EL GUSTO POR OLERNOS EL POTO

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Sí. Los chilenos tenemos la costumbre de olfatearnos el poto cada vez que podemos. Igual que los perros. Ellos lo hacen para recolectar información sobre el otro animal. Y nosotros también (perdón por lo de animal).

Cuando le pregunten cuál es su apellido, de qué colegio salió o en qué comuna vive, sepa usted que lo que están haciendo es olerle su trasero, sin siquiera pedirle permiso. Somos expertos. Estamos entrenados para posar nuestras narices sobre colas ajenas y extraer información valiosa sobre quién tenemos en frente, saber cuánto pesa y si es gente común o gente como uno. ¡No se vaya a confundir!

Está tan arraigada esa costumbre entre nosotros que ni siquiera nos damos cuenta del importunísimo. Es tal la tentación de inclinarnos y hurguetear allí, que pocas veces nos resistimos. Y quién responde, inevitablemente, muestra también sus plumas y credenciales.

Y es que en Chile no es lo mismo salir del Villa María que del Compañía María. No es comparable entrar al Saint Georges que al San Jorge. No es igual estudiar Ingeniería Comercial que Ingeniería Comercial en la Católica. Y no es ni parecido apellidarse Ruiz que Ruiz-Tagle. ¿Me sigue?

Es todo un rito. Es parte de nuestra cultura clasista y arribista. Una práctica generalizada que está enquistada en toda la sociedad. Nadie se salva. Muy pocos en realidad. Y quienes gozamos de un buen currí-culo (quizás venga de ahí el origen de la palabra), gozaremos también de estatus, mejores oportunidades y un mejor futuro. Y es que en nuestro país un buen apellido o un buen colegio abren puertas…y muchas.

La manía por encontrar parentela también es parte del mismo juego. Cuando le pregunten si usted es pariente de mengano o fulano, también le están intrusiando sus partes más íntimas. Otra vez sin su permiso. Y si logran encontrarle algún lazo sanguíneo usted avanzará dos niveles. Si no hay coincidencias, corre en desventaja.

Es como estar inmersos justo ahí, en el medio. Tanto que perdemos toda perspectiva. Con una mano en el corazón, creo que hasta el colegio de nuestros hijos lo elegimos pensando más en nosotros y en los potos que allí encontraremos.

“No. Yo elijo el colegio pensando en la formación y los valores que imparten”- me dirá usted.

Bien. Le creo. Pero le apuesto que la gran mayoría de los apoderados del colegio que usted eligió para sus niños tienen el mismo ph justo ahí, donde termina la cintura. Y no creo que sea coincidencia.

¿Es bueno seguir oliéndonos el poto?

Reconozco haber olido varios en mi vida y seguir haciéndolo. Pero en un país que está cambiando y que reclama por más espacios y oportunidades para todos, pienso que es justo y prudente terminar con esta práctica hedionda. Debemos dejar de darnos ese gusto. Chile merece más, mucho más, que sólo olor a poto.


Por Matías Carrasco.

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¿POR QUÉ NO SE CALLAN?

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Ya está bueno. No hay guata que resista más declaraciones y discursos vacíos. Lo que la clase política nos ha regalado en las últimas semanas ya es suficiente. No queremos más pan ni circo. ¿Por qué no se callan?

Señor Dávalos y Señora Campagnon, ¿por qué no se callan? Después del numerito que se mandaron renunciar en silencio a su partido habría sido una buena decisión. No era justo ni necesario que un país entero deba escuchar, una vez más, sentidas y trabajadas palabras en una extensa carta filtrada a la prensa. A estas alturas que usted Sebastián “enfrente estos duros momentos con tranquilidad” a nadie le importa.

Señor Rossi, ¿por qué no se calla? Deje que la opinión pública se forme su propia impresión de este caso. Que usted considere que lo de Dávalos y Campagnon fue un acto de “grandeza” y “generosidad” es a lo menos de mal gusto para un país que espera una condena clara más que espaldarazos de partido. Da hasta vergüenza ajena tanto sobajeo entre camaradas.

Además, convengamos que renunciar antes de que lo echen no tiene mérito, gracia ni heroísmo alguno. Es la mejor opción. Ellos dan un pie al lado, escriben una sentida carta de renuncia, sufren, sufren mucho y el PS evita tomar una decisión incómoda que golpearía el corazón de Bachelet y de la Nueva Mayoría. Un buen guión. Todo preparado al más mínimo detalle. Pero Chile cambió y ya no aplaude como antes actuaciones mediocres en tablas añejas y a punto de ceder.

