QUIZÁS

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Azotea

El sol estaba pegando fuerte. Yo llevaba un short hasta más abajo de mis rodillas y una polera vieja de color rojo o burdeo, no lo recuerdo bien. Había decidido subir los diez pisos por las escaleras, con el objetivo de eliminar algo de colesterol y triglicéridos, aunque a esas alturas (35 metros, para ser más preciso), no tenía mucho sentido.

A Meléndez, el conserje, le dije que necesitaba ir hasta la azotea para tomar unas fotos, “imprescindibles para mi proyecto de título” –mentí. Meléndez, concentrado en un boleto de lotería y en un futuro próspero que nunca iba a llegar, levantó su vista y sentenció: -Al fin va a terminar una carrera mijo-. Vaya, vaya con Dios.

Y allá mismo iba, o al menos, esperaba ir. A encontrarme con Dios o con el diablo.

Cuando llegué arriba, caminé hasta el borde para observar la ciudad. Todo se veía mejor desde ahí. Las calles parecían los túneles de un hormiguero gigante y la vida se sentía más lenta y reposada. El ruido se suavizaba con la distancia y el viento tocaba ligeramente mi cara, como señal de que todo iba a estar bien.

Encendí un cigarrillo y empecé a ver con ojos nuevos el paisaje. Miré la cumbre del Manquehue, las casas a los pies del cerro, los andariveles muertos de Farellones, el hotel Marriott (¿cuántas soledades esconden esas habitaciones?), mucho verde, y una mujer gorda tumbada sobre un colchón rosado, achicharrándose bajo los rayos que bajaban a refrescarse en el agua de su piscina.

Percibí su paz, y por primera vez, también la mía. Respiraba con tranquilidad, sin peso en mi garganta, sin ese escalofrío repentino. Extrañamente, sin miedo. Era como la calma que le sigue a un terremoto, cuando todo ha terminado o cuando todo está por terminar. Aspiré lento y profundo, tiré el pucho al piso, apreté mis puños, tomé impulso y di el último salto de mi vida.

Piso 9

Es difícil decir cómo se siente. Sólo diría que me tragué el mundo entero en ese brinco. Algo me llenó los pulmones y el alma. Caía como un saco de papas, con mis brazos nadando en el aire y mis piernas flotando en el vacío.

Me arrepentí de haberle escrito tan escuetamente a la Cata. Tuve que haber sido más claro. Que no le quedaran dudas. Que la quise de la mejor manera que pude hacerlo. Amarla, no. Nunca fui capaz de amar a nadie. Que con ella intenté hacer una vida normal. Que sepa que sus hamburguesas en el microondas eran las mejores y que mis evasivas en la cama no eran más que el terror al deseo, al descontrol y al abandono. ¿Se lo dije?

Piso 8

Siempre le tuve miedo a los caballos. A los perros, a las polillas, a los ladrones, a los lagartos y a las ratas, también.

Cuando veraneábamos en el campo, mis primos salían a cabalgar y yo siempre encontraba una excusa para quedarme en casa. Terminaba saltando en un elástico o juntando las palmas al ritmo de una canción ridícula junto a mis primas. Con ellas me sentía seguro. Cobarde, pero a resguardo. En ese tiempo, pensaba en la fortuna de las mujeres de poder hacer ese tipo de cosas sin tener que dar explicaciones. Mi debilidad, en cambio, no tenía lugar en este mundo.

Piso 7

Mi madre nos dejó el 21 de enero de 1984. Estábamos en la playa de Zapallar, justo al lado de una gran roca, viendo las olas formarse atrás de una balsa de madera y reventar a unos metros delante de mí. Mi padre estaba reclinado sobre una silla, leyendo el diario, con un traje de baño azul corto y una polera blanca ajustada. Yo jugaba a su lado, con los baldes que habíamos comprado esa mañana al borde de la carretera.

Mi madre dijo que iba a caminar. Yo quise acompañarla, pero mi viejo me detuvo. La vi irse con sus pies hundiéndose en la arena. Nunca regreso. ¿Y si la hubiese seguido?

Piso 6

Un día cualquiera, mi padre me encargó ir a comprar una bebida. Vivíamos en una casona amplia, junto a mis abuelos, en Providencia. Salí serio y bien peinado, con el puño de mi polerón en mi boca. Crucé responsablemente la calle Pocuro y caminé rápido, con la vista fija en el suelo. Entré en el almacén de don Armando, tomé una Coca Cola de litro y pagué con un billete de mil. Don Armando me preguntó por mi padre y me dio un par de palmadas en mi cabeza.

