¡ABAJO LA IGLESIA DE MEDINA!

cardenal medina

¡Abajo la iglesia de Medina!

la del miedo y la condena,

la jerárquica y grandiosa

la de olor a naftalina.

 

¡Abajo la Iglesia de Medina!

la de culpas y de infiernos,

la cegada por las reglas,

la pasada a moralina.

 

¡Abajo la Iglesia de Medina!

la encerrada en el sagrario

la de anillos y de venias

la que apunta a la vecina.

 

¡Abajo la Iglesia de Medina!

la de altares en lo alto

la lejana y la encumbrada

más allá de la colina

 

¡Abajo la Iglesia de Medina!

la que dicta y la que ordena

las verdades verdaderas

desde Chile hasta la China.

 

¡Abajo la Iglesia de Medina!

la que excluye y que margina

de la mesa a sus hermanos

que no almuerzan ni cocinan.

 

¡Abajo la Iglesia de Medina!

que es la misma que la mía

la imperfecta y pecadora

que yo espero se redima.

 

Amén.

 

Versos inspirados en la última carta del Cardenal Medina publicada en El Mercurio. Ver en el siguiente link 


Por Matías Carrasco.

Estándar

CARTA ABIERTA A LOS PADRES DE UNA NIÑA TRANS

shutterstock_612160808.jpg

Es difícil comenzar esta carta. Lo he intentado varias veces, sin suerte. Es como querer tomar el mundo en una sola mano, pero de tan grande, de tantos surcos y caminos, se me escapa una y otra vez. Pero debo hacerlo.

Ustedes, los padres de una niña trans, merecen que se cuente su historia y los líos que han debido sortear. Han navegado por años en una realidad desconocida, oculta, llena de prejuicios, opiniones y miramientos de todo tipo. Ustedes han vivido en las fronteras, en las periferias de la vida donde se tejen otras vidas que solo algunos están dispuestos a mirar en toda su hondura.

De todo se dice de los trans y sus familias. Hay análisis políticos, sociológicos, clínicos, religiosos y juicios tremendamente injustos. Pero poco se dice de la historia humana, emocionantemente humana, que se escribe a cada paso y en cada sueño de pequeños niños y niñas que claman libertad y el derecho a ser lo que realmente quieren ser.

Ustedes, padre y madre, han vivido el duelo de dejar ir a quién querían que fuera. Solo ustedes saben cuánto duele. Ustedes, y no otros, han presenciado la semilla, la gestación y el nacimiento de una nueva niña como señal de esperanza y resurrección. Aún en otoño, no los había abandonado la primavera.

No ha sido fácil. Saben de incertidumbres, dudas, angustias y misterios. Han pasado por el desierto, por consultas, especialistas y variados diagnósticos. Sin certezas han caminado buena parte del sendero, abrazados, uno y el otro, sosteniéndose, avanzando todavía a tientas alumbrados solo con el firme propósito de hacer a su hija feliz.

No querían correr riesgos. El futuro era también borroso y sombrío. Saben, como nadie, que llegada la adolescencia y sin espacios de contención y verdadera aceptación, las tasas de suicidio son alarmantemente altas, alcanzando el 50% de la realidad de los trans. Ningún padre, ninguna madre, querría para sus hijos ese final.

Sabían que amar era una decisión, la única decisión. Y bastó que su niña mencionara el nombre que quería, para dar el paso y dejarla libremente crecer. Ya no era necesario el polerón sobre la cabeza como simulando una larga  cabellera. Ya no era un cuento lo de la varita mágica para convertirse en mujer. Ustedes, de puro amor, de sano y valiente amor,  aceptaron lo que por años ella fuertemente deseó.

Y tras el paso, el milagroso paso, brotó la alegría. Y ella, preciosa,  flamante y coqueta, se sintió como nunca protegida, acompañada y tranquila. Amada por sus padres, amada por sus hermanos, amada por su colegio, y que duda cabe,  amada entrañablemente por Dios. Ella, no está sola. Nunca lo estará.

Y para terminar esta carta, permítanme una reflexión. No debiera ser necesaria una ley o una circular del Ministerio de Educación para aceptar a los niños trans en nuestra sociedad. Esos niños y niñas necesitan a gritos amor y acogida. El rechazo puede marcar una vida entera. Por eso, incluirlos debe ser para todos – colegios, iglesias, apoderados, parlamentarios y ciudadanos – una convicción moral.

