DEMASIADO

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Busqué el significado de la palabra “demasiado”. Indica una cantidad, número, intensidad o grado mayor del necesario, del que se esperaba o del que se considera conveniente. Esa es la respuesta. Hay otras, pero apuntan a lo mismo. Y pienso que Chile se ha vuelto “demasiado”. Quizás el mundo. Hay cierta perplejidad flotando en el aire. Nadie sabe muy bien para dónde va la micro, qué hacer o qué diablos decir. Mi hipótesis es que estamos haciendo las cosas “demasiadamente”. Es decir, con una fuerza y un volumen desmedido.

Todo se ha vuelto “demasiado”. Demasiado ruido, demasiada virulencia, demasiada liviandad, demasiada tecnología, demasiada corrección, demasiada seriedad, demasiado patriarcado, demasiado feminismo, demasiada exhibición, demasiada rigidez, demasiada pulcritud, demasiado consumo, demasiado.

Demasiado es excesivo y lo excesivo, según la RAE, se sale de la regla. Es la piscina desbordada. Y cuando estamos llenos, no cabe nada más en nosotros. Ni siquiera el deseo. ¿Qué podemos desear si estamos saciados en abundancia? Demasiada información, demasiados estímulos, demasiados whatsapp, nos tienen con el alma a punto de rebasarse.

Es importante volver a las medidas. Un dosificador podría arreglar el problema. Pero no se ve mucho en el horizonte. Los líderes también actúan “demasiadamente”. Basta verlos discutir en el Congreso o intercambiar declaraciones – siempre subidas de tono, siempre descuadradas- a través de las redes sociales o de los medios de comunicación. Demasiada ideología, demasiado populismo, demasiado cálculo mezquino.

Incluso las causas, varias nobles y justas, también se asumen con el ímpetu y la vehemencia de la demasía. Algunas, tanto se han pasado de rosca, que solo giran sobre sí mismas, sin dejar espacio a la divergencia, a los matices y al pensamiento.

¿Cómo combatir tanta demasía?

Vuelvo al diccionario. Esta vez en busca del antónimo. Me encuentro con la escasez. Existencia limitada e insuficiente de algo, especialmente si se considera necesario. Sin duda la ausencia y la privación nos enseña. A extrañar, a valorar, a desear, a crear. Pero es dura. Puede que la escasez también sea una solución exagerada.

Quizás se trate de intentar vivir “menosmente”. Menos ruido, menos virulencia, menos tecnología, menos whatsapp, menos rigidez, menos fanatismo, menos estímulos, menos.

Pero eso no lo encontraremos en la mitad de un país que se ha vuelto “demasiado”. Habría que buscar en el silencio, en los ojos de un niño que duerme, en un abrazo largo, en un perro moviéndonos la cola, en un beso que nos ciega, en el aroma de las fogatas, en la mano de un hijo apretando la nuestra, en una mirada que se queda contigo, en una carcajada, en alguien que recuerda tu nombre y pregunta por tus desvelos, en el agua de todas las mañanas o recolectando piedras frente al mar.

Tal vez, en ese hallazgo, en esa intimidad extraviada, descubramos que en lo poco ya tenemos demasiado.


Por Matías Carrasco.

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POR ESO LLORAN

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Lloran los medallistas de los Juegos Panamericanos. Es que han sido años de esfuerzo y sacrificio, repiten con la voz quebrada. Por eso lloran. Porque al fin, después de tanto, de las madrugadas, del frío, de las lesiones, de sentirse solos, de saberse ignorados, del fracaso, de las pellejerías, de los viajes, de la exigencia y de un persistir monótono y porfiado, han recibido su premio. Por eso acarician sus medallas, mientras les tiembla la pera. Saborean el triunfo, el logro, el éxito, pero sobre todo, la felicidad.

