En esta Semana Santa me he visto apartando los ojos de Jesús y poniéndolos sobre los hombres que fueron crucificados junto a él, uno a la derecha y el otro a su izquierda. Mal que mal, tras el cruento episodio de la cruz, Cristo se convirtió en una figura reconocida y venerada en buena parte del mundo, con una fama que ha durado más de dos milenios y una chorrera de pinturas, textos, ceremonias, estatuas, monumentos, una Iglesia multitudinaria, y un cuánto hay erigido en su nombre. De alguna manera su muerte, el sacrificio, tuvo sentido. Para los creyentes, su cuerpo agujereado redimió los pecados del mundo. La resurrección enseña que hay una vida plena, un jardín sin quebrantos, esperando al otro lado del río fúnebre. Su final es un testimonio, un precioso relato literario, sobre el perdón, la hipocresía de los hombres y mujeres, la cobardía de Pilatos, el triunfo de la vida sobre la muerte, y la oportunidad, siempre presente, de la primavera. Pero de los otros, los dos tipos clavados en el Gólgota, poco o nada se sabe.
Releo los evangelios. Apenas hay algunas reseñas. Los llaman malhechores o ladrones. ¿Qué habrán hecho? ¿Qué habrán robado? En Lucas hay una narración algo más detallada. Dice que hay uno que se burlaba de Jesús y lo desafiaba a salvarse a él y, de pasada, también a ellos. Y el otro reprochó a su compañero, el bandido, advirtiéndole que ellos estaban pagando por lo que habían hecho, pero que Jesús no había hecho nada malo. Luego le pide al Mesías que se acuerde de él cuando entre en el Reino. Y Jesús le prometió que ese mismo día estaría con él en el paraíso. Décadas después, se hablaría del ladrón bueno y del ladrón malo. Ni si quiera se los nombra en la biblia. No sabemos cómo se llaman. Investigo. Me entero que en el año 130 D.C, en el evangelio apócrifo de Nicodemo, se les menciona como Dimas y Gestas. ¿Será cierto? A veces pienso que su aparición en la biblia estaría para ensalzar, en la hora última, otra vez, la integridad de Cristo.
Juan entrega un dato interesante. Dice que tras la crucifixión y para evitar dejar los cuerpos exhibidos en el sábado de Pascua, mandaron a acelerar el trámite. A los ladrones les quebraron las piernas. ¿Habrán estado vivos aún? ¿Habrán gritado? Cuánto debe doler eso. A Jesús, que estaba muerto (de eso sí hay registro) le clavaron una lanza en el costado de donde salió sangre y agua.
Ahora me pongo en el lugar de los familiares y amigos. El Nuevo Testamento cuenta que a Jesús lo acompañaban un grupo de mujeres de Galilea, además del apóstol Juan, María, su madre, y María Magdalena. Ellos miraban el horror a los pies de la cruz. Jesús también tuvo que haberlos visto. De hecho, dedicó unas breves palabras a Juan y a María. Pero los ladrones, ¿habrán tenido compañía? Seguro estaban también sus padres, hermanos, amigos, aterrados entre la muchedumbre vociferante que, con una moral con olor a pescados olvidados al sol, parecía gozar de la fiesta mortuoria. ¿Cómo decir, cómo defender, cómo animar en medio del tumulto bravío? ¿Habrán sentido vergüenza? ¿Impotencia? Tuvieron que haber sufrido lo indecible con sus hijos machacados, quebrados, expuestos a la barbarie.
El cuerpo de Jesús lo reclamó José, un buen hombre de Arimatea. Junto a otros lo envolvieron en una sábana y lo dejaron en un sepulcro nuevo, donde nunca nadie antes había sido enterrado. Al día siguiente un grupo de mujeres fue a visitar la tumba y se encontraron con la roca corrida y el milagro. Lo demás es historia conocida. Y a los otros, ¿los reclamaron? ¿los cubrieron con una sábana? ¿dónde los dejaron? ¿en una fosa? ¿los habrán abandonado? Nada se sabe.
La muerte trágica de Jesús tuvo sentido y de eso todos han hablado durante siglos. Pero cuando el infortunio, el dolor, la cruz recae sobre los que nadie o pocos ven, sobre los que no se tiene memoria, ni cuadros, ni Iglesia, ni esculturas, cuando parece ser un sufrimiento sin significado, qué decir, qué decirles a ellos y a sus deudos. Me acuerdo de una frase de Albert Camus en su libro La Peste, de dos tipos hablando sobre la creencia en los santos, y uno de ellos señala: “no tengo afición al heroísmo ni a la santidad. Lo que me interesa es ser hombre”.
Esta Semana Santa aparto los ojos de Jesús y los pongo sobre los ladrones, porque sé que en ellos también hay verdad, tal vez la más incómoda, la de recordarnos, en estos tiempos rudos, que al igual que todos los hombres y mujeres sobre la faz de esta tierra nos equivocamos y hacemos daño, cargamos cruces y sombras y no por eso merecemos el desprecio, el salvajismo y el olvido.
