CONSENSO

¿Es posible encontrar algo positivo, al menos alentador, en medio de lo que estamos viviendo? El desorden, el avance del crimen organizado, el terrorismo en la Araucanía, la inflación, la delincuencia, la interrupción de las carreteras, la migración descontrolada, la violencia en las calles y liceos emblemáticos ¿Puede haber en este cuadro una razón, aún exigua, para estar esperanzados o para convencernos de que, a pesar de todo, las cosas pueden mejorar?

Sí. Hay una razón apenas asomándose, y que tiene que ver con un cierto consenso de que lo que está ocurriendo en Chile no es bueno para nadie.

Parece una obviedad lo que digo, ¿quién podría querer un país azuzado por la furia y la desmesura? Hasta no hace mucho tiempo la respuesta no era clara. Después del 18 de octubre de 2019, un sector de la izquierda miró con complacencia el estallido. Le parecía que la gente tenía derecho a romperlo todo en respuesta al abandono y a una violencia estructural del Estado, y a la denostada administración de los últimos 30 años. Algunos, incluso, se imaginaron frente a un tirano, en donde el pueblo tenía el justo derecho a defenderse. Una parte de la izquierda convirtió a la calle en un brazo político -fuerte y aguerrido- del cual sacó muchos réditos. Los fraudes en Carabineros y los delitos cometidos por algunos funcionarios en las violentas jornadas de esa época, dieron pie a un enjuiciamiento permanente (a veces, exagerado) de toda la institución, sin matices, cubriéndola de sospecha, y lo que es más grave, menguando su legitimidad.

Y mientras la batalla se libraba en la ciudad con capuchas y escudos -con muertos, heridos, locales saqueados, emprendedores quebrados, gente atemorizada y un espacio público hecho pedazos- otra lucha se libraba en el Congreso. Allí se generó una mescolanza extraña: unos se empeñaron en sacar al presidente Piñera de la Moneda. Varios de la centro izquierda se corrieron más hacia la izquierda para que nos los fueran a confundir con los que gobernaron en las décadas anteriores. Y buena parte de los parlamentarios -de todas las bancadas- hicieron todas las piruetas posibles para congraciarse con un pueblo alzado y que les estaba mostrando los dientes. Ahí comenzó un abandono de las formas, de cierta estética. Perdió peso y seriedad el ejercicio de la política. El fair play desapareció y se dio inicio a una suerte de pillaje legislativo. Las reglas se adecuaron mañosamente para sesionar en las áreas grises y abrir, por ejemplo, las puertas a los retiros de las AFP, ninguneando la opinión de los técnicos. Cualquier argumento, por sensato que fuera, que sonara a límite u orden, era rápidamente despreciado. Se instaló -por miedo, por conveniencia o por aturdimiento- una cierta tolerancia al caos y a la violencia.

Perdimos la brújula. No solo en la política. En el mundo cultural – algunos medios, animadores, intelectuales, artistas- también cayeron en una especie de trance con la violencia y el desorden de ese tiempo. Hubo, a ratos, una mirada más indulgente (e idealizada) con la primera línea, y férrea y lapidaria, con las policías, con la elite y con la autoridad.    

Pero, así como el 18 de octubre de 2019 fue una lección para la derecha (de abrirse a cambios políticos y sociales más profundos y ampliar esa mirada más economicista de la sociedad, que pueden contarse entre las causas del estallido), el ascenso del presidente Boric al poder, está siendo – en muy poco tiempo- una dura lección para la izquierda (o parte de ella), respecto a su mirada utilitaria y buenista del desorden y la violencia, y de la necesidad de considerar el orden público y el respeto a las reglas como elementos básicos para la vida en democracia.

Los llamados del presidente Boric a realizar las reformas con gradualidad, a cuidar el equilibrio fiscal, a evitar nuevos retiros, a evaluar la reincorporación de las fuerzas armadas en la Araucanía en un “estado intermedio”, y su condena, cada vez más decidida a la violencia, apuntan en ese sentido. No solo el gobierno lo está entendiendo. Se nota un lenguaje y un tono distinto también en los medios y en la ciudadanía. Se está asomando, incipientemente, el deseo de una mirada más ponderada de la realidad. Pienso que el aumento del rechazo en la Convención Constituyente tiene que ver, más allá de las normas aprobadas, también con esto: un cierto hastío con el desorden, el caos y la desmesura.

Es verdad que todo lo que estamos viviendo tiene causas muy profundas, antiguas, variadas y estructurales, de difícil solución. Es verdad también que seguiremos viviendo tiempos jodidos y violentos. Pero es bueno ver, por las razones que sean, aunque parezcan tardías u oportunistas, que se esté insinuando un consenso, un acuerdo tácito, de que esto no puede seguir así.    

Por Matías Carrasco

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¿Y NO LOS DEJARON BAJAR?

Vale la pena ver el comentado video de la ministra del Interior, Izkia Siches, en la Comisión de Seguridad de la Cámara de Diputados. Y vale la pena no para hacer leña del árbol caído, sino para detenerse en un momento, casi imperceptible, que resulta bien simbólico de lo que estamos viviendo.

