YOGA

Me metí a yoga. Todo partió por una contractura en mi pierna izquierda, visitas al kinesiólogo, ejercicios en el living sobre un mat azul, y un repentino gusto por estirar músculos y tendones. Podrías hacer yoga, me aconsejó mi mujer. Averigüé. Daban clases a solo unas cuadras de mi casa. Me contacté con la profesora. Le pregunté si había hombres (era una de las cosas que me preocupaba). Dijo que no, que todavía no. Y de inmediato, como queriendo contenerme, me explicó que en Australia sí, que en Argentina sí, que en Estados Unidos también, que ahí sí que sí estaba lleno de hombres haciendo yoga, que no había complejos, nada de esas cosas, que estaba de moda, que era un buen complemento para otros deportes, y que si no era flexible ¡no importa!,  porque el hombre tiene más fuerza y eso ayuda. Pero yo no soy flexible y tampoco tengo mucha fuerza (no se lo dije pero lo pensé). Me comentó de los horarios, de los valores, y me ofreció una clase de prueba.

El primer día, caminando a mi sesión, me encontré con un buen amigo. Me vio de short, calcetines cortos, polera holgada, una caramayola en mi mano y una colchoneta colgando de mi hombro derecho. ¿A dónde vas?, me pregunto con cierta maldad. A box, le respondí, para no darle en el gusto. ¿Y eso?, apuntó al mat. Es un punching ball. Son más modernos. Más livianos. ¡Otra cosa! Él se largó a reír. No se lo cuentes a nadie, le advertí, también riendo. Hay cierta dignidad masculina estúpidamente en juego.

La cosa era en una sala mediana, con un gran aire acondicionado empotrado bien arriba, y un espejo que ocupaba toda una pared. Mis compañeras (eran cuatro) comenzaron a aparecer. Una mujer joven y las otras, calculé, algo menores que yo. Se saludaron, se notaba cierta habitualidad, y la profesora me presentó como “el nuevo”. No hubo más introducción. Al tiro a la piscina.  Intenté seguir, como pude, las acrobacias (para mí son acrobacias). Se trata de posturas, giros, inhalar, manos al suelo, pierna estirada, talones al piso, exhalar, dedos que empujan, y una serie de instrucciones que J (llamémosle J) iba dando con soltura, rápidamente, y yo intentando seguir el ritmo, mirando de reojo al resto de las alumnas, como un niño copiando en el colegio, complicado porque no sabe la respuesta, o la forma, o la posición que J quiere que hagamos. Al final, lo que más me gusta. El relajo. La rendición. La libertad. Un hombre derramado sobre el mat. De espalda, piernas abiertas, brazos extendidos. Como quieran, dice J. Luz apagada. Ojos cerrados. Música indie, india, incidental, no sé, pero calma. Y la instructora ofreciendo aceite en las sienes. Después de todo, no anduve tan mal. Volví.

El resto de las clases ha sido más o menos igual. La profe dando indicaciones, ejemplificando delante de nosotros, mis compañeras contoneándose, y yo mirando con disimulo (aunque se me debe notar) para tratar de dar con la figura correcta. J es una buena profesora. Me debe cachar medio aproblemado…o torcido…o en la dirección contraria. Se toma sus pausas para atender al rezagado. Bien, muy bien, chicas. Eso, eso. Exacto. No… a ver, Matías…no…así no. Mira. Lleva el ombligo a la espalda (¡¿cómo cresta lleva uno el ombligo a la espalda?!)…baja la cadera izquierda, sube la derecha (¡¿es broma?!)…abre el pecho, baja los hombros (¿?)…y yo hago algún movimiento, una sacudida, cualquier cosa, para salir del paso. Bien, Matías, mucho mejor. Dije que era una buena profesora.   

Ya llevo dos meses, dos veces por semana. Poco a poco le voy agarrando la mano.  En la última clase se sumó otro hombre. ¿Principiante?, le pregunté, como buscando apoyo. No, practico desde el 2016, me respondió. No importa. Ya me relajé. Estiro hasta donde puedo. Doblo lo que logro doblar. Giro hasta ahí no más. Vamos de a poco. Punto a punto se tejen los chalecos. Rozando los 50 le he tomado el gusto a ser el nuevo, el aprendiz, y aceptarlo, sin tanta exigencia. Y eso da más flexibilidad que un guerrero, un chaturanga, un bakasana, o cualquier otra cosa. Comienzo a disfrutarlo.

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Por Matías Carrasco.

