UNA VIDA EXCEPCIONAL

gato

Miguel siempre fue un hombre sobresaliente. Desde niño que sus profesoras le auguraban un futuro sin problemas y de no mediar por lo ocurrido ese día, ellas habrían tenido razón. No era fácil encontrar a un jovenzuelo tan completo. Obedecía sin reparos, levantaba su mano derecha para intervenir en clases, callaba cuando se lo ordenaban, dejaba su uniforme doblado sobre la cama antes de dormir y preparaba su desayuno cada mañana. Estaba acostumbrado a que le palmotearan la cabeza y le revolvieran el pelo en señal de orgullo y de aprobación.

Algunos pensaban que lo de Miguel venía dado por genética. De ahí explicaban una niñez sin llantos ni pataletas, su facilidad para dejar los pañales apenas iniciados los dos años o su interés por la lectura cuando todavía no entraba al colegio. Otros, sin embargo, creían que las virtudes de Miguel eran mérito de una familia correcta, ordenada y sin sobresaltos. Era normal verlos sentados en la mesa. Al padre en la cabecera, con sus dos manos sobre el mantel. A la madre a su derecha, bendiciendo la comida. Y a Miguel en frente de ella, engullendo sus albóndigas sin levantar la mirada.

También eran costumbre los viajes que cada año el padre proponía y que Miguel aceptaba con una sonrisa frágil. Fueron a Roma, a Berlín, a Paris y a Praga. También recorrieron en auto el norte de España, el sur de Francia, buena parte de Portugal, San Francisco y Toronto, en Canadá. Allí, caminando el mundo, Miguel seguía el tranco de su padre y el viejo, que no era tan viejo en realidad, le explicaba lo que estaban viendo y contaba siempre una buena historia. Por las noches el padre lo interrogaba sobre la jornada y Miguel respondía: Muy bien, Papá, muy bien, Papá.

Al final de cuentas, da lo mismo si lo de Miguel era por genética o por haber vivido en una familia ejemplar. Lo importante es que su vida siempre anduvo recorriendo un surco exacto y sin repliegues. Eso, hasta ese día que es mejor olvidar.

Salido del colegio Miguel ingresó a la Escuela de Medicina de la Universidad de Chile. A nadie le extrañó su puntaje y su elección. A esas alturas todos sabían que Miguel era un hombre excepcional. O este cabro es cura o doctor, decía su abuela Clara. Y tan perdida no estaba. Su carrera fue todo un éxito. No demoró mucho tiempo en distinguirse del resto, ganarse la admiración de profesores y directivos, hacerse de varias ayudantías y terminar graduándose como el mejor alumno de su generación.

Se especializó en ginecología. Su madre siempre soñó con ver a su hijo trayendo a esta tierra otras vidas y Miguel, obediente como era, no la decepcionó. Siguió estudiando algunos años fuera de Chile y regresó triunfante con nuevos cartones brillando bajo el brazo. Se hizo conocido en el hospital, luego en la ciudad y finalmente se convirtió en el ginecólogo de cabecera de la socialité chilena. Y mientras Miguel obraba entre pujidos, él también trajo sus propios niños al mundo. Se casó bien, tuvo dos hijos y comenzaba a construir un matrimonio, también excepcional.

En eso estaba cuando llegó el fatídico día. Parecía una mañana como cualquiera. Tenía agendado para las 09.00 el parto de Isabela, una muchacha de Linares que venía especialmente a la ciudad para atenderse con Miguel. Ella y su esposo llegaron a la hora señalada y tras el ingreso al pabellón comenzó a ocurrir lo que suele ocurrir en un anuncio programado. Todo va a estar bien, Isabela. Confío en usted, doctor. El anestesista hizo lo suyo y el padre primerizo se ubicó nervioso en la cabeza de su mujer. Miguel hizo el primer corte y cuando abrió la panza se encontró con la sorpresa. En lugar de un bebé se topó con un pequeño gato. El doctor se quedó mudo, como muerto. La madre, emocionada, gritó: ¡es un varón! Y el padre, sin entender mucho, se desmayó.

