UNA PREGUNTA INCONVENIENTE

pregunta

¿Por qué algunos católicos defienden la vida de quién está por nacer y luego cierran las puertas en algunos de sus colegios a madres solteras que valientemente siguieron adelante con sus embarazos? ¿Por qué unos tildan de fascista la marcha de camioneros de la Araucanía a Santiago y defienden a brazo partido el paro del Registro Civil que ha generado más ruido, molestias y daño que una chorrera de camiones juntos? ¿Por qué son los mismos partidos políticos quiénes deben decidir en el Congreso la suerte de su propia fiscalización en el marco de una nueva ley de financiamiento? ¿Por qué comunistas y socialistas tienen tanta lucidez para condenar la dictadura militar en Chile y nada dicen de otras dictaduras y totalitarismos en Venezuela, Cuba, Corea del Norte o la desaparecida RDA? ¿Por qué la gente escupe, reclama y trolea a los políticos por las redes sociales y luego no se levanta a votar?¿Por qué celebramos eso de que el amor es más fuerte y luego no dejamos que otros se amen tan fuerte como les parezca? ¿Por qué repudiamos las malas prácticas e insistimos en imponerle a las nanas por el mínimo, tirar licencias falsas, doblar en segunda fila, estacionarnos en línea amarilla, tirar basura a la calle y tomar cuando manejamos? ¿Por qué reclamamos, reclamamos y volvemos a reclamar y no nos despegamos de nuestro cómodo sofá?  ¿Por qué le enrostramos a otros que cumplan con su deber cuando nosotros difícilmente cumplimos con nuestro deber de ciudadanos? ¿Por qué nos escandalizamos con la situación de los migrantes en Europa y miramos con sospecha a colombianos, peruanos y haitianos que han venido a parar a nuestro país? ¿Por qué alegamos por la falta de transparencia escondidos tras pseudónimos, sin dar el nombre y la cara? ¿Por qué nos espantamos de la delincuencia y hacemos vista gorda a miles de niños y niñas que crecen sin infancia en campamentos, poblaciones y rincones olvidados de Chile? ¿Por qué se busca eliminar el reemplazo en huelga y luego reemplazamos en huelga? ¿Por qué celebramos con devoción los diez años de canonización del Padre Hurtado y poco o nada hacemos por los más pobres? ¿Por qué nos quejamos de tanta mierda y no somos capaces de limpiar la caca del perro en plazas, parques públicos y jardines? ¿Por qué nos hablan de misericordia y perdón y después dejan a algunos debajo de la mesa? ¿Por qué levantamos la bandera de la igualdad desde barrios exclusivos, casas exclusivas, colegios exclusivos, universidades exclusivas y cargos exclusivos? ¿Por qué exigimos ética a nuestras autoridades y nosotros nos hacemos los lesos? ¿Por qué estamos plagados de mensajes “soy donante” y aún no aparecen los órganos para salvar pequeñas vidas? ¿Por qué nos metemos en la vida del resto y no permitimos que nadie se meta en la nuestra? ¿Por qué nos quejamos del alza en las tarifas de la luz y nos oponemos a cuanta central se nos ponga por delante?¿Por qué debatimos de esta crisis de desconfianza resguardados tras rejas, alarmas, guardias y cámaras de seguridad?¿Por qué pedimos tolerancia descalificando a quién piense distinto? ¿Por qué escribo tanta lesera para después hacer exactamente lo contrario?

Quizás porque todos somos un poco pencas, un poco villanos, un poco inconsistentes y, principalmente, completa y absolutamente humanos.


Por Matías Carrasco.