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DESCANSAREMOS

A una de mis hijas le encanta la Navidad. A todos los niños les gusta, claro, pero lo de mi hija es otra cosa. Le fascina la Navidad. Tanto que apenas termina se lamenta porque queda mucho para la próxima Nochebuena. Es ella quien me pregunta cuál es mi época preferida del año. Semana Santa. ¿Semana Santa? ¿Por qué, papá? No sé. La resurrección, el cactus de la costa ¿El cactus? Sí…la oda de Neruda…hermano, hermana, espera, estoy seguro, no nos olvidará la primavera. Estás loco, papá.

Ya lo he citado varias veces, no sé cuántas. Al cactus de la costa lo descubrí hace 20 años o más, en un retiro de Semana Santa. Un gimnasio repleto de gente y el sacerdote jesuita, Fernando Montes, caminando lento, algo encorvado, con un lote de libros en sus manos. Se subía a la tarima, y se acomodaba en una silla frente a una mesa con un mantel azul. El micrófono daba un chirrido y se largaba a hablar de esto y de aquello, con su voz grave, a ratos inaudible, haciendo referencias a novelas, poesías, películas y canciones de moda. Montes es un humanista, un intelectual, un tipazo. En una de sus intervenciones citó el poema de Neruda, el cactus terrible, el de las espinas estrelladas, azotado por las olas, que es el primero en florecer, con un rayo rojo, en primavera. Una maravilla. De ahí se convirtió, para mí, en una especie de himno, en un mantra que sostiene. Tengo tatuada en mi antebrazo derecho la palabra primavera.

Ahora leo el último libro de Emmanuel Carrere, Koljós, una mirada a su madre y a sus antepasados. Me gusta Carrere. Tiene una escritura honesta y atrevida. Tanto que sus publicaciones le han valido enemistades, el distanciamiento con su madre por un par de años y demandas de su ex mujer. Habla (escribe, más bien) con desenfado, como venga, sin cálculo. He leído buena parte de sus novelas. Todas me gustan, pero El adversario tiene un lugar especial. Es su obra más compleja y corajuda. Ahí está eso de que tocar un libro es tocar al hombre. Y, coincidentemente, ahora me doy cuenta, que la primera vez que oí de El adversario fue…por Fernando Montes. Otra vez el gimnasio lleno, el paso lento, la espalda levemente curvada, los libros sobre el tapiz azulado, el chirrido de los parlantes, y la fascinante historia de Jean Claude Romand, el monstruo de Francia, el asesino de sus padres, de su esposa, de sus dos hijos, y una vida de mentiras y de engaños. Todo muy impresionante para ser verdad. Pero fue verdad.

Vuelvo. Leo Koljós de Carrere y me topo en uno de sus pasajes con una cita a Chéjov y su obra de teatro Tío Vania. No la conocía, pero el texto es precioso y me recordó al cactus en el roquerío. Es otra forma, más antigua, más rusa, más cruda, de hablar de primavera. ¿Lo habrá leído Neruda?

“¡Y viviremos, tío Vania! ¡Pasaremos por una sucesión de largos días y largos anocheceres! Soportaremos las pruebas que nos depare el destino. Trabajaremos para los demás sin conocer el descanso. Y, cuando llegue nuestra hora, moriremos resignadamente, y allí, a los pies de la tumba, diremos que hemos sufrido, que hemos llorado y que hemos conocido la amargura… Y Dios se apiadará de nosotros. Y entonces, tú y yo, tío, mi tío querido, descubriremos una vida maravillosa, sublime, elegante. Nos sentiremos gozosos y, con una sonrisa en la cara, volveremos con emoción la vista a nuestra actual desdicha, y, por fin, descansaremos. Tengo fe, tío. Lo creo como creo en pocas cosas. Descansaremos. Descansaremos. Oiremos a los ángeles, contemplaremos un cielo cuajado de diamantes y veremos cómo, bajo él, toda la maldad terrestre, todos nuestros sufrimientos se ahogarán en una misericordia que llenará el mundo entero. Y nuestra vida será calma, tierna, dulce como una caricia. Tengo fe, creo en ello… Pobre, mi pobre tío Vania, estás llorando… En toda tu vida no has conocido la alegría…, pero espera, tío Vania, espera… Descansaremos… Descansaremos… Descansaremos…”.

Me gusta Semana Santa, mucho más que Navidad. Es esa tregua después de la cruz, es la flor después de un invierno jodido, es el consuelo de los náufragos lo que conmueve. Y ahí, lanzados por las olas a la arena, cansados de tanto remar, ahí, sobre la playa caliente llegará un día la primavera, prenderán fuego, tomarán un buen vino, y descansaran, descansaran, descansaran.

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Por Matías Carrasco.

