LA BATALLA DE CHILE

Hace muchos años, mi polola me regaló una copia de La Batalla de Chile. Eran dos cassettes VHS (así se veía cine en esos tiempos) que había conseguido en la biblioteca de la universidad en la que estudiaba. Me impresionó el documental. Me pareció un lujo haberlo visto. Tiene la gracia de transportarlo a uno a otra época, a una que no viví, pero que aparece de tanto en tanto, con una mezcla de nostalgia, miedo y dolor. Lo que más recuerdo es percibir, por primera vez, el encono, la euforia y los abismos de un país dividido. Ahora lo volví a ver en televisión, acompañado de la misma mujer y de la misma sensación de una tierra que se abría bajo los pies.

Pero el documental llegó con polémica. La Red, la estación que lo emitió, acusó a Carozzi de “buscar una censura editorial” por solicitar bajar -en su segundo día de exhibición- la publicidad de la tanda asociada a La Batalla de Chile. La compañía se defiende, señalando que fue un error de su agencia de medios y que la empresa no auspicia programas de contenido político.  Twitter ardió (de nuevo). La Red abordó el tema en pantalla, con un panel de conversación. Se habló de un asunto “grave”, de las empresas que “mandatan y coaptan a los medios”, del “matonaje empresarial”, y de un “escándalo”. El presidente del Colegio de Periodistas dijo que “esto es una acción de censura aquí y en cualquier parte”, y un convencionalista llamó a Carozzi a pedir disculpas y a no obstaculizar el proceso constituyente. De todo eso se habló. Se hizo ver a La Red como a un cordero (¡otra vez la víctima!) y a la firma de pastas como a un puma al acecho. Pero poco se discutió respecto a un aspecto que me parece, por lejos, el más interesante. ¿Fue realmente censura? ¿Intentó Carozzi suprimir o modificar la exhibición del documental? ¿No estaba ya al aire? ¿Puede una compañía, legítimamente, escoger dónde hacer su inversión publicitaria? ¿Puede hacerlo en función de los valores que profesa?

Desde hace un tiempo, nos hemos acostumbrado a hacer de cada cosa una polémica. Es un griterío permanente. El lenguaje también se trastoca. Se le llama dictadura a la democracia, tirano a un presidente electo, oprimidos a un pueblo libre, y censura a lo que, pienso, no lo es. Se podrá discutir sobre la decisión de Carozzi. Si fue torpe, burda o no. Incluso da para debatir sobre el rol que las empresas deben jugar en un mundo diverso y que les exige un comportamiento ético, justo, respetuoso del entorno y que se tome a las personas muy en serio. Pero a mi juicio no hubo aquí un acto de censura. Se abusa de las palabras.

Leo en internet que La Red decidió restarse de la transmisión de la Parada Militar, que será emitida por cadena nacional. Leo también que La Red fue el único canal de la televisión abierta que no estuvo en el lanzamiento de La Teletón por “sentir que las explicaciones que dieron para procesos administrativos y logísticas de producción no satisfacen al canal”. Me informo, además, que la misma casa televisiva estaría evaluando su participación en la cruzada solidaria, señalando que la contabilidad de la Teletón “no es clara, no es transparente, y que el canal se permite sus dudas”. ¿Deberíamos, entonces, acusar a La Red de censura? ¿Puede La Red decidir qué emitir y qué no? ¿Puede exigir condiciones? ¿Está La Red obstaculizando la realización de la Parada Militar y de La Teletón? ¿O está ejerciendo su libertad de elegir? ¿Es muy distinto a lo que hizo Carozzi y que tan vistosamente denunció?

Una de las lecciones de La Batalla de Chile es que podemos llegar a convertirnos – casi sin darnos cuenta- en un país fracturado. Que podemos llegar a odiarnos, hasta la muerte, el exilio y la tortura. Y una de las formas de evitarlo, es actuar reflexivamente, dando a las palabras su justa medida. Por más tentador que sea, por más rendidor que resulte, debemos evitar la consigna, el maniqueísmo, y esa tendencia a victimizarnos que nos tiene, realmente, enfermos.      

Recomiendo el documental, y recomiendo no abandonar nunca y desde ningún pretexto, el pensamiento y la propia responsabilidad.

Por Matías Carrasco.

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EL PODER DE LA VÍCTIMA

Ha levantado mucho polvo la confesión del convencionista, Rodrigo Rojas, por su cáncer de mentira. No es para menos. Fue su historia creada -dramática, heroica, ejemplar- la que lo llevó a la Convención Constituyente. Engañó a millones. Emocionó a miles. Dio entrevistas, apareció en campañas políticas, fue un símbolo del estallido, y todo a punta de un testimonio que resultó ser falso. ¿Por qué lo hizo? Se me viene a la cabeza la novela El Adversario de Emmanuel Carrere y el interés del escritor de conocer las causas de una gran invención. Es un tema que da para mucho. Pero hay en todo esto otro elemento que vale la pena subrayar.

