CUENTO: LA PROMESA

A veces uno se cruza con historias increíbles. Yo me topé con una de ellas hace algunos años, en un taxi camino al aeropuerto. Tenía una reunión en Buenos Aires. Era un lunes de diciembre, después del mediodía, con las calles atascadas de tráfico. Detuve el taxi justo bajo un enjambre de edificios de oficina. Entré con mi pequeña maleta por la puerta de atrás. El automóvil olía a silicona. Saludé al chofer y le indiqué el destino. Me aseguré de que el taxímetro estuviera en cero. Bajé la ventana.

A mi lado había un diario, de esos que entregan gratuitamente en los semáforos. Si quiere puede leerlo, me dijo el taxista con voz grave. Gracias, respondí. Le di una hojeada rápida. Nada nuevo. Lo dejé de vuelta en su lugar. En la radio dos tipos comentaban las barricadas de esa mañana en el centro de Santiago. Por esa época las cosas andaban medias revueltas. De todo se hacía un lío. Un grupo de escolares se había tomado unos colegios protestando en contra del sistema de educación. Comenzamos a hablar del asunto.

– ¿Y usted tiene hijos? –le pregunté.

– Uno, y está muerto. Pero ya vendrá –me dijo sin quitar la vista del camino.

– ¿Cómo ya vendrá? –respondí casi sin pensarlo. Me acomodé en el asiento.

– Ya vendrá. Eso dicen las escrituras –esta vez volteó algo la cabeza.

Por primera vez me fijé en él. Tenía la cabeza redonda, la nariz gruesa, una frente amplia y una barba cana. Era un tipo alto y de buena presencia. Me llamó la atención. No parecía un taxista común. Debió haber tenido unos sesenta años. La espalda estaba apoyada en un entramado de pelotas de madera y su trasero hundido en un cojín azul. En el tablero estaban pegadas una lámina con la figura de Cristo y la foto de un niño.

-Lo siento –atiné a decir.

-No se preocupe.

Apenas avanzábamos. Afuera, en una Santa Fe, una mujer encrespaba sus pestañas mientras hablaba por teléfono.

– ¿No es que a nuestros muertos los veremos después, en el paraíso? –me atreví a preguntar.

– No –bajó el volumen de la radio–. Eso es un invento. Mire. Yo leo harto. La biblia me la sé al revés y al derecho. Y si usted se fija bien en el evangelio, se dará cuenta de que Lázaro resucitó en la tierra, y de que Jesús también lo hizo. Esa es la promesa. No hay que ir a otro lado a buscar a los muertos.

Tragué algo de saliva. Él puso primera y avanzó unos metros. Se oyó el chirrido de los frenos.

– ¿Y cuánto tiempo lleva esperando?

– ¿Perdón? –parecía no escuchar. Había mucho ruido. Cerré la ventana.

– Qué cuánto lleva usted esperando la venida de su hijo.

– 25 años, mi amigo –esta vez se quedó con los ojos pegados unos segundos en el retrovisor. Tenían un brillo especial–. Si quiere le cuento mi historia. Tiempo hay. El taco está imposible.

Me puse al medio y me incliné hacia delante, como un niño curioso. Él me ofreció su mano derecha, estirándola hacia atrás con una contorsión extraña. Rufino, se presentó. Andrés, le respondí, y se la estreché torpemente. Entonces, comenzó con su relato.

– Mi hijo, Gonzalito, murió a los ocho años de leucemia. Cuando falleció, Mercedes, mi esposa, se tendió boca arriba en la mitad del living de la pequeña casa en que vivíamos. Estuvo así tres días. Sin comer. Sin dormir. Sin pronunciar palabra.  Yo me arrodillaba junto a ella con un pañuelo mojado y le humedecía su boca. Lo enterramos en un cementerio a la salida norte de Santiago. Lo despedimos con globos blancos y girasoles de colores. A Mercedes la tuve que llevar en silla de ruedas. No pudo ponerse de pie. Cuando volvimos, ella se metió en la cama y ahí se quedó dos meses, en silencio. Yo dormía sin soltarle la mano. En las mañanas me levantaba, me daba una ducha tibia y lloraba allí con la cabeza apoyada en unas cerámicas blancas. Luego revolvía unos huevos en el sartén, hacía café con leche y le llevaba a mi mujer una bandeja. Encendía el televisor, le corría a Mercedes los rulos de la frente, le daba un beso y salía a trabajar el taxi.

– ¿De verdad estuvo dos meses sin hablar? – pregunté ahora con mis manos afirmadas en los asientos delanteros.

-Dos meses, caballero, sin soltar ni una sola letra -me contestó, mientras señalizaba para cambiarse de fila–. Después de ese tiempo, en la mitad de una noche lluviosa, Mercedes me despertó sacudiéndome por los hombros. Rufino, Rufino, se lamentaba, se murió, nuestro niño se murió. Y comenzó a llorar como una cañería rota. Con fuerza. Con presión. Dejando pozas sobre las frazadas. Fueron dos días y dos noches de llanto ininterrumpido. Yo le llevaba una olla y ella dejaba caer sus lágrimas, que eran como goterones. Llenaba la olla, yo la vaciaba y se la volvía a traer. Parece increíble, pero le juro por todos los santos, que así fue. Tras ese episodio, recuperó en parte su vida. Volvió a la cama, pero solo de vez en cuando. El cumpleaños de Gonzalo fue el día más triste que recuerdo. Esa mañana, y esa tarde, los dos nos quedamos enterrados bajo las sábanas, cada uno con una fuente repleta de agua salada. La primera navidad comenzó a crecer mi fe y a desaparecer la fe de Mercedes. Yo no tengo nada que celebrar, me dijo mientras planchaba, con los ojos llenos de rabia. Si mi hijo murió, también murió el hijo de Dios. ¿No es él el padre? Que se vaya a la mierda. Yo solo atiné a mirar por la ventana que daba al pasaje. Afuera una niña paseaba en bicicleta. Va a regresar, Mercedes, va a regresar, con su cabeza calva y sus brazos pinchados, como Jesús y sus heridas. Mercedes tiró la plancha al suelo y se metió a la pieza dando un portazo que me dio miedo.  

