DAN GANAS DE LLORAR

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Dan ganas de llorar. Es el sentimiento que tengo. No es rabia. No es indignación. Es una tristeza honda e inesperada. Es extraño. Había tenido otras tristezas, pero no una como ésta. Debe ser la violencia, pienso. Eso me pone mal. Es el ímpetu y esa fuerza abrumadora que quema, destruye y mata. Chile se fracturó por una patada bien fea.

Dan ganas de llorar. Ver a otros celebrar, sonreír o fotografiarse frente a la tragedia, es para llorar. ¿No entienden la derrota de un país? Es la ira desatada. Es la revancha que soñaron. Es la réplica furiosa a una desigualdad inmoral. Aún si ganaran. Todavía si quemaran toda esta tierra. ¿Qué queda? ¿Cuál es la victoria? Tal vez sea la venganza y el sabor de ver al poder de rodillas. ¿Qué más? ¿Qué nos deja un país en llamas y sus muertos? Chile se levantó, pero pisoteando, y fuerte, esa dignidad que con justicia dice reclamar.

Dan ganas de llorar. No conocía hasta ahora el odio de Chile. Motivos habrán, pero ver el rostro del desprecio, su palabra destemplada, sus ojos idos, sus piedras y sus armas, me abate. El ser humano contra el ser humano, es la escena más feroz. Se enfrentan como si fueran animales, jaurías furiosas, enemigos. Pero son personas. Seguramente al milico lo espera en su casa una mamá angustiada, parecida a la madre del cabro que anda prendiendo fuego en las estaciones. Familias similares, sencillas, que padecen los mismos males de la marginalidad y la pobreza. Pero ahí están, midiéndose, azuzándose, jugando con la muerte.

Dan ganas de llorar. Ver a un país quebrarse de la noche a la mañana, nos deja perplejos. A pesar del ruido, de las sirenas, de los helicópteros, del estruendo, de las cacerolas y bocinazos, siento silencio. El silencio de tantos que no saben qué decir, qué explicar, qué esperar. El silencio de la impotencia. La boca muda que nos deja el miedo. Ya sabemos. Nos lo han dicho. Fallamos. Durante décadas no vimos lo que hoy nos están enrostrando con la luz del fuego. Falló la política, la elite y quienes gozamos de privilegios. Nunca lo quisimos ver. Como dice un buen amigo, habrá que hacerse cargo.

Dan ganas de llorar. La política, tan importante, aún con todas sus pifias, tan relevante para la democracia, ha mostrado su cara más mezquina. No podría decir que son todos, pero he visto en estos días declaraciones cargadas de ideología, de oportunismo y que solo buscan llevar agua a sus propios molinos. Autoridades, incapaces de condenar la violencia. Otros que apoyan el alzamiento, sin distinción. Algunos, caradura, que buscan culpar al gobierno de turno de este embrollo, exculpándose ellos como si fueran impolutos, como si esto se tratara de una historia reciente. Malas noticias. Izquierda y derecha, han sido vencidas.

Dan ganas de llorar. Por la convivencia quebrada. Por los chilenos. Por nuestros hijos. Por el país. Tal vez haya que hacerlo. Llorar un buen rato, para que después llegue la calma y la reflexión, muy necesaria en estos días.


Por Matías Carrasco.

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ALGO MÁS QUE MALESTAR

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Es cierto. Chile es un país tremendamente desigual. Se ha dicho hasta el cansancio. Es una olla a presión, se advertía, que en algún momento va a explotar. Y explotó. El destacado columnista Carlos Peña explicaba hace un par de años -a propósito de la disminución en las cifras de pobreza en Chile- que las sociedades en donde la inequidad es peligrosa e intolerante, son aquellas que distribuyen recursos en base a factores adscriptivos (como la cuna o las diversas formas de estatus) y no al mérito o al esfuerzo. Para evitarlo, planteaba Peña, algunas sociedades tratan que el sistema escolar sea independiente del ingreso de las familias; distribuyen con mayor igualdad bienes básicos, desde la vivienda y la salud al consumo cultural; y sancionan la discriminación (por ejemplo, la distribución de niveles salariales en base al aspecto o el linaje). Finalmente concluía: “hay que alegrarse de que los pobres disminuyan; pero ello no debe hacer olvidar que la sociedad chilena está todavía lejos  de los ideales que animan a una sociedad democrática concebida como una sociedad de iguales. Iguales no porque cada uno tenga lo mismo que cualquier otro, sino iguales porque cada uno tiene tanto como, a la luz de su esfuerzo, merece”.

