YOGA

Me metí a yoga. Todo partió por una contractura en mi pierna izquierda, visitas al kinesiólogo, ejercicios en el living sobre un mat azul, y un repentino gusto por estirar músculos y tendones. Podrías hacer yoga, me aconsejó mi mujer. Averigüé. Daban clases a solo unas cuadras de mi casa. Me contacté con la profesora. Le pregunté si había hombres (era una de las cosas que me preocupaba). Dijo que no, que todavía no. Y de inmediato, como queriendo contenerme, me explicó que en Australia sí, que en Argentina sí, que en Estados Unidos también, que ahí sí que sí estaba lleno de hombres haciendo yoga, que no había complejos, nada de esas cosas, que estaba de moda, que era un buen complemento para otros deportes, y que si no era flexible ¡no importa!,  porque el hombre tiene más fuerza y eso ayuda. Pero yo no soy flexible y tampoco tengo mucha fuerza (no se lo dije pero lo pensé). Me comentó de los horarios, de los valores, y me ofreció una clase de prueba.

El primer día, caminando a mi sesión, me encontré con un buen amigo. Me vio de short, calcetines cortos, polera holgada, una caramayola en mi mano y una colchoneta colgando de mi hombro derecho. ¿A dónde vas?, me pregunto con cierta maldad. A box, le respondí, para no darle en el gusto. ¿Y eso?, apuntó al mat. Es un punching ball. Son más modernos. Más livianos. ¡Otra cosa! Él se largó a reír. No se lo cuentes a nadie, le advertí, también riendo. Hay cierta dignidad masculina estúpidamente en juego.

La cosa era en una sala mediana, con un gran aire acondicionado empotrado bien arriba, y un espejo que ocupaba toda una pared. Mis compañeras (eran cuatro) comenzaron a aparecer. Una mujer joven y las otras, calculé, algo menores que yo. Se saludaron, se notaba cierta habitualidad, y la profesora me presentó como “el nuevo”. No hubo más introducción. Al tiro a la piscina.  Intenté seguir, como pude, las acrobacias (para mí son acrobacias). Se trata de posturas, giros, inhalar, manos al suelo, pierna estirada, talones al piso, exhalar, dedos que empujan, y una serie de instrucciones que J (llamémosle J) iba dando con soltura, rápidamente, y yo intentando seguir el ritmo, mirando de reojo al resto de las alumnas, como un niño copiando en el colegio, complicado porque no sabe la respuesta, o la forma, o la posición que J quiere que hagamos. Al final, lo que más me gusta. El relajo. La rendición. La libertad. Un hombre derramado sobre el mat. De espalda, piernas abiertas, brazos extendidos. Como quieran, dice J. Luz apagada. Ojos cerrados. Música indie, india, incidental, no sé, pero calma. Y la instructora ofreciendo aceite en las sienes. Después de todo, no anduve tan mal. Volví.

El resto de las clases ha sido más o menos igual. La profe dando indicaciones, ejemplificando delante de nosotros, mis compañeras contoneándose, y yo mirando con disimulo (aunque se me debe notar) para tratar de dar con la figura correcta. J es una buena profesora. Me debe cachar medio aproblemado…o torcido…o en la dirección contraria. Se toma sus pausas para atender al rezagado. Bien, muy bien, chicas. Eso, eso. Exacto. No… a ver, Matías…no…así no. Mira. Lleva el ombligo a la espalda (¡¿cómo cresta lleva uno el ombligo a la espalda?!)…baja la cadera izquierda, sube la derecha (¡¿es broma?!)…abre el pecho, baja los hombros (¿?)…y yo hago algún movimiento, una sacudida, cualquier cosa, para salir del paso. Bien, Matías, mucho mejor. Dije que era una buena profesora.   

Ya llevo dos meses, dos veces por semana. Poco a poco le voy agarrando la mano.  En la última clase se sumó otro hombre. ¿Principiante?, le pregunté, como buscando apoyo. No, practico desde el 2016, me respondió. No importa. Ya me relajé. Estiro hasta donde puedo. Doblo lo que logro doblar. Giro hasta ahí no más. Vamos de a poco. Punto a punto se tejen los chalecos. Rozando los 50 le he tomado el gusto a ser el nuevo, el aprendiz, y aceptarlo, sin tanta exigencia. Y eso da más flexibilidad que un guerrero, un chaturanga, un bakasana, o cualquier otra cosa. Comienzo a disfrutarlo.

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Por Matías Carrasco.