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3.182

registrocivil

3.182 personas trabajan en el Registro Civil. 3.182 funcionarios llevan en paro 25 días y no piensan dar pie atrás. 3.182 empleados han truncado los planes de niños, jóvenes, adultos, viejos, chilenos, peruanos, colombianos, haitianos, católicos, evangélicos, agnósticos, ateos, enfermos, embarazadas, heterosexuales, homosexuales, ricos y pobres. 3.182 individuos se han arrogado el derecho de decidir nuestra suerte por estos días. 3.182 hombres y mujeres se han llenado la boca con “turnos éticos y humanitarios”, cuando lo único que han logrado son filas eternas de incertidumbre, hastío, cansancio y escasa dignidad. 3.182 personeros piden que se cumpla un acuerdo logrado con el Gobierno, sin ellos cumplir antes el acuerdo que, por ley, tienen con toda la ciudadanía. 3.182 colaboradores de este país dejaron de colaborar hace ya un buen tiempo. 3.182 burócratas han puesto sus intereses por encima de 17 millones de chilenos. Así no más, de un pisotón. 3.182 tipos de cuestionable criterio han sumado con su ejemplo al desprestigio del “servidor público”, quién otrora gozaba de honra y enorme orgullo. 3.182 compatriotas han violentado la vida y los derechos de miles de otros compatriotas que bajo sol, lluvia, calor y frío han hecho enormes colas con la esperanza de ser atendidos. ¡Cómo si se les hiciera un favor! 3.182 personajes han aguado de un plumazo matrimonios, contratos, viajes, nacimientos, trabajos, negocios y una chorrera de papeleos importantes y muchas veces impostergables que, lamentablemente, sólo ellos son capaces de otorgar. 3.182 sujetos exigen ser escuchados, cuando son ellos los que han hecho oídos sordos a cientos de historias y sueños que se frustraron por este estúpido paro. 3.182 operarios se han aprovechado de la gente para presionar al Gobierno y negociar un bono que sólo irá a parar a sus bolsillos. 3.182 fulanos lograron el apoyo de la presidenta de la CUT que no se demora ni un solo minuto en poner el grito en el cielo porque unos cuantos camiones del sur entran a la Alameda y respalda sin miramientos una huelga ilegal que atropella los derechos que con tanta convicción (e inconsistencia) jura defender…¡pura y trasnochada ideología! 3.182 personas amenazan ahora con cerrar las escasas puertas que mantenían abiertas en una clara señal de fuerza y prepotencia. 3.182 menganos son ahora los poderosos de siempre. 3.182 personas, con mérito y un enorme talento, han logrado que buena parte de Chile los deje de querer.


Por Matías Carrasco

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SORDOS, NO ZURDOS

sordo

Hablemos con claridad: no son “zurdos” quienes tienen a la Iglesia chilena en problemas. Son más bien algunos sordos quienes se resisten a escuchar una verdad gigante e incómoda: hay un hondo abismo entre la iglesia institucional y parte importante de la comunidad de católicos del país.

No es que quiera agitar las aguas más de lo que están, es simplemente constatar un hecho que, aunque doloroso, debe ser atendido para impedir que la grieta siga creciendo en tamaño y profundidad.

Recientemente el Obispo Alejandro Goic ha reconocido con lucidez que  “cada vez que la Iglesia abandona el camino de Jesús para preocuparse  por asegurarse cuotas de poder y de prestigio, la oscuridad ha impedido que florezca el Evangelio”. Y por ahí va la cosa y la salida.

Por distintas razones un buen número de laicos, sacerdotes y autoridades eclesiales han preferido hacer oídos sordos a un clamor que cada vez se escucha más fuerte y más alto desde algunos rincones: se quiere volver a una Iglesia sencilla, cercana, sin adornos, reverencias y aspavientos. Menos oro y más madera.  Una Iglesia salpicada con las heridas del ser humano, metida hasta el fondo con los dolores de los hombres y mujeres de hoy, donde todos tengan cabida, ¡sin excepción!

Es hora de bajar la guardia,  soltar los escudos y  animarse a mirar sin prejuicios lo que hay allá afuera. De todo hay, pero en general no son relativistas ni activistas de un cisma quienes piden cambios en la Iglesia. Mucho menos personas que quieren hacerle daño. Son simplemente miradas honestas y legítimas que buscan un espacio y que merecen ser escuchadas y respetadas.

No es bueno que cada voz disidente sea percibida como una amenaza. No es justo que quienes reclamen sean tratados de zurdos o puestos en capilla simplemente por pensar distinto. La libertad es un don demasiado preciado como para dejarlo escondido y olvidado debajo de la cama. Somos adultos y no niños.

No basta una jineta o un cargo para investirse de autoridad. Los tiempos cambiaron y las ovejas también.  Más que órdenes y verdades blindadas necesitan de sentido, ejemplo e inspiración para levantarse del pasto y emprender camino a la siga de su pastor.  Ahí está el desafío.

