EL CAFÉ DE FREUD

freud

Después de unos minutos recostado sobre el diván, Ignacio, el psicoanalista, interrumpió el silencio de Manuel. Podríamos ver en qué se quedó pensando, preguntó. Manuel que ya estaba cansado de la misma dinámica, de la misma consulta y de la misma y abultada boleta de todos los meses, le respondió: en tu mujer, en eso estoy pensando, en tu mujer.

El terapeuta, con el block entre sus piernas y la punta del lápiz apoyada sobre el mentón, tragó saliva, dejó pasar algunos segundos y volvió a incorporarse. Quizás siente rabia por el abandono de su esposa, dijo con un tono tranquilo y neutro. No es por esa loca, que merecería todos los males de este mundo, es simplemente por tu mujer, dijo Manuel. ¿Recuerdas la vez que nos encontramos en el supermercado? El psicoanalista, apoyado en el sofá, no abrió la boca. Bueno, esa vez yo puse los ojos sobre tu señora y ella los suyos sobre mí. No me culpes. Es una mujer atractiva, de eso no hay dudas, y nadie puede correrle la vista a esos hombros descubiertos, a esas caderas marcadas, a su mirada traviesa y, sobre todo, a ese lunar que corona su labio superior y que quise mascar ahí mismo, en el pasillo de detergentes y blanqueadores donde se cruzaron nuestros carros.

Ignacio se hundió un poco en el sofá y desvió su mirada hacia el pequeño cuadro de naturaleza muerta que adornaba la sala donde hombres y mujeres se desarman como el mercurio. El terapeuta pensaba que ya era tiempo de cambiar ese cuadro. Debo encontrar algo más moderno, se dijo. Y luego pensó de qué manera salir del entuerto que le estaba proponiendo su paciente. Devolvió su mirada sobre el cabello rizado de Manuel y volvió a intervenir: quizás su rabia sea contra mí, sugirió. Manuel cambió de postura, abrió sus piernas, enlazó sus manos sobre su estómago y suspiró. Tengo motivos para odiarte, pero esta vez no se trata de ti, se trata de tu mujer. Luego de ese encuentro fortuito soñé con ella, esa misma noche. Soñé que la desvestía. Soñé que me sonreía. Soñé que estábamos solos en el mismo hipermercado donde nos conocimos. Ella sentada sobre las paltas maduras y yo besándola encaramado arriba de un cajón de frutas. Y cuando estaba apunto de apretar con mis dientes el lunar prohibido, reventé una palta y desperté.

El sicólogo, medio desencajado, volvió a fijar su vista en el cuadro y se convenció que una pintura de Monet sería una buena opción a esa naturaleza que más que muerta estaba podrida. Después de ese sueño, siguió Manuel, pensé que nunca más la volvería a ver. Pero tú bien sabes Ignacio, que la vida es una caja de sorpresas, y cuando fui a conocer el nuevo café que se inauguraba justo debajo de mi oficina, la vi a ella, preciosa, coqueta, como su flamante administradora. Café de Freud, ¿no? Así se llama. Imagino que tú estás detrás de ese emprendimiento. La cosa es que ella me reconoció de inmediato. Y yo, no te puedo engañar, apenas la vi se me entusiasmaron todas las hormonas. Me convertí en un cliente frecuente de Freud y su café. Al principio pasaba todas las mañanas, antes del trabajo. Pero tú sabes que soy ansioso y no puedo esperar. Así que luego empecé a dejarme caer a la hora de almuerzo y en los últimas semanas, al terminar el día. No sé cómo nos fuimos enredando. Pero ella me miraba y yo también la miraba. Ella dibujaba corazones sobre mi macchiato y eso me bastó para entender que ella quería revolverla conmigo.

