CUENTO: SIMPLEMENTE

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¿Qué hace esa mujer tan guapa con un tipo feo como un espanto? No se ve algo así todos los días. Al menos, a mí me parece curioso. Que una muchacha de buen aspecto ande con un hombre bien parecido, es un paisaje habitual. Pero que un esperpento como ése, esté allí con una pierna al suelo y la otra cruzada sobre su rodilla, charlando con soltura con algo así como la octava maravilla del mundo, es raro. No me convenzo. Intento leer el diario, pero no logro dejar de mirarlos por sobre los titulares de la primera plana.

Deben ser amigos. Sí. Eso siempre sucede. La amistad es más generosa. Uno por los amigos hace cualquier tontería. Incluso, pasearse en una tarde de octubre con un espantapájaros. Eso hacen los amigos. Seguro se conocieron en el colegio. Ella, era una chica linda y estudiosa. Él, también. Digo, también tenía buenas notas, porque ya en esa época la belleza le era esquiva. La profesora los sentaba juntos y juntos fueron creciendo. Compartían apuntes y resolvían ejercicios de álgebra, acompañados de un vaso de leche y galletas hechas en un horno viejo. Las hacía la madre de él, que tenía un caracho aún más desgraciado. La primera vez que ella la vio, sintió que la vida era injusta. Después, se fue acostumbrando. A él, le parecía que su familia, pequeña como era, estaba bien. Le gustaba sentirse único en los ojos hundidos de mamá, hacer con ella huevo batido, pasarse a su cama cuando la noche dormía y ayudar levantando la mesa y planchando su uniforme en los últimos respiros de cada domingo. En su casa se sentía como en casa. Es una estupidez, pero así lo sentía. Por eso no le gustaba ir a la casa de Valentina. Sí. Pienso que su nombre es Valentina. Con esas piernas largas, el cuello estirado y el vestido ceñido, no se iba a llamar Laurita o Magdalena. Y en la casa de ella, él se sentía como en un estadio inmenso y vacío. Ella era una niña rica y Nemesio (tiene que llamarse Nemesio), apenas tenía para la micro. Y entre el estudio, recreos y disertaciones, fueron escribiendo su amistad. Se hicieron confidentes. A los 17, ella le contó que tiritó de amor por primera vez con el Negro Marambio, el tipo más apuesto de la clase. Él, entre risas nerviosas, le soltó, al fin, que era gay. Valentina, lo sabía. Lo que no sabía era que también le tenía ganas a Marambio. Rieron, tomaron cerveza y terminaron esa noche abrazados. Así, tal cual como estaban ahora, envueltos arriba de la banca de madera. Pero, no. Hay algo extraño. Los amigos no se besan. No al menos en la boca. No así, con ese ritmo, con esa suavidad, con los labios bailando como pájaros. Los gay tampoco lo hacen. Digo, no a una mujer. Entre ellos, claro, lo que sea. Tiene que haber alguna explicación

