ESO, NO SE HACE

Algunos han venido insistiendo – sobre todo desde la izquierda- que nada se saca condenando la violencia. Postulan que la destrucción que hemos visto en el último tiempo y más puntualmente en el primer aniversario del 18 de octubre, sería fruto de una fuerza propia o de una masa incontrarrestable, que no cesará por lo que diga o deje de decir un puñado de jóvenes o viejos políticos.  “No quiero que haya violencia, no contribuye a la solución de los problemas, pero esa condena moral desde el privilegio no contribuye a detenerla” – dijo hace un par de días el diputado Gabriel Boric, de Convergencia Nacional.

Varios se apuran en señalar – con razón- que lo importante es atender las causas del malestar que antecede a la violencia y buscar las soluciones que apacigüen el malestar. Pero lo hacen como si se tratara de un binomio: causas o condenas (no ambas).  Dicen que exigir condenas a la violencia, no sería más que un oportunismo de la derecha, un esfuerzo inútil y sin sentido.  

¿Será tan así? ¿Realmente no sería gravitante el cuestionamiento a la violencia que se pueda hacer desde la elite y la sociedad civil?

Para responder a esta pregunta, utilizaré el ejemplo contrario. Azuzar o celebrar la violencia, ¿ayudaría a perpetuarla? Legitimarla con vítores y homenajes, ¿permitiría que subsista? Aplaudir a un muchacho que lanza una bomba molotov ¿lo incentivaría a lanzar otra y otra y otra más? Pienso que sí. Los seres humanos funcionamos sobre la base de la aprobación y el reconocimiento. Si nuestras acciones son debidamente destacadas, es probable que se repitan en el tiempo. Si doy un discurso en medio de la Plaza de Armas y recibo de vuelta una fuerte ovación, es razonable pensar que volvería a mi casa contento e imaginando las líneas de una nueva prédica. Por el contrario, si nuestros actos son desaprobados a la vista de todos, si en vez de la aclamación hubiese obtenido una pifiadera, insultos y algunos tomates volando por el aire, seguramente saldría de allí corriendo con la firme promesa de no volver a intentarlo.

No hay nada nuevo en lo que digo. Es más bien, obvio. El problema es que es tal la confusión en la que andamos, que los ejes se nos extraviaron. Se mezclan las cosas. Se enredan las causas que generan una reacción (en este caso, la injusticia, la desigualdad, entre otros), con el acto que le sigue (un comportamiento violento o vandálico).  La sensibilidad (¡bienvenida sensibilidad!) respecto a las razones que encendieron el estallido,  parecen ablandar la mirada, el juicio y la reflexión de la violencia que le siguió y que permanece entre nosotros. Es por eso también que algunos evitan cualquier condena a la violencia para no “criminalizar el movimiento”.  Otra vez, la confusión.

El rol de padres ayuda en este tipo de análisis. Pienso en mis hijos. A veces se pelean entre ellos o con amigos. A veces, se golpean. Y cuando eso ocurre, intervenimos – su madre o yo- para separarlos, escucharlos y llegar siempre a la misma conclusión: “eso (lo del golpe) no se hace”. Incluso, cuando hay razones de sobra para haber dado un manotazo, insistimos: “eso, no se hace”. Les explicamos que sentir rabia está bien, que gritar está bien,  que incluso el deseo de querer golpear al otro puede ser permitido. Pero que existe – querámoslo o no, nos parezca o no justo- una barrera que no puede ser transgredida, aún cuando veamos todos los días, en Chile y en el mundo, que ese límite se sobrepasa. Todavía así, es necesario machacar: “eso, no se hace”.

La condena a la violencia es relevante – aunque no suficiente- porque educa, forma, orienta y nos recuerda una frontera social que no debemos permitirnos cruzar.  No al menos para quienes quieren vivir en sociedades civilizadas, modernas y democráticas. Eso no quita la urgencia y relevancia de atender las causas y rectificar el camino – con transformaciones profundas, duraderas y participativas (los ritos son importantes)- que hagan de Chile un país más justo, equitativo y en paz.

Por Matías Carrasco.

Estándar

CRÍTICA DE LA VÍCTIMA

Se ha hablado mucho del episodio del diputado Hugo Gutiérrez. Es sin duda una imagen sabrosa. Es la caída del “hombre bueno”. Es la historia del velo corrido. Es la izquierda autoritaria. Es la hilacha de un discurso estridente. Es el poder encabronado.  Es un pecho en lo alto. Es el cargo puesto encima. Es la mirada displicente. Son las manos que suben y que bajan pegadas al abdomen reafirmando el propio ego.  Es la desilusión de una tierra igualitaria. Da para escribir un libro. O una columna.

Pero hay algo más. Lo interesante no es la secuencia del video, sino lo que vino después. El mismo parlamentario, blindado por el Partido Comunista y otras personalidades de su sector, se ha encargado de dar vuelta la tortilla. No habría en este hecho un acto de evidente prepotencia. Menos una actitud de la que hacerse cargo o de la que pedir perdón.  Nada de eso. Se trataría más bien de una persecución política, de un abuso de poder por parte de la policía marítima, de un control ilegítimo, de un trato indigno, de un montaje coordinado entre la Armada y la derecha fascista. De pronto, como en una voltereta, Hugo Gutiérrez, el del fuero y la autoridad inescrutable, se convertía en víctima. ¿Cómo diablos lo hizo?

En su ensayo Crítica de la Víctima, el profesor italiano Daniele Giglioli sostiene que la víctima es el héroe de nuestro tiempo.  Ser víctima, enfatiza, otorga prestigio, exige escucha, promete y fomenta reconocimiento, activa un potente generador de identidad, de derecho y de autoestima.  Inmuniza ante cualquier crítica y garantiza la inocencia más allá de toda duda razonable. “¿Cómo podría ser la víctima culpable o responsable de algo?” – se pregunta.