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EL HOMBRE QUE AMABA A LOS PERROS

Terminé un libro. Lo hice recostado sobre mi cama, una lámpara levemente inclinada hacia mí, la televisión encendida y el murmullo de las noticias. El libro es extraordinario. Me preguntaba, mientras leía las últimas páginas, si merecía un final en medio de las luces y el ruido del televisor. ¿No debiera uno darse un espacio más solemne para el epílogo de una novela inmensa? Se trata de El hombre que amaba a los perros, de Leonardo Padura. El hombre que amaba a los perros. Podría repetir esa frase mil veces. Algo tiene que lo agarra a uno. El hombre que amaba a los perros.  Cuando recorría el capítulo final me abordaba cierto vértigo, un suspiro repentino. ¿Voy a llorar? Me propuse no hacerlo. ¿Por qué uno se propone tantas tonterías? Es una novela triste, conmovedora, compleja. Trata sobre la vida de León Trotski, su deportación, sus dudas, su tragedia, la soledad, el sinsentido, la intriga, la traición, Stalin y un Estado criminal soplándole en la nuca, y un piolet que le partió, finalmente, la cabeza en dos. También está la historia de Ramón Mercader, el asesino, sediento de una causa, adoctrinado como un animal, y un odio enquistado que no supo sacarse nunca de encima.  

En una especie de apéndice, el escritor agradece y enfatiza que esto se trata de una novela. O más bien, como el mismo Padura señala, “un ejercicio entre realidad verificable y ficción”. Muchas veces abandoné la lectura por unos segundos para confirmar en mi celular datos y personajes. Y todo, o casi todo, era cierto. Sorprendentemente real. Hace tiempo le vengo dando vueltas a la misma pregunta: ¿por qué se habla y documenta tanto del nazismo y sus horrores, y tan poco de los campos de concentración, la hambruna, la persecución, las torturas, los ajusticiamientos y los millones de muertos del comunismo de principios de siglo y más? Soy un fanático de las películas de la Segunda Guerra Mundial, las he visto por montones, pero cuesta encontrar películas que hablen del lado negro de la ideología que prometió un mundo igualitario y mejor. Hay mucho que contar. He leído libros. La broma, de Kundera, en el marco de la invasión soviética a Checoslovaquia en 1968. Un día en la vida de Iván Denísovich, de Aleksandr Solzhenitsyn y su crudo relato de una jornada en el gulag de Siberia. La gran fábula de los totalitarismos de Rebelión en la granja, de Orwell. Y también, acá a la mano, tenemos a Roberto Ampuero y Nuestros años verde olivo y Detrás del muro, sobre la vida en Cuba y Berlín oriental. En todos se percibe ese ambiente lúgubre, asfixiante, tiránico y cruel. No es, precisamente, la tierra prometida.

Conocer de todo esto ayuda a entender que no es un asunto de derecha o de izquierda. Que es una estupidez (o un infantilismo) pensar que los buenos están de un lado y los malos del otro. Lo único cierto es que el hombre puede convertirse en una bestia despiadada y feroz si resigna su capacidad de pensar reflexivamente ante el voraz peso de una ideología enfermiza. “La guerra es una mierda” – decía uno de los personajes de la novela – “matas o te matan.  Pero yo he visto lo peor de los seres humanos, sobre todo fuera de la guerra. Tú no puedes imaginarte de lo que es capaz un hombre, de lo que pueden hacer el odio y el rencor cuando los han alimentado bien”.

El libro de Padura conmueve porque más allá de los hechos históricos logra transmitir todo el daño que puede causar en una sola persona (que pueden ser todas las personas) el fanatismo, la saña y la violencia política. Son tipos (y tipas) quebrados, solos, vaciados por dentro. ¿Vale la pena? ¿Tiene sentido? Y en medio de todo eso, de ese absurdo cuadro, están dos borzois rusos, galgos de pelo largo, grandes y elegantes, que corren frente al mar como desentendidos de todo, o quizás entendiéndolo todo, mirando de vez en cuando la frágil figura del hombre que amaba a los perros.  

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Por Matías Carrasco.

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SOBRE LA REFLEXIÓN

Esta mañana, camino a mi oficina, escuché en el podcast Psicoanálisis para tiempos inciertos a la sicoanalista y escritora, Constanza Michelson. A ella la conozco poco, pero la conozco. Sé quién es. No he leído sus libros, pero sí algunos de sus textos y columnas. Confieso que me cuesta a veces entenderla. Pero esta vez sí lo hice. Ocurre que hay personas que no entiendo pero que de pronto ofrecen un claro y se dejan ver. Me pasó con Hannah Arendt. Intenté leer La condición humana, pero no pude pasar de la tercera página. Pero su ensayo, Eichmann en Jerusalén, fue un hallazgo claro y valiente. La asociación no es casual. Lo que dice Michelson en el podcast se acerca mucho a lo que plantea la filósofa alemana en su libro: la irreflexión puede causar más daño que todos los malos instintos inherentes a la naturaleza humana. Es decir, si no somos capaces de mirarnos con apertura y pensamiento crítico, estamos fritos. También podríamos convertirnos en una bestia, en un tipo funable o en un criminal.