La secuencia es más o menos así: la ministra hace la denuncia sobre un avión con migrantes expulsados, en la gestión Piñera, que regresó a Chile con todos sus pasajeros. Se genera un murmullo en la sala. Asombrada, una persona pregunta: “¿con todos sus pasajeros?”. “Con todos los pasajeros expulsados” – responde enfática la autoridad, en una frase muy bien pronunciada. Entonces, desde el mismo lado de la mesa se escucha una nueva interrogante: “¿no los dejaron bajar?”. Se hizo un silencio extraño, incómodo, de apenas un par de segundos. No hubo respuesta. La ministra gira la cabeza, titubea, acomoda su mascarilla, y dice, como para salir del paso: “lo que sí quiero desde ya señalar…”, y se va por otro lado, habla de que si a ellos les hubiese ocurrido sería portada de La Segunda, felicitó irónicamente al gobierno anterior por tapar el asunto con tierra, dijo varias veces que esto era gravísimo, se preguntó por el destino de los retornados (“¿dónde están?”) y aseguró que en la actual administración evitarían una chambonada como esa. Todo con histrionismo e indignación.

Lo interesante es que la pregunta más reveladora de todas (“¿no los dejaron bajar?”), la que buscaba indagar en el caso, explicar la anomalía, averiguar qué diablos había pasado, fue escuchada, pero por algún motivo, completamente ignorada. Tal vez si se hubiese tomado en cuenta, la ministra habría dicho algo del tipo “no tengo información al respecto”, y esa misma duda hubiese generado otra, y otra, y otra, y con tres preguntas al hilo se habrían dado cuenta que no existía mucho fundamento para tamaña acusación. La personera habría advertido, ahí mismo, que le soplaron mal y los parlamentarios habrían notado que, esa sí, era una chambonada. Pero, no.

Algo raro está pasando. Pareciera que no importa la verdad, o al menos, intentar acercarse a ella, a pesar de que esté ahí, a un costado, como un zumbido. En esa sala una persona quiso averiguar qué sucedió en realidad, pero nadie le dio bola. Algunos consideraron más entretenido seguir escuchando la historia de la ministra (contada con harta gracia), y otros estaban felices de cerciorarse de que el gobierno saliente era, definitivamente, el peor de la historia.

Hoy existe más interés en las consignas bien articuladas, en los entretelones, en los twits encendidos y sobre todo en aquello que confirma nuestras propias creencias y prejuicios, que en adentrarse en los serios, lentos y aburridos caminos que llevan hacia la verdad.

Y no es que la verdad se nos escabulla a cada rato, como un hábil ladrón. Muchas veces está ahí, a uno o dos pasos. En ocasiones hay que esperar el resultado de una investigación para saber si alguien es culpable o no. En otras, es necesario informarse un poco, levantar el teléfono, ojear un diccionario, confirmar con ciertas fuentes, revisar la prensa o preguntarse a uno mismo si lo que va a decir, lo que va a postear, será prudente, justo o cierto. Pero es muy difícil hacerlo. Significaría poner freno a la propia ansiedad y a esa práctica, voraz y adictiva, de congraciarse rápidamente con las audiencias para recibir, cada tanto, aplausos y reconocimiento.

Es cierto que esto ocurre hace rato en las redes sociales. Sobre todo, ahí. En el mismo saco, están las fake news y todas esas cosas. Ya estamos acostumbrados. Pero no es lo mismo que lo haga un tipo cualquiera, ocioso, con ganas de embarrarle el día a alguien, a que autoridades del más alto nivel caigan en el mismo juego, conscientes o no de lo que están haciendo. No es solo la ministra del Interior. La cosa es más grave y transversal.

El perdón de Izkia, oportuno y sincero, es un buen signo. Lo hizo apelando a un espíritu republicano. Y desde ese mismo espíritu debiéramos todos bajar un par de cambios y disponer el oído para escuchar esa pregunta, ese molesto zumbido, que nos puede acercar a la ingrata e incómoda verdad.    

Por Matías Carrasco.

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PATRIA

Uno de los libros que debieran leer los chilenos es Patria, de Fernando Aramburu. Tiene una prosa ágil, original y bella. Juega con los narradores, en primera, segunda y tercera persona. Utiliza la pregunta, recurrentemente, como afirmando algo, como queriendo escudriñar en la mente y en el corazón de los personajes. ¿Y qué pensaban? De todo pues, cuestiones banales y otras más elevadas, como es el ser humano. ¿Y con qué soñaban? Algunos con el recuerdo y otros con la libertad.  

Pero no es por eso que debemos leer Patria. Es más bien por la historia que cuenta. Dos familias sencillas de España. ETA. El terrorismo. Muerte. Duelo. Tristeza. Y un pueblo envenenado de rencor y divisiones. Aramburu logra transmitir, desde los afectos más que desde la razón, lo que puede llegar a significar la violencia política, el fanatismo, el abanderamiento, la funa, el orgullo y los prejuicios. Es un proceso de descomposición lento, casi imperceptible, pero que logra echarlo todo a perder, hasta la vida misma.

Miles debieran leerlo. Profesores. Convencionales. Parlamentarios. El presidente y sus ministros. Twiteros. Columnistas. Jóvenes, pienso en los jóvenes. Patria debiera estar en los colegios y universidades. Se está juntando mucha rabia. Se nota en el aire el hastío. Chile está cargado. La gente anda con la cabeza caliente. Y quienes debieran poner paños fríos -líderes, comunicadores, políticos- también están metidos en la refriega, en el barro, tomando posiciones, haciendo poco o nada por calmar los ánimos.

