CARTA A UN CONSTITUYENTE

El 15 y 16 de mayo los chilenos te habrán elegido a ti, estimado o estimada constituyente, para escribir la constitución de las próximas décadas. Lo que tú digas, lo que tú plantees, será crucial para la calidad de vida de millones de personas, en todos los rincones del territorio nacional, de todos los credos, de todas las tendencias, de todas las edades, de todos los pueblos, de todos los orígenes posibles. Muchos de ellos ni siquiera han nacido. Lo tuyo será presente y también futuro. Es una tarea noble y republicana la que se te ha encomendado. No se trata de ti. Se trata de una nación entera.

Seguramente vendrás con una idea clara en la cabeza. Lo que quieres. Tus sueños para Chile. Lo que consideras justo. Lo que debe sí o sí ocurrir. También es posible que traigas a la mesa las voces de tus cercanos, de tus aliados, de quienes te votaron. Y todo eso está bien. No hay que desdeñar las propias convicciones ni las esperanzas de quienes apostaron por ti. Pero el gran reto es abrirse a escuchar la opinión del otro, su realidad, su cultura, sus miedos, sus anhelos y su historia. De nuevo. No se trata de ti. Se trata de una nación entera. Esta convención tiene un fin práctico, pero también simbólico: el de construir entre todos y todas un Chile nuevo, más justo, igualitario y en paz. Y para eso se requiere ir más allá de las propias murallas, con un ánimo de diálogo y escucha.

Lo que está sobre tus hombros es una responsabilidad gigante. No basta solo el entusiasmo o las ganas de hacer de éste un país mejor. Los temas que se tratan en una constitución son variados, complejos y técnicos. La diversidad de cada uno de los que estarán sentados allí aportará ángulos valiosos para las definiciones de la patria que queremos ser. Pero no es suficiente. Es importante que hagas todos los esfuerzos posibles, con disciplina y tenacidad, por estudiar y conocer en detalle los asuntos que se estén tratando. Ampliar la mirada. Asomarse a las experiencias, exitosas y fallidas, de otros países. Pedir ayuda. Escuchar, con humildad, la voz de los entendidos. Ojalá, cruzar de vereda para complementar tus propias ideas con las del otro. Tener en cuenta, además, una visión de futuro y largo plazo ¡Será una constitución para los próximos cincuenta o más años! Lo importante es tomar conciencia del peso de las decisiones y de su impacto en la vida de la gente.

Sabemos que vivimos tiempos agitados, confusos y altisonantes. La deliberación política de los últimos meses no ha sido el mejor ejemplo de una buena convivencia. Por eso la convención debe ser un espacio especialmente protegido. Se pueden dar discusiones ásperas, pero siempre cuidando las palabras. El lenguaje crea realidad, y la nuestra no puede seguir siendo una a punta de insultos y descalificaciones. La convención no fue hecha para dar un espectáculo, sino para buscar una salida pacífica e institucional a las desavenencias y heridas del Chile de hoy. Procura siempre, aunque te cueste, aunque te den ganas de tirar del mantel, actuar con sobriedad y respeto, a la altura de la misión que te ha sido dada.  

No te conozco, pero admiro tu valentía de estar presente en esta instancia decisiva. Se requiere de cierto arrojo, sobre todo en un ambiente crispado, de funas y de tanta exhibición pública. Cualquier cosa, cualquier declaración, puede ser motivo de un escarmiento en las redes sociales.  El gran desafío será darle a los twitteros el lugar que corresponde, y mantener a resguardo un espacio libre para la reflexión y el pensamiento, lejos del ruido y de las amenazas de quienes pretenden rodear la convención. No será fácil, pero es fundamental para un discernimiento honesto, serio y profundo, que muchos esperamos de ti.

Y finalmente, recuerda siempre que si estás ahí es por el bien de Chile y no por el propio. Es algo que se ha perdido, pero que distingue a los grandes servidores públicos: el actuar pensando en el bien común, y no en el prestigio, en la carrera o en la imagen de uno mismo. Ojalá se escriba al ingreso del Palacio Pereira y del antiguo Congreso Nacional: “Aquí dialogamos por el bien de Chile y su futuro”. Que esté en el vestíbulo y en cada una de las salas, a la vista de todo el mundo. Que las sesiones comiencen con esa frase como si fuese un mantra: “Aquí dialogamos por el bien de Chile y su futuro”.

El 15 y 16 de mayo, estimado o estimada constituyente, los chilenos te habrán elegido para escribir la constitución de las próximas décadas. Se iniciará contigo, y con otros 154 hombres y mujeres, un proceso histórico y vital para nuestra democracia. Te deseo el mayor de los éxitos. Y no lo digo solo por ti. Lo digo por una nación entera.   

Por Matías Carrasco.

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LA POLÍTICA DE PILATOS

Es conocida la historia del juicio de Jesús. El gobernador romano, Poncio Pilatos, facultado para liberar o condenar al hombre de Nazaret, temeroso e indeciso, optó por entregar al pueblo la suerte del denominado mesías.  “¡Crucifícalo, crucifícalo!”, le gritaron. Y tras pedir agua, se lavó las manos frente al gentío y aclamó: “ustedes responderán por su sangre, yo no tengo la culpa”.  Finalmente, Jesús fue azotado, crucificado, muerto y sepultado. 