De vuelta, en el semáforo, la botella resbaló por la transpiración de mis manos y se reventó en el piso. Me quedé congelado, con mis piernas tiritonas y un sudor que me hacía arder los ojos. Sentí miedo, y por primera vez, ese fantasma ahorcando mi cuello.

Con el envase roto, algo se volvía a quebrar – violenta y súbitamente- dentro de mí.

Piso 5

Con mi padre mi relación era neutral. Ni muy cerca, ni muy lejos. Era un terreno que a ambos nos permitía vivir sin arriesgar demasiado. Él no sabía muy bien qué hacer conmigo. Necesitaba a un hombre y no a un alfeñique como yo. Nunca conversamos demasiado. Eran diálogos cortos, en monosílabos, de preguntas hechas y respuestas que se fueron repitiendo con los años. Ambos fuimos olvidados y estábamos cruzados por la misma herida.

Piso 4

Fue en segundo básico cuando mi profesora me pilló con los dedos entre mis piernas. Me sacó fuera de la sala y en voz baja me pidió que fuera al baño a lavarme las manos y la cara. Le hice caso y volví a mi puesto. Al rato, estaba otra vez con las manos bajo el pantalón. Me mandaron al sicólogo y en una habitación fría y bien cuidada, un hombre joven me decía que aquello era normal y que procurara hacerlo en privado.

Pero yo sabía que no era normal. Diez, doce o quince veces al día, no podía ser normal. Fui creciendo y conmigo esa sombra. Miles de orgasmos y ni un solo encuentro. Aquello era una salida, un escape a una vida placentera, a una vida que nunca tuve. Ahí estaba mi salvación, pero también mi culpa y mi secreto.

Piso 3

Con mi abuelo era diferente. No era lo que me decía, sino cómo me miraba. En sus ojos claros, me sentía querido, sin expectativas. Podíamos pasar horas en silencio. Él, hundido en su sofá frente a la chimenea, agitando los hielos de su vodka tónica. Y yo, al frente, sentado sobre la alfombra, con los audífonos bien pegados a mis orejas, escuchando Pink Floyd o los Doors y escribiendo tonterías en las servilletas de papel.

– Cuéntame qué escribes –preguntaba.

-Nada nuevo, tata.

-Vamos, léeme. Quiero escucharte otra vez.

Y yo leía, y el viejo bajando sus párpados y su frente, escuchaba con atención.

-Bien rulo, bien –me decía con su voz calma y ronca-. Tienes talento.

Y de nuevo esa mirada, tierna, segura y chispeante como los palos crujiendo en el fuego de la chimenea.

Cuando murió, yo también fui desapareciendo de a poco.

Piso 2

Dormía con la Angélica de vez en cuando. La primera vez que lo hice debía haber tenido unos cinco años. Era gruesa y morena. Tenía el pelo liso y las mejillas hinchadas. Pasaba horas pegada al teléfono cuando no estaba mi papá. Ella también tenía un hijo, el Fabián, pero vivía en Antofagasta.

Me llamaba “chico”, y me hacía la pieza, el almuerzo y la comida. A veces me llevaba al dentista. Me bañó y me vistió hasta los nueve.

Decía que dormía con ella. No siempre, solo cuando estaba asustado. La Angélica sentía mis pies y me metía a la cama. “Chiquitito, chiquitito” – me soplaba al oído- apretándome contra sus enormes pechugas. Olía a humedad. Me acariciaba en el pelo, en mi guata y luego más abajo, en el lugar de mi secreto. Después, un beso mojado en mi boca y un dulce de anís. Nunca me gustó el anís.

Piso 1

Pensé en mi mamá. Recordé la calidez de su cuello, mi cabeza descansando en su barriga, su mano apretada sosteniendo la mía, su olor a perfume francés, su piel azabache, sus cosquillas bajo el mentón, su respiración en mi nariz y sus brazos sujetándome en el mar. ¿Por qué nunca la busqué? ¿Por qué no volé hasta California para encontrarme con ella? Quizás, hubiese entendido. Quizás, me querría. Quizás, habría podido arreglar esa botella hecha trizas sobre la vereda. Quizás…

Estaba en eso, cuando sentí el calor del pavimento y mis huesos quebrarse en un “crack” que se mantuvo por unos segundos en el aire.

Ambulancia.

Había alboroto a mi alrededor. El sonido de las sirenas se oía como al fondo de una cueva y un tipo encaramado arriba mío, oprimía mi pecho con insistencia. ¿Estaba vivo?

De pronto, el ruido de las bocinas me pareció más lejano y espaciado y mientas el enfermero se afanaba en mi corazón -ahora con más enjundia-, lo vi, lo pensé o lo imaginé (no lo sé del todo). Allí estaba, la imagen de mi abuelo, sonriente, como esperando.

