UTOPÍA

cementerio

Todo estaba en orden. No era precisamente el paraíso, pero las cosas funcionaban en estas tierras lejanas. Había de comer, dónde echarse a descansar, consultorios a disposición, un transporte decente, templos vacíos, verdulerías con cucarachas, cines rotativos, bares de buena y mala muerte, y un tráfico de mierda. Sobraban las plazas y abundaban los árboles y jardines. Pobres también había, por eso era un lugar normal. Y con ello bastaba.

Pero el 21 de diciembre de aquel año que no es importante recordar, algo comenzó a crujir bajo las pieles de ese país sin nombre. Urselino Taborga llegaba al poder después de una elección reñida, que tenía a la república partida en dos y hecha un hervidero.

Esa misma noche, en el pasaje 2365 de la calle Los Laureles, las cosas se vivieron más o menos así. Los Garrido, bajo el umbral de su puerta, destaparon una botella de champaña y celebraron extasiados el ascenso del nuevo gobernante. Cecilia, la señora del fondo, se asomaba por la ventana con su cabeza casi calva, sin saber muy bien lo que estaba aconteciendo. El de la casa C salió con un par de cervezas bajo el brazo y compartió con los Garrido el sabor del triunfo y de la cebada. Sus vecinos mantuvieron las persianas sin abrir. Edmundo deambulaba a toda prisa en su triciclo y tras él, las pequeñas mellizas del Tuco Carvajal, que corrían con gracia, entre brincos y risotadas. Ana, la joven Ana, bailaba frente al espejo en su habitación del segundo piso, bella y ligera como una nube, ausente del mundo y sus tribulaciones. Esteban, en el sofá de su living, bebía algo de vino, perplejo y ensimismado. “Nos fuimos al carajo” –pensó. Y un chico, delgado, de tobillos firmes, orejas sucias y espinillas nacientes, miraba fijo las piruetas de Ana, apoyado sobre el sillín de su bicicleta. Ése, era yo.

De aquel enjambre, Esteban estaba en lo cierto. Ese día comenzamos a irnos al mismísimo carajo.

Urselino Taborga había hecho una carrera mediocre, pero suficiente para hacerse del poder. Hijo de campesinos, aprendió las artes de la política adentro de un gallinero. Alimentaba las aves, las engordaba, echaba mano a sus huevos, y cuando ya no servían, les agarraba el cogote y lo estiraba hasta su último adiós. Luego, disfrutaba de una cazuela calentada con leña, mientras en el corral lloraban a sus muertas.

Se acordaba de su infancia cuando cruzó las puertas de la casa de gobierno. Lo recibió la guardia del palacio, con los fusiles en alto, el trasero bien firme y la mirada puesta en algún horizonte. Saludó con su mano en la frente y pasó camino al despacho presidencial, “grande como un potrero”.

Su primer discurso lo hizo de corrido y sin errores. El bigote le brillaba en televisión y sus ojos se encendían cada vez que decía “pueblo” y “justicia”. Habló de Dios y de los mortales. También de lealtad y traición. Afuera, una gran muchedumbre enarbolaba banderas y vociferaba a coro el nombre del estrenado mandatario. Otros tantos hacían barricadas, prendían fuego, echaban a correr un cerdo con la cara dibujada de Taborga y se tragaban con gritos los palos de la policía.

Urselino comenzó a cambiar las cosas desde el primer momento. Mandó a construir una estatua con su imagen que dispuso en la plaza central. Era una obra inmensa y atemorizante. El bronce brillaba con los rayos del sol, y como un designio, sobre el espeso mostacho, cayeron las heces de una paloma agorera.

La nueva autoridad estaba empeñada en hacer del país sin nombre su propio reino. Se puso cabrón, montó un ejército bien pagado y armado hasta los dientes, se rodeó de matones y holgazanes, barrió con los opositores, fusiló a unos cuantos, encarceló a cientos, derogó todas las libertades, gobernó con la Biblia y el Corán (era un hombre devoto, pero ambiguo), se hizo de todas las empresas y creó, a mucho orgullo, la Corporación Estatal de Huevos Taborga, un gallinero de mil hectáreas, con modernos sistemas de calefacción y regadío.

Los que pudieron, arrancaron de estas tierras quejumbrosas y los de siempre, quedaron rezagados en la hambruna, la enfermedad y la violencia.

Los Garrido cambiaron de auto, y a los pocos años se mudaron a una casona en los cerros de la ciudad. A esas alturas, doña Cecilia no contaba con ningún solo cabello sobre su cabeza y casi ya no se asomaba por su ventana.

A Esteban nunca más lo volví a ver. Las mellizas Carvajal crecieron y me parecían insoportables. En la casa D, las persianas permanecían cerradas. Y Ana, la hermosa Ana, iluminaba -ahora más grande, más voluptuosa, más rebelde y llamativa- el pasaje de Los Laureles. Yo la observaba– también más grande, también más grueso- tímidamente, como en un sueño.

El pueblo parecía dormido. Tanto despotismo había aplacado ahora la esperanza. Ni el hambre, ni la prisión, ni la mordaza en los labios, despertaban el alma de un suelo moribundo. Hasta que sucedió aquello.

Uno a uno los cementerios comenzaron a cerrar sus puertas. Los administradores – migrantes de épocas más gloriosas- se convencieron de que éste no era un buen lugar para vivir ni para cavar tumbas. Hicieron sus maletas y salieron del país. Taborga no le dio mayor importancia. Estaba preocupado de otras materias – la estatal de huevos rendía- y pensó que los muertos podrían ser lanzados al río o enterrados bajo la nieve de la cordillera.