Han pasado más de dos mil años desde aquel acontecimiento. Pero el hombre sigue siendo hombre y muestra – cada tanto- sus hilachas y pellejerías. No hemos cambiado mucho. Pilatos huyó (más bien quiso hacerlo) de su propia responsabilidad. No pudo con la presión de la gente, ni con las miradas de los sumos sacerdotes de la época, aún intuyendo la inocencia del acusado: “no veo delito en él”, decía.  Pero lo más llamativo es el gesto final. El agua. Las manos. El símbolo desesperado por librarse de una obligación ineludible, quiéralo o no. 

En estos tiempos difíciles, se ha instalado la política de Pilatos. Me refiero a la práctica de hombres y mujeres en cargos de relevancia, que toman decisiones claves para el destino del país, pero que intentan –sin más- eludir o desviar su propia responsabilidad.  Varios parlamentarios, de un lado y del otro, justifican sus decisiones culpando al gobierno. “El gobierno no nos deja otra alternativa”, dicen, como si fueran simples marionetas u hojas arrastradas por el viento, incapaces de dirigir sus propias acciones y de asumir las consecuencias de los actos que promovieron.  

Por estos días se anuncia una nueva acusación constitucional contra el Presidente. “¡Crucifíquenlo, crucifíquenlo!”, se escucha desde las cómodas butacas del Congreso y bancadas de la oposición, con discursos iracundos y encendidos posteos en las redes sociales. Intentan culpar a Piñera y a su gobierno de una crisis social, política, sanitaria y económica, que tiene al país contra las cuerdas. Como Pilatos, buscan lavar, sin pudor, sin vergüenza, sus propias manos, aunque le cueste a Chile su estabilidad. 

Pero aún así, con todas las fallas y horrores de esta administración, la izquierda no podrá eximirse de su rol en el tenso, crispado y peligroso clima que se está generando. Como nunca, en la historia reciente, la oposición ha gozado de tanto poder. Y como nunca, en los últimos treinta años, la democracia se ha visto tan frágil y la política tan debilitada.  De todas formas, se lavan las manos.

Ahí están, frente a la pileta, haciendo fila, el Partido Comunista y el Frente Amplio, los que se negaron a participar del gran acuerdo constitucional del 15 de noviembre del 2019, en los días más violentos del estallido social. Ahí están, los que gobernaron antes el país, rasgando vestiduras, reclamando con furia por la justicia y dignidad que ellos mismos no fueron capaces de garantizar. Ahí están, los que han abierto las puertas del Congreso a figuras de la farándula, que han hecho de la política un pobre, agresivo y brutal espectáculo. También están los que han incitado o soslayado la violencia, los que llaman a rodear la convención, los bufones de twitter, los que han desdeñado el diálogo, los agitadores, los que apuestan por la polarización, y los que ahora amenazan con destituir al Presidente de la República, y hacerse del poder como en una encerrona o en un portonazo. Buena parte de la izquierda que en otros años jugó un papel fundamental y admirable por el retorno a la democracia, hoy parece ponerla en riesgo, cegada por la emoción, la revancha y el miedo.

La cobardía de Pilatos llevó a un hombre inocente a la muerte. La cobardía y el oportunismo de algunos de nuestros dirigentes puede llevar a Chile a un doloroso vía crucis, sin la certeza de la resurrección. Por el bien de todos, en estos tiempos decisivos y a las puertas de una elección histórica, es hora de hacerse adultos y plenamente responsables.

Por Matías Carrasco.

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LA INDIGNACIÓN COMO ESPECTÁCULO

Indignación, según la RAE, significa enojo, ira o enfado vehemente contra una persona o contra sus actos. Es decir, la rabia no se expresa de cualquier manera, sino que se manifiesta con ímpetu, viveza o pasión. En Chile sabemos de esto. Con el estallido social, la indignación se expresó y se instaló. Motivos hubo, hay y seguirá habiendo para indignarse, sobre todo para aquellos que sufren la marginalidad, los abusos, la violencia y la pobreza.  El problema está en que algunos – astutamente- entendieron que la indignación puede ser un buen instrumento para ganarse la venia del pueblo, sumar likes, votos y rating. Ellos y ellas han hecho de la indignación un espectáculo y una forma de hacer carrera.

La televisión es un buen ejemplo. Si antes se premiaba la objetividad, la preparación o la habilidad de un periodista para poner distintos puntos de vista sobre la mesa, lo que se reconoce hoy es el nivel de indignación. Es por eso que varios buscan parecer irritados, seriamente irritados, absolutamente irritados, con la autoridad, con el gobierno, con los empresarios, o con quién sea (el indignado siempre debe procurarse un culpable), con tal de ganar prestigio y fama en las redes sociales. Y les resulta. El rostro indignado sabe leer muy bien el reclamo de la gente (o lo que piensa es el reclamo de la gente), y según eso se va moviendo, se va amoldando, como la arcilla o como el camaleón. Un día puede ir al norte, y al otro al sur. Lo importante, la única condición, es siempre parecer indignado.