Quizás, él esté enfermo. Si la amistad es generosa, la misericordia puede ser absolutamente gratuita. A él le detectaron cáncer testicular apenas entrado los diecinueve años. Iniciaba sus estudios de arte en la universidad, cuando sintió una pequeña molestia justo debajo del abdomen. Fue al médico. Se bajó los calzoncillos y se quedó tieso, mientras el doctor palpaba como si se tratara de huevos o nueces. Estos tipos estudian para joderle a uno las pelotas, pensó. Estaba en esas divagaciones cuando el facultativo apretó y él dejó escapar un agudo “¡ay!”. Ahí estaba el tumor. Y ahí estaba él, asustado y solo. No veía a sus padres desde que murieron y su abuela, apenas respiraba. Después de la operación, lo visitó una enfermera para meterle una fina manguera por la uretra. Otra vez, “¡ay!”. Hasta que llegó ella. Magdalena (ahora sí, se llamaba Magdalena), entró a la pieza como un ángel, montada en una nube, con un rosario de marfil entre sus dedos. Así al menos la imaginó él, mientras salía de la morfina. Ella, era creyente. Más que eso. Devota. Desde pequeña viajaba con su familia al norte a misionar en las perdidas aldeas del desierto. Era de misa diaria y confesión dominical. Soñaba con ser monja, mientras visitaba a los enfermos para llevarles la comunión. Cuando vio a Luis Pedro (es como el nombre de un sujeto acontecido), dio un paso atrás. ¿Cómo tanta fealdad?, pensó. Con un suave murmullo maldijo a Satanás y se preguntó qué haría Cristo en su lugar. Se quedó allí, como una virgen a los pies del madero. A la extirpación del testículo derecho, siguió una radioterapia larga para eliminar las células cancerosas que se habían propagado a los ganglios linfáticos. Magdalena, aumentó las visitas y Luis Pedro, diestro en el dibujo, la embobaba con retratos de Jesús, la última cena, el monte de los olivos y la resurrección de Lázaro. Algún día yo también me levantaré, le dijo muy cerca de su oído. Ella, no supo qué decir. La mañana del alta, caminaron hasta la pequeña capilla que estaba a un costado del hospital. Luis Pedro se arrodilló frente al altar y agradeció por su recuperación. Magdalena se hincó junto a él y juró en silencio cargar por siempre con la cruz que el Padre le había encomendado. Y así se contó la historia de un hombre pavoroso y de una muchacha bella como una mañana después de la lluvia. Pero, qué diablos. Una niña de Dios no se deja manosear debajo del vestido de esa manera. ¡Por la cresta! ¡Es un lugar púbico! ¿No pueden esperar? ¡Parecen animales! Un manatí entrándole a una sirena. ¡Qué es esto!

Leo el obituario y no puedo dejar de pensar en ellos. Chuta. Se murió el Manano Ramírez. Lo dejé de ver hace tanto tiempo, que ya ni me acuerdo de su cara. La delantera no más nos lleva. Ojalá que a mí la muerte me agarre desprevenido y ni me entere. Así no me asusto. ¿Cómo a ella no le da terror mirarlo? Hasta un alarido tiene más melodía. ¿Qué hacen allí besuqueándose la cizaña y el más bello trigo de la tarde?

Tiene que ser puta. Ella es una muchacha de provincia, que conoce las dificultades de la vida. Muy joven se vino a la capital, a buscar algo mejor de lo que le ofrecía Curacautín. Tomó el tren en Temuco, arrastrando una maleta negra y una bolsa de nylon verde bajo el brazo donde llevaba los sándwiches que su madre le preparó para el camino. Viajó mirando el paisaje. Pasó por el puente del Malleco, lo encontró harto lindo, y se quedó dormida. Buscó una pieza cercana a la Estación Central. Encontró una habitación para los pocos pesos que tenía. Abrió la maleta, que ya venía con el cierre malo, ordenó su ropa arriba de una mesa diminuta, olió la bolsa con los sándwiches y se echo a llorar. Rápido encontró trabajo de mesera en un restorán de mariscos del mercado. Los garzones, dicharacheros como son los garzones, la apodaron como la “Lady D”. Era hermosa y elegante. Y la Lady D iba y venía con su bandeja a cuestas, recibiendo pedidos y piropos. De allí, saltó a atender en un café de calle Amunátegui, con una minifalda más corta que un orgasmo y un escote invisible. Le ofrecieron ser puta. Accedió. Necesitaba plata y fama. Le fue bien. Arrendaba un amplio departamento en avenida Providencia, donde recibía el ímpetu de hombres solos. Cogiendo conoció a Eleuterio (es como el nombre de un tipo feo). La primera vez que lo vio, le dio lástima. Era buena, como la gente de provincia. Él, que nunca tuvo buena suerte con las mujeres, encontró en el puterío algo más que una salida. Se enamoró. Se obsesionó. Se volvió loco por la Lady D. Lo que ganaba como abogado, lo gastaba en ella. Comenzó los viernes. Luego, sábado y domingo. Terminó por visitarla cinco noches a la semana. Ocasionalmente, tiraban. Largamente, conversaban. Eleuterio, se sentía a salvo y la Lady D, aumentando las arcas para su futuro. Habían estado juntos la noche anterior. Despertaron al medio día. Ella le dijo que se fuera y él le pidió un poco más. Negociaron una vuelta por el parque. Y ahí estaban, el jorobado y la princesa, acurrucados bajo la sombra de un nogal. ¿Y ese niño? ¿Y ese niño y el abrazo? Una puta no anda por ahí jugando a la familia. Y un cliente, no lanza por los aires al hijo de una puta.

