CUENTO: FAUSTINO

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Le pidieron que hablara. Pero él no quería. ¿Qué iba a decir? El muerto bien muerto estaba y las palabras no iban a resucitar a nadie. Además, hay que tener agallas para pararse frente a toda esa gente con un papel en la mano a dar un discurso. Seguro que habría tenido que ajustar el micrófono y aguantar el chirrido de los parlantes. Él no era para eso. Tampoco tenía agallas. Las perdió el día que le encargaron matar un conejo mal herido y no fue capaz de ponerlo boca abajo y darle el golpe en la nuca. No. Faustino estaba para otras cosas, pero no para andar por ahí ejecutando los sueños de un orejudo y dando la lata sobre un difunto.

Desconfiaba además de quienes lo hacían. De los que desnucaban y de los que hablaban en los funerales. ¿Por qué ese afán de quedarse con la última palabra? ¿De dónde el gusto de andar despidiendo muertos? Los había visto antes. Reconocía con facilidad esa voz impuesta, el suspiro inicial, el ritmo acelerado y ese quebrarse (sobre todo ese quebrarse) en la pendiente justo antes del final. “Para eso hay que tener oficio”, pensaba Faustino mientras arreglaba el cuello de su camisa. Recordó a Cavieres cuando le leyó a su padre. Qué oratoria. Qué verso. Qué manera de inventarse un padre que nunca tuvo. Eso tiene la muerte. Nos engaña. Le da a uno un fierrazo tan certero que le aturde también la memoria. Habló de un santo y no de un ladrón. Y todos sabían que don Genaro le sacó hasta el último centavo a la tía Güita antes de irse al fondo del río. Pero ahí estaba Cavieres, con la mirada al frente y los ojos aguados, esculpiendo con las más bellas palabras a un hombre nuevo, uno que nunca existió. Palacios, en cambio, hizo que Faustino se desfondara. Leyó un credo. El credo que el mismo Palacios se inventó. –Creo en tus ojos oscuros mirando desde el cielo. Creo en tus juguetes convertidos en pájaros. Creo en tus cosquillas arrugando el viento. Creo, creo y creo. Más que nunca creo. Porque sino, yo también me muero -lo dijo con una paz que solo regala un hijo muerto. De solo acordarse, Faustino casi se nos desfonda otra vez.

Le volvieron a insistir. Vamos, unas palabritas Faustino. Giró la cabeza y sintió todos los ojos sobre él. Era un grupo grisáceo. No mucha gente. En la hora última, la calidad del alma se mide por los que llegaron a despedirla. Acá eran pocos. Unos cuántos viejos adelante, como esperando su turno para el próximo viaje. Atrás, algunas parejas más jóvenes. Seguro por compromiso. En los pasillos, niños que corrían sin enterarse de lo que dejan las ausencias. “¿Qué cresta quieren que diga?”, pensó. Faustino no creía en Dios y eso le daba razones para no pisar un altar. Alguna vez creyó. De pequeño, una tarde en el campo, vio una lechuza en las tejas de la parroquia. El cura, un tipo pelado y de nariz roja, le contó a Faustino que esa lechuza era Dios, vigilando desde lo alto las luces y las sombras del mundo. Pero apenas el pajarraco emprendió el vuelo, un tiro lo dejó tumbado sobre las piedras. El sacerdote dio un grito. El Lalo encogió los hombros con la escopeta en las manos. Y la fe de Faustino duró solo unas cuantas aleteadas.

¿Para qué andar discurseando si no creía en la otra vida? Vivir tanto para seguir viviendo después no tenía sentido. Él nunca quiso la eternidad. Se la imaginaba como un desierto sin intervalos. Y para terminar asándose como una gallina, prefería la tierra, el tranque y sus animales. Pero la Maruja esperaba la muerte como un cactus la primavera. Se lo dijo una vez que volvía de recoger agua del pozo.

-Ese pozo es mágico, Faustino. Uno mira abajo y parece que no tuviera fin. Es tan oscuro, que tal vez la noche duerma allá adentro. Parecen tinieblas. Pero el balde es testigo. ¡Abajo hay agua, Faustino! Hay vida en el final, hombre. ¿Te das cuenta? –le decía mientras dejaba la cubeta junto a la tinaja.

– De que hay agua, hay agua, mujer. ¡Pero ya está! ¡Es un maldito pozo! –dijo empinando una lata de cerveza.

– ¡No entiendes, Faustino! ¡A mí, que me lleve la vida eterna!

Cuando Maruja se fue en un sueño de invierno, Faustino vio en sus ojos dos baldes de agua.