En el día a día, en los ciudadanos como usted o como yo, la indignación también se ha convertido en un recurso inmediato, en una tabla de la que aferrarse, en un disfraz que nos sienta y nos queda bien. De alguna manera, la indignación nos convierte en víctimas y las víctimas solo padecen, librándose de toda responsabilidad. Hay cosas que nos indignan, y con razón, pero en otras, sencillamente, exageramos.

Pero en donde el asunto es particularmente grave, es en la política. Mal que mal es en esas arenas en donde se define buena parte del presente y del futuro de Chile.  Aquí no hay solo astucia, sino también bribonería. La indignación se convierte en un gran escenario, con tramoyas profesionales y parlantes de tamaños portentosos. Y ahora que las elecciones están a la vuelta de la esquina, el show crece. Da lo mismo el tema. Da lo mismo si las circunstancias son excepcionales o históricas. Da lo mismo que sepan, conscientemente, que lo que están diciendo no es del todo cierto ni del todo justo. Lo importante, como ya sabemos, es decirlo con la cara apretada, con las cejas arqueadas, con la voz fuerte, y con un tono perfectamente indignado. Tampoco importan la técnica ni los argumentos. La indignación es una cosa de guata, nada que ver con el pensamiento.

Vaya a darse una vuelta por internet. Revise los twits, los puntos de prensa, las intervenciones en las comisiones, en la Cámara y en el Senado. La mayoría – salvo excepciones- es en un tono iracundo y febril. Por eso las formas y el lenguaje han decaído tanto. Por eso los insultos, las descalificaciones y el mal trato. Por eso, el desprestigio.

Es tentador ponerse del lado de la indignación. Es sexy. Nos hace parecer (solo parecer, en la vida privada se dan otras sorpresas) hombres y mujeres justos y sensibles, paladines al fin. Pero nuestros líderes no están llamados a tomar el malestar de la calle y amplificarlo con la furia de los exaltados. Eso simplemente alimenta el boche y la división. A lo que están llamados – políticos y constituyentes- y de lo cual deben sentirse plenamente responsables, es a tomar ese descontento, analizarlo, procesarlo con ideas (vaya palabra), y generar todas las conversaciones, con todas las fuerzas políticas, en un debate abierto y respetuoso, para encausar institucionalmente el legítimo reclamo de la ciudadanía.

La indignación es un sentimiento genuino y reaccionario a la injusticia. Es, además, un motor para causas nobles, en donde vale la pena dar la pelea. Sin embargo, también puede utilizarse como una postura estética y lucrativa, que beneficia solo a algunos pero que daña la convivencia, la democracia e impide juzgar la realidad de manera equilibrada.

Alguien tiene que poner la pelota contra el piso. En momentos difíciles y decisivos, Chile no necesita de más ruido y espectáculo. Chile requiere que las cámaras se apaguen y que aparezcan, al fin, líderes sobrios y valientes, dispuestos a colaborar por un país mejor, más allá de sus ansias de poder y figuración.

Por Matías Carrasco.

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LA PANDEMIA DEL CAPITÁN

Yo llamaría a ésta, la pandemia del capitán. Y no me refiero a cualquier capitán, sino a aquellos que aparecen siempre tras la polvareda de la batalla. Estamos rodeados. Nacieron al inicio de la pandemia y permanecen expectantes como faros o vigías. Tienen la sabiduría de los sabios, la intuición de una bruja, la claridad de los alquimistas y la severidad de los jueces. Siempre supieron y siempre sabrán, qué hacer y qué no.  

El capitán después de la batalla, a diferencia del verdadero capitán, el que está en la primera línea de la refriega, no tiene huestes que lo sigan. Tampoco un puesto de relevancia, una torre a la que hacer guardia, un alférez al que mandar o un caballo al que ensillar de madrugada. En realidad, no tiene mucha responsabilidad en el asunto ni muchas guerras que mostrar. Por eso es que irrumpe siempre, con su chaqueta bien planchada, sus pantalones ajustados y sus botas impecables, poco después de la contienda, cuando las colinas ya están vacías. Y allí, en medio de la nada, con el olor a pólvora aún sintiéndose en el aire, empuña su mano, la levanta hacia el cielo y comienza un discurso glorioso. “Qué cómo no lo vieron”; “Qué cómo diablos no han podido”; “Qué cómo diantres no pudieron predecirlo”. Finaliza la oratoria, sonríe, se aplaude a sí mismo con tres palmadas y vuelve a caminar en busca de otra lucha tardía.

El capitán que se hace tras la batalla no sabe de contextos ni de paisajes. Poco le importa que estemos viviendo una peste histórica, que la esté viviendo el planeta entero, que las potencias estén replegadas y que el virus, un bicho desconocido, se comporte de manera imprevista y cruel. Lo suyo es la conclusión, es la palabra que cierra los capítulos, es el reclamo perpetuo. Tampoco sabe de las complejidades de este mundo, ni de la guerra que estamos librando. Otea el horizonte como si fuese un pedazo de tela, liso y sin repliegues. Por eso las cosas le resultan obvias, tan obvias, y las soluciones las ve como si se tratase de freír un par de huevos en el sartén.