Lo suyo no es un chispazo ni un azar. Es la cosecha de una siembra que debió lidiar con la tierra, el clima y los pájaros pedigüeños. Seguro lloraron antes. Pero de rabia, de frustración y de injusticia. ¿Cuántas veces habrán pensado en abandonar sus carreras? ¿Cuánto aguantaría uno dando vueltas en un circuito que nadie ve, que nadie reconoce y sin ningún solo like? Pero allí estuvieron los que patinan, los que reman, los de las bicicletas, los que andan sobre el agua, los que luchan, los que golpean una pelota, los de buena puntería y los que levantan decenas de kilos, porque saben cuánto pesa la vida. Han caminado mucho antes de llegar al podio. Por eso lloran.

No es la felicidad de una buena selfie o de un tweet compartido. No es la rápida ni la instantánea. Es la que se recorre, la que se anda a pie pelado, la que se empina y la que cae, a la que cuesta llegar. Es el deseo que debe ser conquistado. Como dice el siquiatra, Ricardo Capponi en el libro Felicidad Sólida, es la felicidad que se pedalea.

Es una mala noticia. Al menos, una nota agria para quienes piensan que la felicidad puede ser transitada en una autopista pavimentada y sin desvíos. Pero la felicidad es con llorar. Ahí está la prueba. En los medallistas de ojos aguados.

Vale la pena leer a Capponi. Pone un contraste en una sociedad que no quiere ver contrastes. Solo por eso es importante tomárselo en serio.   De acuerdo a su mirada, la felicidad no estaría en el lado brillante de la luna – en donde muchos buscamos (tal vez porque hay luz)- sino en la oscuridad de nuestras emociones negativas. Quien logre lidiar, elaborar y depurar la rabia, la tristeza, el miedo, la angustia, la culpa, la repugnancia y el aburrimiento, estaría más preparado para la vida y la felicidad. Por el contrario, quienes intenten ignorar o negar los achaques de la existencia, correrían el riesgo de perder la carrera, el podio y las medallas.

Ellos y ellas lo saben. Mascaron lauchas antes de mascar el oro, la plata y el bronce. Por eso lloran. Pero también lo hacen por gratitud. Agradecen a sus familias y a quienes estuvieron alentando, inclaudicables, en lo luminoso y en las penumbras. Y ahí hay que estar. Abrazando al cabro pataletero. Conteniendo los embistes del adolescente. Acogiendo el malestar de quien amamos. Enseñando, al fin, que la noche también alumbra y que aún con ira, dolor, frustración o miedo, hay algo, hay alguien, hay un vínculo inquebrantable. ¿Qué más se puede pedir?

Es difícil pensar en esto en la época de lo inmediato, de los atajos y en la ilusión de una vida sin repliegues. Quizás por eso el llanto de los campeones aparece como una flor en el desierto. Como advirtiéndonos de algo. Como un anuncio que debemos atender: también llora la felicidad.


Por Matías Carrasco.

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Papá

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El mismo día que mi padre perdió el trabajo, comenzó a escribir. Rescató de la bodega una máquina Olivetti y levantándola sobre sus hombros la mostró como un trofeo. Ésta nos dará de comer, prometió. Mamá lo miró con ternura. Y con esa misma ternura despejó la pequeña mesa al fondo del comedor, justo bajo la ventana. Entonces necesitarás un lugar donde inspirarte, dijo dando unas palmadas sobre la cubierta. Se abrazaron, sintiéndose más vivos que nunca.

Lo de papá era como un rito. Se levantaba a las seis, desayunaba un vaso de agua y dos tostadas bien quemadas. Volvía a la habitación, despertaba a mamá con un beso en la frente, se daba una ducha corta y se vestía con sobriedad. Un pantalón de cotelé grueso, una polera oscura, un chaleco beige con botones café, calcetines grises y los viejos zapatos de cuero negro y gastado. A veces, solo a veces, cambiaba su polera por una camisa blanca o una camiseta azul de manga larga. El resto, a excepción de los calzoncillos, supongo, se repetía como se repiten los amaneceres. Después, se instalaba en su silla, ponía una hoja en el rodillo de la Olivetti y comenzaba el “tic, tic, tic” de todos los días. Lo recuerdo interminable. Es la única imagen que tengo en mis oídos. El “tic, tic, tic” dibujado como una sombra eterna.