Yo lo voy a querer igual doctor, dijo la mujer. Ya era madre y eso la dotaba de esa incondicionalidad radical. Y Miguel todavía no hablaba. Él estaba preparado para todo, pero no para ver en el vientre de una mujer a un gato gris que maullaba agudamente con insistencia. Ella lo tomó decidida y se lo colgó a su pezón, mientras el felino rasguñaba con sus patas rosadas la pechuga hinchada.

Después de tres días, Isabela, su marido todavía contrariado y su pequeño gato volvieron a Linares. Tuvieron allí una vida poco usual, pero vida al fin. A Gabriel, así bautizaron al minino, nunca le faltó leche ni afecto. Su padre aprendió a quererlo y su madre, fiel como son las madres, se consolaba sabiendo que su hijo, diferente como era, siempre caería de pie.

Miguel nunca volvió a recuperar el habla. Dicen que pasó el resto de sus años encerrado en su consulta revisando una y otra vez las ecografías de Isabela y buscando respuestas que nunca encontraría. Mientras Gabriel, el imprevisto, vivió de pie sus siete vidas.


Por Matías Carrasco.

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ÉL Y ELLA

el y ella

A Héctor le pisaban los talones las temporadas. Su trabajo como vendedor de una gran tienda lo hacía siempre estar viviendo como a destiempo, en una secuencia a la que pertenecía, pero que sin embargo, no tenía nada que ver con su existencia. Son cosas del mercado, decía. Y esas mismas cosas del mercado lo tenían a él vistiendo maniquíes con uniformes escolares cuando aún el sol quemaba las espaldas de los veraneantes que ni pensaban en volver a esas vidas que se van repitiendo todos los días.

Lo mismo sucedía cuando Héctor trepado sobre el pasamanos de una escalera mecánica intentaba colgar luces navideñas en el pasillo número cinco, donde se esforzaba para ser, por enésima vez, el empleado del año. Y allí divagaba, con sus ojos puestos en luciérnagas de vidrio que se apagan y se prenden, sobre las navidades que él mismo apresuraba cuando octubre era todavía un asomo.

Doblaba bufandas antes de que cualquier viento fresco anunciara su arribo cuando Héctor, ese 12 de marzo, pensó en su mujer. Ella vendía flores a la salida del Cementerio General. Lo suyo eran los claveles, las rosas, las astromelias, los tulipanes y girasoles de colores que no le gustaba vender porque eran señal de un niño muerto y eso la entristecía. Pero a diferencia de Héctor, un hombre bueno y dócil, Leontina, la florista, vivía en su tiempo y no adelantando temporadas. Mal que mal la muerte nos asiste todos los días del año.

Vivían como testigos el uno del otro. Él de su olor a pétalos y de las melodías fúnebres que entonaba mientras revolvía las lentejas, y ella de su piel opaca por la luz artificial y sus ronquidos que comenzaban como una rutina justo antes del noticiero. Dormían en la misma pieza pero en camas que habían decidido separar. Ella soñaba con los muertos y él con la próxima estación. Él se levantaba dos veces al baño en la mitad de la noche. Ella solo abría los ojos una vez para saber que estaba viva.

Desayunaban juntos. Leontina un té con azúcar y dos tostadas bien quemadas con mantequilla. Héctor un tazón de café cortado con una pizca de leche y una marraqueta con huevo, que él mismo preparaba, y que envolvía entre servilletas para engullírselo camino a la micro. Él, ya sentía las pisadas de los tiempos venideros. Ella, mientras tanto, veía amanecer por la ventana. Él se largaba cerrando la puerta con sigilo. Ella seguía mirando por la ventana.

En la noche Leontina contaba sobre la mesa los pesos que había juntado adornando despedidas. Héctor, recostado sobre el sillón, maldecía la pantalla por un invierno seco que un meteorólogo bien vestido pronosticaba. Él pensaba con desgracia que no venderían los abrigos presupuestados para el próximo invierno. Ella, arrimando las monedas, se contentaba por no haber vendido girasoles ese día.

