OLIGARIO LITERAL

OLIGARIO

Oligario Literal era un hombre bueno. Amaba a quien lo despreciaba y eso bastaba para que en cada esquina niños y jóvenes murmuraran que allí iba andando un hombre bueno. Oligario, como los hombres buenos, era humilde y aunque escuchaba lo que de él se decía no dejaba que los humos se le fueran a la cabeza. Tan bueno no soy, pensaba, y recordaba aquella vez en que mandó matar a un difunto.

Oligario desayunaba tostadas y leche con cereal. Vivía solo. No tanto en realidad. Lo acompañaba una gaviota que había perdido el mar. Y ahí estaba. Oligario y su gaviota que picoteaba los restos que el hombre dejaba sobre la mesa. Quedó solo. Esa es la verdad. Su problema fue que nunca pudo mantener una relación más allá de un saludo. Su mente estrecha y su comprensión literal del mundo lo apartaron y le hicieron ganarse el apodo de “literal”.

Todo en la vida de Oligario tenía exactamente el significado que salía disparado de los labios de cualquier conocido o hijo de vecino. La interpretación no era lo suyo y fue construyendo su realidad tal cual sonaba en el viento y en sus oídos. Fue así como pasó en vela toda una noche intentado hablar con Dios cuando el viejo del almacén le dijo que “nos vemos mañana, si Dios quiere”. Y Oligario Literal, angustiado por la condición que le habían puesto por delante, se esmeró por conocer la voluntad del padre. Y como no respondió, nunca más volvió al almacén y a ver al caballero de ojos hundidos que atendía tras el mesón.

Oligario, que nació en un parto normal y se colgó del seno de su madre hasta los cuatro años, nunca pudo amar a otra mujer. Digo otra porque a su madre la amó tanto que la perdió el día en que ella le confesó que estaba loca de amor por él. Y Oligario, joven en ese tiempo, decidió internarla en el hospital de los que habían perdido la cordura pero no la razón. Lloró como un niño. Nunca más la volvió a visitar.

Oligario era bueno, pero no de fierro. Quiso alguna vez conocer los vicios de la carne y una tarde de invierno se perdió entre las calles del centro y entró en una casa de putas para saber qué se siente cabalgar en un campo de sábanas con una desconocida. Todo iba bien, hasta que la muchacha le confesó que era virgen y él, beato como su abuela, se arrodilló y con sus brazos al cielo alabó con cantos el milagro. Le preguntó por el niño, por Belén, por José y el espíritu santo. Ella, que sabía de soledades, lo escuchó con ternura, lo besó en la frente y se durmieron. Él recostado sobre su vientre con la alegría de haber conocido a la madre de Jesús. El acto nunca se consumó.

A Oligario las semanas se le hacían eternas. Pasaba horas mirando el cielo con la esperanza de ver los días que pasaban volando, como se lo dijo alguna vez su tía Teresa. Nunca vio nada. Solo las nubes que viajaban en fila siguiendo la primavera.

Nada hacía pensar que Oligario terminaría su vida de manera tan drástica. Luego de pasar un mes encerrado en su pieza contando el millón de gracias que le dieron en la feria tras comprar una ollas gastadas, Oligario decidió visitar a un tarotista para mejorar su suerte y su destino. Después de echar las cartas, el hombre que aventura el mañana le prometió a Oligario que lo que buscaba estaba en su corazón. Y Oligario Literal, que ya ansiaba encontrarse con algo o con alguien, esa misma noche tomó un cuchillo, lo clavó en su pecho y sacó de allí su corazón. Luego suspiró, fumó un último cigarrillo, murió, resucitó y volvió a morir.

Nadie supo de su muerte, de su resurrección, de su segunda muerte y de su entierro. Lo metieron en un hoyo como un desconocido y en su lápida escribieron los sepultureros, “que en paz descanse”. Y Oligario Literal, que su mundo lo hizo de puro significado, otra vez hizo caso y descansó toda su muerte en paz.


Por Matías Carrasco.

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