El autor se apura en diferenciar a las víctimas reales de aquellas imaginarias. Millones de personas han sufrido humillaciones, torturas, abusos, exclusiones y crímenes. Para ellos y ellas, justicia y reparación. Pero existen otros (y otras) que pasean por el mundo exhibiéndose como víctimas, cuando realmente no lo son.  “En una época en que todas las identidades se hallan en crisis, o son manifiestamente postizas, ser víctima da lugar a un suplemento de sí mismo” – dice Giglioli.

Es esto lo que nos tiene medios confundidos, pienso. Lo que antes parecía claro, hoy se vuelve difuso, intrincado, como un puzzle que me rompe la cabeza. Incluso la moral se me enredó de repente. ¿Qué es bueno? ¿Qué es malo? ¿Quién es la víctima y quién el victimario? La sociedad de las víctimas me alumbra como un faro en mitad de las olas y de la noche.

El disfraz de víctima está ahí, al alcance de cualquiera. Es la tentación de estos días. Frente a un error, a un tropiezo, a nuestras propias miserias, parecer un cordero echado sobre una mesa de madera y con las patas amarradas, nos puede salvar.  Al menos, expiar de nuestras propias culpas y zozobras.

Es difícil este tema. Hacer una crítica de la víctima en una sociedad victimizada, no es un buen negocio. Sobre todo si la víctima garantiza la verdad y está en lo verdadero por definición.  Pero es necesario poner una señal de alerta. “La herida más profunda causada por la victimización es precisamente esta: que acabamos afrontando la vida no como sujetos éticos activos, sino solo como víctimas pasivas, y la protesta política degenera entonces en un lloriqueo de autoconmiseración” – cita el ensayista.

Es jodido pensar en una sociedad mejor sin análisis, sin autocrítica, sin la propia vida puesta en entredicho. Sin una revisión honesta de sí mismo, no hay arreglo posible.

Agrego un recuerdo de la adolescencia: habiendo tenido unos 13 años, le contaba a una tía de mis infortunios explicados por la separación de mis padres. Ella, en un tono serio y decidido, me respondió algo así como: “podemos culpar a nuestros padres de lo que queramos, pero llegado un momento debemos hacernos cargo de la propia existencia”. Ella nunca se enteró, pero me dio una lección eterna.

Por Matías Carrasco.

Estándar

LOS LIBROS

Libros. Una hilera de libros. Varias hileras de libros. Eso depende de quién hable y de cuánto haya gastado en su biblioteca. Lo cierto es que muchos de los que aparecen en televisión (desde sus casas con esto de la pandemia), eligen de fondo una muralla de libros. A veces achico mis ojos e intento descifrar algunos títulos, mientras el periodista, el intelectual, el experto, el economista, el político, el empresario, el que sea, charla animadamente sin que le preste atención. Lo mío es adivinar qué diablos leen, qué hojas recorren con los dedos, qué historias les quitan el sueño. 

¿Por qué elegirán unos libros de telón? ¿Por qué no una estantería de antigüedades, un cuadro o un collage de fotografías familiares? También podría ser un mueble, unas cerámicas colgando de la pared, una puerta entreabierta, una ventana mirando la cordillera, o simplemente unas cortinas cerradas. Pero eligen libros.

Hay algunos que dejan ver unos estantes en orden. Se divisan colecciones gruesas, libros anchos y delgados. Filas perfectas,  en un patrón minuciosamente establecido. Otros prefieren ponerse al centro, justo al centro, de una biblioteca generosa y desarreglada. Eligen planos cerrados, para dar a entender que lo suyo es inacabable. Y también están aquellos que figuran con unos pocos libros, en unas repisas pequeñas, con algunas artesanías u objetos indescifrables como haciendo de relleno. Esas exiguas muestras, sospecho, han sido creadas únicamente para la foto. ¿Por qué insisten en los libros?

Unos podrán alegar cierta casualidad.  Otros dirán que no se dieron ni cuenta. Pero ellos saben (y su inconsciente también sabe), que eligieron la compañía de los libros por alguna razón. Quieren que sepan que leen. Quieren que sepan qué leen, y mucho. Quieren que sepan (y que sepamos) que leen y que no van a dejar de leer. Si algunos exhiben sus casas, sus autos y sus zapatillas como símbolo de estatus, ¿por qué otros no pueden ventilar sus novelas, cuentos, biografías y ensayos?

En una ocasión, llegué a notar la competencia de los libros. Dos prominentes columnistas conversaban desde sus hogares sobre el presente de Chile (¡vaya qué presente!).  No pude evitarlo. Digo, lo de fijar la vista en dos monstruosos libreros que aparecían en el fondo. Pienso que ellos también lo advirtieron. Uno más grande que el otro. Tuvieron que haber sentido, estoy seguro, el sabor del éxito y la derrota.

Yo también optaría por los libros. Tendría, eso sí, que sacarlos del ropero viejo en que los tengo y hacerme de una estantería. No sería nada muy espectacular. Todo lo contrario. Soy un lector tardío. Pero me veo hablando (¡de cualquier cosa!), escoltado por títulos que me afirman, que me alientan, que me mantienen la espalda enderezada.

Más allá de la anécdota, los libros me traen esperanza. Han sido un escape, un viaje, un aroma, en estos meses de encierro. Los libros pueden ser un telón, pero también una llave para descifrar un mundo que se nos ha ido simplificando, polarizando, moralizando. Erich Fromm comentaba que para comprender realmente al ser humano era necesario leer a Balzac, a Dostoyevski y a Kafka. “En ellos aprenderán algo sobre el hombre, muchísimo más de lo que puedan aprender en los libros de sicoanálisis”- dijo. La literatura – agrego- nos enseña que los buenos no son tan buenos, que los malos no son tan malos y que el trigo crece, indefectiblemente, con la cizaña.

Seguiré viendo en la televisión los libros como un paisaje. Me divierte, me intriga y me ilusiona.

Por Matías Carrasco.