El crujido de las bancas lo trajo de vuelta. Un muchacho de túnica clara y unas campanillas colgando de su mano se le acercó. -Tiene que hablar, caballero – le dijo en voz baja. Faustino dio un bufido. El joven trastabilló y las campanas sonaron. “Yo no hablo ni a palos”, se dijo a sí mismo. No aceptaba órdenes. Menos de un mocoso con olor a incienso.

Miró el cajón. Le pareció estrecho. Se preguntó si los muertos sentirían la incomodidad de una caja pequeña. Pensó que sí. Se acordó de su compadre Fabián. A él lo notó incómodo. La comadre le había amarrado un pañuelo a la cabeza para que no se le fuera abrir la mandíbula. Y ahí estaba el pobre. Tirado en la cama, con un atuendo que lo hacía ver ridículo. Faustino se quedó un largo rato en silencio a los pies del finado. ¿Para qué diablos le ponen esa lesera? Moscas no le van a entrar. Tal vez gusanos. Pero para eso habría que cubrirlo en una sábana. Estaba en esas divagaciones cuando la viuda le pidió meter al muerto en el ataúd. Al cargarlo, sintió el peso de tres corderos y el frío de una mañana de agosto. Lo soltó como un costal de harina. La comadre algo dijo y lo echó a un lado. Comenzó a acomodar las partes de su muerto en el cajón. Ahí fue cuando Faustino lo notó incómodo. Una mano quedó torcida, atrapada entre la cintura y el fondo de la urna. Percibió cierto fastidio en la cara del extinto con pañuelo. Se acordó de la escena y comenzó a reír.

Una mujer joven le apretó el brazo. -Ya pues, Papá. Tienes que decir algo. Él la examinó con mansedumbre. En ella todo lo resignaba. No podía con su voz suave y el pelo largo como un tallo de orquídeas. Tenía el nombre de una flor. -Me da vergüenza, Violeta –le dijo en el oído. Violeta se apoyó en su hombro y Faustino le tomó su mano. Miró la cruz de yeso sobre el altar. A Cristo le faltaban los dedos de un pie, una rodilla y parte de la corona. Lo habían reparado tantas veces, de tantas formas distintas, que Faustino ya ni se acordaba por cuántos terremotos pasó el crucifijo. Le sorprendió que aún estuviera ahí. Pensó en la vergüenza de Jesús. A la vista de todos, agujereado y en pelotas. Compartían cierta timidez, se convenció Faustino. Seguramente él tampoco querría hablar en una misa. Quizás, de haber calzado, hubiesen sido buenos amigos. Él le contaría de sus milagros y Faustino lo invitaría al bar del Moncho para que multiplicara el vino y la cerveza. Tomarían hasta el amanecer, en una mesa coja. El Moncho los sacaría dándoles con un matamoscas. Y los dos, pecador y mesías, se irían abrazados por el camino viejo, dando tumbos y riendo como niños.

– Tienes que hacerlo- le insistió Violeta. Faustino, que percibió un cansancio que no conocía, asintió bajando la cabeza. Se puso de pie y caminó hacia el altar. Ajustó el micrófono. Los parlantes dieron un chirrido corto y agudo. Limpió su garganta, abrió la boca y nada. Lo intentó de nuevo y otra vez, ningún sonido. -Se me fue la voz- mintió con un susurro.

Pero Faustino entendía que no era la voz, ni la vergüenza, ni las agallas. Él sabía, y Dios también sabía, que si hablaba, que si nombraba al difunto, acabaría por aceptar, de una vez por todas, que el muerto era él y que en alguna parte lo esperaban un pozo, una lechuza y dos baldes de agua.


Por Matías Carrasco.

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LOS OTROS

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Cuando joven, siendo un escolar, eran comunes las peleas en la plaza que estaba al lado del colegio. Cualquier encontrón (casi siempre sin importancia), podía servir de excusa para desafiarse y darse cita en el lugar donde era costumbre demostrar la hombría. Apenas pactado el encuentro, la noticia se esparcía entre los alumnos que enfilaban hacia la plaza cuando finalizaba el horario de clases. Y allí, frente a frente, con más miedo que otra cosa, los dos cabros se lanzaban combos (cornetes, les decíamos) y se trenzaban en una lucha ridícula, pero extrañamente necesaria.

Ampliando el cuadro, más allá de los pequeños gladiadores, había siempre una muchedumbre (dispuesta en círculo) azuzando la refriega. Incluso, cuando los muchachos se negaban a pelear, los de atrás les daban empujones y los animaban a iniciar la contienda que ya estaba programada. ¡Que no se cancelara el espectáculo! Eran verdaderas barras bravas. Muchos daban gritos, levantaban las manos y celebraban cada golpe encajado. Otros, más en silencio, disfrutaban la batalla. Mientras tanto, los del centro, rodaban entrelazados sobre el maicillo.