Y así eran sus jornadas. Él augurando mañanas. Ella detenida, como una pausa. Pero cada 12 de marzo él la recordaba y ella pensaba en Héctor. Como nunca él la imaginaba. Como en otros tiempos ella lo extrañaba. Al atardecer él la visitaba en su puesto de flores. Ella, con un buen atuendo, triste le sonreía, pintaba sus labios, se miraba en un espejo roto, tomaba un girasol y entraban juntos al camposanto. Y en la tumba de su hijo, abrazados, los dos lloraban.


Por Matías Carrasco.

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UNA MUJER NORMAL

mujer normal

Parecía una mujer normal. Andaba y amaba como una mujer normal. Sacudía el mantel después de cada comida, barría los restos que volaban desde la mesa hasta el suelo, tomaba té con esencia a limón, perdía las llaves de vez en cuando, ordenaba, conducía distraída con el celular entre sus piernas, se sentía ancha como la luna, dormía con la televisión encendida, estiraba el cubrecamas con un toque corto y enérgico, abría cortinas en la mañana como quién abre las puertas de un gran escenario, hablaba rápido, fumaba escondida, hacía el pedido del supermercado, tomaba con sus amigas un kidroyal, sentía agobio, sentía culpa y sin embargo reía.

Su vida también parecía ordinaria, sin sobresaltos, o quizás con los sobresaltos de una vida normal. Trabajaba a cargo de las finanzas de una empresa textil que vendía bufandas, chaquetas y abrigos en el invierno local y exportaba a los países del norte cuando aquí comenzaba a aparecer la primavera. Al llegar, todos los días saludaba amablemente al portero que también era normal y compartía con ella esa habitualidad junto a un tazón de café. Buenos días don Humberto, buenos días Catalina. El resto seguía como siguen las cosas en cualquier oficina. No vale la pena repetir lo que, más o menos, todos sabemos que sucede cuando una mujer lleva las cuentas de una empresa que fabrica y vende ropas para abrigar el alma. Y así, Catalina, iba y venía como una mujer normal.

Todo seguía igual cuando comenzaba a caer la noche. Gastaba el tiempo bañando niños, desenredando niños, acostando niños y persignando niños en la frente, aunque ya había olvidado si era en el nombre del padre o del hijo donde se iniciaba el rito de la cruz. Hacía el amor, también, con normalidad. Soltaba amarras dos veces al mes y cuando su hombre, el mismo de siempre, trabajador, silencioso y aburrido le pedía una más para matar su ansiedad, Catalina, la generosa Catalina, le regalaba su cuerpo para brillar en un chispazo, darse la vuelta y dormir como una mujer normal.

Pero cuando su marido roncaba, compartía con la noche su fortuna y su secreto. Encendía una pequeña luz del velador y sacaba por debajo de su cama un puñado de libros que primero olfateaba y que luego, uno a uno, comenzaba a leer por su final. Porque Catalina no podía esperar. Apenas empezaba una historia sentía un hormigueo, primero en la planta de sus pies, después en sus manos y en su cuerpo. Un vacío se instalaba en la boca de su estómago, como una ausencia. Hiciera lo que hiciese, sentía paz cuando el final se hacía de ella o ella de su final. Por eso sus libros, de páginas vírgenes, sólo tenían sus huellas en el capítulo último, donde las palabras caen al precipicio.

Muchas veces intentó luchar contra el designio, porque ella pensaba que era un designio por haber nacido en el último vagón de un tren en marcha que no sabía de tiempos ni de esperas. Cuando le llegaba su hora, cuando su hombre ya dormía, Catalina ponía a prueba su voluntad, se resistía, se revolcaba entre las sábanas, apretaba su cara fuerte contra la almohada y enterraba sus dedos en el colchón. Pero no había caso. Por más que luchó Catalina terminaba con su brazo tanteando en la oscuridad, por debajo de su cama, rastreando los finales que le harían compañía.

Y así, la mujer normal, que no era tan normal en realidad, al menos no lo era en la intimidad de su pequeña luz, leía en unas pocas horas decenas de novelas que no conocía pero que sabía cómo terminaban. Disfrutaba del desenlace. Se emocionaba, lloraba, sonreía y ponía sus mejillas rojas cuando tenía entre sus manos el fin de una novela erótica.