El sinceramiento de Rodrigo Rojas no fue producto de una reflexión íntima, o de un arranque de honestidad. Fue fruto de una investigación del diario La Tercera y de una periodista que lo confrontó en medio de una entrevista. Así las cosas, al Pelado Vade (como se le conoce) no le quedó más que admitir el fraude.  De ahí, su confesión en un video que circuló por las redes sociales.

Y esto es lo destacable. Los medios de comunicación han sido fundamentales en la fiscalización del poder. Importantes casos de abuso y corrupción han sido destapados gracias al trabajo serio y valiente de editores y equipos periodísticos dispuestos a buscar la verdad.  Alumbran la sombra que dejan a su paso los gigantes. Y es bueno que lo sigan haciendo.

Pero los gigantes cambian. El poder se está moviendo. La crisis de las instituciones habla de eso. Ya no gozan de la autoridad, ni de la legitimidad que ostentaban antes. Varias están en entredicho y otras, como la Iglesia Católica, por ejemplo, apenas se dejan sentir en la esfera pública.

Y junto al deterioro de las instituciones tradicionales, han aparecido otros espacios de poder. Más invisibles. Más complejos. Más silenciosos. Pero no por eso, menos efectivos. Uno de ellos es el poder de la víctima. De las que realmente lo son (y que merecen ser reparadas), y de los que juegan – ya lo sabemos- a serlo. Se mezclan, unos con otros, los de verdad y los impostores. Eso trae confusión y un enredo provechoso para los amantes del engaño. Saben disfrazarse de corderos. Conocen el discurso. La víctima está blindada y ese es su gran poder. Se transforma en intocable. Puede hacer y decir sin ser cuestionada ¿Quién querría contrarrestar el testimonio de una víctima? ¿Quién querría parecer cruel e inhumano?  Cuentan además con la venia, la simpatía y la defensa (o la funa) de buena parte de la opinión pública. Y no solo eso. También con la reverencia de periodistas, columnistas, animadores, candidatos presidenciales y de políticos sedientos de aprobación.

El poder se está moviendo. Y debe ser escudriñado donde siempre se ha hecho, pero también en aquellas zonas aparentemente libres de pecado y que nos visten de hombres y mujeres buenos, empáticos y justos. El abuso, la corrupción y la mentira, nos guste o no, pueden estar en la empresa, en el gobierno, en las fuerzas de orden, en las catedrales, en las alcaldías, en los partidos, en la elite, pero también en el pueblo, en los independientes, en los pueblos originarios, en las organizaciones sociales y en la mismísima convención. De ser humanos, nadie se libra.

La Tercera alumbró donde pocos lo están haciendo. Buscó en medio del rebaño y encontró allí el disfraz que llevó a un hombre al poder. Una farsa. Un embuste. Lo que se quiera. Lo importante es levantar el farol e iluminar más allá de donde acostumbramos (o es conveniente) mirar.  

Por Matías Carrasco.

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LO VIEJO

Una campaña de un canal de televisión busca derribar – según la misma señal dice- los prejuicios y estereotipos hacia la vejez. Es una propuesta interesante, que combina testimonios de reconocidas personas de la tercera edad, con una performance en donde rostros jóvenes se convierten – a punta de maquillaje- en ancianos, compartiendo con la audiencia emotivas impresiones. Sea como sea, todo se va hilvanando desde un mismo mensaje o concepto común que se repite al final de cada contenido: “lo único viejo es tu forma de mirarnos”.

Sin embargo, a pesar de las buenas intenciones que persigue la campaña, existe en ella un error central que tiene que ver, paradójicamente, con menospreciar aquello que se quiere valorizar. Cuando se dice que “lo único viejo es tu forma de mirarnos” se le está dando a “lo viejo” una connotación negativa que habría que cambiar. “Lo viejo” no es bueno, por lo tanto, debe ser renovado. No solo eso. Al hablar de “lo único viejo” (es decir, lo exclusivamente viejo, lo excepcionalmente viejo) se da a entender que lo que se acaba de exhibir en televisión –personas ancianas- no serían viejos, sino que algo distinto, o deseablemente distinto a eso.  Y hay más. Lo viejo no sería viejo en sí mismo – por los años recorridos, por el pelo cano, por las caras agrietadas – sino más bien, por la forma en que se les ve. Son algo así como víctimas de una vejez impuesta.  Por lo tanto, ser viejo o mirado como viejo, es lo que habría que modificar.  ¿No es eso un contrasentido a lo que se busca reconocer?