Ya no se puede esconder debajo de la alfombra. El abismo existe y ya no es necesario que nadie venga a ponerlo en evidencia. Se ve y se siente a kilómetros de distancia. Nos guste o no, las iglesias se están vaciando. Seguramente las razones son variadas y complejas y las responsabilidades compartidas.    Pero una cosa es cierta: o seguimos haciéndonos los sordos, o devolvemos la mirada y nos hacemos cargo.


Por Matías Carrasco

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HACER DAÑO

CRUZ

En esta oportunidad, no me voy a referir ni a al Cardenal Errázuriz ni al Arzobispo Ricardo Ezzati. Con el contenido de los mails que están circulando por medios y redes sociales, basta y sobra para que cada uno se forme su propia opinión. Yo ya tengo la mía.

Pero sí me interesa referirme a otro punto de esta entramada historia. Y es a esa costumbre, equivocada y cobarde a mi juicio, de responsabilizar y culpar a otros por los propios errores y horrores. En referencia a Juan Carlos Cruz, otrora víctima de Karadima,   y en el intercambio de emails entre el Arzobispo y el Cardenal, se habla de “salteadores”, “lobos” y “serpientes” y del “grave daño” que causaría la presencia de Cruz en la Comisión contra abusos sexuales en el Vaticano. “Él va a utilizar la invitación para seguir dañando a la Iglesia” – advertía el Cardenal en uno de sus envíos. Y por eso se movilizaron y activaron sus contactos e influencias para evitar a toda costa que Cruz llegara hasta la Santa Sede. Y lo lograron.

Ya lo he escuchado antes. Frente a cualquier cuestionamiento público a nuestra Iglesia, a quienes agitan un poco la alfombra, a los que mueven las aguas, a quienes intentan poner sobre el tapete puntos de vista distintos y discusiones sobre la doctrina y el magisterio, se les acusa de hacer daño. Y eso, para quienes aún guardamos cariño por la Iglesia, duele y desconcierta. Imagino que a Juan Carlos Cruz también.

El trato que recibe es injusto. Para cualquiera que haya seguido medianamente de cerca el caso Karadima se dará cuenta que la denuncia que realizó, a cara descubierta, con nombre y apellido, junto a otros, no fue precisamente para sacar provecho personal o simplemente por el gusto de ver caer a la Iglesia. Fue más bien un grito de auxilio, de justicia, de impotencia frente a graves abusos que ocurrían en lo más alto y encumbrado del catolicismo local. Y no fue gratis. Vaya a preguntarle a Cruz, Hamilton o Murillo los costos, los dolores, los miedos y la exposición que eso les significó. Por esto, achacarle ahora a uno de ellos la pesada carga de hacer daño a su propia Iglesia es, a lo menos, un triste y lamentable despropósito.

Más todavía para quienes creemos – muy por el contrario a lo que piensan nuestras autoridades eclesiales – que Cruz y sus amigos le hicieron un tremendo favor y un bien invaluable a Chile. Gracias a ellos y su valiente testimonio cayó Karadima y con él una historia de abusos, desidia y poder.   Propusieron al país y a los católicos un cambio de mirada, corrieron el eje y abrieron los ojos a muchos sobre la necesidad de virar hacia una iglesia más transparente, menos santa y más humana.

¡No señores! No es Cruz quién hace daño. Es la misma Iglesia quién se ha encargado de abrir heridas profundas y que, al menos por lo visto estos días, se niega a reconocer en toda su hondura y magnitud.

Mientras el Papa ha realizado insistentes llamados y ha dado claras señales a pastorear con olor a oveja, a estar cerca de los dolores y las necesidades de las personas, a escuchar con humildad y “a decir todo lo que se siente con parresía”, aquí en Chile insistimos en querer tapar el sol con un dedo y en defender viejas estructuras de poder que sólo amenazan con dejarse caer.


Por Matías Carrasco.

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CHILE CONTRA LA CORRIENTE

SALMONES

Hay pirañas por todos lados. Estamos rodeados. De la noche a la mañana aparecieron a lo largo y ancho del país. Aún en aguas frías han logrado sobrevivir y hacer de las suyas.

Lo que pillen lo hacen añicos. Cualquier ser vivo que tropiece será devorado por ellas. Y no de cualquier manera. Lo harán de a poco y reiteradamente. Lo suyo es morder,  despedazar y hacer daño.

