CONVENCIÓN Y DERECHOS HUMANOS

El viernes recién pasado, la Comisión de Derechos Humanos de la Convención Constituyente aprobó por 13 votos a favor y una abstención, una iniciativa que prohíbe recibir en audiencias “a personas u organizaciones que a través de sus planteamientos, propuestas o discursos hayan difundido mensajes de odio o que puedan incitar a la violencia respecto de grupos vulnerables o históricamente excluidos”. El texto, planteado por un integrante de la Lista del Pueblo, se basa en los principios del “no negacionismo” y de quienes pretenderían negar la existencia de violaciones a los derechos humanos en Chile. Así, los que quieran intervenir ante la Comisión deberán llenar un formulario y someterse a la deliberación de una subcomisión que decidirá si podrán participar o no.

A simple vista parece ser una medida sensata, tratándose de un tema tan relevante como los derechos humanos. Lo que se busca, sería evitar -dentro de la misma Comisión- la asistencia de hombres y mujeres que han promovido, o siguen promoviendo, ideas o acciones que atenten contra los derechos de las personas. Eso, a simple vista. Porque basta escudriñar un poco para que aparezca un asunto de mayor alcance y gravedad.

En un Chile en donde la realidad parece ser trastocada por lo que cada grupo piense. En un país en donde el lenguaje intenta ser moldeado en función del propio sentir, instalando palabras nuevas y queriendo desterrar otras. En un tiempo confuso, revuelto, a veces exagerado, de una llamativa corrección política y moral, vale la pena preguntarse: ¿qué entenderá la Comisión por mensajes de odio? ¿a qué se refiere, concretamente, cuando habla de grupos vulnerables o históricamente excluidos? ¿en qué consistirá el formulario que se deberá firmar? ¿desde qué criterios la subcomisión vetará o visará a los visitantes? ¿deberá exigirse una condena a la violación de los derechos humanos solo en Chile o en todas partes del mundo?

Al mismo tiempo que esta norma era discutida, la Lista del Pueblo compartió en sus redes sociales un grafiti que decía “Sangre x sangre. Watón Boric”. Esto, en el contexto de una agresión que el candidato presidencial recibió en la cárcel Santiago 1.  ¿Cabría ese mensaje en la categoría de incitación al odio y a la violencia? ¿debería la Lista del Pueblo ser excluida de las audiencias por compartir en sus redes este tipo de consignas? Y si una persona quisiera plantear matices o una visión complementaria a la ya instalada respecto a los actos de violencia, la represión y el atropello a derechos humanos ocurridos tras el estallido social, ¿podrá ser recibida en la Comisión?  

La única constituyente que se abstuvo de aprobar esta iniciativa explicó su voto señalando que la Comisión tiene una forma de ver los derechos humanos “subjetiva”. Y no se equivoca.

El problema de este tipo de medidas es que por intentar excluir ideas que nos parecen aberrantes, se restringe el debate público, impidiendo que surja allí la problemática con todas sus complejidades. En vez de permitir la aparición de opiniones y puntos de vista diversos (incluso incómodos) que enriquezcan la discusión, se intenta ocultarlos (como si no existieran), promoviendo una mirada única y hegemónica de la realidad.  Y eso es lo grave.

La alternativa a la censura o a lo que Orwell llamó “la policía del pensamiento”, es la razón. Es decir, que sea el peso del argumento y la lógica de lo planteado, lo que nos permita decidir si lo que escuchamos es digno de ser considerado o no. Y eso es lo que debieran hacer – más allá de sus identidades y grupos de pertenencia- los miembros de la Convención.  

Por Matías Carrasco.

Estándar

BARADIT Y LA SOMBRA

Hace algunos días, tras la agresión a un constituyente de Chile Vamos, el escritor y también miembro de la Convención, Jorge Baradit, dijo que le parecía conveniente “que ellos sufran un poquito lo que los chilenos hemos sufrido desde el estallido social: persecución, violencia, represión en las calles”. Horas después de su declaración, echó pie atrás, se disculpó, explicó que se trató de un exabrupto y señaló que las palabras que él mismo emitió, “no me representan”, como si dos sujetos distintos habitaran en un mismo Baradit ¿Cómo pudo ocurrir?

El libro “Encuentro con la sombra”, editado por Connie Zweig y Jeremiah Abrams, reúne cerca de cincuenta breves ensayos que tratan sobre el lado oscuro del ser humano y esa sombra – que a todos nos acompaña- y que encierra (como en una jaula echada al olvido) todas las emociones “negativas” que reprimimos desde niños, como la rabia, la lujuria, la mentira, el odio, la envidia y todo tipo de tendencias destructivas.