Estándar

LA POLÍTICA Y LOS EXPERTOS

En el contexto de la pandemia, sobre todo en la “era Mañalich”, varios le recriminaron al gobierno su incapacidad de escuchar la voz de los especialistas y expertos.  Principalmente, personeros de la oposición.  A mediados de marzo, un grupo de partidos del Frente Amplio,  le pedía al Presidente Piñera “escuchar a la ciencia” para decretar una cuarentena nacional. Por esos días, la presidenta del Senado, Adriana Muñoz, enunciaba que “se pueden cometer muchos errores al no escuchar a los expertos”. Por su parte, la diputada Karol Cariola, se quejaba en twitter por un gobierno que desoía  la solicitud de los expertos por decretar cuarentena en la Región Metropolitana. A principios de junio, el diputado DC, Daniel Verdessi, planteaba que “no es posible que el Gobierno siga sin escuchar a los expertos”. Tiempo después, el diputado socialista, Fidel Espinoza, celebraba la salida del ministro Mañalich por “actuar con soberbia, sin escuchar al Colegio Médico, a las sociedades científicas y a la gente que advertía que las medidas que se tomaban eran erradas”.  En la misma línea,  el presidente de la DC, Fuad Chaín, sostenía que se requería un nuevo estilo “capaz de escuchar más a los expertos”.  Con la llegada de Enrique Paris a la cartera de Salud, el diputado Matías Walker le pedía al ministro entrante que “se apoye en los expertos” y una vistosa carta firmada por los presidentes de los partidos DC, PR, PPD, PS, Liberal, Revolución Democrática, Comunes y Comunista,  le hacía ver al nuevo ministro – entre varias cosas- la necesidad de una colaboración efectiva con la comunidad científica y sanitaria. Y después de todo – matices más, matices menos- tenían razón. Era importante considerar la opinión de los expertos.

Sin embargo, en otras materias parece ser distinto.  Ya no importa mucho la voz de los técnicos, sino más bien la propia intuición.  El debate por el retiro del 10% del fondo de las AFP con el posterior reembolso de “quién sabe quién” y “vaya a saber uno cómo”,  carece de la otrora necesidad de los expertos. Pesa más lo que algunos han denominado “la calle” y la moral (esa falsa moral) de quién está o no con “el pueblo”. Todo esto, a pesar de que una montonera de economistas – especialistas en estos asuntos- ha planteado serios reparos a esta medida, incluso desde la vereda de la oposición.  El ex ministro de Hacienda de Michelle Bachelet II, Rodrigo Valdés, ha dicho que “la herramienta que se está proponiendo es de demasiado amplio espectro,  y por lo tanto, peligrosa por varias razones”. En tanto, Nicolás Eyzaguirre, dueño de la billetera fiscal en los gobiernos de Ricardo Lagos y Bachelet I, plantea que “los más beneficiados van a ser los que tienen relativamente mejor situación”. El ex presidente del Banco Central, José de Gregorio, asegura que “ésta es la propuesta más injusta que hay, porque quienes tienen más van a sacar más, y se les va a devolver más”. El ex ministro Ricardo Solari, ex Concertación, augura que el retiro del 10% “garantiza la pobreza a una enorme cantidad de gente”. Y sumándose a la mirada de los economistas, el ex ministro del Trabajo y ex presidente del PS, Osvaldo Andrade, dijo que “parece un contrasentido que la solución sea otra vez echar mano a los recursos de los trabajadores”. Vaya y googlee. No son precisamente expertos de Libertad y Desarrollo.  

Más allá de esta importante discusión, lo que más preocupa es el nivel de la política. Es bajo. Es mediocre. Es oportunista. La técnica, la experiencia y el conocimiento se exigen de un lado y se desechan del otro, dependiendo de cuán funcional sea a los propios intereses. Y así, se corren muchos riesgos. La política – salvo excepciones- se ha tornado pasional, voluntariosa, publicitaria y revanchista. No tengo dudas de las buenas intenciones de muchos que apoyan la ley del 10%, pero tampoco las tengo al pensar que detrás de eso está el gustito por darle una nueva estocada a Piñera y a un sistema de pensiones nacido en dictadura. Quizás por eso, varios parlamentarios, después de la votación, con una mano empuñada en lo alto y con la otra dirigiendo sus celulares hacia sí mismos (el narcisismo es una característica del político), gritaban – exaltados-  “no más AFP”. No gritaban “una solución para la clase media”, sino que aclamaban la frase corta y estridente de “no más AFP”.

Este es un tema complejo. Las personas de clase media y familias más vulnerables necesitan de soluciones excepcionales para una situación extrema, límite e histórica. Y en eso el gobierno debe hacer los mayores esfuerzos, para llegar bien y a tiempo. Pero también se requiere de parlamentarios, que por sobre sus buenos deseos,  caprichos y vendetas, sometan sus pulsiones a la siempre incómoda y limitante voz de los expertos. Chile necesita, con urgencia, una política mejor.

Por Matías Carrasco.

Estándar

LA TESIS DE TWITTER

No sé cómo la gente tiene cuero para estar en twitter. Yo no lo tuve. Me salí hace un par de años. Nunca fui muy activo. Me costaba la dinámica de twitiar, retwitiar, el hilo, el DM, y todas esas cosas.  Participaba escasamente, pero me servía para publicar allí mis columnas, aunque nunca tuvieron mucho vuelo. Muy poco, la verdad. Apenas unas aleteadas, como una gallina de campo.  Tal vez sea demasiado amarillo, como dicen, para una red social que exige aplomo, determinación y mucho, pero mucho cuero.

Últimamente, de vez en cuando, me doy una vuelta por twitter. Veo los trending topics y echo un vistazo.  Son, en general, peleas de poca monta. Insultos, una chorrera de insultos. Las diferencias de opinión, que no son más que diferencias de opinión (aunque suene absurdo aclararlo), se zanjan con ofensas, injurias y una agresividad que escandaliza. No hay límites. No hay piedad. Debe ser el medio más cruel que se haya visto. Es un ataque constante y artero, porque siempre es en masa. Nadie anda solo. Te pueden sacar en cara una enfermedad, un defecto físico, una vieja herida, un padre, una madre, un hijo, ¡lo que sea! Y en eso andan varios. Desde personas comunes y corrientes hasta famosos, famosillos, escritores, humoristas, intelectuales, artistas, parlamentarios y economistas.