Siempre han existido los capitanes después de la batalla. El problema es que el coro de los capitanes en las colinas vacías es tan atronador, que no deja oír el silencioso y sacrificado trabajo de quienes están intentando genuinamente (sí, genuinamente), con errores, por supuesto, con tropiezos también, buscar una salida a este laberinto. Ellos y ellas – desde consultorios, urgencias, municipalidades, gobierno, ministerios, universidades, colegios, empresas esenciales, fuerzas de orden y tantos otros- saben cuánto cuesta, cuánto esfuerzo significa y cuán ingrata puede resultar esta tarea.

Es bueno y sano que se levanten críticas y contrapuntos a la ofensiva que se está dando en el frente. Pero sería mucho mejor y justo, que se hicieran conscientes del tamaño de la proeza y del terreno minado que estamos pisando. El capitán después de la batalla tendría que verlo para entender. Pero siempre llega tarde, con su chaqueta y sus botas pulcras, para levantar el puño al cielo y entonar su pregón, cuando los soldados ya se han ido.

Por Matías Carrasco.

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POR EL DIÁLOGO

En estos tiempos, recurrentemente pienso en un cuento de Cortázar. Se llama, Las manos que crecen. El relato comienza con una pelea. Un sujeto dándole una fuerte golpiza a otro. “Plack golpeaba. Sin retroceder, Plack golpeaba”, dice la historia. Sus manos se movían a una velocidad prodigiosa, dándole en la nariz, en los ojos, en la boca y en el pecho al adversario. Y cuando el hombre tuvo al otro en el suelo, se fue caminando, admiró sus manos y se sintió contento. Luego sus manos comenzaron a crecer, a tal punto, que sus dedos se arrastraban por el piso y sus puños parecían las orejas de un elefante africano. De ahí la angustia, las miradas de horror de los transeúntes, la dificultad de girar una manilla, de subir a un bus o de tomar un taxi. Plack lloraba y gemía. Llegó hasta la consulta de un médico. Lo operaron. Al despertar, Plack pensó que era un sueño. Entonces sus ojos vieron los muñones.

Hoy vivimos en una sociedad combativa. Es extraño. Por un lado está la esperanza de una nueva constitución, de un Chile más justo, y por otro, el trajín de todos los días, ese estridente y hostil, que hace el aire más pesado y brumoso. Está en las redes sociales, en la discusión política (pobre, muy pobre), en los medios, y también en espacios privados, grupos de whatsapp, comunidades escolares y de distinto tipo. Hay una cierta tendencia a la lucha, a fijar posiciones y a iniciar una nueva pelea. Por lo que sea. Por lo que se hizo o por lo que no. De alguna manera el combate nos dota de cierta épica e identidad. Y así nos vamos, como Plack, dando golpes, sin retroceder. Pero no es gratis. Algo se pierde en ese intento furioso y adictivo. Plack perdió sus manos. Y nosotros, ¿qué?

Es urgente y fundamental que Chile avance en más igualdad, en más justicia, en más dignidad, pero también, en más diálogo. Es una palabra que hemos desdeñado. Tiene hoy, mala fama. No se trata de negociación ni mediación. Es un paso antes. Se trata de diálogo. De sentarse a escuchar al otro. No para convenir algo, no para preparar el filo de un argumento, sino simplemente para entender, o intentar entender, sus ambiciones y derrotas, su paz o su guerra, sus alegrías y resentimientos. Y desde ahí, vaya a saber uno, quizás aparezcan algunas salidas a nuestros laberintos. O tal vez, no. Pero encuentro, habrá.  Parece una locura, pero no lo es tanto.

Un estudio realizado por Criteria a fines de 2020, a más de 1.500 personas de todas las regiones, concluyó que un 90% de los encuestados piensa que es importante escuchar distintas opiniones para resolver los problemas; un 91% cree que es importante llegar a acuerdos en los grandes temas del país; y que un 67% dice que los problemas de Chile deben resolverse mediante un diálogo amplio entre ciudadanos. Como contrapartida, un 75% asegura que se ha instalado un clima de descalificación en donde no se respeta a quienes piensan distinto.

En una época efectista como la nuestra, que premia lo inmediato y espectacular, lo estruendoso y ofensivo, es difícil el diálogo. Lo suyo es discreto y silencioso. Como la buena comida. A fuego lento. Supone además valentía, apertura y humildad de quién se dispone a dialogar. Puede correr el riesgo (o la oportunidad) de cambiar de opinión. Pero hay que insistir. Sobre todo, quienes ostentan puestos de poder e influencia. Intelectuales, artistas, líderes políticos, sociales, y empresariales. Ellos y ellas deben colaborar, persistir en el diálogo y en la verdadera escucha. Es casi una convicción ética. No hacerlo incrementará la desconfianza y minará la convivencia del país en tiempos complejos y cruciales.