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DESCANSAREMOS

A una de mis hijas le encanta la Navidad. A todos los niños les gusta, claro, pero lo de mi hija es otra cosa. Le fascina la Navidad. Tanto que apenas termina se lamenta porque queda mucho para la próxima Nochebuena. Es ella quien me pregunta cuál es mi época preferida del año. Semana Santa. ¿Semana Santa? ¿Por qué, papá? No sé. La resurrección, el cactus de la costa ¿El cactus? Sí…la oda de Neruda…hermano, hermana, espera, estoy seguro, no nos olvidará la primavera. Estás loco, papá.

Ya lo he citado varias veces, no sé cuántas. Al cactus de la costa lo descubrí hace 20 años o más, en un retiro de Semana Santa. Un gimnasio repleto de gente y el sacerdote jesuita, Fernando Montes, caminando lento, algo encorvado, con un lote de libros en sus manos. Se subía a la tarima, y se acomodaba en una silla frente a una mesa con un mantel azul. El micrófono daba un chirrido y se largaba a hablar de esto y de aquello, con su voz grave, a ratos inaudible, haciendo referencias a novelas, poesías, películas y canciones de moda. Montes es un humanista, un intelectual, un tipazo. En una de sus intervenciones citó el poema de Neruda, el cactus terrible, el de las espinas estrelladas, azotado por las olas, que es el primero en florecer, con un rayo rojo, en primavera. Una maravilla. De ahí se convirtió, para mí, en una especie de himno, en un mantra que sostiene. Tengo tatuada en mi antebrazo derecho la palabra primavera.

Ahora leo el último libro de Emmanuel Carrere, Koljós, una mirada a su madre y a sus antepasados. Me gusta Carrere. Tiene una escritura honesta y atrevida. Tanto que sus publicaciones le han valido enemistades, el distanciamiento con su madre por un par de años y demandas de su ex mujer. Habla (escribe, más bien) con desenfado, como venga, sin cálculo. He leído buena parte de sus novelas. Todas me gustan, pero El adversario tiene un lugar especial. Es su obra más compleja y corajuda. Ahí está eso de que tocar un libro es tocar al hombre. Y, coincidentemente, ahora me doy cuenta, que la primera vez que oí de El adversario fue…por Fernando Montes. Otra vez el gimnasio lleno, el paso lento, la espalda levemente curvada, los libros sobre el tapiz azulado, el chirrido de los parlantes, y la fascinante historia de Jean Claude Romand, el monstruo de Francia, el asesino de sus padres, de su esposa, de sus dos hijos, y una vida de mentiras y de engaños. Todo muy impresionante para ser verdad. Pero fue verdad.

Vuelvo. Leo Koljós de Carrere y me topo en uno de sus pasajes con una cita a Chéjov y su obra de teatro Tío Vania. No la conocía, pero el texto es precioso y me recordó al cactus en el roquerío. Es otra forma, más antigua, más rusa, más cruda, de hablar de primavera. ¿Lo habrá leído Neruda?

“¡Y viviremos, tío Vania! ¡Pasaremos por una sucesión de largos días y largos anocheceres! Soportaremos las pruebas que nos depare el destino. Trabajaremos para los demás sin conocer el descanso. Y, cuando llegue nuestra hora, moriremos resignadamente, y allí, a los pies de la tumba, diremos que hemos sufrido, que hemos llorado y que hemos conocido la amargura… Y Dios se apiadará de nosotros. Y entonces, tú y yo, tío, mi tío querido, descubriremos una vida maravillosa, sublime, elegante. Nos sentiremos gozosos y, con una sonrisa en la cara, volveremos con emoción la vista a nuestra actual desdicha, y, por fin, descansaremos. Tengo fe, tío. Lo creo como creo en pocas cosas. Descansaremos. Descansaremos. Oiremos a los ángeles, contemplaremos un cielo cuajado de diamantes y veremos cómo, bajo él, toda la maldad terrestre, todos nuestros sufrimientos se ahogarán en una misericordia que llenará el mundo entero. Y nuestra vida será calma, tierna, dulce como una caricia. Tengo fe, creo en ello… Pobre, mi pobre tío Vania, estás llorando… En toda tu vida no has conocido la alegría…, pero espera, tío Vania, espera… Descansaremos… Descansaremos… Descansaremos…”.

Me gusta Semana Santa, mucho más que Navidad. Es esa tregua después de la cruz, es la flor después de un invierno jodido, es el consuelo de los náufragos lo que conmueve. Y ahí, lanzados por las olas a la arena, cansados de tanto remar, ahí, sobre la playa caliente llegará un día la primavera, prenderán fuego, tomarán un buen vino, y descansaran, descansaran, descansaran.

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Por Matías Carrasco.

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