A veces no entendía, muchas veces no sabía lo que estaba leyendo. Pero a Catalina no le importaba. Imaginaba la historia para entender porque Buba moría lejos de su tierra, porque Peralta enfermó o porque Pepe, el ratón de policías, terminó en un túnel de comadrejas. No era buena adivinando remates pero una genio inventándose relatos para explicar por qué sucedía una y otra cosa.

En ocasiones su esposo volvía de su sueño y a Catalina como que se le cortaba el aire por el susto a ser descubierta. Pero nadie podía sospechar, ni siquiera quién conocía su piel y su cintura, que ella no sabía esperar. Deja de leer Catalina, que mañana hay mucho que hacer. Y ella cerraba el libro, lo volvía a guardar debajo del colchón, apagaba la luz, cerraba los ojos y volvía a ser una mujer normal.


Por Matías Carrasco.

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OTRO CHILE

OTRO CHILE

El 5 de octubre de 1988 yo tenía 12 años. Se asomaba en esa época mi pubertad pero también  la adolesencia de Chile, donde después de un largo período el país volvería a tomar sus propias decisiones.

Me imagino más preocupado de mis pantalones amasados y de las primeras fiestas que del plebiscito que animaba los desayunos, almuerzos y sobremesas de esos días. Pero nunca fui indiferente. En aquel tiempo tuve dos tortugas. La primera, Transición, que se enterró en un invierno cualquiera y nunca volvió a ver la luna. Y la segunda, a la que puse por nombre Democracia, la mantuve encerrada en un cajón con aserrín hasta que amaneció tiesa y sin vida. Sospecho que el destino de Chile a mí también me importaba.

Añoro ese otro Chile. El que recuerdo y el que me cuentan. Miro con nostalgia una tierra menos digital pero más conectada. El anuncio incierto, pero anuncio al fin, de una democracia venidera fue el imposible que hombres y mujeres de esos amaneceres quisieron hacer realidad. Más de siete millones de personas se levantaron el quinto día del décimo mes para señalar el país que querían. Era cerca del 97% del padrón electoral. Mientras las micros peleaban por conseguir pasajeros y las personas se extraviaban buscando direcciones,  la gente se involucraba, marchaba y resistía.

Había en la calle algo más que rutinas muertas. Había discusiones, división, incertidumbre y también miedo. Pero a su vez se respiraba alegría y esperanza.  Se sentía un propósito común y colectivo. Había un encargo moral, impostergable, que aunaba y congregaba.

Seguramente estaba la conciencia de que la paz se sembraba juntos y no en las soledades. El tamaño de la hazaña obligaba a sentarse, mirarse, conversar y organizar unidos la expedición que terminaría con la noche oscura. Había algo que le daba espíritu y sentido al país y a su memoria.

El del plebiscito era un Chile de primavera, colorido y vivo, porque aunque el peligro asechaba, habitaba el deseo de un país resucitado, más justo y libre. Por eso cuando se oficializó el triunfo del No y el término de la dictadura, nos convertimos en fiesta y en carnaval.

El plebiscito fue la culminación de una década triste, difícil y áspera para buena parte de Chile y, por lo mismo, llena de añoranzas y de recuerdos. Seguramente fue la misma adversidad la que hizo de nuestra nación un lugar de ollas comunes, cobijo, amparo y refugio a los más débiles y perseguidos. La iglesia era otra, la política era otra, y los niños crecíamos en la calle tocando timbres, colgados de un árbol o haciendo piruetas en bicicleta.

Hoy Chile es distinto. Somos más grandes y modernos. Incluso la democracia ya nos parece habitual y para algunos sigue siendo una negociación transada y mal parida. Nos hemos convertido en otra cosa. Parecemos un oasis, resuelto, sin crisis, sin – aparentemente- opresión, batallas o torturas. Y donde no hay problemas o muerte, no hay abrazos ni consuelo. Hoy somos un país más desarrollado, eficiente y tecnológico pero, pienso, con menos mística y con el alma un poco perdida entre la inmediatez, las selfies, la ansiedad y el sinsentido.