Y usted señor Hasbún, ¿por qué no se calla? Intentar minimizar su propio Pentagate señalando que “una cosa es el enriquecimiento personal y otra muy distinta es el financiamiento de campañas políticas” es mirar en menos a un país que piensa, interpreta y entiende más de lo que creen… mucho más de lo que creen. No es un buen negocio por estos días entrar en el estéril juego de que es peor: si utilizar el poder para enriquecerse o utilizar el poder para financiar su campaña y enriquecerse al fin. Créame, así como están las cosas, no conviene.

Somos varios quienes estamos hastiados de tanta conferencia, oportunismo y revanchismo político de corto alcance. A la luz de lo que hemos visto en los últimos días nadie estaría pensando en el bien de Chile. Cada cual, Gobierno y oposición, estarían pataleando para salvar su propio pellejo, aunque eso signifique dejar el terreno libre y abierto para que el populismo se corone presidente de la patria en las próximas elecciones. Háganse responsables.

Sinceramente es triste ver cómo nuestra política, nuestros partidos y la institucionalidad se ha deteriorado en el último tiempo. Y quizás no es el hecho puntual – Penta y Nueragate- lo que más preocupa, sino cómo se han ido enfrentando ambos casos: sin perdón, sin claridad, sin autocrítica, sin sanción y sin liderazgos que ofrezcan confianza, credibilidad, altura de miras y un rumbo claro que seguir.

Cierren las salas de conferencia. Apaguen los micrófonos. Boten los discursos. Desháganse de algunos asesores de prensa. Eviten la televisión, la radio y los diarios por unas semanas y pónganse a trabajar por Chile y no por sus partidos y ambiciones de poder. Le aseguro que quién lo logre recuperará buena parte de la honorabilidad y el respeto perdido. ¿Alguien se ofrece?


Por Matías Carrasco.

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SEPARADOS Y PROCESOS DE ADMISIÓN

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Llegó marzo. Y con ello el nerviosismo y ansiedad de aquellos padres que están enfrentando por primera vez el proceso de admisión al colegio que siempre soñaron para ellos y sus hijos. Están puestas en esa elección buena parte de nuestras esperanzas y el futuro de lo que más queremos. Son muchos quienes postulan y escasas las vacantes. Hay estrés. Y en general los padres sufren. Lo pasan mal.

Pero hay algunos que lo pasan peor. Y me refiero a las “otras” familias. Esas que no entran en el selecto grupo de las “bien constituidas”. Hablo de separados vueltos a casar o emparejar. Aunque sea políticamente incorrecto reconocerlo en público, ellos corren, generalmente, en desventaja. Su curriculum está “manchado” y competir contra nosotros, los “casados para siempre”, se hace muy difícil. Particularmente en algunos colegios católicos, donde por su condición de “adúlteros” y la ausencia de un certificado religioso, no son siempre bien vistos.

No quiero ser injusto. No se puede echar en el mismo saco a todos los colegios católicos. Hay algunos que han abierto sus puertas a matrimonios que han fracasado y personas que han decidido rehacer sus vidas. Pero hay otros que aún se resisten a ello. Hay avances, pero falta. Urge un cambio de mirada.

Pero ¿esto ocurre en realidad?

Lamentablemente no hay datos públicos que ayuden a entender esta realidad en los colegios católicos, pero a juzgar por lo que uno ve y escucha es una práctica que persiste y un sentir que se percibe en las parejas que, en esta situación, participan del proceso. El temor a ser rechazados sólo por su condición existe. Y la sensación de pertenecer a una categoría distinta, también.

Para que usted sepa, en octubre del año recién pasado la Corte de Apelaciones de Concepción ratificó una condena en primera instancia por discriminación emitida contra un colegio católico de esa ciudad, luego que el establecimiento negara la reincorporación de una alumna porque su madre convivía con una persona distinta al padre de la menor.

“Una golondrina no hace verano” – dirá usted. Si, tiene razón. Pero la intuición me dice que hay más de una sola golondrina dando vueltas por ahí. Sería interesante conocer cifras y estadísticas de la selección de padres separados que rehicieron sus vidas en los colegios de Iglesia. ¿Alguien se anima?

Hace algunas semanas atrás el Papa Francisco instó a la Iglesia a elegir entre “ser una casta” o superar los prejuicios y el miedo para acoger a los marginados. Bonita elección. Es un desafío para buena parte de los colegios católicos el avanzar hacia una educación más inclusiva, donde todos tengan cabida, pero especialmente quiénes más sufren,  fracasan, los relegados y excluidos, que son quiénes más lo necesitan.