Me despido, del padre y de la madre y de la niña feliz.  Para ellos, y otros como ellos, todo mi apoyo, agradecimiento y admiración.

Matías Carrasco.

Estándar

ÁNGELA, SEÑORA ÁNGELA

angela jeria

En los últimos años buena parte de los chilenos hemos festinado con la familia presidencial. Denuncias e investigaciones en el marco del Caso Caval  han puesto al hijo y a la nuera en una vistosa vitrina pública, de la cual se han nutrido sabrosamente la prensa, columnistas, matinales, humoristas y, sobre todo, ciudadanos y ciudadanas que en conversaciones de sobremesa y oficina han reído de buena gana con la situación judicial de Natalia y Sebastián.

El tema volvió a reflotar en marzo de este año cuando nos enteramos de que la hija menor de la Presidenta Michelle Bachelet compró un terreno de propiedad de su cuñada en la comuna de La Higuera, IV Región, muy cerca del cuestionado proyecto minero Dominga. Todas las alarmas se encendieron y las suspicacias – era que no- prendieron como pasto seco en la pradera. Los juicios, categóricos como siempre, llenaron nuevamente titulares, rutinas y volvieron a poner un manto de dudas sobre la familia de Michelle Bachelet.

Es cierto. Los más altos personajes públicos y su entorno más cercano deben ser siempre motivo de especial revisión por parte de organismos fiscalizadores, medios y contribuyentes. Es igualmente cierto además que han existido motivos para presumir la existencia de delitos que están siendo todavía investigados. Pero es también justo decir que más allá de toda duda razonable y de toda legítima diferencia política,  ha existido un particular ensañamiento en contra de la Presidenta y de su círculo más íntimo, que muchos parecen disfrutar.  Por eso, cada traspié, cada nuevo antecedente, cada rumor respecto a la familia de gobierno, será un buen pretexto para debidamente investigar y fiscalizar, pero también, para volver a maltratar, burlarse y despedazar.

Por eso me parece prudente hoy, en medio de la batalla de Chile, destacar lo de Ángela Jeria, madre de Michelle Bachelet.

Por si no se ha enterado, el ministro en visita Mario Carroza declaró en estado de demencia, sobreseyó y ordenó la salida del Penal de Punta Peuco, del coronel en retiro de la Fuerza Aérea, Edgar Ceballos, uno de los condenados por torturas y la muerte del general de la Fuerza Aérea de Chile, Alberto Bachelet Martínez, padre de la presidenta y esposo de Ángela.

En atención a la noticia y consultada por los periodistas, Ángela respondió que “las personas que no están en condiciones buenas de salud, que en realidad ya no saben si quiera qué es de su vida, no tiene sentido que sigan presas”.  Agregó además que “todo lo que me pasó a mí fueron actos de deshumanidad, pero pienso que no tengo por qué tenerlos yo, eso es lo que sí rescaté siempre. No somos iguales”.

En boca de la viuda de un torturado y asesinado, en los labios de una mujer detenida y vejada en los cuarteles de la DINA, en la voz de una exiliada, no hay palabras de odio y venganza. Frente a la libertad del verdugo, hay aceptación y paz, y la convicción de lo que corresponde es que el condenado muera, dignamente y acompañado, en su hogar.

Por mucho menos en Chile disparamos sin piedad. Livianamente, enjuiciamos y condenamos. ¡Hasta las muertes nos hemos acostumbrado a celebrar! Por eso lo de Ángela nos sorprende. Vino a traer un oasis en medio del desierto de Chile que de tanta ira, de roscas, pellizcos y descalificaciones, se nos va secando, dejando grietas difíciles de reparar.

Lo de Ángela, señora Ángela, es un ejemplo y una señal de esperanza que debemos alentar. Que se converse en las radios, en los medios, en estelares, en oficinas y plazas. Que se hable en almuerzos, matrimonios, convenciones y reuniones sociales. Que lo comenten hasta el hartazgo columnistas y periodistas. Mal que mal, Ángela también es parte de la familia presidencial.

 


Por Matías Carrasco.