A veces pienso que twitter nos tiene jodidos. Es una tesis ordinaria y sin ningún rigor. Es solo una tufada, pero es lo que pienso. Yo pondría al pajarito azul en la lista de “las cosas que están jodiendo a Chile”. Los abusos. Las colusiones. La corrupción. El descrédito de las instituciones. La desigualdad. La injusticia. Y twitter. Intuyo que la mía es una hipótesis de escasa adhesión. Admitirla, estudiarla al menos, significaría pensar que nosotros, simples  e inocentes ciudadanos, seríamos parte del problema. Y no estamos para eso.

Tengo un perro que ha adquirido la mala costumbre de pelearse con otros perros. Investigando en internet, me entero que cuando a un perro se le tira de la correa, el animal levanta el pecho y eso lo pone en alerta, por eso gruñe y luego ataca. Es mi culpa. Siempre le tenso la correa. Eso es twitter. Una correa que nos tira, nos levanta la cabeza y nos tiene siempre en posición de pelea. Es cocaína virtual. Listos. Duros. Bien duros para lo que venga.

A veces me pregunto, ¿calzará el deterioro de la política con la irrupción de twitter? Ni idea. Pero buena parte de los políticos twitea y twitea. ¿Cuántas horas al día pasarán pegados al celular?  Sería interesante tener ese dato. Apuesto a que muchos legislan pensando en twitter. En las consignas. En los hashtags. En las tendencias del día. Quizás aprueben o desaprueben leyes con el aliento de sus seguidores soplándoles en la nuca. ¿Será tan así?

Twitter es una droga al narcisismo. Uno va construyendo su propio mundo, su propio cluster, mayoritariamente de seguidores. Y uno se emboba, y uno se emborracha, y uno se engaña pensando que está en lo correcto, que está del lado luminoso de la luna, que la moral, que la verdad,  están con nosotros. Pero es mentira. Es solo un espejismo. Sucede, simplemente, que nos vamos alimentando de personas que piensan exactamente igual. Por eso nos aplauden y nos defienden cada vez que los requerimos.   Pero es solo un puñado. Es una feligresía que nos sigue como un rebaño, con la obediencia de los parroquianos, como un acto de fe. Y así, no tiene gracia.

Entiendo que las redes sociales tienen un aspecto positivo. Desde luego, la democratización de los medios, la posibilidad de levantar la voz, de organizarnos y de establecer una relación más horizontal y un contrapeso al poder. Yo me he beneficiado de todo eso. Pero sería un error, o una omisión, no admitir el daño que pueden causar y que nos están causando, cuando las mal utilizamos.

Es cierto. No me gusta twitter. Polariza. Excluye. Empobrece el lenguaje. Engorda el ego. Elimina el pensamiento. Evita la conversación. Y todo eso en un país que necesita, más que nunca,  ser leído como una larga y exigente novela, y no como un tweet apasionado y encendido de apenas 140 caracteres. 

Por Matías Carrasco.

Estándar

EL CHILE IDEAL

Sigo pensando en Chile. Me cuesta desentenderme. Es una preocupación constante. Algunos ven el futuro con optimismo. Yo lo miro más como una oportunidad, pero consciente de los riesgos. A veces pienso que estamos en un teletrak o en una mesa de dinero. Todos gritando. Todos imponiéndose.  Todos apostando. Cada uno queriendo ganar y sacar una tajada. Nadie se escucha. Nadie se mira. Nadie conversa. No hay pausa ni silencio. Persiste el bullicio. Pienso que hay algo más que la desigualdad, la injusticia, los abusos y las colusiones, para explicar la violencia, la política pobre y combativa, el pensamiento dormido y un país des-encontrado. Son causas legítimas, por supuesto. Pero no suficientes.

Leo al filósofo coreano alemán, Byung Chul Han.  Reconozco mi simpatía por él. Es de una lectura densa, pero de vez en cuando abre ventanas que permiten entender su mirada original. Es como llegar a una meseta después de un camino intrincado. En su libro “Topología de la violencia” intenta explicar las formas de la violencia en la sociedad actual, la sociedad del cansancio, como él la llama.

Se detiene en Freud y plantea un cambio radical. Habla de la estructura psíquica del ser humano. Estamos constituidos por un ello, que contiene nuestras pulsiones más primitivas y solo busca el placer. Luego un super yo,  que es la instancia moral que pone los límites, prohíbe y censura. Y finalmente el yo, que dirime considerando los aspectos de la realidad.  “El aparato psíquico de Freud es un aparato de dominación represivo y coactivo, que opera con mandatos y prohibiciones, que subyuga y oprime. Es como una sociedad disciplinaria, con muros, barreras, umbrales, celdas, fronteras y atayalas” – plantea Chul Han. En palabras sencillas, estamos movidos por una fuerza que lucha por satisfacerse y otra que la limita y ataja.  Eso, hasta ahora.

Según el filósofo, el aparato psíquico habría cambiado. En la transición de la sociedad disciplinaria a la sociedad del rendimiento –explica- el super yo se positiviza en un yo ideal. O sea, cambiamos al aburrido celador de nuestros deseos, por una porrista que nos incentiva a cumplir un ideal de uno mismo.  Pasamos de la restricción a un ¡vamos que se puede! Parece inspirador, pero hay un problema. “En vista a la imposibilidad de acceder al yo ideal, uno se percibe como deficitario, como fracasado y se somete al autoreproche. Del abismo entre el yo ideal al yo real surge una autoagresividad. El yo se combate a sí mismo, emprende una guerra contra sí mismo” – dice Chul Han, advirtiendo que de ahí aparece una violencia autogenerada, que es peor a cualquier otra.