Y yo me fui con él, perdiéndome en la profundidad de sus ojos brillantes.

 


Por Matías Carrasco.

*Quizás. Tercer lugar en el Concurso Literario Gonzalo Rojas 2019.

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¿LEER O NO LEER?

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Quiero hablar sobre la lectura. Las últimas declaraciones del ministro de Economía, José Ramón Valente, en un inofensivo “Manifiesto” del diario La Tercera, me animan a hablar sobre la lectura. El personero de gobierno confidenció no leer novelas. “Prefiero bajar libros para escucharlos cuando troto o voy en el auto” -dijo. Finalmente concluyó: “la vida es muy corta. Siento que si leo una novela, es tiempo que le estoy quitando a aprender algo”.

Me llamó la atención el comentario. Pero también vi en esa frase la oportunidad de indagar en un tema que pocas veces se discute. El ministro está en su derecho de optar por lecturas distintas a la no ficción. Seguramente verá allí – en ensayos, papers, columnas o estudios- un conocimiento más directo, más preciso y más documentado de la vida que habitamos. Reconozco haber pensado lo mismo hace algunos años. Tampoco leía novelas.

El gusto por escribir me obligó a leer. Si no leemos, se acaban las ideas y el vocabulario. Y en ese ejercicio aterricé en los libros, cuentos y novelas. De hecho, ahora es casi lo único que leo. Descubrí allí, en esas historias inventadas, un alimento crucial y un valioso refugio, sobre todo en estos días.

Pero, ¿ podemos aprender con las novelas? ¿qué? ¿o estamos simplemente perdiendo el tiempo?

Leer una buena novela es como ver una buena película, asistir a una gran obra de teatro o simplemente escuchar una pieza musical capaz de erizarlo todo. Es extraño. Es más que entretención. Mucho más que eso. Es como navegar en aguas desconocidas, o que al menos, habíamos olvidado en el ajetreo cotidiano. El novelista japonés, Haruki Murakami, señala que el fundamento de todo escritor es “penetrar en la parte más profunda de la conciencia. En cierto sentido es sumergirse en la oscuridad del corazón”. Coincido. Algo se transforma al final de una novela que nos interpela.

Pienso en el Chile de hoy, de posiciones extremas y argumentos simples. Los buenos son buenos y los malos, que se pudran en el infierno. Hay cierta moralina instalada y categorizaciones certeras. Por eso siento que las novelas adquieren, más que nunca, una importancia necesaria. En ellas encontramos la libertad para decir las cosas de otro modo y abrirnos a realidades lejanas u olvidadas. Se plantea, generalmente, una mirada del ser humano más compleja de la que vemos por las redes sociales o la televisión. En un libro se dibujan personajes contradictorios, como nosotros, aunque insistamos en negarlo. En esas páginas se pueden escribir y leer cosas que, en una corrección política como la nuestra, ya no se dicen. Una novela nos puede hacer más humildes, más humanos.

Y la fantasía. ¡Cuánta falta hace la fantasía! La no ficción permite soñar y pensar el mundo desde otra perspectiva. En un cuento o en una historia podemos encontrarnos con una monja que no cree en Dios, con un tipo muerto que resucita tres veces o con un mendigo convertido en rey. Si es cierto eso de que el lenguaje crea realidades, podemos encontrar en las palabras infinitos paisajes, mares y planetas.

El comentario del ministro de Economía pone sobre la mesa la discusión de lo útil, lo instantáneo, lo observable y lo rentable, versus aquello que sucede pero que no necesariamente nos entrega números a la vista. Por eso quizás piensa que leer una novela le impide aprender algo nuevo.

Hoy la novela y el arte de lo “inútil” compite en la sociedad de los likes, donde se premia lo rápido, lo fácil y lo que se desnuda en un solo segundo, como en un acto pornográfico. Por eso pienso que la complejidad, misterios, intimidad, erotismo, ilusión, ritmo y hondura que nos puede ofrecer un buen libro, es justo, urgente y necesario.


Por Matías Carrasco.

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VEINTINUEVE

cuento

Una mujer a la salida de un banco.

Dos hombres a unos cuántos metros, mirándola de reojo.

Tres veces le dijo su madre que no saliera sola, que fuera acompañada, que la gente está mala.

Cuatro millones traía la mujer en su cartera, atados con un elástico color carne. Los cobró en caja, después de hacer una fila larga, con su vista fija en una pantalla que ofrecía créditos de consumo y una vida mejor.

Cinco muchachas conversaban animadamente en la terraza de una cafetería en la vereda contraria.