Los adolescentes están abandonados, me decía un sicólogo tomando una taza de café. Había llegado en bicicleta y la tenía estacionada justo al lado de la mesa en donde conversábamos un cortado y un mocaccino. El sol me pegaba en los ojos. Tuve que acomodar mi silla junto a él. Yo atiendo a unos cuantos adultos, pero el resto son adolescentes, continuó. Pero nadie está muy dispuesto a trabajar con ellos porque además de cargar con sus conflictos hay que cargar con los papás. Pero yo me llevo bien con los padres, lo dijo tras unos anteojos oscuros. Un sicoanalista argentino, prosiguió, me convenció que los adolescentes eran una joya. Que había que aprender a mirarlos, a ponerse en sus zapatos y a recordar que también fuimos un embutido de hormonas, metidas de pata, cambios de ánimo e impulsividad. Se inclinó hacia atrás y cruzó los brazos. Hoy se les mide con la vara y severidad de los adultos, me atreví a decir. Y eso, además de ser una hipocresía flagrante, es injusto. El tipo asintió con la cabeza. Y lo que es peor, me aventuré, es que olvidamos que son menores de edad formándose en un mundo tan extraño, tan tecnologizado, tan distinto al de otras épocas, que ni siquiera los adultos somos capaces de asir con propiedad. El hombre asintió otra vez. Luego conversamos sobre literatura. Ambos compartimos el gusto por escribir y leer. A veces les escribo cartas a mis pacientes, dijo. Nunca se enterarán, pero son textos pensando en ellos. Escribí uno que se llamó El pequeño boxeador. Era un cabro que le gustaba agarrarse a combos pero el enano era exquisito. Es que somos esto y aquello, me diría una mujer, días después, a la que le contaba esta historia. En esa oportunidad no era un café el que estaba sobre la mesa, sino un buen Carmenere, unas copas de apperol y un ceviche de camarones. Esto y aquello, arremetió la mujer mientras encendía un cigarrillo. Me gustó esa frase. ¿No somos todos, de alguna manera, esto y aquello, exquisitos y carajos a la vez? ¿No habita en cada uno ese contraste, esa ambigüedad? Hay muchos ojos sobre los adolescentes, dijo el marido de la mujer con la espalda apoyada en la muralla, pero no para entenderlos sino para juzgarlos y culparnos de lo que estamos haciendo mal. Esta semana salió una carta en El Mercurio, advertí, de una profesora que exponía frases agresivas, insultos, agravios de adultos en Linkedin hacia la figura del Presidente de la República. Muchos de ellos y ellas, con títulos de CEO y de empresas reconocidas. Y luego nos preguntamos por qué tanta violencia en las salas de clase, rezaba la carta. Es hora de cuestionarnos quién modela y cómo modelamos. El cambio debe empezar por nosotros mismos, concluía la maestra. Parte del problema está en los adultos, se incorporó mi esposa mientras saboreaba una cucharada de sopa. A veces miramos a los adolescentes desde heridas o frustraciones sin resolver, tiñendo nuestras reacciones que se vuelven, a ratos, desmedidas y fuera de cuadro. Camino a casa, algo puesto, recordé la frase del libro Cerebro Adolescente de Frances E. Jensen: son como ferraris sin freno. Y es bueno saberlo. No para tener sobre ellos un trato complaciente o repleto de restricciones, sino para conocerlos, para estar cerca, para fijar límites, para ponernos en sus cuerpos torpes, en sus cabezas revueltas y difusas, en sus ojos y en sus oídos, en sus arranques vehementes, para entender, para intentar entender al menos, y comenzar a disminuir esa brecha que se ve tan grande entre padres y adolescentes, y que sepan que también tuvimos 14, 16 ó 18, y que estaremos ahí en las buenas y en las malas, sobre todo en las malas, cuando caigan feo, porque los queremos y porque al igual que ellos somos y seremos, aunque nos cueste admitirlo, esto y aquello.
Con mucha alegría comparto con ustedes, fieles seguidores de las tortugas que hablan, el pronto lanzamiento de mi segunda antología de cuentos. Luego de la publicación de El loco paraíso (editorial Ril, 2019) y del cuento infantil Caracol (independiente, 2023), durante marzo hará su aparición Faustino (editorial Trayecto), una selección de 20 relatos absurdos, ingeniosos y humanos.
A partir de hoy la editorial está haciendo una preventa a $11.990 (el precio en librerías será de $13.990). Para quienes se interesen pueden comprar en el siguiente link: https://editorial-trayecto.cl/producto/faustino/ . El libro físico les llegará a partir de abril.
Finalizada la preventa (a fines de marzo), el libro podrá ser adquirido en librerías y buscalibre.
Como muestra, les dejo un cuento (atingente a estos días) que es parte de Faustino.