Estas tierras no tenían nombre, pero sí dignidad. El pueblo se alzó, luchó y se ofreció por sus difuntos. El problema aumentaría. Si antes no había espacio para enterrar a cientos, ahora eran miles. La refriega fue cruenta. Las iglesias colaboraron. Allí se amontonaban la carne y los huesos. Los templos, antes vacíos, ahora lucían un lleno total, inmóvil, pero lleno al fin.

Un grupo de voluntarios se armó de palas y chuzos para improvisar sepulturas en las orillas de la ciudad. Mientras unos escudriñaban la tierra, otros armaban cruces de palo para decorar a los muertos. Allí, estaba yo.

Recibíamos decenas de infortunados cada día. Los envolvíamos en sacos viejos, los cargábamos de a tres y los acostábamos cuidadosamente, uno a uno, en sus reposeras eternas. Los cubríamos de tierra, clavábamos el crucifijo y guardábamos silencio.

En la ciudad la batalla no cesaba. Los muertos resucitaron el espíritu y la libertad. Los soldados también tenían sus caídos, pero no tierras donde despedirlos. No tardaron en unirse a la revolución. Urselino sintió miedo y el ahogo de la soledad. Ya no le brillaban los ojos ni el bigote. Su estatua, estaba en el suelo.

La mañana de la victoria, Taborga se encontraba solo en su despacho. La casa de gobierno estaba sitiada y un cielo gris se instaló como testigo de una jornada libertaria pero triste. Yo amanecí en la periferia, en una pampa llena de cruces y cuerpos apilados esperando su último viaje. Urselino estaba escribiendo una nota a su madre, cuando entró una horda iracunda. Yo miraba la carreta repleta de cadáveres que se acercaba por el camino, levantando una polvareda. Urselino desenfundó su revólver y dio un grito que se perdió entre el piquete amenazante. Yo me disponía a cargar otra vez a los muertos cuando descubrí entre el montón a una mujer de pañuelo rojo. Ana yacía con su cuerpo doblado y su hermoso rostro mirando las nubes donde ella bailaba. Taborga no alcanzó a disparar. Antes que lo hiciera, la turba se le fue encima y en un parpadeo lo mandaron al edén o al infierno. Eso nunca se sabe.

Llevé a Ana sobre mis hombros, la puse bajo la sombra de un pino, cavé casi sin fuerzas, la dejé en la fosa, me incliné y la besé en su boca de hielo.

En el pasaje de Los Laureles, los de la casa D abrieron sus persianas y una tenue luz cayó justo sobre los ojos de una mujer sonriente. Abajo, en las baldosas, las personas se asomaban con timidez, como a tientas.

Yo, mientras tanto, caminé entre los crucifijos con la pala a rastras, lamentando la muerte de mi dulce utopía.

 


Por Matías Carrasco

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HASTA EL INFINITO Y PARA SIEMPRE

libertad

La libertad de expresión ha estado en entredicho por estos días. La discusión del proyecto de ley que busca sancionar a quienes justifiquen, aprueben o nieguen las violaciones a los derechos humanos ocurridas durante la dictadura, ha abierto un debate respecto a los límites sobre lo que podemos o no decir. Por lo tanto, también de lo que se puede o no escuchar.

Asimismo, en las últimas horas se ha generado por las redes sociales otra interesante polémica respecto a uno de los cuentos premiados en el concurso Santiago en 100 Palabras, acusado – por algunos- de ser una apología al femicidio. La narración, titulada “Día de los enamorados”, dice así:

“Lista de compras. 2 copas. Vino blanco y cerveza. Frutillas y crema. 1 chocolate marmolado o Sahne-Nuss. 2 sándwiches de queso azul y rúcula. 3 flores rojas. Canasto y mantel. Preservativos. Cuerda y cinta de embalaje. Guantes de goma. Bolsa de plástico grande. Palo. Bencina blanca, encendedor. Quitamanchas” . Juzgue usted.

 Cuando escribo estas líneas, me acuerdo de la decisión de un liceo de hombres de la comuna de Independencia, de negarse a leer el libro “La esquina es mi corazón” del escritor chileno, Pedro Lemebel, por considerarlo “asqueroso” debido a su condición homosexual. ¿Es válido oponerse a una lectura por motivos de género u orientación sexual? ¿pueden esos padres y apoderados ejercer su derecho a leer lo que consideren apropiado para ellos?

A inicios del 2016, los entonces diputados UDI Gustavo Hasbún, Ignacio Urrutia y Jorge Ulloa, presentaron un proyecto de ley que busca sancionar con presidio menor y una multa de 5 UTM a quienes enaltezcan, nieguen o minimicen los hechos de gobiernos que hayan transgredido la constitución política, dando como ejemplo la administración del Presidente Salvador Allende. Esto, en respuesta a una iniciativa similar que había postulado antes la parlamentaria comunista Karol Cariola, pero en sentido contrario: prohibir toda actividad de carácter público que tenga por objetivo la exaltación u homenaje de la dictadura militar.

Sé que estoy mezclando cosas. Algunas propuestas buscan sancionar ciertas expresiones referidas a nuestra historia con penas de cárcel y otras situaciones se referirían a la tentación de limitar la creación o el acceso a obras literarias o artísticas por considerarlas ofensivas.

Pero en la intersección de estos dos mundos está la libertad de expresión. ¿Hasta dónde? ¿Hasta cuándo?

Un buen amigo me había advertido hace algún tiempo que pronto llegaría a Chile la tendencia de amordazar a las personas por su pensamiento o manera de ver el mundo. Debo confesar que no le creí. Pero ahora veo con preocupación una corriente creciente por intentar acallar opiniones que, en general, se sitúan en grupos minoritarios y en desventaja, en lo que a pensamiento se refiere.

Esto ha partido de manera casi inadvertida. Existe en los medios y en redes sociales una suerte de policía omnipresente, una voz predominante, que atemoriza y trolea a quien plantea un contraste o derechamente una cuestión distinta a la mayoría.