Papá pasó meses sentado delante de las teclas. Yo le veía su espalda. Parecía la de un orangután encorvado sobre alguna presa, con sus hombros subiendo y bajando, en una reñida lucha con las palabras. De repente, levantaba su cabeza y se ponía a mirar hacia afuera. Podía pasar horas así. Al mediodía, mamá le dejaba un plato de comida y a eso de las cuatro, una taza de té. En las noches cenábamos juntos y papá nos entretenía con las historias que iba inventando. Mamá nunca perdió el asombro. Siempre le sonreía.

Ocasionalmente, papá salía para hacer algún trámite. Yo aprovechaba esos momentos para acercarme al escritorio y echar un vistazo. Había allí todo un mundo imaginado. Papeles vacíos. Papeles rotos. Papeles repletos. Papeles ordenados y en el suelo. También letras. Letras juntas y letras solitarias. Siempre pensé que la Olivetti, tan quieta y tan intacta, estaba viva. A mí no me engañaban. Ella y papá tenían un trato. Ella vivía para él y él se desvivía por ella. Seguro por las noches, cuando mamá dormía, él la llamaba Olivia y tecleaba su nombre con el silencio de los amantes.

Una tarde, papá se levanto repentinamente de la silla, giró, nos miró con los ojos excitados y dio por terminada su andanza literaria. ¡Ya está!, dijo. Alguien tendrá que leer tanta cosa escrita, remató. Mamá dio un grito, como aliviada. Esa noche los escuché gimiendo de alegría. Ella le decía “Borges” y él le celebraba su piel “suave como el hielo”. Yo hundí mi cabeza bajo la almohada.

A pesar del optimismo, las cosas se fueron dando de otra manera. Papá cambió la lucha con las palabras por una agónica batalla con las editoriales. Sus textos fueron rechazados, una y otra vez. Ni siquiera le respondían sus mensajes. Se fue acabando su entusiasmo, y con él, las formas de ganarse la vida. Fue entonces cuando volvió a su promesa. “Ésta, nos dará de comer”.

Reconozco que fue extraño. Sobre todo al principio. Si mascar un papel es dificultoso, el sabor de la tinta resulta aún más desafiante. Pero el hombre es un animal de costumbres. Y nosotros, nos fuimos acostumbrando. Desayunábamos, almorzábamos y comíamos los apuntes de papá. La primera vez que lo hicimos, nos miramos como cómplices a punto de cometer un atraco. Con dudas, con miedo y con sospecha. Pero ya está. Lo hicimos. Y el sabor de los textos se fue adecuando a nuestro paladar. Mejor dicho, nuestras lenguas fueron amansando las palabras.

Después, se transformó en un vicio. Casi como una droga, nos volvimos adictos. Cuando comíamos los versos de papá, se posaba sobre nosotros una atmósfera tranquila. Estábamos como idos, engullendo lentamente. Eso ocurría los lunes y martes. Así lo definió mamá, en un menú improvisado con lápiz mina pegado en el refrigerador.

Los miércoles y jueves eran mis preferidos. Tocaba cuentos. Y papá escribía con ritmo, ágilmente. Vi a mamá atragantarse más de alguna vez con una coma. A mí me costaban los puntos suspensivos. Tenía que sacármelos de entre los dientes. Los ánimos podían cambiar en una misma comida. Era como esos lugares con un microclima, donde aparece el sol, luego la lluvia, otra vez el sol. ¡Imprevisible! Eso tenía papá. Podía ser una montaña rusa. Reíamos devorando los primeros párrafos y podíamos terminar llorando, abrazados, masticando el final.