Un abrazo grande y gracias, muchas gracias, por leer
Le he enviado ya dos cartas la última semana. Son las mismas que le mandé las semanas anteriores, y los meses que ya pasaron. No se tome la molestia de ir a ver de qué se trata. Imagino que deben llegarles cientos, miles, todos los días, para que vaya usted a la bodega de cartas, a la carpeta de cartas, a la despensa de cartas, o como sea, a buscar las mías y entender de qué le hablo. Usted no se preocupe. Yo le recuerdo. La primera era sobre el cabrito que va a ir a cantar al Festival. De ese muchacho de pelo militar y visos amarillos que canta puras porquerías. Johan, le dicen. Tiene que haberlo escuchado. Lo suyo es el sexo, las drogas, las mujeres y el dinero. Canta como si tuviera ganas de ir al baño o como si estuviese, en ese momento, en el baño. Tiene una voz como a la fuerza y un ritmo que se repite. Pum pa pum pam pum, pa pum pa pum, pa pum pa pum. Los pantalones los lleva a media asta y en la línea del poto, al final, tiene el tatuaje de una cruz invertida. Para qué le digo cómo habla. Las palabras las arrastra como si fueran sacos de leña y lo poco que se le entiende es una sarta de garabatos. ¿Ha escuchado usted las letras? ¡Son para morirse! Abre la caleta (eta, eta), cómete el pescao (yera, yera) / pierna p’allá, merca p’acá, y los fierros, tussi, tussi, tussi ta / seguimo´ haciendo dinero, criminal, criminal. El padre Jiménez piensa que es la ausencia de Dios. Dice que cuando el Altísimo es olvidado bajo la cola del demonio (así me lo explicó, incluso hizo el gesto con las manos, como tapando algo con una manta), la sociedad comienza a marchitarse como un cactus en el desierto. No sé si se marchitan los cactus en el desierto, señor director, pero se lo cuento tal cual me lo dijo el padre Jiménez. Y a mis años, he visto cómo se van marchitando las cosas, y lo único que falta es que se seque también la juventud. A mi nieto le conté de Johan y levantó los hombros. Le pregunté si estaba al tanto de la polémica, y volvió a levantarlos. ¿Has escuchado alguna canción? Tetona, me dijo. ¿Se da cuenta? Este tipo es una pésima influencia para los jóvenes. A las mujeres nos trata como si fuéramos un objeto (y a estas alturas eso ya no se resiste, antes sí) y todo es plata, plata, plata. Exhibe. Se ufana. Aparenta. Muestra sus colgajos de oro, sus anteojos de oro, sus anillos de oro, su reloj de oro. Lo único que falta es una dentadura completa de oro (alguna vez lo vi en una película, señor director). ¿Qué ejemplo es el que está dando? El de muchachos que solo se interesan por tener más y más dinero, y no contentos con eso, tienen que exhibir sus autos, sus zapatillas y sus armas, como si fueran un trofeo. ¿Ha visto las armas con las que aparecen? ¡Unos verdaderos pistolones, señor director! Si esto se convirtió en el lejano oeste. Dicen que estos cabros están enredados en el narcotráfico, y yo les creo. He leído las cartas del señor Sandoval, ese de la universidad. ¡Qué hombre más brillante! Dice que lo de Johan es, lisa y llanamente (con esas palabras), una oda al estilo de vida de los maleantes. Que si lo dejamos pasar, la cultura narco se nos va a meter hasta por las orejas. Que debemos sostener la ola como si fuésemos una represa de valores y de coraje. ¿Y quieren llevar todo eso al Festival y más encima con fondos públicos? ¡Cuándo se ha visto semejante disparate! Por eso le escribo en mi carta, la primera, que hay que impedir, como sea, el arribo de Johan al escenario del Festival, cueste lo que cueste. El cueste lo que cueste debiera ser leído como un parelé, como una advertencia, que se me note enfadada. ¿Se alcanza a apreciar, señor director, o tiene que ir entre signos de exclamación? ¿Qué cree?
En la segunda carta, esa que le envié hace un par de semanas, pido que dejen cantar a Johan en el Festival. No me diga nada. Sé que parece una contradicción, pero consistente, consistente, nunca he sido. A Sergio, mi marido, siempre le dije: a mí no me mires, porque ejemplo no soy. Parezco tan influenciable. A veces voy para allá, y luego me devuelvo. Tal vez sea debilidad o compasión. ¡Pero es un niño, señor director! ¡Si hasta frenillos tiene! ¿Cómo no lo van a dejar cantar? He pensado en el asunto. Quizás el muchacho sea eso que llaman la punta del iceberg o la mata de la zanahoria. Usted entiende. El problema está al fondo, mucho más abajo que él. Y de lo que estamos hablando es de sus visos rubios asomándose por la superficie. No tiene la culpa. El cabrito canta lo que canta porque creció en esa basura. ¿Qué esperan? ¿qué toque a Chopin? Al final de la misa del domingo me acerqué al padre Jiménez. Mientras doblaba la sotana en la sacristía, le dije que me había quedado dando vueltas eso de la ausencia de Dios. Si Dios está ausente, comencé, es en lugares en donde crecen estos cabros como el que va al festival. ¿Ha visto usted esos barrios por televisión? Feos, abandonados, marchitos, como sus cactus (el padre inclinó levemente su cabeza a la derecha). Si Dios me deja en un lugar así y después se manda a cambiar, yo le juro padre (no jure, me advirtió), le prometo, que en un rato estoy cantando Tetona con un revolver en la mano y una cruz en el poto. Voy a rezar por usted, fue lo único que me respondió mientras colgaba la estola de un gancho. Yo lo dejaría cantar, señor director, al menos, un par de canciones. Tetona y otra más. Tal vez sea la oportunidad que nunca le han dado. A Sergio no le gusta la idea. Me dice que tenerlo ahí, en horario prime, a la vista de todos, es una pésima influencia. Entonces le dije que apagara la tele, que dejara de ver esa porquería. ¿Acaso Coppola es una buena influencia con El Padrino? Yo no sé, señor director, pero me