Es bueno que compartan en el mismo lugar aquellos que han logrado mantener un matrimonio en pie, con otros que han vivido el fracaso, sufrieron bastante y hoy se levantan con una nueva vida. Hay mucho que conversar y aprender. Aprender de la familia de Sergio y Ángeles, dos separados que hoy conviven, con los tuyos y los nuestros, y que han vuelto a intentarlo, buscándose una segunda oportunidad, a pesar de las heridas. Aprender de Cristina, una mujer abandonada por su marido, pero que decidió seguir adelante, criar a sus tres hijos sola y ahora rehace su vida con un nuevo amor. Aprender también de Rafael, un hombre soltero que acogió sin prejuicios a Luz María y sus hijos y hoy forman una gran familia.  ¿No es eso el cristianismo? ¿No es encuentro y perdón? ¿no es resucitar después de la muerte y volver a empezar? ¡Tenemos tanto que aprender!

Jesús no los dejaría afuera. No lo hagamos nosotros.


Por Matías Carrasco.

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LA IGUALDAD DE SEBASTIÁN

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Se equivocó Sebastián. Metió las patas el hijo de la Presidenta. Su madre no debe estar contenta. Mientras ella ha enarbolado con convicción y entusiasmo la bandera de la igualdad, su primogénito va y concerta una reunión con el controlador y Vicepresidente de uno de los bancos más importantes de Chile. Tras cartón, la sociedad de su señora recibe un crédito de $6.500 millones a días de que Bachelet se coronará, por segunda vez, flamante mandataria del país.

¿Es delito? No. Hasta el momento nada se le ha comprobado a Sebastián. Pero no es muy bien visto que el hijo de la Presidenta se reúna con el dueño de un banco para gestionar un préstamo para su propio negocio mientras el resto de los chilenos lo debe hacer con su ejecutivo de cuentas, con todo el trámite, papeleo, tiempo, frustración y desgaste que eso significa. Convengamos entonces que no estamos compitiendo en igualdad de condiciones ni en una cancha pareja con Sebastián. De alguna manera su privilegiada reunión con Andrónico lo ubica en el grupo de “los poderosos de siempre”, ese clan tan denostado por la actual administración. ¿Me sigue?

Mientras, en el Chile de la señora Juanita, el ciudadano de a pie y la tan manoseada clase media, ¿qué pensará ese esforzado microempresario que hace meses viene tramitando un crédito para hacer crecer su almacén y aún no tiene respuesta de su banco? ¿Qué cree usted que le han rechazado su crédito hipotecario más de alguna vez por no contar con todos los requisitos que exige su institución bancaria? Seguramente pensará lo mismo que yo. Y es que a Sebastián le prestaron los diez millones de dólares, para una naciente pyme con $6 millones de patrimonio, sólo por ser el hijo de la Presidenta Bachelet. Y eso no es precisamente meritocracia. Y eso no es bueno para Chile. Y eso, paradojalmente, aumenta la sensación de desigualdad.

¿Es ilegal? No, hasta ahora no existe ilegalidad alguna probada en contra de Sebastián. Sin embargo, hace tiempo que en Chile, y en buena hora, se está comenzando a hacer la distinción entre lo lícito y lo ético y moral. Aún cuando no se verifique delito o ilegalidad, lo de Dávalos es, a mi juicio, reprochable. Y lo es porque un personero público –ad honorem o no- debe ser y parecer un servidor probo e intachable. Y ese encuentro con Luksic, y la posterior aprobación del crédito y la compra de las 44 hectáreas en Machalí despiertan, al menos, suspicacias. ¿Tenía Sebastián información privilegiada del proceso del cambio al plan regulador? ¿Es prudente que el hijo de la Presidenta participe de un negocio cuya rentabilidad depende en gran medida de la aprobación de un cambio normativo que el mismo Gobierno de su madre debe, en parte, aprobar o rechazar? Y no son preguntas que me hago sólo yo. Se la están haciendo ahora mismo miles de personas.

Se equivocó Sebastián. Y se equivoca el Gobierno en bajarle el perfil a la situación. Y se equivoca también la derecha al tratar de empatar su propio Pentagate con este caso. Hay millones de chilenos allá afuera que no les interesa si son de derecha, centro o izquierda. Tampoco les importan las rencillas políticas y peleas de poder a las que nos tienen acostumbraros personeros de Gobierno y oposición. Lo único que queremos una buena parte de chilenos y chilenas es política de la buena, verdaderos servidores públicos, menos excusas y explicaciones y autoridades capaces de pedir perdón, reconocer sus errores y rectificar, cueste lo que cueste y venga de donde venga. Todo, por el bien de Chile y la tan anhelada igualdad.


