
Se va Hernán. Lo gritó a los cuatro vientos. Dice que le duele Chile, su incerteza jurídica, su hostilidad, la retroexcavadora, la inseguridad ciudadana, una nueva Constitución, nuevos criterios judiciales y un Gobierno que abandonó el progreso.
Pero para ser justos si Chile duele no es solo y únicamente por esta administración, su combo de reformas al galope y mal diseñadas y su mediocre desempeño. Chile sangra también por otras heridas.
Chile duele porque se destapó la olla y el aroma a sospecha, trampa, arreglines y corrupción nos defraudó y nos puso en vitrina. Se nos cayó la imagen de jaguares, modelo y un país probo y éticamente irreprochable.
La política pública, otrora motivo de orgullo y admiración, hoy es un espacio de condena y vergüenza. Aún pillados algunos de nuestros políticos, de derechas e izquierdas, insisten en disfrazar las evidencias, justificar boletas truchas, salidas de madre, campañas y pre campañas, jets privados, pagos de empresas y un financiamiento, al menos, irregular. Pocos han pedido perdón. Un golpe bajo para el país.
Chile duele porque algunos empresarios fallaron, se coludieron, estafaron e hicieron daño. Amparados en la creación de empleos, desarrollo y oportunidades, se arrogaron el derecho de repartir los trozos de la torta a su antojo, aunque millones quedaran sin pedazo. También dieron ellos su estocada.
Chile duele y llora porque se mueren sus niños y nadie marcha por ellos. Falla el Sename pero más fallamos nosotros que no podemos con niños golpeados, abusados y drogados por culpa de una sociedad clasista, injusta y brutalmente marginadora. Preferimos olvidarlos en centros y cárceles que no queremos ni mirar. Un hondo puñal en el alma de Chile.
Chile duele porque, literalmente, no logramos bajar los brazos de un puente que nos una. Y en vez de ponernos de acuerdo para arreglar las cosas y volver a encontrarnos, nadie parece dispuesto a hacerse cargo. El endoso de responsabilidades, el cálculo pequeño y la ventaja política siguen siendo deporte nacional.
Chile duele porque se ha perdido el diálogo y una conversación amable y más profunda. El coloquio se ha vuelto fome, previsible y monótono. Las opiniones, violentas. No hay mucho espacio para pensar y compartir argumentos con respeto y espíritu republicano. Chile está más hueco y vacío.
Y Chile duele porque la gente – usted y yo- está más dispuesta a criticar y pontificar que animarse a dar un paso adelante e intentar hacer algo por esta tierra quejumbrosa.
Pero a pesar del dolor, Chile sanará. Porque al lado de la sala de embarque donde Hernán espera su salida, hay otros políticos, empresarios, jóvenes, viejos, hombres y mujeres, que religiosamente, con cuidado y especial cariño, seguirán trabajando para curarle a Chile sus heridas.
Por Matías Carrasco.








