INFELICES

Izkia tiene razón. Hay infelices en el gobierno. Tiene que haberlos. También los hay en el Colegio Médico, en el congreso, en las iglesias, en las empresas, en carabineros, en sindicatos y directorios, en los periodistas, en el ejército, en los intelectuales, en los artistas, en los mapuches y en los huincas. Existen también entre las feministas y los machistas, en la primera línea, en la segunda y en la tercera. No quiero herir a nadie, pero infelices hay en todas partes.

El problema está en que no nos damos cuenta de eso. Es decir, de la propia condición de infelicidad. No me refiero a la infelicidad como a la desgracia o la suerte adversa, sino más bien, a lo que Izkia entiende por tipos (y tipas) infelices. A los de actuar ruin y deplorable.  De esos (y esas) repito, hay una montonera.

Quizás convenga esclarecerlo en la nueva constitución. En su primer artículo. Todos y todas nacemos igualmente infelices ante la ley. Tal vez, habría que ser más preciso. Los recién nacidos no son rufianes. Corrijo. Todos y todas nacemos igualmente buenos, pero indefectiblemente, podremos llegar a ser, le guste o no, en algún momento de la historia, hombres y mujeres infames. Eso podría dotarnos de la igualdad que buscamos y que aún no logramos conseguir.

Nadie está libre de tirar la primera piedra. Nadie está libre de ser un infeliz. De alguna manera todos lo somos. Es esto de las luces y sombras, que ya no vale la pena repetir. Es una semilla que cae sobre rocas, rígidas e inamovibles, como son las rocas. Estamos en la hora de las sombras de un lado y las luces del otro. Como el día y la noche. Pocos están dispuestos a asomarse a la ventana cuando amanece o cuando el sol se oculta, y se mezclan al fin, el brillo y la oscuridad.

Algunos piensan que estamos gobernados por una tropa de infelices. Incluso lo piensan aquellos que ya gobernaron, y era que no, también los llaman infelices. ¿Se da cuenta de que esto es una cadena? El tema es que muchos esperan que termine esta administración infeliz para, al fin, dar paso a los iluminados, a los que saben, a los impolutos, a los de una claridad envidiable. Pero no será de esa manera. Está escrito. Son los tiempos. Cualquiera que sea, de derecha o de izquierda, progre o conservador, del pueblo o de la elite, terminará por defraudarnos, como otros y otras ya lo han hecho. Si esperamos santos, encontraremos, simplemente, al ser humano.

Pero hay una salida a todo este embrollo. Sabernos infelices ayudará a bajar la guardia. Si entendemos, de una vez por todas, que a todos nos cortó la misma tijera, nos olfatearemos amablemente moviendo la cola, y no como perros entrenados a dar la pelea.  Es cierto. Hay infelices e infelices. Unos muchos más que otros. Pero compartimos la misma cepa y el mismo e imperfecto origen.

Tenemos al frente la oportunidad gigante de revisar lo que hemos hecho como país y dibujar el Chile que queremos en el futuro. Y para eso se necesita conversar, con apertura y diálogo, a pesar de las profundas diferencias que puedan existir. Porfiar en la línea de las ofensas y de las trincheras, solo alimentará nuestra propia e inherente infelicidad.

Por Matías Carrasco.

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LA CULTURA DE LA ULTRASEGURIDAD

Hace algunos días descubrí una filtración de agua en el jardín.  Era una tubería trizada. Nunca he sido bueno para estas cosas, pero me propuse arreglarlo yo mismo. Fui a la ferretería, pregunté, y volví con una sierra, una lija, un tubo, dos coplas y pegamento para pvc.  Hice el trabajo. Prendí la llave y una pequeña gotera, casi imperceptible, me dio un cierto aire de derrota. Volví a intentarlo. Esta vez el ferretero me aconsejó lijar muy bien todas las piezas. “Eso hace que el pegamento se adhiera”, me dijo. Ahí entendí. La lija no era solo para afinar los cortes, sino para generar desgaste, fricción y rugosidad en el tubo y sus conexiones. Si la superficie está plana y sin relieves, simplemente, no pega.

Algo de esto se habla en el ensayo “La transformación de la mente moderna”, de Jonathan Haidt y Greg Lukianoff. No se trata de cañerías rotas, sino más bien de lo que está ocurriendo en la mente de las generaciones más jóvenes y de estudiantes universitarios. El libro se refiere a la tendencia en distintas universidades de Estados Unidos – aunque la práctica se ha exportado a otros países y continentes- a la cancelación, a la funa o a la realización de actos violentos ante la expresión de ideas que les parezcan ofensivas o irritantes. A través de una serie de ejemplos bien documentados, ambos autores muestran que hay temas que no se pueden mencionar o debatir al interior de los campus. A veces basta una diferencia de opinión, una palabra dicha, un gesto o una disonancia con la postura prevaleciente para que los alumnos impidan la realización de una charla, veten públicamente a un directivo o logren forzar la salida de algún académico.   Y así, estudiantes y profesores andan con pies de plomo, temerosos a proponer una discusión provocativa, a decir algo equivocado o a salir en defensa de alquien que saben que es inocente por terror a ser acusados en la turba de las redes sociales. Son como jóvenes, plantea el ensayo, que necesitan mantenerse a salvo de las ideas que les resulten amenazantes. Como tubos lisos y sin repliegues.