Tal vez, simplemente, se trate de un hombre feo y de una mujer sublime unidos por el azar de un destino imperfecto. Así, tal como se ven. Yéndose. Ellos de la mano, y el pequeño delante, chuteando una pelota.


Por Matías Carrasco.

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EXTRAÑAR

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Alguien, a quién quiero, me habló de extrañar. “Mira cómo se descubren cariños entrañables en los días de encierro obligado” – me dijo. Me quedé pensando. De pronto, en medio de toda esta vorágine de información, de teorías y comentarios, de tanto ruido, de tantas voces, de tantos aparatos encendidos, aparece la ausencia como un hallazgo.

Hemos perdido la práctica, noble y sencilla, de extrañar. Es esa mezcla de abundancia y velocidad, la que nos impide ver lo que ya no está. No nos gusta el vacío. No queremos ni mirarlo. El terror a las despensas desocupadas es una señal. No hay tiempo, ni ganas para extrañar. Pero el cautiverio de estas semanas, el paso de los días y el conteo de los muertos, nos hace hacerlo.

Extrañar la plaza, ir al cine o a un bar, subir un cerro, tararear canciones en un semáforo, quedarnos pegados frente a una vitrina o deambular, simplemente, sin permisos y sin apuros. Pero sobre todo, echar de menos a los nuestros. Los viejos a los nietos, los hijos a los padres, los amigos a los amigos, los presos a sus familias y los amantes a los besos que no se entregan por delivery. La tecnología ayuda, pero no es lo mismo. Nada reemplaza ni la mirada, ni el tacto, ni el olfato del ser humano.

Y extrañar puede ser doloroso. El escritor C.S Lewis, tras la muerte de su esposa, decía que aún sentía su voz viva. “Su voz añorada que en el momento menos pensado me puede convertir en un niño que se echa a llorar” – recordaba. O el señor Lihn, de la novela de Philippe Claudel, que en una tierra ajena y separado de su único amigo, “quiere volver a ver al hombre gordo, quiere volver a oír su risa, quiere percibir el aroma de los cigarrillos que fuma sin pausa”.

Veo en la televisión comerciales que nos dicen que ya volveremos a abrazarnos, a tocarnos, a estar juntos. Es la anestesia que nos ofrecen. Existe la tentación de evitar las ausencias. Queremos tapar el agujero, como sea. Nos atareamos o nos hundimos en nuestros celulares. Sospecho, que cuando todo esto pase, cuando los autos vuelvan a chirrear, cuando las calles se inunden nuevamente, cuando las rutinas regresen como martillos, tal vez como un absurdo o como una comedia, extrañemos la vida que ahora llevamos.

En un mundo acelerado, extrañar puede ser una tregua. No hay que hacerle el quite. Es preciso dejarse estar en la hendidura y escuchar el silencio íntimo y filudo de lo ausente, de lo que se quiere y de lo que no está.

Quizás convenga detenernos en nuestras añoranzas. No con un afán dramático, sino como una manera de volver a conectarnos con los afectos que hemos ido ocultando bajo la piel. Si nos quedamos quietos y nos rendimos ante los embistes de la nostalgia, podremos saber qué extrañamos de lo que extrañamos, qué queremos recuperar y qué vida queremos vivir cuando las puertas se abran otra vez.


Por Matías Carrasco.

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TODO MAL

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Desde hace un tiempo se ha instalado en Chile la práctica dañina de la queja permanente. No me refiero a la crítica necesaria y justa. Hablo más bien de un cierto ánimo pesimista, agresivo y persecutorio. No es algo que afecte particularmente a los más vulnerables (que motivos tienen para lamentarse), sino que va más allá de las clases sociales, la geografía, las creencias, las funciones, el sexo y las edades. Es la inercia de criticarlo todo, de condenarlo todo, de ofenderlos a todos.