A esas alturas, Ignacio no entendía bien lo que estaba escuchando. Intentaba mantenerse en su rol de psicoanalista pero le temblaba el piso y las piernas. Ahogado ahora en sus propias dudas intentó dar un manotazo antes de hundirse por completo. Tal vez vea en ella la figura de su madre, inquirió. Manuel acomodó su cabeza sobre el cojín y respondió con tono seguro. No es a mi madre a quién deseo Ignacio, es a tu mujer. No es a mi padre a quién quiero matar. Es a ti a quién quiero sacar del camino. Pero no puedo. Mal que mal son seis años, tres veces por semana y una inversión gigante que no puedo tirar por la ventana. Te tengo cariño. Hay un vínculo que no puedo traicionar. Perdona. Pero tú me has pedido decir todo lo que se me viene a la mente y lo único que tengo en este minuto es el nombre de tu mujer y ese cuerpo que ya conocí. Perdóname. Pero tú entiendes bien esto de la líbido. Cuando ella me ofreció pasar a dejarme después del último luongo de esa tarde, yo sabía y ella también, que los dos terminaríamos friéndonos de pasión. Y así fue Ignacio. En el estacionamiento del café, con Freud como testigo. Allí, en las butacas de tu Volvo, hicimos crujir los amortiguadores entre papers de Fromm, neurosis y culpa. Esa que no sentimos, pero que ahora me ahorca. ¿Tienes alguna pastilla que me puedas recetar?

El psicoanalista ya había perdido toda compostura. Ido, dibujaba garabatos y líneas inconclusas sobre el block, intentando dar cuenta de todo lo que estaba pasando.

Nunca debió haber ocurrido Ignacio, continuó Manuel con los ojos pegados en el techo. Digo lo de ese encuentro en el supermercado. Yo pensaba que tú eras un fantasma que existía solo entre estas cuatro paredes y, de vez en cuando, en mi cabeza. Pero pasó. Descubrí tu vida, a tu mujer y el sabor de ese lunar que no puedo sacármelo de la boca.

Exasperado ya, Ignacio dio un brinco, despegó del sofá y con los pelos de punta enfrentó a Manuel. ¡Estás loco! Mi mujer nunca me podría hacer algo así. He tenido mis tropiezos, es cierto, pero nada fuera de lo normal. El trabajo me absorbe por completo y no tengo todo el tiempo que querría darle a mi esposa. Pero ella sabe cuánto la quiero. ¡Estás mintiendo! ¡Dime que estás mintiendo! Bien, dijo Manuel con voz pausada y sin variaciones, se nos acabó la hora. Se sentó, se puso de pie, le dio su mano al terapeuta y se marchó. Ignacio se recostó en el diván y comenzó a marcar insistentemente el teléfono de su mujer.


Por Matías Carrasco.

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UNA VIDA EXCEPCIONAL

gato

Miguel siempre fue un hombre sobresaliente. Desde niño que sus profesoras le auguraban un futuro sin problemas y de no mediar por lo ocurrido ese día, ellas habrían tenido razón. No era fácil encontrar a un jovenzuelo tan completo. Obedecía sin reparos, levantaba su mano derecha para intervenir en clases, callaba cuando se lo ordenaban, dejaba su uniforme doblado sobre la cama antes de dormir y preparaba su desayuno cada mañana. Estaba acostumbrado a que le palmotearan la cabeza y le revolvieran el pelo en señal de orgullo y de aprobación.

Algunos pensaban que lo de Miguel venía dado por genética. De ahí explicaban una niñez sin llantos ni pataletas, su facilidad para dejar los pañales apenas iniciados los dos años o su interés por la lectura cuando todavía no entraba al colegio. Otros, sin embargo, creían que las virtudes de Miguel eran mérito de una familia correcta, ordenada y sin sobresaltos. Era normal verlos sentados en la mesa. Al padre en la cabecera, con sus dos manos sobre el mantel. A la madre a su derecha, bendiciendo la comida. Y a Miguel en frente de ella, engullendo sus albóndigas sin levantar la mirada.