Escuchaba con una mezcla de incredulidad y compasión. Me rasqué la barbilla.

– ¿Y por qué estaba tan seguro de que su hijo volvería? ¿Usted cree que va a …?

– …a resucitar. Sí. En eso creo –comenzó a doblar hacia la autopista–. Está escrito. Al tercer día resucitará de entre los muertos. Y al tercer día, una mañana de domingo, Cristo resucitó, corrió la roca del sepulcro y se le apareció a los suyos. Entonces entendí lo que debía hacer. Ir a su tumba, todos los domingos, a esperar su llegada. No sé como explicárselo, pero desde ese día yo también renací. Era otro, amigo mío. El sufrimiento se hizo más liviano. Volver a verlo, era para mí, lo que más deseaba en el mundo – su rostro se iluminó–. No sabe cuánto he esperado ese abrazo. No lo voy a soltar. Lo pondré contra mi pecho y lo dejaré ahí, horas y días. Le besaré la boca y aplastaré mi nariz en su cuello. Luego correré a la casa para que la Mercedes lo vea y me crea, y lo hunda contra sus enormes pechugas. Lo he soñado tantas veces, caballero, que así será. Cada mañana de domingo es para mí una ceremonia. Me despierto a las ocho, me ducho, me visto con una camisa blanca, un pantalón gris, una chaqueta de cuero y unos zapatos que lustro los sábados por la noche. Tomo la mochila de Gonzalo, con su muda de ropa y un chocolate trencito. Quizás aparezca pilucho y con hambre. Agarro una pequeña silla plegable, me subo al taxi y parto al cementerio. Allí ya me conocen. Me saludan las floristas, los guardias, los jardineros y los que cavan tumbas. Buenos días, don Rufino. Que aparezca Gonzalito. Y yo sonrío y levanto la mano, como una reina de belleza. Es mi lugar, caballero. Ese inmenso parque lleno de muerte, de cadáveres, de ataúdes y de cruces, me da esperanza y vida. Más que ninguna otra parte de la tierra. Han sido más de veinte años de una esperanza invencible y perpetua. ¿Cuántos pueden decir eso?  Y allí me siento, frente a su pequeña lápida, a esperar, en los días de lluvia y en los días de sol… ¿a qué hora sale su vuelo, señor? Esto sigue muy apretado.

– Estoy a tiempo. No se preocupe por la hora – dije mirando la foto del niño. Tenía el pelo bien ruliento, unos cachetes gruesos y la piel azabache–. ¿Y ha logrado verlo? – pregunté con un gallito en la voz.

-No todavía, pero he tenido señales. Imagínese. Tantos años. A veces me acuesto sobre la tumba y pongo mi oreja contra el mármol frío. Y escucho pasos, mi amigo. Pequeñas pisadas. Por ahí debe venir Gonzalito. Pero solo Dios sabe cuán largo es el camino. A veces pienso que todos me hablan de él. El viento, los árboles, los caracoles, el pasto, la tierra húmeda, los mosquitos, las raíces y los cortejos. ¿Sabe cuántos cortejos he visto en veinticinco años? Conozco la marcha de la muerte y sus ruedas pisando el maicillo. Son como caballos viejos regresando a su corral después de un día de trabajo. En fila. La cabeza gacha y un paso lento y resignado. No los conozco. No me conocen. Pero estamos cruzados por la misma lanza negra de la ausencia. Una vez, se me acercó una niña, mientras yo esperaba, sentado y con la biblia sobre mis piernas. Debió haber tenido unos nueve años. Era preciosa, morena y con los ojos achinados. Parecía una india. Me dijo que venía a ver a su hermano. Él murió apenas nació, me contó. Le hicimos un gran mural de grullas en la entrada de la casa. Dicen que si uno logra doblar mil grullas de papel, se le cumplirá un deseo. Estiró su mano y me regaló un delgado pájaro verde, hecho de papel lustre.

Rufino se detuvo en su relato, se inclinó hacia su izquierda y metió la mano en el bolsillo de su chaqueta. Sacó de allí un papel verde, doblado, con la figura imperfecta de una grulla.

-Siempre la llevo conmigo – me dijo. Luego volvió a meterla en el bolsillo –.  A la niña la llamaron de lejos y se fue corriendo por una loma. Volví ese día a casa con el entusiasmo de los descubridores.  ¡Mil grullas, Mercedes, mil grullas! No tardará mucho tiempo. Tonterías, me respondió concentrada en hilos, una aguja y un pedazo de tela. Deja ya esa estupidez. Y mientras yo me encendía como un cirio pascual, Mercedes se apagaba como una vela derretida, con apenas un pedacito de mecha. Ella también esperaba, pero esperaba morir. Tal vez me lo pille en las nubes, en un pozo negro o en la garganta de un volcán. No creo en tu Dios, ni en el cielo ni en el infierno. Pero la muerte, sea quizás, mi última esperanza. Así me lo dijo. Esa era la fe de Mercedes. Una fe atea e inquebrantable. Ella también, a su manera, sabía que lo volvería a ver.  ¿Se puede vivir de otra forma?  Yo la sigo queriendo como el primer día, aunque su genio se ha puesto de mil demonios. Ya no toma sus pastillas. El colesterol y la hipertensión la van a matar. Envejece rápido. Tiene la cara trizada como la greda seca, el pelo como una escoba y se va encorvando de a poco. Arrastra los pies y solo mira el piso. No hay cielo para ella. No le voy a decir que es infeliz, pero sus ojos tienen un destello que no desaparece. Son como dos lagos que brillan con el reflejo del sol. Transmiten paz, pero también una tristeza honda que se deja ver como las aguas cristalinas.  

Me incliné hacia atrás y comencé a mirar afuera. El tráfico había cedido. Me fijé en un parque que recorría el río y luego en unas chozas, si se pueden decir chozas, que parecían caer al cauce.