Extraño a mis tortugas y a ese Chile encontrado. En ellos hay parte de mi infancia pero también el recuerdo de un país más optimista, solidario, soñador y rebelde, donde la gente luchaba por algo más grande que ellos mismos. A 30 años el plebiscito todavía puede ser un faro.


Por Matías Carrasco.

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ALGUIEN EN LA VIDA

peaje

Siempre soñé con ser un cajero de peaje. De pequeño me envolvía la idea de cobrar por circular y de saber hacia dónde van y a dónde llegan las personas. Ese cubículo inmóvil debía encerrar más secretos que un confesionario, pensaba. Y allí, en la mitad del tiempo de los viajeros, tenía que probar mi suerte.

Nunca fui bueno con los números. Por eso ensayaba los vueltos cuando mi madre me mandaba a comprar una cajetilla de Advance o una bebida de litro a la esquina. Si no lo hacía, si no me entrenaba contando dinero, nunca llegaría a ser alguien importante. Alguien con el poder de decidir quiénes pasan y quiénes quedan en el camino. Pero como soñaba con destacar fui también un buen aprendiz. Si pagaba $800 con mil, decía con entusiasmo “son $200 doña Inés”. Si cancelaba $1.400 con un billete de $5.000 murmuraba “son $3.600, son $3.600, son $3.600”. Y cuando me entregaban el sencillo tal cual lo había imaginado, sentía el mismo orgullo que debió sentir Hawking cuando descubrió los hoyos negros del universo.

Y así me fui puliendo para ser un buen cajero. Las fracciones me costaron mucho. No era de los que andaba por ahí dividiendo el mundo. Prefería los enteritos a los trajes de dos piezas. Pero finalmente lo logré. Dibujando números en mi cabeza, en mi camisa, debajo del colchón, en el espejo ahumado del baño, en la tierra húmeda del invierno y en los labios de una mujer que me enseñó a contar cada beso, entendí que incluso la vida podía ser dividida en pedazos.

Cuando ya supe contar números quise aprender a contar historias. Porque en las carreteras hay que saber contar historias. Y si no sabía yo de aquello no podría ser el cajero que me empeñaba en ser. En el asfalto de las autopistas hay perros muertos, ciclistas, vendedores de su futuro, caminantes de noche y de día, ermitaños que se cansaron hasta de su propia sombra, suicidas, furtivos amantes que aceleran el pulso al ritmo del bocinazo del camionero, mujeres solas, hombres solos, niños adivinando letreros y todo un cruce de llantos y de alegría.

Estuve un año hurgueteando en cada historia. Sentado en una sencilla silla de paja y de madera, veía pasar desde la orilla miles de vidas que iban y venían adelantando al viento y señalizando direcciones. Un pájaro equilibrado sobre los cables de un poste me soplaba quién se aproximaba y qué cosas le avivaban y le ahogaban el alma. Esos, los de la camioneta gris, van a descansar al sur, siete días, me decía. Celebrarán allí el aniversario de muerte de su padre, cazarán conejos y reirán después escupiendo perdigones al escabeche mientras se asoman los recuerdos. Ése otro trabaja por la zona y reza el rosario cuando va y cuando regresa, me cantaba el pájaro al oído. Ya está muerto, por eso reza. Falleció cuando un bus partió su auto en dos. Quiere llegar manejando al cielo, por eso insiste en la carretera.

Cuando ya me sentí preparado, inicié todos los trámites para graduarme de cajero de peaje. Envié mi curriculum y una carta de recomendación (de doña Inés) al Ministerio de Transportes y Urbanismo. Allí debí completar un formulario y poner sobre el papel mi firma y mi huella. Los documentos fueron enviados a la Notaría de Carreteras donde debían acreditar que yo era yo. Y después de un tiempo de investigación confirmaron mi identidad y mi inocencia y me entregaron el diploma que con tinta de aceite y lubricante me acreditaba como “cajero de la cabina número 2 del peaje de Trolladura”, una vía extraviada y de tráfico exiguo, ideal para principiantes.