Nunca actúan solas. Siempre atacan en cardumenes numerosos. Así meten miedo, se protegen y azuzan mutuamente. Y en Chile ser piraña es tendencia. Hacia allá va la corriente. Donde haya sangre ahí estarán,  aguardando impacientes para hincar sus filudas dentaduras.

Ya varios han sido víctimas y andan por ahí exhibiendo sus huesos y lamiendo sus heridas. La Presidenta y ex Presidentes, ministros, diputados, senadores, jueces, carabineros, empresarios, simples ciudadanos, camioneros, curas, periodistas, futbolistas, alcaldes y una larga lista han sido rodeados y asechados por pirañas. No perdonan. Algunos merecían con razón más de algún mordisco. Otros fueron atacados de más o injustificadamente. Pero las pirañas en su afán por encajar la mandíbula y arrancar la piel no logran hacer la diferencia.

Pero han aparecido en Chile, en su propia tierra, algunos tímidos salmones. Juegan de local y saben que ir contra la corriente es su negocio. Aún cuando las cosas no están a su favor, aún cuando la masa aplaude y vitorea a las pirañas, hay salmones que han decidido nadar en sentido contrario. Y no crea que no muerden. Lo hacen y pueden mascar todavía más profundo, pero sin tanto escándalo y agitación.

No son ciegos. Los salmones saben lo que trae río abajo la corriente. Conocen su fuerza, sus furiosos rápidos,  sus piedras y peñazcos. Pero aún así, sabiendo de los peligros y las dificultades del mundo donde habitan, en vez de insistir en destruir como lo hacen las pirañas, eligieron dar la pelea.

Quizás porque saben, alguien les dijo, que al final de la montaña, allá arriba donde nace el río, encontrarán un lugar calmo y tranquilo donde descansar o donde ir algún día a morir. Tal vez sabían que la única manera de ver a Chile renacer sería en lo más alto y no allá abajo, con las insaciables pirañas.

Hacen falta más salmones. Al menos para emparejar la cancha. Las pirañas sobran. Las vemos todos los días en los diarios, la radio, la televisión, la oficina, en sobremesas, en facebook y twitter. Es tanto que ya se habla de sobrepoblación. En cambio los de carne rojiza y sabrosa se ven menos. ¡Y por Dios que son necesarios por estos días! Hace falta su porfía, su tozudez, sus saltos cargados de esperanza y la valentía de quien aprieta bien los dientes, cierra los ojos y aún así pega un nuevo brinco por que sabe que va contra la corriente.

Por eso yo celebro a los salmones. Esos que se atreven a confrontar opiniones, cuestionar a la masa, contrarestar las ideas de su propio sector o grupo de pertenencia si es necesario. Esos que logran ver debajo del agua y que no se quedan sólo con lo que escuchan arriba, en la superficie. Esos que pueden cambiar de parecer si encuentran un buen argumento para hacerlo.  Esos capaces de abandonar «su verdad» para ir en búsqueda de otras realidades. Esos que aceptan la diferencia y salmones de otras especies. Esos que hablan firme y claro, pero con justicia, responsabilidad y mesura. Esos que nadan con todas sus agallas por ver a Chile mejor, en vez de chapotear quejumbrosos en las orillas.

Que ocurra el milagro y se multipliquen los peces que quieran nadar contra la corriente. Chile, más que nunca, los necesita.


Por Matías Carrasco.

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HACERSE CARGO

Hacernos Cargo

No podemos pedirle al Estado más de lo que es capaz de darnos. Es cierto que sobre sus hombros recaen las más grandes responsabilidades, pero no todas las esperanzas se agotan en él. Aún en los asuntos más complejos, titánicos y peliagudos tenemos algo que hacer y que decir. Y en el último tiempo dos casos públicos y noticiosos – a miles de kilómetros de distancia entre sí- nos pueden dar luces sobre este tema.

En la discusión por el aborto en tres causales se le exige al Estado facilitar el acompañamiento de la mujer que está pensando en interrumpir su embarazo. Se cree que un buen consejero, una mano amiga, podría hacerla recapacitar, en contraste con la soledad, el miedo y el aislamiento con que tomaría esta decisión. Y aunque suene sensato, en la realidad parece algo impracticable. Porque mientras la sociedad no abra espacios reales de integración a las madres solteras y adolescentes embarazadas, nada o poco de eso ocurrirá. Y esto no depende precisamente del Estado, sino más bien de usted y de mí. Es bueno preguntarnos cómo andamos por casa. ¿Aceptamos en el colegio de nuestros hijos a madres solteras – que lucharon valientemente por llevar adelante su embarazo- o familias sin certificado o de las “mal constituidas”? ¿tenemos una mirada acogedora a la estudiante embarazada, esa de jumper, o más bien la observamos con regaño y prejuicio social? ¿estamos dispuestos a entregar a nuestros jóvenes educación sexual para prevenir los embarazos no deseados? ¿Nos importa realmente la suerte de una mujer embarazada y en situación de vulnerabilidad?