Algunos dirán que razones hay para detestar, para combatir, para sacar a una familia en la mitad de la noche y prender su casa con fuego, para golpear a un cabro hasta la muerte, para quemar iglesias y escuelas, para patear a un tipo en el piso por ser paco, para denigrar a una persona en las redes sociales o para descerrajar un departamento y tirarlo por la ventana si queremos. Seguro que razones hay. También existen para las guerras, las más cruentas, de esas que condenamos, indignados, sintiéndonos hombres y mujeres de paz…de una dudosa paz.

Una de las gracias de Patria es que cuenta la historia no solo desde las consignas y el lado heroico de la lucha, que alimenta el ego y la venganza, sino también desde quienes no se ven, de los que no aparecen en los noticiarios, de los que van quedando atrás, los heridos, los huérfanos, las viudas, los que reciben el impacto, hondo y silencioso, de las brutales consecuencias de la violencia y del odio.  Quizás por eso logra transmitir de manera tan clara (y dramática), el aspecto más lúgubre de batallas que se libran, día a día, en nombre de la justicia y la moral.

Esta semana, en el marco de una nueva conmemoración del asesinato y degollamiento en dictadura del profesor José Manuel Parada, su hija, Javiera Parada, dijo: “he borrado de mis consignas ‘ni perdón ni olvido’. Si alguien puede perdonar, está en su derecho. Y a veces el olvido de cierto dolor es condición necesaria para seguir viviendo”. Imagino que si lanzó tamaña frase es porque Javiera sabe, mejor que muchos, cuánto duele, cuánto cruza, cuánto envenena, el espiral del encono y el rencor. Alguien tiene que dar el primer paso.

Patria también es una historia de perdón. Bittori, una mujer valiente, buena y terca, necesita el perdón de los terroristas que mataron a su marido, antes de dejarse vencer por una enfermedad terminal. “Todo mi cuerpo es una herida”, dice al inicio de la novela, y decide hurgar en ella “para sacarle todo el pus que aún lleva adentro. Si no, nunca se cerrará”.

En un tiempo polarizado y violento, en donde la razón parece no persuadir a nadie, tal vez sea la literatura, como suele hacerlo, la que nos entregue las lecciones que de otra manera no aprenderemos jamás. Hay que leer Patria.

Por Matías Carrasco

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SEGUIR CREYENDO

A veces uno se empeña en creer. Por distintas razones. Porque quiere hacerlo, porque es mejor así, porque a la tumba se va con las botas puestas, porque si alguna vez creí conviene seguir creyendo, porque no puedo flaquear, o sencillamente, porque dejar de creer es aceptar, como en un duelo, que lo que alguna vez imaginamos ya no será.  

Algo de esto me pasa con la Convención Constitucional. Hace tiempo creí, y mucho. Pensé que podía ser el rito que nos salvaría de días convulsos. Creí que sería el espacio para encontrarnos, para silenciar tanto griterío, para curar las heridas, para dialogar, para abrirnos al otro y a un futuro común. Pensaba (y lo sigo haciendo) que era la mejor salida, la más democrática, a la crisis que estábamos viviendo. ¿Cuál era la alternativa? Más violencia, más división, y una posible (muy posible) destitución del presidente, y el consiguiente daño institucional.

Intuía, por supuesto, que habría dificultades. Muchos entraron al Palacio Pereira arrastrando historias de exclusión y maltrato. Otros, hace poco, estaban en la calle lanzando piedras. Y varios llegaban sin conocerse, con un puñado de prejuicios anclados en sus cabezas. Por eso entendí la accidentada ceremonia inaugural, los disfraces, vistosas performances, intervenciones llenas de indignación y el peso exagerado de lo identitario y testimonial. Ya pasará, ya pasará, me repetía. Pero no ha pasado. Se mantienen las desconfianzas, la dinámica tribal, y ese foso profundo que divide a los convencionales (y de paso a los chilenos) en buenos y malos.

Se instaló, en parte de la Convención, un diagnóstico sombrío del país y de su historia. Es una mirada depresiva, por tanto parcial e injusta, de lo que somos. Más que admitir que hay cosas que deben cambiar, varios parecen convencidos de querer cambiarlo todo. Es cierto que hay desigualdades que se hace urgente corregir. También reivindicaciones que son importantes de atender. Se requiere de reformas profundas y estructurales.  Pero no es verdad todo lo que de Chile se dice. A ratos pareciera que hemos vivido durante décadas en una tierra con una democracia de mentira y con un sistema e instituciones que solo oprimen, laceran, asfixian, y no nos deja vivir con libertad. ¿Somos solo víctimas? Y con esa imagen fija, como un velo que cubre los ojos, se van proponiendo normas con más sabor a revancha y soberbia, que a una mirada sensata y equilibrada de la realidad.

No ha sido un rito. Han sido varios. Seguramente distintos grupos han visto en la Convención un espacio que reconoce y valora sus propias necesidades y demandas. Los pueblos originarios, el movimiento feminista, las minorías sexuales, los animalistas, entre otros. Y eso, está muy bien. El problema es que, entre tanto pañuelo, consigna y convencional tirando del mantel, no ha habido tiempo ni ganas de celebrar el principal rito, el más sagrado, el que se prometió: el de construir la casa de todos y todas, sin exclusión.  En vez, aprovechando la mayoría, aventajados por las circunstancias, se avanza atolondradamente, entendiendo la oportunidad, para hacer historia, porque ahora es cuando, de correr el cerco y hacer Chile a la pinta de un sector, grande, que ronca fuerte, pero que no es representativo del grueso de la nación.