Pero ahora, sin tapujos, algunos pretenden poner a los díscolos tras las rejas y fondear en las oscuridades del sótano, manifestaciones artísticas contrarias a “nuestra moral”.

Libertad de expresión. ¿Hasta dónde? ¿Hasta cuándo?

Hasta el infinito y para siempre. No debe haber ningún otro rincón en el planeta, más íntimo, más insondable y más libre que nuestra propia conciencia. Allí, en las soledades de nuestros secretos, podemos interpretar el mundo de infinitas maneras. No existe otro lugar.

¿Y qué hay de aquellos que buscan justificar, aprobar o negar las violaciones a los derechos humanos? ¡Allá ellos! Habrá que refutar con argumentos. Ni si quiera mucho más. Evidencia hay por montón. Pero hay algo interesante. ¿Qué significa justificar? Hablar de las causas que llevaron a la dictadura, ¿es justificar? Hay que tener mucho cuidado de querer eliminar, también, la interpretación y los matices. Allí, se acaba la inteligencia.

¿Y qué pasa con aquellos que se niegan a leer a Lemebel por lo que hace en la cama? En su derecho están. Pero – desde mi mirada- se pierden la oportunidad de saborear esa mezcla de poesía y marginalidad que escurre en cada texto. Se farrean la posibilidad de conocer otras fronteras y abrir el mate. ¿Por qué en vez de negarse, no debatir sobre Lemebel y su obra? ¿No puede salir de ahí una conversación interesante?

La libertad de expresión no debe ser nunca acallada, ni en una ni en otra dirección. La diferencia – en la política, la religión, el arte o la historia- es siempre una oportunidad para desafiar, provocar y ampliar el pensamiento.

Nada es más fome, rígido y pobre que la uniformidad de lo igual.


Por Matías Carrasco.

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MANDARINA

mandarina

Estaba sentado y con mis pies colgando del titular. No sabría bien sobre qué letra me encontraba. Desde allá arriba se hace muy difícil mirar con nitidez. Es como hacer un gol sin ángulo. No tenía perspectiva.

El asunto es que estaba metido en el mismo texto. Justo en el tope de una página escrita para ser leída. Toda letra se dibuja para ser interpretada. Y ahí fui a parar yo, en medio de vocales y consonantes.

Descubrí una “I”, fina y alargada. No lo estaba pasando bien arriba. Sufro de vértigo. Cuando estoy en las alturas siento que pierdo el control y me desespero. Me entran unas ganas locas de lanzarme al vacío.

La cosa es que me armé de valor y con mis brazos abiertos (para equilibrarme) fui brincando de letra en letra hasta llegar a la “I”. Luego, me abracé fuertemente a ella, crucé mis piernas y comencé a deslizarme. Cuando estuve seguro, me solté y caí en el primer párrafo.

Allí caminé hasta la mayúscula del inicio. Era una “Q”. Avancé ordenadamente hacia la derecha y, de vez en cuando, asomaba mi cabeza para intentar descifrar el manuscrito. Apostaría de que se trataba de una carta. Lo primero que leí fue “Querida Mandarina”. Lo de “Mandarina”, pensé, era un apodo.

El escritor – ella o él, no lo sabía a esas alturas- decía algo así como que había descubierto en ella esa paz que por años le fue esquiva. Le contaba que en sus ojos encontró un mar en calma y en los pliegues de su cuello, la calidez de un consuelo redentor.

Entendí que estaba husmeando en una carta romántica. Sentí cierta incomodidad. Nunca he sido un fisgón y lo de estar hurgueteando en la vida del resto, me hacía parecer superficial. De todos modos, continué. Me colgué del punto aparte y descendí hasta el próximo reglón.

En las líneas siguientes, el muchacho – aposté por un muchacho- reconocía sus errores. “Sé que no soy un tipo perfecto” – confesaba. Le habló de su mal genio, de esas veces que se transformaba en un demonio y de las noches que pasó de largo, acurrucado en los brazos de otra mujer. Le pedía perdón. Allí se notaba la punta del lápiz presionado sobre el papel. Me pareció una disculpa sincera.

Ya estaba bien metido en la historia. Saqué un pucho de mi bolsillo para matar la ansiedad. Pero de inmediato descubrí que no era una buena idea. El fuego podría quemar la hoja, las palabras y con ellas, mi propia existencia. Guardé el cigarrillo y seguí adelante.

De pronto, el autor estaba desatado. Como que le entró el indio y pasó del remordimiento a un ataque furtivo. Qué nunca más lo hagas, qué no te lo voy a permitir, qué no soy un perro para dejarme por ahí tirado, qué junta miedo, que te voy a dejar ciega, que te van a llegar a rechinar los dientes.

Sentí terror y me oculté detrás de una “o”. La violencia me congela y me deja sin aire. Me flaquearon las piernas. Se me encogió el alma y el trasero. Luego descubrí que estaba a salvo. No era a mí a quién quería sin ojos, sino a Mandarina. Me dio pena por la mujer con olor a fruta. ¿Sería por eso que le llamaba Mandarina? Respiré hondo, me sequé la transpiración y salí de mi refugio.

La cosa seguía áspera allá afuera. El texto estaba relleno de motes y palabras tachadas. Imaginé al hombre escribiendo, hablando en voz alta, hecho un energúmeno, dando vueltas en una habitación pequeña, volviendo sobre el papel para redactar otra vez, rayar encima y echarse a la boca unos sorbos de un destilado barato.

Decidí arrancar hasta el próximo párrafo, pero en el intento tropecé con una coma y me lastimé las rodillas. Adolorido llegué hasta un paréntesis y me detuve ahí, a descansar unos minutos.