Lo veo a diario y cada vez con más fuerza. Nos hemos convertido en un enorme coliseo, con el derecho a apuntalar con el dedo y soltar puteadas bravas y ruidosas. Todo nos parece mal, insuficiente, tardío, exiguo o penca. Hemos afinado el ojo para descubrir la falla y la fisura. Y apenas detectada, arremetemos con el ímpetu de un potro furioso en contra del Estado, de las instituciones, de las autoridades o de cualquiera que no cumpla con las expectativas que idealizamos en nuestras cabezas. No es algo nuevo. Tampoco es la herencia del estallido social del 18 de octubre. Viene de antes. De mucho antes, de otros años, de otros gobiernos y de otras épocas.

Es cierto que hemos visto falencias, ineptitudes, delitos y negligencias graves por parte de nuestros gobernantes – los de hoy y los de ayer- y de grupos de poder. Pero también sería justo decir que al lado de esa sombra, está la luz de decisiones acertadas, de gestiones oportunas, de avances innegables y de la voluntad, de muchos, de trabajar honesta e incansablemente por un país mejor. Sin embargo, por alguna razón, preferimos quedarnos en la dimensión oposicionista, algo depresiva y fácil.

¿Por qué?

Pienso que no es por mala onda. Tampoco por un afán destructivo. Diría más bien, que es por nuestra incapacidad intelectual y emocional por asir la realidad, tal como viene. En momentos confusos y de incertidumbre – como los que estamos viviendo- preferimos simplificar las cosas y designar culpables o enemigos en quienes descargar nuestros impulsos y nuestra ansiedad.

El fallecido siquiatra, Ricardo Capponi, nos recordaba que la edad mental de los grupos grandes, de las masas, corresponde al período del desarrollo que va entre los cinco y ocho años. “La dinámica de los grupos grandes suele ser infantil, en blanco y negro. Lo imperfecto está totalmente malo, y hay que desecharlo, mientras que lo bueno se idealiza: está perfecto, hay que engrandecerlo y conservarlo sin modificación”- decía.

Tiene sentido. Actuamos como niños, narcisistas, exagerando lo negativo (que sospechosamente siempre está en el otro), y situándonos del lado de los buenos, que por supuesto, también exageramos en sentido contrario.

La alternativa estaría en el dificultoso y arduo trabajo de intentar comprender la realidad, de situarla en un contexto determinado, la mayoría de las veces complejo, lleno de repliegues, consideraciones y contrastes. Mientras más conscientes seamos de la realidad que nos rodea (más allá de nuestra propia subjetividad), más lúcidos y equilibrados seremos al momento de nombrarla, de juzgarla y de asumir los propios límites y la propia responsabilidad.


Por Matías Carrasco.

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LA PANDEMIA Y UN MUNDO MEJOR

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Para muchos, nada termina con la muerte. Es solo un paso a una vida plena, elevada y eterna. Las mejores palabras se reservan para los difuntos y no para quienes seguimos animando la historia. Afectados por la muerte, por el dolor del deceso o por el terror a la propia, algo nos transfigura, cambiamos el lenguaje, hablamos del alma y del espíritu, y confiamos en que tras el velo de la debacle se asoma el paraíso. Hay una esperanza que nos sostiene en el derrumbe.

Hoy, cuando la muerte se viraliza, también surge el deseo de un mundo mejor. Se escucha, cada tanto, que nada será igual tras la pandemia. Hay una nostalgia por volver a casa, por aquietarnos y por estar con los nuestros. De pronto, con la muerte subiéndonos por los tobillos, hablamos en otra lengua y todo lo que veneramos lo ponemos en entredicho: el exitismo, el rendimiento, el consumo, las agendas copadas, el exceso, la velocidad, el dinero y ese hacer inagotable. Transitaremos, se especula, de un individualismo despiadado a un colectivismo comunitario. Seremos una sociedad nueva. Otra vez, en medio de la catástrofe, clavados en la esperanza.

Y, quién sabe. Ojalá las agitadas mareas de este tiempo nos arrojen a orillas paradisiacas. Pero es importante constatar, que al lado de los buenos augurios y de quienes arriesgan el pellejo por detener la peste, vemos imágenes de acaparamiento, personas que no respetan la cuarentena, barricadas en distintas ciudades para impedir el paso, individuos que lucran inescrupulosamente con la tragedia, el cierre de fronteras y países que se salvan solos. Tampoco sabemos si quienes están en casa, han estrechado sus relaciones, o más bien, permanecen aislados en sus aparatos electrónicos.