Aún queda tiempo. Poco, pero queda. Algunos piden ver el texto final, antes del desencanto. Puede ser. Quizás debiera terminar esta columna diciendo esas frases hechas que caen bien, pero que suenan a consuelo o a una manera de alimentar, como un acto de fe, el optimismo: que ojalá enmienden el rumbo, que todavía hay espacio para mejorar, que tal vez, por qué no, se moderen las posiciones. Y lo diré: la esperanza es lo último que se pierde. No porque esté seguro, menos convencido, simplemente porque a veces se necesita, por cobardía o ingenuidad, seguir creyendo.

Por Matías Carrasco.

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AGUSTÍN EN EL DESIERTO

Agustín Squella es, a mi gusto, el mejor de los convencionales. Sigo hace mucho tiempo sus columnas e intervenciones. Tengo en mi velador, esperándome, su libro “Desobediencia” que, imagino, lo retrata de cierta manera. Son diferentes los atributos que lo hacen destacar. Es un hombre inteligente, sencillo, abierto (a veces parece un adolescente inquieto y rebelde), más dominado por el pensamiento reflexivo que por los dogmas o consignas de rápida cocción. Por algo fue reconocido con el Premio Nacional de Humanidades y Ciencias, además de otras distinciones.

Ha sido un férreo defensor del proceso constitucional. Creyó en él, y lo sigue haciendo. No es menor que a sus 78 años haya decidido presentarse como constituyente, y someterse a un ritmo desmedido, y a ratos, frenético. Se le nota su enorme cariño por Valparaíso, Wanderers, Chile y los aromos. Lo suyo es enseñar, y aprender. No abandona -ni en la mitad de la zafacoca- la razón.

Hay otras personas inteligentes en el Palacio Pereira. ¡No cabe duda! Pero creen más en ellos mismos que en cualquier cosa. Se enamoran de “su verdad” y de quienes la alientan. Hay varios (y varias) cuya inteligencia se mezcla a veces con el resentimiento, a veces con los prejuicios, a veces con un fuerte (y justificado) ánimo reivindicatorio. Y ahí se pierde, entre la espesura de tantas emociones, la lucidez.

Agustín Squella no es un santo. Tiene sus pifias y más de algún pecado (aunque no crea en ellos). Pero posee la ventaja de los años (y algo más) que lo dota de cierta calma y sensatez.  Parece una excepción dentro de los constituyentes. Al menos por lo que plantea, se ve como un predicador en el desierto.

Terminado el reglamento y en la antesala del debate de los temas de fondo, en octubre de 2021, Squella sugirió la idea de realizar una jornada de reflexión (¡una mañana!, imploraba) para revisar qué estaban haciendo bien, y qué estaban haciendo mal. Le parecía prudente- considerando el tamaño de la hazaña- un espacio de autocrítica. Pocos lo tomaron en serio. En esa oportunidad, en vez de desnudarse frente al espejo y ver allí con qué se encontraban, los constituyentes decidieron darse el tiempo para que cada uno expusiera lo que quisiera en el salón plenario (la mayoría habló de su propia biografía).

A principios de febrero, junto a un grupo de convencionales,  ha vuelto a proponerlo. “Solemos terminar las sesiones en medio de aplausos a nosotros mismos, y ya es hora de un mayor y más sereno y franco autoexamen”, dijo. Tras una respuesta algo más tibia que la anterior, nuevamente, no le dieron mucha bola. ¿Es muy descabellado lo que está pidiendo?

Es cierto que existe miedo en muchos de quienes miramos el proceso desde fuera y nos alarmamos (en ocasiones, con razón) de algunos cambios que allí se están discutiendo. Pero también existe miedo en buena parte de los convencionales, que han preferido atrincherarse, levantar murallas, y caer en una especie de autocomplacencia nociva para la Convención y su futuro. Si no viene antecedida de una notoria reverencia, la crítica no cae bien. Semilla sobre roca. Por eso, en vez de atender el argumento, se apunta al mensajero, acusándolo de facho, reaccionario o elitista, o todo se explica -con un simplismo llamativo- como un “problema comunicacional”.

Queda poco tiempo, y es demasiado lo que está en juego. Es importante escuchar a Agustín. Tiene credenciales de sobra -democráticas e intelectuales- para ser tomado en cuenta. De lo contrario, de no abrirse a la crítica y al autoanálisis, la Convención (o parte de ella) corre el riesgo de transformarse en aquello que muchos de sus miembros dicen despreciar: un grupo de poder volcado sobre sí mismo, soberbio y distante, dispuesto a dar sermones sobre un pedestal.   

Por Matías Carrasco.

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ATREVERSE A PENSAR

El verano es un buen tiempo para leer. En realidad, todo el año lo es. Pero en vacaciones, el ocio recupera su dignidad, y eso facilita las cosas. En la primera quincena de febrero leí “Eichmann en Jerusalén”, el ensayo de la filósofa judía de origen alemán, Hanna Arendt, que trata sobre el histórico y publicitado juicio en Jerusalén al teniente coronel de las SS, Adolf Eichmann, en 1961, acusado de ser uno de los principales responsables del Holocausto, y sentenciado a la horca.

La historia es de película (de hecho, las hay). Tras el término de la Segunda Guerra, Eichmann huyó a Argentina en donde vivió una década con una identidad falsa. En 1960 fue secuestrado por la inteligencia israelí, y trasladado a Jerusalén para dar inicio a uno de los procesos judiciales más llamativos del siglo pasado.