parece que a veces se exagera. Sandoval, el tipo de las cartas, pensándolo bien, ya no me resulta tan brillante. ¿Qué sabe él de todo este asunto? Nosotros los viejos debiéramos tener una mirada más reposada de estas cosas en vez de andar por ahí dictando cátedra y mandando a construir represas de moral. ¿Qué se cree este caballero? Y estos son los Sandoval de La Serena, yo los conozco, porque eran vecinos de mi tía Cecilia, y bien portados no eran. Nadie está libre de pecado para andar lanzando todas las piedras que le han tirado a este chiquillo. Yo lo abrazaría, señor director. No a usted, que no se entienda mal, sino que a Johan. Le juro que lo apretaría contra mi pecho y olería sus visos hediondos (seguramente no se bañan estos cabros) y le diría que ya, que ya va a pasar, que se quede tranquilito no más, que yo voy a hacer lo posible para que cante, pero que cante bonito, sin tanto garabato, y que bueno, si se le sale alguno que no importa, que está bien, que a todos se nos escapa una grosería de vez en cuando, pero que trate, que intente no decir tantos, porque hay niños mirando, porque a Sergio no le gusta, y esa cuestión de las drogas, que también, que las deje, que no fume, que le puede poner los dientes feos, y si se los está enderezando que le va a hacer mal, que ponga de su parte, que vaya a misa, eso, que vaya a misa, que le pida a Dios por él y por su mamita (¿ha visto cómo le da besos en la boca a su mamita?), y que no le dé besos en la boca a su mamita, que se ve raro, que no está bien, que es una mala costumbre, y lo volvería a apretar, y le diría chiquillo lindo, chiquillo lindo, así, dos veces, y lo soltaría al fin y le diría que me espere un minuto, e iría a mi pieza (porque todo esto sería en mi departamento), y sacaría de mi velador la cadenita y el escapulario que me regaló la abuela Chepa, y volvería y se lo entregaría en las manos y le diría que se cuide, que se porte bien, y que cuando se suba al escenario del Festival, que se ponga la medallita entre todos sus colgajos, que lo va a proteger, y que cuando cante Tetona, haga como un gesto, como que se lleve la mano al escapulario, y yo entenderé que es un cariñito para mí, y me pondré contenta, porque me saludó, porque está en la tele, y porque lo veo a él, feliz. Todo eso me imagino, señor director. Por eso le pongo en mi segunda carta que lo dejen ir al Festival. Por amor a Dios, dejémoslo cantar, así cierro el texto. Pero no tengo muy claro si es por amor a Dios o por amor de Dios. Sergio me dice que da lo mismo (a él todo le da lo mismo), pero yo no sé.
Le pido que considere las dos cartas que le he enviado, señor director. Sergio me dice que lo deje, por dignidad, que me debe creer loca. Pero entre tanta lesera que lee usted se dará cuenta que lo mío no es locura, sino el afán de dar y recoger, como pescadores en la orilla. Si no le molesta, quería hacerle una sugerencia. Yo que usted, publicaría la primera carta, la de cueste lo que cueste, este sábado. Y la segunda, la del amor a Dios, el domingo. La del sábado le pondría como título Johan 1, y la siguiente Johan 2. Es posible que la gente no entienda esto del cambio de opinión. No todos tienen que pensar como uno. Quizás sería bueno escribir una tercera carta (Johan 3) explicando esto de ir y venir. Esa se la podría enviar el jueves por la tarde.
Bueno, señor director, tengo que hacer. Sergio me está jodiendo la pita con el desayuno, y usted sabe cómo se ponen los hombres cuando tienen hambre. Y si son viejos, tanto peor. Le dejo el encargo de las cartas. Y si se le vuelve a olvidar, no se preocupe, yo le recuerdo mañana.
El ejercicio del periodismo está experimentando cierta decadencia. Está bien que los tiempos cambien y con ello las formas, pero eso no quiere decir que las cosas deban ir pendiente abajo. Cuando estudiaba en la universidad, en un edificio céntrico de patio duro, entre fotocopias y hot dogs que se calentaban en el microondas de un casino discreto, el periodismo se hacía de otra manera. Por esos años se enseñaba la pirámide invertida y existía todavía una inclinación por practicar, o esforzarse en ello, una mirada objetiva de la noticia. Buscar la verdad era una tarea importante que le daba peso a la labor. Los periodistas eran mediadores entre los hechos y la audiencia, y transmitían con formalidad, exagerada a veces, los acontecimientos del día.
Era un oficio serio que se ejercía sobriamente. Se entendía que la noticia era el foco de interés y se le trataba con cuidado, a la altura del rol social que por esa época le cabía a la profesión. Se jugaba en una cancha con reglas intransables: investigar, salir a la calle, pasar horas en la biblioteca, ir directamente a las fuentes, cotejar versiones, confirmar datos, ser responsable, evitar los adjetivos cuando se trataba de informar. Quienes lograban cierta notoriedad era por la calidad de su trabajo, por los puntos de vista que planteaban, por las preguntas que hacían, por la capacidad de generar conversaciones de valor, o bien, por transmitir una noticia con datos y detalles que permitían hacerse una idea ponderada de la realidad.
Pero hoy el asunto es muy distinto. La irrupción de las redes sociales y el afán por lograr fama y reconocimiento ha hecho que buena parte de los periodistas (no todos, para ser justo) cambien el orden de los factores. Algunos, principalmente de televisión, dejaron de ser mediadores, prolijos y templados, entre la noticia y el público, para convertirse en protagonistas, la mayoría de las veces estridentes y ruidosos. Opinan de todo, con tono moral y justiciero, y lo hacen muy pendientes de las tendencias predominantes, corrigiendo sus discursos cuando el viento corrige también su dirección.