Michelson señala, entre otras cosas, que vivimos en una crisis mimética, en la lógica del linchamiento y la cancelación. Es como si necesitáramos hacernos de un monstruo, de otro (siempre un otro) malvado, y exacerbarlo, y apuntarlo, y hacerlo añicos en redes o matinales, para expiar nuestras culpas, nuestro malestar, y sentir alivio. Es el Cristo crucificado encarnando todos los males del mundo. O más claro, es la escena de los hombres queriendo apedrear a una prostituta y un Jesús desafiante invitando a aquel que esté libre de pecado a que tire la primera piedra. Y según cuenta la biblia, los hombres se fueron retirando, uno a uno, partiendo por los más viejos. Algo les pasó. Tuvieron que haber sentido la hipocresía de su acto. Que algo no andaba bien. Pero es esto último, ese momento de lucidez y reflexión, el que ha desaparecido del mapa.  Es como si traídos a esta época y frente a la interpelación de Jesús, los hombres hubieran torcido por unos segundos la cabeza para luego lanzar todas las piedras que alcanzaron a agarrar en contra de la mujer, sin piedad.

El problema es que esa dinámica irreflexiva, exagerando al malo siempre frente a nosotros, cediendo a la pulsión de hacerlo puré en el whatsapp o conversaciones de sobremesa, nos exime de nuestra propia responsabilidad. Y eso es gravísimo, dice Constanza. Nos ahorra la posibilidad de decir “yo fui” o “yo no soy mejor que ese que estamos cancelando”. Nos impide rectificar nuestra posición en el mundo y crecer, enfatiza.

Sé que este es un asunto jodido. Hay muchas cosas que se nos cuelan y otras que nos resistimos a mirar. No es fácil alumbrar nuestra parte de noche. Tampoco, detenerse y pensar antes de tirar la piedra, de repetir la consigna, de insistir en la lógica de víctimas y victimarios, o de seguir a la tribu, así, sin más. Pero hay que intentarlo. Hay que terminar con el exilio de la reflexión. Es importante el contrapunto. Debe volver el hombre y la mujer rebelde. El adulto, el responsable. Es la única forma de avanzar hacia ese Chile mejor que reclamamos con una mezcla de rendición y de esperanza.

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Por Matías Carrasco.

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RODOLFO

Mi perro cazó un ratón. Lo cazó y le dio muerte. Lo cazó, le dio muerte y lo dejó con su panza abierta, y unas cuántas tripas asomándose.  Lo había hecho antes. Pero eran apenas unas lauchas y con técnicas menos cruentas.  Este era más grande y la escena más escabrosa. Abandonó su cuerpo en la terraza, como una ofrenda, justo afuera de mi pieza. A mi señora no le gusta que nuestro perro ande matando ratas. Las prefiero en los árboles, sobre los cables, pero no tumbadas y con sangre, me dice.  A mí me da asco, pero tampoco tanto. Lo más repugnante es tomar el cadáver y meterlo en una bolsa. Le pedí a mi hijo que me ayudara. Él abrió la bolsa y yo, entre que miraba y no miraba, intentaba agarrarlo con una pala evitando la huida de los intestinos. Vi su cuerpo tieso sobre el metal y la cola, esa cola, esa pelada y larga cola, declinando. Ojalá ese trámite lo hiciera el Teo, nuestra mascota, el homicida, pero no es el caso. Mi mujer lo retó. Mi mujer lo hizo dormir afuera. ¡Qué nadie lo toque! Mi mujer lo llevó al veterinario e inició un metódico ritual de desinfección. A mí me dio un poco lo mismo. Lo felicité en silencio. Bien hecho, le dije. Mejor un ratón muerto que vivo y adentro de la casa. Él me escudriñaba con sus ojos oscuros, confundido. Con mi hija más chica quisimos nombrar al difunto. No queríamos que se fuera así, de repente, de un solo mordisco y en el olvido. Lo llamamos Rodolfo. Fue idea de ella. El bicho tenía buen porte, y un pelaje suave y gris. Murió con el hocico abierto dejando ver pequeños y filudos colmillos. Adiós, Rodolfo, y lo ubiqué en una bolsa negra junto al portón. Discutimos con mi hijo mayor sobre el desprecio a los ratones. ¿Por qué? Porque son cochinos, papá. No. No basta. No es solo eso, repliqué. Las moscas también son cochinas y nadie da un grito o comienza a dar saltos en puntas de pie cuando ve una zumbando en el aire. Googleo. Descubro que en 1909, Freud documentó el caso de “El hombre de las ratas”.  Se trataba de un joven abogado vienés, de 29 años, aquejado por una neurosis obsesiva y fantasías terribles sobre sus seres queridos. Y en la mitad de todo eso, el miedo a los roedores. Pobre tipo. Después de nueve meses, Sigmund concluyó que el asunto de las ratas estaría asociado a conflictos inconscientes relacionados con su padre, e impulsos sexuales y agresivos reprimidos. Todo muy freudiano. El sujeto se curó. Es un pésimo resumen, lo sé, pero da ciertas pistas. Tal vez los ratones sean algo así como el inconsciente colectivo. Por eso andan deambulando en la sombra o en las alcantarillas, en lo profundo, donde nadie los ve. Cuando merodean a la luz de día, dicen, es porque están a punto de partir de tanto veneno que llevan dentro. Es el inconsciente aturdido.  No sé por qué escribo todo esto. La imagen de un roedor destripado trae lo suyo. O tal vez sea constatar, simplemente, que vivimos en medio de ratas, de perros que cazan ratas y de cosas que salen de su sitio. Y que eso, a pesar del asombro y la extrañeza, está bien.

