manos sobre el mantel. A la madre a su derecha, bendiciendo la comida. Y a Miguel en frente de ella, engullendo sus albóndigas sin levantar la mirada.

También eran costumbre los viajes que cada año el padre proponía y que Miguel aceptaba con una sonrisa frágil. Fueron a Roma, a Berlín, a Paris y a Praga. También recorrieron en auto el norte de España, el sur de Francia, buena parte de Portugal, San Francisco y Toronto, en Canadá. Allí, caminando el mundo, Miguel seguía el tranco de su padre y el viejo, que no era tan viejo en realidad, le explicaba lo que estaban viendo y contaba siempre una buena historia. Por las noches el padre lo interrogaba sobre la jornada y Miguel respondía: Muy bien, Papá, muy bien, Papá.

Al final de cuentas, da lo mismo si lo de Miguel era por genética o por haber vivido en una familia ejemplar. Lo importante es que su vida siempre anduvo recorriendo un surco exacto y sin repliegues. Eso, hasta ese día que es mejor olvidar.

Salido del colegio Miguel ingresó a la Escuela de Medicina de la Universidad de Chile. A nadie le extrañó su puntaje y su elección. A esas alturas todos sabían que Miguel era un hombre excepcional. O este cabro es cura o doctor, decía su abuela Clara. Y tan perdida no estaba. Su carrera fue todo un éxito. No demoró mucho tiempo en distinguirse del resto, ganarse la admiración de profesores y directivos, hacerse de varias ayudantías y terminar graduándose como el mejor alumno de su generación.

Se especializó en ginecología. Su madre siempre soñó con ver a su hijo trayendo a esta tierra otras vidas y Miguel, obediente como era, no la decepcionó. Siguió estudiando algunos años fuera de Chile y regresó triunfante con nuevos cartones brillando bajo el brazo. Se hizo conocido en el hospital, luego en la ciudad y finalmente se convirtió en el ginecólogo de cabecera de la socialité chilena. Y mientras Miguel obraba entre pujidos, él también trajo sus propios niños al mundo. Se casó bien, tuvo dos hijos y comenzaba a construir un matrimonio, también excepcional.

En eso estaba cuando llegó el fatídico día. Parecía una mañana como cualquiera. Tenía agendado para las 09.00 el parto de Isabela, una muchacha de Linares que venía especialmente a la ciudad para atenderse con Miguel. Ella y su esposo llegaron a la hora señalada y tras el ingreso al pabellón comenzó a ocurrir lo que suele ocurrir en un anuncio programado. Todo va a estar bien, Isabela. Confío en usted, doctor. El anestesista hizo lo suyo y el padre primerizo se ubicó nervioso en la cabeza de su mujer. Miguel hizo el primer corte y cuando abrió la panza se encontró con la sorpresa. En lugar de un bebé se topó con un pequeño gato. El doctor se quedó mudo, como muerto. La madre, emocionada, gritó: ¡es un varón! Y el padre, sin entender mucho, se desmayó.

Yo lo voy a querer igual doctor, dijo la mujer. Ya era madre y eso la dotaba de esa incondicionalidad radical. Y Miguel todavía no hablaba. Él estaba preparado para todo, pero no para ver en el vientre de una mujer a un gato gris que maullaba agudamente con insistencia. Ella lo tomó decidida y se lo colgó a su pezón, mientras el felino rasguñaba con sus patas rosadas la pechuga hinchada.

Después de tres días, Isabela, su marido todavía contrariado y su pequeño gato volvieron a Linares. Tuvieron allí una vida poco usual, pero vida al fin. A Gabriel, así bautizaron al minino, nunca le faltó leche ni afecto. Su padre aprendió a quererlo y su madre, fiel como son las madres, se consolaba sabiendo que su hijo, diferente como era, siempre caería de pie.

Miguel nunca volvió a recuperar el habla. Dicen que pasó el resto de sus años encerrado en su consulta revisando una y otra vez las ecografías de Isabela y buscando respuestas que nunca encontraría. Mientras Gabriel, el imprevisto, vivió de pie sus siete vidas.


Por Matías Carrasco.

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