También eran costumbre los viajes que cada año el padre proponía y que Miguel aceptaba con una sonrisa frágil. Fueron a Roma, a Berlín, a Paris y a Praga. También recorrieron en auto el norte de España, el sur de Francia, buena parte de Portugal, San Francisco y Toronto, en Canadá. Allí, caminando el mundo, Miguel seguía el tranco de su padre y el viejo, que no era tan viejo en realidad, le explicaba lo que estaban viendo y contaba siempre una buena historia. Por las noches el padre lo interrogaba sobre la jornada y Miguel respondía: Muy bien, Papá, muy bien, Papá.

Al final de cuentas, da lo mismo si lo de Miguel era por genética o por haber vivido en una familia ejemplar. Lo importante es que su vida siempre anduvo recorriendo un surco exacto y sin repliegues. Eso, hasta ese día que es mejor olvidar.

Salido del colegio Miguel ingresó a la Escuela de Medicina de la Universidad de Chile. A nadie le extrañó su puntaje y su elección. A esas alturas todos sabían que Miguel era un hombre excepcional. O este cabro es cura o doctor, decía su abuela Clara. Y tan perdida no estaba. Su carrera fue todo un éxito. No demoró mucho tiempo en distinguirse del resto, ganarse la admiración de profesores y directivos, hacerse de varias ayudantías y terminar graduándose como el mejor alumno de su generación.

Se especializó en ginecología. Su madre siempre soñó con ver a su hijo trayendo a esta tierra otras vidas y Miguel, obediente como era, no la decepcionó. Siguió estudiando algunos años fuera de Chile y regresó triunfante con nuevos cartones brillando bajo el brazo. Se hizo conocido en el hospital, luego en la ciudad y finalmente se convirtió en el ginecólogo de cabecera de la socialité chilena. Y mientras Miguel obraba entre pujidos, él también trajo sus propios niños al mundo. Se casó bien, tuvo dos hijos y comenzaba a construir un matrimonio, también excepcional.

En eso estaba cuando llegó el fatídico día. Parecía una mañana como cualquiera. Tenía agendado para las 09.00 el parto de Isabela, una muchacha de Linares que venía especialmente a la ciudad para atenderse con Miguel. Ella y su esposo llegaron a la hora señalada y tras el ingreso al pabellón comenzó a ocurrir lo que suele ocurrir en un anuncio programado. Todo va a estar bien, Isabela. Confío en usted, doctor. El anestesista hizo lo suyo y el padre primerizo se ubicó nervioso en la cabeza de su mujer. Miguel hizo el primer corte y cuando abrió la panza se encontró con la sorpresa. En lugar de un bebé se topó con un pequeño gato. El doctor se quedó mudo, como muerto. La madre, emocionada, gritó: ¡es un varón! Y el padre, sin entender mucho, se desmayó.

Yo lo voy a querer igual doctor, dijo la mujer. Ya era madre y eso la dotaba de esa incondicionalidad radical. Y Miguel todavía no hablaba. Él estaba preparado para todo, pero no para ver en el vientre de una mujer a un gato gris que maullaba agudamente con insistencia. Ella lo tomó decidida y se lo colgó a su pezón, mientras el felino rasguñaba con sus patas rosadas la pechuga hinchada.

Después de tres días, Isabela, su marido todavía contrariado y su pequeño gato volvieron a Linares. Tuvieron allí una vida poco usual, pero vida al fin. A Gabriel, así bautizaron al minino, nunca le faltó leche ni afecto. Su padre aprendió a quererlo y su madre, fiel como son las madres, se consolaba sabiendo que su hijo, diferente como era, siempre caería de pie.

Miguel nunca volvió a recuperar el habla. Dicen que pasó el resto de sus años encerrado en su consulta revisando una y otra vez las ecografías de Isabela y buscando respuestas que nunca encontraría. Mientras Gabriel, el imprevisto, vivió de pie sus siete vidas.


Por Matías Carrasco.