¿Por qué sucede este fenómeno?

Haidt y Lukianoff plantean distintas aristas – la irrupción de las redes sociales, el dogmatismo, la polarización política, el pensamiento dicotómico, el desplazamiento conceptual del lenguaje- pero las reúnen en una tesis central: la cultura de la ultraseguridad. A su juicio, y con los mejores deseos, se han formado generaciones desde la sobreprotección física y emocional. Si antes debíamos preparar a los niños para el camino, hoy se prepara el camino para los niños. Intentamos, de alguna manera, correr los obstáculos y mantener el terreno despejado para que no se vayan a caer o a lastimar. “La seguridad es buena, por supuesto, y mantener a los demás a salvo del daño es virtuoso, pero las virtudes pueden convertirse en vicios cuando se llevan a los extremos (…) La cultura de la ultraseguridad  se refiere a una cultura o sistema de creencias donde la seguridad se ha convertido en un valor sagrado, lo que significa que las personas dejan de estar dispuestas a las contrapartidas que exigen  otras cuestiones prácticas y morales” – cita el ensayo.

Lo he visto y practicado. Padres poniéndole mantequilla al pan de su hijo de diez años; otros cortando la carne de su hija de doce; niños con menú especial para evitar las mañas; apoderados que solicitan la continuidad del profesor jefe para el próximo año para sortear el malestar de una nueva adaptación; mamás y papás que ceden ante los límites para impedir el berrinche; tantos que evitamos que nuestros hijos jueguen en la calle por miedo a que les vaya a pasar algo. En pequeñas cosas, vamos construyendo una coraza en nuestros niños, adolescentes y jóvenes que, paradójicamente, los hace más frágiles. “Como el sistema inmune, los niños deben exponerse a las dificultades y estresores (dentro de las formas acordes con su edad) o no lograrán madurar y desarrollarse como adultos capaces que puedan interactuar de forma productiva con las personas y las ideas que desafían sus creencias y convicciones morales” – señala el libro.

Es un tema interesante. ¿Cómo estaremos en Chile? Se nota este fenómeno más allá del mundo académico. ¿Y en las universidades? ¿Es posible debatir libremente de todos los temas? ¿Están los rectores, directivos y decanos haciendo algo al respecto? ¿O simplemente ceden ante la presión?

En mi segundo intento lijé muy bien las piezas. Lo hice con detención y cuidado. Puse el pegamento y calcé la tubería en cada conexión.  Di un pequeño giro. Prendí la llave de paso… ¡y funcionó! Ni rastros de agua ni humedad. Era eso. Había que pulir, desgastar, para que el pegamento funcionara y el agua corriera sin dificultad.

Por Matías Carrasco.

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EL PORTE DE JAVIERA

Ayer, en el centro de Santiago,  me topé con Javiera Parada.  Yo estaba sentado en una banca y ella pasó justo frente a mí. La miré. Ella también me miró. Eso creo. Las mascarillas hacen perder cierta perspectiva en esto de las miradas. Pensé en saludarla, pero no lo hice.  Luego, siguió su camino.

Minutos más tarde, en el metro, revisando mi celular me enteré que la misma Javiera Parada estaba siendo funada en twitter por haber celebrado la vuelta de Gonzalo Blumel a la política contingente. “Me alegro que Gonzalo Blumel vuelva a la actividad pública y más que sea a aportar en la conversación constitucional”. Eso fue lo que dijo. Le respondieron con saña. Le sacaron a su padre asesinado. La llamaron desvergonzada. Traidora. Le cuestionaron su defensa a los derechos humanos, con una liviandad y una moral que sorprende. Y todo por aplaudir el regreso de –según algunos-  un “criminal”, un “asesino”, un “encubridor”, como Blumel.

Seguí escudriñando en mi teléfono. Descubrí un poema que Raúl Zurita (¡gran poeta!) le dedicó a Javiera Parada luego de ir a la Moneda a entregar una carta para propiciar el diálogo días después del 18 de octubre de 2019, en los momentos más violentos del estallido social. “¿Pero cómo pudiste Javiera, cómo pudiste sentarte con ellos si estaban con sus metralletas en ristre? (…) ¿Cómo podríamos entenderte nosotros, los nadie, si siguen manchando con sangre nuestros pobres trajecitos blancos?”.  Debe ser duro que te dediquen esas palabras públicamente y además con poesía.

Recordé la carta con que Javiera Parada renunció a su partido (Revolución Democrática, del Frente Amplio) disintiendo de la acusación constitucional que por esos días se fraguaba contra el presidente Piñera. Debe ser de los textos más lúcidos que se han escrito desde el estallido.  Esta vez, no habían versos. Tampoco odio, rencor, rabia, santos ni demonios.  Más bien se notaban ideas, honestidad y tristeza. “En la izquierda no estamos libres de las pulsiones antidemocráticas; tampoco estamos libres de los laberintos éticos en que cayó la Concertación; en la izquierda chilena no somos inmunes al caudillismo que tanto mal le ha hecho a Latinoamérica; no tenemos el monopolio ni de la justicia social, ni de la ética, y desde luego en la historia de la izquierda hay belleza, pero también hay autoritarismo, ruido y furia” – dijo en esa oportunidad.