 

 

Era un tipo inestable. No hay dudas. Después del zafarrancho, se puso meloso y le volvió la nostalgia. Bajó un par de cambios y escribía con suavidad. Lo noté en la caligrafía. Era menos honda y corría fácil. “Vuelve cariño” – le rogaba a Mandarina. Y bajo la sombra de una “t”, hundí mis zapatos en pozones de agua que se repetían desordenadamente en el papel.

Insistía en que regresara. Le suplicaba. Le imploró que lo hiciera.

– “O me voy a matar, me voy a matar. ¿Acaso no me crees?…”.

Y ahí me quedé yo, helado, al borde de esos puntos suspensivos. Los pasé de uno en uno, con elegancia. Miré hacia abajo y solo había ausencia. “¿Lo habría hecho?” – pensé.

Di un salto hasta el final de la página. Todo en silencio. Blanco y en silencio. Entonces, sentí el olor a pólvora.

Lo lamenté y juré por mi madre no volver a meterme en una carta de amor.

 


Por Matías Carrasco

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NOCHE DE PAZ

nochebuena

Para muchos esta navidad no será feliz. ¿Quién dijo que tenía que ser feliz? Sí. Los dicen los jingles, las malls, el árbol adornado de luces tintineantes, los abultados catálogos de fin de semana, los trineos colgando desde el techo, los duendes y los comerciales que vemos por televisión.

El lenguaje también aporta lo suyo. No es “navidad”, a secas. Es, “feliz”. No es cualquier “noche”. Es, “buena”. Y el viejo pascuero no anda por ahí repartiendo regalos con el ceño fruncido. Lo hace a carcajadas: jo-jo-jo .

No es por ser aguafiestas, pero no todos sonríen en navidad. Como en la vida misma, hay lágrimas en la mitad del festejo. Personas que han perdido a un hijo, a un padre, a un hermano, a un amigo o a una madre, lloran en estas fechas. También los enfermos, los de una ruptura reciente y los que habitan sus propias soledades. Otros han recibido una mala noticia y no hay ánimo ni para cortar el pavo.

Y el contraste de una noche buena, de una alegría obligada, lo debe hacer más difícil. Un siquiatra me comentaba esta mañana que su consulta se repleta por estos días. “Hay gente que lo pasa muy mal” – dijo.

Pienso en ellos en navidad. ¿Cómo no hacerlo? Quizás el único consuelo es que hoy celebramos el nacimiento de un hombre justo en medio de los sinsabores e infortunios de una pobreza cruda. Algo bueno puede nacer de la muerte, el miedo, el abandono y la derrota. Esa es la estrella que debe iluminarnos.

Es para ellos y ellas esta navidad. No la absurda, la del ajetreo, la de la repartija a destajo ni la desquiciada. Sino la milenaria, la sencilla, la de un amanecer tranquilo, sin más deseos que la propia espera.

Quizás pienso en los que sufren navidades, para recuperar la que se me había perdido. Entre el tumulto, los tacos, el frenesí, cintas y pliegos de papel, se me escabulló la navidad.

Pero acordándome de ellos, de sus nombres y sus pesares, vuelvo a tocarla. Imaginando sus silencios, sus quejidos y sus despedidas, otra vez la siento cerca. Ellos sí necesitan una noche de amor y de paz. Ojalá así sea.


Por Matías Carrasco.

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LLORAR

llorar

 21.17

Apenas giró la llave, Víctor sintió a su pequeño bulldog rasguñar la puerta con insistencia y husmear por la rendija. El perro había estado todo el día solo y cargando en su espalda con la fea herida que un quiltro busca pleitos le había dejado con un mordisco la noche anterior.

Víctor se había propuesto conseguir un veterinario esa misma tarde, pero el ajetreo de una jornada para el olvido le impidió cumplir con lo planificado.

Entró, le acarició la cabeza a su mascota y se acercó para revisar el corte que tenía en el lomo. Dejó sus llaves sobre la mesa de la entrada y tiró su chaqueta de cotelé que cayó arriba de uno de los brazos del sofá.

Se metió a la cocina, remojó un paño viejo y comenzó a limpiar cuidadosamente la lesión. Se deshizo del trapo, se fue al lavadero, rellenó la mitad de una taza con pellets de pescado que sacó de un saco grande y los dejó en un plato de metal.

El bulldog se lamió el borde del hocico y hundió su nariz chata en medio del recipiente.

21.32

Víctor sacó su camisa del pantalón, la desabrochó hasta la mitad del pecho, se quitó los zapatos y avanzó hasta el licorero de madera para servirse un corto de pisco, el mismo que lo acompañaba todas las noches antes de dormir.

Tomó el primer sorbo, echo su espalda atrás, se rascó la cabeza agitando su pelo voluminoso y caminó hacia su cuarto. Dejó el trago sobre el velador de vidrio, al lado del cenicero repleto de colillas, se lanzó sobre la cama, encendió un cigarro y prendió el televisor.

El noticiero informaba sobre el paro del registro civil que ya iba a completar un mes. “Esos pelotudos me están cagando la vida” – pensó, mientras aspiraba una bocanada de humo y se lamentaba de otro día perdido intentando hacer sus trámites en la oficina de Miraflores.

Había estado desde las cuatro de la mañana haciendo una fila eterna, batiéndoselas con el frío del alba y los borrachos que, de vez en cuando, pasaban a su lado haciendo bulla y mendigando monedas.

Las puertas del servicio se abrieron a las nueve y un funcionario de aspecto tosco avanzaba por entremedio de la cola gritando que se atendería por orden de llegada, con preferencia a embarazadas y niños.

A Víctor le habían soplado que era conveniente ir con algún infante, pero el tipo no tenía de dónde sacar un cabro chico. Así que debió esperar, hasta que cerca de las dos de la tarde, el mismo funcionario, ahora con el caracho más largo, anunciaba que la cosa llegaba hasta ahí no más, mientras iba repartiendo unos papeles improvisados, definiendo los turnos del día siguiente.