Me acuerdo de esto en el Chile de hoy. Por distintas razones, algunos decidieron darse cita para pelear todos los días. También con el afán de imponerse y ver al otro derrotado. Testosterona pura y dura. Lo hacen salvajemente, sin miramientos, como animales. Son adictos, pienso. La violencia seduce, atrae y se viste, tristemente, de cierto heroísmo. Y, de nuevo, si ampliamos la escena, veremos a los de siempre incitando, aplaudiendo y disfrutando. Algunos, derechamente excitados. Otros, discretamente, con apenas una mueca.

Sin embargo, a pesar del tiempo, de las plazas de antes y de las de ahora, hay algo que no ha cambiado. Los azuzadores lo hacen siempre a resguardo, a metros del zafarrancho u ocultos en las oscuras cuevas de las redes sociales. Ningún efecto de esa violencia que animan, caerá cerca, ni meridianamente cerca de sus pies. Y lo saben. No serán ellos ni ellas los heridos, ni los muertos, ni los afectados. Tampoco sus familiares y más cercanos. Es como si estuviesen viendo una película de Tarantino desde la comodidad de sus butacas, hurgueteando en un paquete de cabritas.

Los violentos, son una minoría. Con ellos y ellas, no se puede razonar. Tienen la cabeza hirviendo y están en la lógica de la lucha, de la primera línea, del vencer o morir o del salvataje a la patria. Muchos actúan desde una herida profunda, producida por la humillación, el olvido, la marginalidad y una vida violenta que arrastran desde hace años.

Pero los otros son más. Y están con la cabeza fría. Y pueden, si quieren, entrar en razón. Aún así, varios insisten en soslayar o validar la violencia que asistimos, sobre todo si es funcional a sus propios intereses (prácticos o ideológicos), o convencidos de que la violencia es una medida lícita para combatir la injusticia o generar cambios. Los hay en la calle, en el trabajo, en el mundo de las artes y la cultura, en la academia, en el Congreso, en la derecha y en la izquierda. ¡En cualquier parte encontrará alguno! Siempre protegidos, siempre a una distancia calculada, justificando una violencia que no sufrirán, que no lamentarán, que no les llegará ni a los tobillos.

Varias veces estuve en la plaza, junto a los otros, alentando cobardemente una pelea de la cual, sabía, saldría ileso. Pero en esa imagen, algo loca y perversa, alguien daba un paso e intercedía entre los dos contendores para dar fin a la pelea. Aún con unas cuantas pifias sobre sus hombros, alguien, quitado de toda bulla, finalizaba un juego despiadado, consciente quizás de lo absurdo de la gresca y de la pequeñez de quienes la animábamos desde lejos.


Por Matías Carrasco.

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EL RITO

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Hay dudas razonables sobre la conveniencia de caminar hacia una nueva Constitución. Se dice que no solucionará los problemas sociales que nos aquejan, que para eso están las leyes, que con las reformas es suficiente, que seguiremos reformando, que lo haremos de manera express, que nada bueno saldrá de una hoja en blanco, que generará un tiempo largo de incertidumbres, que eso frenará la economía, que las empresas no querrán invertir, que con violencia es imposible, que será un salto al vacío, que para qué.

Desde una mirada práctica, son aprehensiones atendibles y que tienen cierta lógica. Pero, en mi opinión, el deseo de una Constitución hecha en el siglo XXI, adquirió el carácter de un rito. Más allá de su sentido funcional (qué por supuesto lo tiene), una nueva Constitución parece convertirse en una ceremonia crucial, comunitaria y necesaria para lo que estamos viviendo.

El pragmatismo nos ayuda a ver las cosas en su justa dimensión. Nos permite evaluar condiciones, circunstancias, amenazas y oportunidades. Sería como poner las cartas ordenadamente sobre la mesa antes de tomar cualquier decisión. Es clave para enfrentar la vida. Pero el exceso de pragmatismo nos puede impedir ver la importancia de lo subjetivo, de las particularidades de cada persona, de ese cauce que fluye subterráneamente, casi imperceptible, pero que cada vez más, reclama y busca su espacio en la sociedad. Y para mí, el arriesgarse a una nueva Constitución tiene que ver más con eso que con un fin exclusivamente resolutivo.