No conozco a Javiera Parada. Imagino que debe ser una persona como cualquiera, con luces y sombras. He visto algunas de sus intervenciones. A veces estoy de acuerdo, a veces no.  Pero me gusta su manera de hacer política. No claudica en su causa (la de un país más justo y humano), pero se mantiene dispuesta al diálogo y a la razón. Defiende su postura, pero sin violencia ni espectáculo. Propone y empuja cambios profundos, pero consciente del valor de la democracia y sus instituciones. Critica al adversario, pero es capaz de mirarse críticamente a sí misma y a su sector. Y lo más importante, sigue impulsando una política sensata, reflexiva y responsable, a pesar de los altos costos que ha debido pagar y que seguramente seguirá pagando.

Es esta la política que nos puede ayudar a salir de la crisis. No la otra. No la que hemos visto desde algunos meses. No esa estridente, fanática, tramposa, revanchista y que busca hacerse valer a punta de zancadillas, engaños, amenazas y acusaciones constitucionales. Aún siendo pequeña de tamaño, Javiera Parada tiene una estatura que muchos de quienes la denigran no podrán alcanzar jamás.

Debí haberla saludado, pienso. Quizás una mano levantada hubiese sido suficiente. Era solo un gesto, un guiño. Que sepa que somos muchos quienes queremos que ella, y otros como ella, aparezcan, persistan y participen en las discusiones más importantes del presente y del futuro del país.  Chile necesita – con urgencia- personas del porte de Javiera.

Por Matías Carrasco.

*Foto: emol.

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PROPONGO

Propongo que una vez definidos los integrantes de la Convención Constitucional, antes de partir, antes de iniciar toda discusión, antes si quiera de sentarse a la mesa, se realice un gran y vistoso rito.

Propongo evitar los espacios cerrados, las murallas, las puertas viejas y pesadas. Sugiero hacerlo en un lugar abierto,  frente al mar, en alguna región costera y con el horizonte en el fondo, como un regalo, como señal de inmensidad y de futuro.

Propongo despojarse de los protocolos acostumbrados, de asesores y manuales de ceremonia. Imagino algo nuevo, sencillo y significativo. Nada elegante. Nada muy pomposo. Pero solemne.  Como esas misas de barrio, improvisadas, con un paño viejo y unas cajas rotas haciendo de altar. Que los constituyentes vistan como quieran. Que en ellos se muestren los colores de un país diverso y legítimamente diferente. Que estén cerca, unos de otros, que aprovechen de conocerse, de mirarse, de reírse ojalá a carcajadas.

Propongo que estén con los pies pelados, sobre la arena. Que puedan mirar el cielo, con las patas bien puestas en la tierra. Que las hundan hasta sentir el frío o el calor. Sugiero que todo sea televisado y en cadena nacional. Que el país entero sea testigo y parte de un rito histórico.

Propongo que a un costado de los constituyentes, estén – también a pie pelado- el Presidente, los dirigentes de los partidos políticos, los representantes de los poderes legislativo y judicial, del ejército y las fuerzas de orden.  Que entendamos que en la casa común, cabemos todos.

El comienzo tiene que ser con un gran silencio. No un minuto ni dos, sino un gran silencio. Que dure lo que tenga que durar. Venimos de tanto ruido, de tanto griterío, de tanto zafarrancho, que nos merecemos un tiempo mudo. Que todos los asistentes callen. Que se escuche el mar. Las gaviotas. Que se sientan las pisadas de esos pequeños pájaros que andan siempre juntos, correteando las olas. 

Propongo que no haya discursos. Las palabras se están tornando vacías. Que haya pocas, pero contundentes. Rompería el silencio con un poema. Somos tierra de poetas. Con un muchacho o una muchacha (o ambos), recitando versos que calmen el alma de Chile. Luego una bienvenida sencilla, en español y en las lenguas de los pueblos originarios. 

De ahí, un texto breve, como introductorio. Después, la promesa. No un juramento. No ante Dios.  Sino una promesa ante los hombres y mujeres de Chile. Una voz se eleva por sobre el resto y aclama: “¿Prometen disponerse siempre al diálogo, al encuentro, a la escucha y a la búsqueda incansable de acuerdos por el bien del país y de su gente?”.  Y la respuesta de cientos, estruendosa: “Sí, prometemos”. Y otra vez la voz: “Y cuando quieran sacarse la cabeza, y cuando los ánimos estén caldeados, y cuando sientan la presión de twitter sobre los hombros, y cuando quieran tirar del mantel, ¿prometen lavarse la cara y retomar, aún a regañadientes,  el diálogo y la conversación?”. Y un “sí, prometemos”, claro y firme,  se escucha de todos los presentes y se oye en todos los rincones del país, como veedores de una promesa solemne.

Terminaría con música (algo alegre) y con empanadas y vino tinto repartiéndose entre la gente.  Los dejaría conversar un buen rato, hasta que la tarde decline.

Así, con el rito finalizado (o iniciándose), conscientes de la promesa y del serio desafío que tenemos por delante, se comenzaría a escribir el exigente, dificultoso y vibrante capítulo de esta parte de nuestra historia.  

Por Matías Carrasco.

*Foto: emol.