Los sábados y domingos eran tiempos de novela. Ahí la cosa se alargaba. A mí me parecía todo muy lento. Y cuando me quejaba de la comida, papá se ponía triste y mamá le acariciaba el lomo, mirándome con cara de enojada, pero como de mentira. Solo podía levantarme al final de un capítulo. Pero habían capítulos inacabables. No me gustaban las novelas. Sabían a champiñones.

Los viernes eran especiales. A mí me servían cuentos, solo para dejarme tranquilo. Pero papá y mamá comían otra cosa. Lo fui descubriendo de a poco. A mamá se le ponían rojas las mejillas y papá le acariciaba la pierna por debajo del mantel. A veces, con el plato a medias, salían corriendo como un par de adolescentes a la pieza. Yo aprovechaba de mirar los restos que dejaba mamá y encontrar allí algunas palabras enredadas en el tenedor. “…usted y su mar, usted y su orilla, deme permiso para varar como una ballena despistada y hundirme de a poco en sus arenas”. Los viernes dormía, otra vez, con la almohada sobre la cabeza.

Cuando faltaba la comida, volvía el “tic,tic,tic” (como una sombra eterna) y aparecían unos sonetos de aperitivo o un ensayo que lo tragábamos como crema por su espesura. Y, obvio, también lo de siempre: poemas, cuentos y novelas. Engordamos con las letras de papá.

Hasta, que encontró trabajo.

Debo aceptarlo, le dijo a mamá. Ella lo abrazó. Esta vez, como una derrota. El rito se convirtió en otro rito. Las seis, el agua y las tostadas, el beso en la frente, la ducha corta, la ropa sobria, el bolso al hombro y la manilla. Volvimos a la carne, a las legumbres, al arroz, al pescado, a los tomates y a la lechuga.

En la mesa, papá contaba de su jornada. Mamá escuchaba, aún con asombro. Yo los seguía con los ojos bien abiertos, mientras echaba disimuladamente a mi boca los pedazos de un cuento olvidado bajo la ventana.

 


Por Matías Carrasco.

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LA CONSECUENCIA

 

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Varios análisis se han realizado de la comentada intervención de una profesora a la Ministra de Educación, Marcela Cubillos, en el Cementerio General. Se ha hablado de si la acción de la académica es digna de algún tipo de reproche moral o si debe ser aplaudida – como lo ha sido- por representar la voz de aquellos que se han sentido marginados o desconsiderados de la discusión pública.

Pero esta noticia, también nos regala un ángulo que me parece valioso rescatar. Tras el hecho, la misma profesora señaló que “me encuentro con ella y lo más consecuente que siento que puedo hacer es increparla”. Aparece aquí la palabra consecuencia. Y se devela como una fuerza incontrarrestable, que empuja a la maestra a enfrentar, cámara en mano, a la autoridad. No se pregunta si lo más adecuado o lo más pertinente sea abordarla en el camposanto, sino más bien, es la consecuencia, esa proposición o idea que se deduce lógicamente de otra o de un sistema de proposiciones dados, lo que la lleva a hacerlo.

Algo me pasa con la palabra consecuencia. Me suena a rigidez, inmovilidad, cerradura, blindaje y encierro. Sin embargo, tiene buena fama. Ser consecuente con las ideas que se piensan, parece a uno elevarlo a otro estado. Lo contrario, poner en duda lo que se dice o se razona, sería señal de traición y debilidad. ¿Es eso cierto? Pienso que no.

Vivir la consistencia como si fuese un mantra o una conducta heroica, es algo así como saberse conocedor de la verdad, con mayúscula, y abrazarla sin miramiento alguno. Los fanáticos, saben de eso. Alguna vez escuché a un amigo decir que la certeza está a un paso de la locura. No hay mucho que hacer con aquel que se cree Napoleón, me decía. Sin embargo, la duda, tan menospreciada en estos tiempos, nos permitiría abrir la cabeza, pensar, cuestionarnos y ver el mundo en toda su complejidad. Pero dudar, es también, signo de que las rodillas tiemblan.