El gran problema de la sombra es que no la vemos. Está tan oculta en nuestro inconsciente que no somos capaces siquiera de mirarla. No nos atrevemos. No podríamos tolerar ver nuestra imagen ideal ensombrecida por un puñado de malas intenciones. Por eso, lo que nos va quedando es la proyección, es poner en otros y reprobar con fiereza lo que realmente somos, pero no queremos asumir.  Por eso la maldad parece estar siempre fuera – en la pareja, en los hermanos, en el gobierno, en los políticos, en carabineros, en los tribunales, en el sistema- pero nunca en nosotros mismos.

Por más que queramos, no podemos deshacernos de nuestra sombra. Simplemente, existe. E ignorarla acrecienta el riesgo de que aparezca sorpresivamente ante nosotros como si se tratara de otra persona o de un animal salvaje. “Cada uno lleva consigo un Dr. Jekill y un Mr. Hyde, una persona afable en la vida cotidiana y otra entidad oculta y tenebrosa que permanece amordazada la mayor parte del tiempo” – señala uno de los ensayistas del libro.

Algo de eso le tuvo que haber pasado a Baradit. Es probable que le haya abordado abruptamente su sombra, como un extraño alojando dentro de él, que movido por un sentimiento de venganza, decidió salir a dar una vuelta, lanzar la pachotada, para luego volver a replegarse en las mazmorras del escritor. Por eso para Baradit fue un exabrupto (un desatino, una incorrección) y una opinión que no lo representaba.

Pero no solo Baradit tiene su sombra. Todos la tenemos y, aparentemente, bien oculta. Nadie está muy dispuesto a reconocer su lado menos luminoso. Y andamos por ahí creyéndonos intachables, mientras culpamos al mundo de todos nuestros achaques. Así, vamos haciendo de esta tierra un gigantesco y confuso teatro de sombras proyectadas en murallas ajenas.

La alternativa es asumir, como dice Nicanor Parra, que somos un embutido de ángel y de bestia. La opción es desarrollar la propia conciencia (y responsabilidad) individual. Entender que en cada uno de nosotros -ciudadanos, constituyentes, comunicadores, candidatos presidenciales- está la capacidad de hacer el bien, pero también, aunque insistamos en negarlo, de hacer daño. Y de eso nadie se libra.

Aceptar la propia sombra nos ayudaría a bajar un par de cambios, a disminuir la soberbia, a curar nuestra ceguera, y a cotejar la realidad con una mirada más comprensiva y equilibrada de los demás y de nosotros mismos.

Caminar mirando la sombra -con una mezcla de cariño y curiosidad- puede ser un buen comienzo.

Por Matías Carrasco.   

Estándar

UNA FUNCIONARIA TÉCNICA

“Yo soy una funcionaria técnica”, atinó a responder Carmen Gloria Valladares, la secretaria relatora del acto inaugural de la Convención Constituyente, al ser emplazada para suspender la ceremonia por una supuesta represión en las afueras del ex Congreso Nacional.  Yo soy solo una funcionaria, nada más que eso, pareció decir, como disculpándose, como advirtiendo que nada tenía que ver en el entuerto y que estaba allí para cumplir una labor meramente administrativa.

Pero fue una funcionaria técnica (cuando lo técnico está tan desprestigiado) quién permitió – en medio de la confusión y de la histeria- que la investidura se realizase y que podamos contar hoy con una convención legítimamente constituida. Fue ella, una mujer de edad, de ojos oscuros y pelo castaño, quién puso templanza y sensatez cuando lo que había eran proclamas, convencionales que iban y venían, llamativas declaraciones a prensa, rumores de opresión y heridos, y una amenaza seria al normal funcionamiento de la cita histórica.

Son de esas personas que aparecen cuando nadie lo espera. Tampoco hizo mucho. Quizás eso es lo interesante. Y cuando digo mucho, me refiero a nada muy vistoso, muy espectacular. No hubo ninguna contorsión, ni un solo grito, ni un puño en alto, menos un golpe a la mesa. Nada de eso ocurrió. Fue más bien lo contrario. Lo suyo fue la mesura, la calma, el permanecer donde debía estar, pero con una mirada atenta y comprensiva de lo que estaba pasando. “¿Qué es lo que sucede?”, preguntó antes de posponer por algunos minutos la ceremonia. “Queremos hacer una fiesta de la democracia y no un problema”, dijo entonces, dejando entrever un compromiso profundo con el rito que ella misma estaba encargada de relatar.

Habló con una voz firme y suave, a la vez. Escuchó. Preguntó. Esperó. Supo donde poner la pausa. Respetó aclamaciones de los presentes. Educó cuando debía hacerlo. Destacó dos o tres veces la solemnidad que revestía el acto. Agradeció. Se equivocó, corrigió y pidió perdón. Sonrió. Y cuidó las palabras, cada una de ellas, delicadamente, como esas personas que quieren tanto a las palabras como si estuviesen vivas.