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Por Matías Carrasco.

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SER PAPÁ

En el día de la madre fuimos con mi familia a almorzar donde mi cuñada. En el acceso a su condominio, una mujer joven que hacía de guardia detuvo nuestro auto para consultar nuestros datos. ¿Usted es mamá? le pregunté (quise saberlo para saludarla en su día). Tengo un gatito, me dijo sonriente. Ah, entonces no es mamá, respondí. Un gatito está bien, hay que querer a los gatos, pero no es lo mismo. Ella hizo una mueca y subió la barrera. Mi esposa, al lado, me dio una mirada como de resignación. Mis hijos, atrás, reclamaron. Por qué papá, por qué.

Es que ser madre y padre no es cualquier cosa. Yo tengo dos perros. Les doy comida, recojo los desperdicios que dejan en el jardín y me acompañan en una caminata larga dos veces por semana. En oportunidades, muy de vez en cuando, dan problemas. Peleas con otros perros, enfermedades pasajeras, y no mucho más. La mayoría de las veces se muestran cariñosos y alegres, te reciben moviendo la cola, dan lengüetazos de afecto, y, además, cuidan la casa. Comparar todo eso con la tarea de ser padres es, simplemente, un despropósito.

Recién casado, apenas unos pocos días viviendo con mi señora, tras una discusión cotidiana me pregunté “¿en qué me metí?”, pero se me pasó rápido. Tras el nacimiento de mi primer hijo, con una semana de vida, en plenas fiestas patrias, mientras todos celebraban, él rechazaba la leche de su madre y no paraba de llorar. Me acuerdo mirando por la ventana la copa de los árboles y volver a preguntarme, “¿en qué me metí?”, pero esta vez me abordó una especie de terror, de vértigo, el escalofrío en la espalda y la sensación de algo (¿un compromiso? ¿un lazo? ¿una situación?) inquebrantable. Eso es ser papá.

El terror se me pasó, pero sigue estando a la vuelta de la esquina. No es que uno viva con eso a flor de piel, pero basta una enfermedad, un llamado en la noche, una caída fea, una expresión triste y duradera, para que salten todas las alarmas, y vuelva esa especie de abismo, de estar sentados en la punta de un farellón, porque no queremos que sufran, porque no queremos que nada malo les pase, porque no queremos que los hieran, porque no queremos ni imaginar (¡Dios nos libre!) qué sería la vida sin ellos.  Esa fragilidad, esa débil escarcha, también es ser papá.

Me entretiene estar con mis hijos. Cuando eran más chicos me arrancaba en un “uno a uno”. Es una práctica que recomiendo. Con el más grande nos fuimos a acampar solos, en un par de oportunidades, al norte. Hicimos fuego en la noche, vimos un lobo de mar muerto en la arena y camino al puquén, en Los Molles, me hablaba animadamente de maincraft y juegos de guerra. Con la del medio, pasamos un fin de semana increíble en los cerros de Valparaíso. Recorrimos la bahía en bote, fuimos a la casa de Neruda, al museo de las marionetas y bailamos al compás de una batucada improvisada en la calle. Y la más pequeña, amante de los animales, prefirió una visita al Buin Zoo, una foca de peluche e ir a un restorán para comer pollo con papas fritas. Ahora que son adolescentes, me gusta acompañarlos en sus cosas y ayudarlos a que desarrollen su propia y genuina identidad. Con la de 11 fuimos al recital de Olivia Rodrigo (buenas canciones). Con la de 14 iremos al concierto de Kidd Voodoo (un cantante urbano que he aprendido a apreciar) y con el mayor ya es tradición “la ruta de la hamburguesa”, que ocurre coincidentemente cuando hay lentejas en casa. Eso, también es ser papá.

