IMPOSIBLE

imposible

Era un embarazo muy esperado. A Camila y Rafael les había costado hacer de sus encuentros una vida. Estuvieron años intentándolo. Trataron en la cama, debajo de ella, en la bodega del edificio, en la cima del cerro que veían desde la ventana, y encaramados arriba de la lavadora, esperando que el centrifugado ayudara en la tarea de despertar al óvulo, al espermio o al Dios que anima las almas.

Incluso, aconsejados por un buen amigo, probaron suerte en una iglesia en el centro de la ciudad, justo frente al lugar donde Santa Rita de Casia, la mujer de los imposibles,   permanecía convertida en yeso, dispuesta a cumplir los deseos de quienes confiaran en ella.

Y allí, cuando el sol ya se había ido, hicieron de las suyas, tapados con un chal y encogidos sobre un viejo banco de madera que no paró de crujir hasta que terminaron con su encomienda. No pasaron inadvertidos. Algunos fieles los vieron y, aparentemente, también la santa, que un mes después permitió que el milagro se realizase y que los avezados amantes celebraran con unas copas de champaña la noticia de una nueva existencia.

En adelante fue todo un imaginario sobre la vida que se gestaba en el misterio de las entrañas. Fueron tardes enteras conversando sobre lo que sería para ellos el futuro, tanteando nombres, adivinando el sexo, tomando medidas de la habitación del nuevo invitado y fotografiando todos los días la barriga que crecía tanto como la felicidad de Camila.

Eso, hasta que el doctor diagnosticó pérdida del cuello uterino y mandó a la joven madre a guardar reposo para evitar un nacimiento prematuro.

Ella obedeció y Rafael estuvo siempre cerca y muy atento para que el descanso fuera absoluto. Debían llegar, al menos, hasta la semana número 38 y por eso pusieron a rezar a toda la parentela para que no se le ocurriera a la cría – ¡era una niña!- asomar su nariz antes de tiempo.

Y las cosas se fueron dando. Camila se mantuvo en cama durante tres meses, entreteniéndose con los bordados y leyendo libros sobre apego, niñez y autoestima, lactancia y el reciclaje del calostro, una tesis extraña pero que se estaba poniendo de moda. Y así lograron la meta propuesta.

Llegó el día del parto, pero no la que esperaban que naciera. Fue una semana en el hospital, pero no hubo caso. Ni el tacto, ni las caminatas, ni la ocitocina lograron que la creatura saliera iluminada por la luz que Camila iba dejando en el oscuro camino hacia la vida. Y cuando intentaron con la cesárea, como un hechizo la panza se puso dura cual caparazón de tortuga, impidiendo el paso del bisturí que llegó a partirse en dos.

Mientras los médicos se golpeaban la cabeza intentando explicar las razones de una guagua caprichosa, la pareja regresó a su hogar exhausta y atenta a cualquier señal de alumbramiento. Pero nada.

Al cumplirse los diez meses, el caso ya era noticia en el país. Cuando se cumplieron doce, el hecho se había convertido en un tema de interés mundial. Era un asunto obligado en noticiarios, comunidades científicas, círculos religiosos y agrupaciones veganas, que aseguraban que esto era producto de la ingesta desmedida de carne en las últimas décadas.

Todos estaban expectantes, menos Camila y Rafael, que a estas alturas sufrían por la desgracia.

Después de un tiempo, la madre decidió tomar el toro por las astas y comenzó a correr. Pensó que el ejercicio ayudaría a que la vida anidada en su vientre se convenciera de que ya era hora de salir a tomar aire fresco.

Compró zapatillas con un alto nivel de amortiguación, de pisada neutra y colores bien chillones. Se aperó con calcetines cortos y antitranspirantes, un short que le caía hasta la mitad del muslo y una polera de marca que dejaba ver su ombligo doblado hacia afuera.

Empezó tímidamente, con un trote suave por la manzana de su casa. Luego avanzó unas cuadras más allá, hasta completar los ocho kilómetros. El entusiasmo fue ganando terreno y terminó aplanando cuadras y cuadras, hasta correr quince kilómetros diarios. Pero a pesar de todo el ajetreo, ni una sola contracción.

Fue por más. Se hizo asidua a las maratones. Participó primero de las competencias locales y luego cruzó las fronteras para recorrer las calles de Buenos Aires, Sao Paulo, Boston, Nueva York, Londres, Montreal, Berlín, Tokio y Johannesburgo. Se convirtió en la primera mujer embarazada en finalizar las principales maratones del planeta y la única con 96 meses de gestación.

Y mientras Camila recorría ciudades, Rafael organizaba conferencias de prensa, entrevistas y apariciones en programas de deportes, farándula y ciencia. Hicieron de su vida un espectáculo.

Los controles de rutina eran su único cable a tierra. Cada seis meses visitaban al doctor para echar un vistazo a la diminuta rebelde, que se agitaba en la enorme barriga con la ingenuidad de un bebé y la obstinación de una mula.