Carmen Gloria se tomó a las personas muy en serio. Parecía no importarle de dónde venían, cuáles eran sus ideas o su color político. Parecía escucharlas a todas, con el cuerpo inclinado y el oído bien dispuesto. Parecía hablarles a todas, con un cariño de madre, o de abuela, o de qué se yo. Los convencionales sintieron ese afecto, supongo. Por eso la aclamaron de pie cuando emocionada agradeció “de todo corazón”.

Es cierto. Tuvimos una ceremonia inaugural movida, inusual y compleja. A ratos, parecía que la sesión se cancelaba. Hubiese sido una derrota.  Se notaba la ansiedad. Imaginaba a tantos en sus casas, cruzando los dedos, para que primara la razón. Y así fue. En parte porque todos y todas pusieron algo para que las cosas, finalmente, funcionaran.

Pero para mí el gran hallazgo, el gran símbolo, es esa funcionaria técnica que no estaba en los guiones de nadie, pero que sin quererlo apuntó una gran lección: la sobriedad, la templanza y el diálogo pueden ser también un buen camino.     

Por Matías Carrasco.

Estándar

¿No?

El candidato presidencial, Daniel Jadue, utiliza una muletilla que podría servir como un símbolo de la política de nuestro tiempo. De tanto en tanto, al finalizar una frase, incluso en afirmaciones que por el tono de voz suenan a una verdad irrefutable, suelta un “¿no?” seco, preciso y bien pronunciado. Es un recurso extraño, que podría interpretarse como una duda de lo que se plantea, o bien, como una reafirmación de lo expresado, ¿no?

Y esto que puede ser anecdótico, es a mi juicio, el reflejo de una forma de hacer política cada vez más ambigua (convenientemente ambigua) y poco fiable. No hablo de los últimos 30 años, hablo de los últimos 30 meses, o incluso, 30 días. No me refiero solo al Partido Comunista, me refiero también al resto de los partidos. Es como si los políticos (o buena parte de ellos) se movieran, intencionadamente, en una zona líquida, sin bordes muy claros, queriendo parecer una y mil cosas a la vez. Es como un juego de máscaras, en donde uno no sabe bien con quién está tratando y cuánto de lo que se dice es realmente cierto.

Lo que se declara un día, podrá ser desconocido al siguiente. No se trataría de un legítimo cambio de opinión, sino de una vistosa voltereta en el aire como si nada hubiese pasado.  Este será el único retiro de 10%, ¿no?; el acuerdo por la paz y una nueva Constitución se basa en una hoja en blanco y dos tercios, ¿no?; los fondos de pensiones son de propiedad de cada uno de los chilenos, ¿no?; iremos juntos a primarias, ¿no?; juramos respetar la Constitución y las leyes, ¿no?; exigiremos un estatuto de garantía, ¿no?. La política del “¿no?” siempre guardará un espacio gris y sombrío, para retractarse si es necesario o girar el timón si las olas cambian de rumbo. Todo en función del mercado de los votos, twitter y las encuestas.

Se ha instalado una política publicitaria, de titulares gruesos, sexys y coloridos, pero con una letra tan chica, que se hace difícil leer. Hay algo tramposo en todo esto.  Siempre ha existido en política un manto oscuro y una intriga permanente. Pero el asunto es grave cuando se intensifica en una época en donde lo que más se requiere es recuperar la confianza en las personas y en las instituciones.

Algunos vienen advirtiendo de una crisis ética, y esto tiene que ver con eso. De cierta manera, todo vale, incluso el engaño (directo o solapado), cuando se trata de sumar votantes y alcanzar el poder. Si habría que pedir garantías del algún tipo, serían las de honrar la palabra y los acuerdos. La de mirar a la gente a la cara y hablar claro. La de asumir los márgenes de la realidad, y explicar con responsabilidad (otra virtud extraviada), lo que se puede y lo que no.

Es urgente que la política cambie de tono. Es fundamental que aparezcan hombres y mujeres – todavía los hay- que promuevan una práctica seria y honesta del servicio público. De lo contrario, seguirán profundizando el agujero que se encuentra justo bajo sus pies, poniendo en riesgo, no la suerte de una candidatura, sino de la democracia y de nuestro país.  Mal que mal, todos queremos un Chile mejor, ¿no?

Por Matías Carrasco.

Estándar

EL VALOR DE LA IGNORANCIA

Hace algunos días, en la terraza de su casa, un buen amigo me hablaba del valor de la ignorancia. Algo así como el solo sé que nada sé, de Sócrates, pero en una época en donde la información abunda y las verdades y posverdades se declaran y se repiten con la fe de los predicadores. Por eso me llamó la atención el hallazgo (o la advertencia) de darle a la ignorancia un lugar especial. Tiene que ver con la capacidad de saberse ignorante – total o parcialmente- y admitir la opción de estar equivocados, perdidos o perplejos.