Por Matías Carrasco.

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NI TAN PRO VIDA NI TAN PRO MUERTE

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Parto estas líneas celebrando el derecho de miles de chilenos de expresarse en contra del proyecto de ley del aborto terapéutico. Para muchas personas éste es un tema de primerísimo orden, donde se juega literalmente la vida y las convicciones más profundas de cada ser humano.

Asimismo, es bueno para Chile que la gente se movilice por sus propias causas, que levante banderas, que se organice y decida dejar su cómodo sillón de una tarde de domingo para salir a la calle y defender lo que consideran justo.

Es por eso que destaco las cartas al director, los debates que comienzan a aparecer en programas de televisión, las declaraciones de distintos movimientos y fundaciones contrarias al aborto, la opinión de médicos y especialistas, los testimonios de quienes han vivido estas situaciones en carne propia, los comentarios en las redes sociales y las marchas que, tarde o temprano, volverán a aparecer por nuestras avenidas.

Sin embargo, hay algo con lo que debiéramos tener cuidado y que se asoma con regularidad en esta discusión. Y es esa cierta arrogancia y autoridad moral que se instala desde quienes dicen “defender la vida” en contra de aquellos que buscarían “avalar un crimen” al apoyar el proyecto de ley.

¿Podemos catalogar de “pro vida” a quienes se oponen a la ley de aborto terapéutico? No. Al menos desde mi mirada la vida es mucho más que su concepción y alumbramiento. Hay todo un camino por delante donde esa misma vida debería ser defendida con la misma pasión, convicción y valentía. Y tengo la impresión de que son pocos, muy pocos, quiénes se dedican los 365 días del año a hacerlo y menos los que luchan todos los días por prevenir los abortos que ocurren a diario en Chile. Para el resto, colgarnos la chapa de “pro vida” sólo por mostrarnos contrarios al proyecto de ley, me parece presumido.

¿Y podemos catalogar de “pro muerte” a quienes apoyan el proyecto de ley? No. Es que no creo que quienes viven en carne propia un embarazo producto de una violación, clínicamente inviable o que pone en riesgo la vida de la madre y dudan,  sean “pro muerte”, sino más bien seres humanos que están en medio de una feroz encrucijada moral.

Imagino (aunque cuesta imaginárselo de verdad) el calvario que viven los protagonistas de situaciones como ésta. Cuando toda madre embarazada espera una fiesta, a muchas les toca un funeral. Lo de ellas es sencillamente una situación extrema, excepcional y horrorosa.

Y es por ellas que me quedo pensando. Y es por ellas que creo que esta discusión debe ser abordada con extremo cuidado y respeto. Imagino que esos padres ya tienen bastante con lo suyo, para además tener que bancarse la mirada acusadora de miles y miles de personas.

La vida no es blanca o negra, matices hay por montón. Y cuando esta discusión recién comienza, deberíamos evitar caer en la fácil práctica de encasillarnos en grupos “pro vida” y “pro muerte” o creernos mejores por levantar una bandera de lucha que, simplemente, no estamos ni cerca de conocer en toda su magnitud. Hay una gran tragedia en el medio que hay que saber pesar y empatizar.

Yo estoy en contra del aborto. Al final, cada uno fijará su posición, pero la invitación es a discutir en respeto y en voz baja, porque estamos en medio de un funeral.


Por Matías Carrasco.

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¿QUÉ ES VERDAD DE TODO LO QUE SE PUBLICA?

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No gustó. Sencillamente la designación del nuevo Obispo de Osorno, Juan Barros, encendió nuevamente las alarmas en algunos sectores de la Iglesia y de la sociedad ¿La razón? Su cercanía a Fernando Karadima (es uno de los cuatro Obispos formados por él) y las públicas acusaciones que le han achacado algunas de las víctimas del ex párroco de El Bosque.

Para que usted sepa, una vez conocida la noticia del nombramiento, las víctimas hicieron rápidamente sus descargos. James Hamilton acusó a Barros de destruir las primeras cartas de denuncia contra Karadima, y Juan Carlos Cruz señaló que el nuevo Obispo de Osorno “estaba parado al lado mío cuando Karadima nos tocaba y se besaba con él”.

Ha sido tanto el revuelo en Osorno, que ahora es un sacerdote de esa ciudad, Peter Kliegel, quién preocupado por la noticia envió una carta al Nuncio Apostólico de El Vaticano en Chile, solicitándole más información para entender una designación tan cuestionada en los medios de prensa. “¿Qué es verdad de todo lo que se publica?”– se pregunta.