21.59

Se le cerraban los ojos. Tenía su mano derecha jugando debajo del calzoncillo, mientras en la pantalla una mujer de voz sexy iba adivinando el viento, los ciclones y la vaguada costera.

El hombre recordó, medio somnoliento, los noches de fiesta que iniciaba con el guatón Castellón en el Chez Henry, donde saboreaban unas ancas de rana con cerveza, para terminar con alguna muchacha arriba del escarabajo, haciéndoles al par de cobardes algunas travesuras para irse con migajas de cariño a sus soledades.

Cuando comenzaba el estelar de los lunes, Víctor apagó el televisor y se durmió.

00.27

Despertó abruptamente después de haber tenido un sueño extraño. Tanteó con su mano el velador y miró la hora en su reloj de pulsera. Recordó que al otro día debía volver a madrugar para asegurar su turno en el registro civil y suspiró en señal de molestia. Se puso de lado, con el cojín entre sus piernas, y dejó caer sus párpados.

Entonces se sintió el zumbido. Primero como un murmullo en la lejanía y luego un ronroneo que lo acechaba cerca de la oreja. El hombre agitó su cabeza y el silbido se alejó entre la noche.

00.31

Víctor acariciaba suavemente su almohada. Es probable que haya estado soñando con una mujer desnuda o un delfín entrenado en las cálidas aguas de México. Lo cierto es que el hombre había encontrado la paz. Eso, hasta que volvió a escuchar las alas merodeando justo frente a su nariz. En un movimiento veloz, golpeó su cara con su mano derecha y el bicho se perdió otra vez.

El tipo cogió el interruptor de la lámpara y encendió la luz. Con los ojos a media asta se puso de pie, escudriñó su ombligo y comenzó a buscar al intruso. Movió las cortinas, revisó detrás del mueble blanco y en el techo, que mostraba las huellas de otras batallas. Pero nada.

Se enchufó un cigarrillo en la boca, se sentó al borde de la cama y soltó un quejido. El asunto de la pensión alimenticia lo inquietaba. No tenía ni para él y ya lo estaban jodiendo con plata para un mocoso que apenas veía.

Con el pucho colgando de sus labios, tomó el vaso y fue a rellenarlo a la cocina. Dio unos sorbos, tiró la colilla humeante en el lavaplatos, regresó a la pieza, se tendió sobre el colchón y apagó la luz.

01.17

Ya estaba con su mente en blanco, cuando el insecto partió nuevamente con la lesera. Víctor dio varios aletazos al aire y uno que otro que cayó sobre sus mejillas. Se sentó, dijo un par de garabatos, se restregó los ojos y volvió a iluminar la habitación.

Tomó un atado de cuentas que estaban en el piso, las enrolló y con su mano apretada fue en busca del granuja. A paso lento, como entrando en terreno enemigo, fue mirando cuidadosamente cada rincón.

Y ahí estaba. Era un zancudo tan famélico como infernal. Justo bajo la moldura. Víctor se precipitó sobre él y ¡paf!. Revisó el arma y ni rastro del cadáver. Giró e inició nuevamente la búsqueda.

01.24

No lo encontraba por ninguna parte. Entonces ideó un plan. Dejó la pieza a oscuras y encendió el televisor para atraer al bicharraco. ¡Y funcionó! En pocos minutos la inocente larva comenzó a merodear la pantalla y Víctor volvió a precipitarse con el arma en ristre.

Pero tropezó en el intento y cayó justo sobre el Sony Triniton de 29 pulgadas, que era lo único que le iba quedando de su matrimonio. El sujeto se fue al piso, y junto con él, el televisor, causando un gran estruendo. Mientras tanto, seguía hablando en la pantalla un mediocre tarotista de trasnoche.

Víctor se puso de pie y con la pupila enrojecida juró venganza.

01.43

Abrió la puerta del clóset y sacó de allí una polera. Pensó que con ella lograría más alcance y superficie, aumentando las probabilidades de dar muerte al infame que lo tenía vuelto un mono.

Con más facilidad de lo que esperaba, se encontró de frente con el zanguilargo detenido en la puerta. “Debe estar cansado” – especuló. Como haciéndose el distraído, Víctor siguió de largo, volteó con la rapidez de un rayo, echo atrás de sus hombros la polera y tiró el zarpazo. Miró al suelo y encontró, al fin, al entrometido tendido en el piso.

Se lanzó sobre la cama y apretó el interruptor.

02.34

Faltaban solo un par de latidos para entrar en trance, cuando volvió a sentir ese “ddddddddddddd” sostenido en el aire. No lo podía creer. “Debí haberlo rematado” – sentenció. Se incorporó decididamente y con su pecho galopando volvió a tomar la polera y encendió la luz.

Después de un rato, el mosquito se posó sobre la lámpara. Esta vez, Víctor contuvo el aire, se acercó con sigilo y embistió contra el zancudo.

A su paso, echó abajo la lámpara y quebró el vidrio del velador, haciéndose un profundo tajo en la palma de su mano. La trifulca generó un corto circuito y todo el departamento quedó ciego. – ¡Ahora si que te mato, animal hijo de puta! – rugió el cazador infortunado.

02.41

Doña Mirna, la vecina del piso de abajo, despertó asustada con todo el alboroto. El grito le advirtió que algo andaba mal y llamó de inmediato a la policía. Se puso una bata, la cruzó con sus manos y esperó mirando por la ventana.

03.17

Dos carabineros tocaron el timbre del 301. Al abrirse la puerta, vieron a un hombre de mal aspecto, con una de sus manos envuelta en una polera blanca, con manchas rojas. El tipo tenía su pelo hecho un remolino, sus ojos desorbitados y el calzoncillo de elásticos vencidos resbalando de la cintura. Olía a pisco.