Si nos hacemos conscientes de nuestra ignorancia, insistió mi amigo saboreando una copa de vino, estaremos más abiertos a las preguntas que a las respuestas. Y si damos con la pregunta correcta (dijo ahora dejando la copa sobre una mesa de madera) podremos encontrar soluciones más acertadas a las problemáticas que nos toca enfrentar. Miré tres cactus que estaban dispuestos como edificios altos en un rectángulo de piedras pequeñas. ¿Cómo reivindicar la ignorancia entre tantos que estamos anclados en ideas fijas y prejuicios, asustados como niños ante la incertidumbre? ¿cómo aceptar la ignorancia sin sentir la vergüenza de los analfabetos y el juicio de los que andan por ahí abrazando certezas?

Mi amigo me acercó una fuente con aceitunas verdes rellenas con pimentón. Tomé un par y me las eché a la boca. Si nos declaramos ignorantes, continuó, asumiremos que no está necesariamente en nosotros la mejor respuesta y que debemos contar con otros para encontrar la salida de los laberintos que de vez en cuando nos asechan. ¡Nos sorprenderíamos de cuánto saben los demás y de cuan errados podríamos estar en algunas de nuestras ideas!

Me acordé del arquitecto chileno y Premio Pritzker, Alejandro Aravena.  En una entrevista publicada recientemente, Aravena contaba que en las viviendas sociales existe, en general, un receptáculo para la ducha, porque los metros no alcanzan para una tina. Sin embargo, quisieron preguntarles a las mismas personas qué preferían: tina o calefont. La respuesta parecía obvia: calefont y receptáculo para la ducha. Pero se llevaron una sorpresa: “el 99% de las familias decía tina. Y lo que más me impactó fue la razón que dieron: como tenían que ahorrar 10 UF para acceder al subsidio, al recibir la casa ya no tenían plata para el gas, por lo tanto agarraban el calefont y lo vendían. En cambio la tina, como hay una política pública que te entrega agua, la podían usar desde el día uno. En los blocks de esa época, además, el 95% de los conflictos entre vecinos eran por baños que filtraban agua de un piso al otro” – explicaba el mismo Aravena.

Al final, dijo mi amigo de pie mientras admiraba un Liquidámbar de una casa vecina, se trata de tomarse a las personas muy en serio. Y eso significa sacudirse de los paradigmas, y disponerse a escuchar a los otros, saber quiénes son, qué quieren, cómo viven, qué necesitan. Sería algo así como desensillarse de los aperos y monturas que llevamos hace años, con el cuidado de los arrieros.  

Me acompañó hasta la salida. Pensaba en el valor de la ignorancia en un tiempo tan movido, confuso y ruidoso como el nuestro. Pensaba en Sócrates y su luz legendaria. Pensaba en nuestros líderes, políticos, empresarios, comunicadores, ciudadanos y constituyentes, y en la conveniencia de que nos sepamos todos ignorantes.

Nos quedamos conversando algunos minutos frente a la reja entreabierta. Mi amigo me contó que estaba evaluando comprar un perro. Me preguntó qué raza sería la mejor. Levanté las cejas y los hombros y dije: “no sé”. Él rió y yo me fui caminando, pisando las hojas en el suelo.

Por Matías Carrasco.

Estándar

SOPLAR LAS BRASAS

Una de las amenazas para los próximos meses y años en Chile, es que se instale un ánimo de dominio y exclusión, por sobre los acuerdos. Es cosa de mirar lo que ha pasado en los últimos días para advertirlo. En primer lugar, una oposición que se despelleja en público, sin pudor, en la lógica del veto, de la tuya y dos más, de las revanchas, de las traiciones, de nosotros los buenos y amigos del pueblo y ustedes los malos y opresores de los últimos treinta años. Mucho puño en alto, ojos desorbitados, banderas flameando, una respiración agitada, declaraciones mirando a cámara y, como siempre, ese grupo secundando desde atrás moviendo la cabeza de arriba hacia abajo, y de abajo hacia arriba, como si fuesen muñecos. Por otra parte, algunas declaraciones de constituyentes que advierten que no conversaran con nadie que no esté de acuerdo con sus ideas, y otros que buscan imponerse, con la arrogancia de los vencedores, por el peso de la mayoría. Y por último las voces que se han levantado, cada vez más, pidiendo (como si fuese un deseo) una disposición a la escucha y al diálogo. Estas últimas, que comparto, son la señal más clara de la preocupación que existe en buena parte de quienes miramos el presente y el futuro del país.