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ESO NO SE HACE

Algunos han venido insistiendo – sobre todo desde la izquierda- que nada se saca condenando la violencia. Postulan que la destrucción que hemos visto en el último tiempo y más puntualmente en el primer aniversario del 18 de octubre, sería fruto de una fuerza propia o de una masa incontrarrestable, que no cesará por lo que diga o deje de decir un puñado de jóvenes o viejos políticos.  “No quiero que haya violencia, no contribuye a la solución de los problemas, pero esa condena moral desde el privilegio no contribuye a detenerla” – dijo hace un par de días el diputado de Convergencia Nacional, Gabriel Boric.

Varios se apuran en señalar – con razón- que lo importante es atender las causas que anteceden a la violencia y buscar las soluciones que apacigüen el malestar. Pero lo hacen como si se tratara de un binomio: causas o condenas (no ambas).  Dicen que exigir condenas a la violencia, no sería más que un oportunismo de la derecha, un esfuerzo inútil y sin sentido.  

¿Será tan así? ¿Realmente no sería gravitante el cuestionamiento a la violencia que se pueda hacer desde la elite y la sociedad civil?

Para responder a esta pregunta, utilizaré el ejemplo contrario. Azuzar o celebrar la violencia, ¿ayudaría a perpetuarla? Legitimarla con vítores y homenajes, ¿permitiría que subsista? Aplaudir a un muchacho que lanza una bomba molotov ¿lo incentivaría a lanzar otra y otra y otra más? Pienso que sí. Los seres humanos funcionamos sobre la base de la aprobación y el reconocimiento. Si nuestras acciones son debidamente destacadas, es probable que se repitan en el tiempo. Si doy un discurso en medio de la Plaza de Armas y recibo de vuelta una fuerte ovación, es razonable pensar que volvería a mi casa contento e imaginando las líneas de una nueva prédica. Por el contrario, si nuestros actos son desaprobados a la vista de todos, si en vez de la aclamación hubiese obtenido una pifiadera, insultos y algunos tomates volando por el aire, seguramente saldría de allí corriendo con la firme promesa de no volver a intentarlo.

No hay nada nuevo en lo que digo. Es más bien, obvio. El problema es que es tal la confusión en la que andamos, que los ejes se nos extraviaron. Se mezclan las cosas. Se enredan las causas que generan una reacción (en este caso, la injusticia, la desigualdad, entre otros), con el acto que le sigue (un comportamiento violento o vandálico).  La sensibilidad (¡bienvenida sensibilidad!) respecto a las razones que encendieron el estallido,  parecen ablandar la mirada, el juicio y la reflexión de la violencia que le siguió y que permanece entre nosotros. Es por eso también que algunos evitan cualquier condena a la violencia para no “criminalizar el movimiento”.  Otra vez, la confusión.

El rol de padres ayuda en este tipo de análisis. Pienso en mis hijos. A veces se pelean entre ellos o con amigos. A veces, se golpean. Y cuando eso ocurre, intervenimos – su madre o yo- para separarlos, escucharlos y llegar siempre a la misma conclusión: “eso (lo del golpe) no se hace”. Incluso, cuando hay razones de sobra para haber dado un manotazo, insistimos: “eso no se hace”. Les explicamos que sentir rabia está bien, que gritar está bien,  que incluso el deseo de querer golpear al otro puede ser permitido. Pero que existe – querámoslo o no, nos parezca o no justo- una barrera que no puede ser transgredida, aún cuando veamos todos los días, en Chile y en el mundo, que ese límite se sobrepasa. Todavía así, es necesario machacar: “eso no se hace”.

La condena a la violencia es relevante – aunque no suficiente- porque educa, forma, orienta y nos recuerda una frontera social que no debemos permitirnos cruzar.  No al menos para quienes quieren vivir en sociedades civilizadas, modernas y democráticas. Eso no quita la urgencia y relevancia de atender las causas y rectificar el camino – con transformaciones profundas, duraderas y participativas (los ritos son importantes)- que hagan de Chile un país más justo, equitativo y en paz.

Por Matías Carrasco.

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CRÍTICA DE LA VÍCTIMA

Se ha hablado mucho del episodio del diputado Hugo Gutiérrez. Es sin duda una imagen sabrosa. Es la caída del “hombre bueno”. Es la historia del velo corrido. Es la izquierda autoritaria. Es la hilacha de un discurso estridente. Es el poder encabronado.  Es un pecho en lo alto. Es el cargo puesto encima. Es la mirada displicente. Son las manos que suben y que bajan pegadas al abdomen reafirmando el propio ego.  Es la desilusión de una tierra igualitaria. Da para escribir un libro. O una columna.

Pero hay algo más. Lo interesante no es la secuencia del video, sino lo que vino después. El mismo parlamentario, blindado por el Partido Comunista y otras personalidades de su sector, se ha encargado de dar vuelta la tortilla. No habría en este hecho un acto de evidente prepotencia. Menos una actitud de la que hacerse cargo o de la que pedir perdón.  Nada de eso. Se trataría más bien de una persecución política, de un abuso de poder por parte de la policía marítima, de un control ilegítimo, de un trato indigno, de un montaje coordinado entre la Armada y la derecha fascista. De pronto, como en una voltereta, Hugo Gutiérrez, el del fuero y la autoridad inescrutable, se convertía en víctima. ¿Cómo diablos lo hizo?