Y mire usted el mundo de los migrantes. Por estos días todo el país se ha conmovido con la historia de Aylan, el niño de tres años encontrado ahogado, boca abajo, en las arenas de una playa en Turquía. Y nos preguntamos con indignación, ¿por qué los países no hicieron nada? ¿por qué Europa se demoró tanto en recibir a miles de refugiados que huyen de la guerra? ¿Cómo tanta falta de humanidad? Y otros van más allá. ¿Por qué Chile no abre sus fronteras a familias sirias que hoy tanto necesitan? Pero no hay que viajar tan lejos para hacer algo por personas que dejan sus países, arriesgando y dejando atrás a quienes más quieren, para ir en búsqueda de un mejor futuro. Según algunas estimaciones, en Chile hay cerca de 500.000 migrantes, un 2,8% de nuestra población, y su bienestar depende en gran parte del marco legal y de lo que pueda hacer el Estado pero, otra vez, también de usted y de mí. ¿Cómo recibimos a los extranjeros que residen en nuestro país? ¿Los aceptamos con los brazos abiertos o los miramos con recelo y sospecha sólo por ser bolivianos, peruanos, colombianos o haitianos? ¿Les ofrecemos salarios y condiciones de trabajo justas o nos aprovechamos de su condición de foráneos? ¿Realmente nos importan o los dejamos naufragar en sus propias orillas?

Yo no tengo dudas de que una sociedad más amable y menos hostil reduciría las razones de cientos de mujeres para abortar. Mientras las puertas se mantengan abiertas más querrán pasar por ese umbral. Pero si se mantienen cerradas o se muestran amenazantes, más crece la posibilidad de darse la media vuelta y buscar caminos propios, aunque terminen en muerte y tragedia. Y también pienso que un país más abierto a la diversidad cultural, con leyes apropiadas y espacios de integración, también harían más grata y digna la vida de miles de extranjeros que verían, de verdad, cómo se quiere en Chile al amigo cuando es forastero.

Ni el aborto ni la situación de los migrantes y refugiados parecía ser tema antes de anunciada la ley y de difundida la foto del pequeño Aylan. Aunque lo sabíamos, aún cuando esto sucede todos los días frente a nuestras narices, pocos o nadie se querían dar por enterados. Pero cuando es noticia, cuando adquiere visibilidad, cuando lo vemos muy cerca, la conciencia llama y remuerde….hasta que deje de salir en televisión.

Tenemos un tremendo desafío por delante: el de construir un país más inclusivo, para todos y todas, todos los días. El único problema es que, honestamente, no sé si estemos dispuestos a hacerlo. Más allá del Estado y la ley, si cada uno no pone de su parte difícilmente podremos darle un futuro prometedor a quién está por nacer y a quién nació en otra tierra y llegó a nuestro país soñando una mejor vida.

Habrá entonces que comenzar a hacerse cargo.


Por Matías Carrasco.

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EN SU PROPIA TRAMPA

Michelle-Bachelet

En la última encuesta Adimark Michelle Bachelet alcanzó una histórica aprobación de 24%. Tras cartón y aprovechando la oportunidad, la oposición pidió a la Presidenta que corrija el rumbo y abandone un programa que rechaza buena parte de la ciudadanía. Pero la Mandataria insistió que seguirá adelante con la reformas, “sin importar las trampas en el camino”. Y sin querer nos regaló una importante pista para entender al Chile de hoy: la trampa.

De acuerdo a Wikipedia, la trampa es un dispositivo o una táctica provista para dañar, capturar, detectar o incomodar a un intruso. La Real Academia de la Lengua nos dice que una trampa es un ardid para burlar o perjudicar a alguien. En otras palabras estaríamos hablando derechamente de un señuelo o un engaño para hacernos caer.

