LO MASCULINO

Hace un tiempo me enfrasqué en una discusión en un WhatsApp masivo. Se celebraba el Día del Hombre, y un integrante del grupo festejó la efeméride con una especie de manifiesto al hombre deconstruido, “aquel que cuestiona las ideas y estereotipos tradicionales de la masculinidad impuestos por el patriarcado”. Señalaba, además, la necesidad de buscar nuevas formas de ser hombre, más libres, justas y respetuosas. Cerraba el mensaje advirtiendo que no se trataba de dejar de ser hombre, sino de repensar y modificar comportamientos para vivir relaciones más igualitarias.  De inmediato recibió emoticones de aplausos y corazones. La mayoría, mujeres. Yo retruqué con un simple y breve “naaaa”. Apenas se asomó una carita de risa. Tuve que explicar. Que eso del hombre deconstruido es como si tuviésemos que mejorarnos de algo (que no es lo mismo que mejorar)  y de curarnos de una enfermedad de la cual fuimos víctimas. Que no creía en nada de eso. Ni en lo de curarnos, ni en lo de víctimas. Que de tanto insistir en deconstruir al hombre corremos el riesgo de que inhiba parte de las características que son propias de la masculinidad, y que son importantes para la vida, para la relación en pareja, para la crianza, y así. Y, finalmente, concluí que hay diferencias entre el hombre y la mujer que deben desaparecer (las de trato, sueldo, oportunidades) pero otras deben seguir existiendo. Esta vez recibí dos emoticones afirmativos. Dos hombres.

Entiendo. El mundo cambió. Los roles se han modificado. La mujer reclama, con justicia, su lugar en el trabajo y en la sociedad. Exige igualdad. De ahí la necesidad de un hombre que comparta las labores del hogar y de la crianza. Estoy de acuerdo. De hecho, pienso en estas cosas mientras restriego los platos, pongo la mesa, limpio la encimera o hago la cama de los niños. El feminismo llegó para ajustar cuentas, y se han ido ajustando. Sin embargo, muchas de ellas a costa de lo masculino. El feminismo vino a echar luz sobre la mujer, pero ha puesto al hombre bajo una lupa, como motivo de sospecha, como un individuo que debe revisarse, replantearse, y para los más entusiastas, deconstruirse. Y en ese afán, bien intencionado, de igualarnos en tareas, roles, comportamientos, hay algo en el hombre que silenciosamente comienza a retroceder, a contenerse, o a domesticarse.

Es la imagen de un sujeto sobreadaptado, obediente, que busca cumplir con las exigencias de este tiempo, estar a la altura, parecer políticamente correcto, evitar la funa, salir incluso a marchar por las mujeres en el 8M asumiendo el riesgo de ser expulsado de sus filas.  Pero es también, o quizás por lo mismo, un hombre extraviado, a tientas, buscando un nuevo lugar en el mundo. Pienso en los adolescentes. Pienso en nosotros, los adultos. Pienso en mí.

El ímpetu por la igualdad de género tiene su lado luminoso, pero también su sombra: la de borrar los contornos o las diferencias que nos enriquecen y complementan. Si hombres y mujeres cumplimos más o menos los mismos roles, más o menos las mismas actividades, más o menos las mismas tareas, ¿qué nos distingue en realidad? ¿Cuál es el valor de lo masculino en la pareja, en la familia, en el trabajo o en la sociedad? ¿Cuál es el papel que el hombre cumple en el mundo de hoy?

Se lo pregunto a la inteligencia artificial. Me refiero a las diferencias entre lo masculino y femenino. No hay una respuesta clara (como si no existiese una respuesta clara). Ni Gemini ni Claude se animan a hacerlo. Ambos se van por las ramas ¿También tendrán miedo a la funa? Que hay distinciones físicas y sicológicas, pero nada concreto, nada muy específico.  Aclaran, eso sí, lo de la construcción social y un debate abierto sobre el peso de lo biológico y lo cultural al momento de hacer estas distinciones. Le pregunto ahora por el rol del hombre en el mundo actual.  Gemini comenta que el hombre está dejando atrás los mandatos rígidos del pasado (¿y los de hoy no lo son?), y habla de un rol que se construye desde la colaboración y el equilibrio.   Se refiere a un hombre que “ayuda” (así lo pone, entre comillas. La IA también toma sus resguardos) en el hogar; que es aliado de la equidad en la sociedad; que asume un liderazgo empático en el trabajo;  y que acepta su propia vulnerabilidad. Otra vez, el tipo sobreadaptado.

Claude, en cambio, sugiere un matiz. Plantea que existen distintas perspectivas. Una se refiere a un rol difuso o en crisis del hombre moderno. Otra, habla de una adaptación necesaria. Y una tercera, y aquí está el contrapunto, menciona una versión más tradicional y conservadora si se quiere, sobre la importancia de apreciar las diferencias entre los géneros y evitar que se diluyan. Esta puede ser la más impopular, pero deberíamos prestarle especial atención.

No se trata de volver a otra época. Tampoco de resistirse a cambios que pueden ser justos y beneficiosos para todos. Pero es importante valorar también lo masculino, con toda su complejidad, y evitar cualquier intento refundacional. Y desde ahí, desde esa genuina  y necesaria diferencia, seguir mejorando y aportando a la familia y a la sociedad.   

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Por Matías Carrasco.

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