Y nosotros, los laicos ¿debemos levantar la voz?

Usted tiene razón. Es difícil opinar cuando no se tienen todos los antecedentes y cuando uno no conoce con lujo de detalles lo que pasó en el círculo más cercano a Karadima. Por lo tanto, lo aconsejable sería guardar silencio y esperar a que “algo” ocurra o a que otros pongan el pellejo y asuman toda la carga.

De hecho, ¿no fue eso lo que hicimos la mayoría de los católicos cuando explotó el bullado caso Karadima? Pienso que, en buena medida, fue eso lo que hicimos. Ellos hicieron la denuncia, se expusieron (sus vidas y sus familias), asumieron los costos (de todo tipo) y generaron la caída de Karadima, y con él, una historia de abusos, desidia y poder. Hicieron un gran favor a la Iglesia y a Chile. Y nosotros – al menos la mayoría- vimos el caso por televisión, como mudos testigos, sin levantar la voz. A estas alturas pienso que los dejamos solos…bien solos.

Y es que no es bien visto, por un amplio sector de la Iglesia, que algunos católicos se atrevan a cuestionar públicamente parte de sus enseñanzas, prácticas o decisiones. Y de los que se aventuran, cada vez que lo hacen, se les acusa de generar daño o división. Por eso, no es de extrañar, que cuando aparecen dentro de nuestra Iglesia irregularidades, delitos o designaciones cuestionables (como ésta), los católicos no comentemos mucho. Es como si pudiésemos hablar de cualquier cosa, pero menos de los problemas que sucedan dentro de nuestra Iglesia amurallada. Raro ¿no? A mi juicio, una mirada equivocada y una actitud, si me lo permite, que no nos está haciendo bien.

Si es cierto eso de que la Iglesia somos todos, entonces todos tenemos derecho a “hacer” Iglesia. Y eso significa también opinar de la designación de nuestros líderes.

¿Debemos entonces levantar la voz? Por supuesto que si. Tal como lo hacemos sin miramientos cuando se trata del nombramiento de un Ministro o Subsecretario de Gobierno que está en entredicho por conflicto de intereses u otras razones, también los católicos deberíamos apropiarnos el mismo derecho para, al menos, preguntar a nuestras autoridades eclesiásticas por la designación del obispo Barros. ¿Es cierto lo que se dice en los medios de comunicación? ¿Tenía el Papa todos estos antecedentes a la hora de inclinarse por su nombre para Osorno? ¿es prudente nombrarlo Obispo, a pesar de tantas dudas?

Esta vez, no dejemos que sea sólo el cura de Osorno o los mismos de siempre quienes vuelvan a poner el pellejo. No es bueno dejarlos solos. Los laicos también tenemos algo que decir…y preguntar. Y en eso no hay engaño ni ánimos de división, sólo el genuino interés de “hacer” una mejor iglesia.

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LOS QUE NO EXTRAÑAMOS A BERRÍOS

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Desde hace algún tiempo que Felipe Berríos vive a varios kilómetros de Santiago, en La Chimba, uno de los campamentos con pobreza más extrema del norte de Chile. Ya han pasado varios meses desde su última y comentada intervención en el programa El Informante de TVN. Y de ahí no hemos escuchado nuevas declaraciones del jesuita. No al menos del calibre que nos tiene acostumbrados.

El sacerdote durante años disparó en contra de la elite. Sus duros cuestionamientos han apuntado a nuestros estilos de vida, nuestra prácticas y la forma en que nos educamos y nos relacionamos. Como pocos, este cura tiraba con fuerza del mantel y sacudía con ganas la alfombra, para dejar al descubierto cuestiones que nadie quería ventilar. Usted debe recordar la famosa “cota mil” o sus dichos sobre lo “lícito y lo inmoral” respecto a la construcción de clínicas en el sector alto de Santiago. Por eso saca ronchas. Por eso algunos no lo quieren.

Ni su casa, la propia Iglesia, se ha librado de su puntería. Y es que el cura no se arrugaba para poner en entredicho a la propia autoridad, obispos y cardenales, el magisterio y las formas de hacer Iglesia. Ha cuestionado su secretismo, su pompa, su liderazgo y algunas “verdades” que pocos sacerdotes se han animado a desafiar públicamente. “Los homosexuales son hijos de Dios. Él los creo homosexuales y lesbianas y Dios está orgulloso que lo sean” – dijo. Vaya bombita, ¿se acuerda?

Pero ya van varios meses que no escuchamos a Berríos. Y a juzgar por lo que hemos visto en el Chile del último tiempo, muchos no extrañamos al jesuita. Felizmente, ya no lo echamos de menos. Le explico.