Hay ritos que para muchos son importantes. Pienso en los religiosos. No resultan necesariamente prácticos, pero quienes participan de ellos, se nutren de algo profundo, íntimo, confortante, que trasciende mucho más allá de todo lo medible en este mundo. Algo parecido veo en la posibilidad de vivir un proceso constituyente. En un Chile en donde miles se han sentido excluidos y olvidados, quizás ésta sea la oportunidad de nutrirse de un encuentro, que por sobre su eficacia, regocije y dignifique el propio espíritu, como un misterio.

Es cierto que la aventura hacia una nueva Constitución presume un camino espinoso y no exento de riesgos. Como también lo tiene la opción de negarse a ella. Pero para un país convulsionado, herido, confrontado y tan distinto al que conocimos en las últimas décadas, sentarse a definir las bases del futuro, puede ser el mejor remedio que la democracia nos ofrezca.

El gran desafío (y la gran dificultad) será hacerlo de manera seria, abiertos al diálogo y a la razón, y con esa solemnidad, respetuosa y silenciosa, que merecen los ritos.


Por Matías Carrasco.

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¿QUIÉN NOS ALUMBRA?

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Hace tiempo se habla de los niños y la tecnología. Cada vez con más ocurrencia, nos encontramos con alguna charla, un artículo o un reportaje sobre el tema. Hay preocupación. Mal que mal, el uso desmedido de pantallas tendría un efecto negativo en el desarrollo cerebral y en la manera en que nuestros hijos se relacionan con otras personas. Si no actuamos ahora, si no ponemos límites, ellos y ellas podrían verse disminuidos en aspectos tan humanos como el manejo de las emociones, la elaboración de sentimientos negativos (como la frustración, por ejemplo) o la empatía.

Soy de aquellos que están por prestar especial atención a esta materia. Aunque admito – no sé si por cierta rebeldía o por un genuino interés- que me preocupan más los adultos.

Entiendo la diferencia. Los más pequeños están en plena etapa de crecimiento y de ahí la necesidad de resguardar su bienestar síquico y emocional. Los adultos, en cambio, habrían terminado de dibujar los circuitos en su cerebro. En otras palabras, ya estamos jodidos. Lo preocupante, intuyo, es que más que jodidos, estamos en retroceso.

Hace algunos años miraba sorprendido en la televisión a los japoneses en el Metro. Todos con la vista baja, embobados en sus celulares. Ninguna mirada en el aire. ¿Cuántos romances se perdieron? En Chile, seguro, miles. Tampoco nos miramos. En los vagones, en los ascensores o en la calle. Buena parte de nosotros anda con el cuello doblado y la barbilla abajo, atendiendo asuntos que, en general, nada tienen de importante. Pero en eso gastamos buena parte del día.

No sé si a estas alturas la tecnología puede hacer algo determinante en nuestros cerebros, pero pienso que sí lo hace en nuestras relaciones. Escuché alguna vez a un sicoanalista decir que en las redes sociales se daba algo parecido a la excitación y la descarga. Estímulo y respuesta inmediata. No existe mucho procesamiento de nada. No hay espacio tampoco a los matices. Ni siquiera en las discusiones más complejas. Es como si conseguir un like o nuevos seguidores, fuese algo parecido a un orgasmo. Y así nos vamos, de orgasmo en orgasmo, con escasa afectividad.

La contracara, lo que comienza a perderse en el enorme océano de las relaciones digitales, es el deseo y la satisfacción del deseo, en donde existe un proceso que nos hace crecer. Lo que se desea, y no está a la mano, nos obliga a elaborar un camino de experiencias, de esperas y de soluciones creativas que nos nutren de nuevos recursos emocionales. Pero en la era digital, la inmediatez es la consigna. Basta desear algo para tenerlo. Ni siquiera hay que moverse de la casa. Antes, el antojo por un chocolate a media noche merecía el esfuerzo de levantarse del colchón, ponerse pantalones, una chaqueta y salir a la calle a buscar algún local abierto. Se sentía el frío, el caminar o la frustración de un almacén con la cortina abajo. Ahora, basta con un par de clicks para que un tipo en moto nos traiga lo que deseamos a solo minutos de distancia.

Pienso que la comodidad y las ventajas que nos ofrece la tecnología, también van dejando en nosotros cierta flojera física (nos movemos menos, ni siquiera es necesario bajar la ventanilla del auto para preguntar por una calle); intelectual (hemos dejado atrás viejas y sanas costumbres como conversar y contemplar) y afectiva (la intimidad también va perdiendo terreno a costa de los celulares que metemos a la cama, a la mesa y a las reuniones sociales).

Hay muchas luces puestas sobre los niños y la tecnología. Pero a nosotros, adictos, ¿quién nos alumbra? El problema es tan preocupante o más. Quizás, algún día, como en un cuento fantástico, amanezcamos con nuestros ojos rígidos como pantallas y las manos convertidas en teléfonos gigantes y pesados. Y ahí – en la desesperación de lo perdido- extrañemos el gusto de, simplemente, ser humanos.


