CASO O´REILLY Y LA HORA DEL SERMÓN

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Cuando el Gobierno anuncia un proyecto de ley para despenalizar el aborto terapéutico en Chile, los católicos reaccionamos de inmediato. Ahí literalmente nos jugamos la vida, gastando todas las balas, sin miramientos de ningún tipo. Es la madre de todas las batallas.  Se organizan movilizaciones, marchas y nuestras autoridades eclesiasticas salen proactivamente a fijar su postura.

Cuando a un movimiento homosexual se le ocurre escribir un libro de un tal Nicolás y dos Papás y recomendar su lectura para niños de entre 4 y 6 años, también los católicos levantamos la voz. Condenamos duramente la conducta homosexual, la enmarcamos dentro del rango de la inmoralidad y fustigamos el intento del lobby gay por educar a nuestros hijos en la diversidad sexual.

Cuando se discute en el Congreso el proyecto de Acuerdo de Vida en Pareja o comienza a instalarse el debate por el matrimonio igualitario, laicos, curas y obispos también presentan sus reclamos. Levantan banderas en defensa de la familia e insisten en el carácter único e inequívoco de que el vínculo es entre un hombre y una mujer. No debemos confundirnos.

Y si un sacerdote se aventura a reflexionar sobre la conveniencia de revisar nuestra doctrina en temas de moral sexual a la luz de los nuevos tiempos, los católicos nos levantamos indignados, llenando de cartas la sección editorial del diario El Mercurio e invitando al “cura progre” a dejar esta Iglesia y construir su propio templo.

Incluso cuando otros presbíteros expresan públicamente opiniones que puedan parecer contrarias a la doctrina oficial de la Iglesia, algunos católicos entusiastas también reaccionan. Apuntan su disconformidad y hacen llegar su queja al mismísimo Nuncio Apostólico.

También, en el último tiempo los laicos hicieron guardia ante el Sínodo de Obispos realizado en Roma donde se discutieron temas referentes a la familia y se abrió la puerta para, al menos, conversar sobre la posibilidad de que separados vueltos a casar puedan comulgar. Ahí un buen número de católicos salió rápidamente al paso de los rumores para desmentir que había cambiado en algo la doctrina de la Iglesia y que esta reunión de obispos era sólo para reflexionar y en ningún caso para generar modificaciones a la “ley de Dios”. Estaban preocupados de que nada fuera a pasar.

Pero cuando un sacerdote es condenado por abuso de menores, los católicos no tenemos la misma reacción. No hay cartas al director, no hay marchas, no hay acusaciones al señor Nuncio. El silencio se instala, o más bien, sólo hacemos algunos comentarios en voz baja. Pero en ningún caso respondemos con el mismo ímpetu, las mismas ganas y la misma convicción. Más que condenas encendidas, reina una incómoda pasividad.

Soy católico y me parece justo que nuestra Iglesia y sus miembros abracen las causas que le parezcan. Cada uno está en su derecho de expresar su punto de vista y defender lo que consideran bueno para el hombre y la sociedad.

Lo que no me parece correcto es que utilicemos una vara larga, telescópica y puntuda para medir el pecado ajeno y ocupemos una varilla frágil y pequeña, casi imperceptible, para medir el propio.

Y no comento esto sólo por O´Reilly, sino por todos los que han pasado antes y los casos que vendrán en el futuro. Los católicos –principalmente los laicos- debemos reaccionar. Aún con el dolor que significa, debemos reaccionar. No es para hacer leña del árbol caído -como creen algunos-  sino más bien para reconocer que en nuestra propia casa se cometen delitos muchas veces más graves, muchísimo más graves, de los que acostumbramos a apuntar fuera de ella. Y eso nos convertirá, a fin de cuentas, en una Iglesia más humana, humilde y cuidadosa a la hora del sermón.