Algunos pensarán que todo esto es pura ingenuidad, optimismo o un cuento fantástico como los de Cortázar. Pero, felizmente, está ocurriendo. Instituciones, universidades, organizaciones, y pequeños movimientos están generando espacios de encuentro y conversación. Y ya hay conclusiones preliminares: Chile quiere conversar. El diálogo tiene que ser una causa. Tan importante como las otras. Yo me uno. Pongo mi firma. Por el diálogo.

Por Matías Carrasco.

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INFELICES

Izkia tiene razón. Hay infelices en el gobierno. Tiene que haberlos. También los hay en el Colegio Médico, en el congreso, en las iglesias, en las empresas, en carabineros, en sindicatos y directorios, en los periodistas, en el ejército, en los intelectuales, en los artistas, en los mapuches y en los huincas. Existen también entre las feministas y los machistas, en la primera línea, en la segunda y en la tercera. No quiero herir a nadie, pero infelices hay en todas partes.

El problema está en que no nos damos cuenta de eso. Es decir, de la propia condición de infelicidad. No me refiero a la infelicidad como a la desgracia o la suerte adversa, sino más bien, a lo que Izkia entiende por tipos (y tipas) infelices. A los de actuar ruin y deplorable.  De esos (y esas) repito, hay una montonera.

Quizás convenga esclarecerlo en la nueva constitución. En su primer artículo. Todos y todas nacemos igualmente infelices ante la ley. Tal vez, habría que ser más preciso. Los recién nacidos no son rufianes. Corrijo. Todos y todas nacemos igualmente buenos, pero indefectiblemente, podremos llegar a ser, le guste o no, en algún momento de la historia, hombres y mujeres infames. Eso podría dotarnos de la igualdad que buscamos y que aún no logramos conseguir.

Nadie está libre de tirar la primera piedra. Nadie está libre de ser un infeliz. De alguna manera todos lo somos. Es esto de las luces y sombras, que ya no vale la pena repetir. Es una semilla que cae sobre rocas, rígidas e inamovibles, como son las rocas. Estamos en la hora de las sombras de un lado y las luces del otro. Como el día y la noche. Pocos están dispuestos a asomarse a la ventana cuando amanece o cuando el sol se oculta, y se mezclan al fin, el brillo y la oscuridad.

Algunos piensan que estamos gobernados por una tropa de infelices. Incluso lo piensan aquellos que ya gobernaron, y era que no, también los llaman infelices. ¿Se da cuenta de que esto es una cadena? El tema es que muchos esperan que termine esta administración infeliz para, al fin, dar paso a los iluminados, a los que saben, a los impolutos, a los de una claridad envidiable. Pero no será de esa manera. Está escrito. Son los tiempos. Cualquiera que sea, de derecha o de izquierda, progre o conservador, del pueblo o de la elite, terminará por defraudarnos, como otros y otras ya lo han hecho. Si esperamos santos, encontraremos, simplemente, al ser humano.

Pero hay una salida a todo este embrollo. Sabernos infelices ayudará a bajar la guardia. Si entendemos, de una vez por todas, que a todos nos cortó la misma tijera, nos olfatearemos amablemente moviendo la cola, y no como perros entrenados a dar la pelea.  Es cierto. Hay infelices e infelices. Unos muchos más que otros. Pero compartimos la misma cepa y el mismo e imperfecto origen.

Tenemos al frente la oportunidad gigante de revisar lo que hemos hecho como país y dibujar el Chile que queremos en el futuro. Y para eso se necesita conversar, con apertura y diálogo, a pesar de las profundas diferencias que puedan existir. Porfiar en la línea de las ofensas y de las trincheras, solo alimentará nuestra propia e inherente infelicidad.

Por Matías Carrasco.

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LA CULTURA DE LA ULTRASEGURIDAD

Hace algunos días descubrí una filtración de agua en el jardín.  Era una tubería trizada. Nunca he sido bueno para estas cosas, pero me propuse arreglarlo yo mismo. Fui a la ferretería, pregunté, y volví con una sierra, una lija, un tubo, dos coplas y pegamento para pvc.  Hice el trabajo. Prendí la llave y una pequeña gotera, casi imperceptible, me dio un cierto aire de derrota. Volví a intentarlo. Esta vez el ferretero me aconsejó lijar muy bien todas las piezas. “Eso hace que el pegamento se adhiera”, me dijo. Ahí entendí. La lija no era solo para afinar los cortes, sino para generar desgaste, fricción y rugosidad en el tubo y sus conexiones. Si la superficie está plana y sin relieves, simplemente, no pega.