Por Matías Carrasco.

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ELOGIO AL HOMBRE PENCA

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Debo confesar cierta inclinación por el hombre penca. Digo, por la mujer penca y por el hombre penca. No se vaya a pensar que es un asunto de género. Continúo. Es simpatía lo que siento. Hay algo en ellos y en ellas que me hace ser parte de este mundo. Es como si en las miserias abiertas del hombre penca, en sus hilachas y bastas descosidas, encontrara consuelo, un pretexto o una compañía. Porque el penca, el verdadero penca, sabe que lo es y no se ufana de esto ni de aquello. El tipo que es penca no presume de nada porque no tiene nada de que presumir. Simplemente habita, duerme y despierta en su pequeñez.

Pero como hoy ando de confesiones, debo admitir también que si me inclino hacia un lado, me alejo del otro. Es un asunto de física. Y así como me seduce el tipo penca (o la tipa penca), me tiene guatón (o cansado, o hastiado, o harto) el sujeto (o la sujeta) que todo lo sabe, que todo lo dice, que todo lo enfrenta con los aires de los hombres y mujeres que luchan y se desmadran por nunca llegar a ser alguien penca en la vida: con brío, con decisión, con la claridad de una noche despejada y con la fuerza de un salmón inagotable. A ellos, mis respetos, pero también mis puteadas más filudas. ¿Qué diablos se creen? En el ímpetu irrefrenable, en su última palabra, en la verdad que sostienen entre las piernas, está la razón y la causa de la extinción o de la huida (quién sabe) de todos los pencas de esta tierra.

Yo lo veo de este modo. Es la mirada de la mujer (y del hombre) penca – silenciosa, quieta, sin apremios- la que nos salvará de una tierra convulsionada y violenta. El ojo del virtuoso (y la virtuosa) está dañado y volcado hacia sí mismo. Solo se mira, se admira, y se vuelve a admirar. El penca, en cambio, no se mira porque no se auto estima, no hay razones para escudriñar en su ombligo. Los pencas solo lamen sus heridas como un gato y vuelven a moverse con sigilo, con elegancia, y con esa extraña sabiduría como traída de otro plantea, o de otras heridas.

El virtuoso, el cándido, el perfecto, el de la voz elevada, el de la oratoria sin faltas, se protege, se defiende, se impone como un macho bravo o como una hembra encabronada. Actúa como custodio de un tesoro (un pensamiento, una idea, una causa, una forma, un estilo, ¡una revelación!) que debe ser compartido y resguardado. Es el juego de la agresión y la defensa. La granada y la trinchera. Pero el penca (sabiéndose rasca, oscuro y roñoso) se abandona, se vuelca, se vacía de todo ensimismamiento. De alguna manera, equivocada o no, injusta o no, presiente que las respuestas no están en él y que no queda otra que buscarlas en otros cielos, en otras habitaciones y en otras pendientes. Mientras el virtuoso se cierra como un chancho de tierra, el homo pencas se dispone como una vasija sencilla.

Cuando algunos claman la llegada de los hombres virtuosos, yo exijo, yo reclamo, yo doy un grito desesperado, por el regreso de los hombres pencas. Extraño – sobre todo en el ruido y en la estridencia – la calma y ese andar desprovisto de los que no son dueños de nada, ni de verdades, ni de enseñanzas, ni de moral, nada de nada. Levitan como mendigos, observan sin ser vistos (porque nadie los ve), mezclándose entre la gente. Pero si los advirtiéramos, si los escucháramos, si nos detuviéramos ante sus ojos caídos, si nos animáramos a compartir con ellos una cerveza o una botella de vino, quizás, tal vez, descubriríamos (como un hallazgo o como un milagro) que también somos pencas, y que en ese miserable designio nos encontramos, nos olfateamos, y al fin, nos reconocemos después de tanto tiempo, de tantos años, de tantos siglos sin habernos visto.

Y entonces, recién entonces, con el velo en el suelo, viviríamos en paz.


Por Matías Carrasco.

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NO PELEE

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No pelee. Intente no hacerlo. Si ya estamos en un Chile polarizado, la cosa se va a tensar aún más en las proximidades del plebiscito constitucional. Apruebo o rechazo. Otra vez, el binomio. Y en esa encrucijada estaremos enfrascados en febrero, marzo, abril y vaya uno a saber.