En una reciente columna publicada por el diario El País de España, el filósofo coreano alemán, Byung-Chul Han, plantea que este virus nos aísla e individualiza, sin generar ningún sentimiento colectivo fuerte. Cada uno se preocupa solo de su propia supervivencia. La solidaridad consistente en guardar distancias mutuas no es una solidaridad que permita soñar con una sociedad distinta, más pacífica, más justa. No podemos dejar la revolución en manos del virus. Confiemos en que tras el virus venga una revolución humana. Somos NOSOTROS, PERSONAS dotadas de RAZÓN, quienes tenemos que repensar y restringir radicalmente el capitalismo destructivo, y también nuestra ilimitada y destructiva movilidad, para salvarnos a nosotros, para salvar el clima y nuestro bello planeta”- dice.

Esta pandemia, su muerte y su sombra, no supone en sí misma un viraje obligado a un estado superior. Habrán cosas que cambiarán, pero no necesariamente nuestras maneras de ser humanos. Eso es harina del propio costal. Si no existe una mirada crítica y honesta de la propia vida, ningún vergel aparecerá en la ventana.

En su libro El arte de escuchar, Erich Fromm plantea – en relación al sicoanálisis y su carácter terapéutico (de cambio)- que todo conocimiento de sí mismo será ineficaz si no se acompaña de cambios en la forma de vida. Asimismo, señala que no se puede esperar la revolución con el sueño de que aparezca el hombre nuevo. “Esto es completamente absurdo, porque si viene la revolución y nadie ha cambiado, esa revolución no hará más que repetir las mismas calamidades, puesto que la traerán unos hombres sin la menor idea de lo que pueda ser una vida mejor” – concluye.

La revolución de esta pandemia no abrirá el mar ni nos llevará a la tierra prometida. Tampoco nos convertirá, sin más, en seres elevados. Eso no es asunto del virus. Él solo ataca lo pulmones. De nosotros depende cómo queremos seguir respirando.


Por Matías Carrasco.

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CUENTO: FAUSTINO

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Le pidieron que hablara. Pero él no quería. ¿Qué iba a decir? El muerto bien muerto estaba y las palabras no iban a resucitar a nadie. Además, hay que tener agallas para pararse frente a toda esa gente con un papel en la mano a dar un discurso. Seguro que habría tenido que ajustar el micrófono y aguantar el chirrido de los parlantes. Él no era para eso. Tampoco tenía agallas. Las perdió el día que le encargaron matar un conejo mal herido y no fue capaz de ponerlo boca abajo y darle el golpe en la nuca. No. Faustino estaba para otras cosas, pero no para andar por ahí ejecutando los sueños de un orejudo y dando la lata sobre un difunto.

Desconfiaba además de quienes lo hacían. De los que desnucaban y de los que hablaban en los funerales. ¿Por qué ese afán de quedarse con la última palabra? ¿De dónde el gusto de andar despidiendo muertos? Los había visto antes. Reconocía con facilidad esa voz impuesta, el suspiro inicial, el ritmo acelerado y ese quebrarse (sobre todo ese quebrarse) en la pendiente justo antes del final. “Para eso hay que tener oficio”, pensaba Faustino mientras arreglaba el cuello de su camisa. Recordó a Cavieres cuando le leyó a su padre. Qué oratoria. Qué verso. Qué manera de inventarse un padre que nunca tuvo. Eso tiene la muerte. Nos engaña. Le da a uno un fierrazo tan certero que le aturde también la memoria. Habló de un santo y no de un ladrón. Y todos sabían que don Genaro le sacó hasta el último centavo a la tía Güita antes de irse al fondo del río. Pero ahí estaba Cavieres, con la mirada al frente y los ojos aguados, esculpiendo con las más bellas palabras a un hombre nuevo, uno que nunca existió. Palacios, en cambio, hizo que Faustino se desfondara. Leyó un credo. El credo que el mismo Palacios se inventó. –Creo en tus ojos oscuros mirando desde el cielo. Creo en tus juguetes convertidos en pájaros. Creo en tus cosquillas arrugando el viento. Creo, creo y creo. Más que nunca creo. Porque sino, yo también me muero -lo dijo con una paz que solo regala un hijo muerto. De solo acordarse, Faustino casi se nos desfonda otra vez.