Una manera de explicar este traspié tiene que ver con la lógica publicitaria. A fin de cuentas, lo que se intentó hacer fue crear un concepto que tuviese que ver con el tema en cuestión (la vejez) y que sonara bien al oído. Se jugó con las palabras y el resultado es una frase ingeniosa y desafiante: lo único viejo es tu forma de mirarnos. Y al cumplir con el estándar, nadie vio (o quiso ver) el contraste que escondía en su sombra.

Una segunda hipótesis, algo más profunda, es pensar que la vejez nos supera. En la sociedad moderna, en donde se privilegia la producción, el vertiginoso ritmo de lo digital, y en donde lo viejo ya no se repara, sino que se desecha en grandes contenedores, la tercera edad es un asunto que queremos, consciente o inconscientemente, ignorar. En una época en donde se nos enseña que todo es posible, la vejez viene a confirmarnos exactamente lo contrario: que la vida tiene límites; que la enfermedad es parte de la historia; que andaremos más lentos y a tropezones; que nuestras capacidades físicas y mentales pueden verse doblegadas; y que la muerte es un precipicio que tarde o temprano se nos aparecerá. 

En vez de querer convertir a los viejos en algo distinto a lo que son, o mostrarlos solo en roles activos (¡otra vez la cultura del rendimiento!)), quizás convenga verlos en toda su complejidad. A los que están en pie, y a los que no. A los de mente fresca, y a los desmemoriados. A los reflexivos, y a los cascarrabias. A los de una vejiga firme, y a los que ya no controlan nada. A los discursivos, y a los silenciosos.  A los alegres, y a los tristes. A las viejas despiertas, y a las de mirada extraviada.

Verlos así, viejos, con todas sus letras y sin eufemismos, nos recordaría que existen, que son parte importante de nosotros, que son la fragilidad que ocultamos, que son la frontera que callamos, y que merecen cuidado, dignidad y respeto, simplemente por ser personas corriendo los últimos metros de la maratón, llevándonos la delantera.     

Por Matías Carrasco.

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ALGO

Propongo algo: que cada uno muestre los rollos que tiene en el cuerpo. Yo conté cuatro bajo mi pecho. Los tres primeros son angostos, pero el cuarto es voluminoso. El ombligo le da cierto equilibrio en el centro. No logro ver mi espalda, pero detrás de la cintura, por los costados, me toco dos rollos más. Bajo la mandíbula también se me forman unos rollos en miniatura y en las axilas hay unos bultos pequeños. Bueno. Los incluyo también. Cuando doblo mis rodillas, detecto unas masitas en la parte anterior del muslo. Son once en total. Quizás un poco más. Uno nunca termina de conocerse a sí mismo. Supongamos que tengo una docena, como una caja de huevos.

Hágame caso. Cuéntese usted los rollos. Mírese al espejo y comience a enumerar. Puede encerrarse en el baño y dejar correr el agua. Que nadie vaya a sospechar que anda detectando irregularidades. Asegúrese, eso sí, de contar con buena iluminación. Hay repliegues que no se dejan ver con facilidad. El lomo siempre es la parte más difícil. Nunca se mostrará entero. Tiene que verlo como de lado, inclinándose un poco. Un espejo pequeño, como de apoyo, le será útil. Sáquese la ropa interior. Despréndase de todo. Seguro que encontrará algún infiltrado en su selva o en su desierto (cada uno hace lo que le venga en gana con su cuerpo). A esos también considérelos como parte del informe. Cuando termine con la tarea, vístase, consiga un lápiz y un post it y anote cuidadosamente la cantidad de hallazgos. Le advierto que tendrá la tentación de engañarse a sí mismo. Eso nos pasa a todos. Principalmente cuando andamos por ahí memorizando nuestras redondeces. Pero no flaquee. Sea honesto y ponga exactamente la cifra de sus decaimientos.  Firme con su nombre, lo dobla en dos y lo guarda en su billetera, en el monedero o en su bolso (da igual).

Es un ejercicio que les recomiendo a todos. Tal vez eso nos salve. Incluso los hombres y las mujeres fibrosas y de pellejo estirado lo pueden intentar. Ahí la tarea es más ardua, porque estos infelices se ocultan como verdaderos bandidos. ¡Pero están! Refuerce con una luz más blanca y consiga una lupa. A primera vista, pensará que no tiene ninguna sobra. ¡Pero las tiene! Debe acercar su cabeza hacia el ombligo (como una contorsión circense) y de a poco se dejarán ver. Es una especie más pequeña, como unas hilachas de carne, pero que a la hora de la verdad, se contabilizan como rollos.