Adhiero a su mirada y también percibo que la injusticia social en Chile está a la base de la violenta y desatada jornada de ayer. ¿Pero será solo eso? Pienso que no. De ser así, todos quienes se han sentido vulnerados, agobiados y oprimidos, reaccionarían de la misma forma: quemando, destruyendo, sin sopesar las graves consecuencias que esos actos causarían a millones de chilenos. Una mujer sencilla, en la caja de un almacén, me comentaba con rabia lo que vio en las calles: “los que nos sacamos la cresta trabajando, no actuamos así”. ¿Qué es lo que marca la diferencia? ¿Unos son apáticos a la desgracia humana y otros serían la versión moderna de un Robin Hood capitalino, a quién deberíamos agradecerle su violenta lucidez? ¿Será así de simple?

Sumo al malestar social, una suerte de malestar ético que nos afecta a todos. “Ética” es una palabra jodida porque nos suena a normas y costumbres que deben regir nuestro actuar. La prefiero entendida como el instrumento para discernir el uso de nuestra libertad, apuntando siempre a tener un “buen vivir”, como le decía el escritor español, Fernando Savater, a su hijo de 15 años en el libro “Ética para Amador”.

En un mundo complejo como el nuestro, la ética, lamentablemente, ha perdido su espacio y su valor. Hace rato ya y en todos los sectores. Y no hablo de reglas, sino más bien del entrenamiento del pensamiento para que cada cual decida qué hacer, pero tomando plena consciencia de la responsabilidad de lo que se hace, con uno mismo y con los otros. Pero no hemos dado el ancho. La ética se nos extravió. Ha fallado la clase política, empresarial, las iglesias, las instituciones de orden, y una montonera de organizaciones que antes gozaban de cierto prestigio y hoy han perdido confianza. Es lo que sabemos. Pero nosotros. Usted y yo, señor lector. ¿Cómo andamos por casa? ¿Actuamos realmente con honestidad o evadimos y hacemos el atajo cada vez que podemos?

Nadie sabe bien dónde está la brújula para volver a encontrar el norte de la ética. Quizás por eso algunas autoridades políticas – adultas, educadas, bien informadas- avalan los disturbios, dudan al momento de condenar los hechos vandálicos o prefieren, simplemente, sacar provecho político de la situación culpando al bando contrario. Es triste y preocupante el nivel.

Hay que recuperar la ética y subir la vara de nuestro actuar. No es fácil. Existen encrucijadas morales que se hacen difíciles de resolver y exigen abrir la cabeza, ponerse a pensar (otra práctica que lamentablemente está en retirada) y sobre todo perder. Algo queda atrás en cada decisión.

Vuelvo a la “Ética para Amador”, un texto que recomiendo por su importancia hoy y por su prosa campechana y profunda. El padre, le enseña a su hijo adolescente: “ningún orden político es tan malo que en él ya nadie pueda ser ni medio bueno: por muy adversas que sean las circunstancias, la responsabilidad final de sus propios actos las tiene cada uno y lo demás son coartadas”.

Siempre existirá, en alguna parte, por estrecha que sea, el poder de decidir.


Por Matías Carrasco.

 

 

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LA PREGUNTA Y LA INTEMPERIE

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El día en que se acaben las preguntas, se acaba el pensamiento. Detrás de una interrogante hay posibilidades y exploración. La pregunta abre, desafía, interpela. La respuesta cierra, define, asegura. Algunos prefieren las certezas porque necesitan la estabilidad de una realidad concreta, sin ambigüedades. Otros disfrutan de las preguntas porque aún no llegan a destino y se sienten cómodos en el terreno de la ausencia.