Es un asunto al que hay que prestarle mucha atención. Tenemos al frente una gran oportunidad. Han sido tantos los cambios en el mundo, en la tecnología, en la manera de relacionarnos, y tantos los cambios y desencuentros en nuestra temblorosa tierra, que parece sensato darse un tiempo para mirarnos y conversar sobre Chile. También está sobre la mesa, la posibilidad de trazar una nueva ruta desde miradas muy diversas. Es bueno que estén sentados en las butacas de la Convención Constitucional hombres y mujeres de oficios diferentes, de sectores sociales muy variados, jóvenes y viejos, de otras culturas, de otros credos, algunos con mucha calle y otros con diplomas y estudios profesionales. Ahí están, pesando lo mismo a la hora de comenzar a poner los ladrillos de una casa que, esperamos, sea de puertas abiertas. Es por eso que es fundamental cuidar ese espacio y el ambiente que lo acompañará.

El riesgo está en que los triunfadores de las últimas elecciones caigan en la euforia y en la tentación de dar un golpe final, una estocada decisiva, para matar al toro y quedarse con las orejas y el rabo. Que los perdedores decidan atrincherarse como perros asustados, intentando sostener una isla alejada y solitaria. Y que los independientes se erijan como salvadores impolutos y que otros (ya lo están haciendo) los conviertan en una suerte de divinidad. No. Ninguno de ellos – triunfadores, perdedores e independientes- está libre de la soberbia, de la ceguera, de los vicios y de estar, como no, parcial o absolutamente equivocados.

Vivimos un cambio de época que está recién comenzando. Pienso que no se trata ni de derechas ni de izquierdas. No al menos en la lógica que hemos conocido hasta ahora. Más bien, es un giro que busca poner a las personas en el centro y un llamado (urgente y categórico) a tomárselas muy en serio. No solo eso. También está el medio ambiente, el reconocimiento a los pueblos originarios, la paridad de género y otras ideas que se han instalado con un apoyo transversal. Es un mundo nuevo que debemos mirar con ojos curiosos, sin prejuicios, y abiertos a la búsqueda de nuevas soluciones.

Por eso se requiere una mirada fresca y no anquilosada en viejas ideologías y en la dinámica del dominio, de la defensa, de los vencedores y los vencidos. Lo que hay que alentar y soplar como si fuesen brasas apenas encendidas, son la colaboración, la apertura, la escucha y el diálogo. Son esas, y no otras, las que iluminarán el difícil e incierto camino que empezamos a recorrer.

Por Matías Carrasco.

Estándar

CARTA A UN CONSTITUYENTE

El 15 y 16 de mayo los chilenos te habrán elegido a ti, estimado o estimada constituyente, para escribir la constitución de las próximas décadas. Lo que tú digas, lo que tú plantees, será crucial para la calidad de vida de millones de personas, en todos los rincones del territorio nacional, de todos los credos, de todas las tendencias, de todas las edades, de todos los pueblos, de todos los orígenes posibles. Muchos de ellos ni siquiera han nacido. Lo tuyo será presente y también futuro. Es una tarea noble y republicana la que se te ha encomendado. No se trata de ti. Se trata de una nación entera.

Seguramente vendrás con una idea clara en la cabeza. Lo que quieres. Tus sueños para Chile. Lo que consideras justo. Lo que debe sí o sí ocurrir. También es posible que traigas a la mesa las voces de tus cercanos, de tus aliados, de quienes te votaron. Y todo eso está bien. No hay que desdeñar las propias convicciones ni las esperanzas de quienes apostaron por ti. Pero el gran reto es abrirse a escuchar la opinión del otro, su realidad, su cultura, sus miedos, sus anhelos y su historia. De nuevo. No se trata de ti. Se trata de una nación entera. Esta convención tiene un fin práctico, pero también simbólico: el de construir entre todos y todas un Chile nuevo, más justo, igualitario y en paz. Y para eso se requiere ir más allá de las propias murallas, con un ánimo de diálogo y escucha.

Lo que está sobre tus hombros es una responsabilidad gigante. No basta solo el entusiasmo o las ganas de hacer de éste un país mejor. Los temas que se tratan en una constitución son variados, complejos y técnicos. La diversidad de cada uno de los que estarán sentados allí aportará ángulos valiosos para las definiciones de la patria que queremos ser. Pero no es suficiente. Es importante que hagas todos los esfuerzos posibles, con disciplina y tenacidad, por estudiar y conocer en detalle los asuntos que se estén tratando. Ampliar la mirada. Asomarse a las experiencias, exitosas y fallidas, de otros países. Pedir ayuda. Escuchar, con humildad, la voz de los entendidos. Ojalá, cruzar de vereda para complementar tus propias ideas con las del otro. Tener en cuenta, además, una visión de futuro y largo plazo ¡Será una constitución para los próximos cincuenta o más años! Lo importante es tomar conciencia del peso de las decisiones y de su impacto en la vida de la gente.