Me han preguntado si se puede hacer con mascarilla, por esto del coronavirus. Y sí. Está permitido hacerlo con mascarilla o con un pañuelo sobre la nariz y la boca. El examen también puede realizarse con gel desinfectante en las manos. Para los que son más obsesivos, lo pueden hacer tantas veces como consideren necesario. Los no videntes – una inquietud reiterativa- lo hacen perfectamente bien a través del tacto o apoyados por un familiar cercano. En algunos casos – minoritarios, por suerte- algunos no se encuentran ningún solo rollo. Allí estamos en presencia de una seria patología y se recomienda consultar a un siquiatra con formación sicoanalítica o especialista en trastornos narcisistas. 

A todos, una vez finalizado el test, les pido que compartan sus resultados. Pueden hacerlo donde prefieran. Los más jóvenes pueden subirlo a sus redes sociales y los más viejos pueden pegar sus post it en los andenes del Metro, en los paraderos, en las micros, en los árboles, en las plazas o en la espalda de un peatón despistado. Lo importante es que quede a la vista el nombre y el número de rollos confesos.

Y así, en las esquinas de un país enredado, recordaremos que a pesar de todo, de nuestras reyertas y alegatos, zafacocas y revueltas, diferencias y precipicios, hay algo – indefectiblemente humano-  que nos une.

Por Matías Carrasco.

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CONVENCIÓN Y DERECHOS HUMANOS

El viernes recién pasado, la Comisión de Derechos Humanos de la Convención Constituyente aprobó por 13 votos a favor y una abstención, una iniciativa que prohíbe recibir en audiencias “a personas u organizaciones que a través de sus planteamientos, propuestas o discursos hayan difundido mensajes de odio o que puedan incitar a la violencia respecto de grupos vulnerables o históricamente excluidos”. El texto, planteado por un integrante de la Lista del Pueblo, se basa en los principios del “no negacionismo” y de quienes pretenderían negar la existencia de violaciones a los derechos humanos en Chile. Así, los que quieran intervenir ante la Comisión deberán llenar un formulario y someterse a la deliberación de una subcomisión que decidirá si podrán participar o no.

A simple vista parece ser una medida sensata, tratándose de un tema tan relevante como los derechos humanos. Lo que se busca, sería evitar -dentro de la misma Comisión- la asistencia de hombres y mujeres que han promovido, o siguen promoviendo, ideas o acciones que atenten contra los derechos de las personas. Eso, a simple vista. Porque basta escudriñar un poco para que aparezca un asunto de mayor alcance y gravedad.

En un Chile en donde la realidad parece ser trastocada por lo que cada grupo piense. En un país en donde el lenguaje intenta ser moldeado en función del propio sentir, instalando palabras nuevas y queriendo desterrar otras. En un tiempo confuso, revuelto, a veces exagerado, de una llamativa corrección política y moral, vale la pena preguntarse: ¿qué entenderá la Comisión por mensajes de odio? ¿a qué se refiere, concretamente, cuando habla de grupos vulnerables o históricamente excluidos? ¿en qué consistirá el formulario que se deberá firmar? ¿desde qué criterios la subcomisión vetará o visará a los visitantes? ¿deberá exigirse una condena a la violación de los derechos humanos solo en Chile o en todas partes del mundo?

Al mismo tiempo que esta norma era discutida, la Lista del Pueblo compartió en sus redes sociales un grafiti que decía “Sangre x sangre. Watón Boric”. Esto, en el contexto de una agresión que el candidato presidencial recibió en la cárcel Santiago 1.  ¿Cabría ese mensaje en la categoría de incitación al odio y a la violencia? ¿debería la Lista del Pueblo ser excluida de las audiencias por compartir en sus redes este tipo de consignas? Y si una persona quisiera plantear matices o una visión complementaria a la ya instalada respecto a los actos de violencia, la represión y el atropello a derechos humanos ocurridos tras el estallido social, ¿podrá ser recibida en la Comisión?  

La única constituyente que se abstuvo de aprobar esta iniciativa explicó su voto señalando que la Comisión tiene una forma de ver los derechos humanos “subjetiva”. Y no se equivoca.

El problema de este tipo de medidas es que por intentar excluir ideas que nos parecen aberrantes, se restringe el debate público, impidiendo que surja allí la problemática con todas sus complejidades. En vez de permitir la aparición de opiniones y puntos de vista diversos (incluso incómodos) que enriquezcan la discusión, se intenta ocultarlos (como si no existieran), promoviendo una mirada única y hegemónica de la realidad.  Y eso es lo grave.