Seis autos permanecían detenidos a la espera de la luz verde. El del escarabajo tenía sus dedos en la nariz. El tipo del Nissan Marubeni hablaba animadamente por teléfono. El hombre del furgón tiró un papel afuera y cerró su ventana. La mujer del Fiat tenía su mano izquierda afirmando el manubrio y su mano derecha tiritando en la palanca de cambio.

Siete metros avanzaron los sospechosos en dirección a la tipa del banco.

Ocho grados hacían esa fría mañana y Lorena, la chica, acomodaba la bufanda alrededor de su cuello.

Nueve y media y todavía no aparece ningún solo taxi.

Diez segundos antes de que los hombres la abordaran, Lorena los miró a los ojos. Primero a Octavio, el moreno de mostachos puntiagudos, y después a Ramiro, el flaco parecido a Fito Páez.

Once palabras cruzaron ellos y ella. Le advirtieron de su pañuelo en el suelo. Lorena se agachó para recogerlo, se levantó y agradeció a los muchachos. Ellos sonrieron y siguieron de largo. Ella, finalmente, tomó un colectivo.

Doce cambios tenía la bicicleta que llegó hasta el semáforo. Un joven punk la conducía con destreza entre los vehículos. Llegó hasta la puerta del piloto del furgón, recogió el papel del pavimento, golpeó la ventanilla y soltó un par de garabatos.

Trece puntos sobre la ceja llevaba el tipo que estaba siendo fastidiado. Debía estar cerca de los cincuenta, tenía un pelo voluminoso y un aspecto irritable.

Catorce engranajes se movieron cuando el sujeto abrió la puerta.

Quince centímetros menos de estatura tenía el cabro del mohicano.

Dieciséis veces se sacaron la madre.

Diecisiete aletazos se dieron con furia, con miedo.

Dieciocho gritos soltaron las chiquillas del café.

Diecinueve gotas de sangre cayeron sobre el capó del furgón.

Veinte autos estaban atascados en la esquina, testigos de una lucha sin tregua.

Veintiún centímetros recorrió el puño antes de caer entre los ojos del ciclista. Fue un derechazo certero.

Veintidós imágenes rápidas se vinieron a su cabeza antes de desplomarse sobre la calle.

Veintitrés segundos se demoró el automovilista en subir al furgón y escapar de la escena.

Veinticuatro minutos faltaban para las diez, cuando se acabó la pelea.

 

Veinticinco peldaños subió la mujer del banco antes de llegar a su departamento.

Veintiséis uvas echó en un plato, se sacó los zapatos y se tiró sobre un sofá viejo

Veintisiete veces movió la cabeza de lado a lado mientras escudriñaba en su cartera. No estaban allí sus millones.

Veintiocho maldiciones.

Veintinueve lágrimas

y un sollozo ahogado contra un cojín de flores rojas.


Por Matías Carrasco

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UTOPÍA

cementerio

Todo estaba en orden. No era precisamente el paraíso, pero las cosas funcionaban en estas tierras lejanas. Había de comer, dónde echarse a descansar, consultorios a disposición, un transporte decente, templos vacíos, verdulerías con cucarachas, cines rotativos, bares de buena y mala muerte, y un tráfico de mierda. Sobraban las plazas y abundaban los árboles y jardines. Pobres también había, por eso era un lugar normal. Y con ello bastaba.

Pero el 21 de diciembre de aquel año que no es importante recordar, algo comenzó a crujir bajo las pieles de ese país sin nombre. Urselino Taborga llegaba al poder después de una elección reñida, que tenía a la república partida en dos y hecha un hervidero.

Esa misma noche, en el pasaje 2365 de la calle Los Laureles, las cosas se vivieron más o menos así. Los Garrido, bajo el umbral de su puerta, destaparon una botella de champaña y celebraron extasiados el ascenso del nuevo gobernante. Cecilia, la señora del fondo, se asomaba por la ventana con su cabeza casi calva, sin saber muy bien lo que estaba aconteciendo. El de la casa C salió con un par de cervezas bajo el brazo y compartió con los Garrido el sabor del triunfo y de la cebada. Sus vecinos mantuvieron las persianas sin abrir. Edmundo deambulaba a toda prisa en su triciclo y tras él, las pequeñas mellizas del Tuco Carvajal, que corrían con gracia, entre brincos y risotadas. Ana, la joven Ana, bailaba frente al espejo en su habitación del segundo piso, bella y ligera como una nube, ausente del mundo y sus tribulaciones. Esteban, en el sofá de su living, bebía algo de vino, perplejo y ensimismado. “Nos fuimos al carajo” –pensó. Y un chico, delgado, de tobillos firmes, orejas sucias y espinillas nacientes, miraba fijo las piruetas de Ana, apoyado sobre el sillín de su bicicleta. Ése, era yo.