Divago. ¿Cómo sería la estructura psíquica de Chile? Tal vez Chul Han tenga razón. Un país con un super yo debilitado y un yo ideal engrandecido. La problemática de la anomia, como dice Carlos Peña. Una tierra desapegada a las normas y a las instituciones (que son, de otra manera, las mismas reglas).  Es la fantasía de que nada puede ser prohibido. Ni la Constitución. Ni los carabineros. Ni las fuerzas armadas. Ni el Estado. Nadie puede impedirnos el ideal que soñamos en nuestra cabeza y que impulsamos con la fuerza del corazón. Es el Chile del “ahora es cuándo”. Es un país que demanda, que quiere, que desea (como un niño), sin motejar sus pulsiones con el duro y tedioso filtro de la realidad. 

Y como el Chile ideal no puede ser alcanzado, nos autoreprochamos, nos lastimamos, nos agredimos. Quizás por eso no somos capaces de ver nuestros logros, de valorar los esfuerzos, y menos de enorgullecernos por ello. Quizás por eso el odio infantilizado y desmedido a cualquier autoridad, en donde solo percibimos obstáculos al país que imaginamos. Quizás por eso vemos el pasado reciente como una traición, independiente del contexto y las circunstancias. Todo ello, avivado por los más jóvenes, reverenciados por los viejos que se dan latigazos de pura culpa (otra vez, Peña). Esto explica, en parte, el escozor que produce en algunos el ex presidente Aylwin y su “medida de lo posible”. ¿Qué es eso de lo posible? Quizás la tesis de Chul Han ayude a entender también la inquinia por los acuerdos.  Antes, los acuerdos eran parte de la existencia (el ello y el super yo saben de esto). Pero ahora, con un personal trainer alentándonos a que todo se puede, sin más, y una voz en off recordándonos que “llegó el momento”, no es necesario buscar consensos. 

Chul Han explica que este nuevo reacomodo del aparato psíquico, con la consiguiente autoagresión, genera enfermedades como la depresión y el estrés, llevando incluso al infarto o al colapso del sistema. La solución estaría en incorporar nuevamente a un “otro”, que es fuente de restricción pero también de gratificación y de consolidación de la propia identidad.    

Chile puede ser mejor. Sueño con eso. Pero no lo será a punta de entusiasmo, voluntad y fervor. Eso pone en riesgo la propia convivencia, la democracia y el mismo ideal que queremos conquistar. Es condición, inevitable, sentarse a negociar con la injusta y jodida realidad.  

Por Matías Carrasco.

Estándar

QUÉ NIVEL

Es preocupante el nivel que estamos exhibiendo en Chile. Vivimos una pandemia global, de las peores de la historia, con miles de muertos, con potencias de rodillas, con una economía por el suelo, con millares de desempleados, con empresas quebradas,  con sistemas de salud superados, con cementerios que no dan abasto. Y todo esto, en buena parte del mundo. Y todo esto, con la incertidumbre de hacer frente a un bicho desconocido. Y todo esto, con la crudeza con que a veces nos azota – querámoslo o no asumir- la misma realidad. Deberíamos estar unidos. Sin embargo, insistimos en la división.

Hemos visto a un gobierno que- a juzgar por lo que se informa- ha realizado un amplio despliegue para enfrentar esta crisis. Ni al Presidente, ni a los ministros, ni a los subsecretarios se les ve relajados, sentados en una fuente de soda, comiendo pizza. No, ahora. Más bien, se muestran activos, en terreno, con pocas horas de sueño, con rostros cansados, conscientes del riesgo y del gigante que tienen por delante. Se han realizado esfuerzos – leo y escucho- por aumentar la capacidad de testeos, por robustecer la capacidad hospitalaria, por abastecernos de más ventiladores mecánicos, por  incrementar las camas críticas. No solo eso. Se lucha también, en otro frente, contra el descalabro económico y sus tremendas consecuencias para millones de familias.  ¿Se ha hecho lo suficiente? ¿Se podría hacer más?

Según me instruyo, el gobierno se asesora a través de una Mesa Social Covid 19, que cuenta con una ex ministra de Salud de la Nueva Mayoría, con el representante de la OMS en Chile, con la presidenta del Colegio Médico y su ex presidente, y con representantes del ámbito municipal y universitario, entre otros. Además, el gobierno se apoya en un Comité Asesor de Expertos y un Consejo Asesor Clínico Asistencial, donde se encuentran – aseguran- los mejores intensivistas del país.

Está claro que se han cometido errores (¿cómo no?). El estilo soberbio y confrontacional del Ministro Mañalich no lo hacen un personaje políticamente correcto y condescendiente, como se estila por estos días. Y eso suma resistencias. Las descoordinaciones con los alcaldes en una primera fase, también restaron. El optimismo a mitad de carrera (arrogante, si se quiere) y el llamado a un retorno seguro, con café incluido, fue quizás el mayor traspié. Del resto tengo algunas dudas. ¿Cajas o transferencias? ¿Cuarentenas totales o parceladas? ¿medidas oportunas o tardías?  Seguramente hay argumentos técnicos, en una y otra dirección.

Es legítimo levantar la voz, fiscalizar y hacer notar lo que el gobierno está haciendo mal. Sobre todo cuando se trata de salvar vidas y asegurar condiciones dignas para la gente que más sufre.  Hay críticas que son acertadas y que las autoridades deben escuchar.  En el último período, han rectificado el tono y la convocatoria a un acuerdo nacional apunta en ese sentido.

Sin embargo, advierto algo preocupante. Más allá del cuestionamiento válido, percibo una peligrosa mezcla de rabia y resentimiento – como un acelerante-  en la base de nuestras opiniones. No es nuevo. Lo arrastramos hace años. No puedo dejar de pensar en Bachelet y su gobierno. Era lo mismo, en roles invertidos. Se le achacaba todo, hasta las propias sombras. Siempre en un tono agresivo, humillante y exagerado. Si hoy son criminales y asesinos, antes eran ineptos y miserables. Esa violencia no se ha ido. Permanece y crece.

Es una rabia que escapa al abuso. No es solo la ira de los marginados ni del estallido. Está en todas partes. Incluso, en los más educados. Es la falsa y pobre lógica de las murallas y la división. La de buenos y malos. Víctimas y victimarios. Sensibles e inhumanos.  La rabia se mezcla con la falta de pensamiento. Y eso es una bomba. Hombres y mujeres emborrachados de ideología y revancha, escuchándose solo a sí mismos. Más importa  tener la razón,  ganar un punto, sumar votos y seguidores, que ponernos a pensar si lo que estamos diciendo o aclamando es cierto, es justo, es proporcional, es bueno para Chile.