La alternativa a la censura o a lo que Orwell llamó “la policía del pensamiento”, es la razón. Es decir, que sea el peso del argumento y la lógica de lo planteado, lo que nos permita decidir si lo que escuchamos es digno de ser considerado o no. Y eso es lo que debieran hacer – más allá de sus identidades y grupos de pertenencia- los miembros de la Convención.  

Por Matías Carrasco.

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BARADIT Y LA SOMBRA

Hace algunos días, tras la agresión a un constituyente de Chile Vamos, el escritor y también miembro de la Convención, Jorge Baradit, dijo que le parecía conveniente “que ellos sufran un poquito lo que los chilenos hemos sufrido desde el estallido social: persecución, violencia, represión en las calles”. Horas después de su declaración, echó pie atrás, se disculpó, explicó que se trató de un exabrupto y señaló que las palabras que él mismo emitió, “no me representan”, como si dos sujetos distintos habitaran en un mismo Baradit ¿Cómo pudo ocurrir?

El libro “Encuentro con la sombra”, editado por Connie Zweig y Jeremiah Abrams, reúne cerca de cincuenta breves ensayos que tratan sobre el lado oscuro del ser humano y esa sombra – que a todos nos acompaña- y que encierra (como en una jaula echada al olvido) todas las emociones “negativas” que reprimimos desde niños, como la rabia, la lujuria, la mentira, el odio, la envidia y todo tipo de tendencias destructivas.

El gran problema de la sombra es que no la vemos. Está tan oculta en nuestro inconsciente que no somos capaces siquiera de mirarla. No nos atrevemos. No podríamos tolerar ver nuestra imagen ideal ensombrecida por un puñado de malas intenciones. Por eso, lo que nos va quedando es la proyección, es poner en otros y reprobar con fiereza lo que realmente somos, pero no queremos asumir.  Por eso la maldad parece estar siempre fuera – en la pareja, en los hermanos, en el gobierno, en los políticos, en carabineros, en los tribunales, en el sistema- pero nunca en nosotros mismos.

Por más que queramos, no podemos deshacernos de nuestra sombra. Simplemente, existe. E ignorarla acrecienta el riesgo de que aparezca sorpresivamente ante nosotros como si se tratara de otra persona o de un animal salvaje. “Cada uno lleva consigo un Dr. Jekill y un Mr. Hyde, una persona afable en la vida cotidiana y otra entidad oculta y tenebrosa que permanece amordazada la mayor parte del tiempo” – señala uno de los ensayistas del libro.

Algo de eso le tuvo que haber pasado a Baradit. Es probable que le haya abordado abruptamente su sombra, como un extraño alojando dentro de él, que movido por un sentimiento de venganza, decidió salir a dar una vuelta, lanzar la pachotada, para luego volver a replegarse en las mazmorras del escritor. Por eso para Baradit fue un exabrupto (un desatino, una incorrección) y una opinión que no lo representaba.

Pero no solo Baradit tiene su sombra. Todos la tenemos y, aparentemente, bien oculta. Nadie está muy dispuesto a reconocer su lado menos luminoso. Y andamos por ahí creyéndonos intachables, mientras culpamos al mundo de todos nuestros achaques. Así, vamos haciendo de esta tierra un gigantesco y confuso teatro de sombras proyectadas en murallas ajenas.

La alternativa es asumir, como dice Nicanor Parra, que somos un embutido de ángel y de bestia. La opción es desarrollar la propia conciencia (y responsabilidad) individual. Entender que en cada uno de nosotros -ciudadanos, constituyentes, comunicadores, candidatos presidenciales- está la capacidad de hacer el bien, pero también, aunque insistamos en negarlo, de hacer daño. Y de eso nadie se libra.

Aceptar la propia sombra nos ayudaría a bajar un par de cambios, a disminuir la soberbia, a curar nuestra ceguera, y a cotejar la realidad con una mirada más comprensiva y equilibrada de los demás y de nosotros mismos.

Caminar mirando la sombra -con una mezcla de cariño y curiosidad- puede ser un buen comienzo.

Por Matías Carrasco.   

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UNA FUNCIONARIA TÉCNICA

“Yo soy una funcionaria técnica”, atinó a responder Carmen Gloria Valladares, la secretaria relatora del acto inaugural de la Convención Constituyente, al ser emplazada para suspender la ceremonia por una supuesta represión en las afueras del ex Congreso Nacional.  Yo soy solo una funcionaria, nada más que eso, pareció decir, como disculpándose, como advirtiendo que nada tenía que ver en el entuerto y que estaba allí para cumplir una labor meramente administrativa.