Estándar

La teoría del charco de agua

shutterstock_305824250.jpg

Siempre he pensado en la relación de los autos con la sensibilidad. Sí. Es cierto. Suena extraño, pero hace rato ronda en mi cabeza la idea de que mientras más grande el auto, más perdemos sensibilidad. Y me refiero a esa capacidad de sentir, de conectarse con lo que pasa allá afuera, tras la ventanilla, más allá del capó. Intuyo que mientras mas gruesa la carrocería, más lejos estamos de la realidad.

Es una tesis imprecisa, absurda, pero que al menos a mí, me invade de vez en cuando, de cuando en vez.

Y el asunto no solo  tiene que ver con el grosor de los fierros, sino también con la frecuencia y el tiempo que ocupemos instalados en las butacas del automóvil. De acuerdo a mi fórmula, más grosor y más frecuencia, significan irreductiblemente más distancia con un mundo que hemos dejado de mirar y escuchar, por estar solos y concentrados en semáforos, pistas, autopistas, bocinas y, como no, en adelantar, sobre todo, en adelantar.

Y el fenómeno se acentúa si incluimos en este  improvisado teorema, la velocidad. Si sumamos a la anchura de las puertas y el chasis, la periodicidad de la práctica y el hábito de acelerar siempre frente al volante, el abismo entre nuestras vidas y las vidas de otras vidas se hará aún más hondo.

La prueba científica está en un charco de agua. Vea usted. El paso fugaz y presuroso de un auto sobre un pozo de agua estancada en un día de lluvia, salpicará imperceptiblemente sus pies de goma, pero empapará y estropeará el día de otras personas que andaban pasando a su lado. De nuevo, la distancia y la pérdida de sensibilidad. Entre los fierros, en nuestros protegidos ghettos de cuatro ruedas, petroleros o bencineros, ni nos enteramos de lo que va sucediendo afuera.

En Chile andan dando vueltas cerca de ocho millones de vehículos. La cantidad ha aumentado en más de un 40% en los últimos 15 años. Son ocho millones que transitan distanciados – centímetros más, centímetros menos- de miles de historias que andan esperando un encuentro. Perdemos, día a día, esa oportunidad.

Quiźas la creciente desconfianza en Chile no sea solo por el desprestigio de la política, las colusiones, la corrupción y los abusos. Quizás la desconfianza también tenga que ver con nuestra manera de andar por la vía…y por la vida.

No crea que lo mío es tan al azar. Yo ya lo medí. Mi vida está a 17 centímetros del resto y estoy empeñado en acortar la distancia. Mañana salgo, nuevamente, a caminar.


Por Matías Carrasco.

Estándar

Cuenta conmigo

chile cuenta

El próximo miércoles se realizará en todo Chile el Censo de Población y Vivienda.  Será una versión abreviada con 21 preguntas que permitirá saber cuántos somos e indagar en temas como sexo, edad y nivel de educación, entre otros asuntos.

Es un esfuerzo enorme. Son cientos de miles los voluntarios que se capacitaron y que recorrerán a mitad de semana las comunas, barrios, villas y poblaciones del país en busca de información que nos permita saber cómo vivimos y en qué cantidad. Al final del proceso tendremos el número, la anhelada cifra que por años hemos esperado.

Lo de este miércoles será un ejercicio cívico pero también una práctica llena de símbolos. Por primera vez en mucho tiempo todos sumarán. No habrá espacio para la resta o la división entre quienes habitamos estas tierras.

El país entero se dispone a abrir sus puertas y contribuir al hallazgo de un dato que más allá de la estadística hablará de un Chile que se construye entre todos. Ni uno menos, ni uno más.

Allí estarán, en el informe, en el resumen,  en el diagnóstico de toda una nación, los ricos, los pobres, la clase media, los presos, los delincuentes, los heterosexuales, los gays y los trans,  los creyentes, agnósticos y ateos,  los laicos y los religiosos, ciegos y clarividentes, trabajadores, sindicalizados y empresarios, ciudadanos, autoridades y parlamentarios, jueces y procesados, chilenos y migrantes, jóvenes y viejos, exitosos y fracasados, sanos y enfermos, cuerdos y locos, beatas y putas, anarquistas y seguidores del sistema.

