LOS MALOS

Hace tiempo me pasa algo extraño. Cada vez que veo en las noticias el caso de una tipa o de un tipo malo, lo salvo. No se trata de un asunto pastoral. Tal vez no es salvar la palabra adecuada, sino más bien pienso en ellos, y en sus familias. Hay algunos que no me los puedo sacar de la cabeza.  Y cuando hablo de los malos, me refiero a personas que cayeron en desgracia, que tuvieron un día de furia, que cometieron un error, incluso un delito, y que son denostados por la opinión pública, una y otra vez. Y cuando aparecen los juicios en la sobremesa, y cuando escucho a los periodistas de matinal dar cátedra, y cuando en la radio dictan sentencia y clases de moral, yo no puedo dejar de pensar en los malos.

No es un tema de impunidad. El que contrarió la ley, el que se pasó de madre, el que causó daño, debe pagar por lo que hizo. Algunos ya tienen un panorama bien jodido en lo judicial. Otros viven un infierno, embriagados de una culpa que no los suelta y no los soltará jamás. Pero además de todo eso, deben bancarse las voces furiosas de quienes los apuntan sin saber mucho, sin tener, en realidad, la más mínima idea, arrogándose el derecho a decir lo que se les venga en gana, y a decirlo con vehemencia, con una sospechosa ira, aunque expelen, cada tanto, olor a hipocresía.

Está bien. Hay malos y malos. Lo entiendo. No es que uno deba guardar silencio. Cada cual tiene derecho a expresar su indignación. Pero nos pasamos de rosca. Es como si oliésemos la sangre y quisiéramos despedazar al animal, sin contemplaciones. Nos convertimos en una sociedad implacable, que no tolera, que no escucha, que no perdona. Hace un tiempo oí a una persona cercana al mundo carcelario, conocedor de historias macabras, decir que prefiere no hablar de criminales, sino de individuos -que pueden ser potencialmente cualquiera de nosotros- que cometieron un delito. Vaya matiz.

En la misma línea, el escritor y abogado penalista alemán, Ferdinand von Schirach, escribió el libro Crímenes en el que narra crímenes cometidos por personas comunes y corrientes. Y en el prólogo, comenta: «todos tienen su historia y no son muy distintos de nosotros. Nos pasamos la vida danzando sobre una fina capa de hielo; debajo hace frío y nos espera una muerte rápida. El hielo no soporta el peso de algunas personas, que se hunden. Ese es el momento que me interesa. Si tenemos suerte no ocurre nada y seguimos danzando. Si tenemos suerte». Notable. Es apenas una escarcha lo que nos separa del error, del descuido, del delito, del salvajismo. Si tenemos suerte…

Yo pienso que es el miedo el que nos tiene convertidos en una mezcla de jueces y fariseos modernos. Miedo a reconocernos en los malos, a sentir la helada bajo nuestros pies, a aceptar que tan distintos no somos, y el horror de que podamos, de un día para otro, en un desliz, nosotros o los nuestros, trastabillar, romper el hielo, y caer, y caer, y caer.  

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Por Matías Carrasco.

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PECHO A LAS BALAS

Navegando en las redes sociales me encontré con una entrevista al destacado actor, Alfredo Castro, quien protagoniza la recién estrenada miniserie Alguien tiene que saber, sobre el caso Matute Johns. Se trata de un video en donde consultado por el impacto de la producción, Castro dice que es «notable», «muy importante», pero luego, visiblemente incómodo, se apura en aclarar que él empatiza «absolutamente con la madre» del joven desaparecido y que la serie es legal, «se puede hacer». Insiste, con énfasis, en el punto. Que es legal porque narra un hecho de conmoción pública y porque fue la propia familia quien participó de programas y espacios mediáticos. Intenta explicar, justificar. Que él pensó, «tal vez ingenuamente», que serviría para reabrir el caso.

Claro, el estreno ha levantado polvo y harto. La mamá de Jorge Matute Johns y su familia ha rechazado, desde un primer momento, la producción de esta historia y tras conocerse el tráiler la mujer, ahora de 80 años, ha dicho que ha retrocedido lo poco y nada que ha avanzado en su duelo, que su salud se ha dañado, y que están lucrando con su dolor. “Dejen tranquilo a mi hijo. Déjenme tranquila a mí”, imploró en un programa de televisión. Sin embargo,  Alfredo Castro insiste, con su voz grave, que él entiende el dolor de la madre y que lo entiende «profundamente». Pero, ¿cómo es posible empatizar con hondura  con el sufrimiento  de esa mujer y al mismo tiempo ser el protagonista de la serie que la familia rechazó públicamente desde que conoció la idea del rodaje? ¿no hubiese sido más coherente declinar la oferta del papel? ¿O tal vez, guardar un respetuoso silencio?

La discusión sobre la realización de este film es interesante y difícil. Entran en conflicto la libertad de expresión y la posición doliente de la familia afectada. Es un buen y antiguo debate. Pero quienes optaron, legítimamente, por hacer la película y participar de ella, deben aceptar los coletazos de su decisión y pecho a las balas. Imagino que algunos lo hacen con más libertad. Pero insistir en lo de la empatía habiendo sido el puntal de la miniserie, no se ve bien.

Los actores, o buena parte de ellos para ser justo, tienen algo de eso. Los artistas tienen eso. Se autoperciben como tipas y tipos buenos, pero buenos, buenos. Izan las banderas de un montón de causas y apenas tiene una vitrina dan discursos moralizantes.  Es como si les costara un mundo integrar su parte de noche, que tampoco es tan oscura, es simplemente con la que cargamos todos. Es como si no pudieran asumir su ego, su vanidad, su interés por la fama y, como no, por el dinero. Mientras escuchaba la entrevista a Alfredo Castro, me preguntaba, ¿cuánto le habrán pagado? ¿cuánto seduce un contrato con Netflix?

No hay nada de malo en eso. Más todavía cuando la discusión sobre la realización de una serie como esta sigue abierta. El punto es hacerse cargo de las decisiones que uno toma, sin intentar quedar bien aquí y allá, invocando una empatía que no se condice con la realidad.

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Por Matías Carrasco.

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