-No se ponga triste – me dijo, otra vez por el retrovisor–. Todos tienen sus nubarrones. Yo soy un hombre feliz. Usted está viajando, en estos momentos, con la mismísima esperanza –soltó una carcajada corta–. Sabe, la próxima semana santa será especial. Gonzalo tendrá 33 años, la misma edad del Cristo vivo. Ese es el día, mi caballero. El domingo de resurrección. Voy a convencer a la Mercedes para que me acompañe. Que sea su primera y última vez. Que vea el milagro. Llevaré la mochila, la muda, el trencito y la grulla en mi bolsillo. Le haré a Mercedes un termo con café para que no se me enfríe. Le llevaré una silla para la espera. Y allí, entre los árboles, el viento, los caracoles y los cortejos, aguardaremos su llegada.

De pronto, Rufino comenzó a tantear con su mano en la guantera, sacó un papel cuadrado y me lo ofreció, sin dejar de mirar al frente.

-¿Se animaría, caballero? Yo le voy explicando cómo. Todo suma. Punto a punto se tejen los chalecos.

Tomé el papel sin tener idea de qué hacer. Rufino comenzó con las instrucciones. Que junte una punta con la otra…así, como un triángulo. Que lo haga otra vez, con la punta contraria. Ahora abra la hoja…dóblela por la mitad…ahora lleve las dos esquinas de los lados hacia el centro y hacia abajo…no, lo está haciendo al revés – todo lo decía mirando por el espejo o girando la cabeza hacia atrás en movimientos rápidos. De pronto el auto se fue hacia un lado y se oyó un fuerte bocinazo. Un camión pasó muy cerca. El taxi llegó a temblar. Déjelo así, me dijo. De verdad, no se preocupe, me repitió con una sonrisa. Ya me dejó el camino avanzado.

Se me apretó la garganta. Puse el papel con sus dobleces a un lado. Seguí el resto del camino en silencio. Llegamos hasta la rampla del aeropuerto, en donde se recogen y dejan pasajeros. Rufino se estacionó tras un furgón blanco. Apoyó su mano derecha sobre el asiento del copiloto y miró hacia atrás. Un gusto, mi amigo -dijo con un gesto amable en su rostro. Le pagué la carrera y le di un par de palmotazos en el hombro. Lo hubiera abrazado. El gusto es mío, Rufino. Ojalá algún día regrese su hijo. Yo me acordaré de usted. Me bajé. Cerré la puerta y vi el auto irse echando un poco de humo.

Entré al aeropuerto, arrastrando la maleta. Me acerqué hasta una pantalla gigante. Mi vuelo estaba confirmado. Saldría en una hora. Ya no quería viajar. Quería volver a casa.

Después de unos años de ese encuentro, mi madre murió. Llevaba enferma varios meses. La enterramos en un cementerio a la salida norte de Santiago. La despedimos con homenajes, discursos y una canción de Frank Sinatra. Luego de unas semanas, un domingo, fui a verla al camposanto. Atravesé una explanada. Caminé unos minutos en medio de una arboleda y llegué hasta su tumba. Me senté frente a ella con las piernas cruzadas. Estuve así, un buen rato. Con los ojos aguados y la pera tiritona, muerto de pena. Me acosté boca abajo. Puse mi oreja contra la piedra fría. Y ocurrió. Escuché unos pasos, o algo así como unos pasos, viniendo hacia mí. 

Por Matías Carrasco.

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PIÑERA Y LA CULPA

El término del gobierno de Sebastián Piñera -ya sea por su destitución (así estamos) o por el fin legal de su mandato- será un problema para muchos en Chile. Se le extrañará. Suena raro decirlo, pero así será. No tendrán a quién echarle la culpa.

Tras el 18 de octubre de 2019, varios se han encargado de repetirnos, de forma majadera, en cada grafiti, cuña o declaración, que Piñera es el causante de los achaques, profundos y lacerantes, del país. Por acción o por omisión, por haber sido algo así como un dictador o por no haber tenido los pantalones para serlo, por haberse regalado a la izquierda o por ser un fascista repulsivo, o por las razones que sean, se erigió a Piñera, de manera asombrosa, como el causante de todos nuestros males.

Es cosa de mirar. El candidato presidencial, Marco Enríquez Ominami, plantea que el desalojo del presidente no generaría una crisis, “porque el problema es él”. Quienes han aprobado los retiros de las AFP, admiten que es una pésima política pública pero que no les queda otra (como si fuesen niños o entes desprovistos de voluntad) por la negligencia de este gobierno. Al inicio de la pandemia, los muertos se le cargaron también a esta administración. Otro candidato, muestra un gráfico que explicaría la explosión migratoria en Chile tras la visita de Piñera a Cucuta. Y muchos piensan que las causas del estallido social, y la violencia que vivimos, se deberían a Piñera, a sus ministros y a su desidia.

Pero ahora que se va, ¿a quién culpar?

Es cierto. Quien conduce el presente y el futuro del país, es el primer responsable, y debe estar dispuesto a ser cuestionado y a rendir cuentas. Pero se exagera. Convenientemente, todo se exagera. Algo similar pasó con Michele Bachelet en su segundo período.  Por supuesto que este no es el mejor gobierno de la historia. Tampoco es la mejor derecha, ni la mejor izquierda, ni los mejores parlamentarios. Se han cometido errores, y muchos. El presidente, a veces, no ayuda. Su ambición y su debilidad por los negocios, tampoco. Hay temas – eventualmente constitutivos de delitos- que deben ser investigados. Con todo, Piñera nos puede gustar, o no. Podemos odiarlo, si queremos. Pero esta tierra -lamento la noticia- no tiembla por él.

Es bueno decirlo, aún a costa de la desilusión. Hay que estar preparados. Después de Piñera – sea quién sea el presidente- vendrán tiempos jodidos, porque está jodido el mundo, las democracias, la economía, el orden, la corrupción, el narcotráfico, la Araucanía, las instituciones y la confianza.