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UN ABORTO, UN FUNERAL

UN FUNERAL

Esta semana el caso de una niña de 13 años, violada y con un embarazo inviable volvió a instalar en la agenda pública la discusión de uno de los asuntos de la corta lista de los denominados “temas valóricos” más espinudos y acalorados que se puedan debatir: el aborto terapéutico.

Una vez oficializado el proyecto de ley- allá por el 21 de mayo- nuestras autoridades eclesiásticas salieron rápidamente a fijar su invariable postura:  “Los obispos de Chile lo hemos dicho muy claro, la vida es el valor fundamental y es el valor que hay que proteger en todos los ámbitos”- dijeron. Sacerdotes, monjas y laicos unidos en la misma cruzada.

Y si el rugido del aborto nos despertó es porque significa para la Iglesia, y tantos otros, un asunto valórico de primerísimo orden, incuestionable, incontrarrestable. Ahí literalmente nos jugamos la vida y vale la pena levantar la voz con fuerza y energía, gastando todas las balas, sin miramientos de ningún tipo. Es la madre de todas las batallas.  Y está bien querer dar esa dura pelea.

Estoy consciente que como católico debería sumarme a la corriente, escribir “si a la vida” en mi pecho y salir a marchar con entusiasmo en contra de la medida.

Pero…perdón. No puedo. Simplemente, no me nace. Y es aquí donde como católico flaqueo, dudo y muestro la hilacha. Más que marchar, me quedo confundido a un borde del camino…pensando.

Y no es que esté a favor del aborto. No, nada de eso. Es sólo que caigo en la tentación de ponerme en lugar de quién sí tiene la guitarra entre sus manos (como dice el dicho, otra cosa es con guitarra). Y me pongo en su pellejo.

Porque no creo que quienes viven en carne propia un embarazo producto de una violación, clínicamente inviable o que pone en riesgo la vida de la madre y dudan,  sean “pro muerte”, sino más bien seres humanos que están en medio de una feroz encrucijada moral.  Y yo, en sus zapatos, no sabría bien qué hacer.

Y si alguna de mis hijas fuera violada, ¿debería esperar de brazos cruzados para ver si el espermio del violador logra fecundar el óvulo de la víctima? ¿o correría de inmediato a la clínica más cercana para eliminar cualquier vestigio de esa brutal agresión, incluso la propia vida? Honestamente, creo que sería exactamente eso lo que haría. ¿No es eso un aborto o un asesinato en potencia? Me uniría entonces a quienes están hoy en el banquillo de los acusados. Dios me perdone.

Imagino (aunque cuesta imaginárselo de verdad) el calvario que viven los protagonistas de situaciones como ésta. Cuando toda madre embarazada espera una fiesta, a muchas les toca un “funeral”. Lo de ellas es sencillamente una situación extrema, excepcional y horrorosa.

Y es por ellas que me quedo pensando. Y es por ellas que creo que esta discusión debe ser abordada con extremo cuidado y respeto. Imagino que esos padres ya tienen bastante con lo suyo, para además tener que bancarse la mirada acusadora de miles y miles de personas.

La vida no es blanca o negra, matices hay por montón. Y cuando esta discusión recién comienza, deberíamos evitar caer en la fácil práctica de encasillarnos en grupos “pro vida” y “pro muerte” o creernos mejores por levantar una bandera de lucha que, simplemente, no estamos ni cerca de conocer en toda su magnitud. Hay una gran tragedia en el medio que hay que saber pesar y empatizar. Esa niña de 13 años y su familia lo deben saber muy bien.

Al final, cada uno fijará su posición, pero la invitación es a discutir en respeto y en voz baja, porque estamos en medio de un funeral.

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NICOLÁS, ORGULLO Y HOMOSEXUALIDAD

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Soy heterosexual. Siempre lo fui. Desde niño que me gustan las mujeres. Y mucho. Todavía me gustan. Aunque ya elegí la mía y soy feliz. Pero nunca me he sentido orgulloso por ser heterosexual. Siento orgullo por mis logros, por mi trabajo, por los obstáculos que he ido dejando en el camino, por la familia formada o por la casa propia. Pero no por ser heterosexual. No podría sentirlo porque nunca he hecho un esfuerzo por serlo. Nací así. Y donde no hay esfuerzo, no puede haber orgullo.