-Nos advirtieron de golpes y amenazas en su departamento, señor – disparó uno de los uniformados.

-Sí, estaba entendiéndomelas con un zancudo – se defendió Víctor.

Los policías entendieron que se encontraban frente a un tipo de perfil maniaco. Uno de ellos puso disimuladamente su mano sobre la funda del revólver.

En eso, se sintieron unos golpecitos en el piso, y desde la oscuridad del departamento apareció el bulldog con su lengua afuera y las babas colgando del hocico. Sobre el lomo, la herida abierta, de carnes vivas, exudando sangre y un líquido viscoso.

Los carabineros se miraron y armaron rápidamente el puzzle.

03.44

A Víctor lo sacaron esposado del edificio. Les costó un mundo reducirlo. El sujeto se puso violento e insistía en que un insecto le había arruinado la vida. Pero el maltrato animal era un delito tipificado en la ley y como custodios del orden, los carabineros no dudaron en apresarlo.

Pusieron una mano sobre su cabeza y lo metieron a la patrulla. Víctor se apoyo en la ventanilla del auto y comenzó a mirar hacia afuera, cansado y abrumado por una noche tormentosa.

Apenas el auto se puso en marcha, Víctor escuchó otra vez el zumbido. El hombre se puso a llorar.


Por Matías Carrasco.

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IMPOSIBLE

imposible

Era un embarazo muy esperado. A Camila y Rafael les había costado hacer de sus encuentros una vida. Estuvieron años intentándolo. Trataron en la cama, debajo de ella, en la bodega del edificio, en la cima del cerro que veían desde la ventana, y encaramados arriba de la lavadora, esperando que el centrifugado ayudara en la tarea de despertar al óvulo, al espermio o al Dios que anima las almas.

Incluso, aconsejados por un buen amigo, probaron suerte en una iglesia en el centro de la ciudad, justo frente al lugar donde Santa Rita de Casia, la mujer de los imposibles,   permanecía convertida en yeso, dispuesta a cumplir los deseos de quienes confiaran en ella.

Y allí, cuando el sol ya se había ido, hicieron de las suyas, tapados con un chal y encogidos sobre un viejo banco de madera que no paró de crujir hasta que terminaron con su encomienda. No pasaron inadvertidos. Algunos fieles los vieron y, aparentemente, también la santa, que un mes después permitió que el milagro se realizase y que los avezados amantes celebraran con unas copas de champaña la noticia de una nueva existencia.

En adelante fue todo un imaginario sobre la vida que se gestaba en el misterio de las entrañas. Fueron tardes enteras conversando sobre lo que sería para ellos el futuro, tanteando nombres, adivinando el sexo, tomando medidas de la habitación del nuevo invitado y fotografiando todos los días la barriga que crecía tanto como la felicidad de Camila.

Eso, hasta que el doctor diagnosticó pérdida del cuello uterino y mandó a la joven madre a guardar reposo para evitar un nacimiento prematuro.

Ella obedeció y Rafael estuvo siempre cerca y muy atento para que el descanso fuera absoluto. Debían llegar, al menos, hasta la semana número 38 y por eso pusieron a rezar a toda la parentela para que no se le ocurriera a la cría – ¡era una niña!- asomar su nariz antes de tiempo.

Y las cosas se fueron dando. Camila se mantuvo en cama durante tres meses, entreteniéndose con los bordados y leyendo libros sobre apego, niñez y autoestima, lactancia y el reciclaje del calostro, una tesis extraña pero que se estaba poniendo de moda. Y así lograron la meta propuesta.

Llegó el día del parto, pero no la que esperaban que naciera. Fue una semana en el hospital, pero no hubo caso. Ni el tacto, ni las caminatas, ni la ocitocina lograron que la creatura saliera iluminada por la luz que Camila iba dejando en el oscuro camino hacia la vida. Y cuando intentaron con la cesárea, como un hechizo la panza se puso dura cual caparazón de tortuga, impidiendo el paso del bisturí que llegó a partirse en dos.

Mientras los médicos se golpeaban la cabeza intentando explicar las razones de una guagua caprichosa, la pareja regresó a su hogar exhausta y atenta a cualquier señal de alumbramiento. Pero nada.

Al cumplirse los diez meses, el caso ya era noticia en el país. Cuando se cumplieron doce, el hecho se había convertido en un tema de interés mundial. Era un asunto obligado en noticiarios, comunidades científicas, círculos religiosos y agrupaciones veganas, que aseguraban que esto era producto de la ingesta desmedida de carne en las últimas décadas.

Todos estaban expectantes, menos Camila y Rafael, que a estas alturas sufrían por la desgracia.

Después de un tiempo, la madre decidió tomar el toro por las astas y comenzó a correr. Pensó que el ejercicio ayudaría a que la vida anidada en su vientre se convenciera de que ya era hora de salir a tomar aire fresco.

Compró zapatillas con un alto nivel de amortiguación, de pisada neutra y colores bien chillones. Se aperó con calcetines cortos y antitranspirantes, un short que le caía hasta la mitad del muslo y una polera de marca que dejaba ver su ombligo doblado hacia afuera.

Empezó tímidamente, con un trote suave por la manzana de su casa. Luego avanzó unas cuadras más allá, hasta completar los ocho kilómetros. El entusiasmo fue ganando terreno y terminó aplanando cuadras y cuadras, hasta correr quince kilómetros diarios. Pero a pesar de todo el ajetreo, ni una sola contracción.

Fue por más. Se hizo asidua a las maratones. Participó primero de las competencias locales y luego cruzó las fronteras para recorrer las calles de Buenos Aires, Sao Paulo, Boston, Nueva York, Londres, Montreal, Berlín, Tokio y Johannesburgo. Se convirtió en la primera mujer embarazada en finalizar las principales maratones del planeta y la única con 96 meses de gestación.