Algo de esto se habla en el ensayo “La transformación de la mente moderna”, de Jonathan Haidt y Greg Lukianoff. No se trata de cañerías rotas, sino más bien de lo que está ocurriendo en la mente de las generaciones más jóvenes y de estudiantes universitarios. El libro se refiere a la tendencia en distintas universidades de Estados Unidos – aunque la práctica se ha exportado a otros países y continentes- a la cancelación, a la funa o a la realización de actos violentos ante la expresión de ideas que les parezcan ofensivas o irritantes. A través de una serie de ejemplos bien documentados, ambos autores muestran que hay temas que no se pueden mencionar o debatir al interior de los campus. A veces basta una diferencia de opinión, una palabra dicha, un gesto o una disonancia con la postura prevaleciente para que los alumnos impidan la realización de una charla, veten públicamente a un directivo o logren forzar la salida de algún académico.   Y así, estudiantes y profesores andan con pies de plomo, temerosos a proponer una discusión provocativa, a decir algo equivocado o a salir en defensa de alquien que saben que es inocente por terror a ser acusados en la turba de las redes sociales. Son como jóvenes, plantea el ensayo, que necesitan mantenerse a salvo de las ideas que les resulten amenazantes. Como tubos lisos y sin repliegues.

¿Por qué sucede este fenómeno?

Haidt y Lukianoff plantean distintas aristas – la irrupción de las redes sociales, el dogmatismo, la polarización política, el pensamiento dicotómico, el desplazamiento conceptual del lenguaje- pero las reúnen en una tesis central: la cultura de la ultraseguridad. A su juicio, y con los mejores deseos, se han formado generaciones desde la sobreprotección física y emocional. Si antes debíamos preparar a los niños para el camino, hoy se prepara el camino para los niños. Intentamos, de alguna manera, correr los obstáculos y mantener el terreno despejado para que no se vayan a caer o a lastimar. “La seguridad es buena, por supuesto, y mantener a los demás a salvo del daño es virtuoso, pero las virtudes pueden convertirse en vicios cuando se llevan a los extremos (…) La cultura de la ultraseguridad  se refiere a una cultura o sistema de creencias donde la seguridad se ha convertido en un valor sagrado, lo que significa que las personas dejan de estar dispuestas a las contrapartidas que exigen  otras cuestiones prácticas y morales” – cita el ensayo.

Lo he visto y practicado. Padres poniéndole mantequilla al pan de su hijo de diez años; otros cortando la carne de su hija de doce; niños con menú especial para evitar las mañas; apoderados que solicitan la continuidad del profesor jefe para el próximo año para sortear el malestar de una nueva adaptación; mamás y papás que ceden ante los límites para impedir el berrinche; tantos que evitamos que nuestros hijos jueguen en la calle por miedo a que les vaya a pasar algo. En pequeñas cosas, vamos construyendo una coraza en nuestros niños, adolescentes y jóvenes que, paradójicamente, los hace más frágiles. “Como el sistema inmune, los niños deben exponerse a las dificultades y estresores (dentro de las formas acordes con su edad) o no lograrán madurar y desarrollarse como adultos capaces que puedan interactuar de forma productiva con las personas y las ideas que desafían sus creencias y convicciones morales” – señala el libro.

Es un tema interesante. ¿Cómo estaremos en Chile? Se nota este fenómeno más allá del mundo académico. ¿Y en las universidades? ¿Es posible debatir libremente de todos los temas? ¿Están los rectores, directivos y decanos haciendo algo al respecto? ¿O simplemente ceden ante la presión?

En mi segundo intento lijé muy bien las piezas. Lo hice con detención y cuidado. Puse el pegamento y calcé la tubería en cada conexión.  Di un pequeño giro. Prendí la llave de paso… ¡y funcionó! Ni rastros de agua ni humedad. Era eso. Había que pulir, desgastar, para que el pegamento funcionara y el agua corriera sin dificultad.

Por Matías Carrasco.

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EL PORTE DE JAVIERA

Ayer, en el centro de Santiago,  me topé con Javiera Parada.  Yo estaba sentado en una banca y ella pasó justo frente a mí. La miré. Ella también me miró. Eso creo. Las mascarillas hacen perder cierta perspectiva en esto de las miradas. Pensé en saludarla, pero no lo hice.  Luego, siguió su camino.

Minutos más tarde, en el metro, revisando mi celular me enteré que la misma Javiera Parada estaba siendo funada en twitter por haber celebrado la vuelta de Gonzalo Blumel a la política contingente. “Me alegro que Gonzalo Blumel vuelva a la actividad pública y más que sea a aportar en la conversación constitucional”. Eso fue lo que dijo. Le respondieron con saña. Le sacaron a su padre asesinado. La llamaron desvergonzada. Traidora. Le cuestionaron su defensa a los derechos humanos, con una liviandad y una moral que sorprende. Y todo por aplaudir el regreso de –según algunos-  un “criminal”, un “asesino”, un “encubridor”, como Blumel.

Seguí escudriñando en mi teléfono. Descubrí un poema que Raúl Zurita (¡gran poeta!) le dedicó a Javiera Parada luego de ir a la Moneda a entregar una carta para propiciar el diálogo días después del 18 de octubre de 2019, en los momentos más violentos del estallido social. “¿Pero cómo pudiste Javiera, cómo pudiste sentarte con ellos si estaban con sus metralletas en ristre? (…) ¿Cómo podríamos entenderte nosotros, los nadie, si siguen manchando con sangre nuestros pobres trajecitos blancos?”.  Debe ser duro que te dediquen esas palabras públicamente y además con poesía.