Llegué allí un día soleado. Esperanzado en mi destino, entré en mi lugar, dejé un sándwich de queso y jamón en una pequeña cajonera y comencé a ordenar, con especial cuidado, los billetes, las monedas y el recibo. Todo como si fuera un rito. Allí donde otros detienen su marcha yo comenzaba mi futuro. Sentí orgullo y satisfacción. Por mí, por mi madre, por ser, al fin, alguien en la vida.

A lo lejos un auto viejo se aproximaba. Iba al volante un hombre joven, moreno, con la vista fija en el frente y los labios un poco tiesos, como señal de concentración y enfado. Lo acompañaba un hombre mayor, con un gorro de lana sobre la cabeza, anteojos gruesos y surcos que recorrían su rostro. Dormía. Y atrás cargaban con su equipaje y con su historia. Buenos días, dije. Buenos días, repitió. Recibí el dinero. Le devolví justamente lo que correspondía. Apreté el botón, y por primera vez, se abrió la valla. Ellos pasaron y yo los vi perderse sobre la última loma de la carretera.


Por Matías Carrasco.

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LOS INDIGNADOS

INDIGNADOS

En una búsqueda rápida por internet encuentro el primer significado de la palabra indignación: “sentimiento de intenso enfado que provoca un acto que se considera injusto, ofensivo o perjudicial”. Desde esta perspectiva, indignarse es una acción de involucramiento, porque algo o alguien nos importa a tal punto que nos cambia el estado de ánimo, nos nubla la vista, o en algunos casos, la vida.

La indignación es una reacción a una justicia engañada, y como son las reacciones, suelta las amarras intempestivamente, como un tsunami, torpe, fuerte, en oportunidades violento y avasallador. Así actúan los indignados. Porque el mundo, el propio o el ajeno, les revuelve los sueños y el alma.

El que sabe de indignaciones grita, levanta la voz, se hace escuchar. Algo quiere decir. Hay un dolor en alguna parte que nos quieren mostrar. Por eso quien se indigna se molesta, se rebela y puede incluso quemarse, desnudarse, destruir o tirar de la mesa para que su verdad sea también develada.

La indignación no sabe de apatía. La indignación no es obediente, sumisa o correcta. La indignación despierta cuando duerme la justicia y vuelve a cerrar los ojos cuando los que sufren encuentran su paz y su consuelo. Por eso atraviesa corazones. Por eso la lucha. Por eso el riesgo de perder incluso la propia historia.

Los indignados, como los poetas, traen ante nuestros ojos un misterio. Descubren frente a nosotros algo que no vemos o que neciamente no queremos mirar. Y lo hacen con vehemencia porque nos resistimos. Y mientras los indignados persisten, otros intentan callarlos, ignorarlos o marginarlos. Es lo que ha pasado en la historia reciente de la iglesia católica chilena.

Quienes se indignaron con los abusos sexuales, las víctimas de delitos clericales, las personas que reclamaban desde Osorno pusieron el pellejo sobre la mesa porque les importaba la justicia. Con ellos, con otros, con la misma iglesia. Pero por años fueron minimizados y ninguneados por la institución pero también por un montón de laicos que prefirió mirar hacia el lado por “no hacerle daño a la esposa de Cristo”.

Por eso pienso que las medidas que está adoptando el Papa, incluidas las expulsiones de Karadima y Precht, no son mayoritariamente mérito del mismo pontífice o de la curia en Roma, sino más bien de quienes con porfía y abnegada resistencia lucharon por mostrarnos un escándalo que ha herido y que ha matado tanto.

Es la crónica de la indignación de los violentados y los acallados. Sin ellos y ellas, sin su ira, sin su estruendo, sin las espinas que han clavado la cabeza de la misma Iglesia, el Papa no hubiese afinado su vista y su determinación.

Es la indignación la que nos despertó. Esa que la misma iglesia intentó por años silenciar. Esa que todavía le cuesta valorar. No hay que temerle a los indignados. Ellos y ellas están vivos porque hay algo que realmente les importa y les hace hervir la sangre. Hay que temerle más bien a la uniformidad y al espejismo de lo igual. Esa ordena y adoctrina, pero anestesia y adormece el alma.