Periodistas, hombres y mujeres, se afanan por convertirse en celebridades. Tienen redes sociales y publican allí selfies, selfies y más selfies. Se hace muy difícil encontrar alusiones a hechos relevantes o contenidos noticiosos de interés. Es más, no solo se aprecian sus cuerpos y mascotas, sino también las marcas que representan. Hay de todo. Menciones a productos gourmet, chocolates, malls, autos, aplicaciones, insecticidas, lo que se le ocurra. ¿Se puede ser libre en el ejercicio del periodismo con tanto compromiso comercial? ¿Es posible buscar la verdad cuando se está tan preocupado de velar por la propia imagen? ¿Es factible plantear con coraje un contrapunto a la opinión dominante -clave para la discusión pública- cuando se tienen tan en cuenta las reacciones de twitter (hoy X) y las redes sociales?
Se insistirá en que el mundo cambió y el periodismo también. Que hoy la opinión tiene más valor y que es importante estar cerca de la gente e interactuar con ella. Suena bien, pero eso no es cierto. No del todo. Lo que hay detrás del fenómeno de “periodistas rockstars” es un narcisismo que siempre ha existido pero que hoy se exacerba en años de hiper comunicación y digitalización. Hay un culto a la propia personalidad. Lo mismo está sucediendo, con alarma, en la política.
Lo preocupante es que, por alimentar el propio ego y las ganas de figurar, se va perdiendo el rol fundamental del ejercicio periodístico, que es, entre otras cosas, entregar información veraz y de calidad que contribuya a una opinión pública más preparada y a un debate social de más espesura para un Chile mejor. Y cuando eso se olvida, esa sí que es una mala noticia.
De vez en cuando me acerco a mi señora para compartirle un hallazgo. Son cuestiones triviales, absurdas a primera vista, pero que a mí me caen como si fuese un tejazo en la cabeza. El último de mis descubrimientos fue hace un par de años. La vida es con dificultad, le dije. Ella tuvo que haber estado haciendo otra cosa. Cualquier cosa. Seguro la interrumpí. Que la vida es con dificultades, insistí. ¿Me estás hablando en serio? preguntó con una mezcla de asombro y risa. Es en serio, repliqué. Acabo de descubrirlo.
Llegar a concluir ya cerca de los cincuenta que la existencia es con problemas parece, realmente, una estupidez. Y si no lo es, está cerca de ser una ofensa a la razón. Vengo escuchando a mi suegra decir que la vida no es fácil hace más de 25 años y si de algo sirve admitirlo, mi propia historia ha tenido también sus buenas sacudidas. Pero, aun así, con toda la evidencia sobre la mesa, entendí hace muy poco que la vida es con tropiezos.
Conociéndome no es algo tan insólito. He transitado buena parte de mis años tomado del pasamanos, intentando mantener todo en orden, siempre por la misma ruta, prefiriendo lo conocido, malazo para probar, eligiendo habitualmente, con pocas excepciones, helado con sabor a chocolate suizo, lomo liso cocido a tres cuartos, pizza con cebolla, pimentón y aceitunas, y vino carmenere. Cualquier imprevisto, cualquier accidente que me aconteciera, todavía cuestiones sin mayor relevancia, una pana en el auto, cañerías tapadas, una citación al juzgado, una gotera en el comedor, o una inflamación sospechosa en cualquier parte del cuerpo, encendía todas mis alarmas y me ponía aún más ansioso de lo que soy. Cualquier oleaje en mi tranquila orilla me ponía rígido, obsesivo, hasta que lograba calmar, otra vez, las aguas. Podría decirse que me esmeraba por mantener una vida al margen de cualquier vicisitud. ¿Existe algo así?
Por eso, aquel día en que comprendí, como si fuese una iluminación, como Pablo arrojado al suelo desde su caballo, que la vida es con dificultades, comenzó para mí un mundo nuevo. Está bien, exagero, pero estoy mirando las cosas desde otra perspectiva. La literatura, la buena, ayuda mucho en esto. Están en las novelas y cuentos personajes llenos de aprietos, asuntos pendientes, amarguras, contradicciones. Quizás por eso me estoy interesando por el género de los diarios, en donde los escritores se muestran con más crudeza. Estoy leyendo La novela luminosa de Levrero, y hoy me han recomendado Diarios Centrales de José Donoso y La tentación del fracaso, de Julio Ramón Ribeyro. La existencia se muestra allí tal como es, no como en las redes sociales. Ahí es otra cosa. Nadie se anima a develar sus pellejerías.
Mirar al lado también contribuye a integrar, de mejor manera, la oscuridad que de tanto en tanto nos visita. Estuve hace poco en la casa de una mujer mayor que vivió el secuestro de uno de sus hermanos, el abandono de su marido con cuatro hijas pequeñas, y la muerte de un hijo a los cuatro años. La acompañaba su pareja, un tipo alto y de humor negro, que había perdido su pierna izquierda a los 21. Tuvo que haber sido complicado, le dije al hombre que frotaba una copa de coñac. No me resté de nada, me respondió. Con un fierro largo me las arreglaba para apretar el embrague y salía correr en auto que era lo que me gustaba, me contó. Yo escuchaba, curioso, mientras mascaba un camarón apanado. Y ahí estaban los dos, fumando a la antigua, en el baño, en la cocina, en el living, riendo, disfrutando de un aperitivo generoso, mirando el mar.