Pero fue una funcionaria técnica (cuando lo técnico está tan desprestigiado) quién permitió – en medio de la confusión y de la histeria- que la investidura se realizase y que podamos contar hoy con una convención legítimamente constituida. Fue ella, una mujer de edad, de ojos oscuros y pelo castaño, quién puso templanza y sensatez cuando lo que había eran proclamas, convencionales que iban y venían, llamativas declaraciones a prensa, rumores de opresión y heridos, y una amenaza seria al normal funcionamiento de la cita histórica.

Son de esas personas que aparecen cuando nadie lo espera. Tampoco hizo mucho. Quizás eso es lo interesante. Y cuando digo mucho, me refiero a nada muy vistoso, muy espectacular. No hubo ninguna contorsión, ni un solo grito, ni un puño en alto, menos un golpe a la mesa. Nada de eso ocurrió. Fue más bien lo contrario. Lo suyo fue la mesura, la calma, el permanecer donde debía estar, pero con una mirada atenta y comprensiva de lo que estaba pasando. “¿Qué es lo que sucede?”, preguntó antes de posponer por algunos minutos la ceremonia. “Queremos hacer una fiesta de la democracia y no un problema”, dijo entonces, dejando entrever un compromiso profundo con el rito que ella misma estaba encargada de relatar.

Habló con una voz firme y suave, a la vez. Escuchó. Preguntó. Esperó. Supo donde poner la pausa. Respetó aclamaciones de los presentes. Educó cuando debía hacerlo. Destacó dos o tres veces la solemnidad que revestía el acto. Agradeció. Se equivocó, corrigió y pidió perdón. Sonrió. Y cuidó las palabras, cada una de ellas, delicadamente, como esas personas que quieren tanto a las palabras como si estuviesen vivas.

Carmen Gloria se tomó a las personas muy en serio. Parecía no importarle de dónde venían, cuáles eran sus ideas o su color político. Parecía escucharlas a todas, con el cuerpo inclinado y el oído bien dispuesto. Parecía hablarles a todas, con un cariño de madre, o de abuela, o de qué se yo. Los convencionales sintieron ese afecto, supongo. Por eso la aclamaron de pie cuando emocionada agradeció “de todo corazón”.

Es cierto. Tuvimos una ceremonia inaugural movida, inusual y compleja. A ratos, parecía que la sesión se cancelaba. Hubiese sido una derrota.  Se notaba la ansiedad. Imaginaba a tantos en sus casas, cruzando los dedos, para que primara la razón. Y así fue. En parte porque todos y todas pusieron algo para que las cosas, finalmente, funcionaran.

Pero para mí el gran hallazgo, el gran símbolo, es esa funcionaria técnica que no estaba en los guiones de nadie, pero que sin quererlo apuntó una gran lección: la sobriedad, la templanza y el diálogo pueden ser también un buen camino.     

Por Matías Carrasco.

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¿No?

El candidato presidencial, Daniel Jadue, utiliza una muletilla que podría servir como un símbolo de la política de nuestro tiempo. De tanto en tanto, al finalizar una frase, incluso en afirmaciones que por el tono de voz suenan a una verdad irrefutable, suelta un “¿no?” seco, preciso y bien pronunciado. Es un recurso extraño, que podría interpretarse como una duda de lo que se plantea, o bien, como una reafirmación de lo expresado, ¿no?

Y esto que puede ser anecdótico, es a mi juicio, el reflejo de una forma de hacer política cada vez más ambigua (convenientemente ambigua) y poco fiable. No hablo de los últimos 30 años, hablo de los últimos 30 meses, o incluso, 30 días. No me refiero solo al Partido Comunista, me refiero también al resto de los partidos. Es como si los políticos (o buena parte de ellos) se movieran, intencionadamente, en una zona líquida, sin bordes muy claros, queriendo parecer una y mil cosas a la vez. Es como un juego de máscaras, en donde uno no sabe bien con quién está tratando y cuánto de lo que se dice es realmente cierto.

Lo que se declara un día, podrá ser desconocido al siguiente. No se trataría de un legítimo cambio de opinión, sino de una vistosa voltereta en el aire como si nada hubiese pasado.  Este será el único retiro de 10%, ¿no?; el acuerdo por la paz y una nueva Constitución se basa en una hoja en blanco y dos tercios, ¿no?; los fondos de pensiones son de propiedad de cada uno de los chilenos, ¿no?; iremos juntos a primarias, ¿no?; juramos respetar la Constitución y las leyes, ¿no?; exigiremos un estatuto de garantía, ¿no?. La política del “¿no?” siempre guardará un espacio gris y sombrío, para retractarse si es necesario o girar el timón si las olas cambian de rumbo. Todo en función del mercado de los votos, twitter y las encuestas.