Estarán también carnívoros irreductibles y veganos, amantes del rodeo y animalistas, mujeres de carreras prominentes y dueñas de casa, madres que paren anestesiadas y otras que dan vida sin dormir su cintura, personas que aborrecen las tareas y otras ni tanto, peinados a la gomina y chascones revolucionarios, feministas entusiastas y otros ni tanto, orejas perfectas y otras expandidas, misioneros y kamasutras,  los de tiro largo y los de corte alcance, los de cinturón al ombligo y los de calzoncillos a la vista, los de billings y los de amor libre, las de coqueta minifalda y las de polleras besando las canillas, machos alfa y travestis, familias numerosas y familias sin hijos, citadinos y campesinos,  fanáticos de Dylan, Calamaro, Mozart, Maluma y DJ Mendez,  seguidores de Warnken, Peña, Hermógenes y Gonzalo Rojas, lectores del El Mercurio y el The Clinic, auditores de Agricultura y Bío Bío, Laguistas y Guilleristas, siúticos y guachacas, futuristas y nostálgicos, los de uber y los de taxi con aroma a naftalina, los de amores fugaces y los que aman hasta que la misma muerte los separe.

No somos un país fácil. Como nuestro relieve, como nuestras montañas, nuestra gente es, felizmente, diversa.  Ni una es igual a otra. Sus historias, sus andares, sus contornos, sus texturas y colores, son diferentes. Cada cual se hace a su medida y cada cual vive la vida que libremente eligió vivir. Y Chile está hecho de cada uno de ellos.

Por eso el Censo, más allá del número, nos recuerda que todos contamos. ¡Todos! Y es bueno saberlo, principalmente en tiempos donde más que sumar algunos preferirían restar o dividir. Es bueno tenerlo presente, para evitar las reducciones, los atajos, los juicios simples o la tentación – de derechas e izquierdas, progresistas y conservadores – de imponer modos de pensar o estilos de vida simplemente para no tener que bancarnos la diferencia.

Por eso, este miércoles de abril, donde esté, donde viva, prepare un buen café y abra su puerta para comenzar a contar – como dijo el poeta Benedetti – “no hasta cinco o hasta diez, sino contar conmigo”. 

 


Por Matías Carrasco.

Estándar

LAS VOCES FUERA DEL CORO

coro

El domingo 19 de marzo El Mercurio publicó a página completa, una entrevista a los Obispos de la Iglesia Católica, Fernando Ramos y Santiago Silva, sobre las conclusiones del encuentro que sostuvieron cerca de 29 prelados con el Papa Francisco en Roma.

En esa oportunidad ambos monseñores actuaron como voceros e intérpretes de la postura de Francisco en distintos temas, pero principalmente en aquellos que más han generado ruido y discusión en las alas conservadoras y liberales de nuestra iglesia.

Fue un mensaje tranquilizador para quienes no quieren cambios. Que el objetivo del último sínodo de la familia no era autorizar la comunión a los divorciados. Que el celibato voluntario no está en la agenda. Y que la ordenación de mujeres como sacerdotes “no pasará”. Todo eso se dijo.

Nada nuevo para una jerarquía eclesiástica que, intuyo, no quiere reformas, aunque el mismo Papa haya dado señales públicas (no privadas) en sentido contrario.

Pero lo que más llama la atención es lo que destacado en un apartado del mismo artículo se refería a “las voces que cantan fuera del coro”. Era una advertencia clara y dirigida a quienes, me sumo, han planteado la necesidad de ajustes en nuestras maneras de hacer Iglesia.

“Hay un núcleo teológico y moral claro, desarrollado y preciso, quién se sale de este riel tendrá que cuestionarse si está siendo fiel a su propia identidad de ministro de la iglesia o de laico católico si promueve algo en directa confrontación con la fe” – dicen los obispos. Y esto, detalla la nota, “se refiere a las discrepancias doctrinales que manifiestan abiertamente algunos sacerdotes chilenos y que, afirmó (el Papa), preocupan en Roma”. Y concluyen esta idea – ambos obispos- con un consejo que habría entregado el mismo Francisco en atención a estos temas: “tener siempre actitud de diálogo y actuar siempre si las advertencias no son acogidas”.

Lamentablemente he escuchado antes esta “sugerencia”. La invitación a cuestionarse la pertenencia a la Iglesia Católica a quienes proponen posturas diferentes en términos doctrinales o de disciplina eclesiástica no es una novedad. Y viene de obispos, sacerdotes, religiosas y laicos. Lo he visto y me lo han hecho sentir cada vez que he planteado, por ejemplo, mi deseo de que separados y homosexuales que deciden llevar adelante una vida de pareja con todas las de la ley puedan comulgar. Y tras el anuncio viene rápidamente de vuelta la respuesta: el catecismo es claro, la doctrina también, si no te gusta esta iglesia, búscate otra.

