
Ayer vi a Carrere. En un día que llovió como a la antigua, vi a Emmanuel Carrere. Fue en la biblioteca Nicanor Parra de la Universidad Diego Portales. No la conocía. En el hall central improvisaron una especie de auditorio. Y en el centro de la sala, imponente, colgaba una cruz enorme de madera y el cartel, clavado a los pies del crucifijo, “voy y vuelvo”. Qué genialidad la del antipoeta. No hay mejor manera de representar al cristianismo. Voy y vuelvo. Y bajo la cruz, el autor de El Reino, que también sabe de idas y venidas en asuntos de fe, conversaba con el escritor chileno, Rafael Gumucio, que advirtió que la entrevista la haría en francés, y me dio una especie de aprensión, porque si a Gumucio no se le entiende lo que habla en español, ¿logrará darse a entender en otro idioma? Lo hizo muy bien. Se peinó con el francés.
Leí algunas críticas, pero no son justas. Fue una conversación suelta, ágil. Se habló de Koljós, el último libro de Carrere, pero también de El adversario, de Yoga, de Limonov, de Una novela rusa, y de tantos escritos que el hombre nacido en Paris ha sabido llevar con una franqueza que le ha traído más de algún problema – la distancia con su madre (que luego acortó), y una disputa legal con su ex mujer (por andar ventilando vidas ajenas)- pero también elogios por su forma de narrar y adentrarse en el corazón de seres humanos a veces misteriosos, a veces repulsivos, a veces tipos y tipas tan normales como uno.
Habló de sus analistas (ha tenido tres), de uno lacaniano que escribía muy mal y que eso lo hizo abandonar el tratamiento (“¿cómo continuar con un terapeuta que escribe peor que yo?”), pero advirtió que Freud sí que sí, que era una gran excepción, porque era un tremendo escritor y que sus relatos clínicos tenían la capacidad de “excitar el espíritu constantemente”. Tal vez lo que más me sorprendió, fue la confesión de que tiene la regla de no herir a nadie con sus historias. Para mí es su gran gracia. No la de herir, sino la de contar su vida y otras vidas cercanas a la suya con un desparpajo y una honestidad deslumbrante. Él mismo aclara que ha transgredido la norma y que espera no volver a hacerlo. ¿Será posible para un tipo como Carrere? Difícil.
La sala estaba repleta. Casi todos con un audífono enchufado en la oreja para escuchar la traducción. Estaba el expresidente Boric en primera fila y saludó a la audiencia con el brazo en alto, rígido, y la palma abierta. Recibió casi los mismos aplausos y vítores que el francés. Lo quieren, pensé. Al Presidente, digo. A Carrere también. Por eso estaban ahí viejos y jóvenes, que con la lluvia sonando en el tejado, se maravillaban con las palabras de uno de los grandes escritores de este tiempo, que a minutos de iniciada la charla interrumpió la conversación para decir que tenía frío, que si alguien podía prestarle abrigo. Y recibió de vuelta una chaqueta de cuero que le quedó espléndida, como una estrella de rock, como Lou Reed, pensé, haciéndole juego con su pelo cano y los surcos mapeándole toda la cara.
Me cae bien Carrere. Es uno de mis escritores favoritos. Compartimos ciertos gustos. Su interés por el cristianismo. Su curiosidad por las sombras del ser humano. El paso por el diván. Su debilidad por los argumentos y los matices. Su postura medida (amarilla, si se quiere). Y esa necesidad, por supuesto, por decir, por contar, por escribir.
Terminada la charla, devolví el audífono y recuperé mi carné de identidad. Afuera compartí un pucho con un par de amigas. Seguía lloviendo, copiosamente, como antes. Y adentro, imaginé, Carrere devolvía la chaqueta a no sé quién, se tomaba unas fotos con algunos de la primera fila, y se excusaba frente a quienes le pedían la firma de un libro, mientras intentaba zafarse amablemente para hacer lo que dijo que deseaba hacer: irse a dormir.
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Por Matías Carrasco.