Interesada en el asunto, Arendt, cubrió el caso como enviada especial de la revista The New Yorker, teniendo acceso al interrogatorio de Eichmann y a las sesiones del juicio que duró cerca de ocho meses. De ahí, una serie de reportajes, y un tiempo después, el libro que disfruté en un bosque de hualles, coihues y ulmos.

Es una lectura muy recomendable. No solo porque permite tener una visión detallada y documentada de uno de los pasajes más sombríos de la humanidad, sino más bien porque Arendt propone una mirada ponderada y reflexiva, cuando lo que primaba (razones había de sobra) eran la emocionalidad y el hambre de todo un pueblo por, al fin, cobrarse justicia.   

Las ideas de Arendt generaron una fuerte polémica y un debate que continúa hasta hoy.  Contrariando el ímpetu de miles que quisieron ver en Eichmann a un monstruo y a uno de los gestores de la denominada Solución Final, la filósofa prefirió pensar, observar e investigar. Sus conclusiones resultaron, para muchos, aberrantes. Hizo notar anomalías en el juicio; cuestionó el antisemitismo del acusado y su participación en las altas esferas del Partido Nazi; mencionó la responsabilidad de algunos dirigentes judíos en la masacre; y quizás lo más revelador, no vio en Eichmann a un monstruo ni a un tipo sádico ni pervertido, sino -y esto era lo más grave- a un hombre “terriblemente normal”, más bien irreflexivo, un fracasado ansioso de reconocimiento, empeñado en progresar obedeciendo las órdenes de un Estado que legalizó el crimen. De ahí su famosa frase, “la banalidad del mal”.

Sus escritos le valieron duras acusaciones, y la enemistad de buena parte de la comunidad judía. No estaba en ella defender a Eichmann ni exculparlo de los pavorosos delitos que cometió (tuvo un rol clave en las deportaciones de millones de judíos a los campos de exterminio. La misma Arendt señaló que Eichmann se convirtió en “el mayor criminal de su tiempo”). Lo suyo fue más bien intentar entender al hombre de la caseta de vidrio blindada, y las razones que lo llevaron a él, a los nazis y a sus aliados, a odiar, a expulsar, a torturar y a matar, y a muchos otros (gobernantes, líderes, iglesias, ciudadanos) a permitirlo, a soslayarlo, a veces con indiferencia, sin un fuerte reproche moral.  

Uno podrá estar de acuerdo o no con el atrevido análisis de Hannah Arendt, pero lo destacable es su valiente decisión para pensar y poner “la verdad” en entredicho, aún sabiendo que hacerlo –siendo ella judía y en medio de las pasiones de un juicio emblemático- le costaría caro.

Y tal vez esta sea la principal enseñanza para los tiempos que nos toca vivir (también cargados de emociones, de juicios y sentencias): no abandonar el pensamiento. Insistir en él. Expresarlo, decirlo, escribirlo. Aún cuando sea impopular, todavía cuando nos signifique una funa, un mal rato, o una pifiadera. Ir más allá de los estereotipos, las consignas y el maniqueísmo. Hacer que nos cruja la cabeza. Abrirnos a otras orillas. Si se calla el pensamiento, habrá partes de la verdad que no serán escuchadas, debates que no existirán, juicios que no serán del todo justos, y lecciones que jamás conoceremos.

En las últimas páginas de su libro, Arendt plantea que uno de los mayores aprendizajes del proceso de Jerusalén fue descubrir que el alejamiento de la realidad y la irreflexión “pueden causar más daño que todos los malos instintos inherentes, quizás, a la naturaleza humana”.

Es mejor atreverse a pensar.

Por Matías Carrasco.

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EL TOCAYO

Se llama, Matías, igual que yo. Es flaco, de piel morena, ojos oscuros, cara angulada, una boca gruesa, y un jockey que cambia de vez en cuando. Tiene tatuajes en los brazos. Hay números, nombres y figuras. Lo conocí apenas iniciada la pandemia cuando tocó el timbre de mi casa para pedir algo. Lo acompañaba su mujer, una muchacha delgada, de baja estatura, con el pelo tomado, bonita y de mirada brillante. Deben tener unos 35 años. Caminan con un carro de supermercado, casi siempre lleno. Legumbres, arroz, tallarines, conservas, cajas de crema, de fruta, y ropa, mucha ropa. Todo bien ordenado, como si fuera un tetris. Le dimos cosas para comer, y una tele vieja. Estaba agradecido y contento. Conversamos un buen rato. Descubrimos que nos llamábamos igual. ¿Y usted también es llorón?, me preguntó María, su pareja. También, le respondí. Somos parecidos, pensé. De ahí nos tratamos como “tocayos”.

Son de la Pintana. Viven en una pieza arrendada, que apenas pueden pagar. Deben varios meses. El dueño se porta bien. Comprende la situación, la pandemia, y todas esas cosas. Aun así, saben que tienen que juntar la plata. Trabajan en un puesto en la feria de la comuna. En oportunidades, van a la feria de Puente Alto. No regatean tanto, dice el tocayo. Hay días buenos, y otros malos, muy malos. Cuando falta, toman la micro y parten con su carro a Vitacura, para pedir.