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ÉL Y ELLA

el y ella

A Héctor le pisaban los talones las temporadas. Su trabajo como vendedor de una gran tienda lo hacía siempre estar viviendo como a destiempo, en una secuencia a la que pertenecía, pero que sin embargo, no tenía nada que ver con su existencia. Son cosas del mercado, decía. Y esas mismas cosas del mercado lo tenían a él vistiendo maniquíes con uniformes escolares cuando aún el sol quemaba las espaldas de los veraneantes que ni pensaban en volver a esas vidas que se van repitiendo todos los días.

Lo mismo sucedía cuando Héctor trepado sobre el pasamanos de una escalera mecánica intentaba colgar luces navideñas en el pasillo número cinco, donde se esforzaba para ser, por enésima vez, el empleado del año. Y allí divagaba, con sus ojos puestos en luciérnagas de vidrio que se apagan y se prenden, sobre las navidades que él mismo apresuraba cuando octubre era todavía un asomo.

Doblaba bufandas antes de que cualquier viento fresco anunciara su arribo cuando Héctor, ese 12 de marzo, pensó en su mujer. Ella vendía flores a la salida del Cementerio General. Lo suyo eran los claveles, las rosas, las astromelias, los tulipanes y girasoles de colores que no le gustaba vender porque eran señal de un niño muerto y eso la entristecía. Pero a diferencia de Héctor, un hombre bueno y dócil, Leontina, la florista, vivía en su tiempo y no adelantando temporadas. Mal que mal la muerte nos asiste todos los días del año.

Vivían como testigos el uno del otro. Él de su olor a pétalos y de las melodías fúnebres que entonaba mientras revolvía las lentejas, y ella de su piel opaca por la luz artificial y sus ronquidos que comenzaban como una rutina justo antes del noticiero. Dormían en la misma pieza pero en camas que habían decidido separar. Ella soñaba con los muertos y él con la próxima estación. Él se levantaba dos veces al baño en la mitad de la noche. Ella solo abría los ojos una vez para saber que estaba viva.

Desayunaban juntos. Leontina un té con azúcar y dos tostadas bien quemadas con mantequilla. Héctor un tazón de café cortado con una pizca de leche y una marraqueta con huevo, que él mismo preparaba, y que envolvía entre servilletas para engullírselo camino a la micro. Él, ya sentía las pisadas de los tiempos venideros. Ella, mientras tanto, veía amanecer por la ventana. Él se largaba cerrando la puerta con sigilo. Ella seguía mirando por la ventana.

En la noche Leontina contaba sobre la mesa los pesos que había juntado adornando despedidas. Héctor, recostado sobre el sillón, maldecía la pantalla por un invierno seco que un meteorólogo bien vestido pronosticaba. Él pensaba con desgracia que no venderían los abrigos presupuestados para el próximo invierno. Ella, arrimando las monedas, se contentaba por no haber vendido girasoles ese día.

Y así eran sus jornadas. Él augurando mañanas. Ella detenida, como una pausa. Pero cada 12 de marzo él la recordaba y ella pensaba en Héctor. Como nunca él la imaginaba. Como en otros tiempos ella lo extrañaba. Al atardecer él la visitaba en su puesto de flores. Ella, con un buen atuendo, triste le sonreía, pintaba sus labios, se miraba en un espejo roto, tomaba un girasol y entraban juntos al camposanto. Y en la tumba de su hijo, abrazados, los dos lloraban.


Por Matías Carrasco.

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UNA MUJER NORMAL

mujer normal

Parecía una mujer normal. Andaba y amaba como una mujer normal. Sacudía el mantel después de cada comida, barría los restos que volaban desde la mesa hasta el suelo, tomaba té con esencia a limón, perdía las llaves de vez en cuando, ordenaba, conducía distraída con el celular entre sus piernas, se sentía ancha como la luna, dormía con la televisión encendida, estiraba el cubrecamas con un toque corto y enérgico, abría cortinas en la mañana como quién abre las puertas de un gran escenario, hablaba rápido, fumaba escondida, hacía el pedido del supermercado, tomaba con sus amigas un kidroyal, sentía agobio, sentía culpa y sin embargo reía.