Imagino que para un homosexual debe ser distinto. Ellos y ellas si podrían sentir orgullo por su condición. El homosexual sí ha hecho esfuerzos por hacerse de un espacio en la sociedad y eso, le guste o no, tiene un mérito. A diferencia de uno, ellos sí han debido remar contra la corriente, aguantar el chaparrón, enfrentar la adversidad, soportar el bullyng, vivir el rechazo y la exclusión. Y todo por tener una orientación sexual diferente a la mayoría.

Por un rato me pongo en su lugar. Imagino que desde muy pequeños, en el colegio, comienza una historia difícil, de burlas y humillación en masa. Yo también participé de esa barbarie.

Imagino por un instante lo que debe ser la adolescencia y comenzar a reconocerse distinto al resto en una sociedad mayoritariamente conservadora, machista y que castiga con fiereza la diferencia. Pienso en el miedo y en la angustia que podrían llegar a sentir.

Vuelvo a ponerme en sus zapatos. Imagino ahora el momento de asumir su condición. Lo que coloquialmente llamamos “salir del closet”. El enfrentar a sus familias, a sus amigos, a su entorno social. Sentir que decepcionan, que no son necesariamente los que sus padres soñaron para ellos y ellas y deber cargar muchas veces con la incomprensión o la desilusión de quienes más quieren.

Pienso también en los espacios de acogida. La Iglesia debía ser un lugar para ellos. Pero ahí tampoco han sido recibidos con todas las de la ley. Al menos no quienes deciden vivir su sexualidad a plenitud. Ellos quedan debajo de la mesa. Imagino ahora el sentimiento de culpa y marginación que deben evidenciar. Ahí, donde son todos bienvenidos, ellos no lo son del todo.

Y en fin. No vaya a pensar usted que está frente a un hombre de mente abierta y de un progresismo a toda prueba. No. Estaría usted en un error. Honestamente no sé si saldría a comprar el libro de Nicolás para leerlo esta noche junto a mis hijos de 6 y 4 años. Tampoco sabría con toda claridad si estoy de acuerdo con la adopción para familias homoparentales. Estoy abierto, informándome, conversando, para fijar una postura.

De lo que sí estoy convencido es que los homosexuales merecen todo mi respeto y aceptación. Y aunque no los conozco a todos – muy pocos en realidad- todo quién sufre injustamente es para mi motivo de admiración y orgullo. Y desde esa mirada se hace mucho más fácil abrir espacios de inclusión en nuestra sociedad.

No sé si es Nicolás y sus dos papás la manera más idónea o si serán otras las formas más adecuadas de hacerlo, pero pienso que tenemos el deber de formar a nuestros hijos en la diversidad, mostrándoles que es bueno ser diferente y que hay más de un camino para llegar a Roma, para llegar a Dios, para amar y para ser familia. Eso sí me pondría orgulloso.

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BERRÍOS, PUGA Y ALDUNATE: CHAPITAS DE SANTIDAD

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Un buen amigo me ha recomendado no escribir todavía. Que guarde prudencia. Que aún se sabe poco de la acusación, por lo que vale la pena esperar. Le agradezco el consejo. Pero basta ya de prudencia. Son varios los sacerdotes que han dejado su cabeza en la guillotina, que le han puesto el pecho a las balas y que han arriesgado su honra, su posición, su comodidad e incluso su propia vida por decir lo que piensan y lo que consideran justo. No los dejaremos solos ahora.

Los laicos no podemos seguir criticando a nuestra Iglesia desde la tribuna, viendo como otros arriesgan el pellejo en la cancha. Si de verdad queremos cambios, debemos asumir más protagonismo y levantar la voz con más fuerza y decisión. Si no lo hacemos, nadie lo hará por nosotros. Llegó la hora de despertar de la letanía.