La fijación por Piñera (casi patológica) de los últimos dos años, esconde también un grave síntoma: el de políticos y líderes incapaces de abordar la realidad como un entramado complejo, y lo que es más preocupante, de mirarse a sí mismos con espíritu crítico y adulto. Si Piñera es la causa del malestar, ¿para qué preguntarse? ¿para qué buscar en la propia sombra? Mejor sacarlo de la escena, a ver si se acaba la rabia. Pocos, muy pocos, tienen el coraje y la lucidez de asumir la propia responsabilidad.

Sigo los debates con atención. Aparece el nombre de Piñera, una y otra vez. De nuevo, el culpable. “Está avisado”, le advierte Gabriel Boric. Cada uno promete un Chile mejor. Justo. Próspero. Digno. En paz. Se muestran seguros. Ellos (y ella) saben cómo hacerlo. Habrá que ver. Otra cosa es con guitarra. Ya no tendrán a quién echarle la culpa.

Por Matías Carrasco.

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JAK

Después del último debate presidencial televisado, muchos dieron por ganador a José Antonio Kast. Se dijo que tuvo un buen desempeño, que se mostró tranquilo y que le habló a su electorado sin ambages. Algunos analistas señalaron que el formato le acomodó, que pudo plantear sus ideas con soltura, y que incluso ha crecido desde el punto de vista del marketing político. Este domingo, las encuestas Cadem y Pulso Ciudadano lo ubicaron en el segundo lugar de las preferencias en la carrera presidencial. ¿Será su performance de las últimas semanas lo que tiene a Kast encumbrado?

Puede ser, pero yo tengo una opinión distinta. El José Antonio Kast del debate es el mismo que conocemos hace años. No ha cambiado ni su discurso, ni su posición, ni su estilo directo. Sigue siendo el mismo -católico practicante, conservador, a la derecha de la derecha- para bien o para mal. Lo que está cambiando es Chile y las prioridades de su gente.

Tras el estallido social, se instaló la necesidad de avanzar hacia un país más justo. Millones se sumaron al clamor de una tierra menos desigual, y por una mayoría abrumadora se escogió el camino hacia una nueva Constitución. Los chilenos querían (y quieren) cambios profundos. Hasta ahí ha existido un fuerte apoyo. Pero en el camino -movidos por el ímpetu o la rabia- algunos han buscado correr el cerco más allá. Se instalaron voces maximalistas que han querido desconocer las reglas del juego, inventar atajos, refundar Chile, y restringir la libertad de expresión. Se exacerbó -sin matices- un discurso antigobierno, antipolítico, antitécnicos, antiinstituciones, anticarabineros y antitodo lo que suene a un orden establecido, o lo que es más, al orden que prevaleció en los últimos treinta años. Es la mirada del “todo mal”, pesimista y depresiva. Esto, además, en un contexto local y global complejo, de fenómenos migratorios, una fuerte presencia de lo identitario, un duro cuestionamiento a las democracias, y un narcotráfico y delincuencia en escalada. Se incuba entonces una sensación (más que eso, en realidad) de desorden, y con ello el espacio para que Kast se asome, crezca y siga creciendo.

Es la izquierda -dogmática y revanchista- y una política chapucera la que ha permitido la arremetida de José Antonio Kast. Él no ha cambiado. Chile y la centro izquierda sí lo han hecho. Arrancaron. Se avergonzaron. Dejaron al centro despoblado, y sin centro, se pierde el equilibrio. La política – salvo excepciones- se trasladó a las redes sociales. Y allí todo ocurre de manera escandalosa, altisonante y agresiva. No hay ideas. No hay profundidad. No hay contraste. Hay confusión. Y allí, donde todo se enreda, ya sabemos, crece Kast.  

Una alternativa, tal vez, sea recuperar la virtud de la política. Asumirla como adultos y no como adolescentes. Abandonar el maniqueísmo. Cruzar veredas. Reivindicar el diálogo y los acuerdos. Darle espesura intelectual. Cumplir con la palabra empeñada. Cotejar las transformaciones que el país requiere, con los tiempos y límites que exige la difícil realidad. Y darle al orden, a la disciplina y a las reglas el valor que deben tener. ¿Será eso posible?

Sería un error pensar que lo de Kast es un fenómeno puntual o de un techo electoral acotado. De no mediar un giro en la manera que se está ejerciendo la política -en el Congreso, en el Gobierno, en la Convención- quien ofrezca orden, por sobre cualquier otra cosa, sea de izquierda o de derecha, se convertirá en presidente de Chile.  Y eso que para algunos puede ser una buena noticia, para muchos podría significar el fin de un proceso histórico, reparador y necesario, que llegó cargado de ilusión y de justicia.  

Por Matías Carrasco.

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LA BATALLA DE CHILE

Hace muchos años, mi polola me regaló una copia de La Batalla de Chile. Eran dos cassettes VHS (así se veía cine en esos tiempos) que había conseguido en la biblioteca de la universidad en la que estudiaba. Me impresionó el documental. Me pareció un lujo haberlo visto. Tiene la gracia de transportarlo a uno a otra época, a una que no viví, pero que aparece de tanto en tanto, con una mezcla de nostalgia, miedo y dolor. Lo que más recuerdo es percibir, por primera vez, el encono, la euforia y los abismos de un país dividido. Ahora lo volví a ver en televisión, acompañado de la misma mujer y de la misma sensación de una tierra que se abría bajo los pies.

Pero el documental llegó con polémica. La Red, la estación que lo emitió, acusó a Carozzi de “buscar una censura editorial” por solicitar bajar -en su segundo día de exhibición- la publicidad de la tanda asociada a La Batalla de Chile. La compañía se defiende, señalando que fue un error de su agencia de medios y que la empresa no auspicia programas de contenido político.  Twitter ardió (de nuevo). La Red abordó el tema en pantalla, con un panel de conversación. Se habló de un asunto “grave”, de las empresas que “mandatan y coaptan a los medios”, del “matonaje empresarial”, y de un “escándalo”. El presidente del Colegio de Periodistas dijo que “esto es una acción de censura aquí y en cualquier parte”, y un convencionalista llamó a Carozzi a pedir disculpas y a no obstaculizar el proceso constituyente. De todo eso se habló. Se hizo ver a La Red como a un cordero (¡otra vez la víctima!) y a la firma de pastas como a un puma al acecho. Pero poco se discutió respecto a un aspecto que me parece, por lejos, el más interesante. ¿Fue realmente censura? ¿Intentó Carozzi suprimir o modificar la exhibición del documental? ¿No estaba ya al aire? ¿Puede una compañía, legítimamente, escoger dónde hacer su inversión publicitaria? ¿Puede hacerlo en función de los valores que profesa?