Nos hemos encontrado varias veces. Conversamos largo. Compartimos sopa de zapallo (es la mejor que he probado, le dice el tocayo a mi mujer), puchos, galletas y bebidas. Él tiene un hijo pequeño, y ella dos hijas. Ninguno vive con ellos. Están a cargo de familiares. Los ven a menudo, casi siempre los fines de semana. A pesar de las dificultades, se mantienen alegres y de buen humor. Creen en Dios y en una esperanza que uno no sabe cómo diablos sostienen. Sonríen. Ríen a carcajadas. María se burla del antejardín de mi casa, seco, sin pasto. Me dice que lo que más le gusta de Vitacura es el pasto, el verde. Ver a los niños jugando en las plazas. Allá no se puede, es peligroso, me cuenta. No es por envidia, interrumpe el tocayo. Es envidia, aclara ella, segura, pero con algo de liviandad.

Intercambiamos whatsapp con Matías. No hemos perdido el contacto. Cada cierto tiempo, a veces todos los días, el tocayo me envía mensajes, saludos. Buenos días, tocayito. Espero que esté bien. Me cuenta de la jornada, me envía videos en la feria, friendo papas en la vereda (se las ingenian), o con la María y los hijos de cada cual. Me pregunta cómo estamos, cómo están nuestros niños, mostrando mucho interés. En ocasiones, el tocayo me dice que no pueden salir porque las cosas no andan muy bien en el barrio. Me manda fotos. Balazos pegados en la pared. Ésta estuvo cerca, es la pieza de mi vecino, me dice. Otra vez cruzó a comprar jamón para el desayuno, y unos tipos en moto le dispararon a un hombre de un almacén cercano. Sentí las balas pasar al lado mío, me cuenta agitado.

Hacía semanas que no venían. Lo último que supimos, antes de año nuevo, es que la María andaba mal de salud. Terminó hospitalizada, vomitando sangre. El tocayo me mandaba videos, en una pieza oscura, con el jockey tapándole los ojos, diciéndome que se sentía mal, que no quería levantarse. Intercambiamos algunos mensajes. Ayer volvieron a aparecer. Me avisaron por whatsapp que vendrían. Cuando salí, ella estaba como siempre, pero el tocayo andaba con mala cara, muy delgado, serio, intentando a duras penas una sonrisa. En vez del carro de supermercado, arrastraban algo así como un coche pequeño. Ya no nos aguantan el carro en la micro, me explicaron. Le pregunté a María por su salud. Estaba mejor. Debía hacerse una endoscopía, pero con unas pastillas andaría bien, se convenció. Pero tú no estás bien, dije mirando al tocayo. Bajó la guardia, apretó los labios, le tiritaba la boca y aparecieron las lágrimas. Se sentía la tristeza, la impotencia y la angustia. En el consultorio le dijeron que tenía depresión. Estaba, además, cayendo de nuevo en la droga. Ahora es cocaína, me dijo. Hace unos años estuve metido, muy metido, en la pasta. Le dieron unas tabletas de Clonazepam. Pero cuando cabro yo me drogaba con esos mismos remedios, me advertía el tocayo, levantando los hombros. Quiere salir adelante, pero tiembla. Sus antebrazos están con varios cortes. No cuenta con sus papás. Un hermano está en la cárcel, y a los otros no los ve. En su calle, me dice, hacia donde mire hay droga. Ya debe plata, y está asustado. Quiere irse de ahí, pero no hay cómo. Tampoco encuentra trabajo. ¿Cómo encontrar si apenas puede levantarse?          

Prometo apoyarlo. Con mi esposa, intentamos ayudar. Averiguo. El diagnóstico no es bueno para un adicto en ese contexto, me explica un amigo sicólogo. Me recomiendan que vaya al Centro de Salud Mental de la comuna (COSAM), o que intente también en el Servicio Nacional de Prevención y Rehabilitación (SENDA). Me dan un número de teléfono. En otras fundaciones hay que pagar, y el tratamiento es caro. No es mucho lo que pude hacer. Llamo al tocayo. Está con mejor voz. Hoy, al menos, está con mejor voz. Le cuento lo que obtuve. Va a buscar un lápiz. Le doy los datos, teléfonos y direcciones. Le digo que vaya cuanto antes, y que intenté buscar trabajo. En eso ando, tocayito, me responde. Fue bueno haber hablado con ustedes, ayer. Me siento bien, comenta. Cuelgo con una sensación extraña. La vida es injusta, me digo como si fuese un hallazgo, un estúpido descubrimiento.  Falta cariño, vuelvo a decirme, y cambiar las cosas, de verdad cambiar las cosas, para hacer de Chile un lugar mejor.

Por Matías Carrasco.

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SOBRE LA LIBERTAD

El humorista y comunicador, Checho Hirane, fue sacado de pantalla -anticipadamente, según La Red- tras declarar en radio Agricultura, que los empresarios “tienen que poner todo tipo de trabas (al gobierno de Gabriel Boric) para que le vaya mal a sus políticas”. Horas después, pidió perdón. “No usé un lenguaje adecuado y me arrepiento” -dijo. No obstante, la casa televisiva decidió adelantar el término del programa, arguyendo que sus dichos generarían desconfianzas en la realización editorial del espacio. Hirane acusó censura y se instaló nuevamente el debate sobre la libertad de expresión.

¿Es conveniente bajar del escenario a quién emite declaraciones impropias? ¿o se debe tolerar la existencia de opiniones que nos puedan resultar, a muchos, fuera de tono o incluso aberrantes?