A veces no los queremos ni ver. Es cierto. Ellos están insoportables. Nosotros, cansados. Ellos y nosotros estamos insoportables.  Hay peleas, portazos, palabras que hieren. Ponemos límites y ellos no quieren ninguno. Tirar y aflojar. Cerca y lejos. Todo un arte. Agotador. Nos equivocamos y nos vamos a equivocar. Factos.  Ellos también lo harán. Factos. No hay cómo. La vida es así. Y en medio de todo eso, del abismo y de la belleza, del miedo y de la alegría, están sus voces, delgadas o gruesas, llamándote, pidiéndote, nombrándote, sabiendo que estás ahí, al pie del cañón, y que pueden, pase lo que pase, contar contigo. Y eso, más que nada en el mundo, es ser papá.

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Por Matías Carrasco.

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VEO GENTE QUE LEE

Cuando camino por la calle veo gente que lee. Veo gente que lee y que fuma marihuana. No digo que la gente que veo leyendo esté, al mismo tiempo, pitando marihuana, sino que veo gente que lee y otra fumando hierba. Me pregunto por qué lo hacen. Los que fuman marihuana a la vista de todos, ¿no les da cosa hacerlo? Tal vez me esté volviendo viejo. En mi época no se podía. O quizás, tenga razón en levantar una ceja, y se trate del empobrecimiento del espacio público y la convivencia. Qué mal. Vuelvo al comienzo. Veo gente que lee. Es poca, pero aparecen de vez en cuando como personajes singulares. Algunos lo hacen llevando el libro con una sola mano, y otros, lo toman con las dos.  Hay que tener cierta destreza. Andan a su ritmo, absortos en lo suyo, vaya a saber uno en qué historia. Los peatones los pasan por el lado, con audífonos, el rostro serio o enredados en sus pantallas. Y la gente que lee, ¿qué leerá? Intento descifrar el título mirando disimuladamente, pero nunca lo logro. Llevan el libro abierto y en un ángulo que hace muy difícil dar con el nombre del texto. Además, tienes apenas unos segundos para intentarlo. En el Metro es distinto. También uno se topa con gente que lee. Son escasas, pero existen. Y allí, en los vagones, el juego se hace más fácil. Las personas van detenidas, sentadas o de pie, y uno tiene tiempo para hacer algunas contorsiones, siempre con sigilo, y llegar hasta el título del libro. Una vez vi a una mujer leer “Middlesex” de Jeffrey Eugenides. Una joya. Al bajarme, le comenté al pasar “tremendo libro” y ella sonrío. Fuimos cómplices fugaces.

No sé qué diablos tienen los libros. Desde luego entretienen, nutren, y leer una buena pluma es algo así como hincarle el diente a una cereza que cruje u olfatear la piel de un recién nacido. Pero hay algo más. En una charla para Puerto Ideas el rector, Carlos Peña, hablaba de este asunto.  Decía que con la literatura somos capaces de imaginar otras vidas posibles, de comprender el sufrimiento ajeno, y de ahí, el propio.  “Cuando lees Crimen y Castigo, y sientes la culpa de Raskolnikov, no es la culpa de Raskolnikov la que sientes, sino la propia, despertada por el texto (…) Uno lee para asomarse a la propia vida”. Por ahí va la cosa.

Cuando uno lee una buena novela aparece, a la intemperie, el ser humano. Está el que ama, el arrojado, el exitoso, el hombre bueno, pero también, el ambiguo, el complejo, el que daña, el mediocre, el infiel, el que teme, el que no tiene ni un lugar en el mundo. Y a veces son la misma persona. En la literatura (y también en el buen cine) se muestran las miserias del hombre y de la mujer, las mismas que intentamos ocultar en una sociedad moralizante. Por eso leer es una práctica que nos conecta con lo que somos y acompaña. De alguna manera, al hundirnos en las historias que se relatan ante nuestros ojos, consuela saber que no somos los únicos habitantes pencas pisando sobre esta tierra ni los únicos azotados por el infortunio. Y aunque se trate de ficción, aquellos personajes son mucho más reales que el liquidámbar que se agita allá afuera, justo al lado de esa banca en donde un muchacho, atrás de una pequeña nube de humo, fuma afanosamente un cigarro de marihuana.