Desde hace un tiempo, nos hemos acostumbrado a hacer de cada cosa una polémica. Es un griterío permanente. El lenguaje también se trastoca. Se le llama dictadura a la democracia, tirano a un presidente electo, oprimidos a un pueblo libre, y censura a lo que, pienso, no lo es. Se podrá discutir sobre la decisión de Carozzi. Si fue torpe, burda o no. Incluso da para debatir sobre el rol que las empresas deben jugar en un mundo diverso y que les exige un comportamiento ético, justo, respetuoso del entorno y que se tome a las personas muy en serio. Pero a mi juicio no hubo aquí un acto de censura. Se abusa de las palabras.

Leo en internet que La Red decidió restarse de la transmisión de la Parada Militar, que será emitida por cadena nacional. Leo también que La Red fue el único canal de la televisión abierta que no estuvo en el lanzamiento de La Teletón por “sentir que las explicaciones que dieron para procesos administrativos y logísticas de producción no satisfacen al canal”. Me informo, además, que la misma casa televisiva estaría evaluando su participación en la cruzada solidaria, señalando que la contabilidad de la Teletón “no es clara, no es transparente, y que el canal se permite sus dudas”. ¿Deberíamos, entonces, acusar a La Red de censura? ¿Puede La Red decidir qué emitir y qué no? ¿Puede exigir condiciones? ¿Está La Red obstaculizando la realización de la Parada Militar y de La Teletón? ¿O está ejerciendo su libertad de elegir? ¿Es muy distinto a lo que hizo Carozzi y que tan vistosamente denunció?

Una de las lecciones de La Batalla de Chile es que podemos llegar a convertirnos – casi sin darnos cuenta- en un país fracturado. Que podemos llegar a odiarnos, hasta la muerte, el exilio y la tortura. Y una de las formas de evitarlo, es actuar reflexivamente, dando a las palabras su justa medida. Por más tentador que sea, por más rendidor que resulte, debemos evitar la consigna, el maniqueísmo, y esa tendencia a victimizarnos que nos tiene, realmente, enfermos.      

Recomiendo el documental, y recomiendo no abandonar nunca y desde ningún pretexto, el pensamiento y la propia responsabilidad.

Por Matías Carrasco.

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EL PODER DE LA VÍCTIMA

Ha levantado mucho polvo la confesión del convencionista, Rodrigo Rojas, por su cáncer de mentira. No es para menos. Fue su historia creada -dramática, heroica, ejemplar- la que lo llevó a la Convención Constituyente. Engañó a millones. Emocionó a miles. Dio entrevistas, apareció en campañas políticas, fue un símbolo del estallido, y todo a punta de un testimonio que resultó ser falso. ¿Por qué lo hizo? Se me viene a la cabeza la novela El Adversario de Emmanuel Carrere y el interés del escritor de conocer las causas de una gran invención. Es un tema que da para mucho. Pero hay en todo esto otro elemento que vale la pena subrayar.

El sinceramiento de Rodrigo Rojas no fue producto de una reflexión íntima, o de un arranque de honestidad. Fue fruto de una investigación del diario La Tercera y de una periodista que lo confrontó en medio de una entrevista. Así las cosas, al Pelado Vade (como se le conoce) no le quedó más que admitir el fraude.  De ahí, su confesión en un video que circuló por las redes sociales.

Y esto es lo destacable. Los medios de comunicación han sido fundamentales en la fiscalización del poder. Importantes casos de abuso y corrupción han sido destapados gracias al trabajo serio y valiente de editores y equipos periodísticos dispuestos a buscar la verdad.  Alumbran la sombra que dejan a su paso los gigantes. Y es bueno que lo sigan haciendo.

Pero los gigantes cambian. El poder se está moviendo. La crisis de las instituciones habla de eso. Ya no gozan de la autoridad, ni de la legitimidad que ostentaban antes. Varias están en entredicho y otras, como la Iglesia Católica, por ejemplo, apenas se dejan sentir en la esfera pública.

Y junto al deterioro de las instituciones tradicionales, han aparecido otros espacios de poder. Más invisibles. Más complejos. Más silenciosos. Pero no por eso, menos efectivos. Uno de ellos es el poder de la víctima. De las que realmente lo son (y que merecen ser reparadas), y de los que juegan – ya lo sabemos- a serlo. Se mezclan, unos con otros, los de verdad y los impostores. Eso trae confusión y un enredo provechoso para los amantes del engaño. Saben disfrazarse de corderos. Conocen el discurso. La víctima está blindada y ese es su gran poder. Se transforma en intocable. Puede hacer y decir sin ser cuestionada ¿Quién querría contrarrestar el testimonio de una víctima? ¿Quién querría parecer cruel e inhumano?  Cuentan además con la venia, la simpatía y la defensa (o la funa) de buena parte de la opinión pública. Y no solo eso. También con la reverencia de periodistas, columnistas, animadores, candidatos presidenciales y de políticos sedientos de aprobación.

El poder se está moviendo. Y debe ser escudriñado donde siempre se ha hecho, pero también en aquellas zonas aparentemente libres de pecado y que nos visten de hombres y mujeres buenos, empáticos y justos. El abuso, la corrupción y la mentira, nos guste o no, pueden estar en la empresa, en el gobierno, en las fuerzas de orden, en las catedrales, en las alcaldías, en los partidos, en la elite, pero también en el pueblo, en los independientes, en los pueblos originarios, en las organizaciones sociales y en la mismísima convención. De ser humanos, nadie se libra.

La Tercera alumbró donde pocos lo están haciendo. Buscó en medio del rebaño y encontró allí el disfraz que llevó a un hombre al poder. Una farsa. Un embuste. Lo que se quiera. Lo importante es levantar el farol e iluminar más allá de donde acostumbramos (o es conveniente) mirar.  