Soy laico, formado por nuestra Iglesia chilena. La misma del Cardenal Ezzati y tantos otros. Desde niño, me enseñaron a un Dios misericordioso, compasivo y querendón. Un Dios de brazos largos, anchos y fuertes, capaces de abrazar a todos, sin diferencias. Un Dios que quiere como un padre a un hijo: lo educa, lo regaña, lo castiga, le raya la cancha, pero que al final del día, lo perdonará siempre. Un Dios que espera, con paciencia, el regreso del hijo que había perdido, disponiendo una gran fiesta para darle la bienvenida. Un Dios que nos eligió primero, con todas nuestras pifias. Un Dios que se hizo carne en Jesús, el valiente profeta que impidió el apedreamiento de una prostituta, aún cuando la ley de esos tiempos lo permitía. Un Jesús que abrazó a los leprosos de la época y que nos enseño a hacernos cargo y responsables de quién estaba herido y sangrando invisible al borde del camino. El Jesús de los pobres y marginados . Un Jesús que no dejó a nadie debajo de la mesa, ni siquiera a quién sabía que lo iba a traicionar. Un Jesús que se atrevió a desafiar las reglas de su tiempo a tal punto que fue finalmente humillado y clavado en la cruz.

No fui yo quién dibujó esa imagen de Dios. Fue la misma Iglesia quién me la regaló. Y es por eso que ahora, cuando Felipe Berríos, Mariano Puga y José Aldunate son motivo de revisión por parte del Vaticano, me siento engañado. O al menos, confundido por tanta insensatez. ¿No son ellos acaso un ejemplo vivo de ese Dios que se declara, canta y recita cada domingo en las Iglesias de nuestro país? ¿No han dedicado ellos su vida a quienes más sufren?

Ya lo he dicho antes. Me da la sensación de que aún sancionándolos, enviándolos a las mazmorras, atándoles un bozal o incluso expulsándolos más allá de las fronteras de nuestra Iglesia, no se acabará la rabia. No. Aún muerto el perro (en este caso, tres perros) la rabia no se terminará. A mi entender, Berríos, Puga y Aldunate son sólo la punta del iceberg de un puñado de católicos que añoran con esperanza una Iglesia más humana e inclusiva, aunque eso signifique revisar su doctrina. Y por eso muchos los siguen, los celebran y hoy los defienden, porque en el fondo de sus mensajes algo hace sentido.

Lo siento mi amigo. No pude esperar. La prudencia no es lo mío. Me pareció justo que Monseñor Ezzati y la Congregación de la Doctrina de la Fe sepan cuánto pesan estos tres sacerdotes para un montón de chilenos y católicos. No vaya a ser cosa que en unos treinta años más veamos a los mismos que hoy firman y apoyan esta denuncia – acusando a estos curas de progresistas o comunistas-  repartiendo chapitas de un Berríos, Puga o Aldunate afuera de la Iglesia, hablando con propiedad de su ejemplo de vida y santidad. ¿Le suena?

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MI AMIGO LUIS

BODA

Luis es mi amigo. Y Luis se casó hace años atrás con su mujer, esperando vivir juntos para toda la vida. Y se casó por la Iglesia, porque Luis es católico. Pero al cabo de un año, como dice la canción, todo se derrumbó y Luis se separó. Después de la caída y pasado un buen tiempo mi amigo volvió a levantarse, se volvió a enamorar y en una ceremonia simbólica se emparejó… civilmente, claro. Y de eso ya han pasado sus años.

La cosa es que a Luis y a su mujer los invitaron a participar de una comunidad de matrimonios en un movimiento de Iglesia. Y ellos, católicos y entusiastas, aceptaron. Pero antes les pidieron sus datos personales, donde destacaba la pregunta de si estaban casados por la Iglesia. Ante la interrogante, contestaron honestamente que no, porque no podían, porque mi amigo Luis cargaba con una separación a cuestas.