Cuando se oían sus latidos, Camila soltaba una lágrima, que caía por el borde de su pequeña nariz y luego resbalaba por su mejilla, rodaba por su cuello, entraba en su escote y se alojaba en sus pechos rellenos que también lloraban. Entonces, Rafael apretaba su mano y contenía con ridícula hidalguía su propia tristeza. El médico, sin despegar la vista del monitor y restregando la gelatina helada sobre el abdomen de Camila, señalaba con voz clara: – todo normal.

Y esa normalidad continuó durante años. Camila abandonó las maratones por un artritis que tenía sus rodillas hechas añicos y los medios la abandonaron a ella cuando se enteraron de una muchacha que había parido un gato. “Eso sí que es extraño” – pensó la mujer.

La pareja se recluyó en su pequeño departamento de techos altos, piso de parqué y un balcón que daba a la avenida. Allí la mujer pasaba sus mañanas recostada sobre una silla de playa y sus pies apoyados en un piso de madera, tejiendo vestidos y chalecos que luego arrimaba en la pieza de servicio. Por las tardes salía a caminar a la plaza tomada del brazo de su esposo. Se sentaban en una banca frente a la pileta, ella con sus manos sobre la panza y él con su brazo largo cubriendo su espalda. Y allí veían morir los días. Y en las noches, tendidos sobre la cama, enredaban sus dedos y pedían por su sueño inconcluso. – llega pronto chiquitita – decían juntos y juntos se dormían.

Pero una mañana Camila no despertó. Rafael gimió como un perro viejo y después de hacerlo, inició los preparativos para el entierro. La cubrió con un vestido ancho que le llegaba hasta más abajo de sus rodillas, la perfumo con la colonia de todos sus amaneceres, cruzó a la plaza, arrancó unas flores del jazmín e hizo con ellas una pequeña corona que puso suavemente sobre su vientre.

Lo del cajón fue una anécdota aparte. En la funeraria debieron improvisar un ataúd más ancho y con una altura que doblaba la de los féretros normales. Así Camila, todavía con su barriga invicta, descansaría holgadamente bajo tierra.

Pero cuando comenzaba el descenso, se oyó un llanto ahogado, tembloroso e interrumpido.

– ¡Mi niña, mi niña! – exclamó Rafael, que detuvo la marcha hacia los cielos y se abalanzó sobre el sarcófago para abrirlo de un solo manotazo.

Y ahí, en medio de la muerte, apareció la porfiada cría, preciosa, con su boca clamando victoria y su piel arrugada, como de término.

El sacerdote, abrumado por el milagro, la tomó en brazos, la elevó por sobre su cabeza y la bautizó, dándole por nombre Rita, como la santa de los imposibles.

Y en el cajón, Camila, con una pequeña mueca, parecía sonreír.


Por Matías Carrasco.

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SIETE

siete

Don Gerardo, recostado sobre su cama y con el televisor encendido, tomó su teléfono y comenzó a marcar.

– Buenos días. Bienvenido a Electrodomésticos Thomson. Mi nombre es Judith Espinoza. ¿En qué puedo servirle? – se escuchó la voz de una mujer joven.

-Buenos días – respondió el anciano-. ¿Cómo está usted?

-¿En qué puede ayudarlo? – replicó la muchacha.

-Es una fría mañana, ¿no cree?

-Señor, no puedo perder el tiempo. Esto es un servicio técnico. ¿En qué puedo ayudarlo?

-Mmm…sí, entiendo. Es que solo quiero conversar.

-Lo siento. No podemos ayudarle – señaló amablemente la señorita-. Cualquier otro problema no dude en comunicarse con Electrodomésticos Thomson.

-¡No me corte! – suplicó Gerardo, acomodando su espalda sobre las almohadas. – Se trata de la lavadora.

-Sí, dígame. ¿Qué necesita? – respondió con aires nuevos la mujer.

-La compré hace algunos años, cuando estaba recién casado. En realidad, me la regalaron como obsequio de mi matrimonio. En esos tiempos era un verdadero lujo. Celebramos la boda con una fiesta grande y bien regada. Digo, con vino, vodka y whisky en gran cantidad. Josefina estaba radiante. El cura que nos casó dijo que era la novia más linda que le había tocado bendecir. Y yo pienso lo mismo. Estaba con un vestido blanco, bien ceñido a su figura y con su cuello descubierto. Su pelo largo caía como una cascada por su espalda y sobre su cabeza llevaba una corona de flores que hacía resaltar sus ojos grandes y expresivos. Yo no merecía tanto. Cuando caminaba hacia el altar parecía una reina de la Edad Media, y yo un bufón que simplemente la esperaba. Sentía que estaba en las puertas del cielo.

-Señor, por favor. Remítase a la lavadora – interrumpió la voz al otro lado del auricular-. ¿Qué detergente utiliza?