En su ensayo Crítica de la Víctima, el profesor italiano Daniele Giglioli sostiene que la víctima es el héroe de nuestro tiempo.  Ser víctima, enfatiza, otorga prestigio, exige escucha, promete y fomenta reconocimiento, activa un potente generador de identidad, de derecho y de autoestima.  Inmuniza ante cualquier crítica y garantiza la inocencia más allá de toda duda razonable. “¿Cómo podría ser la víctima culpable o responsable de algo?” – se pregunta.

El autor se apura en diferenciar a las víctimas reales de aquellas imaginarias. Millones de personas han sufrido humillaciones, torturas, abusos, exclusiones y crímenes. Para ellos y ellas, justicia y reparación. Pero existen otros (y otras) que pasean por el mundo exhibiéndose como víctimas, cuando realmente no lo son.  “En una época en que todas las identidades se hallan en crisis, o son manifiestamente postizas, ser víctima da lugar a un suplemento de sí mismo” – dice Giglioli.

Es esto lo que nos tiene medios confundidos, pienso. Lo que antes parecía claro, hoy se vuelve difuso, intrincado, como un puzzle que me rompe la cabeza. Incluso la moral se me enredó de repente. ¿Qué es bueno? ¿Qué es malo? ¿Quién es la víctima y quién el victimario? La sociedad de las víctimas me alumbra como un faro en mitad de las olas y de la noche.

El disfraz de víctima está ahí, al alcance de cualquiera. Es la tentación de estos días. Frente a un error, a un tropiezo, a nuestras propias miserias, parecer un cordero echado sobre una mesa de madera y con las patas amarradas, nos puede salvar.  Al menos, expiar de nuestras propias culpas y zozobras.

Es difícil este tema. Hacer una crítica de la víctima en una sociedad victimizada, no es un buen negocio. Sobre todo si la víctima garantiza la verdad y está en lo verdadero por definición.  Pero es necesario poner una señal de alerta. “La herida más profunda causada por la victimización es precisamente esta: que acabamos afrontando la vida no como sujetos éticos activos, sino solo como víctimas pasivas, y la protesta política degenera entonces en un lloriqueo de autoconmiseración” – cita el ensayista.

Es jodido pensar en una sociedad mejor sin análisis, sin autocrítica, sin la propia vida puesta en entredicho. Sin una revisión honesta de sí mismo, no hay arreglo posible.

Agrego un recuerdo de la adolescencia: habiendo tenido unos 13 años, le contaba a una tía de mis infortunios explicados por la separación de mis padres. Ella, en un tono serio y decidido, me respondió algo así como: “podemos culpar a nuestros padres de lo que queramos, pero llegado un momento debemos hacernos cargo de la propia existencia”. Ella nunca se enteró, pero me dio una lección eterna.

Por Matías Carrasco.

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LOS LIBROS

Libros. Una hilera de libros. Varias hileras de libros. Eso depende de quién hable y de cuánto haya gastado en su biblioteca. Lo cierto es que muchos de los que aparecen en televisión (desde sus casas con esto de la pandemia), eligen de fondo una muralla de libros. A veces achico mis ojos e intento descifrar algunos títulos, mientras el periodista, el intelectual, el experto, el economista, el político, el empresario, el que sea, charla animadamente sin que le preste atención. Lo mío es adivinar qué diablos leen, qué hojas recorren con los dedos, qué historias les quitan el sueño. 

¿Por qué elegirán unos libros de telón? ¿Por qué no una estantería de antigüedades, un cuadro o un collage de fotografías familiares? También podría ser un mueble, unas cerámicas colgando de la pared, una puerta entreabierta, una ventana mirando la cordillera, o simplemente unas cortinas cerradas. Pero eligen libros.

Hay algunos que dejan ver unos estantes en orden. Se divisan colecciones gruesas, libros anchos y delgados. Filas perfectas,  en un patrón minuciosamente establecido. Otros prefieren ponerse al centro, justo al centro, de una biblioteca generosa y desarreglada. Eligen planos cerrados, para dar a entender que lo suyo es inacabable. Y también están aquellos que figuran con unos pocos libros, en unas repisas pequeñas, con algunas artesanías u objetos indescifrables como haciendo de relleno. Esas exiguas muestras, sospecho, han sido creadas únicamente para la foto. ¿Por qué insisten en los libros?

Unos podrán alegar cierta casualidad.  Otros dirán que no se dieron ni cuenta. Pero ellos saben (y su inconsciente también sabe), que eligieron la compañía de los libros por alguna razón. Quieren que sepan que leen. Quieren que sepan qué leen, y mucho. Quieren que sepan (y que sepamos) que leen y que no van a dejar de leer. Si algunos exhiben sus casas, sus autos y sus zapatillas como símbolo de estatus, ¿por qué otros no pueden ventilar sus novelas, cuentos, biografías y ensayos?

En una ocasión, llegué a notar la competencia de los libros. Dos prominentes columnistas conversaban desde sus hogares sobre el presente de Chile (¡vaya qué presente!).  No pude evitarlo. Digo, lo de fijar la vista en dos monstruosos libreros que aparecían en el fondo. Pienso que ellos también lo advirtieron. Uno más grande que el otro. Tuvieron que haber sentido, estoy seguro, el sabor del éxito y la derrota.