Su vida también parecía ordinaria, sin sobresaltos, o quizás con los sobresaltos de una vida normal. Trabajaba a cargo de las finanzas de una empresa textil que vendía bufandas, chaquetas y abrigos en el invierno local y exportaba a los países del norte cuando aquí comenzaba a aparecer la primavera. Al llegar, todos los días saludaba amablemente al portero que también era normal y compartía con ella esa habitualidad junto a un tazón de café. Buenos días don Humberto, buenos días Catalina. El resto seguía como siguen las cosas en cualquier oficina. No vale la pena repetir lo que, más o menos, todos sabemos que sucede cuando una mujer lleva las cuentas de una empresa que fabrica y vende ropas para abrigar el alma. Y así, Catalina, iba y venía como una mujer normal.

Todo seguía igual cuando comenzaba a caer la noche. Gastaba el tiempo bañando niños, desenredando niños, acostando niños y persignando niños en la frente, aunque ya había olvidado si era en el nombre del padre o del hijo donde se iniciaba el rito de la cruz. Hacía el amor, también, con normalidad. Soltaba amarras dos veces al mes y cuando su hombre, el mismo de siempre, trabajador, silencioso y aburrido le pedía una más para matar su ansiedad, Catalina, la generosa Catalina, le regalaba su cuerpo para brillar en un chispazo, darse la vuelta y dormir como una mujer normal.

Pero cuando su marido roncaba, compartía con la noche su fortuna y su secreto. Encendía una pequeña luz del velador y sacaba por debajo de su cama un puñado de libros que primero olfateaba y que luego, uno a uno, comenzaba a leer por su final. Porque Catalina no podía esperar. Apenas empezaba una historia sentía un hormigueo, primero en la planta de sus pies, después en sus manos y en su cuerpo. Un vacío se instalaba en la boca de su estómago, como una ausencia. Hiciera lo que hiciese, sentía paz cuando el final se hacía de ella o ella de su final. Por eso sus libros, de páginas vírgenes, sólo tenían sus huellas en el capítulo último, donde las palabras caen al precipicio.

Muchas veces intentó luchar contra el designio, porque ella pensaba que era un designio por haber nacido en el último vagón de un tren en marcha que no sabía de tiempos ni de esperas. Cuando le llegaba su hora, cuando su hombre ya dormía, Catalina ponía a prueba su voluntad, se resistía, se revolcaba entre las sábanas, apretaba su cara fuerte contra la almohada y enterraba sus dedos en el colchón. Pero no había caso. Por más que luchó Catalina terminaba con su brazo tanteando en la oscuridad, por debajo de su cama, rastreando los finales que le harían compañía.

Y así, la mujer normal, que no era tan normal en realidad, al menos no lo era en la intimidad de su pequeña luz, leía en unas pocas horas decenas de novelas que no conocía pero que sabía cómo terminaban. Disfrutaba del desenlace. Se emocionaba, lloraba, sonreía y ponía sus mejillas rojas cuando tenía entre sus manos el fin de una novela erótica.

A veces no entendía, muchas veces no sabía lo que estaba leyendo. Pero a Catalina no le importaba. Imaginaba la historia para entender porque Buba moría lejos de su tierra, porque Peralta enfermó o porque Pepe, el ratón de policías, terminó en un túnel de comadrejas. No era buena adivinando remates pero una genio inventándose relatos para explicar por qué sucedía una y otra cosa.

En ocasiones su esposo volvía de su sueño y a Catalina como que se le cortaba el aire por el susto a ser descubierta. Pero nadie podía sospechar, ni siquiera quién conocía su piel y su cintura, que ella no sabía esperar. Deja de leer Catalina, que mañana hay mucho que hacer. Y ella cerraba el libro, lo volvía a guardar debajo del colchón, apagaba la luz, cerraba los ojos y volvía a ser una mujer normal.