-Sí, discúlpeme. Es difícil su pregunta. Entre tantos colores y envases, se me hace imposible reconocer con qué tipo de detergente lavo mis pilchas. La verdad, nunca he lavado ni siquiera un calzoncillo. Era Josefina quien se ocupaba de esas cosas. Lograba sacar cualquier mancha. Por eso la quería. Ella era capaz de resolverlo todo. Yo no, Judith. A mi la vida se me hacía difícil y en cada obstáculo veía una montaña. Cuando Tomacito enfermó de meningitis, a mí se me apretó la garganta y me fui hacia adentro. Me quedé paralizado, de puro miedo a que se nos fuera a ir. Pero la Jose, mi chinita, cuidó del cabro con la fortaleza de un roble viejo. Yo solo me dediqué a trabajar como un buey, oculto de todos mis temores, esperando que pasara el mal rato. No me juzgue. Los cobardes tendemos a enterrar la cabeza como un avestruz.

-Caballero, agradezco su llamada, pero debo cortarle – señaló la joven mientras limaba sus uñas.

-¡Líquido! – se apresuró a decir Gerardo-. Me parece que es detergente líquido el de la lavadora.

-¿Y qué sucede con su máquina?

-Es que ya no enciende. Es como si se hubiese cansado de dar vueltas. Yo también me agotaría. En otra época giraba con ganas y el Tomi se paraba frente a ella, imaginándola como una nave espacial. Cuando se recuperó de su enfermedad, volvió a ser un niño despierto. La operación le dejó un surco profundo sobre su cabeza y parte de su nariz. Pero él siempre lo llevó con humor. Decía que un pájaro carpintero lo había confundido con un pedazo de madera. Y Josefina lanzaba una risotada y lo acunaba en sus brazos delgados pero fuertes. Definitivamente, ya no la revuelve tanto.

-¿La lavadora? – preguntó la ejecutiva.

-No, no. Mi hijo. Después del colegio se inclinó por Agronomía. Supongo que fui yo quien le mostró ese camino. Siempre me acompaño al packing y allí, colado entre las temporeras, elegía las ciruelas grandes para la exportación y echaba las machucadas y pequeñas a un lado para la venta en el campo. Eran tiempos donde la fruta dejaba buena plata y los productores pequeños podíamos financiarnos un buen pasar. Después llegaron las multinacionales y todo se fue enredando. ¡Imagínese cómo estaba yo! Un hombre hecho para las certezas y no para la incertidumbre. En las noches el pecho se me hacía un nudo. Pero la Jóse, rasguñaba con cariño mi nuca, susurrando palabras de ánimo y regalándome una paz como de tarde sureña.

Gerardo hizo una pausa, bajó el auricular unos segundos y miró por la ventana que daba hacia su pequeño y descuidado jardín.

-Señor… señor…¿está usted ahí?

-Aquí estoy, mi buena amiga. ¿A dónde voy a ir? – respondió el abuelo-. Es que la extraño tanto, Judith. Cuando el negocio se fue a pique, yo me fui con él. Me vino una depre que me dejó tumbado. Nos quedamos sin niuno. Usted sabe que un tipo sin trabajo es hombre muerto. Tomás ya vivía en Argentina y la Jose me cuidó como a un niño. Sí. Eso era. Un niño. Y ella se las arregló para parar la olla repartiendo quesos.

– Caballero – interrumpió otra vez la chiquilla-. ¿Revisó las mangueras de agua?

-Ah… ya… ya….la lavadora. No sabría decirle. Supongo que después de tanto tiempo esas mangueras ya no funcionan. Todo se va estropeando con los años, señorita. Incluso la lealtad. Yo nunca quise hacerlo, pero la supervisora del SAG me tenía vuelto un chiche. Era bien encachada y se asomaba por el campo para ver los cultivos y la cosecha. Y así, entre medio de los ciruelos le fallé a la Josefina. Me sentí mal, Judith. Yo no estaba hecho para engañar. Pero usted sabe, soy débil como la escarcha. Esa misma noche le conté a la chinita. Yo lloré más que ella. Terminó por perdonarme.

-Señor, discúlpeme, ¿va a querer agendar una hora para ir a revisar su lavadora? La visita tiene un costo de diez mil pesos.

-No tengo visitas hace tanto tiempo que feliz la recibiría por estos lados – señaló el anciano-. Pero mi pensión es tan diminuta que no tengo cómo pagarle. Si hubiese estado la Jose, la recibiría con un pie de limón hecho en casa y la mesa bien puesta. Yo le ofrezco un té con azúcar rubia y unas tostadas con mantequilla. ¿Se anima? Aquí podemos conversar y celebrar juntos a la Jose. Hoy se cumple un año desde que se fue y quiero recordarla. En mi velador están sus cenizas. Son como de pucho, pero son las de ella. Yo pedí ver toda la cuestión de la cremación. Estiraba las piernas como si estuviera viva. Por un momento pensé que volvería otra vez conmigo y me puse contento mientras mi chinita se iba achicharrando. A veces tomo su caja y huelo ese polvo negro. Y otras, lo esparzo sobre las palmas de mis manos para sentirla cerca. Su piel era suave como el musgo mojado. ¡Ay, Judith! – exclamó el viejo-. No sabe cuánto duele haberla amado tanto.