Ya nada me espanta tanto. Estoy aprendiendo rápido o tal vez sea el remedio que estoy tomando. Debe ser una buena combinación de ambas cosas. Pero se siente mejor así, incorporando, como lo hacen los orientales, los intervalos, los contratiempos, las rayas en el agua. Aceptando, no sin esfuerzo, no sin dolor, que las cosas simplemente son. Sin tantos juicios, sin tanta moral, sin horrorizarnos como si fuésemos algo distinto al ser humano.
Por estos días me he acordado del bautizo de mi primer hijo. No sé por qué, pero le he dado vueltas al asunto. Fue hace unos quince años, en la iglesia del colegio en donde estudié. Era un grupo pequeño, el padrino, la madrina, familiares, un cura amigo y el abuelo de mi mujer. De él me acuerdo bien, porque era un tipo excepcional. Al momento de la bendición, cuando al cabro se le moja la cabeza, el sacerdote nos preguntó qué esperábamos de nuestro hijo. Que sea un ingeniero civil de la Católica, bromeé. Hubo risas. Luego, en un tono más serio, dije que quería que fuese una buena persona. Sonó bien. Me sentí bien. Más de alguien habrá suspirado. Al enano le humedecieron el mate, le hicieron la señal de la cruz en la frente, y el hombre de la sotana lo levantó hacia los cielos, como en la escena del Rey León.
Con el paso del tiempo y de la experiencia, hoy hubiera dicho otra cosa. Ya no quiero que sea una buena persona. Ni él ni ninguno de mis hijos. Parecer una buena persona no es algo muy complicado. Está al alcance de la mano el decálogo para lograrlo. En una sociedad altamente declarativa como la nuestra, sabemos lo que hay que decir, las causas que hay que defender, lo que hay que postear, las palabras que hay que omitir, y maneras de comportarse para ser percibido como un buen ciudadano. Pero serlo ya es otra cosa. Y yo no creo en las buenas personas. Sí creo en que existen mejores hombres y mujeres que otros, pero no en las personas buenas, así sin más. Esta debe ser la época en donde más hemos escuchado la palabra empatía, y cuando, coincidentemente, más funas, enjuiciamientos y una despiadada carnicería vemos a diario en grupos de whatsapp y redes sociales. Pura hipocresía.
Aunque lo queramos, por más que lo intentemos, una y otra vez, cada uno arrastra su propia sombra. Somos todos, sin excepción, un embutido de ángel y demonio, como dijo Nicanor. Y cuando ponemos en el horizonte la meta de ser buenas personas corremos el riesgo de negar la propia oscuridad que, tarde o temprano, saldrá por cualquier parte, dejándonos al descubierto. Además, la bondad tiene esa cosa como inofensiva (¿existe alguien que no haga daño?), oprimiendo la propia agresividad que es fundamental para moverse, para empujar, para enfrentar, para crecer. Si anteponemos lo bueno como un deseo primario, podremos llevar una vida correcta (o simularla, al menos) pero no necesariamente la vida que, realmente, quisiéramos vivir.
Quiero que sea un hombre libre. Eso diría. Quiero que mis hijos sean hombres y mujeres libres. La libertad es una cuestión más enredada. Puede tomar toda una vida conseguirla, si es que se logra. La mayoría de las veces ni la rozamos siquiera. La libertad es trabajosa, requiere franqueza, conocimiento de uno mismo, y, sobre todo, mucho coraje. La única manera de evitar ser un carajo es asumiendo que lo somos o podemos serlo. Dicho de otra forma, se trata de aceptar (e integrar) nuestra parte de noche. Ese es el primer paso hacia la libertad. Es tomar conciencia de nuestras luces, pero también de que somos imperfectos, de que hacemos daño (aun sin quererlo), de que hablamos a las espaldas, de que sentimos envidia, rabia, y a veces odio, porque somos sencillamente humanos. Y, desde ahí, desde esa incómoda verdad, recorrer con responsabilidad y adultez los caminos que decidamos.
El ejercicio de la libertad puede hacernos abandonar el sitial de las buenas personas, tal como Adán y Eva cuando fueron expulsados del paraíso, pero nos puede acercar, no sin costos ni dificultades, a una versión más honesta y plena de lo que queremos ser.
Tengo un tema con el miedo. Durante mi vida he sentido mucho miedo. A veces angustia, que es la versión más cruda de este asunto. No se trata de situaciones puntuales, extremas, como cuando uno roza la muerte, o algo así, sino más bien un miedo basal, como a los pies de todo, como si se tratara de un pecado original, de esas cosas que le vienen a uno incrustadas en la piel o en los huesos.
Pienso que el miedo nos asiste a todos, de vez en cuando. Nadie se libra. Por mi experiencia sé que el miedo toma, astuta y ocasionalmente, otras formas. A veces se disfraza de desinterés, otras de intolerancia y dureza, como cuando nos ponemos rígidos, porfiados, cerrados en nosotros mismos o en nuestras ideas, como un chancho de tierra, sin dejar que nada entre, que nadie entre, impenetrables. En esos casos no se siente el miedo, sino otra cosa distinta. Pero en el fondo, si somos honestos, suele tratarse de temor o incluso pánico. Pero raramente somos honestos.