De aquel enjambre, Esteban estaba en lo cierto. Ese día comenzamos a irnos al mismísimo carajo.

Urselino Taborga había hecho una carrera mediocre, pero suficiente para hacerse del poder. Hijo de campesinos, aprendió las artes de la política adentro de un gallinero. Alimentaba las aves, las engordaba, echaba mano a sus huevos, y cuando ya no servían, les agarraba el cogote y lo estiraba hasta su último adiós. Luego, disfrutaba de una cazuela calentada con leña, mientras en el corral lloraban a sus muertas.

Se acordaba de su infancia cuando cruzó las puertas de la casa de gobierno. Lo recibió la guardia del palacio, con los fusiles en alto, el trasero bien firme y la mirada puesta en algún horizonte. Saludó con su mano en la frente y pasó camino al despacho presidencial, “grande como un potrero”.

Su primer discurso lo hizo de corrido y sin errores. El bigote le brillaba en televisión y sus ojos se encendían cada vez que decía “pueblo” y “justicia”. Habló de Dios y de los mortales. También de lealtad y traición. Afuera, una gran muchedumbre enarbolaba banderas y vociferaba a coro el nombre del estrenado mandatario. Otros tantos hacían barricadas, prendían fuego, echaban a correr un cerdo con la cara dibujada de Taborga y se tragaban con gritos los palos de la policía.

Urselino comenzó a cambiar las cosas desde el primer momento. Mandó a construir una estatua con su imagen que dispuso en la plaza central. Era una obra inmensa y atemorizante. El bronce brillaba con los rayos del sol, y como un designio, sobre el espeso mostacho, cayeron las heces de una paloma agorera.

La nueva autoridad estaba empeñada en hacer del país sin nombre su propio reino. Se puso cabrón, montó un ejército bien pagado y armado hasta los dientes, se rodeó de matones y holgazanes, barrió con los opositores, fusiló a unos cuantos, encarceló a cientos, derogó todas las libertades, gobernó con la Biblia y el Corán (era un hombre devoto, pero ambiguo), se hizo de todas las empresas y creó, a mucho orgullo, la Corporación Estatal de Huevos Taborga, un gallinero de mil hectáreas, con modernos sistemas de calefacción y regadío.

Los que pudieron, arrancaron de estas tierras quejumbrosas y los de siempre, quedaron rezagados en la hambruna, la enfermedad y la violencia.

Los Garrido cambiaron de auto, y a los pocos años se mudaron a una casona en los cerros de la ciudad. A esas alturas, doña Cecilia no contaba con ningún solo cabello sobre su cabeza y casi ya no se asomaba por su ventana.

A Esteban nunca más lo volví a ver. Las mellizas Carvajal crecieron y me parecían insoportables. En la casa D, las persianas permanecían cerradas. Y Ana, la hermosa Ana, iluminaba -ahora más grande, más voluptuosa, más rebelde y llamativa- el pasaje de Los Laureles. Yo la observaba– también más grande, también más grueso- tímidamente, como en un sueño.

El pueblo parecía dormido. Tanto despotismo había aplacado ahora la esperanza. Ni el hambre, ni la prisión, ni la mordaza en los labios, despertaban el alma de un suelo moribundo. Hasta que sucedió aquello.

Uno a uno los cementerios comenzaron a cerrar sus puertas. Los administradores – migrantes de épocas más gloriosas- se convencieron de que éste no era un buen lugar para vivir ni para cavar tumbas. Hicieron sus maletas y salieron del país. Taborga no le dio mayor importancia. Estaba preocupado de otras materias – la estatal de huevos rendía- y pensó que los muertos podrían ser lanzados al río o enterrados bajo la nieve de la cordillera.

Estas tierras no tenían nombre, pero sí dignidad. El pueblo se alzó, luchó y se ofreció por sus difuntos. El problema aumentaría. Si antes no había espacio para enterrar a cientos, ahora eran miles. La refriega fue cruenta. Las iglesias colaboraron. Allí se amontonaban la carne y los huesos. Los templos, antes vacíos, ahora lucían un lleno total, inmóvil, pero lleno al fin.

Un grupo de voluntarios se armó de palas y chuzos para improvisar sepulturas en las orillas de la ciudad. Mientras unos escudriñaban la tierra, otros armaban cruces de palo para decorar a los muertos. Allí, estaba yo.

Recibíamos decenas de infortunados cada día. Los envolvíamos en sacos viejos, los cargábamos de a tres y los acostábamos cuidadosamente, uno a uno, en sus reposeras eternas. Los cubríamos de tierra, clavábamos el crucifijo y guardábamos silencio.