-Si usted quiere – señaló Judith con voz dulce- yo podría estar ahí mañana a las 09.30 horas. Bastaría con una taza de té bien caliente. De la marraqueta no se preocupe. Estoy a régimen y me haría un gran favor si no me ofrece nada más que su compañía. Me sentiría muy honrada de recordar con usted a su querida Josefina. Además podría aprovechar de darle un vistazo a su lavadora – sonrío la muchacha.

-Es usted muy amable. No sabe cuánto se lo agradezco. La esperaré mañana con el agua hervida. Preocúpese de tocar bien fuerte la puerta, eso sí.

-Lo haré como usted dice, Don Gerardo. Finalmente, en una escala de uno a siete, ¿qué nota le pondría al servicio de la empresa? – preguntó la muchacha retomando el protocolo.

-Un siete Judith. Póngale un siete.

-Muchas gracias por llamar a Electrodomésticos Thomson.

La joven finalizó la llamada y el anciano se paró lentamente de su cama para preparar el desayuno del próximo día.

 


Por Matías Carrasco.

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LA PLAZA

la mora

Nació prematura. Su madre sintió las contracciones apenas cumplido los ocho meses y las emprendió camino al hospital subida a las ancas de una yegua baya que su padre conducía con destreza y apuro.

Pero no alcanzaron a llegar. Vivían en mitad del campo, apartados de toda vida, en una pequeña casa de adobe, tejas de greda y un corredor de baldosas rojas y delgados pilares de madera donde su viejo se echaba a descansar después de andar los potreros.

Así que ahí no más, a medio camino, entre zarzamoras, nació la creatura. Las moras le dieron su nombre – Mora Sandoval Ramírez- y las espinas el carácter que le permitió sobrellevar la sordera casi total que heredó de quién sabe quién.

Pero desde pequeña Mora se las ingenió para sonreír a pesar de su limitación. Creció entre gallinas, tucúqueres, murciélagos, conejos, perdices y zorros que de vez en cuando se acercaban a su ventana.

Oía poco, pero algo oía. Le gustaba sentir el eco que dejaban las pisadas de los caballos en la tierra colorada camino al tranque y el zumbido de las aguas del Mataquito cuando partía con sus primas a sumergirse apenas el verano llegaba hasta Villa Prat.

Sus padres la criaron con la dureza del campo y Mora se fue haciendo mujer destripando tórtolas, echando liebres en vinagre, cortando leña y amansando potrillos que la tiraron más de una vez al suelo.

Tras la muerte de su padre, Mora, ya joven, ancha, negra por el sol y de un cabello grueso como la paja, se vino a la ciudad empujada por su madre a probar suerte y encontrar marido. Pero antes de un hombre halló trabajo como mesera en el restorán que administraba la parroquia a un costado de la Plaza de Armas. El curita, que era un tipo sensible, se apiadó de la chiquilla sorda y la contrató, sin antes encargársela bien encargada a la Tencha, su mejor y más fiel trabajadora.

Cada día parecía una comedia. No era fácil tener de garzona a una mujer sorda y bien segura de sí misma. Le pedían una “Pap” y ella traía papas fritas. Le indicaban una mechada con arroz y ella volvía con una malteada para dos. Y cuando los clientes reclamaban, Mora con sus cosas bien claras, les insistía que no podían cambiar de parecer cuando el pedido ya estaba hecho. Y antes de que la situación empeorara, aparecía la Tencha, les explicaba a los visitantes y arreglaba el tinglado. Así nacía y moría cada jornada.

La llegada de Cecilio vino a moverle el piso a la Mora. Apenas lo vio entrar al local, haciéndole con su mano el quite a las moscas, la muchacha sintió vértigo en el alma. Era un hombre bien formado, de tez morena, ojos bien oscuros, labios marcados y la contextura de un cabro acostumbrado a trabajar la tierra.

Miraba como miran los hombres buenos y escuchaba como las reverendas, compartiendo la misma pifia de la chiquilla que, nerviosa, secaba los vasos con un paño viejo tras el mesón. Comenzó entonces una dulce coquetería.

Él levantaba su mano y ella se acercaba presurosa hacia su mesa. – Voy a pedirle una lasagna. Y ella entendía “que linda sus pestañas”. – Me las encrespé un poquitito, respondía risueña. Y el joven escuchaba que se la traería en un ratito. Y mientras la Tencha intervenía, Mora se quedaba quieta, con la vista extraviada, imaginándose con él bañándose desnudos frente a las arenas de Iloca.

Las visitas de Cecilio se hicieron cotidianas y ella que tenía la paciencia del campo lo esperaba con su delantal limpio y un pinche rosado sujetando su moño. – Quiero probar la tortilla, decía. Y la chica oía que quería besar sus mejillas. Y así, en el mundo de los sordos, Mora se dejaba acariciar por las palabras.

De pronto Cecilio no apareció. Primero fueron días y después un par de semanas. Y Mora, con su corazón en pausa, le hacía vigilia en las puertas del restorán jugando con la bandeja de plástico entre sus dedos. Pero el sordo encantado, no daba pistas.

Todo se esclareció cuando una mañana Tencha se acercó seria hasta la Mora y la tomó suavemente por sus hombros. – Cecilio ya no vendrá. Lo encontraron muerto en su casa, le dijo dejando escapar una pequeña sonrisa lastimera. Y la Mora, ruborizada, entendió que el jovenzuelo la esperaba bien apuesto en la plaza.