Una buena parte de los que plantean la consecuencia como un horizonte, son también aquellos que no se arrepienten de nada. Y lo dicen así, con el pecho inflado y con orgullo. Arrepentirse sería, entonces, ¡otra vez!, cuestión de cobardía. Pasa también con los conversos, aquellos que militaban a un lado de la política y, luego, cambiaron de opinión. Ellos y ellas se irían, definitivamente, al infierno. Morir con las botas puestas, en cambio, nos asegurará las llaves del cielo.

Pero yo confío más en aquellos que flaquean, tiemblan, se arrepienten y dudan. Deduzco que están más conectados con lo que los rodea, las calles, los peatones, las esquinas, los pájaros y sobre todo, principalmente, otras vidas. Algo los hizo abrirse a la pregunta. Alguien, seguramente alguien, los hizo increparse – sin cámaras, sin público- a sí mismos. Ver el paisaje de siempre, es aburrido. Mirar el árbol desojarse y volver a florecer, es mágico. Mi hija me lo recuerda camino al colegio. ¡Mira papá, ese árbol está pilucho! Fascinante. El mismo árbol, el del mismo lugar, el de todos los días, ha cambiado.

¿Es la consecuencia, entonces, un valor indeseable? No. Por supuesto que no. Pero antes de eso, mucho antes de la coherencia, debe estar el pensamiento y la posibilidad de escudriñar en él, revisarlo, ponerlo en contexto, y ojalá, mantenerlo siempre con el espíritu de un niño: travieso, curioso y abierto a un mundo nuevo.


Por Matías Carrasco

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ADVERTENCIA

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En el Chile de estos tiempos, vociferante y excitado, ha surgido una nueva clase de personas: los buenos. A ellos y a ellas los podrá encontrar en todas partes. En un bar, silbando en la calle, escribiendo esta columna, comentando esta columna, en la televisión, en la radio, en las redes sociales y en los diarios. También en el Congreso, en las iglesias, en el estadio, en una marcha, haciendo barricadas, en una sala de clases, en una comisaría, quemando una comisaría, o fumándose un pitito en el recreo. Los hay ateos y creyentes, de derecha e izquierda, viejos y jóvenes. Da igual. Seguro que conoce más de alguno.

Los hombres buenos y las mujeres buenas, se caracterizan por ser una especie lúcida, como venida de otro planeta. Son vehementes, apasionados y de convicciones inclaudicables. El bueno tiene la verdad por el mango y sabe exactamente cómo se deben hacer las cosas. Además, nos enseña qué decir y qué callar. Son como el maestro chasquilla del siglo XXI. Conoce y opina de todo, como si fuese un experto, aunque finalmente solo repare cañerías gastadas.

Los buenos son la única raza sin conflictos ni contradicciones. Por eso se espantan frente a las miserias y pellejerías del hombre moderno. Ellos y ellas, sufren por esta sociedad – maloliente y en picada- que otros han construido. Porque el bueno tiene que encontrar siempre algo putrefacto, una causa que levantar, porque si no, ya no es bueno.

Pero traigo malas noticias. Los buenos no son tan buenos. Lo descubrí hace un tiempo, mientras alimentaba los peces de mi acuario antes de salir a marchar por las gallinas. Pensaba que estaba salvando al mundo, pero con suerte alcanzaba a salvar mi propio ego. Es bueno sentirse bueno. Uno se va llenando la cabeza de fantasías salvíficas y otros te adulan por ser algo así como el mesías.

Se anda más suelto por la vida cuando uno se ubica del lado brillante de la luna. Allí, hay luz y no sombra. Como en un escenario, te maquillas, te enfocan y te aplauden. La sangre corre como en una arritmia y el corazón se infla. El bueno se eleva y como un globo se va dejando llevar por los vientos del otoño.