Sabemos que vivimos tiempos agitados, confusos y altisonantes. La deliberación política de los últimos meses no ha sido el mejor ejemplo de una buena convivencia. Por eso la convención debe ser un espacio especialmente protegido. Se pueden dar discusiones ásperas, pero siempre cuidando las palabras. El lenguaje crea realidad, y la nuestra no puede seguir siendo una a punta de insultos y descalificaciones. La convención no fue hecha para dar un espectáculo, sino para buscar una salida pacífica e institucional a las desavenencias y heridas del Chile de hoy. Procura siempre, aunque te cueste, aunque te den ganas de tirar del mantel, actuar con sobriedad y respeto, a la altura de la misión que te ha sido dada.  

No te conozco, pero admiro tu valentía de estar presente en esta instancia decisiva. Se requiere de cierto arrojo, sobre todo en un ambiente crispado, de funas y de tanta exhibición pública. Cualquier cosa, cualquier declaración, puede ser motivo de un escarmiento en las redes sociales.  El gran desafío será darle a los twitteros el lugar que corresponde, y mantener a resguardo un espacio libre para la reflexión y el pensamiento, lejos del ruido y de las amenazas de quienes pretenden rodear la convención. No será fácil, pero es fundamental para un discernimiento honesto, serio y profundo, que muchos esperamos de ti.

Y finalmente, recuerda siempre que si estás ahí es por el bien de Chile y no por el propio. Es algo que se ha perdido, pero que distingue a los grandes servidores públicos: el actuar pensando en el bien común, y no en el prestigio, en la carrera o en la imagen de uno mismo. Ojalá se escriba al ingreso del Palacio Pereira y del antiguo Congreso Nacional: “Aquí dialogamos por el bien de Chile y su futuro”. Que esté en el vestíbulo y en cada una de las salas, a la vista de todo el mundo. Que las sesiones comiencen con esa frase como si fuese un mantra: “Aquí dialogamos por el bien de Chile y su futuro”.

El 15 y 16 de mayo, estimado o estimada constituyente, los chilenos te habrán elegido para escribir la constitución de las próximas décadas. Se iniciará contigo, y con otros 154 hombres y mujeres, un proceso histórico y vital para nuestra democracia. Te deseo el mayor de los éxitos. Y no lo digo solo por ti. Lo digo por una nación entera.   

Por Matías Carrasco.

Estándar

LA POLÍTICA DE PILATOS

Es conocida la historia del juicio de Jesús. El gobernador romano, Poncio Pilatos, facultado para liberar o condenar al hombre de Nazaret, temeroso e indeciso, optó por entregar al pueblo la suerte del denominado mesías.  “¡Crucifícalo, crucifícalo!”, le gritaron. Y tras pedir agua, se lavó las manos frente al gentío y aclamó: “ustedes responderán por su sangre, yo no tengo la culpa”.  Finalmente, Jesús fue azotado, crucificado, muerto y sepultado. 

Han pasado más de dos mil años desde aquel acontecimiento. Pero el hombre sigue siendo hombre y muestra – cada tanto- sus hilachas y pellejerías. No hemos cambiado mucho. Pilatos huyó (más bien quiso hacerlo) de su propia responsabilidad. No pudo con la presión de la gente, ni con las miradas de los sumos sacerdotes de la época, aún intuyendo la inocencia del acusado: “no veo delito en él”, decía.  Pero lo más llamativo es el gesto final. El agua. Las manos. El símbolo desesperado por librarse de una obligación ineludible, quiéralo o no. 

En estos tiempos difíciles, se ha instalado la política de Pilatos. Me refiero a la práctica de hombres y mujeres en cargos de relevancia, que toman decisiones claves para el destino del país, pero que intentan –sin más- eludir o desviar su propia responsabilidad.  Varios parlamentarios, de un lado y del otro, justifican sus decisiones culpando al gobierno. “El gobierno no nos deja otra alternativa”, dicen, como si fueran simples marionetas u hojas arrastradas por el viento, incapaces de dirigir sus propias acciones y de asumir las consecuencias de los actos que promovieron.  

Por estos días se anuncia una nueva acusación constitucional contra el Presidente. “¡Crucifíquenlo, crucifíquenlo!”, se escucha desde las cómodas butacas del Congreso y bancadas de la oposición, con discursos iracundos y encendidos posteos en las redes sociales. Intentan culpar a Piñera y a su gobierno de una crisis social, política, sanitaria y económica, que tiene al país contra las cuerdas. Como Pilatos, buscan lavar, sin pudor, sin vergüenza, sus propias manos, aunque le cueste a Chile su estabilidad. 