Tomó su pequeña cartera con flecos y corrió hasta el baño. Se desamarró el delantal, lavó sus manos con jabón y se restregó la cara. Sacó de su estuche de flores un pequeño espejo y se pintó los labios con un rouge cargado al ocre. Volvió a fijarse su cabello y estiró su blusa con un par de palmazos.

Descolgó el alambre que sujetaba la puerta y salió como levitando a encontrarse con su príncipe de pelo chuzo, para besarlo y decirle que nunca más lo hiciera, que no la volviera a dejar sola en esta vida.


Por Matías Carrasco.

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EL LOCO PARAÍSO

judas

Jesús había pasado toda la noche rezando en el huerto de Getsemaní esperando la hora señalada. Los apóstoles habían dormido poco y, más encima, andaban con la resaca de la última cena, donde comieron a destajo y bebieron vino como si fuese el día del juicio final.

Estaban todos acurrucados bajo un viejo olivo, de unos 14 metros de altura, de tronco grueso y contorneado. Fueron despertando de a poco, dándose codazos, anunciando el amanecer y recordando el vaticinio que el Maestro había hecho la noche anterior. – Uno de ustedes me traicionará, les dijo. Y los doce quedaron medios turulecos. El Maestro acostumbraba a hablar en parábolas y no sabían bien si lo que les había dicho era otro más de sus acertijos o había que tomárselo en serio.

En eso estaban, mirándose unos a otros con recelo, cuando Lucas, el de Antioquía, notó lo ausencia de Judas. – El Iscariote no anda por acá, ¿quién cresta lo ha visto?.

– Tal vez fue a dejar su huella más arriba, camino a la cumbre. Ayer comió como un buey entero y seguro debe dejarlo salir algún día- bromeó Juan, el más joven de todos.

La sospecha comenzó a instalarse y el murmullo entre los discípulos también. Y apenas cayeron los primeros rayos de sol sobre los jardines de aquel monte, se escucharon los pasos de un gentío y se vieron sus sombras alumbradas por las antorchas que les iban indicando el camino. Y allí aparecieron: Judas en el frente, y tras él, algunos soldados romanos y un montón de hombres jóvenes cargados de palos, de aspecto furioso y dispuestos a cumplir la tarea que los viejos sacerdotes les habían encomendado.

– Bien Judas, haz lo tuyo- inquirió uno de los que comandaba el grupo. Entonces el traidor, ya no habían dudas, caminó hacia Jesús con su morral repleto de monedas de oro y acercándose a su oído le dijo: – no te voy a dar en el gusto. Acto seguido, enfiló hacia su derecha donde se encontraba Pedro tiritando de miedo tras una roca. Cariñosamente tomó su cara y lo besó en la mejilla. Y ahí se armó la zafacoca. La turba se abalanzó sobre el pescador y Pedro, que no era el Dalai Lama, comenzó a repartir aletazos. Jesús, en medio de la trifulca, gritaba- ¡soy yo, soy yo! – desesperado por ver cómo los designios de las escrituras se iban por el despeñadero. Y Pedro, débil como era, afirmaba: – ¡Es él, es él! Pero nadie le creyó.

El asunto es que se llevaron a Pedro detenido, con los dos ojos en tinta, la mandíbula chueca y bien amarrado. Y mientras el piquete iba bajando la colina, Jesús caminaba rápidamente al lado del ellos intentando hacerles entrar en razón. – No es él, soy yo a quién deben llevarse preso. Soy yo quién dice ser el hijo de Dios- insistía. Pero de un solo golpe lo echaron a un lado y lo dejaron tendido al borde del sendero.

A Pedro lo llevaron donde Poncio Pilatos, el Gobernador romano. Y el hombre que estaba a punto de cambiar la historia trató de explicarle el mal entendido, pero los nervios y la lengua trabada por la golpiza, no pudieron hacer nada por mejorar su presente y su futuro.

Y mientras Pedro balbuceaba explicaciones sin mucha suerte, Jesús deambulaba desesperado entre las polvorientas calles de Jerusalén esperando un milagro que pusiera de nuevo las cosas en su lugar. De pronto unas mujeres lo reconocieron. –Te hemos visto con él, al que apresaron, el que dice ser hijo de Dios.   Y Jesús, que no andaba de buenas por la falta de sueño y por ver su final empañado por un estúpido enredo, exclamó: – ¡el no es el hijo de Dios, no es el hijo de Dios, no es él el mesías!. Lo dijo así, tres veces. Entonces un gallo cantó y antes de que el pajarraco cerrara el pico, Pilatos ya había puestos sus manos en agua tibia tras condenar a muerte al pobre aldeano que años antes tiraba las redes sobre el mar de Galilea, sin más ambiciones que algunas sardinas, algo de miel y legumbres.