Sin duda, es una cuestión importante. Se trata, nada más y nada menos, que de la Constitución. Hay que dedicarle tiempo, informarse, leer, consultar y reflexionar seriamente sobre el asunto. Mal que mal tiene que ver con el país que queremos y con los principios que regirán nuestra manera de vivir. No es cualquier cosa.

Algunos ya han fijado su postura. Tendremos franja televisiva y se espera una reñida contienda entre campañas de uno y otro lado. Y como esto es binario, el negro se hará más negro y el blanco más blanco. El tema se discutirá en la casa, en el trabajo, entre amigos y en grupos de whatsapp. El miedo – ya lo hemos visto- se utilizará como un arma de convencimiento. Y asustados nos ponemos saltones, irritables, suavecitos de casco y de piel. Pero no se vaya a pelear.

Converse, eso sí. Discuta, si quiere. Ponga sus ideas sobre la mesa. Procure escuchar y abrirse a los argumentos del otro, aún cuando piense que tiene toda la razón del mundo. El problema que tenemos por delante es complejo y de resultado incierto. Por eso no es justo ni conveniente moralizar o sancionar los intentos por darle solución.

Hay quienes sostienen que el rechazo es una manera de cuidar lo construido, de evitar un descalabro y de impedir que una hoja en blanco convierta a Chile en un régimen antidemocrático o en algo peor a lo que tenemos. A juzgar por lo que se ve, por los descolgados de la calle y del Congreso, por la vehemencia y la refriega y por la pequeñez de nuestros líderes, no parece una locura. Pero, ¿quién nos asegura que aún ganando el rechazo evitaremos el despeñadero? ¿qué tal si el rechazo profundiza el descontento y el sentimiento de exclusión?

Los que están por el apruebo, plantean una mirada más optimista (ingenua, dirán otros). Señalan que estamos frente a la oportunidad de hacer de Chile una tierra más justa. Ven en la Constitución un símbolo necesario de participación y de sentido. Sueñan con un nuevo pacto social, consensuado en democracia y entre todos. No solucionará el grueso de las demandas, dicen, pero ayudará a darle cauce al río que se nos desbordó. Tiene lógica. Pero, ¿qué pasa si esa sensatez que imaginamos no existe en realidad? ¿qué sucedería si se imponen las posturas más radicales?

Nadie sabe lo que va a pasar. Existen riesgos, en ambos extremos. Lo único cierto es que caminamos por una cornisa y tendremos que mantener el equilibrio. Quizás eso es lo que debamos hacer mientras tanto: mantener el equilibrio. Es difícil. ¡Vaya usted a preguntarle a los trapecistas que nos miran desde arriba! Pero es necesario intentarlo. Si seguimos en el espiral de la confrontación, la tuya, la mía y dos más, no llegaremos a ninguna parte, ni con ésta ni con una nueva Constitución.

En un relieve tan diverso, de mares y montañas, de desiertos y glaciares, es natural que pensemos distinto. La opinión propia no debe ser impuesta, por más que le arda la cabeza. Muévase con la calma del trapecista. No vaya a pisar el palito. Cuide sus relaciones, amistades y familiares. Converse. Opine. Diga lo que piensa. Pero no pelee. Hágalo por usted, por los suyos y por la convivencia nacional.


Por Matías Carrasco.

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NARCISO CELEBRA

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Traigo una noticia desalentadora. Nos está ganando el YO. A pesar del discurso solidario, de la causa antisistema, del rechazo al individualismo, nos está ganando el YO. Todo el resto parece un testimonio vacío y una sarta de buenas intenciones tiradas al basurero.

Aparentemente nos importaba Chile, pero por lo que se ve, importa más el YO. El narcisismo está de fiesta. Si existe solidaridad sería algo así como una solidaridad conveniente. Una solidaridad que me viste, que me sirve, que me hace sentir héroe, bueno y justo. Si fuera una solidaridad genuina, estaríamos en la lógica del diálogo, de lo afable, de la apertura, de la conversación, de la legitimación del otro. Pero vemos más bien confrontación, dominio, subordinación y negación del otro. ¿Por qué? Porque importa más el YO. ¡Narciso brinda y celebra!

Al final, es una solidaridad rendidora. Soy generoso y receptivo solo con quien piense como YO o quiera construir un Chile idéntico al MIO. Pero pobre de quien piense distinto a MÍ. A ese lo miro con desprecio y lo ninguneo. Algunos, incluso, buscarán acallarlo, anularlo o hasta matarlo.

Ha llegado a tanto el amor por uno mismo, que varios  piensan que están salvando a Chile. Hay políticos, opinólogos y ciudadanos que se erigen como el mesías, pero solo se miran al espejo. Las intervenciones en el Congreso son una prueba de ello. Hablan lindo, de corrido, con una oratoria envidiable. Suben la voz, luego la bajan, mueven las manos y enfatizan con el dedo. Mucha performance e histrionismo, como si estuvieran en un escenario. ¡Y Narciso se ríe!