En su ensayo “Sobre la libertad”, John Stuart Mill plantea cosas muy interesantes sobre este asunto. Tenía ya en esa época -a mediados del siglo XIX- una particular sospecha sobre la opresión social que la opinión pública ejercía sobre los individuos, poniendo en riesgo la libertad para emitir opiniones distintas a las que promueve la mayoría (o la masa más vociferante). Y para Mill eso era un problema serio, porque estaba convencido de que la única manera de aproximarse a la verdad era a través del intercambio de diversas ideas, incluso de las minoritarias, impopulares o extravagantes.

“Si toda la humanidad a excepción de una persona fuera de una opinión, y solo esa persona fuera de la opinión contraria, la humanidad no estaría más legitimada para silenciar a dicha persona de lo que estaría para silenciar a la humanidad, suponiendo que tuviera el poder para ello” – planteaba el filósofo. Mill consideraba que toda opinión merecía existir y ser debatida. Una idea podía ser verdadera, o poseer algo de verdad. Y de ser errónea, estaba siempre la gran posibilidad de confrontarla “para una clara aprehensión y un sentimiento profundo por la verdad”. Por eso decía que el mal no era la colisión violenta entre partes de la verdad, sino la supresión silenciosa de la mitad de ella.

Todo esto lo pensó, Stuart Mill, sin imaginar siquiera la existencia de redes sociales que amplificarían exponencialmente la influencia y el peso (a veces asfixiante) de la opinión pública. Hoy pareciera no existir un interés por acercarnos a la verdad, sino más bien una pulsión, un ímpetu, por imponer el propio juicio por sobre las ideas que nos resultan incómodas, o simplemente diferentes. Y el riesgo es que algunas bocas, algunas personas, simplemente, se acallen.

Lo de Checho Hirane puede ser una anécdota. No me interesa ni defenderlo ni victimizarlo (como suele hacerse en este tiempo). Él podrá seguir expresando su opinión en la radio y en formatos digitales (hoy el mundo da esas licencias). Lo importante, a partir de este caso, es preguntarse: ¿qué tan dispuestos estamos en respetar y fortalecer la libertad de expresión? ¿la defenderemos siempre (entendiendo su enorme valor para una cultura democrática), o lo haremos solo cuando represente los propios intereses y miradas? Lo de Hirane le puede parecer a uno reprochable, irresponsable, estúpido, si se quiere, pero ¿es conveniente sacarlo de pantalla o es mejor que sus inadecuadas declaraciones -como él mismo confesó- sean contrarrestadas con el peso de los argumentos (que desde luego los hay)?

El problema de permitir o no una opinión (dependiendo de sus razones, relevancia, o incluso, apoyo mayoritario) es que algunas se alentarán con aplausos y vítores (dependiendo la tendencia), mientras otras quedarán al margen de la discusión pública, empobreciendo el debate de ideas y el pensamiento. Hay más riesgo para una democracia en limitar la libertad de expresión, que en tolerar los exabruptos que, de vez en cuando, aparecen.

Stuart Mill señalaba que “nuestra intolerancia, puramente social, no asesina a nadie, no extirpa ideas, pero induce a los hombres a disfrazarlas o a abstenerse de todo esfuerzo activo por difundirlas”. Una advertencia hecha hace más de un siglo y medio, que sugiero ponerle la máxima atención.

Por Matías Carrasco.

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BORIC Y EL DESAFÍO DE LA FUERZA

Sigo con atención la toma de la sede del Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH). Hay allí una señal, una clave, para visualizar uno de los grandes desafíos que deberá enfrentar el gobierno del presidente Gabriel Boric.

La ocupación ocurrió la mañana del 8 de julio del 2021, cuando un grupo de la Asamblea Coordinadora de Estudiantes Secundarios (ACES), se apropió del inmueble del INDH, exigiendo, entre otras cosas, el reconocimiento de la violación sistemática de los derechos humanos durante el estallido, la existencia del encarcelamiento político, y la liberación de los denominados presos de la revuelta. Ese mismo día, desde el INDH, plantearon que se contactarían con los dirigentes estudiantiles para “establecer un diálogo fructífero”. De eso han pasado seis meses, y los jóvenes endurecieron su postura al declarar la toma como indefinida, someter al INDH “bajo el control del pueblo”,  y dar un ultimátum para retirar los archivos que se encuentren en el edificio.

El tema es serio. Organismos internacionales de derechos humanos han condenado la toma, por atentar en contra de la autonomía del Instituto. La ex vicepresidenta de la Comisión Valech, María Luisa Sepúlveda, dijo que “sería de extrema gravedad  que terceros conocieran el contenido de documentos reservados”, y llamó a solucionar pronto esta crisis, para poner los archivos a resguardo. Recién el 4 de enero, después de casi 180 días de toma y de responder al petitorio de los ocupantes, se permitió el rescate de documentación crítica.  

A pesar de todo, el INDH se ha negado a optar por la salida que, a estas alturas, parece la más obvia: solicitar el desalojo. ¿Cómo un organismo de derechos humanos, llamado a proteger la dignidad de todas las personas, puede invocar el uso de la fuerza? ¿no deberían ellos resguardar la integridad de los ciudadanos, en vez de ponerla en riesgo? Por eso, para evitar el bochorno, prefieren darse varias vueltas (aunque sepan que llegaran al mismo lugar), antes de tomar una difícil, pero necesaria determinación.

Y esta es, quizás, la perspectiva más interesante de este asunto: ¿se evita el uso de la fuerza por considerar -honestamente y con evidencia en mano- que no es la mejor solución, o se evita para no manchar la propia reputación, la propia imagen, y huir de la responsabilidad que se tiene como autoridad?

