LOS MISERABLES

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Es difícil ponerse del lado de los indeseables. Sobre todo en un país y en una época donde nos hemos acostumbrado a etiquetar con cuestionable y dudosa moral a quienes deben ser crucificados y diferenciarlos del resto: los buenos, los correctos, los que llenan de likes y aprobaciones las redes sociales.

Hace un rato ya que en Chile se ha instalado una suerte de juicio público –a ratos liviano y simplón- que es benevolente con las corrientes y tendencias de moda, pero lapidario con quién plantee alguna opinión en sentido contrario, por muy razonable que ésta sea. Nadie está muy dispuesto a escuchar, indagar o hacer un doble click. Más bien arrecian los insultos y las descalificaciones apenas se asoma un contrapunto.

Por eso siempre será mejor negocio ponerse del lado de “los justos” que del lado de “los miserables”. Haga el ejercicio. Tendrá buen rating si las empalma contra las AFP, las isapres, el sistema, los empresarios, los políticos, los curas, las tareas, el rodeo o el Alto Maipo, pero le aseguro piedrazos y un abucheo en masa si osa ponerse en la vereda del frente, esbozar una diferencia o un pequeño matiz – insisto- por muy razonable que parezca.

Por eso es que lo del sacerdote Fernando Montes y su empeño por dar un trato humanitario y civilizado a los enfermos terminales de Puntapeuco es particularmente digno de atención.

Probablemente en nuestros últimos 45 años deben ser los condenados de Puntapeuco los personajes más indeseables de nuestra historia reciente. Y, sin embargo, Montes insiste en darles a ellos – responsables de secuestros, torturas y asesinatos- un trato digno (no un indulto) en el ocaso de sus vidas.

El jesuita, otrora defensor de los derechos humanos de los perseguidos por la dictadura, hoy cruza a la acera contraria para pedir, con admirable consistencia,  el mismo resguardo para los derechos de los condenados por crímenes horrendos, superando nuestras lógicas de izquierdas y derechas y nuestros cerrados ghettos ideológicos.

Pero no solo cruza, sino que se adentra en sus vidas, los acompaña y levanta una voz firme por ellos, aún en medio del rechazo razonable de torturados, familiares de las víctimas y buena parte de los chilenos. Ha debido enfrentar duras críticas y emplazamientos.

Pero más allá de las legítimas posiciones que ha generado esta discusión, lo de Montes, y quiénes lo acompañan, es una raya sorprendente y necesaria en medio de las aguas fragmentadas, agresivas y beligerantes de nuestro Chile nuevo.

En el país de todos contra todos, donde cada uno defiende sus “verdades” con uñas y dientes, él levanta la mano en medio de una multitud azuzada y propone un alto al fuego para hablar de humanidad, dignidad y perdón, palabras que de tanto pelear hemos ido enterrando con la polvareda.

Más que enamorarse de una bandera, de una causa, de un partido o de una tendencia, propone llevar hasta el final lo que uno cree, sin miramientos ni cálculos de ningún tipo, arriesgando pellejo, prestigio y los sinsabores de un público rechazo.

Mariano Puga, sacerdote defensor de los derechos humanos, torturado y expulsado en dictadura, participó de la controvertida ceremonia ecuménica de perdón realizada esta mañana en Puntapeuco. Recibo correos y para muchos soy un traidor y dicen que me he olvidado de los desaparecidos y torturados. Sé en qué me meto, porque estamos en un Chile herido” – dijo, sabiendo que lo suyo también tiene un alto costo por entrar en la tierra de los miserables, donde no hay aplausos, ni reconocimiento, ni aprobación.

Y para terminar, Puga se pregunta, ¿En qué parada estamos nosotros? ¿Queremos un mundo nuevo y estamos dispuestos a correr los riesgos o somos víctimas y espectadores?”.

Una buena inquietud para darle vueltas y reflexionar. Feliz Navidad.

 


Por Matías Carrasco

 

 

 

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LA PRIMAVERA

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Con el término del año, llegan las evaluaciones, los recuentos y las premiaciones. En las últimas reuniones de curso reconocen a los mejores y destacan a los de mayor desempeño, a los de un compañerismo a toda prueba y quienes encarnan con entusiasmo y especial comportamiento el espíritu del colegio.

También en los próximos días serán publicados los puntajes de la Prueba de Selección Universitaria (PSU) y como todos los años, inmediatamente oficializados los resultados, los medios de comunicación harán notas especiales con los jóvenes más sobresalientes y en La Moneda los esperarán con un nutrido y mediatizado desayuno.

Para cada uno de ellos y de ellas, niños y jóvenes, hay méritos de sobra para recibir estos reconocimientos. Detrás de ellos y sus familias hay historias de esfuerzo, talento y disciplina que merecen su premio. Por eso lo festejan con justa emoción, alegría y un tremendo orgullo.

Pero estas líneas no son, esta vez, para ellos. Estas líneas son para quiénes no han recibido su galardón y, quizás, nunca lo recibirán. Estas palabras están dirigidas a los de puntaje exiguo, a los de mediana o mala conducta, a los de problemas de sociabilización, a los de trastornos del desarrollo, a los disruptivos, a los inquietos, a los que desafían la autoridad, a los indomables, a los de déficit atencional, a los que no encajan, a los diferentes, a los que tanto cuesta tratar en las salas de clases. Para ellos mis insignificantes pero sinceras palabras de aliento.

La vida entera es una oportunidad inagotable que hay que navegar con tenacidad, responsabilidad e inteligencia. Nada tan importante se juega en una universidad, en un colegio de renombre o en un brillante trofeo. Seguramente muchos de ustedes libran a diario sus pequeñas o grandes luchas que otros ni conocen o dimensionan. Tampoco la sociedad les da un lugar especial. Pero son sus historias, sus caminos propios e inigualables, sus sueños y limitaciones, las que hay que valorar y sopesar.

Aún invisibles, aún sin diplomas que colgar en la pared, deben saber siempre que a las personas no se le mide en resultados. Es tan amplia la vida, es tan grande, es tan ambigua y serpentera, que es imposible abarcarla con indicadores y rankings, aunque insistamos en ello. En la dificultad, sobre todo en la dificultad, hay pasos que nadie escucha y que nadie premia, pero que pueden cambiar la historia de un niño, de un joven o de una familia entera. Y eso lo ve solo quién ha recorrido el mismo camino, las mismas frustraciones, la misma desesperanza y el mismo dolor. Para ellos, mi admiración.

No. Definitivamente no. El autoestima, la valoración de sí mismos y los pronósticos de su propio futuro no pueden nublarse por un reconocimiento esquivo o por no alcanzar los puntos necesarios para una carrera que recién inician. Para todos ustedes hay anuncios de primavera. Tal como lo decía el poeta Pablo Neruda al viejo y feo cactus de la costa, golpeado por las olas contra el roquerío: “donde estés, donde vivas, en la última soledad de este mundo, en el azote de la furia terrestre, en el rincón de las humillaciones, hermano, hermana, espera, trabaja firme con tu pequeño ser y tus raíces. Un día para ti, para todos, saldrá desde tu corazón un rayo rojo, florecerás también una mañana: no te ha olvidado, no, la primavera”.

Para ustedes. Para sus padres. Aguanten. Persistan. Crean. No nos olvidará la primavera.


Por Matías Carrasco

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