Y mientras Camila recorría ciudades, Rafael organizaba conferencias de prensa, entrevistas y apariciones en programas de deportes, farándula y ciencia. Hicieron de su vida un espectáculo.

Los controles de rutina eran su único cable a tierra. Cada seis meses visitaban al doctor para echar un vistazo a la diminuta rebelde, que se agitaba en la enorme barriga con la ingenuidad de un bebé y la obstinación de una mula.

Cuando se oían sus latidos, Camila soltaba una lágrima, que caía por el borde de su pequeña nariz y luego resbalaba por su mejilla, rodaba por su cuello, entraba en su escote y se alojaba en sus pechos rellenos que también lloraban. Entonces, Rafael apretaba su mano y contenía con ridícula hidalguía su propia tristeza. El médico, sin despegar la vista del monitor y restregando la gelatina helada sobre el abdomen de Camila, señalaba con voz clara: – todo normal.

Y esa normalidad continuó durante años. Camila abandonó las maratones por un artritis que tenía sus rodillas hechas añicos y los medios la abandonaron a ella cuando se enteraron de una muchacha que había parido un gato. “Eso sí que es extraño” – pensó la mujer.

La pareja se recluyó en su pequeño departamento de techos altos, piso de parqué y un balcón que daba a la avenida. Allí la mujer pasaba sus mañanas recostada sobre una silla de playa y sus pies apoyados en un piso de madera, tejiendo vestidos y chalecos que luego arrimaba en la pieza de servicio. Por las tardes salía a caminar a la plaza tomada del brazo de su esposo. Se sentaban en una banca frente a la pileta, ella con sus manos sobre la panza y él con su brazo largo cubriendo su espalda. Y allí veían morir los días. Y en las noches, tendidos sobre la cama, enredaban sus dedos y pedían por su sueño inconcluso. – llega pronto chiquitita – decían juntos y juntos se dormían.

Pero una mañana Camila no despertó. Rafael gimió como un perro viejo y después de hacerlo, inició los preparativos para el entierro. La cubrió con un vestido ancho que le llegaba hasta más abajo de sus rodillas, la perfumo con la colonia de todos sus amaneceres, cruzó a la plaza, arrancó unas flores del jazmín e hizo con ellas una pequeña corona que puso suavemente sobre su vientre.

Lo del cajón fue una anécdota aparte. En la funeraria debieron improvisar un ataúd más ancho y con una altura que doblaba la de los féretros normales. Así Camila, todavía con su barriga invicta, descansaría holgadamente bajo tierra.

Pero cuando comenzaba el descenso, se oyó un llanto ahogado, tembloroso e interrumpido.

– ¡Mi niña, mi niña! – exclamó Rafael, que detuvo la marcha hacia los cielos y se abalanzó sobre el sarcófago para abrirlo de un solo manotazo.

Y ahí, en medio de la muerte, apareció la porfiada cría, preciosa, con su boca clamando victoria y su piel arrugada, como de término.

El sacerdote, abrumado por el milagro, la tomó en brazos, la elevó por sobre su cabeza y la bautizó, dándole por nombre Rita, como la santa de los imposibles.

Y en el cajón, Camila, con una pequeña mueca, parecía sonreír.


Por Matías Carrasco.

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SIETE

siete

Don Gerardo, recostado sobre su cama y con el televisor encendido, tomó su teléfono y comenzó a marcar.

– Buenos días. Bienvenido a Electrodomésticos Thomson. Mi nombre es Judith Espinoza. ¿En qué puedo servirle? – se escuchó la voz de una mujer joven.

-Buenos días – respondió el anciano-. ¿Cómo está usted?

-¿En qué puede ayudarlo? – replicó la muchacha.

-Es una fría mañana, ¿no cree?

-Señor, no puedo perder el tiempo. Esto es un servicio técnico. ¿En qué puedo ayudarlo?

-Mmm…sí, entiendo. Es que solo quiero conversar.

-Lo siento. No podemos ayudarle – señaló amablemente la señorita-. Cualquier otro problema no dude en comunicarse con Electrodomésticos Thomson.

-¡No me corte! – suplicó Gerardo, acomodando su espalda sobre las almohadas. – Se trata de la lavadora.

-Sí, dígame. ¿Qué necesita? – respondió con aires nuevos la mujer.

-La compré hace algunos años, cuando estaba recién casado. En realidad, me la regalaron como obsequio de mi matrimonio. En esos tiempos era un verdadero lujo. Celebramos la boda con una fiesta grande y bien regada. Digo, con vino, vodka y whisky en gran cantidad. Josefina estaba radiante. El cura que nos casó dijo que era la novia más linda que le había tocado bendecir. Y yo pienso lo mismo. Estaba con un vestido blanco, bien ceñido a su figura y con su cuello descubierto. Su pelo largo caía como una cascada por su espalda y sobre su cabeza llevaba una corona de flores que hacía resaltar sus ojos grandes y expresivos. Yo no merecía tanto. Cuando caminaba hacia el altar parecía una reina de la Edad Media, y yo un bufón que simplemente la esperaba. Sentía que estaba en las puertas del cielo.

-Señor, por favor. Remítase a la lavadora – interrumpió la voz al otro lado del auricular-. ¿Qué detergente utiliza?

-Sí, discúlpeme. Es difícil su pregunta. Entre tantos colores y envases, se me hace imposible reconocer con qué tipo de detergente lavo mis pilchas. La verdad, nunca he lavado ni siquiera un calzoncillo. Era Josefina quien se ocupaba de esas cosas. Lograba sacar cualquier mancha. Por eso la quería. Ella era capaz de resolverlo todo. Yo no, Judith. A mi la vida se me hacía difícil y en cada obstáculo veía una montaña. Cuando Tomacito enfermó de meningitis, a mí se me apretó la garganta y me fui hacia adentro. Me quedé paralizado, de puro miedo a que se nos fuera a ir. Pero la Jose, mi chinita, cuidó del cabro con la fortaleza de un roble viejo. Yo solo me dediqué a trabajar como un buey, oculto de todos mis temores, esperando que pasara el mal rato. No me juzgue. Los cobardes tendemos a enterrar la cabeza como un avestruz.