Algo de esto le pasará al gobierno del presidente, Gabriel Boric. Quienes llegarán a La Moneda el próximo 11 de marzo, se perciben a sí mismos como mujeres y hombres buenos, defensores de la dignidad, la justicia y los derechos humanos. Hasta ahora se han ubicado del lado del pueblo, en el rol de quien denuncia y fiscaliza. Y lo han hecho de manera categórica (a veces, exagerada, con tintes morales), marcando una frontera notoria con la administración saliente, sobre todo en materia de orden público. Son otros (no ellos) los que hacen el mal, los que reprimen y los que criminalizan la protesta. Entonces, cuando ejerzan el poder del Estado, cuando se vean expuestos a situaciones límite, cuando se topen con la intransigencia y la violencia, cuando el diálogo no dé para más, ¿qué harán?

En sus intervenciones, Gabriel Boric ha insistido en el diálogo como la principal herramienta en la resolución de los conflictos. Estoy de acuerdo. Pero también pienso que a veces se abusa del diálogo, y de la proclamación de buenas intenciones, para escabullirse de decisiones complejas y jodidas que, querámoslo o no, causarán daño.

Gobernar supone un lado luminoso, que tiene que ver con la oportunidad de  liderar la construcción de un país más justo, igualitario, y mejor para todos. Pero también acarrea una dimensión más sombría, inherente a toda autoridad, que significa adoptar medidas duras (como el uso legítImo de la fuerza, con resguardo de los derechos humanos) en defensa del interés común. Entenderlo no hace a un presidente ni más malo, ni más tirano, ni represor.  Simplemente, lo sitúa a la altura del cargo que se le encomendó. 

Por Matías Carrasco.   

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RESPETO

Llevo en mi muñeca izquierda una pulsera de género, de color morado, con la palabra respeto. La tengo desde hace unos tres años, cuando en una dinámica familiar -algo ñoña, lo reconozco- les hablamos a nuestros hijos sobre la importancia de respetarnos y de construir, juntos, una buena convivencia. En esa época peleaban harto. Bueno, siguen haciéndolo.  Como un símbolo, todos nos pusimos la pulsera del respeto. Duró unos cuántos días, o semanas, como mucho. Solo yo la conservo desde aquel sencillo rito, como un acto de resistencia, como una bandera diminuta. Chile necesita más respeto.

Vale la pena mencionarlo a poco más de una semana de las elecciones. No es una decisión cualquiera. Es -dicen-una de las más decisivas de las últimas décadas. Para muchos, la gran dificultad está en elegir entre quienes representan los extremos, apenas matizados con un maquillaje dudoso de segunda vuelta. ¿En quién confiar el presente y el futuro para un Chile moderno, plural y revuelto? ¿En la derecha conservadora, o en la izquierda refundacional? ¿En los que priorizan orden y estabilidad, o en los que ofrecen solucionar el malestar social, sin transar? ¿Qué es mejor para el país?  Así puesto, es un asunto complejo. Sin embargo, para varios parece ser algo tan claro, tan obvio, que se arrogan el derecho de reprobar el voto ajeno, siempre con un tono de voz que sube y un juicio moralizante.

La forma más evidente es el escupitajo al candidato, los golpes entre los adherentes, las funas, las ofensas y cancelaciones en las redes sociales. Pero hay otras maneras, más tenues, de ejercer esa misma superioridad electoral. Son las muecas, las burlas o las reprimendas (como si se tratara de aleccionar a un niño) en sobremesas familiares, grupos de whatsapp o encuentros entre amigos. ¿En qué momento se nos metió la idea de que todos debieran pensar igual? ¿De dónde sacamos que personas diferentes, con vidas distintas, con visiones dispares de Chile y el mundo, tienen que votar lo mismo?

El voto debe ser el acto cívico de mayor intimidad y de conexión con la propia conciencia, ese lugar sagrado en donde está prohibida la entrada a los extraños. A pesar de la muchedumbre volcada en las calles, aún con todo el ruido y la polvareda levantada en tiempo de elecciones, todavía con las filas en los locales de votación, el sufragio se ejerce en silencio, solitariamente, como en un confesionario. Eso es signo de que el acto de votar es sublime, es personal, y por tanto, debe ser, nos guste o no, respetado.

No es el voto del otro el que debe ser objeto de revisión, sino la propia incapacidad de domar la ansiedad que nos asalta. No es al otro al que debemos educar, sino al autocontrol y la habilidad de mantener la calma en días de incertidumbre.  El ninguneo o el reproche del voto distinto no es más que el síntoma de una desbocada mezcla entre miedo y frustración.

En una de sus acepciones, respeto significa la consideración de que algo es digno y debe ser tolerado. En Chile llevamos más de dos años hablando de dignidad. Renombramos plazas en su nombre. Se han escrito canciones, libros y poemas. Se crearon colectividades políticas. Pero tal vez el voto sea lo más digno, lo más transversal, lo más igual, que podamos tener. Por eso, a pesar de las diferencias y de nuestras pulsiones más primitivas, aunque no entendamos, aunque no nos quepa en la cabeza, el voto de todas las personas debiera ser siempre respetado.

Sea quien sea el próximo presidente, haga lo que haga, diga lo que diga, si no logramos tratarnos con respeto, Chile no será ni más hermoso, ni más libre, ni mejor.

Por Matías Carrasco.

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