Pero aún así, con todas las fallas y horrores de esta administración, la izquierda no podrá eximirse de su rol en el tenso, crispado y peligroso clima que se está generando. Como nunca, en la historia reciente, la oposición ha gozado de tanto poder. Y como nunca, en los últimos treinta años, la democracia se ha visto tan frágil y la política tan debilitada.  De todas formas, se lavan las manos.

Ahí están, frente a la pileta, haciendo fila, el Partido Comunista y el Frente Amplio, los que se negaron a participar del gran acuerdo constitucional del 15 de noviembre del 2019, en los días más violentos del estallido social. Ahí están, los que gobernaron antes el país, rasgando vestiduras, reclamando con furia por la justicia y dignidad que ellos mismos no fueron capaces de garantizar. Ahí están, los que han abierto las puertas del Congreso a figuras de la farándula, que han hecho de la política un pobre, agresivo y brutal espectáculo. También están los que han incitado o soslayado la violencia, los que llaman a rodear la convención, los bufones de twitter, los que han desdeñado el diálogo, los agitadores, los que apuestan por la polarización, y los que ahora amenazan con destituir al Presidente de la República, y hacerse del poder como en una encerrona o en un portonazo. Buena parte de la izquierda que en otros años jugó un papel fundamental y admirable por el retorno a la democracia, hoy parece ponerla en riesgo, cegada por la emoción, la revancha y el miedo.

La cobardía de Pilatos llevó a un hombre inocente a la muerte. La cobardía y el oportunismo de algunos de nuestros dirigentes puede llevar a Chile a un doloroso vía crucis, sin la certeza de la resurrección. Por el bien de todos, en estos tiempos decisivos y a las puertas de una elección histórica, es hora de hacerse adultos y plenamente responsables.

Por Matías Carrasco.

Estándar

LA INDIGNACIÓN COMO ESPECTÁCULO

Indignación, según la RAE, significa enojo, ira o enfado vehemente contra una persona o contra sus actos. Es decir, la rabia no se expresa de cualquier manera, sino que se manifiesta con ímpetu, viveza o pasión. En Chile sabemos de esto. Con el estallido social, la indignación se expresó y se instaló. Motivos hubo, hay y seguirá habiendo para indignarse, sobre todo para aquellos que sufren la marginalidad, los abusos, la violencia y la pobreza.  El problema está en que algunos – astutamente- entendieron que la indignación puede ser un buen instrumento para ganarse la venia del pueblo, sumar likes, votos y rating. Ellos y ellas han hecho de la indignación un espectáculo y una forma de hacer carrera.

La televisión es un buen ejemplo. Si antes se premiaba la objetividad, la preparación o la habilidad de un periodista para poner distintos puntos de vista sobre la mesa, lo que se reconoce hoy es el nivel de indignación. Es por eso que varios buscan parecer irritados, seriamente irritados, absolutamente irritados, con la autoridad, con el gobierno, con los empresarios, o con quién sea (el indignado siempre debe procurarse un culpable), con tal de ganar prestigio y fama en las redes sociales. Y les resulta. El rostro indignado sabe leer muy bien el reclamo de la gente (o lo que piensa es el reclamo de la gente), y según eso se va moviendo, se va amoldando, como la arcilla o como el camaleón. Un día puede ir al norte, y al otro al sur. Lo importante, la única condición, es siempre parecer indignado.

En el día a día, en los ciudadanos como usted o como yo, la indignación también se ha convertido en un recurso inmediato, en una tabla de la que aferrarse, en un disfraz que nos sienta y nos queda bien. De alguna manera, la indignación nos convierte en víctimas y las víctimas solo padecen, librándose de toda responsabilidad. Hay cosas que nos indignan, y con razón, pero en otras, sencillamente, exageramos.

Pero en donde el asunto es particularmente grave, es en la política. Mal que mal es en esas arenas en donde se define buena parte del presente y del futuro de Chile.  Aquí no hay solo astucia, sino también bribonería. La indignación se convierte en un gran escenario, con tramoyas profesionales y parlantes de tamaños portentosos. Y ahora que las elecciones están a la vuelta de la esquina, el show crece. Da lo mismo el tema. Da lo mismo si las circunstancias son excepcionales o históricas. Da lo mismo que sepan, conscientemente, que lo que están diciendo no es del todo cierto ni del todo justo. Lo importante, como ya sabemos, es decirlo con la cara apretada, con las cejas arqueadas, con la voz fuerte, y con un tono perfectamente indignado. Tampoco importan la técnica ni los argumentos. La indignación es una cosa de guata, nada que ver con el pensamiento.

Vaya a darse una vuelta por internet. Revise los twits, los puntos de prensa, las intervenciones en las comisiones, en la Cámara y en el Senado. La mayoría – salvo excepciones- es en un tono iracundo y febril. Por eso las formas y el lenguaje han decaído tanto. Por eso los insultos, las descalificaciones y el mal trato. Por eso, el desprestigio.