Daba lo mismo lo que hiciera Bachelet. Da lo mismo, ahora, lo que diga o haga Mañalich o Piñera. Tampoco importan las dificultades o el contexto. ¿Para qué pensar en esas cosas? Menos, cuál es la propia responsabilidad en el asunto. ¿Para  qué complicarnos la vida? La suerte ya está echada. Simplemente se trata de calibrar la mira, esperar la oportunidad, disparar y ver si alguien cae del otro lado. ¿Después? Ahí se verá.

Es triste el nivel. Tanto, que se ve difícil el futuro. Algunos sectores de izquierda ya claman la cabeza de Mañalich (en la mitad de la catástrofe) y el diputado socialista, Juan Luis Castro, amenaza con una posible acusación constitucional. Otros, más jóvenes e iluminados, twitean y retwitean con ansiedad e histrionismo, cada bochorno, cada frase mal dicha, cualquier cosa que pueda hacer al ministro trastabillar. Es eso, lamentablemente, lo que pueden ofrecer. Es la peor política, en el peor momento, en la peor de las crisis.  

Es urgente que aparezcan liderazgos con coraje, capaces de romper esa inercia, de abandonar sus propias trincheras y disponerse a conversar. Sin tantas condiciones ni aspavientos. Solo conversar, animadamente y por horas, para cumplir con la noble misión de hacer de esta tierra atribulada, un lugar mejor.

Por Matías Carrasco.

Estándar

ELOGIO DEL RIESGO

shutterstock_166108592

Para quienes queremos controlarlo todo, la incertidumbre puede ser una espina clavada justo debajo de la uña. Obsesiva. Hiriente. Aguda. Por eso preferimos andar tomados del pasamanos, por calles conocidas, obedientes al guión acostumbrado, aferrados a la rutina, como un ancla que nos sostiene en una zona segura. Y allí, apenas, nos quedamos tranquilos. Pero basta una sutil vibración, un oleaje repentino, para que busquemos las murallas como un ratón asustado. ¿Es posible vivir otra vida?

Los tiempos de pandemia traen miedo, incomodidad, encierro, enfermedad y muerte. Pero también regalan, si queremos verlo, hallazgos que aparecen de vez en cuando. Yo descubrí a Anne Dufourmantelle, filósofa y sicoanalista francesa, autora del ensayo “Elogio del riesgo”. Son pequeños capítulos, mordidas amistosas pero que dejan los dientes marcados. Habla del riesgo y su trauma positivo. “Sería, milagrosamente, lo contrario de la neurosis cuya marca de fábrica es atrapar en sus redes al porvenir de tal manera que moldee nuestro presente según la matriz de las experiencias pasadas, sin dejar ningún lugar a la irrupción de lo inédito” – advierte en las primeras páginas.

Cuando queremos que todo vuelva a la normalidad, a lo de siempre, a la melodía que ya conocemos, fuese como fuese, Anne insiste en quedarnos en suspenso. “Estar en suspenso es volver a la penumbra, a un punto de relativa ceguera, y de cierta forma mantenerse allí. Porque al mantenerse allí aparece otra cosa, otro límite” – dice. Intuía, sabía, que en el riesgo – solo en ese salto – está la libertad y la vida entera, sin guardarse nada.

Parece una locura, para gente como yo. ¿Para qué arriesgar? Para sanarse, para amar, para hallarse, para perdonarse, para ser feliz, para perderse, para reír, para romper con las deudas del pasado, diría Anne. Lo suyo es un llamado a desobedecer, a cortar amarras y aventurarse en una travesía incierta. “¿Por qué preferimos conservar pobres miserias contra la alegría de lo que llegaría de lo desconocido, del mar abierto?”, se pregunta.

Dufourmantelle plantea la variación como un arte y un riesgo. Es el antídoto contra una vida repetida, que nos hace andar de aquí para allá, y de allá para acá, como un oso enjaulado con la vista pegada al piso. “Se trata de ejercitarse en perder la orilla, perderse a secas y encontrar en el camino de esa pérdida, el bucle de un deseo intacto” – comenta.

Anne confiaba en el ser humano, en su inteligencia y capacidad de decidir su destino. Tanto, que desconfiaba de la mismísima esperanza. “El vivir en la esperanza deja al presente cargado de angustia y resentimientos, aplazando día tras día la expectativa de la metamorfosis para mañana”. Ella pensaba que si bien la esperanza era necesaria (para no hundirnos lentamente en el abismo), debíamos iniciar el combate aquí mismo, de inmediato y sin demora para una vida mejor. “Se trata una y otra vez de nacer, de romper, separarse y liberarse. De abrirse a lo que ocurra”.

Imaginé en Anne a una mujer valiente, desenfadada, con una mezcla de ternura y dura honestidad. Le tomé cariño. Eso tienen los libros. Quizás sea un riesgo esto de encariñarse con gente que uno no conoce solo por leer sus palabras y subrayarlas con lápiz mina.

Me sorprendí de su muerte. No lo sabía. Me enteré googleando su nombre en internet. Como un signo o una íntima convicción, Anne falleció ahogada a los 53 años por salvar a dos niños en el mar. “Tal vez arriesgar la vida sea, para empezar, no morir” – dice en su libro. Y no está muerta. Al menos su voz inventada sigue dando vueltas en mi cabeza, como un susurro: arriesga, arriesga, arriesga…


Por Matías Carrasco.

Estándar

HAGÁMOSLO FAMOSO

shutterstock_1061278154.jpg

He visto un video que circula por las redes sociales en donde una persona encara a otra, celular en mano, por estar sin mascarilla comprando en un supermercado. El aludido reacciona irónicamente, con tono burlón, pidiendo que se alejara. El inesperado entrevistador, vuelve a arremeter, le dice irresponsable, se ríe de su acento y vocabulario, le advierte que lo hará famoso y sube la apuesta llamándolo asesino y criminal. La escena termina con el acusado lanzándole el carro de supermercado, en medio de improperios y más burlas, y el denunciante quejándose de su agresividad. “Eso no se hace” – le enrostra.