Pero el problema no estaría en la trampa, sino más bien en el convencimiento de nuestra Presidenta de que detrás de cualquier crítica o cuestionamiento a las reformas cabría sólo el interés de perjudicar o hacer daño. Puesto de otra forma los adversarios políticos de la Nueva Mayoría o los detractores del programa de Gobierno serían feroces lobos disfrazados de tiernas e inocentes ovejas. Y hay más. Cuando sólo se ve trampa y engaño a nuestro alrededor, la sensación de un mundo amenazante ya llegó a nuestra ventana. Y si pese a eso, estamos convencidos de seguir adelante, a pesar de las cortapisas que nos pongan, la imagen de mesías y salvador del mundo también tocó a nuestra puerta. Y eso no es bueno.

Es cierto que los anuncios de este Gobierno han encontrado reacciones destempladas, exageradas y muchas veces mal intencionadas. Pero también es cierto que ha existido un largo desfile de columnas, comentarios y reflexiones bien intencionadas, que sólo buscan mejorar las cosas atendiendo al bien común. Echarlo todo al mismo saco – el de la trampa- sólo puede llevarnos a equívocos, un diagnóstico errado y una mirada parcial, antojadiza e interesada de la realidad. Porque pensar que nuestras ideas están siendo presa de un boicot concertado es la mejor coartada para no ver nuestros propios errores y horrores. Y así nos libramos de la autocrítica y el fracaso. Al menos no nos damos por aludidos.

Pero para ser justos no es sólo la Presidenta quien cae en su propia trampa. Todos de alguna manera lo hacemos. Y la derecha también. Nuestra oposición ante cualquier cambio social o cualquier intento por modificar el status quo, huele dolo y engaño. Y no demora mucho en disparar. Que vamos derecho al abismo, que estamos al borde del precipicio, que se nos viene Cuba y Venezuela. Es tal el nivel de la amenaza y la teoría de la conspiración, que tampoco son capaces de ver en quienes empujan el cambio el interés genuino por ver a Chile mejor. Nadie escucha a nadie.

Y así. Es la trampa la que nos tiene en problemas. No podemos ver en todo una confabulación. Despejar la paja del trigo es un ejercicio poco común por estos días, pero comenzar a hacerlo nos puede entregar una visión más equilibrada, justa y ponderada de nuestra realidad. Por miedo, por desconfianza y por esa estúpida práctica de no aceptar las propias debilidades y nunca reconocer los aciertos de quién piensa distinto, nos estamos perdiendo la posibilidad de confrontar ideas, dialogar, encontrarnos y construir en conjunto mejores reformas, mejores políticas y, sobre todo, un mejor país.


Por Matías Carrasco.

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BAJARSE DEL MUNDO

mundo

De vez en cuando es bueno bajarse del mundo. Colgar los guantes, bajar la guardia, apagar los aparatos y retirarse un rato a la montaña.

Sobre todo ahora que las cosas andan enredadas. El griterío es pan de cada día, los combos van y vienen, las trincheras son parte del paisaje, abundan declaraciones violentas y a la galería y escasea el análisis serio, técnico y a la altura de tiempos complejos. Algunos ya advierten que estamos jugando con fuego, pero en vez de juntar agua y desenrollar las mangueras, otros insisten en volver a encender el prado.

Por eso en la mitad del caos es bueno pensar en bajarse del mundo. No es otra cosa que guardar silencio y desenmarcarse de tanta virulencia. Porque convengamos que la mayoría de los entusiastas soldados de esta batalla más que buscar la paz y empujar el carro a una solución sensata y ponderada, repiten como loros viejas consignas, frases hechas o cuánta estupidez encuentran en las redes sociales. Pero como están en mitad de la bataola, no se dan cuenta que están dando jugo. Y uno también.

Por eso es que echarse a un lado del camino ayuda a mirar las cosas desde otra perspectiva. Se convertirá en testigo de la media embarrada que estamos dejando, en vez de ser un protagonista más, ciego y tozudo, de un país que estamos echando a perder. Y si está a los pies del mundo, flotando en alguna parte del universo, podrá ver todos los ángulos, todos los océanos, islas y, por su puesto, tendrá una vista privilegiada de esta larga y angosta faja de tierra. Y con el mapa a su disposición seguramente se enterará – si es honesto y corajudo para aceptarlo- de que los suyos no son los únicos intereses que defender; que vive en un país diverso y, gracias a Dios, con personas que tienen el legítimo derecho a pensar diferente; que hay otros que patean piedras más grandes y mascan lauchas más feas que las suyas; que su verdad es sólo una estrella en la mitad de una constelación; que sin diálogo y encuentro no habrán puestas de sol; que mientras se junte con los que piensan igual a usted, se eduque con los que piensan igual a usted y se informe con los que piensan como usted, nunca, jamás, never, saldrá de su celda. Y entenderá, al fin, que hay otros como usted que, aunque no lo decidieron, fueron arrojados de este mundo y que merecerían ser devueltos a la caravana.

