
Navegando en las redes sociales me encontré con una entrevista al destacado actor, Alfredo Castro, quien protagoniza la recién estrenada miniserie Alguien tiene que saber, sobre el caso Matute Johns. Se trata de un video en donde consultado por el impacto de la producción, Castro dice que es «notable», «muy importante», pero luego, visiblemente incómodo, se apura en aclarar que él empatiza «absolutamente con la madre» del joven desaparecido y que la serie es legal, «se puede hacer». Insiste, con énfasis, en el punto. Que es legal porque narra un hecho de conmoción pública y porque fue la propia familia quien participó de programas y espacios mediáticos. Intenta explicar, justificar. Que él pensó, «tal vez ingenuamente», que serviría para reabrir el caso.
Claro, el estreno ha levantado polvo y harto. La mamá de Jorge Matute Johns y su familia ha rechazado, desde un primer momento, la producción de esta historia y tras conocerse el tráiler la mujer, ahora de 80 años, ha dicho que ha retrocedido lo poco y nada que ha avanzado en su duelo, que su salud se ha dañado, y que están lucrando con su dolor. “Dejen tranquilo a mi hijo. Déjenme tranquila a mí”, imploró en un programa de televisión. Sin embargo, Alfredo Castro insiste, con su voz grave, que él entiende el dolor de la madre y que lo entiende «profundamente». Pero, ¿cómo es posible empatizar con hondura con el sufrimiento de esa mujer y al mismo tiempo ser el protagonista de la serie que la familia rechazó públicamente desde que conoció la idea del rodaje? ¿no hubiese sido más coherente declinar la oferta del papel? ¿O tal vez, guardar un respetuoso silencio?
La discusión sobre la realización de este film es interesante y difícil. Entran en conflicto la libertad de expresión y la posición doliente de la familia afectada. Es un buen y antiguo debate. Pero quienes optaron, legítimamente, por hacer la película y participar de ella, deben aceptar los coletazos de su decisión y pecho a las balas. Imagino que algunos lo hacen con más libertad. Pero insistir en lo de la empatía habiendo sido el puntal de la miniserie, no se ve bien.
Los actores, o buena parte de ellos para ser justo, tienen algo de eso. Los artistas tienen eso. Se autoperciben como tipas y tipos buenos, pero buenos, buenos. Izan las banderas de un montón de causas y apenas tiene una vitrina dan discursos moralizantes. Es como si les costara un mundo integrar su parte de noche, que tampoco es tan oscura, es simplemente con la que cargamos todos. Es como si no pudieran asumir su ego, su vanidad, su interés por la fama y, como no, por el dinero. Mientras escuchaba la entrevista a Alfredo Castro, me preguntaba, ¿cuánto le habrán pagado? ¿cuánto seduce un contrato con Netflix?
No hay nada de malo en eso. Más todavía cuando la discusión sobre la realización de una serie como esta sigue abierta. El punto es hacerse cargo de las decisiones que uno toma, sin intentar quedar bien aquí y allá, invocando una empatía que no se condice con la realidad.
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Por Matías Carrasco.