En la ciudad la batalla no cesaba. Los muertos resucitaron el espíritu y la libertad. Los soldados también tenían sus caídos, pero no tierras donde despedirlos. No tardaron en unirse a la revolución. Urselino sintió miedo y el ahogo de la soledad. Ya no le brillaban los ojos ni el bigote. Su estatua, estaba en el suelo.

La mañana de la victoria, Taborga se encontraba solo en su despacho. La casa de gobierno estaba sitiada y un cielo gris se instaló como testigo de una jornada libertaria pero triste. Yo amanecí en la periferia, en una pampa llena de cruces y cuerpos apilados esperando su último viaje. Urselino estaba escribiendo una nota a su madre, cuando entró una horda iracunda. Yo miraba la carreta repleta de cadáveres que se acercaba por el camino, levantando una polvareda. Urselino desenfundó su revólver y dio un grito que se perdió entre el piquete amenazante. Yo me disponía a cargar otra vez a los muertos cuando descubrí entre el montón a una mujer de pañuelo rojo. Ana yacía con su cuerpo doblado y su hermoso rostro mirando las nubes donde ella bailaba. Taborga no alcanzó a disparar. Antes que lo hiciera, la turba se le fue encima y en un parpadeo lo mandaron al edén o al infierno. Eso nunca se sabe.

Llevé a Ana sobre mis hombros, la puse bajo la sombra de un pino, cavé casi sin fuerzas, la dejé en la fosa, me incliné y la besé en su boca de hielo.

En el pasaje de Los Laureles, los de la casa D abrieron sus persianas y una tenue luz cayó justo sobre los ojos de una mujer sonriente. Abajo, en las baldosas, las personas se asomaban con timidez, como a tientas.

Yo, mientras tanto, caminé entre los crucifijos con la pala a rastras, lamentando la muerte de mi dulce utopía.

 


Por Matías Carrasco

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HASTA EL INFINITO Y PARA SIEMPRE

libertad

La libertad de expresión ha estado en entredicho por estos días. La discusión del proyecto de ley que busca sancionar a quienes justifiquen, aprueben o nieguen las violaciones a los derechos humanos ocurridas durante la dictadura, ha abierto un debate respecto a los límites sobre lo que podemos o no decir. Por lo tanto, también de lo que se puede o no escuchar.

Asimismo, en las últimas horas se ha generado por las redes sociales otra interesante polémica respecto a uno de los cuentos premiados en el concurso Santiago en 100 Palabras, acusado – por algunos- de ser una apología al femicidio. La narración, titulada “Día de los enamorados”, dice así:

“Lista de compras. 2 copas. Vino blanco y cerveza. Frutillas y crema. 1 chocolate marmolado o Sahne-Nuss. 2 sándwiches de queso azul y rúcula. 3 flores rojas. Canasto y mantel. Preservativos. Cuerda y cinta de embalaje. Guantes de goma. Bolsa de plástico grande. Palo. Bencina blanca, encendedor. Quitamanchas” . Juzgue usted.

 Cuando escribo estas líneas, me acuerdo de la decisión de un liceo de hombres de la comuna de Independencia, de negarse a leer el libro “La esquina es mi corazón” del escritor chileno, Pedro Lemebel, por considerarlo “asqueroso” debido a su condición homosexual. ¿Es válido oponerse a una lectura por motivos de género u orientación sexual? ¿pueden esos padres y apoderados ejercer su derecho a leer lo que consideren apropiado para ellos?

A inicios del 2016, los entonces diputados UDI Gustavo Hasbún, Ignacio Urrutia y Jorge Ulloa, presentaron un proyecto de ley que busca sancionar con presidio menor y una multa de 5 UTM a quienes enaltezcan, nieguen o minimicen los hechos de gobiernos que hayan transgredido la constitución política, dando como ejemplo la administración del Presidente Salvador Allende. Esto, en respuesta a una iniciativa similar que había postulado antes la parlamentaria comunista Karol Cariola, pero en sentido contrario: prohibir toda actividad de carácter público que tenga por objetivo la exaltación u homenaje de la dictadura militar.

Sé que estoy mezclando cosas. Algunas propuestas buscan sancionar ciertas expresiones referidas a nuestra historia con penas de cárcel y otras situaciones se referirían a la tentación de limitar la creación o el acceso a obras literarias o artísticas por considerarlas ofensivas.

Pero en la intersección de estos dos mundos está la libertad de expresión. ¿Hasta dónde? ¿Hasta cuándo?

Un buen amigo me había advertido hace algún tiempo que pronto llegaría a Chile la tendencia de amordazar a las personas por su pensamiento o manera de ver el mundo. Debo confesar que no le creí. Pero ahora veo con preocupación una corriente creciente por intentar acallar opiniones que, en general, se sitúan en grupos minoritarios y en desventaja, en lo que a pensamiento se refiere.