Por Matías Carrasco.

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LO VIEJO

Una campaña de un canal de televisión busca derribar – según la misma señal dice- los prejuicios y estereotipos hacia la vejez. Es una propuesta interesante, que combina testimonios de reconocidas personas de la tercera edad, con una performance en donde rostros jóvenes se convierten – a punta de maquillaje- en ancianos, compartiendo con la audiencia emotivas impresiones. Sea como sea, todo se va hilvanando desde un mismo mensaje o concepto común que se repite al final de cada contenido: “lo único viejo es tu forma de mirarnos”.

Sin embargo, a pesar de las buenas intenciones que persigue la campaña, existe en ella un error central que tiene que ver, paradójicamente, con menospreciar aquello que se quiere valorizar. Cuando se dice que “lo único viejo es tu forma de mirarnos” se le está dando a “lo viejo” una connotación negativa que habría que cambiar. “Lo viejo” no es bueno, por lo tanto, debe ser renovado. No solo eso. Al hablar de “lo único viejo” (es decir, lo exclusivamente viejo, lo excepcionalmente viejo) se da a entender que lo que se acaba de exhibir en televisión –personas ancianas- no serían viejos, sino que algo distinto, o deseablemente distinto a eso.  Y hay más. Lo viejo no sería viejo en sí mismo – por los años recorridos, por el pelo cano, por las caras agrietadas – sino más bien, por la forma en que se les ve. Son algo así como víctimas de una vejez impuesta.  Por lo tanto, ser viejo o mirado como viejo, es lo que habría que modificar.  ¿No es eso un contrasentido a lo que se busca reconocer?

Una manera de explicar este traspié tiene que ver con la lógica publicitaria. A fin de cuentas, lo que se intentó hacer fue crear un concepto que tuviese que ver con el tema en cuestión (la vejez) y que sonara bien al oído. Se jugó con las palabras y el resultado es una frase ingeniosa y desafiante: lo único viejo es tu forma de mirarnos. Y al cumplir con el estándar, nadie vio (o quiso ver) el contraste que escondía en su sombra.

Una segunda hipótesis, algo más profunda, es pensar que la vejez nos supera. En la sociedad moderna, en donde se privilegia la producción, el vertiginoso ritmo de lo digital, y en donde lo viejo ya no se repara, sino que se desecha en grandes contenedores, la tercera edad es un asunto que queremos, consciente o inconscientemente, ignorar. En una época en donde se nos enseña que todo es posible, la vejez viene a confirmarnos exactamente lo contrario: que la vida tiene límites; que la enfermedad es parte de la historia; que andaremos más lentos y a tropezones; que nuestras capacidades físicas y mentales pueden verse doblegadas; y que la muerte es un precipicio que tarde o temprano se nos aparecerá. 

En vez de querer convertir a los viejos en algo distinto a lo que son, o mostrarlos solo en roles activos (¡otra vez la cultura del rendimiento!)), quizás convenga verlos en toda su complejidad. A los que están en pie, y a los que no. A los de mente fresca, y a los desmemoriados. A los reflexivos, y a los cascarrabias. A los de una vejiga firme, y a los que ya no controlan nada. A los discursivos, y a los silenciosos.  A los alegres, y a los tristes. A las viejas despiertas, y a las de mirada extraviada.

Verlos así, viejos, con todas sus letras y sin eufemismos, nos recordaría que existen, que son parte importante de nosotros, que son la fragilidad que ocultamos, que son la frontera que callamos, y que merecen cuidado, dignidad y respeto, simplemente por ser personas corriendo los últimos metros de la maratón, llevándonos la delantera.     

Por Matías Carrasco.

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ALGO

Propongo algo: que cada uno muestre los rollos que tiene en el cuerpo. Yo conté cuatro bajo mi pecho. Los tres primeros son angostos, pero el cuarto es voluminoso. El ombligo le da cierto equilibrio en el centro. No logro ver mi espalda, pero detrás de la cintura, por los costados, me toco dos rollos más. Bajo la mandíbula también se me forman unos rollos en miniatura y en las axilas hay unos bultos pequeños. Bueno. Los incluyo también. Cuando doblo mis rodillas, detecto unas masitas en la parte anterior del muslo. Son once en total. Quizás un poco más. Uno nunca termina de conocerse a sí mismo. Supongamos que tengo una docena, como una caja de huevos.

Hágame caso. Cuéntese usted los rollos. Mírese al espejo y comience a enumerar. Puede encerrarse en el baño y dejar correr el agua. Que nadie vaya a sospechar que anda detectando irregularidades. Asegúrese, eso sí, de contar con buena iluminación. Hay repliegues que no se dejan ver con facilidad. El lomo siempre es la parte más difícil. Nunca se mostrará entero. Tiene que verlo como de lado, inclinándose un poco. Un espejo pequeño, como de apoyo, le será útil. Sáquese la ropa interior. Despréndase de todo. Seguro que encontrará algún infiltrado en su selva o en su desierto (cada uno hace lo que le venga en gana con su cuerpo). A esos también considérelos como parte del informe. Cuando termine con la tarea, vístase, consiga un lápiz y un post it y anote cuidadosamente la cantidad de hallazgos. Le advierto que tendrá la tentación de engañarse a sí mismo. Eso nos pasa a todos. Principalmente cuando andamos por ahí memorizando nuestras redondeces. Pero no flaquee. Sea honesto y ponga exactamente la cifra de sus decaimientos.  Firme con su nombre, lo dobla en dos y lo guarda en su billetera, en el monedero o en su bolso (da igual).

Es un ejercicio que les recomiendo a todos. Tal vez eso nos salve. Incluso los hombres y las mujeres fibrosas y de pellejo estirado lo pueden intentar. Ahí la tarea es más ardua, porque estos infelices se ocultan como verdaderos bandidos. ¡Pero están! Refuerce con una luz más blanca y consiga una lupa. A primera vista, pensará que no tiene ninguna sobra. ¡Pero las tiene! Debe acercar su cabeza hacia el ombligo (como una contorsión circense) y de a poco se dejarán ver. Es una especie más pequeña, como unas hilachas de carne, pero que a la hora de la verdad, se contabilizan como rollos.