Le volvieron a insistir. Vamos, unas palabritas Faustino. Giró la cabeza y sintió todos los ojos sobre él. Era un grupo grisáceo. No mucha gente. En la hora última, la calidad del alma se mide por los que llegaron a despedirla. Acá eran pocos. Unos cuántos viejos adelante, como esperando su turno para el próximo viaje. Atrás, algunas parejas más jóvenes. Seguro por compromiso. En los pasillos, niños que corrían sin enterarse de lo que dejan las ausencias. “¿Qué cresta quieren que diga?”, pensó. Faustino no creía en Dios y eso le daba razones para no pisar un altar. Alguna vez creyó. De pequeño, una tarde en el campo, vio una lechuza en las tejas de la parroquia. El cura, un tipo pelado y de nariz roja, le contó a Faustino que esa lechuza era Dios, vigilando desde lo alto las luces y las sombras del mundo. Pero apenas el pajarraco emprendió el vuelo, un tiro lo dejó tumbado sobre las piedras. El sacerdote dio un grito. El Lalo encogió los hombros con la escopeta en las manos. Y la fe de Faustino duró solo unas cuantas aleteadas.

¿Para qué andar discurseando si no creía en la otra vida? Vivir tanto para seguir viviendo después no tenía sentido. Él nunca quiso la eternidad. Se la imaginaba como un desierto sin intervalos. Y para terminar asándose como una gallina, prefería la tierra, el tranque y sus animales. Pero la Maruja esperaba la muerte como un cactus la primavera. Se lo dijo una vez que volvía de recoger agua del pozo.

-Ese pozo es mágico, Faustino. Uno mira abajo y parece que no tuviera fin. Es tan oscuro, que tal vez la noche duerma allá adentro. Parecen tinieblas. Pero el balde es testigo. ¡Abajo hay agua, Faustino! Hay vida en el final, hombre. ¿Te das cuenta? –le decía mientras dejaba la cubeta junto a la tinaja.

– De que hay agua, hay agua, mujer. ¡Pero ya está! ¡Es un maldito pozo! –dijo empinando una lata de cerveza.

– ¡No entiendes, Faustino! ¡A mí, que me lleve la vida eterna!

Cuando Maruja se fue en un sueño de invierno, Faustino vio en sus ojos dos baldes de agua.

El crujido de las bancas lo trajo de vuelta. Un muchacho de túnica clara y unas campanillas colgando de su mano se le acercó. -Tiene que hablar, caballero – le dijo en voz baja. Faustino dio un bufido. El joven trastabilló y las campanas sonaron. “Yo no hablo ni a palos”, se dijo a sí mismo. No aceptaba órdenes. Menos de un mocoso con olor a incienso.

Miró el cajón. Le pareció estrecho. Se preguntó si los muertos sentirían la incomodidad de una caja pequeña. Pensó que sí. Se acordó de su compadre Fabián. A él lo notó incómodo. La comadre le había amarrado un pañuelo a la cabeza para que no se le fuera abrir la mandíbula. Y ahí estaba el pobre. Tirado en la cama, con un atuendo que lo hacía ver ridículo. Faustino se quedó un largo rato en silencio a los pies del finado. ¿Para qué diablos le ponen esa lesera? Moscas no le van a entrar. Tal vez gusanos. Pero para eso habría que cubrirlo en una sábana. Estaba en esas divagaciones cuando la viuda le pidió meter al muerto en el ataúd. Al cargarlo, sintió el peso de tres corderos y el frío de una mañana de agosto. Lo soltó como un costal de harina. La comadre algo dijo y lo echó a un lado. Comenzó a acomodar las partes de su muerto en el cajón. Ahí fue cuando Faustino lo notó incómodo. Una mano quedó torcida, atrapada entre la cintura y el fondo de la urna. Percibió cierto fastidio en la cara del extinto con pañuelo. Se acordó de la escena y comenzó a reír.