No hay duda de que el dolor, la pérdida y la muerte le ayudan a uno a bajarse del mundo. No por elección, sino simplemente porque por alguna razón el mal tiempo ayuda a poner las cosas en su lugar y en su justa medida. Hoy hay personas que están sufriendo, y mucho, y le aseguro que no están ni enterados ni menos entusiasmados con la guerra que estamos librando. Y no es necesario que a Chile le pase lo mismo. Ya han sido demasiado los golpes para tener que asumir una tragedia autoinflingida y darnos cuenta, sin remedio, de que torpemente le hicimos daño a nuestra tierra.

Aún estamos a tiempo. El sol de esta semana avizora que ya llega la primavera. Puede ser un buen momento para bajarse del mundo y ver a Chile otra vez florecer.


Por Matías Carrasco.

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UNA HISTORIA VIOLENTA

violencia

A muchos les encanta hablar de marxistas y fascistas. Y cada vez que pueden, cada vez que se abre una puerta o se da la oportunidad, vuelven a levantar sus banderas y desempolvar la hoz, el martillo o la esvástica, dependiendo de qué vereda venga.

Y lo que vimos ayer fue un ejemplo de eso. La marcha de los camioneros no sólo puso en pugna los intereses de los transportistas y el Gobierno, sino también a las izquierdas y a las derechas de los años setenta. Volvieron a sonar las viejas proclamas que tanto daño le hicieron a Chile hace décadas atrás. Por esa absurda odiosidad se enfrentaron a puños, piedrazos y patadas grupos de uno y otro bando frente a La Moneda. Por ese enfermizo amor a las ideologías, los que acostumbran a marchar en la Alameda y defienden la libertad de expresión, ahora invalidan la manifestación de los camioneros por tratarse de una reivindicación «fascista y pinochetista». Todo, absolutamente todo, puesto en blanco y negro, polos norte y sur, violentistas y violentados, opresores y abusados. Nuevamente, los viejos paradigmas nos nublaron la vista, se acabó el análisis y los matices emprendieron otra vez la huida.

Es triste que a 42 años del golpe militar, a 25 años de la caída del Muro de Berlín y a sólo semanas del reinicio de relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba -emblema de estas añejas discusiones- en Chile sigamos todavía clavados a una estúpida división que no merecemos y menos necesitamos por estos días.

Que asesinos, que fascistas, que allendistas, que pinochetistas ¡Córtenla! ¡Paren la lesera! Quédense ustedes con esos muertos. No se puede construir el mañana con las polvorientas consignas de medio siglo atrás.

Estamos cultivando una historia violenta. No sólo en las calles, en las marchas y en la Araucanía. El lenguaje sin duda construye realidades y por lo visto el último año, nuestra realidad ha ido creciendo en ofensas y agresiones. Cada uno se ha montado en su propia verdad y apretando bien las piernas, asegurados en nuestros estribos y espuelas de puntas filudas, las emprendemos contra quien piense distinto.

Terror. Horror. Espanto. Tanto miedo le tenemos a la diferencia, que ante cualquier discrepancia desenfundamos el puñal y damos el golpe. No podemos tolerar que alguien vea el mundo con otros ojos. Cuando ya encontramos la verdad, ¿para qué seguir buscando? ¿para qué abrirnos a nuevas ideas? ¿para que pensar que la razón pueda estar del otro lado? Y así nos ahogamos en nuestros encendidos discursos, nuestras creencias y en nuestras mentes pequeñas y estrechas como nueces.

Más allá de la nostalgia de unos pocos, mucho más allá de esas convicciones ciegas, radicales y autocomplacientes, lejos de esas luchas de antaño que muchos parecen todavía querer librar, existen nuevas generaciones que sólo sueñan con construir un mejor país. Es tiempo de darles esa oportunidad.