A las pocas horas, aparece otro post, viralizándose tan rápido como el primero, esta vez con la imagen del justiciero, su nombre, referencias políticas y nuevamente la frase “hagámoslo famoso”.

Y si ambos mensajes han logrado notoriedad es porque otros lo han compartido, con ímpetu, con esa impronta libertaria, con ese afán mesiánico por crucificar a quien cometa un delito, una infamia, o una falta, da igual. Lo importante es andar por la vida reafirmando un buenismo tan débil como hipócrita, arrogándonos el derecho de dictar una sentencia pública, tanto o más dañina que la falta que se acusa.

Es el síntoma de una sociedad enferma, de una ética extraviada, ansiosa de figurar, de aparecer, de abrazar una causa y de alimentar un narcisismo exacerbado por las redes sociales. Es la sociedad del espectáculo que otros ya han narrado, de la pirotecnia, de luces y cámaras, de un show pobre, rasca y lastimero, pero de una audiencia fiel y creciente.

Es como si twitter, repentinamente, se hubiese tomado los espacios públicos y convertido en el faro que orienta nuestro comportamiento. Todo rápido. Todo vistoso. Todo al extremo. Todo violento. Todo en apenas 140 caracteres. Quizás sea la falta de lectura, de pensamiento y de conversaciones, lo que nos tenga suspendidos en la idiotez de querer resolverlo todo a punta de funas y de venganza. No hay matices, no hay detalles, no hay mesura, no hay lenguaje, no existe ni el más mínimo interés por comprender, por escudriñar, por averiguar qué cresta está pasando.

Lo grave de esto, es que no solo ocurre en las góndolas del retail, en la calle o en los pasillos de un cementerio. Sucede también en los consejos municipales, en el Congreso y aún en la política más elevada. Muchos enredados en la refriega, vergonzosamente peleándose un pedazo de pantalla, queriendo aparecer en la foto, acusándose de un lado y del otro, sacándose viejos trapos al sol, llenándose la boca de una oratoria fascinante pero vacía.

Hace rato que entramos en una dinámica peligrosa y de difícil solución. La sed de figurar y de aparecer siempre del lado luminoso de la luna, nos tiene bien jodidos. Pero todo eso es falso. Nadie es tan bueno como cree serlo, ni nadie es tan criminal como para hacerlo mierda en un coliseo de millones de jueces agitados por un trozo de carne cruda.

Es hora de entenderlo. No hay valentía alguna en el ajusticiamiento digital. Además, la mayoría de quienes propagan este venenoso virus, no tienen idea del contexto ni de la historia de lo que comparten con tanta liviandad y con esa sonrisa en los labios. Menos del impacto que esto puede causar en el funado y en sus cercanos. Frente a una injusticia o ilegalidad, existen organismos, protocolos e instituciones para denunciarla.

Somos una tierra extraña. Un día nos golpeamos el pecho por un país más justo y más humano, y al otro, nos maltratamos sin miramientos, sin piedad y sin justicia.


Por Matías Carrasco

Estándar

CUENTO: SIMPLEMENTE

shutterstock_62305909.jpg

¿Qué hace esa mujer tan guapa con un tipo feo como un espanto? No se ve algo así todos los días. Al menos, a mí me parece curioso. Que una muchacha de buen aspecto ande con un hombre bien parecido, es un paisaje habitual. Pero que un esperpento como ése, esté allí con una pierna al suelo y la otra cruzada sobre su rodilla, charlando con soltura con algo así como la octava maravilla del mundo, es raro. No me convenzo. Intento leer el diario, pero no logro dejar de mirarlos por sobre los titulares de la primera plana.

Deben ser amigos. Sí. Eso siempre sucede. La amistad es más generosa. Uno por los amigos hace cualquier tontería. Incluso, pasearse en una tarde de octubre con un espantapájaros. Eso hacen los amigos. Seguro se conocieron en el colegio. Ella, era una chica linda y estudiosa. Él, también. Digo, también tenía buenas notas, porque ya en esa época la belleza le era esquiva. La profesora los sentaba juntos y juntos fueron creciendo. Compartían apuntes y resolvían ejercicios de álgebra, acompañados de un vaso de leche y galletas hechas en un horno viejo. Las hacía la madre de él, que tenía un caracho aún más desgraciado. La primera vez que ella la vio, sintió que la vida era injusta. Después, se fue acostumbrando. A él, le parecía que su familia, pequeña como era, estaba bien. Le gustaba sentirse único en los ojos hundidos de mamá, hacer con ella huevo batido, pasarse a su cama cuando la noche dormía y ayudar levantando la mesa y planchando su uniforme en los últimos respiros de cada domingo. En su casa se sentía como en casa. Es una estupidez, pero así lo sentía. Por eso no le gustaba ir a la casa de Valentina. Sí. Pienso que su nombre es Valentina. Con esas piernas largas, el cuello estirado y el vestido ceñido, no se iba a llamar Laurita o Magdalena. Y en la casa de ella, él se sentía como en un estadio inmenso y vacío. Ella era una niña rica y Nemesio (tiene que llamarse Nemesio), apenas tenía para la micro. Y entre el estudio, recreos y disertaciones, fueron escribiendo su amistad. Se hicieron confidentes. A los 17, ella le contó que tiritó de amor por primera vez con el Negro Marambio, el tipo más apuesto de la clase. Él, entre risas nerviosas, le soltó, al fin, que era gay. Valentina, lo sabía. Lo que no sabía era que también le tenía ganas a Marambio. Rieron, tomaron cerveza y terminaron esa noche abrazados. Así, tal cual como estaban ahora, envueltos arriba de la banca de madera. Pero, no. Hay algo extraño. Los amigos no se besan. No al menos en la boca. No así, con ese ritmo, con esa suavidad, con los labios bailando como pájaros. Los gay tampoco lo hacen. Digo, no a una mujer. Entre ellos, claro, lo que sea. Tiene que haber alguna explicación