Pero los buenos no son tan buenos. Perdone que le embarre el día, pero es la noticia que he venido a traer. Ni usted ni yo, amigo lector, somos Gandhi. Tampoco él, era tan bueno. Ni los ecologistas, ni los activistas, ni los feministas, ni los columnistas, y tampoco los defensores del pingüino de Humboldt, son los hombres y mujeres justos y cándidos que juran ver frente al espejo. Cruzar a un ciego en la calle o abrigar a un quiltro en un día de lluvia, no nos libra de ser, simplemente, humanos.

Está bien luchar. Está bien manifestarse. Está bien creer. Está bien dar la vida por lo que consideramos justo. Pero no estaría nada de mal, que de vez en cuando, los buenos se miraran a sí mismos, no para fotografiarse o celebrarse (otra vez), sino para buscar entre sus ropas perfectas, alguna hilacha suelta o algún botón descosido. ¿A quién no le ha pasado?

Cuentan que, en la Antigua Roma, cuando un general regresaba de una batalla y caminaba victorioso por las calles, entre vítores y alabanzas, tras él un siervo le soplaba en el oído:“Respice post te! Hominem te esse memento!“. Algo así como: “mira tras de ti y recuerda que eres un hombre y morirás”.

Quizás, los buenos debieran encargarle a su sombra, que les diga suavemente – cada tanto- “recuerda que también vas al baño, como los hombres buenos y malos”.

Insisto. No se enoje conmigo. Yo solo vengo a hacer esta advertencia. Me la encargó un tipo normal, quitado de bulla, que está cansado de sentirse malo, inmoral y mediocre, bajo la sombra gigante del hombre bueno.


Por Matías Carrasco.

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32 DE AGOSTO

ACER

El 32 de agosto era el día de los imposibles. La noche iluminada, las ratas flotando en el aire, el vigía dormido, las palabras mudas, el fuego congelado, los huecos repletos y personas reales que sin embargo no existían, anunciaban la jornada en donde las cosas se iban dando fuera del tiempo y de todo mundo conocido.

La derrota cantaba victoria y la muerte, esa sombra permanente, se sacudía de sus tumbas para volver a la vida. En el día de lo inimaginable, los cementerios abrían sus puertas mucho antes del amanecer. Cientos iban siguiendo el olor a los huesos que añoraban. Unos traían botellas de vino; otros, guitarras y tambores, como celebrando una romería; varios llevaban colgando del cuello una cámara de fotos para inmortalizar a los mortales. Ninguno, cargaba flores.

Los despojos y las cenizas se reunían como el mercurio. Aparecían como topos desde la tierra, bajaban como arañas de los mausoleos. Los muertos ya no estaban muertos y festejaban con abrazos eternos el reencuentro con los que dejaron atrás. Era una fiesta imposible.

En el último respiro de agosto, las cárceles crujían con el primer susurro de la mañana. Asesinos, ladrones, sicópatas, narcotraficantes y violadores hacían filas silenciosas que cruzaban los pasadizos oscuros en donde solían rumiar sus pecados. Ordenadamente se situaban uno tras del otro, con la vista pegada en el piso y algún pertrecho colgando de la mano, esperando ansiosos la ilusión de una libertad pasajera. Ante el silbido de un gendarme, se abrían las macizas rejas de fierro para dar paso al desfile de presos sonrientes. Y como una escena de fin de guerra, se sucedían las imágenes de hombres abatidos llegando a casa. Pero todo se detenía, las bocas y el viento, las horas y las arenas, cuando la madre cautiva volvía a acurrucar a su hijo acostumbrado a las ausencias.

Más allá, en los bosques, en las montañas y en los desiertos donde se libran las batallas más cruentas, una paz se instalaba con la delicadeza de una mujer elegante. Los soldados dejaban los fusiles y las bayonetas, los tanques y las trincheras, y salían al encuentro del enemigo que también caminaba desarmado y con aires de tregua. Compartieron las petacas de whisky, las latas de comida, chocolates en barra, sus nostalgias, sueños y el horror de la guerra. Rieron de buena gana, lloraron como niños y entonaron marchas militares balanceándose bajo un sol imposible.