Una mujer joven le apretó el brazo. -Ya pues, Papá. Tienes que decir algo. Él la examinó con mansedumbre. En ella todo lo resignaba. No podía con su voz suave y el pelo largo como un tallo de orquídeas. Tenía el nombre de una flor. -Me da vergüenza, Violeta –le dijo en el oído. Violeta se apoyó en su hombro y Faustino le tomó su mano. Miró la cruz de yeso sobre el altar. A Cristo le faltaban los dedos de un pie, una rodilla y parte de la corona. Lo habían reparado tantas veces, de tantas formas distintas, que Faustino ya ni se acordaba por cuántos terremotos pasó el crucifijo. Le sorprendió que aún estuviera ahí. Pensó en la vergüenza de Jesús. A la vista de todos, agujereado y en pelotas. Compartían cierta timidez, se convenció Faustino. Seguramente él tampoco querría hablar en una misa. Quizás, de haber calzado, hubiesen sido buenos amigos. Él le contaría de sus milagros y Faustino lo invitaría al bar del Moncho para que multiplicara el vino y la cerveza. Tomarían hasta el amanecer, en una mesa coja. El Moncho los sacaría dándoles con un matamoscas. Y los dos, pecador y mesías, se irían abrazados por el camino viejo, dando tumbos y riendo como niños.

– Tienes que hacerlo- le insistió Violeta. Faustino, que percibió un cansancio que no conocía, asintió bajando la cabeza. Se puso de pie y caminó hacia el altar. Ajustó el micrófono. Los parlantes dieron un chirrido corto y agudo. Limpió su garganta, abrió la boca y nada. Lo intentó de nuevo y otra vez, ningún sonido. -Se me fue la voz- mintió con un susurro.

Pero Faustino entendía que no era la voz, ni la vergüenza, ni las agallas. Él sabía, y Dios también sabía, que si hablaba, que si nombraba al difunto, acabaría por aceptar, de una vez por todas, que el muerto era él y que en alguna parte lo esperaban un pozo, una lechuza y dos baldes de agua.


Por Matías Carrasco.

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LOS OTROS

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Cuando joven, siendo un escolar, eran comunes las peleas en la plaza que estaba al lado del colegio. Cualquier encontrón (casi siempre sin importancia), podía servir de excusa para desafiarse y darse cita en el lugar donde era costumbre demostrar la hombría. Apenas pactado el encuentro, la noticia se esparcía entre los alumnos que enfilaban hacia la plaza cuando finalizaba el horario de clases. Y allí, frente a frente, con más miedo que otra cosa, los dos cabros se lanzaban combos (cornetes, les decíamos) y se trenzaban en una lucha ridícula, pero extrañamente necesaria.

Ampliando el cuadro, más allá de los pequeños gladiadores, había siempre una muchedumbre (dispuesta en círculo) azuzando la refriega. Incluso, cuando los muchachos se negaban a pelear, los de atrás les daban empujones y los animaban a iniciar la contienda que ya estaba programada. ¡Que no se cancelara el espectáculo! Eran verdaderas barras bravas. Muchos daban gritos, levantaban las manos y celebraban cada golpe encajado. Otros, más en silencio, disfrutaban la batalla. Mientras tanto, los del centro, rodaban entrelazados sobre el maicillo.

Me acuerdo de esto en el Chile de hoy. Por distintas razones, algunos decidieron darse cita para pelear todos los días. También con el afán de imponerse y ver al otro derrotado. Testosterona pura y dura. Lo hacen salvajemente, sin miramientos, como animales. Son adictos, pienso. La violencia seduce, atrae y se viste, tristemente, de cierto heroísmo. Y, de nuevo, si ampliamos la escena, veremos a los de siempre incitando, aplaudiendo y disfrutando. Algunos, derechamente excitados. Otros, discretamente, con apenas una mueca.

Sin embargo, a pesar del tiempo, de las plazas de antes y de las de ahora, hay algo que no ha cambiado. Los azuzadores lo hacen siempre a resguardo, a metros del zafarrancho u ocultos en las oscuras cuevas de las redes sociales. Ningún efecto de esa violencia que animan, caerá cerca, ni meridianamente cerca de sus pies. Y lo saben. No serán ellos ni ellas los heridos, ni los muertos, ni los afectados. Tampoco sus familiares y más cercanos. Es como si estuviesen viendo una película de Tarantino desde la comodidad de sus butacas, hurgueteando en un paquete de cabritas.