Quizás, él esté enfermo. Si la amistad es generosa, la misericordia puede ser absolutamente gratuita. A él le detectaron cáncer testicular apenas entrado los diecinueve años. Iniciaba sus estudios de arte en la universidad, cuando sintió una pequeña molestia justo debajo del abdomen. Fue al médico. Se bajó los calzoncillos y se quedó tieso, mientras el doctor palpaba como si se tratara de huevos o nueces. Estos tipos estudian para joderle a uno las pelotas, pensó. Estaba en esas divagaciones cuando el facultativo apretó y él dejó escapar un agudo “¡ay!”. Ahí estaba el tumor. Y ahí estaba él, asustado y solo. No veía a sus padres desde que murieron y su abuela, apenas respiraba. Después de la operación, lo visitó una enfermera para meterle una fina manguera por la uretra. Otra vez, “¡ay!”. Hasta que llegó ella. Magdalena (ahora sí, se llamaba Magdalena), entró a la pieza como un ángel, montada en una nube, con un rosario de marfil entre sus dedos. Así al menos la imaginó él, mientras salía de la morfina. Ella, era creyente. Más que eso. Devota. Desde pequeña viajaba con su familia al norte a misionar en las perdidas aldeas del desierto. Era de misa diaria y confesión dominical. Soñaba con ser monja, mientras visitaba a los enfermos para llevarles la comunión. Cuando vio a Luis Pedro (es como el nombre de un sujeto acontecido), dio un paso atrás. ¿Cómo tanta fealdad?, pensó. Con un suave murmullo maldijo a Satanás y se preguntó qué haría Cristo en su lugar. Se quedó allí, como una virgen a los pies del madero. A la extirpación del testículo derecho, siguió una radioterapia larga para eliminar las células cancerosas que se habían propagado a los ganglios linfáticos. Magdalena, aumentó las visitas y Luis Pedro, diestro en el dibujo, la embobaba con retratos de Jesús, la última cena, el monte de los olivos y la resurrección de Lázaro. Algún día yo también me levantaré, le dijo muy cerca de su oído. Ella, no supo qué decir. La mañana del alta, caminaron hasta la pequeña capilla que estaba a un costado del hospital. Luis Pedro se arrodilló frente al altar y agradeció por su recuperación. Magdalena se hincó junto a él y juró en silencio cargar por siempre con la cruz que el Padre le había encomendado. Y así se contó la historia de un hombre pavoroso y de una muchacha bella como una mañana después de la lluvia. Pero, qué diablos. Una niña de Dios no se deja manosear debajo del vestido de esa manera. ¡Por la cresta! ¡Es un lugar púbico! ¿No pueden esperar? ¡Parecen animales! Un manatí entrándole a una sirena. ¡Qué es esto!

Leo el obituario y no puedo dejar de pensar en ellos. Chuta. Se murió el Manano Ramírez. Lo dejé de ver hace tanto tiempo, que ya ni me acuerdo de su cara. La delantera no más nos lleva. Ojalá que a mí la muerte me agarre desprevenido y ni me entere. Así no me asusto. ¿Cómo a ella no le da terror mirarlo? Hasta un alarido tiene más melodía. ¿Qué hacen allí besuqueándose la cizaña y el más bello trigo de la tarde?

Tiene que ser puta. Ella es una muchacha de provincia, que conoce las dificultades de la vida. Muy joven se vino a la capital, a buscar algo mejor de lo que le ofrecía Curacautín. Tomó el tren en Temuco, arrastrando una maleta negra y una bolsa de nylon verde bajo el brazo donde llevaba los sándwiches que su madre le preparó para el camino. Viajó mirando el paisaje. Pasó por el puente del Malleco, lo encontró harto lindo, y se quedó dormida. Buscó una pieza cercana a la Estación Central. Encontró una habitación para los pocos pesos que tenía. Abrió la maleta, que ya venía con el cierre malo, ordenó su ropa arriba de una mesa diminuta, olió la bolsa con los sándwiches y se echo a llorar. Rápido encontró trabajo de mesera en un restorán de mariscos del mercado. Los garzones, dicharacheros como son los garzones, la apodaron como la “Lady D”. Era hermosa y elegante. Y la Lady D iba y venía con su bandeja a cuestas, recibiendo pedidos y piropos. De allí, saltó a atender en un café de calle Amunátegui, con una minifalda más corta que un orgasmo y un escote invisible. Le ofrecieron ser puta. Accedió. Necesitaba plata y fama. Le fue bien. Arrendaba un amplio departamento en avenida Providencia, donde recibía el ímpetu de hombres solos. Cogiendo conoció a Eleuterio (es como el nombre de un tipo feo). La primera vez que lo vio, le dio lástima. Era buena, como la gente de provincia. Él, que nunca tuvo buena suerte con las mujeres, encontró en el puterío algo más que una salida. Se enamoró. Se obsesionó. Se volvió loco por la Lady D. Lo que ganaba como abogado, lo gastaba en ella. Comenzó los viernes. Luego, sábado y domingo. Terminó por visitarla cinco noches a la semana. Ocasionalmente, tiraban. Largamente, conversaban. Eleuterio, se sentía a salvo y la Lady D, aumentando las arcas para su futuro. Habían estado juntos la noche anterior. Despertaron al medio día. Ella le dijo que se fuera y él le pidió un poco más. Negociaron una vuelta por el parque. Y ahí estaban, el jorobado y la princesa, acurrucados bajo la sombra de un nogal. ¿Y ese niño? ¿Y ese niño y el abrazo? Una puta no anda por ahí jugando a la familia. Y un cliente, no lanza por los aires al hijo de una puta.

Tal vez, simplemente, se trate de un hombre feo y de una mujer sublime unidos por el azar de un destino imperfecto. Así, tal como se ven. Yéndose. Ellos de la mano, y el pequeño delante, chuteando una pelota.


Por Matías Carrasco.

Estándar