El 32 de agosto, Berta me recibió como cada año. Los ojos chispeantes, el pelo tomado, los aros de perla, la pollera gris y ese ademán alegre que me daba la bienvenida. Más adelante, el sendero de maicillo, los ciruelos y el jardín desmemoriado. Yo llevaba puesto mi chaquetón verde oliva, como la revolución, una barba a medio andar y mis zapatos cafés de caña alta. En el bolsillo, el libro que tanto le gustaba.

Crucé la huerta, crucé el rosal y crucé con la mirada otras miradas que también estaban allí para batirse a duelo con el olvido. Y debajo de un acer japónico, sentada sobre una banca de madera, estaba ella.

– Gustavo -me dijo, como dando un pequeño salto.

Me nombró y sentí otra vez el corazón agitarse, otra vez el agua en la pupila y otra vez esa emoción como de mil esperanzas. Sus besos llovieron como la miel y sus cariños como la resina de un árbol resucitado. Me pellizcó las mejillas con sus manos viejas, me preguntó por la Mercedes, por Manuel y la Tamarita. También por el asunto de la casa, los clientes, mi diabetes y las siembras del campo.

– Leamos, vieja – le propuse sacando las preguntas de Neruda que traía en el bolsillo.

Y ahí, como en una pausa de oro, cubiertos por las hojas anaranjadas, el poeta nos regaló un momento sagrado.

– ¿Qué distancia en metros redondos hay entre el sol y las naranjas?.

– Mil quinientos zorzales – respondió mi madre.

– ¿Cómo se llama la tristeza en una oveja solitaria?

– No hay ovejas solitarias – me advirtió, como si hubiese hecho un descubrimiento.

– ¿Cuántas preguntas tiene un gato?

– Las mismas que sus siete vidas.

– ¿Si se termina el amarillo, con qué vamos a hacer el pan?

– Con azul, Gustavo. Ese con que hacemos la mantequilla – lo dijo entre carcajadas.

– ¿En qué ventana me quedé mirando el tiempo sepultado?

Y una brisa como traída de otra parte, nos dejó en silencio.

Esa tarde comimos almendras, jamón y manzanas rojas. Con el primer viento frío, nos despedimos en el calor de dos cuerpos enredados.

Cuando cayó la noche, también cayó ese soplo pesado y fúnebre que precede a todo final que no quiere sucumbir. Como un hechizo roto, se fue desvaneciendo el día de los imposibles. Los muertos volvían a abrigarse con sus lápidas, mientras sus deudos abandonaban la tierra difunta con una mezcla de resignación y melancolía.

Con la fuerza de un imán, los prisioneros fueron arrastrados hasta sus celdas fétidas, amontonados como perros, aullando sus condenas. Las madres volvían sigilosas, como sin voz ni alma. Solo bajo las frazadas de sus colchones húmedos, se les escuchaba bramar de pena.

Un huracán arrancó a los batallones de su paz, lanzándolos en sus escondites, entre los helechos de la selva, en lo alto de una cima bombardeada y en las cuevas donde cargaban sus armas. Los tanques iniciaron la contienda con sus bolas de fuego y los hombres volvieron a sentir el absurdo miedo de la guerra.

Yo, caminaba de regreso a casa por las mismas calles de todos los días, con mi chaquetón verde y el libro en el bolsillo. Mi vieja, sentada sobre su cama, masticaba las últimas almendras, ahora con la mirada extraviada, las palabras perdidas y el olvido habitando en su cabeza.


Por Matías Carrasco.