Recordé la carta con que Javiera Parada renunció a su partido (Revolución Democrática, del Frente Amplio) disintiendo de la acusación constitucional que por esos días se fraguaba contra el presidente Piñera. Debe ser de los textos más lúcidos que se han escrito desde el estallido.  Esta vez, no habían versos. Tampoco odio, rencor, rabia, santos ni demonios.  Más bien se notaban ideas, honestidad y tristeza. “En la izquierda no estamos libres de las pulsiones antidemocráticas; tampoco estamos libres de los laberintos éticos en que cayó la Concertación; en la izquierda chilena no somos inmunes al caudillismo que tanto mal le ha hecho a Latinoamérica; no tenemos el monopolio ni de la justicia social, ni de la ética, y desde luego en la historia de la izquierda hay belleza, pero también hay autoritarismo, ruido y furia” – dijo en esa oportunidad.

No conozco a Javiera Parada. Imagino que debe ser una persona como cualquiera, con luces y sombras. He visto algunas de sus intervenciones. A veces estoy de acuerdo, a veces no.  Pero me gusta su manera de hacer política. No claudica en su causa (la de un país más justo y humano), pero se mantiene dispuesta al diálogo y a la razón. Defiende su postura, pero sin violencia ni espectáculo. Propone y empuja cambios profundos, pero consciente del valor de la democracia y sus instituciones. Critica al adversario, pero es capaz de mirarse críticamente a sí misma y a su sector. Y lo más importante, sigue impulsando una política sensata, reflexiva y responsable, a pesar de los altos costos que ha debido pagar y que seguramente seguirá pagando.

Es esta la política que nos puede ayudar a salir de la crisis. No la otra. No la que hemos visto desde algunos meses. No esa estridente, fanática, tramposa, revanchista y que busca hacerse valer a punta de zancadillas, engaños, amenazas y acusaciones constitucionales. Aún siendo pequeña de tamaño, Javiera Parada tiene una estatura que muchos de quienes la denigran no podrán alcanzar jamás.

Debí haberla saludado, pienso. Quizás una mano levantada hubiese sido suficiente. Era solo un gesto, un guiño. Que sepa que somos muchos quienes queremos que ella, y otros como ella, aparezcan, persistan y participen en las discusiones más importantes del presente y del futuro del país.  Chile necesita – con urgencia- personas del porte de Javiera.

Por Matías Carrasco.

*Foto: emol.

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PROPONGO

Propongo que una vez definidos los integrantes de la Convención Constitucional, antes de partir, antes de iniciar toda discusión, antes si quiera de sentarse a la mesa, se realice un gran y vistoso rito.

Propongo evitar los espacios cerrados, las murallas, las puertas viejas y pesadas. Sugiero hacerlo en un lugar abierto,  frente al mar, en alguna región costera y con el horizonte en el fondo, como un regalo, como señal de inmensidad y de futuro.

Propongo despojarse de los protocolos acostumbrados, de asesores y manuales de ceremonia. Imagino algo nuevo, sencillo y significativo. Nada elegante. Nada muy pomposo. Pero solemne.  Como esas misas de barrio, improvisadas, con un paño viejo y unas cajas rotas haciendo de altar. Que los constituyentes vistan como quieran. Que en ellos se muestren los colores de un país diverso y legítimamente diferente. Que estén cerca, unos de otros, que aprovechen de conocerse, de mirarse, de reírse ojalá a carcajadas.

Propongo que estén con los pies pelados, sobre la arena. Que puedan mirar el cielo, con las patas bien puestas en la tierra. Que las hundan hasta sentir el frío o el calor. Sugiero que todo sea televisado y en cadena nacional. Que el país entero sea testigo y parte de un rito histórico.

Propongo que a un costado de los constituyentes, estén – también a pie pelado- el Presidente, los dirigentes de los partidos políticos, los representantes de los poderes legislativo y judicial, del ejército y las fuerzas de orden.  Que entendamos que en la casa común, cabemos todos.

El comienzo tiene que ser con un gran silencio. No un minuto ni dos, sino un gran silencio. Que dure lo que tenga que durar. Venimos de tanto ruido, de tanto griterío, de tanto zafarrancho, que nos merecemos un tiempo mudo. Que todos los asistentes callen. Que se escuche el mar. Las gaviotas. Que se sientan las pisadas de esos pequeños pájaros que andan siempre juntos, correteando las olas. 

Propongo que no haya discursos. Las palabras se están tornando vacías. Que haya pocas, pero contundentes. Rompería el silencio con un poema. Somos tierra de poetas. Con un muchacho o una muchacha (o ambos), recitando versos que calmen el alma de Chile. Luego una bienvenida sencilla, en español y en las lenguas de los pueblos originarios. 

