EL VALOR DE LA IGNORANCIA

Hace algunos días, en la terraza de su casa, un buen amigo me hablaba del valor de la ignorancia. Algo así como el solo sé que nada sé, de Sócrates, pero en una época en donde la información abunda y las verdades y posverdades se declaran y se repiten con la fe de los predicadores. Por eso me llamó la atención el hallazgo (o la advertencia) de darle a la ignorancia un lugar especial. Tiene que ver con la capacidad de saberse ignorante – total o parcialmente- y admitir la opción de estar equivocados, perdidos o perplejos.

Si nos hacemos conscientes de nuestra ignorancia, insistió mi amigo saboreando una copa de vino, estaremos más abiertos a las preguntas que a las respuestas. Y si damos con la pregunta correcta (dijo ahora dejando la copa sobre una mesa de madera) podremos encontrar soluciones más acertadas a las problemáticas que nos toca enfrentar. Miré tres cactus que estaban dispuestos como edificios altos en un rectángulo de piedras pequeñas. ¿Cómo reivindicar la ignorancia entre tantos que estamos anclados en ideas fijas y prejuicios, asustados como niños ante la incertidumbre? ¿cómo aceptar la ignorancia sin sentir la vergüenza de los analfabetos y el juicio de los que andan por ahí abrazando certezas?

Mi amigo me acercó una fuente con aceitunas verdes rellenas con pimentón. Tomé un par y me las eché a la boca. Si nos declaramos ignorantes, continuó, asumiremos que no está necesariamente en nosotros la mejor respuesta y que debemos contar con otros para encontrar la salida de los laberintos que de vez en cuando nos asechan. ¡Nos sorprenderíamos de cuánto saben los demás y de cuan errados podríamos estar en algunas de nuestras ideas!

Me acordé del arquitecto chileno y Premio Pritzker, Alejandro Aravena.  En una entrevista publicada recientemente, Aravena contaba que en las viviendas sociales existe, en general, un receptáculo para la ducha, porque los metros no alcanzan para una tina. Sin embargo, quisieron preguntarles a las mismas personas qué preferían: tina o calefont. La respuesta parecía obvia: calefont y receptáculo para la ducha. Pero se llevaron una sorpresa: “el 99% de las familias decía tina. Y lo que más me impactó fue la razón que dieron: como tenían que ahorrar 10 UF para acceder al subsidio, al recibir la casa ya no tenían plata para el gas, por lo tanto agarraban el calefont y lo vendían. En cambio la tina, como hay una política pública que te entrega agua, la podían usar desde el día uno. En los blocks de esa época, además, el 95% de los conflictos entre vecinos eran por baños que filtraban agua de un piso al otro” – explicaba el mismo Aravena.

Al final, dijo mi amigo de pie mientras admiraba un Liquidámbar de una casa vecina, se trata de tomarse a las personas muy en serio. Y eso significa sacudirse de los paradigmas, y disponerse a escuchar a los otros, saber quiénes son, qué quieren, cómo viven, qué necesitan. Sería algo así como desensillarse de los aperos y monturas que llevamos hace años, con el cuidado de los arrieros.  

Me acompañó hasta la salida. Pensaba en el valor de la ignorancia en un tiempo tan movido, confuso y ruidoso como el nuestro. Pensaba en Sócrates y su luz legendaria. Pensaba en nuestros líderes, políticos, empresarios, comunicadores, ciudadanos y constituyentes, y en la conveniencia de que nos sepamos todos ignorantes.

Nos quedamos conversando algunos minutos frente a la reja entreabierta. Mi amigo me contó que estaba evaluando comprar un perro. Me preguntó qué raza sería la mejor. Levanté las cejas y los hombros y dije: “no sé”. Él rió y yo me fui caminando, pisando las hojas en el suelo.

Por Matías Carrasco.

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