Y la respuesta llegó de inmediato. No fueron seleccionados. No siguieron en competencia. No clasificaron. No dieron el ancho.

Poco importó que Luis fuera una buena persona, y su señora, una gran mujer. Tampoco importó que ambos decidieran adoptar a una niña de tres años y medio, un testimonio de valentía y entrega que pocos matrimonios podrían contar. Menos importó la vocación social de la pareja, su espíritu de servicio y la familia que juntos habían construido. Nada de eso interesó. No estaba en el formulario. Sólo era menester saber si la boda de Luis y su mujer había sido “bendecida por Dios”. Y como no, no fueron incluidos.

Y acá es donde como católico me animo a levantar la voz. ¿Qué garantías nos otorga una pareja sólo por el hecho de haberse casado por la Iglesia? ¿Cuántas personas, amigos, conocidos, familiares, ¡nosotros mismos!, se han casado por la Iglesia sólo por cumplir con una legendaria tradición? ¿en cuántos de nosotros pesó de verdad esa decisión más allá del rito social, la fiesta y la lista de invitados? ¿es una pareja casada por la Iglesia, más cristiana, más católica o mejor que otras que no lo son? Por supuesto que no.

Pero aún para quienes creen lo contrario, ¿debe la Iglesia excluir a personas que han fracasado en sus matrimonios? ¿es justo seleccionar a quienes si y a quienes no sólo por el hecho de contar con un certificado religioso? ¿debe ser la Iglesia un lugar reservado sólo para nosotros, “los perfectos”, los casados para siempre? ¿debe la Iglesia insistir en prohibir la comunión a separados vueltos a casar? Pienso que no.

Estar casado por la iglesia, asistir a misa los domingos, ayunar un viernes santo o rezar el rosario, ¡no nos hace mejores a nadie!. Allá afuera, lejos de las fronteras de nuestra Iglesia, en hogares sin crucifijos, sin biblias y sin altares ¡hay millones de hombres y mujeres mucho mejores que nosotros! ¡Hay ejemplos de vida que ya se quisiera un católico de verdad! ¡Hay fracasos e historias “manchadas” de las que tendríamos tanto que aprender! Imagino que Jesús no regaló su vida sólo para ser rifada entre unos pocos.

Para que usted sepa, por estos días hay 191 Obispos reunidos en Roma en torno a los grandes temas que atraviesan a las familias del mundo entero: el matrimonio, el divorcio, métodos de anticoncepción, uniones del mismo sexo, entre otros asuntos.

Algunos están por defender la doctrina y no generar cambios y otros consideran necesario revisarla a la luz de los tiempos, abriéndose por ejemplo, a la posibilidad de que separados vueltos a casar puedan comulgar.

Como laico y católico sé que este es un asunto espinudo para la Iglesia, porque hay una teología profunda que sustenta su doctrina. Sin embargo, una mirada más humana, nos invita a hacernos cargo de miles de historias, dolores y testimonios que merecen ser escuchados y revisados en un diálogo abierto y sincero. Sin miedos, sin prejuicios, sin condenas.

Sin duda están soplando vientos en Roma. Ojalá sean de cambios.

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¿QUIÉN DIJO QUE TODO ESTÁ PERDIDO?

corazón

Hay malestar. Se siente. Se olfatea. Se percibe cierta mala onda. Donde usted vaya, donde usted mire, en cada piedra que levante, habrá ahí alguna crítica, más de una pesadez y comentarios cargados de agresividad y pesimismo.

Se instaló el descontento. Como un invitado de piedra, se nos coló el reclamo. Basta ver los posteos en diarios electrónicos o redes sociales, para darse cuenta que llegó a nuestro país la práctica de la queja fácil y la descalificación a punta de lengua. Contra todo disparamos. Con fiereza, con violencia.

Apuntamos contra el sistema. Reclamamos contra las Isapres, las Afps, los bancos, los empresarios, el retail. Es la lucha de David contra Goliat. Ellos abusan y nosotros somos, constantemente, abusados.