Es tentador ponerse del lado de la indignación. Es sexy. Nos hace parecer (solo parecer, en la vida privada se dan otras sorpresas) hombres y mujeres justos y sensibles, paladines al fin. Pero nuestros líderes no están llamados a tomar el malestar de la calle y amplificarlo con la furia de los exaltados. Eso simplemente alimenta el boche y la división. A lo que están llamados – políticos y constituyentes- y de lo cual deben sentirse plenamente responsables, es a tomar ese descontento, analizarlo, procesarlo con ideas (vaya palabra), y generar todas las conversaciones, con todas las fuerzas políticas, en un debate abierto y respetuoso, para encausar institucionalmente el legítimo reclamo de la ciudadanía.

La indignación es un sentimiento genuino y reaccionario a la injusticia. Es, además, un motor para causas nobles, en donde vale la pena dar la pelea. Sin embargo, también puede utilizarse como una postura estética y lucrativa, que beneficia solo a algunos pero que daña la convivencia, la democracia e impide juzgar la realidad de manera equilibrada.

Alguien tiene que poner la pelota contra el piso. En momentos difíciles y decisivos, Chile no necesita de más ruido y espectáculo. Chile requiere que las cámaras se apaguen y que aparezcan, al fin, líderes sobrios y valientes, dispuestos a colaborar por un país mejor, más allá de sus ansias de poder y figuración.

Por Matías Carrasco.

Estándar

LA PANDEMIA DEL CAPITÁN

Yo llamaría a ésta, la pandemia del capitán. Y no me refiero a cualquier capitán, sino a aquellos que aparecen siempre tras la polvareda de la batalla. Estamos rodeados. Nacieron al inicio de la pandemia y permanecen expectantes como faros o vigías. Tienen la sabiduría de los sabios, la intuición de una bruja, la claridad de los alquimistas y la severidad de los jueces. Siempre supieron y siempre sabrán, qué hacer y qué no.  

El capitán después de la batalla, a diferencia del verdadero capitán, el que está en la primera línea de la refriega, no tiene huestes que lo sigan. Tampoco un puesto de relevancia, una torre a la que hacer guardia, un alférez al que mandar o un caballo al que ensillar de madrugada. En realidad, no tiene mucha responsabilidad en el asunto ni muchas guerras que mostrar. Por eso es que irrumpe siempre, con su chaqueta bien planchada, sus pantalones ajustados y sus botas impecables, poco después de la contienda, cuando las colinas ya están vacías. Y allí, en medio de la nada, con el olor a pólvora aún sintiéndose en el aire, empuña su mano, la levanta hacia el cielo y comienza un discurso glorioso. “Qué cómo no lo vieron”; “Qué cómo diablos no han podido”; “Qué cómo diantres no pudieron predecirlo”. Finaliza la oratoria, sonríe, se aplaude a sí mismo con tres palmadas y vuelve a caminar en busca de otra lucha tardía.

El capitán que se hace tras la batalla no sabe de contextos ni de paisajes. Poco le importa que estemos viviendo una peste histórica, que la esté viviendo el planeta entero, que las potencias estén replegadas y que el virus, un bicho desconocido, se comporte de manera imprevista y cruel. Lo suyo es la conclusión, es la palabra que cierra los capítulos, es el reclamo perpetuo. Tampoco sabe de las complejidades de este mundo, ni de la guerra que estamos librando. Otea el horizonte como si fuese un pedazo de tela, liso y sin repliegues. Por eso las cosas le resultan obvias, tan obvias, y las soluciones las ve como si se tratase de freír un par de huevos en el sartén.

Siempre han existido los capitanes después de la batalla. El problema es que el coro de los capitanes en las colinas vacías es tan atronador, que no deja oír el silencioso y sacrificado trabajo de quienes están intentando genuinamente (sí, genuinamente), con errores, por supuesto, con tropiezos también, buscar una salida a este laberinto. Ellos y ellas – desde consultorios, urgencias, municipalidades, gobierno, ministerios, universidades, colegios, empresas esenciales, fuerzas de orden y tantos otros- saben cuánto cuesta, cuánto esfuerzo significa y cuán ingrata puede resultar esta tarea.

Es bueno y sano que se levanten críticas y contrapuntos a la ofensiva que se está dando en el frente. Pero sería mucho mejor y justo, que se hicieran conscientes del tamaño de la proeza y del terreno minado que estamos pisando. El capitán después de la batalla tendría que verlo para entender. Pero siempre llega tarde, con su chaqueta y sus botas pulcras, para levantar el puño al cielo y entonar su pregón, cuando los soldados ya se han ido.

Por Matías Carrasco.

Estándar