Antes había que esperar una de sus entrevistas para que esta tranquila taza de leche agitara sus aguas, al punto de rebalsarse. Sus dichos eran siempre una novedad– al menos encendía la discusión- y comenzaba tras sus declaraciones un nutrido debate valórico sobre lo humano y lo divino. Para algunos Berríos sólo generaba daño y división. Para otros, era una señal de esperanza, porque expresaba lo que muchos pensaban y no se atrevían a decir.

Pero hoy las aguas ya están revueltas. Lo que antes comentaba Berríos en un programa de trasnoche o en alguna revista de fin de semana, otros lo dicen en otros medios, en otros canales y en otros formatos, todos los días. Por alguna razón, ya son varios “los Berríos” y no es necesario esperar a su próximo estreno para que comience la función. Son muchos los que se atribuyen el derecho a cuestionar lo que antes parecía incontrarrestable. Sacerdotes, laicos, twitteros, ateos, jóvenes y viejos se han sumado a la cruzada.

Y la elite – política, social, religiosa y económica- también ha hecho lo suyo para explicar el fenómeno. Los casos La Polar, Cascadas, Pentagate, el desprestigio de la política y abusos de toda índole, entre otros, han sumado al descrédito de este grupo que antes gozaba de un estatus especial y un poder a toda prueba. Y como su reputación va a la baja, lo que antes dictaban y predicaban, también. Se abrió entonces el espacio para cuestionar lo que antes ni si quiera poníamos en duda. Ya no hay reverencias a la autoridad. Y es bueno que así suceda.

Es cierto. A veces la crítica es injusta y desmedida. La indignación de muchos ayuda a que las formas no sean las más adecuadas. Pero imagino que es parte del aprendizaje. Con el tiempo iremos puliendo las palabras, la pasión y la manera de expresarnos.

Con todo, ya no es necesario esperar a que Berríos ventile buena parte de nuestros trapitos al sol. Otros ya lo están haciendo. Y por eso, simpatías aparte, ya no lo echamos de menos.

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A CHILE LE FALTA PERDÓN

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A Chile le falta perdón. Hace tiempo que no escuchamos por estos lados un arrepentimiento a secas. Es tal nuestra falta de costumbre y tan grande el miedo a equivocarnos, que los perdones ya no son los de antes.

Hoy se estudian, se planifican y acomodan. Se escribe un libreto, se lee una y otra vez, se analiza con asesores y abogados. Ninguna palabra saldrá de la boca sin haber sido antes sopesada y trabajada a más no poder. Por eso hoy los perdones son en conferencia de prensa, con discurso incluido, letra chica y sin aceptar preguntas. Sería una suerte de “perdón blindado”. No le entran balas, pero tampoco credibilidad y empatía. Por eso la gente ya está dejando de creer.

Escasean los perdones de otra época. Esos con la cara despejada, expresión compungida, frases entrecortadas, manos temblorosas y pecho a las balas. Esos perdones heroicos, dispuestos a perder si es necesario. Porque el perdón no calcula su impacto y su llegada. Y cuando aparece, sale como una catarsis, torpemente y sin amortiguadores. Por eso cuesta. Por eso duele. Por eso, lamentablemente, aparecen sólo de vez en cuando.

A Chile le falta perdón. No es bien visto hacerlo. No es aconsejable hoy mostrar debilidad. Mucho menos dejar entrever algún paso en falso. Si la embarró, si sabe en su fuero interno que no hizo las cosas bien…no importa. No se le ocurra por ningún motivo admitir el error, aunque sea “involuntario”.

Parece ser la historia de los últimos cuarenta años. Cuatro décadas llevamos ya enredados en nuestra propia reconciliación. Y vaya que ha costado encontrar palabras de perdón, de uno y otro lado. Y por no hacerlo, las heridas siguen abiertas hasta el día de hoy.

Así estamos. Es más rentable “no arrepentirse de nada” que admitir una caída. Y nos llenamos de valientes, orgullosos e infalibles hombres y mujeres que por no arrepentirse nunca de nada, nunca aprenden, nunca reflexionan, nunca cambian, nunca crecen y nunca permitirán que Chile mejore. El orgullo y la soberbia están ganando la batalla.

A Chile le falta perdón. Y no sólo a Ena y a sus amigos. A izquierdas y derechas,  a ministros, a parlamentarios, a “udistas” y comunistas, a sacerdotes, obispos, cardenales y laicos, a jueces, empresarios, famosos, padres e hijos, jefes y empleados, a usted y yo. A todos nos está faltando la humildad y el coraje de pedir perdón.