Por Matías Carrasco.

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OTRO CHILE

OTRO CHILE

El 5 de octubre de 1988 yo tenía 12 años. Se asomaba en esa época mi pubertad pero también  la adolesencia de Chile, donde después de un largo período el país volvería a tomar sus propias decisiones.

Me imagino más preocupado de mis pantalones amasados y de las primeras fiestas que del plebiscito que animaba los desayunos, almuerzos y sobremesas de esos días. Pero nunca fui indiferente. En aquel tiempo tuve dos tortugas. La primera, Transición, que se enterró en un invierno cualquiera y nunca volvió a ver la luna. Y la segunda, a la que puse por nombre Democracia, la mantuve encerrada en un cajón con aserrín hasta que amaneció tiesa y sin vida. Sospecho que el destino de Chile a mí también me importaba.

Añoro ese otro Chile. El que recuerdo y el que me cuentan. Miro con nostalgia una tierra menos digital pero más conectada. El anuncio incierto, pero anuncio al fin, de una democracia venidera fue el imposible que hombres y mujeres de esos amaneceres quisieron hacer realidad. Más de siete millones de personas se levantaron el quinto día del décimo mes para señalar el país que querían. Era cerca del 97% del padrón electoral. Mientras las micros peleaban por conseguir pasajeros y las personas se extraviaban buscando direcciones,  la gente se involucraba, marchaba y resistía.

Había en la calle algo más que rutinas muertas. Había discusiones, división, incertidumbre y también miedo. Pero a su vez se respiraba alegría y esperanza.  Se sentía un propósito común y colectivo. Había un encargo moral, impostergable, que aunaba y congregaba.

Seguramente estaba la conciencia de que la paz se sembraba juntos y no en las soledades. El tamaño de la hazaña obligaba a sentarse, mirarse, conversar y organizar unidos la expedición que terminaría con la noche oscura. Había algo que le daba espíritu y sentido al país y a su memoria.

El del plebiscito era un Chile de primavera, colorido y vivo, porque aunque el peligro asechaba, habitaba el deseo de un país resucitado, más justo y libre. Por eso cuando se oficializó el triunfo del No y el término de la dictadura, nos convertimos en fiesta y en carnaval.

El plebiscito fue la culminación de una década triste, difícil y áspera para buena parte de Chile y, por lo mismo, llena de añoranzas y de recuerdos. Seguramente fue la misma adversidad la que hizo de nuestra nación un lugar de ollas comunes, cobijo, amparo y refugio a los más débiles y perseguidos. La iglesia era otra, la política era otra, y los niños crecíamos en la calle tocando timbres, colgados de un árbol o haciendo piruetas en bicicleta.

Hoy Chile es distinto. Somos más grandes y modernos. Incluso la democracia ya nos parece habitual y para algunos sigue siendo una negociación transada y mal parida. Nos hemos convertido en otra cosa. Parecemos un oasis, resuelto, sin crisis, sin – aparentemente- opresión, batallas o torturas. Y donde no hay problemas o muerte, no hay abrazos ni consuelo. Hoy somos un país más desarrollado, eficiente y tecnológico pero, pienso, con menos mística y con el alma un poco perdida entre la inmediatez, las selfies, la ansiedad y el sinsentido.

Extraño a mis tortugas y a ese Chile encontrado. En ellos hay parte de mi infancia pero también el recuerdo de un país más optimista, solidario, soñador y rebelde, donde la gente luchaba por algo más grande que ellos mismos. A 30 años el plebiscito todavía puede ser un faro.


Por Matías Carrasco.