Para quienes gustan del pensamiento, la pregunta no puede ser esquivada. Ninguna debería tener la boca prohibida. Ni las más feroces. Sin embargo, le tememos. Percibimos en la pregunta un precipicio y no un puente a un mundo nuevo.

En estos días ha generado escándalo en las redes sociales un texto escolar de sexto básico que pregunta a los alumnos por aspectos positivos y negativos de la dictadura militar en Chile. Algunos ya pusieron cara de espanto: que cómo es posible; que cómo cresta preguntan por las bondades de una dictadura; que eso es relativizar la violación a los derechos humanos; que es una apología a los crímenes de Estado; etc. Inmediatamente, la institución a cargo del material salió a aclarar el entuerto y terminó por “agradecer la retroalimentación” y que lo tomarían “como una oportunidad de mejora”.

Y yo que la había encontrado una pregunta interesante. Me gustaría que mis hijos lo pensaran. ¿Puede haber algo positivo en una dictadura? Me encantaría que se informaran, que leyeran, que buscaran en internet y que llegaran a casa a preguntarme a mí, a su mamá o a sus abuelos por esa parte de la historia. ¿Es posible la luz en la oscuridad? Los imagino despiertos, curiosos, intentando dar con sus propias respuestas. Seguramente preguntarán por lo que pasó. Les respondería a mi manera. ¿Y qué se hizo en todos esos años, papá? Quizás tendría que abrir los naipes y hablar de distintos ángulos. La vida tiene ángulos (aunque algunos insistan en verla sin repliegues). Comentaría de la economía, de los Chicago Boys, de la infraestructura, de la pobreza, del progreso, de la crisis del 82, de la sociedad de los setenta y de los ochenta, de la privatización de las empresas y sus irregularidades. Les hablaría de Allende y del golpe. Tendría que referirme al marxismo y al capitalismo. Algo les diría de la guerra fría. Bajaría la voz y les contaría de los muertos, del odio, de las torturas, de los grupos armados, de los detenidos desaparecidos, de los hombres y mujeres arrojados al mar o a los hornos de Lonquén, de los ejecutados, del Informe Rettig, de la Vicaría, del atropello a los derechos humanos, del atentado a Pinochet, de las libertades amordazadas, de los exiliados, de los que nunca más volvieron. También les hablaría de aquellos que lucharon pacíficamente contra la dictadura.

Intentaría narrarlo con neutralidad, escogiendo los hechos más significativos. Pienso que luego arremeterían con otra pregunta. ¿Y hay algo positivo en todo eso, papá? Su cuestionamiento me abre la cabeza. Opto por conversarlo. ¿Qué piensan ustedes? Y ahí nos quedaríamos, sentados en el sofá, intentado líneas en el amplio océano de una pregunta jodida. Confío en que llegarán a sus propias conclusiones. Esperaría que volvieran con nuevas encrucijadas.

Tal vez hubiese sido más fácil cerrarlo como acostumbran los amantes de las certezas. ¡De eso ni hablar! ¿Quién carajo les manda esa pregunta? Nada bueno salió de allí. Ellos se quedarían atrapados en una verdad irrefutable, de esas que se imponen no por sus argumentos, sino por el peso de la voz firme y autoritaria. Yo me hubiese evitado tanta cháchara y podría haber seguido leyendo el diario con tranquilidad.

Pero no. Prefiero el filo de las preguntas y el riesgo de la intemperie. Ahí se saborea el pensamiento y la libertad.


Por Matias Carrasco.

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DEMASIADO

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Busqué el significado de la palabra “demasiado”. Indica una cantidad, número, intensidad o grado mayor del necesario, del que se esperaba o del que se considera conveniente. Esa es la respuesta. Hay otras, pero apuntan a lo mismo. Y pienso que Chile se ha vuelto “demasiado”. Quizás el mundo. Hay cierta perplejidad flotando en el aire. Nadie sabe muy bien para dónde va la micro, qué hacer o qué diablos decir. Mi hipótesis es que estamos haciendo las cosas “demasiadamente”. Es decir, con una fuerza y un volumen desmedido.