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EL AÑO DE LA ADOLESCENCIA

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Mucho se ha hablado del año que pasó. Y a juzgar por lo que uno ve desfilar por redes sociales, columnas y sobremesas de fin de semana, el diagnóstico no fue bueno. Se dice que la economía está paralizada, que los ánimos están crispados, el escenario político dividido y que tanta reforma está poniendo en riesgo el futuro del país. Se escucha que estamos cediendo terreno y que el desarrollo se nos escapa entre la punta de los dedos. Unos lo han denominado el año del desgaste y otros lo llamaron, sencillamente, el año de la mediocridad. Juzgue usted.

Pero déjeme hacer un alcance. A pesar de todo, aún con los peores vaticinios y con toda la polvareda levantada el 2014, me parece que no fue un mal año. Más que desgaste y mediocridad yo lo llamaría el año de la adolescencia, aunque sus primeros síntomas aparecieron a principios de esta década. Es tiempo de cambios, preguntas, rebeldía, despertar y búsqueda de la propia identidad ¿le suena?

Y la adolescencia no es buena ni mala, simplemente es un paso obligado para quién quiera transitar a la adultez… o al desarrollo. Le guste o no, es el costo que debemos pagar por querer ser mejores personas y un mejor país.

Y Chile tuvo el 2014 una buena cuota de hormonas. Fue el año donde gran parte de los chilenos se rebeló contra el status quo. Lo que hasta ahora parecía normal, hoy nos resulta inaceptable. Peleas más o peleas menos, ya nadie pone en duda la necesidad de hacer cambios profundos a la educación y otras materias. Y ese consenso es una buena noticia.

Lo importante es hacerlo bien. Y ahí seguimos entrampados. La tozudez y las desavenencias llegan también con esta etapa. Nuestras autoridades, Gobierno y oposición, deberían dar un ejemplo de unidad y sensatez. Una separación no es aconsejable para esta fase crucial del crecimiento.

Por su parte, las Cascadas, las colusiones y los Pentagate ya no pasan inadvertidos. Hasta la utilización de un palacio municipal para festejar al sobrino es motivo de alarma y reproche. Felizmente, ya no va quedando nada debajo de la alfombra.

Y las instituciones que antes nos cobijaban y adoctrinaban sin más, tampoco se salvaron del Chile adolescente. Hoy se levantan voces críticas desde la misma Iglesia Católica promoviendo vientos de cambio y prácticas más inclusivas y transparentes. La autonomía y el pensamiento crítico también llegan con la pubertad.

Asimismo, la discusión a plena luz del día de los temas valóricos y el avance de las minorías son parte del paisaje adolescente y su mirada abierta y acogedora. Los homosexuales que han debido lidiar con una larga historia de discriminación, hoy están a punto de anotarse un gran triunfo a la espera de la aprobación del AVP. Un justo ganador.

Con todo, ¿es esto bueno para Chile? Pienso que sí. Este 2014, aún con sus bemoles, tropiezos y economía a la baja, Chile despertó, reclamó y, en este sentido, también creció.

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SOMOS WINNERS: RECTIFICACIÓN

En relación a la columna que escribí hace algunos días con respecto al caso de Martín Larraín, quisiera hacer una breve aclaración:

  1. El escrito generó discusión en las redes sociales, recibiendo buenos, malos, medidos y desmedidos comentarios. Pero hubo un punto de vista, quizás el más minoritario, que me hizo pensar y querer rectificar sobre la columna. Y es que algunos planteaban que no era correcto cimentar mi reflexión sobre este único caso, atribuyendo culpabilidad a Martín Larraín, aún cuando los tribunales dictaron su absolución. Y tienen razón.
  1. Recojo el guante y asumo que me equivoqué en este punto, sin ser el centro ni el interés de mi reflexión. A la luz de la información pública con la que contamos gran parte de los chilenos en este proceso yo me formé una opinión. Sin embargo, y con la cabeza más fría, admito que eso no me da el derecho a presumir su culpabilidad, por muy extraño que me haya parecido el fallo. Martín Larraín también tiene derecho a que se presuma su inocencia. Lo pude haber planteado de otra forma.
  1. Tampoco mi interés era sumarme a la seguidilla de mensajes y comentarios destemplados que corrieron a toda velocidad por las redes sociales, sino más bien hacer una reflexión sobre las lecciones que nos dejaba este caso (y sus públicas repercusiones) a un sector de la sociedad. Pero es cierto también que no es sólo por este juicio puntual que en Chile se está incubando una sensación de impunidad e injusticia. Una nueva e equivocada imprecisión de mi parte.
  1. Por tanto, creo justo reconocer lo que a estas alturas me parece un error en el planteamiento de la columna y lamento que eso haya ensuciado el mensaje central que buscaba transmitir.
  2. Con todo, retiré la columna de circulación durante un par de semanas. Sin embargo, para que se entienda de qué estoy hablando y a solicitud de algunos respetuosos lectores,  repongo más abajo el escrito, sólo con pequeños ajustes en su tercer párrafo. El fondo se mantiene.