Por Matías Carrasco.

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PAÍS DE MIERDA

la moneda

Mientras esperaba mi turno en una farmacia, entró una elegante señora e intentó girar plata del cajero automático pero sin suerte. Se acercó al mesón y preguntó al farmacéutico: «¿no tiene plata el cajero»?. El hombre distraído en otra tarea pareció no escuchar. La mujer impaciente insistió. Y al ver la escena sugerí: “si no le salió plata debe ser por que no tiene, señora». Y la mujer enfurecida exclamó: «¡país de mierda!», se dio media vuelta y se fue.

Y son muchos los que sienten estar viviendo en un «país de mierda». A la más mínima provocación disparan la frase. Y en ese trance buena parte de las miradas apuntan hacia La Moneda. Bachelet y sus boys serían los culpables de tener a Chile en una sucia e indeseable cloaca.

Este gobierno ha hecho las cosas mal. Muy mal. Pésimo si usted quiere. A mi juicio se ha farreado la oportunidad de hacer reformas necesarias y urgentes para el país. De hacerlas bien me refiero. Pudo haberlo hecho con diálogo, el tiempo necesario, la gradualidad que hoy tanto resuena y con la participación de todos los sectores. Pero se enredó en la ideología, revanchas mezquinas y retroexcavadoras de otra época.  Las correcciones a la reforma tributaria y las idas y vueltas del proyecto de ley de educación son la prueba más clara de la tosudez y la porfía de este «primer tiempo» de Nueva Mayoría. A Dios gracias existe el interés por corregir.

Pero ¿es esta administración la responsable de estar hundidos en un «país de mierda»? La respuesta para muchos puede ser tentadora, pero en mi opinión no. Al menos no del todo.

A Bachelet le podremos cargar la incertidumbre generada a nivel interno, su indefinición en temas claves para el país, su falta de liderazgo para sacarnos de la crisis política, reformas mal diseñadas y al galope, su ambigüedad y parte de la caída de la economía, entre otros asuntos. No es poco para un año y medio de gestión.

Pero me temo que no basta con apretar los dientes y esperar que pasen dos años de chaparrón para que todo vuelva a la normalidad. Porque aún con nuevo presidente, con Ossandón, Piñera, Lagos, Velasco o el que usted quiera en La Moneda, las nubes podrán disiparse un poco, pero en el fondo, allá abajo, donde nadie le gusta mirar, se seguirá juntando mierda si no hacemos nada para evitarlo.

Para decepción de varios, no sería la solución vender el sofá de Bachelet para evitar sentirnos engañados por vivir en un país que nos cambiaron. El peligro estaría en creer que en un Chile sin Michelle volvería a florecer la primavera.

Porque mientras muchos siguen apuntando a la Casa de Gobierno, el malestar campea  en sectores donde no hay oportunidades, la plata no alcanza, la educación no cumple con la promesa de un mejor futuro, la salud es indigna y dolorosa, no hay clínicas ni farmacias a la vista, la delincuencia arrasa, la droga se toma las esquinas, las balaceras suenan a menudo, escasean plazas y áreas verdes, el transporte aprieta, agota y asfixia, hay hacinamiento, el trabajo no siempre es bien compensado y donde, todavía, hay hogares sin luz ni agua potable. Y esas personas – viejos, adultos, jovenes y niños- siguen mirando desde el fondo como una exclusiva minoría permanece enchufada a la teta del privilegio, la buena vida y un mundo de oportunidades garantizadas y amarradas de generacion en generación. Y es ese contraste, esa fisura, esa herida abierta y profunda la que nos tiene convertido en un “país de mierda”.

Es ilusorio pensar que Bachelet encarna todos nuestros demonios. Es tentador, pero engañoso. Hay desafíos pendientes que requieren más de un gobierno, más de un sector y más de un sólo mesías para poder superarlos. Y en eso se necesita de buenas políticas públicas, buenas reformas, buenos dirigentes y, sobre todo, chilenos y chilenas dispuestos a asumir el costo de abrir espacios de justicia y verdadera integración social. No hay otra manera.

  • “¿Qué quería la señora?” – me preguntó el dependiente de la farmacia.
  • “Nada” – le respondí. “Sólo quería vivir en un país mejor”. Ojalá le resulte.

Por Matías Carrasco.

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