El resto de la historia es conocida. Un poco distinta, pero conocida. Al desafortunado Pedro lo azotaron ferozmente, pusieron sobre su cabeza una corona de espinas y cargó con el madero sobre sus hombros hacia lo más alto del Gólgota, el lugar de calaveras donde vería su último horizonte. Y mientras caminaba, entre escupitajos y ofensas, el hombre de barba y áspero genio, maldecía al idiota de Judas, que siempre lo miró con envidia por ser el preferido.

Tras tropezar unas cuántas veces, Pedro logró la cima y su crucifixión. Lo clavaron como a un delincuente, le enterraron una lanza a su costado y lo exhibieron como un animal moribundo en mitad del matadero. Antes de dejar esta tierra, Pedro gritó: – ¡Donde te pille te mato, Judas de pacotilla! Inclinó su cabeza, dio un último suspiro y murió. Murió. Y murió bien muerto. Ni hablar de resurrección.

A esas alturas Judas ya se encontraba haciendo negocios en una taberna de mala fama con un cobrador de impuestos intentando abultar el buen dinero que se había hecho trabajando de soplón. Y el resto de los discípulos murió sin volver a ver la luz del día, escondidos en catacumbas, confundidos por todo lo que les había tocado vivir.

Y de Jesús solo se cuentan algunas historias. Los entendidos señalan que tras la muerte de Pedro, Cristo sintió el peso de la culpa y del pecado. Su misión era morir por los hombres y no escabullirse de su hora más oscura. Además ya estaba tieso al que había elegido para seguir sus pasos sobre este mundo, y ya nadie lo seguía. Andaba entre las casas de piedra, de un pueblo a otro, dibujando con su dedo en la arena y anunciando en plazas y templos la promesa de un vergel sin hambre, sed ni penurias. Los transeúntes lo llamaron “el loco paraíso”.

Después de un tiempo nunca más lo vieron. Algunos piensan que se transformó en un ser eterno, el hombre de toda época. Cuentan que vaga por el mundo, sucio y maloliente, con una bolsa de pan duro y una caja de tinto barato, esperando algún día ser descubierto y degollado como a un cordero entregado al sacrificio.


Por Matías Carrasco.

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CHILE OPINANTE

OPINION

 

En los últimos años hemos visto el surgimiento de un Chile opinante. El acceso a internet y el uso de redes sociales ha facilitado la posibilidad de que cualquier persona pueda dar su parecer sobre la contingencia o respecto a asuntos más específicos.

En los medios tradicionales la opinión también ha ido ganando terreno. Atrás han quedado los periodistas que intentaban mantener cierta objetividad (si es que es posible esa pretensión) para dar paso a profesionales que constantemente emiten juicios y fijan una postura clara respecto a los temas que van marcando la agenda. Incluso la manera de titular, que siempre es una pista para ver por dónde navegará la noticia, hoy es más desenfadada y con evidentes juicios de valor.

De alguna manera la opinión ha permitido que emerja una sociedad más crítica y cuestionadora. Y eso es bueno. Permite un mayor control y fiscalización del poder y de las clases dominantes y, a su vez, entrega una voz a quiénes antes no la tenían.

Sin embargo, como en todo, el exceso no es un buen consejero. Y en nuestro país la opinión abunda. Pienso que asistimos a una época que nos hace más opinantes pero no por eso más libres. La irrupción de diferentes puntos de vista no necesariamente culmina en un grupo más diverso y pluralista. Lo que vemos es que hay ciertas tendencias que se hacen notar para finalmente imponerse, no por consenso sino por la fuerza de sus declaraciones o por los tiempos que les tocó vivir.

Cuando la opinión comienza a ganar la batalla, hay un terreno neutral que es, sutilmente, abandonado. Y lo que prima es la corriente victoriosa y no la de los derrotados o, simplemente, de aquellos que estaban siendo testigos de la contienda. Y una opinión dominante puede resultar más aterradora que el rugido de un león o que un tanque avanzando hacia nosotros por la avenida.

Por nuestra costumbre ancestral de vivir en comunidad, la amenaza de quedar “fuera” o a ser percibidos como disidentes, puede ser muy amedrentadora. Por eso es común que muchos y muchas prefieran callar o simplemente sonreír frente a una opinión que, honestamente, no les parece. Y eso no está bien. Sobre todo cuando los comentarios son en blanco y negro, en “me gusta” y “no me gusta”, sin mucho espacio a los matices que siempre existen y que son tan necesarios.

¿Cuál es la solución?

En ningún caso restringir los espacios de opinión. Menos formar a niños sin voz ¡Por ningún motivo! Pienso que las mismas característica de este fenómeno nos dan luces de una posible salida. Cuando uno mira las opiniones en las esferas pública y privada, se dará cuenta que buena parte de ellas son más bien binarias (de acuerdo o en desacuerdo), confrontacionales (respecto a otro) y de muy poco análisis y reflexión propia.

Cada uno fija su opinión respecto a un tercero y desde ahí dispara. Lo vemos a diario en la política, en los temas de interés nacional y también en los discusiones de la vida misma. Es la manifestación de este Chile opinante el que ha dejado entrever nuestra carencia reflexiva y la incapacidad de mirarnos a nosotros mismos.