Esta rectificación que puede parecer a estas alturas impopular, tardía o innecesaria, nace por iniciativa propia y nadie me la ha pedido o me ha invitado a hacerla.

COLUMNA: SOMOS WINNERS

Vivo en Vitacura, la comuna más rica de Chile. Estudié en un colegio particular pagado, de los mejores del país, y mis hijos, por supuesto, también están matriculados en otro de los mejores. Me he hecho de un buen grupo de amigos, y con ello, también de una importante red de contactos. Tengo un trabajo estable, gano bien y disfruto de una vida sin mayores sobresaltos. Pertenezco al grupo de los privilegiados. Y en otros tiempos, podría haber sido yo Martín Larraín o uno de sus acompañantes la tarde del accidente.

Y por eso miro el comentado fallo del Tribunal de Cauquenes con pudor. Porque siento que, matices más o matices menos, soy parte del mismo grupo del hijo del Senador. Porque siento que la indignación de miles de chilenos apunta directamente en esta dirección. Porque creo que la rabia y desazón de la familia del fallecido me interroga y me interpela.

Más allá de este caso, se está incubando una peligrosa odiosidad en Chile ¿Por qué? En parte porque somos nosotros quienes, desde esta vereda, hemos ayudado a alimentar una cultura clasista, simplemente por no querer soltar la teta del privilegio y la seguridad.

Somos pocos, pero a pesar de la pequeña muestra, lo tenemos prácticamente todo asegurado. Gozamos de acceso a la salud privada, sin filas, sin esperas, con servicios de hotelería cinco estrellas. Nos educamos en colegios de elite, con los mismos de nuestra “especie”, sin nada ni nadie que altere el paisaje. Vivimos en las mismas comunas, en los mismos barrios. Compartimos los mismos servicios de alarma e intercambiamos los números de contacto de seguridad ciudadana, para sentirnos a salvo.

Estamos protegidos. Tanto, que incluso la justicia nos pasa por el lado.  Al menos es la sensación que va quedando, evidencia en mano, entre la gente. Y eso no es bueno, no es sano, no es justo, no es, si a alguien le importa a estas alturas, cristiano.

Somos winners. A pesar de tenerlo, lo queremos seguir teniendo todo e inventamos trampas y triquiñuelas para no ceder ni un solo centímetro de nuestra acomodada posición. Vea usted lo que pasa con los impuestos. No nos gusta pagarlos. Simplemente porque no lo encontramos “justo”. Entonces recurrimos a la vieja y generalizada práctica de crear sociedades con el único fin de eludir con elegancia la carga impositiva. Y así, ganamos de nuevo.

Hasta a las nanas les regateamos el sueldo. Ahí también aparece otra de esas malas prácticas, compartidas de generación en generación, de imponerles por el mínimo. Así no más. Ganamos otra vez.

Y cuando uno intenta hablar de estos temas, lo acusamos de resentido o de promover la lucha de clases. Y así triunfamos una vez más y evitamos tocar asuntos que no nos gusta ver porque nos incomodan , nos ponen en evidencia, nos muestran en nuestra cara el amargo sabor de la inconsistencia ¿Alguien podría hacerse el indiferente?

Debo reconocer que sospecho que este apacible nido, que este rincón de seguridades, debe comenzar a dar ciertas concesiones. Algo tiene que cambiar. Nosotros tenemos que cambiar. La sociedad ya no tiene aguante para seguir tolerando un desfile de decisiones injustas que siguen privilegiando a unos pocos. No podemos seguir siendo absueltos sin pagar ninguna consecuencia. De lo contrario, la convivencia entre unos y otros se hará cada vez más difícil, más hostil y violenta.

No sé cómo se hace. Pero hay prácticas que debemos dejar atrás. Miradas que debemos evitar. Murallas que tenemos que comenzar a demoler. Lenguajes que tenemos que cuidar y estilos de vida que revisar. Y lo más importante: entender que la única manera de crear una sociedad más justa es comenzar por ceder parte de nuestros privilegios…y aprender a perder. No hay otra salida.

Feliz Navidad (aunque hoy no sea para todos).

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