Pensarán que es mentira lo que digo, pero es cosa de ver lo que pasa allá afuera. Si nos importara realmente el otro, nos importarían todos los otros y no solo los nuestros. Estaríamos colaborando por un Chile mejor y no lanzando piedras, improperios y amenazas. Si quisiéramos una tierra digna para todos, estaríamos dispuestos a sopesar nuestras ideas, escuchar, ceder y negociar. Pero el peso del propio interés es gigante. Es una sombra que nos ciega y que nos impide, realmente, ser un país consciente de todo ser humano.

Ya no importa el contexto o las circunstancias. Tampoco la complejidad de la realidad. Importa solo el YO y el mundo que me he inventado en la cabeza. El problema es que mientras predomine el YO, la exclusión del otro distinto a MÍ es inevitable. Y eso solo puede profundizar las diferencias, las distancias y la grieta que peligrosamente se abre bajo nuestros pies.

El destacado biólogo y filósofo, Humberto Maturana, en su libro “El sentido de lo humano”, señala que “al ser nosotros dueños de la verdad, el que no está con nosotros está equivocado de una manera trascendental y su error justifica ante nosotros su destrucción, sin que nos hagamos responsables de ella”. Maturana explica además que “la única posibilidad de no caer en la trampa de la negación racional del otro está en la reflexión que permite dudar sobre la posesión de la verdad y abre, al que reflexiona, a la reaparición del otro como ser humano tan legítimo como uno”.

Si no entendemos esto, Chile no será nunca un país digno para todos y todas y Narciso seguirá burlándose de nosotros, como un pequeño bufón escondido en el fondo de un alma ensimismada y mezquina.


por Matías Carrasco.

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CHILE EN EL DIVÁN

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Estuve en sicoanálisis unos diez años. Para algunos una locura, para mí un privilegio. Es como haber atravesado el desierto o algo grande. Es una caminata larga, de horizontes difusos, donde la frustración y la esperanza aparecen y desaparecen como en un zigzag interminable. Allí aprendí a abrazar la libertad, o al menos, algo de ella. Es ese el premio después de andar kilómetros y kilómetros con el sol hirviéndole a uno la cabeza. No había directrices, ni consejos, ni correcciones. Era simplemente un hablar persistente, un estar, una voz como de espejo y un vínculo inquebrantable. Y en ese mundo, más parecido a un paréntesis que a otra cosa, uno se azota contra sus miedos, sus miserias, engaños y pellejerías. Por eso duele. Ya no se trata de otros, ni de enemigos, ni de justificaciones. Se trata de uno mismo, puesto en pelotas, al servicio del juicio propio, duro, implacable, pero sincero. De ahí, la libertad.

Pienso en todo esto cuando veo el Chile de hoy. Hay desigualdades, injusticias y abusos que deben ser atendidos. Hay gente que sufre, y mucho, que merece una vida mejor. Hay una humillación acumulada que explicaría la rabia y la violencia. Tenemos un gobierno deficiente, errático, con un 6% de aprobación. Hemos leído informes internacionales sobre casos de violación a los derechos humanos por parte de carabineros. De todo eso hay y parece darnos razones de sobra para poner la vista al frente y dar un golpe, insultar, disparar o lanzar una molotov. Hay allí una verdad, pero también una trampa.

Existe una delgada línea, casi invisible, entre justificar nuestros actos y desligarnos de toda responsabilidad. La confrontación con el otro nos otorga la chance de situarnos en una posición desventajosa, con cierto aire de justicia, evitando así pasar por el desierto de nuestras propias sombras. Pero si no andamos por ahí, ninguna crisis será superada. Es un ejercicio que debiéramos hacer en lo individual, pero sobre todo, en lo colectivo. Los partidos, el gobierno, los empresarios, los actores sociales, los parlamentarios y quienes tienen en sus manos el destino del país, deberían someterse a un autoanálisis franco y sin atajos. No con un sentido práctico, sino más bien reflexivo y abierto a la crítica. Ojalá sin asesores, sin estrategias ni cálculos. Solo con la firme convicción de que todos somos parte del problema y de buscar una salida.

No es fácil. Requiere de humildad, coraje y de asumir que podemos ser tan pencas como al que apuntamos insistentemente con el dedo. Significa, además, entender que el mundo es algo más complejo que una cancha dividida entre buenos y malos. Pero hacerlo, nos puede entregar la luz y la calma que necesitamos en esta hora opaca.