Se ha instalado una política publicitaria, de titulares gruesos, sexys y coloridos, pero con una letra tan chica, que se hace difícil leer. Hay algo tramposo en todo esto.  Siempre ha existido en política un manto oscuro y una intriga permanente. Pero el asunto es grave cuando se intensifica en una época en donde lo que más se requiere es recuperar la confianza en las personas y en las instituciones.

Algunos vienen advirtiendo de una crisis ética, y esto tiene que ver con eso. De cierta manera, todo vale, incluso el engaño (directo o solapado), cuando se trata de sumar votantes y alcanzar el poder. Si habría que pedir garantías del algún tipo, serían las de honrar la palabra y los acuerdos. La de mirar a la gente a la cara y hablar claro. La de asumir los márgenes de la realidad, y explicar con responsabilidad (otra virtud extraviada), lo que se puede y lo que no.

Es urgente que la política cambie de tono. Es fundamental que aparezcan hombres y mujeres – todavía los hay- que promuevan una práctica seria y honesta del servicio público. De lo contrario, seguirán profundizando el agujero que se encuentra justo bajo sus pies, poniendo en riesgo, no la suerte de una candidatura, sino de la democracia y de nuestro país.  Mal que mal, todos queremos un Chile mejor, ¿no?

Por Matías Carrasco.

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EL VALOR DE LA IGNORANCIA

Hace algunos días, en la terraza de su casa, un buen amigo me hablaba del valor de la ignorancia. Algo así como el solo sé que nada sé, de Sócrates, pero en una época en donde la información abunda y las verdades y posverdades se declaran y se repiten con la fe de los predicadores. Por eso me llamó la atención el hallazgo (o la advertencia) de darle a la ignorancia un lugar especial. Tiene que ver con la capacidad de saberse ignorante – total o parcialmente- y admitir la opción de estar equivocados, perdidos o perplejos.

Si nos hacemos conscientes de nuestra ignorancia, insistió mi amigo saboreando una copa de vino, estaremos más abiertos a las preguntas que a las respuestas. Y si damos con la pregunta correcta (dijo ahora dejando la copa sobre una mesa de madera) podremos encontrar soluciones más acertadas a las problemáticas que nos toca enfrentar. Miré tres cactus que estaban dispuestos como edificios altos en un rectángulo de piedras pequeñas. ¿Cómo reivindicar la ignorancia entre tantos que estamos anclados en ideas fijas y prejuicios, asustados como niños ante la incertidumbre? ¿cómo aceptar la ignorancia sin sentir la vergüenza de los analfabetos y el juicio de los que andan por ahí abrazando certezas?

Mi amigo me acercó una fuente con aceitunas verdes rellenas con pimentón. Tomé un par y me las eché a la boca. Si nos declaramos ignorantes, continuó, asumiremos que no está necesariamente en nosotros la mejor respuesta y que debemos contar con otros para encontrar la salida de los laberintos que de vez en cuando nos asechan. ¡Nos sorprenderíamos de cuánto saben los demás y de cuan errados podríamos estar en algunas de nuestras ideas!

Me acordé del arquitecto chileno y Premio Pritzker, Alejandro Aravena.  En una entrevista publicada recientemente, Aravena contaba que en las viviendas sociales existe, en general, un receptáculo para la ducha, porque los metros no alcanzan para una tina. Sin embargo, quisieron preguntarles a las mismas personas qué preferían: tina o calefont. La respuesta parecía obvia: calefont y receptáculo para la ducha. Pero se llevaron una sorpresa: “el 99% de las familias decía tina. Y lo que más me impactó fue la razón que dieron: como tenían que ahorrar 10 UF para acceder al subsidio, al recibir la casa ya no tenían plata para el gas, por lo tanto agarraban el calefont y lo vendían. En cambio la tina, como hay una política pública que te entrega agua, la podían usar desde el día uno. En los blocks de esa época, además, el 95% de los conflictos entre vecinos eran por baños que filtraban agua de un piso al otro” – explicaba el mismo Aravena.

Al final, dijo mi amigo de pie mientras admiraba un Liquidámbar de una casa vecina, se trata de tomarse a las personas muy en serio. Y eso significa sacudirse de los paradigmas, y disponerse a escuchar a los otros, saber quiénes son, qué quieren, cómo viven, qué necesitan. Sería algo así como desensillarse de los aperos y monturas que llevamos hace años, con el cuidado de los arrieros.  