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Por Matías Carrasco.

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LOS LADRONES

En esta Semana Santa me he visto apartando los ojos de Jesús y poniéndolos sobre los hombres que fueron crucificados junto a él, uno a la derecha y el otro a su izquierda. Mal que mal, tras el cruento episodio de la cruz, Cristo se convirtió en una figura reconocida y venerada en buena parte del mundo, con una fama que ha durado más de dos milenios y una chorrera de pinturas, textos, ceremonias, estatuas, monumentos, una Iglesia multitudinaria, y un cuánto hay erigido en su nombre. De alguna manera su muerte, el sacrificio, tuvo sentido. Para los creyentes, su cuerpo agujereado redimió los pecados del mundo. La resurrección enseña que hay una vida plena, un jardín sin quebrantos, esperando al otro lado del río fúnebre. Su final es un testimonio, un precioso relato literario, sobre el perdón, la hipocresía de los hombres y mujeres, la cobardía de Pilatos, el triunfo de la vida sobre la muerte, y la oportunidad, siempre presente, de la primavera. Pero de los otros, los dos tipos clavados en el Gólgota, poco o nada se sabe.

Releo los evangelios. Apenas hay algunas reseñas. Los llaman malhechores o ladrones. ¿Qué habrán hecho? ¿Qué habrán robado? En Lucas hay una narración algo más detallada. Dice que hay uno que se burlaba de Jesús y lo desafiaba a salvarse a él y, de pasada, también a ellos. Y el otro reprochó a su compañero, el bandido, advirtiéndole que ellos estaban pagando por lo que habían hecho, pero que Jesús no había hecho nada malo. Luego le pide al Mesías que se acuerde de él cuando entre en el Reino. Y Jesús le prometió que ese mismo día estaría con él en el paraíso. Décadas después, se hablaría del ladrón bueno y del ladrón malo. Ni si quiera se los nombra en la biblia. No sabemos cómo se llaman. Investigo. Me entero que en el año 130 D.C, en el evangelio apócrifo de Nicodemo, se les menciona como Dimas y Gestas. ¿Será cierto? A veces pienso que su aparición en la biblia estaría para ensalzar, en la hora última, otra vez, la integridad de Cristo.  

Juan entrega un dato interesante. Dice que tras la crucifixión y para evitar dejar los cuerpos exhibidos en el sábado de Pascua, mandaron a acelerar el trámite. A los ladrones les quebraron las piernas. ¿Habrán estado vivos aún? ¿Habrán gritado? Cuánto debe doler eso. A Jesús, que estaba muerto (de eso sí hay registro) le clavaron una lanza en el costado de donde salió sangre y agua.

Ahora me pongo en el lugar de los familiares y amigos. El Nuevo Testamento cuenta que a Jesús lo acompañaban un grupo de mujeres de Galilea, además del apóstol Juan, María, su madre, y María Magdalena. Ellos miraban el horror a los pies de la cruz. Jesús también tuvo que haberlos visto. De hecho, dedicó unas breves palabras a Juan y a María. Pero los ladrones, ¿habrán tenido compañía? Seguro estaban también sus padres, hermanos, amigos, aterrados entre la muchedumbre vociferante que, con una moral con olor a pescados olvidados al sol, parecía gozar de la fiesta mortuoria. ¿Cómo decir, cómo defender, cómo animar en medio del tumulto bravío?  ¿Habrán sentido vergüenza? ¿Impotencia?  Tuvieron que haber sufrido lo indecible con sus hijos machacados, quebrados, expuestos a la barbarie.

El cuerpo de Jesús lo reclamó José, un buen hombre de Arimatea. Junto a otros lo envolvieron en una sábana y lo dejaron en un sepulcro nuevo, donde nunca nadie antes había sido enterrado. Al día siguiente un grupo de mujeres fue a visitar la tumba y se encontraron con la roca corrida y el milagro. Lo demás es historia conocida.  Y a los otros, ¿los reclamaron? ¿los cubrieron con una sábana? ¿dónde los dejaron? ¿en una fosa? ¿los habrán abandonado? Nada se sabe.

La muerte trágica de Jesús tuvo sentido y de eso todos han hablado durante siglos. Pero cuando el infortunio, el dolor, la cruz recae sobre los que nadie o pocos ven, sobre los que no se tiene memoria, ni cuadros, ni Iglesia, ni esculturas, cuando parece ser un sufrimiento sin significado, qué decir, qué decirles a ellos y a sus deudos. Me acuerdo de una frase de Albert Camus en su libro La Peste, de dos tipos hablando sobre la creencia en los santos, y uno de ellos señala: “no tengo afición al heroísmo ni a la santidad. Lo que me interesa es ser hombre”.