La opinión, la buena opinión, no debe ser solo un arranque o una pulsión incontrolable. La opinión no tiene porque ser siempre un veredicto y menos algo violento o que deba ser impuesto. Puede ser más bien un punto de partida o la chispa que enciende una conversación interesante.

Pero para hacer esa distinción es imprescindible dejar las trincheras, atrevernos a poner en duda “nuestras verdades” y comenzar a reconocer en la mirada del otro su valor y su particularidad. Quizás, quién sabe, algún día nos puedan hacer cambiar de opinión.


Por Matías Carrasco.

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CENTELLA

CENTELLA

Le decían la 10.000. La llamaban así porque era puta y cobraba diez mil pesos. Y a ella eso le molestaba. Sabía que era bien putaza, y a mucho orgullo, pero hacía tiempo había ajustado sus tarifas. Ahora estaba rondando los quince mil y no iba a permitir que los flaites del barrio y unos colombianos recién llegados le faltaran el respeto. – Una tiene sus valores, decía, y el mío es de quince lucas, ningún peso menos.

Había dejado de ser una muchacha hace varios años. Su época dorada fue durante sus veinte, donde administrativos, estudiantes del barrio universitario y juniors de grandes oficinas la visitaban en su pequeña pieza de calle Puente para empañar los vidrios de una ventana trizada y transpirar sobre un colchón tirado en el suelo, de esponja amarilla y carcomida.

Nunca fue bella, pero su clientela la prefería por su empeño y desenfado en la cama. Era chica y bien entrada en carnes. Aún así siempre gozó de buen autoestima. Vestía generalmente de calzas fucsias y bien ajustadas y un peto negro que dejaba traslucir sus grandes pezones y una abultada barriga que se le escapaba por todos lados.

Era puta, pero no callejera. Después que le sacaron la cresta nunca más quiso ponerse a levantar su falda encima de una cuneta, pelear la esquina con unos travestis bien pintarrajeados o hacerle el favor a un paco para que no la fueran a meter otra vez presa. Por eso prefería su dormitorio, picante pero mío, como decía, y de vez en cuando salir a poner calientes a los cabros del barrio alto que la querían ver en pelotas antes de jurar amor santo y eterno. Ella, siempre digna, llegaba con su estuche con condones baratos, pasta de dientes y cepillo bajo el brazo.

Juntaba lucas para poner su aviso en el diario. Era conocida en la sección de económicos de La Tercera. Centella. Prometo llevarte al cielo. Carné al día. Frigobar. Llámame. Así rezaba su mensaje. Eran tiempos en donde el Challenger prometía conquistar el universo y ella, vivaza como siempre, se aprovechó de la noticia y se hizo llamar Centella, como el helado y como el cohete. Y cuando el Challenger explotó en el despegue, un cliente también explotaba mientras ella ni siquiera había prendido sus motores.

Pero el tiempo y tanto ajetreo fueron haciendo lo suyo. La Centella de esos años comenzó a apagarse. Ni ella seguía tan empeñosa y traviesa ni sus clientes la querían así, más vieja, sin dientes y con sida. Solo otros como ella querían compartir sus miserias en la misma colchoneta amarilla de sus mejores hazañas.

Un haitiano, de unos cincuentaitantos, solo y sin trabajo, le decía a la Centella que su selva negra, ondulada y generosa, le recordaba a su isla y su calor. Le iba contando, mientras allá abajo Centella hacía lo suyo, las tragedias de un hombre sin tierra.

Y otro viejo, delincuente y asesino, visitaba la guarida del mal a veces para escapar del frío, a veces para huir de la justicia y otras tantas para intentar poner de pie lo que hace ya años se había dormido. Y así, entre cajas de vino tinto, iban desarreglando el mundo.

Pero Inés, Inés, era para Centella su mejor visita. Ella miraba por la ventana aguardándola, custodiando su llegada. Y cuando sentía sus pequeños pasos en la escalera, Centella volvía a brillar y se ponía contenta. La Inés dejaba sus rosas sobre las ollas que estaban arrimadas en un mueble roto y se sentaba a los pies de la cama a tomarse el vaso de leche que siempre la esperaba.

Inés, a sus siete años, ya no era una niña. Y la puta, que sabía de pobreza y de desgracias, quería devolverle su infancia y su futuro. Por eso insistía en esperarla, en abrazarla, en arreglar con pinches de colores su pelo largo y en comprarle pilchas en el bazar del maricón Román, a unos pasos de la esquina.

Y cuando Inés no llegaba, ahí partía Centella, con la luna sobre sus hombros y el centro hecho un puterío. Inés, sentada en las puertas de la catedral, vendía sus flores mientras los lobos la pretendían. Con un grito Centella espantaba a la manada, se llevaba a la niña y dormía con ella acurrucada con el feroz miedo de perderla algún día.


Por Matías Carrasco.

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SONREIR

camping

Habían acordado partir el tercer fin de semana de septiembre. Hacía ya cuatro años, desde que Vicente cumplió los cinco, que él salía una vez al año junto a su padre de paseo. Antes habían estado en unos domos en Casablanca, también alojando en Río Clarillo, en Hierba Loca y en el valle de Tinguiririca, en la sexta región. Esta vez decidieron juntos acampar en Guanaqueros.