Todo se ha vuelto “demasiado”. Demasiado ruido, demasiada virulencia, demasiada liviandad, demasiada tecnología, demasiada corrección, demasiada seriedad, demasiado patriarcado, demasiado feminismo, demasiada exhibición, demasiada rigidez, demasiada pulcritud, demasiado consumo, demasiado.

Demasiado es excesivo y lo excesivo, según la RAE, se sale de la regla. Es la piscina desbordada. Y cuando estamos llenos, no cabe nada más en nosotros. Ni siquiera el deseo. ¿Qué podemos desear si estamos saciados en abundancia? Demasiada información, demasiados estímulos, demasiados whatsapp, nos tienen con el alma a punto de rebasarse.

Es importante volver a las medidas. Un dosificador podría arreglar el problema. Pero no se ve mucho en el horizonte. Los líderes también actúan “demasiadamente”. Basta verlos discutir en el Congreso o intercambiar declaraciones – siempre subidas de tono, siempre descuadradas- a través de las redes sociales o de los medios de comunicación. Demasiada ideología, demasiado populismo, demasiado cálculo mezquino.

Incluso las causas, varias nobles y justas, también se asumen con el ímpetu y la vehemencia de la demasía. Algunas, tanto se han pasado de rosca, que solo giran sobre sí mismas, sin dejar espacio a la divergencia, a los matices y al pensamiento.

¿Cómo combatir tanta demasía?

Vuelvo al diccionario. Esta vez en busca del antónimo. Me encuentro con la escasez. Existencia limitada e insuficiente de algo, especialmente si se considera necesario. Sin duda la ausencia y la privación nos enseña. A extrañar, a valorar, a desear, a crear. Pero es dura. Puede que la escasez también sea una solución exagerada.

Quizás se trate de intentar vivir “menosmente”. Menos ruido, menos virulencia, menos tecnología, menos whatsapp, menos rigidez, menos fanatismo, menos estímulos, menos.

Pero eso no lo encontraremos en la mitad de un país que se ha vuelto “demasiado”. Habría que buscar en el silencio, en los ojos de un niño que duerme, en un abrazo largo, en un perro moviéndonos la cola, en un beso que nos ciega, en el aroma de las fogatas, en la mano de un hijo apretando la nuestra, en una mirada que se queda contigo, en una carcajada, en alguien que recuerda tu nombre y pregunta por tus desvelos, en el agua de todas las mañanas o recolectando piedras frente al mar.

Tal vez, en ese hallazgo, en esa intimidad extraviada, descubramos que en lo poco ya tenemos demasiado.


Por Matías Carrasco.

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POR ESO LLORAN

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Lloran los medallistas de los Juegos Panamericanos. Es que han sido años de esfuerzo y sacrificio, repiten con la voz quebrada. Por eso lloran. Porque al fin, después de tanto, de las madrugadas, del frío, de las lesiones, de sentirse solos, de saberse ignorados, del fracaso, de las pellejerías, de los viajes, de la exigencia y de un persistir monótono y porfiado, han recibido su premio. Por eso acarician sus medallas, mientras les tiembla la pera. Saborean el triunfo, el logro, el éxito, pero sobre todo, la felicidad.

Lo suyo no es un chispazo ni un azar. Es la cosecha de una siembra que debió lidiar con la tierra, el clima y los pájaros pedigüeños. Seguro lloraron antes. Pero de rabia, de frustración y de injusticia. ¿Cuántas veces habrán pensado en abandonar sus carreras? ¿Cuánto aguantaría uno dando vueltas en un circuito que nadie ve, que nadie reconoce y sin ningún solo like? Pero allí estuvieron los que patinan, los que reman, los de las bicicletas, los que andan sobre el agua, los que luchan, los que golpean una pelota, los de buena puntería y los que levantan decenas de kilos, porque saben cuánto pesa la vida. Han caminado mucho antes de llegar al podio. Por eso lloran.

No es la felicidad de una buena selfie o de un tweet compartido. No es la rápida ni la instantánea. Es la que se recorre, la que se anda a pie pelado, la que se empina y la que cae, a la que cuesta llegar. Es el deseo que debe ser conquistado. Como dice el siquiatra, Ricardo Capponi en el libro Felicidad Sólida, es la felicidad que se pedalea.