En una ocasión, al inicio de una larga terapia sicológica, le contaba a mi terapeuta (un tipo silencioso y lúcido) que cada vez que una mujer que me gustaba se fijaba en mí, el interés en ella se esfumaba de inmediato. Ya no me importaba. Ya no sentía (y de verdad no lo sentía) nada por ella. ¿No será miedo?, preguntó mi sicólogo. Yo no sabía de qué diablos me estaba hablando. Seguramente, en ese momento y con la soberbia de los cobardes, lo habré encontrado un imbécil. Luego, con el tiempo, me di cuenta de que no era miedo…era terror.
Hacerme consciente del miedo me ayudó a no caer en su trampa. Es un truco jodido, bien pensado, como una telaraña invisible. Te atrapa sin que te des cuenta, instala relatos en tu cabeza tan racionales, tan inteligentes, tan blindados, que se hace muy difícil huir de ahí. Y en función de eso, de un miedo oculto y tramposo, vas tomando decisiones y armando tu vida. Pero cuando lo pillas, cuando descubres el fraude, cuando hallas al miedo entrando en la noche por tu ventana, y le gritas, y lo alumbras con la linterna, lo sientes, finalmente lo percibes, y puedes tener la oportunidad de convertirte en un hombre libre.
En mi caso el miedo habita en mi pecho. A veces se desliza hacia la espalda, pero siempre a la misma altura. Cuando la cosa se pone más fea, sube hasta la garganta y aprieta. Pero no se mueve mucho de ese sector. Y yo sé que está ahí. Convivimos como dos viejos amigos que aprendieron a tolerarse, incluso a quererse. Cada vez que me visita, notifico su llegada. Sé dónde está. Lo tengo a la vista. Y así, imposible que haga trampa. Con el miedo fuera del clóset, se acabaron las excusas y coartadas.
Hace poco un hombre que tomó una decisión difícil sabiendo que le traería riesgos y costos altos, me contaba que eligió la ruta más complicada cuando descubrió que lo que lo tenía sin dormir, atribulado, era el miedo. Cuando lo noté, me dijo, supe que debía hacerlo, porque no podía tomar mi decisión capturado por el miedo. Cuando hizo el hallazgo decidió avanzar, aun sintiendo temblar sus cañuelas. De eso se trata la verdadera valentía.
Cuando corremos el velo y somos capaces de mirar el miedo de frente, tenemos la tremenda oportunidad de hacernos cargo de nuestra propia vida, como agentes de nuestra existencia, para elegir bien o mal, pero hacernos cargos al fin, y recorrer nuestros días y nuestros años acertando y dejando embarradas, y entonces, pecho a las balas, porque fue nuestra decisión, libre y soberana, sin excusas y sin nadie a quien culpar. Y cuando te haces dueño de tu vida, con arrojo y responsabilidad, puedes intentar, con mejor pronóstico, ser feliz.
Yo no quiero escribir en un papel las cosas malas de este año y echarlas al fuego para que se quemen y se conviertan en cenizas, porque lo malo tiene que quedar atrás, así nos han dicho, así se cuenta la historia, que lo que no nos gusta se apunta primero y luego se incinera, para que se convierta en humo y desaparezca como en un acto de magia. Es un rito viejo esto de andar prendiendo papeles, pero no es verdad que lo malo se desvanece.
Tampoco conviene que lo malo se largue a otro lugar. Si nos tocó pasar días oscuros, ya está, sucedieron. Y si sucedieron es porque ya lo vivimos, o los estamos viviendo, pero la cosa es que estamos enredados en algún lío que no quisimos, pero que sin embargo está ahí, llegó a nuestros pies y luego nos arrastra como la resaca, y viene una ola, y otra, y otra más, y nos tiene confundidos, ahogados, con la sal pegada a la piel y un olor insoportable a pulgas de mar, respirando solo de vez en cuando. A veces toca bailar con la fea (o con el feo, no se vaya a pensar que es un asunto de género). Es la vida. A todos les pasa.
Pero cuando nos visita el infortunio, aun cuando nos duela, no conviene olvidarse, dándole la espalda. La desdicha trae licores amargos, pero también aprendizaje, sorpresas, orillas y personas nuevas. Esta mañana, conversando con mi mujer, entre cucharadas de huevo revuelto, tostadas y café, intentamos evaluar el año que se va. Fue un buen año, dije yo. Cómo un buen año, replicó ella. Fue difícil, corrigió. Sí, entiendo. Estuvo jodido, pero también hice radio, viajamos en familia, escribí, y recibimos el cariño de tantos. Fue bueno, insistí. Yo no lo pondría en esos términos, continuó mi esposa. Yo diría que, a pesar de la dificultad, terminamos siendo más grandes, más fuertes y mejores. Y eso depende de nosotros y no del año que se va a acabar. Tienes razón, asentí, mientras me echaba el último pedazo de pan con huevo a la boca.