Esto ha partido de manera casi inadvertida. Existe en los medios y en redes sociales una suerte de policía omnipresente, una voz predominante, que atemoriza y trolea a quien plantea un contraste o derechamente una cuestión distinta a la mayoría.

Pero ahora, sin tapujos, algunos pretenden poner a los díscolos tras las rejas y fondear en las oscuridades del sótano, manifestaciones artísticas contrarias a “nuestra moral”.

Libertad de expresión. ¿Hasta dónde? ¿Hasta cuándo?

Hasta el infinito y para siempre. No debe haber ningún otro rincón en el planeta, más íntimo, más insondable y más libre que nuestra propia conciencia. Allí, en las soledades de nuestros secretos, podemos interpretar el mundo de infinitas maneras. No existe otro lugar.

¿Y qué hay de aquellos que buscan justificar, aprobar o negar las violaciones a los derechos humanos? ¡Allá ellos! Habrá que refutar con argumentos. Ni si quiera mucho más. Evidencia hay por montón. Pero hay algo interesante. ¿Qué significa justificar? Hablar de las causas que llevaron a la dictadura, ¿es justificar? Hay que tener mucho cuidado de querer eliminar, también, la interpretación y los matices. Allí, se acaba la inteligencia.

¿Y qué pasa con aquellos que se niegan a leer a Lemebel por lo que hace en la cama? En su derecho están. Pero – desde mi mirada- se pierden la oportunidad de saborear esa mezcla de poesía y marginalidad que escurre en cada texto. Se farrean la posibilidad de conocer otras fronteras y abrir el mate. ¿Por qué en vez de negarse, no debatir sobre Lemebel y su obra? ¿No puede salir de ahí una conversación interesante?

La libertad de expresión no debe ser nunca acallada, ni en una ni en otra dirección. La diferencia – en la política, la religión, el arte o la historia- es siempre una oportunidad para desafiar, provocar y ampliar el pensamiento.

Nada es más fome, rígido y pobre que la uniformidad de lo igual.


Por Matías Carrasco.

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MANDARINA

mandarina

Estaba sentado y con mis pies colgando del titular. No sabría bien sobre qué letra me encontraba. Desde allá arriba se hace muy difícil mirar con nitidez. Es como hacer un gol sin ángulo. No tenía perspectiva.

El asunto es que estaba metido en el mismo texto. Justo en el tope de una página escrita para ser leída. Toda letra se dibuja para ser interpretada. Y ahí fui a parar yo, en medio de vocales y consonantes.

Descubrí una “I”, fina y alargada. No lo estaba pasando bien arriba. Sufro de vértigo. Cuando estoy en las alturas siento que pierdo el control y me desespero. Me entran unas ganas locas de lanzarme al vacío.

La cosa es que me armé de valor y con mis brazos abiertos (para equilibrarme) fui brincando de letra en letra hasta llegar a la “I”. Luego, me abracé fuertemente a ella, crucé mis piernas y comencé a deslizarme. Cuando estuve seguro, me solté y caí en el primer párrafo.

Allí caminé hasta la mayúscula del inicio. Era una “Q”. Avancé ordenadamente hacia la derecha y, de vez en cuando, asomaba mi cabeza para intentar descifrar el manuscrito. Apostaría de que se trataba de una carta. Lo primero que leí fue “Querida Mandarina”. Lo de “Mandarina”, pensé, era un apodo.

El escritor – ella o él, no lo sabía a esas alturas- decía algo así como que había descubierto en ella esa paz que por años le fue esquiva. Le contaba que en sus ojos encontró un mar en calma y en los pliegues de su cuello, la calidez de un consuelo redentor.

Entendí que estaba husmeando en una carta romántica. Sentí cierta incomodidad. Nunca he sido un fisgón y lo de estar hurgueteando en la vida del resto, me hacía parecer superficial. De todos modos, continué. Me colgué del punto aparte y descendí hasta el próximo reglón.

En las líneas siguientes, el muchacho – aposté por un muchacho- reconocía sus errores. “Sé que no soy un tipo perfecto” – confesaba. Le habló de su mal genio, de esas veces que se transformaba en un demonio y de las noches que pasó de largo, acurrucado en los brazos de otra mujer. Le pedía perdón. Allí se notaba la punta del lápiz presionado sobre el papel. Me pareció una disculpa sincera.

Ya estaba bien metido en la historia. Saqué un pucho de mi bolsillo para matar la ansiedad. Pero de inmediato descubrí que no era una buena idea. El fuego podría quemar la hoja, las palabras y con ellas, mi propia existencia. Guardé el cigarrillo y seguí adelante.