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ALGUIEN EN LA VIDA

peaje

Siempre soñé con ser un cajero de peaje. De pequeño me envolvía la idea de cobrar por circular y de saber hacia dónde van y a dónde llegan las personas. Ese cubículo inmóvil debía encerrar más secretos que un confesionario, pensaba. Y allí, en la mitad del tiempo de los viajeros, tenía que probar mi suerte.

Nunca fui bueno con los números. Por eso ensayaba los vueltos cuando mi madre me mandaba a comprar una cajetilla de Advance o una bebida de litro a la esquina. Si no lo hacía, si no me entrenaba contando dinero, nunca llegaría a ser alguien importante. Alguien con el poder de decidir quiénes pasan y quiénes quedan en el camino. Pero como soñaba con destacar fui también un buen aprendiz. Si pagaba $800 con mil, decía con entusiasmo “son $200 doña Inés”. Si cancelaba $1.400 con un billete de $5.000 murmuraba “son $3.600, son $3.600, son $3.600”. Y cuando me entregaban el sencillo tal cual lo había imaginado, sentía el mismo orgullo que debió sentir Hawking cuando descubrió los hoyos negros del universo.

Y así me fui puliendo para ser un buen cajero. Las fracciones me costaron mucho. No era de los que andaba por ahí dividiendo el mundo. Prefería los enteritos a los trajes de dos piezas. Pero finalmente lo logré. Dibujando números en mi cabeza, en mi camisa, debajo del colchón, en el espejo ahumado del baño, en la tierra húmeda del invierno y en los labios de una mujer que me enseñó a contar cada beso, entendí que incluso la vida podía ser dividida en pedazos.

Cuando ya supe contar números quise aprender a contar historias. Porque en las carreteras hay que saber contar historias. Y si no sabía yo de aquello no podría ser el cajero que me empeñaba en ser. En el asfalto de las autopistas hay perros muertos, ciclistas, vendedores de su futuro, caminantes de noche y de día, ermitaños que se cansaron hasta de su propia sombra, suicidas, furtivos amantes que aceleran el pulso al ritmo del bocinazo del camionero, mujeres solas, hombres solos, niños adivinando letreros y todo un cruce de llantos y de alegría.

Estuve un año hurgueteando en cada historia. Sentado en una sencilla silla de paja y de madera, veía pasar desde la orilla miles de vidas que iban y venían adelantando al viento y señalizando direcciones. Un pájaro equilibrado sobre los cables de un poste me soplaba quién se aproximaba y qué cosas le avivaban y le ahogaban el alma. Esos, los de la camioneta gris, van a descansar al sur, siete días, me decía. Celebrarán allí el aniversario de muerte de su padre, cazarán conejos y reirán después escupiendo perdigones al escabeche mientras se asoman los recuerdos. Ése otro trabaja por la zona y reza el rosario cuando va y cuando regresa, me cantaba el pájaro al oído. Ya está muerto, por eso reza. Falleció cuando un bus partió su auto en dos. Quiere llegar manejando al cielo, por eso insiste en la carretera.

Cuando ya me sentí preparado, inicié todos los trámites para graduarme de cajero de peaje. Envié mi curriculum y una carta de recomendación (de doña Inés) al Ministerio de Transportes y Urbanismo. Allí debí completar un formulario y poner sobre el papel mi firma y mi huella. Los documentos fueron enviados a la Notaría de Carreteras donde debían acreditar que yo era yo. Y después de un tiempo de investigación confirmaron mi identidad y mi inocencia y me entregaron el diploma que con tinta de aceite y lubricante me acreditaba como “cajero de la cabina número 2 del peaje de Trolladura”, una vía extraviada y de tráfico exiguo, ideal para principiantes.

Llegué allí un día soleado. Esperanzado en mi destino, entré en mi lugar, dejé un sándwich de queso y jamón en una pequeña cajonera y comencé a ordenar, con especial cuidado, los billetes, las monedas y el recibo. Todo como si fuera un rito. Allí donde otros detienen su marcha yo comenzaba mi futuro. Sentí orgullo y satisfacción. Por mí, por mi madre, por ser, al fin, alguien en la vida.