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POR MÁS QUE LA QUERAMOS

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Fui educado en un colegio de la Compañía de Jesús. En mi familia hay dos jesuitas, tíos abuelos, que tuve la suerte de conocer. Uno intelectual, el otro, un cura obrero. Me casó un sacerdote jesuita, viejo y buen amigo. Seguimos en contacto hasta hoy. De joven, participé durante años de una comunidad guiada por otro jesuita, a quién le guardo gran estima y afecto. He colaborado en distintas tareas con la congregación. He estado en sus casas, compartiendo con varios de ellos. Se cocina bien por esos lados. Siempre he sentido una gran simpatía por los “soldados de Dios”, por su impronta justiciera, por su apertura, por sus pies en el barro, por la valentía, porque hacen ruido, por esa mirada desde las fronteras. Les agradezco ese sello.

Escribo hace años de la Iglesia Católica. Es un tema que me inquieta y apasiona. ¡Se tejen tantas historias adentro del templo! Historias de acogida, compasión, misericordia, entrega, salvación, sentido, resurrección, alegría y vida. Pero también de poder, miedo, subordinación, hipocresía, sinsentido, discriminación, muerte y sufrimiento. Es ese contraste el que me hace volver una y otra vez sobre el mismo tema. Es ese doblez, esencialmente humano, el que me rebela y, misteriosamente, me hace pertenecer.

He escrito de Karadima y de otros abusos dentro de la Iglesia. Me he referido a la necesidad de que los laicos levanten la voz y asuman una postura crítica respecto a los delitos que hemos visto pasar. He invitado a apoyar a las víctimas y a no dejarlas abandonadas como alguna vez – varias veces, en realidad- lo hemos hecho. Pero hablar de Karadima, sin conocerlo, sin siquiera tener un vínculo con la parroquia de El Bosque, es una cosa. Referirse a los crímenes que ocurren en la propia casa, es otra.

Anoche vi el testimonio de Marcela Aranda, la denunciante del sacerdote Renato Poblete, estandarte de los jesuitas en Chile. Tal vez, el segundo después de Alberto Hurtado. Recordé el reportaje de Informe Especial en 2010, cuando Hamilton, Cruz, Murillo y otros, destapaban el caso Karadima. Esos ojos no mentían. Los de Marcela tampoco. Habló de Poblete, de violación y de abuso sexual con fuerza excesiva. No solo él, también “sus amigos”. Habló de las denuncias a la Compañía, sin respuesta. Recordó ocho años de martirio y de tres abortos que el jesuita le habría obligado a realizar. Habló de su vida destruida, de sus afectos rotos, de una historia truncada por el abuso. Hay más de diez denuncias en contra del ex director del Hogar de Cristo.

Es tentador mantener silencio. Por respeto a mis amigos jesuitas. Por respeto a la iglesia de la que formo parte. Por respeto a quienes conocieron y admiraron a Poblete. Para no hacer leña del árbol caído. O por último, para no meterme en problemas. Me han hablado de prudencia, de plantear estos asuntos en privado, como si se tratara de mi propia madre. De evitar hacerlo en público. Eso divide. Eso no se hace. Eso es traición.

Pero no puede ser el miedo, el prestigio o la imagen de la Iglesia lo que nos impida abordar estos temas abiertamente. Tras esa cortina, está el sufrimiento, la angustia, el terror e incluso las muertes o intentos de suicidio de aquellos que viven, están viviendo o vivirán el zarpazo hondo de un abusador.

He visto a personas alejarse de la iglesia. Gente de una profunda búsqueda espiritual. Han salido más allá de sus murallas, decepcionadas, dolidas, hastiadas. Pienso que no es solo por los delitos. Es también por el silencio, por la ceguera y por ver a una iglesia atrincherada, defendiendo con uñas y dientes una “verdad” que le impide entrar al mundo de hoy, con ojo sensible y humano. Yo por eso también cuelgo del farellón.

Cada cual hará lo que le parezca. Pero pienso que no es bueno que los laicos callen. Tampoco es bueno que pierdan el asombro. El dolor ajeno debiera escandalizarnos mucho más que una catedral en llamas. Mucho más que una iglesia desplomada. Mucho más que una congregación, por más que la queramos.


Por Matías Carrasco.

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