Esta Semana Santa aparto los ojos de Jesús y los pongo sobre los ladrones, porque sé que en ellos también hay verdad, tal vez la más incómoda, la de recordarnos, en estos tiempos rudos, que al igual que todos los hombres y mujeres sobre la faz de esta tierra nos equivocamos y hacemos daño, cargamos cruces y sombras y no por eso merecemos el desprecio, el salvajismo y el olvido.

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Por Matías Carrasco.

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ADOLESCENTES

Los adolescentes están abandonados, me decía un sicólogo tomando una taza de café. Había llegado en bicicleta y la tenía estacionada justo al lado de la mesa en donde conversábamos un cortado y un mocaccino. El sol me pegaba en los ojos. Tuve que acomodar mi silla junto a él. Yo atiendo a unos cuantos adultos, pero el resto son adolescentes, continuó. Pero nadie está muy dispuesto a trabajar con ellos porque además de cargar con sus conflictos hay que cargar con los papás. Pero yo me llevo bien con los padres, lo dijo tras unos anteojos oscuros. Un sicoanalista argentino, prosiguió, me convenció que los adolescentes eran una joya. Que había que aprender a mirarlos, a ponerse en sus zapatos y a recordar que también fuimos un embutido de hormonas, metidas de pata, cambios de ánimo e impulsividad. Se inclinó hacia atrás y cruzó los brazos. Hoy se les mide con la vara y severidad de los adultos, me atreví a decir. Y eso, además de ser una hipocresía flagrante, es injusto. El tipo asintió con la cabeza. Y lo que es peor, me aventuré, es que olvidamos que son menores de edad formándose en un mundo tan extraño, tan tecnologizado, tan distinto al de otras épocas, que ni siquiera los adultos somos capaces de asir con propiedad. El hombre asintió otra vez. Luego conversamos sobre literatura. Ambos compartimos el gusto por escribir y leer.  A veces les escribo cartas a mis pacientes, dijo. Nunca se enterarán, pero son textos pensando en ellos. Escribí uno que se llamó El pequeño boxeador. Era un cabro que le gustaba agarrarse a combos pero el enano era exquisito.  Es que somos esto y aquello, me diría una mujer, días después, a la que le contaba esta historia. En esa oportunidad no era un café el que estaba sobre la mesa, sino un buen Carmenere, unas copas de apperol y un ceviche de camarones. Esto y aquello, arremetió la mujer mientras encendía un cigarrillo. Me gustó esa frase. ¿No somos todos, de alguna manera, esto y aquello, exquisitos y carajos a la vez? ¿No habita en cada uno ese contraste, esa ambigüedad? Hay muchos ojos sobre los adolescentes, dijo el marido de la mujer con la espalda apoyada en la muralla, pero no para entenderlos sino para juzgarlos y culparnos de lo que estamos haciendo mal. Esta semana salió una carta en El Mercurio, advertí, de una profesora que exponía frases agresivas, insultos, agravios de adultos en Linkedin hacia la figura del Presidente de la República.  Muchos de ellos y ellas, con títulos de CEO y de empresas reconocidas. Y luego nos preguntamos por qué tanta violencia en las salas de clase, rezaba la carta. Es hora de cuestionarnos quién modela y cómo modelamos. El cambio debe empezar por nosotros mismos, concluía la maestra. Parte del problema está en los adultos, se incorporó mi esposa mientras saboreaba una cucharada de sopa. A veces miramos a los adolescentes desde heridas o frustraciones sin resolver, tiñendo nuestras reacciones que se vuelven, a ratos, desmedidas y fuera de cuadro. Camino a casa, algo puesto, recordé la frase del libro Cerebro Adolescente de Frances E. Jensen: son como ferraris sin freno.  Y es bueno saberlo. No para tener sobre ellos un trato complaciente o repleto de restricciones, sino para conocerlos, para estar cerca, para fijar límites, para ponernos en sus cuerpos torpes, en sus cabezas revueltas y difusas, en sus ojos y en sus oídos, en sus arranques vehementes, para entender, para intentar entender al menos, y comenzar a disminuir esa brecha que se ve tan grande entre padres y adolescentes, y que sepan que también tuvimos 14, 16 ó 18, y que estaremos ahí en las buenas y en las malas, sobre todo en las malas, cuando caigan feo, porque los queremos y porque al igual que ellos somos y seremos, aunque nos cueste admitirlo, esto y aquello.

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Por Matías Carrasco.

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