De pronto, el autor estaba desatado. Como que le entró el indio y pasó del remordimiento a un ataque furtivo. Qué nunca más lo hagas, qué no te lo voy a permitir, qué no soy un perro para dejarme por ahí tirado, qué junta miedo, que te voy a dejar ciega, que te van a llegar a rechinar los dientes.

Sentí terror y me oculté detrás de una “o”. La violencia me congela y me deja sin aire. Me flaquearon las piernas. Se me encogió el alma y el trasero. Luego descubrí que estaba a salvo. No era a mí a quién quería sin ojos, sino a Mandarina. Me dio pena por la mujer con olor a fruta. ¿Sería por eso que le llamaba Mandarina? Respiré hondo, me sequé la transpiración y salí de mi refugio.

La cosa seguía áspera allá afuera. El texto estaba relleno de motes y palabras tachadas. Imaginé al hombre escribiendo, hablando en voz alta, hecho un energúmeno, dando vueltas en una habitación pequeña, volviendo sobre el papel para redactar otra vez, rayar encima y echarse a la boca unos sorbos de un destilado barato.

Decidí arrancar hasta el próximo párrafo, pero en el intento tropecé con una coma y me lastimé las rodillas. Adolorido llegué hasta un paréntesis y me detuve ahí, a descansar unos minutos.

 

 

Era un tipo inestable. No hay dudas. Después del zafarrancho, se puso meloso y le volvió la nostalgia. Bajó un par de cambios y escribía con suavidad. Lo noté en la caligrafía. Era menos honda y corría fácil. “Vuelve cariño” – le rogaba a Mandarina. Y bajo la sombra de una “t”, hundí mis zapatos en pozones de agua que se repetían desordenadamente en el papel.

Insistía en que regresara. Le suplicaba. Le imploró que lo hiciera.

– “O me voy a matar, me voy a matar. ¿Acaso no me crees?…”.

Y ahí me quedé yo, helado, al borde de esos puntos suspensivos. Los pasé de uno en uno, con elegancia. Miré hacia abajo y solo había ausencia. “¿Lo habría hecho?” – pensé.

Di un salto hasta el final de la página. Todo en silencio. Blanco y en silencio. Entonces, sentí el olor a pólvora.

Lo lamenté y juré por mi madre no volver a meterme en una carta de amor.

 


Por Matías Carrasco

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NOCHE DE PAZ

nochebuena

Para muchos esta navidad no será feliz. ¿Quién dijo que tenía que ser feliz? Sí. Los dicen los jingles, las malls, el árbol adornado de luces tintineantes, los abultados catálogos de fin de semana, los trineos colgando desde el techo, los duendes y los comerciales que vemos por televisión.

El lenguaje también aporta lo suyo. No es “navidad”, a secas. Es, “feliz”. No es cualquier “noche”. Es, “buena”. Y el viejo pascuero no anda por ahí repartiendo regalos con el ceño fruncido. Lo hace a carcajadas: jo-jo-jo .

No es por ser aguafiestas, pero no todos sonríen en navidad. Como en la vida misma, hay lágrimas en la mitad del festejo. Personas que han perdido a un hijo, a un padre, a un hermano, a un amigo o a una madre, lloran en estas fechas. También los enfermos, los de una ruptura reciente y los que habitan sus propias soledades. Otros han recibido una mala noticia y no hay ánimo ni para cortar el pavo.

Y el contraste de una noche buena, de una alegría obligada, lo debe hacer más difícil. Un siquiatra me comentaba esta mañana que su consulta se repleta por estos días. “Hay gente que lo pasa muy mal” – dijo.

Pienso en ellos en navidad. ¿Cómo no hacerlo? Quizás el único consuelo es que hoy celebramos el nacimiento de un hombre justo en medio de los sinsabores e infortunios de una pobreza cruda. Algo bueno puede nacer de la muerte, el miedo, el abandono y la derrota. Esa es la estrella que debe iluminarnos.

Es para ellos y ellas esta navidad. No la absurda, la del ajetreo, la de la repartija a destajo ni la desquiciada. Sino la milenaria, la sencilla, la de un amanecer tranquilo, sin más deseos que la propia espera.

Quizás pienso en los que sufren navidades, para recuperar la que se me había perdido. Entre el tumulto, los tacos, el frenesí, cintas y pliegos de papel, se me escabulló la navidad.

Pero acordándome de ellos, de sus nombres y sus pesares, vuelvo a tocarla. Imaginando sus silencios, sus quejidos y sus despedidas, otra vez la siento cerca. Ellos sí necesitan una noche de amor y de paz. Ojalá así sea.


Por Matías Carrasco.

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