Es una mala noticia. Al menos, una nota agria para quienes piensan que la felicidad puede ser transitada en una autopista pavimentada y sin desvíos. Pero la felicidad es con llorar. Ahí está la prueba. En los medallistas de ojos aguados.

Vale la pena leer a Capponi. Pone un contraste en una sociedad que no quiere ver contrastes. Solo por eso es importante tomárselo en serio.   De acuerdo a su mirada, la felicidad no estaría en el lado brillante de la luna – en donde muchos buscamos (tal vez porque hay luz)- sino en la oscuridad de nuestras emociones negativas. Quien logre lidiar, elaborar y depurar la rabia, la tristeza, el miedo, la angustia, la culpa, la repugnancia y el aburrimiento, estaría más preparado para la vida y la felicidad. Por el contrario, quienes intenten ignorar o negar los achaques de la existencia, correrían el riesgo de perder la carrera, el podio y las medallas.

Ellos y ellas lo saben. Mascaron lauchas antes de mascar el oro, la plata y el bronce. Por eso lloran. Pero también lo hacen por gratitud. Agradecen a sus familias y a quienes estuvieron alentando, inclaudicables, en lo luminoso y en las penumbras. Y ahí hay que estar. Abrazando al cabro pataletero. Conteniendo los embistes del adolescente. Acogiendo el malestar de quien amamos. Enseñando, al fin, que la noche también alumbra y que aún con ira, dolor, frustración o miedo, hay algo, hay alguien, hay un vínculo inquebrantable. ¿Qué más se puede pedir?

Es difícil pensar en esto en la época de lo inmediato, de los atajos y en la ilusión de una vida sin repliegues. Quizás por eso el llanto de los campeones aparece como una flor en el desierto. Como advirtiéndonos de algo. Como un anuncio que debemos atender: también llora la felicidad.


Por Matías Carrasco.

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Papá

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El mismo día que mi padre perdió el trabajo, comenzó a escribir. Rescató de la bodega una máquina Olivetti y levantándola sobre sus hombros la mostró como un trofeo. Ésta nos dará de comer, prometió. Mamá lo miró con ternura. Y con esa misma ternura despejó la pequeña mesa al fondo del comedor, justo bajo la ventana. Entonces necesitarás un lugar donde inspirarte, dijo dando unas palmadas sobre la cubierta. Se abrazaron, sintiéndose más vivos que nunca.

Lo de papá era como un rito. Se levantaba a las seis, desayunaba un vaso de agua y dos tostadas bien quemadas. Volvía a la habitación, despertaba a mamá con un beso en la frente, se daba una ducha corta y se vestía con sobriedad. Un pantalón de cotelé grueso, una polera oscura, un chaleco beige con botones café, calcetines grises y los viejos zapatos de cuero negro y gastado. A veces, solo a veces, cambiaba su polera por una camisa blanca o una camiseta azul de manga larga. El resto, a excepción de los calzoncillos, supongo, se repetía como se repiten los amaneceres. Después, se instalaba en su silla, ponía una hoja en el rodillo de la Olivetti y comenzaba el “tic, tic, tic” de todos los días. Lo recuerdo interminable. Es la única imagen que tengo en mis oídos. El “tic, tic, tic” dibujado como una sombra eterna.

Papá pasó meses sentado delante de las teclas. Yo le veía su espalda. Parecía la de un orangután encorvado sobre alguna presa, con sus hombros subiendo y bajando, en una reñida lucha con las palabras. De repente, levantaba su cabeza y se ponía a mirar hacia afuera. Podía pasar horas así. Al mediodía, mamá le dejaba un plato de comida y a eso de las cuatro, una taza de té. En las noches cenábamos juntos y papá nos entretenía con las historias que iba inventando. Mamá nunca perdió el asombro. Siempre le sonreía.

Ocasionalmente, papá salía para hacer algún trámite. Yo aprovechaba esos momentos para acercarme al escritorio y echar un vistazo. Había allí todo un mundo imaginado. Papeles vacíos. Papeles rotos. Papeles repletos. Papeles ordenados y en el suelo. También letras. Letras juntas y letras solitarias. Siempre pensé que la Olivetti, tan quieta y tan intacta, estaba viva. A mí no me engañaban. Ella y papá tenían un trato. Ella vivía para él y él se desvivía por ella. Seguro por las noches, cuando mamá dormía, él la llamaba Olivia y tecleaba su nombre con el silencio de los amantes.