Me acompañó hasta la salida. Pensaba en el valor de la ignorancia en un tiempo tan movido, confuso y ruidoso como el nuestro. Pensaba en Sócrates y su luz legendaria. Pensaba en nuestros líderes, políticos, empresarios, comunicadores, ciudadanos y constituyentes, y en la conveniencia de que nos sepamos todos ignorantes.

Nos quedamos conversando algunos minutos frente a la reja entreabierta. Mi amigo me contó que estaba evaluando comprar un perro. Me preguntó qué raza sería la mejor. Levanté las cejas y los hombros y dije: “no sé”. Él rió y yo me fui caminando, pisando las hojas en el suelo.

Por Matías Carrasco.

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SOPLAR LAS BRASAS

Una de las amenazas para los próximos meses y años en Chile, es que se instale un ánimo de dominio y exclusión, por sobre los acuerdos. Es cosa de mirar lo que ha pasado en los últimos días para advertirlo. En primer lugar, una oposición que se despelleja en público, sin pudor, en la lógica del veto, de la tuya y dos más, de las revanchas, de las traiciones, de nosotros los buenos y amigos del pueblo y ustedes los malos y opresores de los últimos treinta años. Mucho puño en alto, ojos desorbitados, banderas flameando, una respiración agitada, declaraciones mirando a cámara y, como siempre, ese grupo secundando desde atrás moviendo la cabeza de arriba hacia abajo, y de abajo hacia arriba, como si fuesen muñecos. Por otra parte, algunas declaraciones de constituyentes que advierten que no conversaran con nadie que no esté de acuerdo con sus ideas, y otros que buscan imponerse, con la arrogancia de los vencedores, por el peso de la mayoría. Y por último las voces que se han levantado, cada vez más, pidiendo (como si fuese un deseo) una disposición a la escucha y al diálogo. Estas últimas, que comparto, son la señal más clara de la preocupación que existe en buena parte de quienes miramos el presente y el futuro del país.

Es un asunto al que hay que prestarle mucha atención. Tenemos al frente una gran oportunidad. Han sido tantos los cambios en el mundo, en la tecnología, en la manera de relacionarnos, y tantos los cambios y desencuentros en nuestra temblorosa tierra, que parece sensato darse un tiempo para mirarnos y conversar sobre Chile. También está sobre la mesa, la posibilidad de trazar una nueva ruta desde miradas muy diversas. Es bueno que estén sentados en las butacas de la Convención Constitucional hombres y mujeres de oficios diferentes, de sectores sociales muy variados, jóvenes y viejos, de otras culturas, de otros credos, algunos con mucha calle y otros con diplomas y estudios profesionales. Ahí están, pesando lo mismo a la hora de comenzar a poner los ladrillos de una casa que, esperamos, sea de puertas abiertas. Es por eso que es fundamental cuidar ese espacio y el ambiente que lo acompañará.

El riesgo está en que los triunfadores de las últimas elecciones caigan en la euforia y en la tentación de dar un golpe final, una estocada decisiva, para matar al toro y quedarse con las orejas y el rabo. Que los perdedores decidan atrincherarse como perros asustados, intentando sostener una isla alejada y solitaria. Y que los independientes se erijan como salvadores impolutos y que otros (ya lo están haciendo) los conviertan en una suerte de divinidad. No. Ninguno de ellos – triunfadores, perdedores e independientes- está libre de la soberbia, de la ceguera, de los vicios y de estar, como no, parcial o absolutamente equivocados.

Vivimos un cambio de época que está recién comenzando. Pienso que no se trata ni de derechas ni de izquierdas. No al menos en la lógica que hemos conocido hasta ahora. Más bien, es un giro que busca poner a las personas en el centro y un llamado (urgente y categórico) a tomárselas muy en serio. No solo eso. También está el medio ambiente, el reconocimiento a los pueblos originarios, la paridad de género y otras ideas que se han instalado con un apoyo transversal. Es un mundo nuevo que debemos mirar con ojos curiosos, sin prejuicios, y abiertos a la búsqueda de nuevas soluciones.

Por eso se requiere una mirada fresca y no anquilosada en viejas ideologías y en la dinámica del dominio, de la defensa, de los vencedores y los vencidos. Lo que hay que alentar y soplar como si fuesen brasas apenas encendidas, son la colaboración, la apertura, la escucha y el diálogo. Son esas, y no otras, las que iluminarán el difícil e incierto camino que empezamos a recorrer.

Por Matías Carrasco.

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