Me han preguntado si se puede hacer con mascarilla, por esto del coronavirus. Y sí. Está permitido hacerlo con mascarilla o con un pañuelo sobre la nariz y la boca. El examen también puede realizarse con gel desinfectante en las manos. Para los que son más obsesivos, lo pueden hacer tantas veces como consideren necesario. Los no videntes – una inquietud reiterativa- lo hacen perfectamente bien a través del tacto o apoyados por un familiar cercano. En algunos casos – minoritarios, por suerte- algunos no se encuentran ningún solo rollo. Allí estamos en presencia de una seria patología y se recomienda consultar a un siquiatra con formación sicoanalítica o especialista en trastornos narcisistas. 

A todos, una vez finalizado el test, les pido que compartan sus resultados. Pueden hacerlo donde prefieran. Los más jóvenes pueden subirlo a sus redes sociales y los más viejos pueden pegar sus post it en los andenes del Metro, en los paraderos, en las micros, en los árboles, en las plazas o en la espalda de un peatón despistado. Lo importante es que quede a la vista el nombre y el número de rollos confesos.

Y así, en las esquinas de un país enredado, recordaremos que a pesar de todo, de nuestras reyertas y alegatos, zafacocas y revueltas, diferencias y precipicios, hay algo – indefectiblemente humano-  que nos une.

Por Matías Carrasco.

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CONVENCIÓN Y DERECHOS HUMANOS

El viernes recién pasado, la Comisión de Derechos Humanos de la Convención Constituyente aprobó por 13 votos a favor y una abstención, una iniciativa que prohíbe recibir en audiencias “a personas u organizaciones que a través de sus planteamientos, propuestas o discursos hayan difundido mensajes de odio o que puedan incitar a la violencia respecto de grupos vulnerables o históricamente excluidos”. El texto, planteado por un integrante de la Lista del Pueblo, se basa en los principios del “no negacionismo” y de quienes pretenderían negar la existencia de violaciones a los derechos humanos en Chile. Así, los que quieran intervenir ante la Comisión deberán llenar un formulario y someterse a la deliberación de una subcomisión que decidirá si podrán participar o no.

A simple vista parece ser una medida sensata, tratándose de un tema tan relevante como los derechos humanos. Lo que se busca, sería evitar -dentro de la misma Comisión- la asistencia de hombres y mujeres que han promovido, o siguen promoviendo, ideas o acciones que atenten contra los derechos de las personas. Eso, a simple vista. Porque basta escudriñar un poco para que aparezca un asunto de mayor alcance y gravedad.

En un Chile en donde la realidad parece ser trastocada por lo que cada grupo piense. En un país en donde el lenguaje intenta ser moldeado en función del propio sentir, instalando palabras nuevas y queriendo desterrar otras. En un tiempo confuso, revuelto, a veces exagerado, de una llamativa corrección política y moral, vale la pena preguntarse: ¿qué entenderá la Comisión por mensajes de odio? ¿a qué se refiere, concretamente, cuando habla de grupos vulnerables o históricamente excluidos? ¿en qué consistirá el formulario que se deberá firmar? ¿desde qué criterios la subcomisión vetará o visará a los visitantes? ¿deberá exigirse una condena a la violación de los derechos humanos solo en Chile o en todas partes del mundo?

Al mismo tiempo que esta norma era discutida, la Lista del Pueblo compartió en sus redes sociales un grafiti que decía “Sangre x sangre. Watón Boric”. Esto, en el contexto de una agresión que el candidato presidencial recibió en la cárcel Santiago 1.  ¿Cabría ese mensaje en la categoría de incitación al odio y a la violencia? ¿debería la Lista del Pueblo ser excluida de las audiencias por compartir en sus redes este tipo de consignas? Y si una persona quisiera plantear matices o una visión complementaria a la ya instalada respecto a los actos de violencia, la represión y el atropello a derechos humanos ocurridos tras el estallido social, ¿podrá ser recibida en la Comisión?  

La única constituyente que se abstuvo de aprobar esta iniciativa explicó su voto señalando que la Comisión tiene una forma de ver los derechos humanos “subjetiva”. Y no se equivoca.

El problema de este tipo de medidas es que por intentar excluir ideas que nos parecen aberrantes, se restringe el debate público, impidiendo que surja allí la problemática con todas sus complejidades. En vez de permitir la aparición de opiniones y puntos de vista diversos (incluso incómodos) que enriquezcan la discusión, se intenta ocultarlos (como si no existieran), promoviendo una mirada única y hegemónica de la realidad.  Y eso es lo grave.

La alternativa a la censura o a lo que Orwell llamó “la policía del pensamiento”, es la razón. Es decir, que sea el peso del argumento y la lógica de lo planteado, lo que nos permita decidir si lo que escuchamos es digno de ser considerado o no. Y eso es lo que debieran hacer – más allá de sus identidades y grupos de pertenencia- los miembros de la Convención.  

Por Matías Carrasco.

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BARADIT Y LA SOMBRA

Hace algunos días, tras la agresión a un constituyente de Chile Vamos, el escritor y también miembro de la Convención, Jorge Baradit, dijo que le parecía conveniente “que ellos sufran un poquito lo que los chilenos hemos sufrido desde el estallido social: persecución, violencia, represión en las calles”. Horas después de su declaración, echó pie atrás, se disculpó, explicó que se trató de un exabrupto y señaló que las palabras que él mismo emitió, “no me representan”, como si dos sujetos distintos habitaran en un mismo Baradit ¿Cómo pudo ocurrir?

El libro “Encuentro con la sombra”, editado por Connie Zweig y Jeremiah Abrams, reúne cerca de cincuenta breves ensayos que tratan sobre el lado oscuro del ser humano y esa sombra – que a todos nos acompaña- y que encierra (como en una jaula echada al olvido) todas las emociones “negativas” que reprimimos desde niños, como la rabia, la lujuria, la mentira, el odio, la envidia y todo tipo de tendencias destructivas.