Yo también optaría por los libros. Tendría, eso sí, que sacarlos del ropero viejo en que los tengo y hacerme de una estantería. No sería nada muy espectacular. Todo lo contrario. Soy un lector tardío. Pero me veo hablando (¡de cualquier cosa!), escoltado por títulos que me afirman, que me alientan, que me mantienen la espalda enderezada.

Más allá de la anécdota, los libros me traen esperanza. Han sido un escape, un viaje, un aroma, en estos meses de encierro. Los libros pueden ser un telón, pero también una llave para descifrar un mundo que se nos ha ido simplificando, polarizando, moralizando. Erich Fromm comentaba que para comprender realmente al ser humano era necesario leer a Balzac, a Dostoyevski y a Kafka. “En ellos aprenderán algo sobre el hombre, muchísimo más de lo que puedan aprender en los libros de sicoanálisis”- dijo. La literatura – agrego- nos enseña que los buenos no son tan buenos, que los malos no son tan malos y que el trigo crece, indefectiblemente, con la cizaña.

Seguiré viendo en la televisión los libros como un paisaje. Me divierte, me intriga y me ilusiona.

Por Matías Carrasco.

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LA POLÍTICA Y LOS EXPERTOS

En el contexto de la pandemia, sobre todo en la “era Mañalich”, varios le recriminaron al gobierno su incapacidad de escuchar la voz de los especialistas y expertos.  Principalmente, personeros de la oposición.  A mediados de marzo, un grupo de partidos del Frente Amplio,  le pedía al Presidente Piñera “escuchar a la ciencia” para decretar una cuarentena nacional. Por esos días, la presidenta del Senado, Adriana Muñoz, enunciaba que “se pueden cometer muchos errores al no escuchar a los expertos”. Por su parte, la diputada Karol Cariola, se quejaba en twitter por un gobierno que desoía  la solicitud de los expertos por decretar cuarentena en la Región Metropolitana. A principios de junio, el diputado DC, Daniel Verdessi, planteaba que “no es posible que el Gobierno siga sin escuchar a los expertos”. Tiempo después, el diputado socialista, Fidel Espinoza, celebraba la salida del ministro Mañalich por “actuar con soberbia, sin escuchar al Colegio Médico, a las sociedades científicas y a la gente que advertía que las medidas que se tomaban eran erradas”.  En la misma línea,  el presidente de la DC, Fuad Chaín, sostenía que se requería un nuevo estilo “capaz de escuchar más a los expertos”.  Con la llegada de Enrique Paris a la cartera de Salud, el diputado Matías Walker le pedía al ministro entrante que “se apoye en los expertos” y una vistosa carta firmada por los presidentes de los partidos DC, PR, PPD, PS, Liberal, Revolución Democrática, Comunes y Comunista,  le hacía ver al nuevo ministro – entre varias cosas- la necesidad de una colaboración efectiva con la comunidad científica y sanitaria. Y después de todo – matices más, matices menos- tenían razón. Era importante considerar la opinión de los expertos.

Sin embargo, en otras materias parece ser distinto.  Ya no importa mucho la voz de los técnicos, sino más bien la propia intuición.  El debate por el retiro del 10% del fondo de las AFP con el posterior reembolso de “quién sabe quién” y “vaya a saber uno cómo”,  carece de la otrora necesidad de los expertos. Pesa más lo que algunos han denominado “la calle” y la moral (esa falsa moral) de quién está o no con “el pueblo”. Todo esto, a pesar de que una montonera de economistas – especialistas en estos asuntos- ha planteado serios reparos a esta medida, incluso desde la vereda de la oposición.  El ex ministro de Hacienda de Michelle Bachelet II, Rodrigo Valdés, ha dicho que “la herramienta que se está proponiendo es de demasiado amplio espectro,  y por lo tanto, peligrosa por varias razones”. En tanto, Nicolás Eyzaguirre, dueño de la billetera fiscal en los gobiernos de Ricardo Lagos y Bachelet I, plantea que “los más beneficiados van a ser los que tienen relativamente mejor situación”. El ex presidente del Banco Central, José de Gregorio, asegura que “ésta es la propuesta más injusta que hay, porque quienes tienen más van a sacar más, y se les va a devolver más”. El ex ministro Ricardo Solari, ex Concertación, augura que el retiro del 10% “garantiza la pobreza a una enorme cantidad de gente”. Y sumándose a la mirada de los economistas, el ex ministro del Trabajo y ex presidente del PS, Osvaldo Andrade, dijo que “parece un contrasentido que la solución sea otra vez echar mano a los recursos de los trabajadores”. Vaya y googlee. No son precisamente expertos de Libertad y Desarrollo.  

Más allá de esta importante discusión, lo que más preocupa es el nivel de la política. Es bajo. Es mediocre. Es oportunista. La técnica, la experiencia y el conocimiento se exigen de un lado y se desechan del otro, dependiendo de cuán funcional sea a los propios intereses. Y así, se corren muchos riesgos. La política – salvo excepciones- se ha tornado pasional, voluntariosa, publicitaria y revanchista. No tengo dudas de las buenas intenciones de muchos que apoyan la ley del 10%, pero tampoco las tengo al pensar que detrás de eso está el gustito por darle una nueva estocada a Piñera y a un sistema de pensiones nacido en dictadura. Quizás por eso, varios parlamentarios, después de la votación, con una mano empuñada en lo alto y con la otra dirigiendo sus celulares hacia sí mismos (el narcisismo es una característica del político), gritaban – exaltados-  “no más AFP”. No gritaban “una solución para la clase media”, sino que aclamaban la frase corta y estridente de “no más AFP”.