A lo lejos un auto viejo se aproximaba. Iba al volante un hombre joven, moreno, con la vista fija en el frente y los labios un poco tiesos, como señal de concentración y enfado. Lo acompañaba un hombre mayor, con un gorro de lana sobre la cabeza, anteojos gruesos y surcos que recorrían su rostro. Dormía. Y atrás cargaban con su equipaje y con su historia. Buenos días, dije. Buenos días, repitió. Recibí el dinero. Le devolví justamente lo que correspondía. Apreté el botón, y por primera vez, se abrió la valla. Ellos pasaron y yo los vi perderse sobre la última loma de la carretera.


Por Matías Carrasco.

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LOS INDIGNADOS

INDIGNADOS

En una búsqueda rápida por internet encuentro el primer significado de la palabra indignación: “sentimiento de intenso enfado que provoca un acto que se considera injusto, ofensivo o perjudicial”. Desde esta perspectiva, indignarse es una acción de involucramiento, porque algo o alguien nos importa a tal punto que nos cambia el estado de ánimo, nos nubla la vista, o en algunos casos, la vida.

La indignación es una reacción a una justicia engañada, y como son las reacciones, suelta las amarras intempestivamente, como un tsunami, torpe, fuerte, en oportunidades violento y avasallador. Así actúan los indignados. Porque el mundo, el propio o el ajeno, les revuelve los sueños y el alma.

El que sabe de indignaciones grita, levanta la voz, se hace escuchar. Algo quiere decir. Hay un dolor en alguna parte que nos quieren mostrar. Por eso quien se indigna se molesta, se rebela y puede incluso quemarse, desnudarse, destruir o tirar de la mesa para que su verdad sea también develada.

La indignación no sabe de apatía. La indignación no es obediente, sumisa o correcta. La indignación despierta cuando duerme la justicia y vuelve a cerrar los ojos cuando los que sufren encuentran su paz y su consuelo. Por eso atraviesa corazones. Por eso la lucha. Por eso el riesgo de perder incluso la propia historia.

Los indignados, como los poetas, traen ante nuestros ojos un misterio. Descubren frente a nosotros algo que no vemos o que neciamente no queremos mirar. Y lo hacen con vehemencia porque nos resistimos. Y mientras los indignados persisten, otros intentan callarlos, ignorarlos o marginarlos. Es lo que ha pasado en la historia reciente de la iglesia católica chilena.

Quienes se indignaron con los abusos sexuales, las víctimas de delitos clericales, las personas que reclamaban desde Osorno pusieron el pellejo sobre la mesa porque les importaba la justicia. Con ellos, con otros, con la misma iglesia. Pero por años fueron minimizados y ninguneados por la institución pero también por un montón de laicos que prefirió mirar hacia el lado por “no hacerle daño a la esposa de Cristo”.

Por eso pienso que las medidas que está adoptando el Papa, incluidas las expulsiones de Karadima y Precht, no son mayoritariamente mérito del mismo pontífice o de la curia en Roma, sino más bien de quienes con porfía y abnegada resistencia lucharon por mostrarnos un escándalo que ha herido y que ha matado tanto.

Es la crónica de la indignación de los violentados y los acallados. Sin ellos y ellas, sin su ira, sin su estruendo, sin las espinas que han clavado la cabeza de la misma Iglesia, el Papa no hubiese afinado su vista y su determinación.

Es la indignación la que nos despertó. Esa que la misma iglesia intentó por años silenciar. Esa que todavía le cuesta valorar. No hay que temerle a los indignados. Ellos y ellas están vivos porque hay algo que realmente les importa y les hace hervir la sangre. Hay que temerle más bien a la uniformidad y al espejismo de lo igual. Esa ordena y adoctrina, pero anestesia y adormece el alma.


Por Matías Carrasco

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