El gran problema de la sombra es que no la vemos. Está tan oculta en nuestro inconsciente que no somos capaces siquiera de mirarla. No nos atrevemos. No podríamos tolerar ver nuestra imagen ideal ensombrecida por un puñado de malas intenciones. Por eso, lo que nos va quedando es la proyección, es poner en otros y reprobar con fiereza lo que realmente somos, pero no queremos asumir.  Por eso la maldad parece estar siempre fuera – en la pareja, en los hermanos, en el gobierno, en los políticos, en carabineros, en los tribunales, en el sistema- pero nunca en nosotros mismos.

Por más que queramos, no podemos deshacernos de nuestra sombra. Simplemente, existe. E ignorarla acrecienta el riesgo de que aparezca sorpresivamente ante nosotros como si se tratara de otra persona o de un animal salvaje. “Cada uno lleva consigo un Dr. Jekill y un Mr. Hyde, una persona afable en la vida cotidiana y otra entidad oculta y tenebrosa que permanece amordazada la mayor parte del tiempo” – señala uno de los ensayistas del libro.

Algo de eso le tuvo que haber pasado a Baradit. Es probable que le haya abordado abruptamente su sombra, como un extraño alojando dentro de él, que movido por un sentimiento de venganza, decidió salir a dar una vuelta, lanzar la pachotada, para luego volver a replegarse en las mazmorras del escritor. Por eso para Baradit fue un exabrupto (un desatino, una incorrección) y una opinión que no lo representaba.

Pero no solo Baradit tiene su sombra. Todos la tenemos y, aparentemente, bien oculta. Nadie está muy dispuesto a reconocer su lado menos luminoso. Y andamos por ahí creyéndonos intachables, mientras culpamos al mundo de todos nuestros achaques. Así, vamos haciendo de esta tierra un gigantesco y confuso teatro de sombras proyectadas en murallas ajenas.

La alternativa es asumir, como dice Nicanor Parra, que somos un embutido de ángel y de bestia. La opción es desarrollar la propia conciencia (y responsabilidad) individual. Entender que en cada uno de nosotros -ciudadanos, constituyentes, comunicadores, candidatos presidenciales- está la capacidad de hacer el bien, pero también, aunque insistamos en negarlo, de hacer daño. Y de eso nadie se libra.

Aceptar la propia sombra nos ayudaría a bajar un par de cambios, a disminuir la soberbia, a curar nuestra ceguera, y a cotejar la realidad con una mirada más comprensiva y equilibrada de los demás y de nosotros mismos.

Caminar mirando la sombra -con una mezcla de cariño y curiosidad- puede ser un buen comienzo.

Por Matías Carrasco.   

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UNA FUNCIONARIA TÉCNICA

“Yo soy una funcionaria técnica”, atinó a responder Carmen Gloria Valladares, la secretaria relatora del acto inaugural de la Convención Constituyente, al ser emplazada para suspender la ceremonia por una supuesta represión en las afueras del ex Congreso Nacional.  Yo soy solo una funcionaria, nada más que eso, pareció decir, como disculpándose, como advirtiendo que nada tenía que ver en el entuerto y que estaba allí para cumplir una labor meramente administrativa.

Pero fue una funcionaria técnica (cuando lo técnico está tan desprestigiado) quién permitió – en medio de la confusión y de la histeria- que la investidura se realizase y que podamos contar hoy con una convención legítimamente constituida. Fue ella, una mujer de edad, de ojos oscuros y pelo castaño, quién puso templanza y sensatez cuando lo que había eran proclamas, convencionales que iban y venían, llamativas declaraciones a prensa, rumores de opresión y heridos, y una amenaza seria al normal funcionamiento de la cita histórica.

Son de esas personas que aparecen cuando nadie lo espera. Tampoco hizo mucho. Quizás eso es lo interesante. Y cuando digo mucho, me refiero a nada muy vistoso, muy espectacular. No hubo ninguna contorsión, ni un solo grito, ni un puño en alto, menos un golpe a la mesa. Nada de eso ocurrió. Fue más bien lo contrario. Lo suyo fue la mesura, la calma, el permanecer donde debía estar, pero con una mirada atenta y comprensiva de lo que estaba pasando. “¿Qué es lo que sucede?”, preguntó antes de posponer por algunos minutos la ceremonia. “Queremos hacer una fiesta de la democracia y no un problema”, dijo entonces, dejando entrever un compromiso profundo con el rito que ella misma estaba encargada de relatar.

Habló con una voz firme y suave, a la vez. Escuchó. Preguntó. Esperó. Supo donde poner la pausa. Respetó aclamaciones de los presentes. Educó cuando debía hacerlo. Destacó dos o tres veces la solemnidad que revestía el acto. Agradeció. Se equivocó, corrigió y pidió perdón. Sonrió. Y cuidó las palabras, cada una de ellas, delicadamente, como esas personas que quieren tanto a las palabras como si estuviesen vivas.

Carmen Gloria se tomó a las personas muy en serio. Parecía no importarle de dónde venían, cuáles eran sus ideas o su color político. Parecía escucharlas a todas, con el cuerpo inclinado y el oído bien dispuesto. Parecía hablarles a todas, con un cariño de madre, o de abuela, o de qué se yo. Los convencionales sintieron ese afecto, supongo. Por eso la aclamaron de pie cuando emocionada agradeció “de todo corazón”.

Es cierto. Tuvimos una ceremonia inaugural movida, inusual y compleja. A ratos, parecía que la sesión se cancelaba. Hubiese sido una derrota.  Se notaba la ansiedad. Imaginaba a tantos en sus casas, cruzando los dedos, para que primara la razón. Y así fue. En parte porque todos y todas pusieron algo para que las cosas, finalmente, funcionaran.

Pero para mí el gran hallazgo, el gran símbolo, es esa funcionaria técnica que no estaba en los guiones de nadie, pero que sin quererlo apuntó una gran lección: la sobriedad, la templanza y el diálogo pueden ser también un buen camino.     

Por Matías Carrasco.

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