-Caballero, agradezco su llamada, pero debo cortarle – señaló la joven mientras limaba sus uñas.

-¡Líquido! – se apresuró a decir Gerardo-. Me parece que es detergente líquido el de la lavadora.

-¿Y qué sucede con su máquina?

-Es que ya no enciende. Es como si se hubiese cansado de dar vueltas. Yo también me agotaría. En otra época giraba con ganas y el Tomi se paraba frente a ella, imaginándola como una nave espacial. Cuando se recuperó de su enfermedad, volvió a ser un niño despierto. La operación le dejó un surco profundo sobre su cabeza y parte de su nariz. Pero él siempre lo llevó con humor. Decía que un pájaro carpintero lo había confundido con un pedazo de madera. Y Josefina lanzaba una risotada y lo acunaba en sus brazos delgados pero fuertes. Definitivamente, ya no la revuelve tanto.

-¿La lavadora? – preguntó la ejecutiva.

-No, no. Mi hijo. Después del colegio se inclinó por Agronomía. Supongo que fui yo quien le mostró ese camino. Siempre me acompaño al packing y allí, colado entre las temporeras, elegía las ciruelas grandes para la exportación y echaba las machucadas y pequeñas a un lado para la venta en el campo. Eran tiempos donde la fruta dejaba buena plata y los productores pequeños podíamos financiarnos un buen pasar. Después llegaron las multinacionales y todo se fue enredando. ¡Imagínese cómo estaba yo! Un hombre hecho para las certezas y no para la incertidumbre. En las noches el pecho se me hacía un nudo. Pero la Jóse, rasguñaba con cariño mi nuca, susurrando palabras de ánimo y regalándome una paz como de tarde sureña.

Gerardo hizo una pausa, bajó el auricular unos segundos y miró por la ventana que daba hacia su pequeño y descuidado jardín.

-Señor… señor…¿está usted ahí?

-Aquí estoy, mi buena amiga. ¿A dónde voy a ir? – respondió el abuelo-. Es que la extraño tanto, Judith. Cuando el negocio se fue a pique, yo me fui con él. Me vino una depre que me dejó tumbado. Nos quedamos sin niuno. Usted sabe que un tipo sin trabajo es hombre muerto. Tomás ya vivía en Argentina y la Jose me cuidó como a un niño. Sí. Eso era. Un niño. Y ella se las arregló para parar la olla repartiendo quesos.

– Caballero – interrumpió otra vez la chiquilla-. ¿Revisó las mangueras de agua?

-Ah… ya… ya….la lavadora. No sabría decirle. Supongo que después de tanto tiempo esas mangueras ya no funcionan. Todo se va estropeando con los años, señorita. Incluso la lealtad. Yo nunca quise hacerlo, pero la supervisora del SAG me tenía vuelto un chiche. Era bien encachada y se asomaba por el campo para ver los cultivos y la cosecha. Y así, entre medio de los ciruelos le fallé a la Josefina. Me sentí mal, Judith. Yo no estaba hecho para engañar. Pero usted sabe, soy débil como la escarcha. Esa misma noche le conté a la chinita. Yo lloré más que ella. Terminó por perdonarme.

-Señor, discúlpeme, ¿va a querer agendar una hora para ir a revisar su lavadora? La visita tiene un costo de diez mil pesos.

-No tengo visitas hace tanto tiempo que feliz la recibiría por estos lados – señaló el anciano-. Pero mi pensión es tan diminuta que no tengo cómo pagarle. Si hubiese estado la Jose, la recibiría con un pie de limón hecho en casa y la mesa bien puesta. Yo le ofrezco un té con azúcar rubia y unas tostadas con mantequilla. ¿Se anima? Aquí podemos conversar y celebrar juntos a la Jose. Hoy se cumple un año desde que se fue y quiero recordarla. En mi velador están sus cenizas. Son como de pucho, pero son las de ella. Yo pedí ver toda la cuestión de la cremación. Estiraba las piernas como si estuviera viva. Por un momento pensé que volvería otra vez conmigo y me puse contento mientras mi chinita se iba achicharrando. A veces tomo su caja y huelo ese polvo negro. Y otras, lo esparzo sobre las palmas de mis manos para sentirla cerca. Su piel era suave como el musgo mojado. ¡Ay, Judith! – exclamó el viejo-. No sabe cuánto duele haberla amado tanto.

-Si usted quiere – señaló Judith con voz dulce- yo podría estar ahí mañana a las 09.30 horas. Bastaría con una taza de té bien caliente. De la marraqueta no se preocupe. Estoy a régimen y me haría un gran favor si no me ofrece nada más que su compañía. Me sentiría muy honrada de recordar con usted a su querida Josefina. Además podría aprovechar de darle un vistazo a su lavadora – sonrío la muchacha.

-Es usted muy amable. No sabe cuánto se lo agradezco. La esperaré mañana con el agua hervida. Preocúpese de tocar bien fuerte la puerta, eso sí.

-Lo haré como usted dice, Don Gerardo. Finalmente, en una escala de uno a siete, ¿qué nota le pondría al servicio de la empresa? – preguntó la muchacha retomando el protocolo.

-Un siete Judith. Póngale un siete.

-Muchas gracias por llamar a Electrodomésticos Thomson.

La joven finalizó la llamada y el anciano se paró lentamente de su cama para preparar el desayuno del próximo día.

 


Por Matías Carrasco.

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