Los violentos, son una minoría. Con ellos y ellas, no se puede razonar. Tienen la cabeza hirviendo y están en la lógica de la lucha, de la primera línea, del vencer o morir o del salvataje a la patria. Muchos actúan desde una herida profunda, producida por la humillación, el olvido, la marginalidad y una vida violenta que arrastran desde hace años.

Pero los otros son más. Y están con la cabeza fría. Y pueden, si quieren, entrar en razón. Aún así, varios insisten en soslayar o validar la violencia que asistimos, sobre todo si es funcional a sus propios intereses (prácticos o ideológicos), o convencidos de que la violencia es una medida lícita para combatir la injusticia o generar cambios. Los hay en la calle, en el trabajo, en el mundo de las artes y la cultura, en la academia, en el Congreso, en la derecha y en la izquierda. ¡En cualquier parte encontrará alguno! Siempre protegidos, siempre a una distancia calculada, justificando una violencia que no sufrirán, que no lamentarán, que no les llegará ni a los tobillos.

Varias veces estuve en la plaza, junto a los otros, alentando cobardemente una pelea de la cual, sabía, saldría ileso. Pero en esa imagen, algo loca y perversa, alguien daba un paso e intercedía entre los dos contendores para dar fin a la pelea. Aún con unas cuantas pifias sobre sus hombros, alguien, quitado de toda bulla, finalizaba un juego despiadado, consciente quizás de lo absurdo de la gresca y de la pequeñez de quienes la animábamos desde lejos.


Por Matías Carrasco.

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EL RITO

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Hay dudas razonables sobre la conveniencia de caminar hacia una nueva Constitución. Se dice que no solucionará los problemas sociales que nos aquejan, que para eso están las leyes, que con las reformas es suficiente, que seguiremos reformando, que lo haremos de manera express, que nada bueno saldrá de una hoja en blanco, que generará un tiempo largo de incertidumbres, que eso frenará la economía, que las empresas no querrán invertir, que con violencia es imposible, que será un salto al vacío, que para qué.

Desde una mirada práctica, son aprehensiones atendibles y que tienen cierta lógica. Pero, en mi opinión, el deseo de una Constitución hecha en el siglo XXI, adquirió el carácter de un rito. Más allá de su sentido funcional (qué por supuesto lo tiene), una nueva Constitución parece convertirse en una ceremonia crucial, comunitaria y necesaria para lo que estamos viviendo.

El pragmatismo nos ayuda a ver las cosas en su justa dimensión. Nos permite evaluar condiciones, circunstancias, amenazas y oportunidades. Sería como poner las cartas ordenadamente sobre la mesa antes de tomar cualquier decisión. Es clave para enfrentar la vida. Pero el exceso de pragmatismo nos puede impedir ver la importancia de lo subjetivo, de las particularidades de cada persona, de ese cauce que fluye subterráneamente, casi imperceptible, pero que cada vez más, reclama y busca su espacio en la sociedad. Y para mí, el arriesgarse a una nueva Constitución tiene que ver más con eso que con un fin exclusivamente resolutivo.

Hay ritos que para muchos son importantes. Pienso en los religiosos. No resultan necesariamente prácticos, pero quienes participan de ellos, se nutren de algo profundo, íntimo, confortante, que trasciende mucho más allá de todo lo medible en este mundo. Algo parecido veo en la posibilidad de vivir un proceso constituyente. En un Chile en donde miles se han sentido excluidos y olvidados, quizás ésta sea la oportunidad de nutrirse de un encuentro, que por sobre su eficacia, regocije y dignifique el propio espíritu, como un misterio.

Es cierto que la aventura hacia una nueva Constitución presume un camino espinoso y no exento de riesgos. Como también lo tiene la opción de negarse a ella. Pero para un país convulsionado, herido, confrontado y tan distinto al que conocimos en las últimas décadas, sentarse a definir las bases del futuro, puede ser el mejor remedio que la democracia nos ofrezca.

El gran desafío (y la gran dificultad) será hacerlo de manera seria, abiertos al diálogo y a la razón, y con esa solemnidad, respetuosa y silenciosa, que merecen los ritos.


Por Matías Carrasco.

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