Una tarde, papá se levanto repentinamente de la silla, giró, nos miró con los ojos excitados y dio por terminada su andanza literaria. ¡Ya está!, dijo. Alguien tendrá que leer tanta cosa escrita, remató. Mamá dio un grito, como aliviada. Esa noche los escuché gimiendo de alegría. Ella le decía “Borges” y él le celebraba su piel “suave como el hielo”. Yo hundí mi cabeza bajo la almohada.

A pesar del optimismo, las cosas se fueron dando de otra manera. Papá cambió la lucha con las palabras por una agónica batalla con las editoriales. Sus textos fueron rechazados, una y otra vez. Ni siquiera le respondían sus mensajes. Se fue acabando su entusiasmo, y con él, las formas de ganarse la vida. Fue entonces cuando volvió a su promesa. “Ésta, nos dará de comer”.

Reconozco que fue extraño. Sobre todo al principio. Si mascar un papel es dificultoso, el sabor de la tinta resulta aún más desafiante. Pero el hombre es un animal de costumbres. Y nosotros, nos fuimos acostumbrando. Desayunábamos, almorzábamos y comíamos los apuntes de papá. La primera vez que lo hicimos, nos miramos como cómplices a punto de cometer un atraco. Con dudas, con miedo y con sospecha. Pero ya está. Lo hicimos. Y el sabor de los textos se fue adecuando a nuestro paladar. Mejor dicho, nuestras lenguas fueron amansando las palabras.

Después, se transformó en un vicio. Casi como una droga, nos volvimos adictos. Cuando comíamos los versos de papá, se posaba sobre nosotros una atmósfera tranquila. Estábamos como idos, engullendo lentamente. Eso ocurría los lunes y martes. Así lo definió mamá, en un menú improvisado con lápiz mina pegado en el refrigerador.

Los miércoles y jueves eran mis preferidos. Tocaba cuentos. Y papá escribía con ritmo, ágilmente. Vi a mamá atragantarse más de alguna vez con una coma. A mí me costaban los puntos suspensivos. Tenía que sacármelos de entre los dientes. Los ánimos podían cambiar en una misma comida. Era como esos lugares con un microclima, donde aparece el sol, luego la lluvia, otra vez el sol. ¡Imprevisible! Eso tenía papá. Podía ser una montaña rusa. Reíamos devorando los primeros párrafos y podíamos terminar llorando, abrazados, masticando el final.

Los sábados y domingos eran tiempos de novela. Ahí la cosa se alargaba. A mí me parecía todo muy lento. Y cuando me quejaba de la comida, papá se ponía triste y mamá le acariciaba el lomo, mirándome con cara de enojada, pero como de mentira. Solo podía levantarme al final de un capítulo. Pero habían capítulos inacabables. No me gustaban las novelas. Sabían a champiñones.

Los viernes eran especiales. A mí me servían cuentos, solo para dejarme tranquilo. Pero papá y mamá comían otra cosa. Lo fui descubriendo de a poco. A mamá se le ponían rojas las mejillas y papá le acariciaba la pierna por debajo del mantel. A veces, con el plato a medias, salían corriendo como un par de adolescentes a la pieza. Yo aprovechaba de mirar los restos que dejaba mamá y encontrar allí algunas palabras enredadas en el tenedor. “…usted y su mar, usted y su orilla, deme permiso para varar como una ballena despistada y hundirme de a poco en sus arenas”. Los viernes dormía, otra vez, con la almohada sobre la cabeza.

Cuando faltaba la comida, volvía el “tic,tic,tic” (como una sombra eterna) y aparecían unos sonetos de aperitivo o un ensayo que lo tragábamos como crema por su espesura. Y, obvio, también lo de siempre: poemas, cuentos y novelas. Engordamos con las letras de papá.

Hasta, que encontró trabajo.