Las cosas malas no hay que tirarlas al fuego ni a ninguna parte. Conviene sacarle provecho al camino recorrido. Que haya sido empinado, resbaladizo, irregular, no quiere decir que debamos expulsar de nuestras cabezas todo lo que allí vivimos. Sería más interesante apuntar en un papel lo bueno de lo malo, doblarlo en cuatro, y guardarlo en nuestra billetera y echarle un vistazo cada tanto para acordarnos, cuando estemos en medio de la refriega, que ya vendrán los brotes, que ya será tiempo de la cosecha. Yo me tatué en mi brazo la palabra primavera, porque no nos olvidará la primavera. Parece un sinsentido. Tatuarse es como un acto de rudeza, pero tatuarse primavera, es como un acto de una rudeza delicada. Lo cierto es que la tengo en el brazo. Es una herida que cicatrizó y estará ahí, siempre. Lo malo no se va. Lo malo queda, como las heridas. Y hay pocas cosas más satisfactorias que haber atravesado el desierto, o algo así como el desierto, pequeño o grande, da igual, y verse allí, al final del camino, de pie y con la cabeza erguida, algo más gordo por la ansiedad, algo tiritón por la duloxetina, qué importa, pero estar allí, animado por la familia, los amigos y la gente que a uno lo quiere, bien parado, abrazado a los suyos, algo cansado, algo maltrecho, bueno ya, pero aun firme, con la cara sonriente y agradecida y listo para enfrentar los desafíos de un nuevo año…eso, esa sensación lo dota a uno de un orgullo y de un aplomo que solo da el tránsito por las “cosas malas” de la vida.
No se trata de pedir un 2025 lleno de cosas malas. No hay que ser masoquista. Pero sí de desearles a todos la entereza, la compañía, el humor y la lucidez de enfrentar sus propias desgracias sabiendo que pasarán, que al final, habrá vientos buenos y nuevos y que, termine como termine la historia, tendrá sentido.
Hoy a la medianoche se celebra el nacimiento de un hombre justo, tal vez el más justo de todos los hombres. Crea o no crea (yo tengo un montón de dudas) la historia que se cuenta es maravillosa. Se trata de un hombre hombre, y cuando digo eso no me refiero a un tipo de costumbres recias, sino a uno que supo ser humano y que desvistió a todos los seres de este mundo, dejando a la vista sus miserias y pellejerías. Pienso que lo mataron por eso, por andar por ahí despojándonos de nuestros ropajes, recordándonos que venimos de un polvo sucio y que moriremos cubiertos del mismo polvo o envueltos en cenizas negras. Por eso lo clavaron en la cruz, con saña, con despiadada crueldad, y no por creerse Dios. Nadie soporta que nos refrieguen en la cara que somos pencas, que vamos al baño una o dos veces al día, que de tanto en tanto habitan piojos en nuestras cabezas, que nos salen hongos en los pies, que huimos de vez en cuando, que tenemos miedo, que arrastramos una sombra larga, que despertamos con un caracho de mil demonios, con el pelo revuelto y un aliento como de carnes dejadas por días al sol. El que nace hoy es el que develó la hipocresía de los hombres y mujeres de la ley, de quienes apuntaban con el dedo con la rapidez de las liebres y el cinismo de las hienas. Es el que invitó con firmeza y elegancia a tirar la primera piedra a los que estuvieran libre de toda culpa, de todo pecado, y los dejó ahí, con su cara marchita, pegada en el piso, avergonzados, turulecos, luego de hacer mierda a una mujer por ser puta, por entregar su piel cuando las suyas olían a muerte, a una muerte fétida de tanto decir, de tanto ladrar, como perros bravos ocultos en la noche. El que nació en un pesebre, entre burros y vacas gordas, recogió al que agonizaba al borde del camino, lo arrastró, lo llevó en andas, curando sus heridas hediondas y profundas, salvándolo del silencio y de la miseria. Hizo ver al que no veía, caminar al paralítico, resucitar al que yacía sepultado en la tumba. Como un pastor fiel dejó a sus ovejas por ir en búsqueda de la que se había extraviado, atravesó ríos y alambrados de púas filudas, se adentró en bosques tupidos, escaló montañas, y todo por traer de vuelta a la que se había perdido, vaya a saber uno por qué razón, o quizás arrancó porque se sentía presa, rechazada, en un rebaño que nunca la quiso entre los suyos. Al que celebramos esta noche es el que convirtió el agua en vino cuando el tinto se había acabado, cuando se amontonaban las jarras vacías a un costado de la cocina, junto a los desperdicios de una noche regada. Y lo hizo porque aún quería fiesta, porque la celebración no podía terminar, no tan temprano, porque la vida se baila, porque todavía quedaba cuerda, porque los músicos tenían voz para cantar, porque los novios querían brindar por última vez antes de irse a la habitación a darse embestidas y dejarse vencer como bueyes ante el destino y el yugo. El que recordamos a las doce es el que lavó los pies, el que se dejó besar para ser entregado, el que partió el pan y lo compartió con el traidor. Y cuando la muerte clamaba su nombre, y cuando la sangre le chorreaba por un costado, y cuando las espinas se hundían en su frente y la carne se desgarraba entre insultos, lanzas y desprecio, perdonó a los que lo sentenciaron, le pidió al padre clemencia, porque no saben lo que hacen. A ese recordamos hoy. Al que arriesgó, al que pasó cuarenta días en el desierto, al que calmó las aguas, al que eligió a hombres sencillos, imperfectos, con la promesa de un mundo mejor. Y cuando volvió a la vida, como el Melquiades de García Márquez (que huyó de la muerte porque sintió la soledad) no fue reconocido por sus manos agujereadas, sino por el gesto de compartir, otra vez, el pan.
A Jesús volvemos la vista esta noche. Y creamos o no es bueno detenerse un rato a los pies de la cruz para mirar y mirarnos y descubrir en ese cuerpo maltrecho, el del ser humano, lo que en este mundo loco hemos olvidado: el perdón, la compasión, la delicadeza, el arrojo y la entrega. Feliz Navidad.