Hace años algunos partidos tenían la costumbre de reunirse cada tanto para ser sometidos al juicio de un adversario político. En un Icare de 2015, el siquiatra Ricardo Capponi – que lamentablemente murió la semana pasada- intentó llevar a la clase empresarial al diván. Lo hizo desde la perspectiva de un sicoanalista. Les habló de una ambición con tendencia a la codicia, de un pragmatismo excesivo que impide conectarse con la subjetividad del otro y de un pesimismo que distorsiona la realidad. Políticos y empresarios, se disponían a escuchar emplazamientos duros y no a defenderse o a dictar verdades. ¿Podremos recuperar esas prácticas?

En su último libro “Felicidad Sólida”, el mismo Capponi sostuvo que la felicidad perdurable es la que se pedalea y no la que se intenta a través del facilismo. De acuerdo a su mirada la felicidad no estaría del lado brillante de la luna (donde varios intentamos situarnos), sino en la oscuridad de nuestras emociones negativas. Si no las vemos, si no las elaboramos, difícilmente alcanzaremos el bienestar propio y el de Chile.

Han pasado 15 años de mi última sesión. El sicoanálisis no me libró de los vaivenes y angosturas de la vida. Tampoco de las imperfecciones y pequeñeces del ser humano. Lo que me dejó, como un regalo eterno, es la conciencia de una responsabilidad ineludible y la inclinación a revisarme, de tanto en tanto, como una masa que no termina nunca de cuajar.


Por Matías Carrasco.

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EL ABUSO

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Busco en internet la palabra “abusar”. Inmediatamente, me aparecen dos acepciones: “hacer uso excesivo o inadecuado de una cosa en perjuicio propio o ajeno” y “aprovecharse de forma excesiva de una persona, o de una facultad o cualidad de alguien en beneficio propio”. Los sinónimos también aportan: atropellar, forzar, maltratar y explotar.

Se ha dicho -con evidencia en mano- que en Chile se ha abusado, y mucho. Las empresas, los políticos, carabineros, militares, las iglesias, entre otras instituciones, han utilizado su poder y su autoridad persiguiendo sus intereses, en desmedro de la comunidad. Mientras unos pocos se benefician, buena parte de la ciudadanía es vulnerada en sus derechos más básicos, afectando su vida diaria. Contra eso se ha levantado Chile. Contra los abusos y contra prácticas que aplastan y asfixian el alma y los bolsillos de los chilenos.

Es la demanda de un país sin abusos lo que ha conseguido un apoyo transversal. Son muchos los que quieren ver una tierra en donde el sometimiento y las humillaciones desaparezcan y todos puedan acceder a una vida digna.

Sin embargo, un grupo – minoritario, pienso- está queriendo combatir el abuso con más abuso. Lo leí en alguna parte y me hizo sentido. Se trata de aquellos que, volviendo al diccionario, “hacen uso excesivo o inadecuado de una cosa en perjuicio ajeno” . Son los que boicotean la PSU, los que interrumpen el libre tránsito en las calles, los que amenazan con parar el país, los que retienen los cadáveres a sus familiares y los que se organizan en turbas para funar, saquear o quemar. El miedo también otorga poder, y a través de él, van imponiendo sus ideas.

Algunos defienden estas acciones en la legitimidad de las demandas que persiguen. Habría, entonces, objetivos tan nobles que merecen ser defendidos a costa de la libertad, de los derechos y del bienestar del resto de las personas. ¿Será razón suficiente? El surgimiento de la Alemania nazi –guardando las proporciones- se explica por el injusto tratado de Versalles y las bombas de Hiroshima y Nagasaki se cuentan como un ajusticiamiento de las muertes de Pearl Harbor y de las cruentas batallas del Pacífico. ¿Basta el sabor de la injusticia para propiciar un abuso?

Hay quienes legitiman estas prácticas amparados en el tamaño de la causa que se busca reivindicar. Si pensamos que la PSU es un sistema segregador, entonces hay que impedir que se realice, aunque sean otros quienes paguen las consecuencias. Sería algo así como impedir que los viejos reciban sus pensiones por las deficiencias del sistema previsional o quemar los hospitales por una salud precaria. Hay algo que no calza en todo esto.

No solo en la política, en la empresa, en el gobierno o en carabineros se pueden cometer abusos. Todos –hay evidencia- nos podemos convertir en abusadores, a veces sin notarlo o sin querer admitirlo. El problema del abuso es que va creando un círculo que se alimenta a sí mismo: humillación, odio y revancha. Y así – aún con todas las constituciones del mundo- no vamos a construir nunca un país mejor.


Por Matías Carrasco.

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