La enfilamos contra las Instituciones. La Iglesia, los políticos, el Gobierno, la Justicia. De un momento a otro, curas, parlamentarios, presidentes, ministros, jueces y fiscales se convirtieron en una manga de ineptos, estúpidos e inescrupulosos. Y nosotros, mientras tanto, brillamos por nuestra inteligencia y lucidez.

Usted, que constantemente se queja de todo y de todos. ¿Cree realmente que todo está perdido? Pues bien, acérquese y haga como doña Mercedes y venga a ofrecer su corazón.

Si usted de verdad piensa que este país está perdido, ¡haga algo! No se vaya a quedar en el banquillo de la plaza, tirando migas al palomar, mientras Chile se le cae a pedazos justo frente a sus ojos.

Si usted en serio siente que la política es una mierda, ¡actúe! Vaya a buscar lisoform, guantes de goma, un pato purific, mantenga la respiración y ayude a sacar la caca ¡cómo sea! Pero muévase. Si no lo hace, nadie lo va a hacer por usted.

Si cree que su Iglesia lo deja debajo de la mesa, ¡haga el reclamo! Tire del mantel, derrame el vino, haga cualquier cosa para llamar la atención. Pero eleve usted la solicitud. Si espera cambios sentada en su viejo sillón, los aires frescos nunca llegarán a su ventana.

Si su trabajo lo tiene amargado e infeliz, ¡búsquese otro! Abra nuevos caminos, actualice su curriculum, hágase una lista de conocidos, revise ofertas en el diario y péguese el salto. No deje que la pega le embarre a usted su vida.

Si piensa que la delincuencia ganó la batalla, ¡organícese! Sáquele el candado a la puerta, desactive la alarma y salga al encuentro de sus vecinos. Pídale el nombre, tómese una pilsen y coordinen con el barrio las mejores medidas para hacerle la pelea al amigo de lo ajeno. ¡Pero hágalo!

Si estima que las reformas que nos ofrecen le están haciendo mal a Chile, ¡salve a la patria! Siga el ejemplo de Swett y compañía, hágase un videíto, mándele una carta a la Presidenta, ofrézcale su ayuda a la oposición, inscríbase como voluntario, ¡pero reaccione!

Ya es tiempo que despierten los corazones y se ofrezcan para dar la batalla ¡la que usted quiera! Donde se sienta usted más cómodo y a gusto. Pero no veo otra salida: o ahoga usted su vida entre tanta queja y malestar, o la salva asumiendo usted el protagonismo.

Lo sé. En esta parte es cuando usted piensa que lo que planteo es iluso, ingenuo y utópico. Y si, puede que lo sea. Pero si nadie creyera en esto, no tendríamos hoy una Ley Emilia (impulsada por una pareja de perfectos desconocidos); o no hubiésemos descubierto aún los brutales abusos en la cúpula de nuestra Iglesia (denunciados por otros tres hijos de vecino); o no estaríamos hablando hoy de hacer reformas a nuestro sistema de educación (resultado de la porfía de un puñado de cabros y estudiantes); o Aysén seguiría abandonada a su suerte (de no ser por un desconocido y encorvado dirigente vecinal que dirigió uno de los mayores movimientos sociales del 2012 ). Y no existirían las miles de fundaciones, agrupaciones, emprendimientos y causas sociales que tanto bien le han hecho a Chile.

Si hoy gozamos de ciertas garantías, no es por azar. Es porque en algún momento de la historia, otras personas, como usted o como yo, decidieron abandonar la queja, despegarse del sillón y asumir el riesgo y el costo de dar la pelea por lo que consideraron justo. Fue su sueño, su ilusión, su utopía hecha realidad. Admirable.

Si usted es de los que cree que todo está perdido, venga a ofrecer su corazón. No será fácil, pero le aseguro que será infinitamente más feliz. Usted y quienes lo rodean.