Suena sensato. Pero a mi siempre me ha parecido más a miedo y a chantaje. Miedo a la diferencia. Miedo a hacerse cargo de una realidad difícil y compleja. Miedo a cuestionarse. Miedo a dejar los textos y la ley para adentrarse en los dolores del ser humano, donde ahí todas las preguntas y todos los desiertos caben.

Y chantaje, porque siento que la invitación a preguntarse por “la fidelidad” a la iglesia es mal intencionada y lo único que busca es aplacar la disonancia y amedrentar al que alza su voz fuera de un coro, aparentemente, ordenado y correcto.

Hablo como un laico católico que quiere a su iglesia y se compromete con ella. Pero también como un laico convencido del aporte de las diferencias y admirador de quienes cantaron y seguirán cantando fuera del orfeón.

Yo, con la esperanza de una iglesia más abierta, inclusiva y humana, seguiré desafinando.


Por Matías Carrasco

Estándar

LA CIUDAD DE LA FURIA

santiago

Una buena pareja de amigos me contó que habían decidido cambiar de vida e irse al sur. Su sueño es construir una nueva historia entre bosques, lagos y volcanes. Su deseo es dejar atrás la capital y encontrar en otros aires y en otras tierras la quietud y la paz que aquí ya no se asoma. Tras el anuncio, brindamos y festejamos la decisión.

Y es que Santiago se ha vuelto un hervidero. Marzo nos deja en evidencia. Agendas copadas, compromisos, la competencia, la prisa, el sin sentido y la mala onda, sobre todo, la mala onda.

Estamos siendo testigos y protagonistas de una ciudad enfurecida. La agresividad se ha tomado las calles, la política, el trabajo y los medios. Abunda la intolerancia y la prepotencia. El bullyng ya no es solo cosa de niños o adolescentes. Se ven peleas más cruentas, ofensas más crueles y jugadas más sucias entre adultos, dicen, de educación privada y criterio formado.

Odio hay por todas partes. Algunos odian a Bachelet. Otros odian al candidato. Odiar se ha vuelto un gusto y una práctica amarga, de pronóstico desconocido. Hasta el humor, otrora bálsamo a nuestros avatares del día a día, hoy se ha convertido también en una vitrina para el odio y la descalificación. Denostar a personajes públicos es la panacea para arrancar sonrisas y carcajadas. Burdo y simplón, pero efectivo.

Santiago se ha vuelto una ciudad sospechosa. Nadie confía en nadie. Cualquiera se atribuye el derecho a echar a correr la bolita del descrédito, sin importar si lo que dice, comparte o repite es cierto o no. Cualquier cosa, hasta la más insignificante, puede encender todas las alarmas. Nos hemos convertido en un pueblo copuchento, lleno de rumores y conventilleo. Y en eso hacemos daño. Sin querer, hacemos daño.

La furia también está acunando cobardía. Es tanta la vehemencia y tan fuerte la resaca que se desata tras un contrapunto que pocos son los que se animan a decir realmente lo que piensan. He visto, en reiteradas veces, personas que dicen una cosa en privado y callan cuando frente a un whatsapp masivo o una conversación social llega su turno para decir lo que siente en su cabeza o corazón. Pocos están dispuestos a exponer su diferencia. Y eso no es bueno para Chile.

Santiago está gris y fome. Las mismas frases se repiten en las mismas esquinas. Las mismas opiniones se acumulan en los mismos lugares. Las mismas radios se escuchan de un lado. Los mismos diarios se leen del otro. Escasean verdaderos espacios de reflexión y el ánimo de compartir con respeto y altura de miras nuestras preguntas y convicciones más profundas. Hoy somos tan predecibles como el día después a una noche de lluvia. Algo tiene que cambiar.

Es cierto. No es solo Santiago quién aviva la cueca de un Chile alocado. Quizás en la capital se acentúen todos sus males. Tal vez el deseo de arrancar al sur sea la fantasía de encontrar allá el alma de un país que hemos perdido. Ojalá mis amigos la encuentren a la orilla de un lago, acurrucada en los brazos de un coihue desconocido.

 


Por Matías Carrasco.

 

Estándar