Ambos contaban los días para cumplir ese rito que consideraban suyo y sagrado. A Hernán le gustaba pasar tiempo con su hijo. Intuía que darle toda su atención era una manera de decirle que lo querría para siempre. Y Vicente se sentía especial cuando su padre ponía sobre él esa mirada quieta y sin urgencias.

Partieron después de almuerzo. Chao Mamá. Chao, mi amor ¡pásalo bien!. Chao negra. Chao Hernán, maneja con cuidado. No olvides echarle bloqueador. La primera parada fue en el supermercado. Puedes comprar lo que quieras Vicente. Y Vicente, excitado, fue completando el carro con nutella, papas fritas, mantecoles y bebidas. Hernán aportó con la carnes, el carbón, cervezas y un buen vino. Durante el viaje, el pequeño durmió la mitad del camino y su padre pensaba en su vida acompañado de Serrat, Sabina y Peter Gabriel.

Llegaron al camping a las siete de la tarde. Era un lugar tranquilo, con una generosa vegetación que contrastaba con el paisaje seco del norte de Chile y con una extensa playa que se asomaba a unos cien metros del ajetreo de los visitantes. Cada sector estaba separado por arbustos altos y espesos y bien equipado con una mesa de madera, una rústica parrilla y baños y lavadero a la mano. Mientras Hernán descargaba las cosas del auto, Vicente dibujaba en cuclillas con un palo sobre la tierra. Luego comenzaron a armar la carpa. El padre iba enfilando los tubos y el Bicho iba clavando estacas con una piedra mediana. Con la misión cumplida, después de dar una vuelta al lugar, encendieron la parrilla.

Esa era la parte que Vicente más disfrutaba. Le gustaba mirar el fuego, girar las salchichas y quedarse quieto, acurrucado en los brazos de su padre, viendo como chorreaba la longaniza y el vetado. Gozaron de las conversaciones y también de los silencios. Después de comer, lavaron platos y vasos, se cepillaron los dientes y se fueron a acostar. Bien adentro de su saco, Vicente le contaba a su padre las sombras que veía dibujadas por la noche en el techo de la carpa. Veía mariposas, un perro con el hocico abierto, una sombrilla y una anciana encorvada con su bastón. Hernán soltaba carcajadas y lo animaba a seguir descubriendo figuras. Vio también un dinosaurio, unos zapatos de taco alto y otro perro echado sobre su cola. Y así, imaginando, Vicente se durmió y su padre lo miraba encariñado, acariciando su pelo y sus mejillas. Después de unos minutos, Hernán salió, se sirvió una copa de tinto, se sentó frente a las brasas que aún vivían y lloró un rato largo.

Un fuerte sol los despertó en la mañana. Limpiaron la mesa de las hormigas que habían atraído los restos de la última comida y desayunaron leche, huevos y pan con nutella. Se ducharon y embetunaron sus caras, brazos y piernas con bloqueador. Vicente tomó su balde y partieron a la playa. En el trayecto el Bicho se detenía para recoger flores y levantar piedras en busca de insectos. Hernán lo esperaba y acudía a su llamado cada vez que Vicente quería mostrarle una araña, un escarabajo o las añuñucas rosadas que se abrían en la mitad del sendero. El padre pedía una foto y el Bicho obedecía forzando una sonrisa con los dientes apretados y sus labios estirados.

En la playa Hernán se sentó con las piernas cruzadas sobre la arena, mientras Vicente corría y saltaba sobre el desnivel que la marea había dejado la noche anterior. Así pasó un buen rato. Luego comenzaron a caminar con dirección al norte. El padre tranquilo, avanzaba y se detenía al ritmo de su hijo. Y el Bicho, lleno de energía, corría haciéndole el quite a las olas que amenazaban con morderle los talones. De pronto se encontraron con un lobo de mar muerto varado sobre la playa. El animal tenía la piel desteñida y rota por los rayos del sol. ¿Está muerto?, preguntó Vicente. Si Bicho, está muerto. Seguramente estaba solo y se desorientó hasta llegar a la orilla. ¿Y nadie lo ayudó Papá? Quizás nadie lo vio, Vicente.

Siguieron adelante. Llegaron hasta un roquerío de mediana altura que comenzaron a trepar. Entre medio cazaron cangrejos que pillaron escondidos en pozones de agua caliente y que Vicente ponía delicadamente en su balde. Llegaron hasta la roca más alta y se sentaron uno al lado del otro a observar el océano. Después de unos minutos de ver el mar revuelto y las olas rompiendo, Vicente, con la vista fija en el horizonte y una voz seria y reflexiva, dijo: tú sabes que soy una niña Papá y que siempre me he sentido así, ¿cierto? Hernán, con el corazón apretado, buscó sus ojos y después de encontrarlos le respondió: si princesa, lo sé. La besó en la frente, le sonrió y le dio un abrazo eterno. Vicente, sobre el pecho de su padre, también comenzó a sonreír.


Por Matías Carrasco.

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