Debo aceptarlo, le dijo a mamá. Ella lo abrazó. Esta vez, como una derrota. El rito se convirtió en otro rito. Las seis, el agua y las tostadas, el beso en la frente, la ducha corta, la ropa sobria, el bolso al hombro y la manilla. Volvimos a la carne, a las legumbres, al arroz, al pescado, a los tomates y a la lechuga.

En la mesa, papá contaba de su jornada. Mamá escuchaba, aún con asombro. Yo los seguía con los ojos bien abiertos, mientras echaba disimuladamente a mi boca los pedazos de un cuento olvidado bajo la ventana.

 


Por Matías Carrasco.

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LA CONSECUENCIA

 

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Varios análisis se han realizado de la comentada intervención de una profesora a la Ministra de Educación, Marcela Cubillos, en el Cementerio General. Se ha hablado de si la acción de la académica es digna de algún tipo de reproche moral o si debe ser aplaudida – como lo ha sido- por representar la voz de aquellos que se han sentido marginados o desconsiderados de la discusión pública.

Pero esta noticia, también nos regala un ángulo que me parece valioso rescatar. Tras el hecho, la misma profesora señaló que “me encuentro con ella y lo más consecuente que siento que puedo hacer es increparla”. Aparece aquí la palabra consecuencia. Y se devela como una fuerza incontrarrestable, que empuja a la maestra a enfrentar, cámara en mano, a la autoridad. No se pregunta si lo más adecuado o lo más pertinente sea abordarla en el camposanto, sino más bien, es la consecuencia, esa proposición o idea que se deduce lógicamente de otra o de un sistema de proposiciones dados, lo que la lleva a hacerlo.

Algo me pasa con la palabra consecuencia. Me suena a rigidez, inmovilidad, cerradura, blindaje y encierro. Sin embargo, tiene buena fama. Ser consecuente con las ideas que se piensan, parece a uno elevarlo a otro estado. Lo contrario, poner en duda lo que se dice o se razona, sería señal de traición y debilidad. ¿Es eso cierto? Pienso que no.

Vivir la consistencia como si fuese un mantra o una conducta heroica, es algo así como saberse conocedor de la verdad, con mayúscula, y abrazarla sin miramiento alguno. Los fanáticos, saben de eso. Alguna vez escuché a un amigo decir que la certeza está a un paso de la locura. No hay mucho que hacer con aquel que se cree Napoleón, me decía. Sin embargo, la duda, tan menospreciada en estos tiempos, nos permitiría abrir la cabeza, pensar, cuestionarnos y ver el mundo en toda su complejidad. Pero dudar, es también, signo de que las rodillas tiemblan.

Una buena parte de los que plantean la consecuencia como un horizonte, son también aquellos que no se arrepienten de nada. Y lo dicen así, con el pecho inflado y con orgullo. Arrepentirse sería, entonces, ¡otra vez!, cuestión de cobardía. Pasa también con los conversos, aquellos que militaban a un lado de la política y, luego, cambiaron de opinión. Ellos y ellas se irían, definitivamente, al infierno. Morir con las botas puestas, en cambio, nos asegurará las llaves del cielo.

Pero yo confío más en aquellos que flaquean, tiemblan, se arrepienten y dudan. Deduzco que están más conectados con lo que los rodea, las calles, los peatones, las esquinas, los pájaros y sobre todo, principalmente, otras vidas. Algo los hizo abrirse a la pregunta. Alguien, seguramente alguien, los hizo increparse – sin cámaras, sin público- a sí mismos. Ver el paisaje de siempre, es aburrido. Mirar el árbol desojarse y volver a florecer, es mágico. Mi hija me lo recuerda camino al colegio. ¡Mira papá, ese árbol está pilucho! Fascinante. El mismo árbol, el del mismo lugar, el de todos los días, ha cambiado.

¿Es la consecuencia, entonces, un valor indeseable? No. Por supuesto que no. Pero antes de eso, mucho antes de la coherencia, debe estar el pensamiento y la posibilidad de escudriñar en él, revisarlo, ponerlo en contexto, y ojalá, mantenerlo siempre con el espíritu de un niño: travieso, curioso y abierto a un mundo nuevo.


Por Matías Carrasco

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