Este es un tema complejo. Las personas de clase media y familias más vulnerables necesitan de soluciones excepcionales para una situación extrema, límite e histórica. Y en eso el gobierno debe hacer los mayores esfuerzos, para llegar bien y a tiempo. Pero también se requiere de parlamentarios, que por sobre sus buenos deseos,  caprichos y vendetas, sometan sus pulsiones a la siempre incómoda y limitante voz de los expertos. Chile necesita, con urgencia, una política mejor.

Por Matías Carrasco.

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LA TESIS DE TWITTER

No sé cómo la gente tiene cuero para estar en twitter. Yo no lo tuve. Me salí hace un par de años. Nunca fui muy activo. Me costaba la dinámica de twitiar, retwitiar, el hilo, el DM, y todas esas cosas.  Participaba escasamente, pero me servía para publicar allí mis columnas, aunque nunca tuvieron mucho vuelo. Muy poco, la verdad. Apenas unas aleteadas, como una gallina de campo.  Tal vez sea demasiado amarillo, como dicen, para una red social que exige aplomo, determinación y mucho, pero mucho cuero.

Últimamente, de vez en cuando, me doy una vuelta por twitter. Veo los trending topics y echo un vistazo.  Son, en general, peleas de poca monta. Insultos, una chorrera de insultos. Las diferencias de opinión, que no son más que diferencias de opinión (aunque suene absurdo aclararlo), se zanjan con ofensas, injurias y una agresividad que escandaliza. No hay límites. No hay piedad. Debe ser el medio más cruel que se haya visto. Es un ataque constante y artero, porque siempre es en masa. Nadie anda solo. Te pueden sacar en cara una enfermedad, un defecto físico, una vieja herida, un padre, una madre, un hijo, ¡lo que sea! Y en eso andan varios. Desde personas comunes y corrientes hasta famosos, famosillos, escritores, humoristas, intelectuales, artistas, parlamentarios y economistas.

A veces pienso que twitter nos tiene jodidos. Es una tesis ordinaria y sin ningún rigor. Es solo una tufada, pero es lo que pienso. Yo pondría al pajarito azul en la lista de “las cosas que están jodiendo a Chile”. Los abusos. Las colusiones. La corrupción. El descrédito de las instituciones. La desigualdad. La injusticia. Y twitter. Intuyo que la mía es una hipótesis de escasa adhesión. Admitirla, estudiarla al menos, significaría pensar que nosotros, simples  e inocentes ciudadanos, seríamos parte del problema. Y no estamos para eso.

Tengo un perro que ha adquirido la mala costumbre de pelearse con otros perros. Investigando en internet, me entero que cuando a un perro se le tira de la correa, el animal levanta el pecho y eso lo pone en alerta, por eso gruñe y luego ataca. Es mi culpa. Siempre le tenso la correa. Eso es twitter. Una correa que nos tira, nos levanta la cabeza y nos tiene siempre en posición de pelea. Es cocaína virtual. Listos. Duros. Bien duros para lo que venga.

A veces me pregunto, ¿calzará el deterioro de la política con la irrupción de twitter? Ni idea. Pero buena parte de los políticos twitea y twitea. ¿Cuántas horas al día pasarán pegados al celular?  Sería interesante tener ese dato. Apuesto a que muchos legislan pensando en twitter. En las consignas. En los hashtags. En las tendencias del día. Quizás aprueben o desaprueben leyes con el aliento de sus seguidores soplándoles en la nuca. ¿Será tan así?

Twitter es una droga al narcisismo. Uno va construyendo su propio mundo, su propio cluster, mayoritariamente de seguidores. Y uno se emboba, y uno se emborracha, y uno se engaña pensando que está en lo correcto, que está del lado luminoso de la luna, que la moral, que la verdad,  están con nosotros. Pero es mentira. Es solo un espejismo. Sucede, simplemente, que nos vamos alimentando de personas que piensan exactamente igual. Por eso nos aplauden y nos defienden cada vez que los requerimos.   Pero es solo un puñado. Es una feligresía que nos sigue como un rebaño, con la obediencia de los parroquianos, como un acto de fe. Y así, no tiene gracia.

Entiendo que las redes sociales tienen un aspecto positivo. Desde luego, la democratización de los medios, la posibilidad de levantar la voz, de organizarnos y de establecer una relación más horizontal y un contrapeso al poder. Yo me he beneficiado de todo eso. Pero sería un error, o una omisión, no admitir el daño que pueden causar y que nos están causando, cuando las mal utilizamos.

Es cierto. No me gusta twitter. Polariza. Excluye. Empobrece el lenguaje. Engorda el ego. Elimina el pensamiento. Evita la conversación. Y todo eso en un país que necesita, más que nunca,  ser leído como una larga y exigente novela, y no como un tweet apasionado y encendido de apenas 140 caracteres. 