Por Matías Carrasco

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OLIGARIO LITERAL

OLIGARIO

Oligario Literal era un hombre bueno. Amaba a quien lo despreciaba y eso bastaba para que en cada esquina niños y jóvenes murmuraran que allí iba andando un hombre bueno. Oligario, como los hombres buenos, era humilde y aunque escuchaba lo que de él se decía no dejaba que los humos se le fueran a la cabeza. Tan bueno no soy, pensaba, y recordaba aquella vez en que mandó matar a un difunto.

Oligario desayunaba tostadas y leche con cereal. Vivía solo. No tanto en realidad. Lo acompañaba una gaviota que había perdido el mar. Y ahí estaba. Oligario y su gaviota que picoteaba los restos que el hombre dejaba sobre la mesa. Quedó solo. Esa es la verdad. Su problema fue que nunca pudo mantener una relación más allá de un saludo. Su mente estrecha y su comprensión literal del mundo lo apartaron y le hicieron ganarse el apodo de “literal”.

Todo en la vida de Oligario tenía exactamente el significado que salía disparado de los labios de cualquier conocido o hijo de vecino. La interpretación no era lo suyo y fue construyendo su realidad tal cual sonaba en el viento y en sus oídos. Fue así como pasó en vela toda una noche intentado hablar con Dios cuando el viejo del almacén le dijo que “nos vemos mañana, si Dios quiere”. Y Oligario Literal, angustiado por la condición que le habían puesto por delante, se esmeró por conocer la voluntad del padre. Y como no respondió, nunca más volvió al almacén y a ver al caballero de ojos hundidos que atendía tras el mesón.

Oligario, que nació en un parto normal y se colgó del seno de su madre hasta los cuatro años, nunca pudo amar a otra mujer. Digo otra porque a su madre la amó tanto que la perdió el día en que ella le confesó que estaba loca de amor por él. Y Oligario, joven en ese tiempo, decidió internarla en el hospital de los que habían perdido la cordura pero no la razón. Lloró como un niño. Nunca más la volvió a visitar.

Oligario era bueno, pero no de fierro. Quiso alguna vez conocer los vicios de la carne y una tarde de invierno se perdió entre las calles del centro y entró en una casa de putas para saber qué se siente cabalgar en un campo de sábanas con una desconocida. Todo iba bien, hasta que la muchacha le confesó que era virgen y él, beato como su abuela, se arrodilló y con sus brazos al cielo alabó con cantos el milagro. Le preguntó por el niño, por Belén, por José y el espíritu santo. Ella, que sabía de soledades, lo escuchó con ternura, lo besó en la frente y se durmieron. Él recostado sobre su vientre con la alegría de haber conocido a la madre de Jesús. El acto nunca se consumó.

A Oligario las semanas se le hacían eternas. Pasaba horas mirando el cielo con la esperanza de ver los días que pasaban volando, como se lo dijo alguna vez su tía Teresa. Nunca vio nada. Solo las nubes que viajaban en fila siguiendo la primavera.

Nada hacía pensar que Oligario terminaría su vida de manera tan drástica. Luego de pasar un mes encerrado en su pieza contando el millón de gracias que le dieron en la feria tras comprar una ollas gastadas, Oligario decidió visitar a un tarotista para mejorar su suerte y su destino. Después de echar las cartas, el hombre que aventura el mañana le prometió a Oligario que lo que buscaba estaba en su corazón. Y Oligario Literal, que ya ansiaba encontrarse con algo o con alguien, esa misma noche tomó un cuchillo, lo clavó en su pecho y sacó de allí su corazón. Luego suspiró, fumó un último cigarrillo, murió, resucitó y volvió a morir.

Nadie supo de su muerte, de su resurrección, de su segunda muerte y de su entierro. Lo metieron en un hoyo como un desconocido y en su lápida escribieron los sepultureros, “que en paz descanse”. Y Oligario Literal, que su mundo lo hizo de puro significado, otra vez hizo caso y descansó toda su muerte en paz.


Por Matías Carrasco.

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