De ahí, un texto breve, como introductorio. Después, la promesa. No un juramento. No ante Dios.  Sino una promesa ante los hombres y mujeres de Chile. Una voz se eleva por sobre el resto y aclama: “¿Prometen disponerse siempre al diálogo, al encuentro, a la escucha y a la búsqueda incansable de acuerdos por el bien del país y de su gente?”.  Y la respuesta de cientos, estruendosa: “Sí, prometemos”. Y otra vez la voz: “Y cuando quieran sacarse la cabeza, y cuando los ánimos estén caldeados, y cuando sientan la presión de twitter sobre los hombros, y cuando quieran tirar del mantel, ¿prometen lavarse la cara y retomar, aún a regañadientes,  el diálogo y la conversación?”. Y un “sí, prometemos”, claro y firme,  se escucha de todos los presentes y se oye en todos los rincones del país, como veedores de una promesa solemne.

Terminaría con música (algo alegre) y con empanadas y vino tinto repartiéndose entre la gente.  Los dejaría conversar un buen rato, hasta que la tarde decline.

Así, con el rito finalizado (o iniciándose), conscientes de la promesa y del serio desafío que tenemos por delante, se comenzaría a escribir el exigente, dificultoso y vibrante capítulo de esta parte de nuestra historia.  

Por Matías Carrasco.

*Foto: emol.

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ESO NO SE HACE

Algunos han venido insistiendo – sobre todo desde la izquierda- que nada se saca condenando la violencia. Postulan que la destrucción que hemos visto en el último tiempo y más puntualmente en el primer aniversario del 18 de octubre, sería fruto de una fuerza propia o de una masa incontrarrestable, que no cesará por lo que diga o deje de decir un puñado de jóvenes o viejos políticos.  “No quiero que haya violencia, no contribuye a la solución de los problemas, pero esa condena moral desde el privilegio no contribuye a detenerla” – dijo hace un par de días el diputado de Convergencia Nacional, Gabriel Boric.

Varios se apuran en señalar – con razón- que lo importante es atender las causas que anteceden a la violencia y buscar las soluciones que apacigüen el malestar. Pero lo hacen como si se tratara de un binomio: causas o condenas (no ambas).  Dicen que exigir condenas a la violencia, no sería más que un oportunismo de la derecha, un esfuerzo inútil y sin sentido.  

¿Será tan así? ¿Realmente no sería gravitante el cuestionamiento a la violencia que se pueda hacer desde la elite y la sociedad civil?

Para responder a esta pregunta, utilizaré el ejemplo contrario. Azuzar o celebrar la violencia, ¿ayudaría a perpetuarla? Legitimarla con vítores y homenajes, ¿permitiría que subsista? Aplaudir a un muchacho que lanza una bomba molotov ¿lo incentivaría a lanzar otra y otra y otra más? Pienso que sí. Los seres humanos funcionamos sobre la base de la aprobación y el reconocimiento. Si nuestras acciones son debidamente destacadas, es probable que se repitan en el tiempo. Si doy un discurso en medio de la Plaza de Armas y recibo de vuelta una fuerte ovación, es razonable pensar que volvería a mi casa contento e imaginando las líneas de una nueva prédica. Por el contrario, si nuestros actos son desaprobados a la vista de todos, si en vez de la aclamación hubiese obtenido una pifiadera, insultos y algunos tomates volando por el aire, seguramente saldría de allí corriendo con la firme promesa de no volver a intentarlo.

No hay nada nuevo en lo que digo. Es más bien, obvio. El problema es que es tal la confusión en la que andamos, que los ejes se nos extraviaron. Se mezclan las cosas. Se enredan las causas que generan una reacción (en este caso, la injusticia, la desigualdad, entre otros), con el acto que le sigue (un comportamiento violento o vandálico).  La sensibilidad (¡bienvenida sensibilidad!) respecto a las razones que encendieron el estallido,  parecen ablandar la mirada, el juicio y la reflexión de la violencia que le siguió y que permanece entre nosotros. Es por eso también que algunos evitan cualquier condena a la violencia para no “criminalizar el movimiento”.  Otra vez, la confusión.

El rol de padres ayuda en este tipo de análisis. Pienso en mis hijos. A veces se pelean entre ellos o con amigos. A veces, se golpean. Y cuando eso ocurre, intervenimos – su madre o yo- para separarlos, escucharlos y llegar siempre a la misma conclusión: “eso (lo del golpe) no se hace”. Incluso, cuando hay razones de sobra para haber dado un manotazo, insistimos: “eso no se hace”. Les explicamos que sentir rabia está bien, que gritar está bien,  que incluso el deseo de querer golpear al otro puede ser permitido. Pero que existe – querámoslo o no, nos parezca o no justo- una barrera que no puede ser transgredida, aún cuando veamos todos los días, en Chile y en el mundo, que ese límite se sobrepasa. Todavía así, es necesario machacar: “eso no se hace”.

La condena a la violencia es relevante – aunque no suficiente- porque educa, forma, orienta y nos recuerda una frontera social que no debemos permitirnos cruzar.  No al menos para quienes quieren vivir en sociedades civilizadas, modernas y democráticas. Eso no quita la urgencia y relevancia de atender las causas y rectificar el camino – con transformaciones profundas, duraderas y participativas (los ritos son importantes)- que hagan de Chile un país más justo, equitativo y en paz.

Por Matías Carrasco.

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