Por Matías Carrasco.

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EL CHILE IDEAL

Sigo pensando en Chile. Me cuesta desentenderme. Es una preocupación constante. Algunos ven el futuro con optimismo. Yo lo miro más como una oportunidad, pero consciente de los riesgos. A veces pienso que estamos en un teletrak o en una mesa de dinero. Todos gritando. Todos imponiéndose.  Todos apostando. Cada uno queriendo ganar y sacar una tajada. Nadie se escucha. Nadie se mira. Nadie conversa. No hay pausa ni silencio. Persiste el bullicio. Pienso que hay algo más que la desigualdad, la injusticia, los abusos y las colusiones, para explicar la violencia, la política pobre y combativa, el pensamiento dormido y un país des-encontrado. Son causas legítimas, por supuesto. Pero no suficientes.

Leo al filósofo coreano alemán, Byung Chul Han.  Reconozco mi simpatía por él. Es de una lectura densa, pero de vez en cuando abre ventanas que permiten entender su mirada original. Es como llegar a una meseta después de un camino intrincado. En su libro “Topología de la violencia” intenta explicar las formas de la violencia en la sociedad actual, la sociedad del cansancio, como él la llama.

Se detiene en Freud y plantea un cambio radical. Habla de la estructura psíquica del ser humano. Estamos constituidos por un ello, que contiene nuestras pulsiones más primitivas y solo busca el placer. Luego un super yo,  que es la instancia moral que pone los límites, prohíbe y censura. Y finalmente el yo, que dirime considerando los aspectos de la realidad.  “El aparato psíquico de Freud es un aparato de dominación represivo y coactivo, que opera con mandatos y prohibiciones, que subyuga y oprime. Es como una sociedad disciplinaria, con muros, barreras, umbrales, celdas, fronteras y atayalas” – plantea Chul Han. En palabras sencillas, estamos movidos por una fuerza que lucha por satisfacerse y otra que la limita y ataja.  Eso, hasta ahora.

Según el filósofo, el aparato psíquico habría cambiado. En la transición de la sociedad disciplinaria a la sociedad del rendimiento –explica- el super yo se positiviza en un yo ideal. O sea, cambiamos al aburrido celador de nuestros deseos, por una porrista que nos incentiva a cumplir un ideal de uno mismo.  Pasamos de la restricción a un ¡vamos que se puede! Parece inspirador, pero hay un problema. “En vista a la imposibilidad de acceder al yo ideal, uno se percibe como deficitario, como fracasado y se somete al autoreproche. Del abismo entre el yo ideal al yo real surge una autoagresividad. El yo se combate a sí mismo, emprende una guerra contra sí mismo” – dice Chul Han, advirtiendo que de ahí aparece una violencia autogenerada, que es peor a cualquier otra.

Divago. ¿Cómo sería la estructura psíquica de Chile? Tal vez Chul Han tenga razón. Un país con un super yo debilitado y un yo ideal engrandecido. La problemática de la anomia, como dice Carlos Peña. Una tierra desapegada a las normas y a las instituciones (que son, de otra manera, las mismas reglas).  Es la fantasía de que nada puede ser prohibido. Ni la Constitución. Ni los carabineros. Ni las fuerzas armadas. Ni el Estado. Nadie puede impedirnos el ideal que soñamos en nuestra cabeza y que impulsamos con la fuerza del corazón. Es el Chile del “ahora es cuándo”. Es un país que demanda, que quiere, que desea (como un niño), sin motejar sus pulsiones con el duro y tedioso filtro de la realidad. 

Y como el Chile ideal no puede ser alcanzado, nos autoreprochamos, nos lastimamos, nos agredimos. Quizás por eso no somos capaces de ver nuestros logros, de valorar los esfuerzos, y menos de enorgullecernos por ello. Quizás por eso el odio infantilizado y desmedido a cualquier autoridad, en donde solo percibimos obstáculos al país que imaginamos. Quizás por eso vemos el pasado reciente como una traición, independiente del contexto y las circunstancias. Todo ello, avivado por los más jóvenes, reverenciados por los viejos que se dan latigazos de pura culpa (otra vez, Peña). Esto explica, en parte, el escozor que produce en algunos el ex presidente Aylwin y su “medida de lo posible”. ¿Qué es eso de lo posible? Quizás la tesis de Chul Han ayude a entender también la inquinia por los acuerdos.  Antes, los acuerdos eran parte de la existencia (el ello y el super yo saben de esto). Pero ahora, con un personal trainer alentándonos a que todo se puede, sin más, y una voz en off recordándonos que “llegó el momento”, no es necesario buscar consensos. 

Chul Han explica que este nuevo reacomodo del aparato psíquico, con la consiguiente autoagresión, genera enfermedades como la depresión y el estrés, llevando incluso al infarto o al colapso del sistema. La solución estaría en incorporar nuevamente a un “otro”, que es fuente de restricción pero también de gratificación y de consolidación de la propia identidad.    

Chile puede ser mejor. Sueño con eso. Pero no lo será a punta de entusiasmo, voluntad y fervor. Eso pone en riesgo la propia convivencia, la democracia y el mismo ideal que queremos conquistar. Es condición, inevitable, sentarse a negociar con la injusta y jodida realidad.  

Por Matías Carrasco.

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