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UN ESCÁNDALO: SEPARADOS Y COMUNIÓN

COMUNION

Mi amigo Luis es católico, pero no puede comulgar. Después de pelearla harto se separó y hoy convive con otra mujer. Paulina tampoco puede hacerlo. Su matrimonio también fracasó y hace más de veinte años que formó una segunda familia.

Y a pesar de quererlo, no pueden comulgar porque su propia Iglesia Católica no lo permite. El matrimonio es indisoluble. Lo que ha unido Dios que no lo separe el hombre. ¿Se acuerda?

Para que usted sepa, la doctrina señala que las personas separadas no vueltas a casar, pueden libremente asistir a misa y comulgar. Sin embargo, las personas separadas que conviven con una nueva pareja o se han casado por segunda vez, no pueden participar de la comunión. Cualquier cosa contraria a estos preceptos sería, sencillamente, un pecado y un escándalo.

Pero para mi el escándalo es otro. Aún siendo católico y consciente de la norma, me doy el permiso de disentir. He visto por años la exclusión y el trato discriminatorio que como católicos hemos dado a los separados que han decidido rehacer sus vidas. Hemos sido puntualmente duros con este grupo, apuntándolos con el dedo y estableciendo diferencias entre quienes naufragaron y nosotros, los “perfectos”, los casados para siempre. Y lo peor de todo, los hemos dejado debajo de la mesa. Para ellos, que han sufrido mucho, no hay ni pan ni vino. ¿El resultado? Pena, rabia, rechazo, desilusión, alejamiento, y para muchos, un profundo dolor en el alma. Es un tema que debiese ser revisado.

Sé que lo que pueda decir yo importa poco. Incluso si lo dice uno que otro cura, también. Algunos ya se han animado a promover “aires de cambio”, pero son rápidamente llamados al orden. Pero, ¿y si lo dijera un Obispo?…si, escuchó bien, ¿si estas cosas las impulsara un Obispo?

Le quiero contar que a miles de kilómetros de aquí, el Obispo de Amberes, en Bélgica, Johan Bonny, ha escrito por estos días una carta pensando en estos temas. Le recomiendo tomarse unos minutos y revisar la reflexión en detalle en http://sinodofamilia2015.wordpress.com/ . Pero si no tiene tiempo o está disfrutando aún de estas fiestas patrias, les resumo a continuación algunas de sus opiniones. Como muestra, un botón:

1. “Las personas que están divorciadas y vueltas a casar también necesitan la eucaristía para crecer en unión con Cristo y con la comunidad de la Iglesia y para asumir su responsabilidad como cristianos en su nueva situación. La Iglesia no puede simplemente ignorar sus necesidades espirituales y su deseo de recibir la Eucaristía “como un medio para la gracia”.

2. “Para comprender la Eucaristía correctamente, tenemos que tener en mente que una gran compañía de publicanos y pecadores estaban en la mesa con Jesús (Lucas 5, 27-30); que Jesús escogió este contexto para decir que él no había venido por los justos sino por los pecadores (Lucas 5, 31-32); que todos los que habían venido de lejos y de cerca a escuchar la palabra de Jesús les fue dado compartir el pan con Jesús y los apóstoles (Lucas 9, 10-17); que cuando tú des un banquete debes invitar especialmente a los pobres, los tullidos, los cojos y los ciegos (Lucas 14, 12-14); que el padre compasivo dio el mejor banquete posible al hijo pródigo, lo que irritó a su hermano mayor (Lucas 15, 11-32); que Jesús le lavó los pies a los discípulos, Pedro y Judas incluido, antes de la última cena, y les encargó seguir el ejemplo siempre que lo recuerden a él (Juan 13, 14-17)”.

3. “Si Jesús mostró tal apertura y compasión acerca de la mesa común en el reino de Dios, entonces estoy convencido que la Iglesia tiene un mandato firme de explorar cómo puede dar acceso a la Eucaristía bajo ciertas circunstancias a las personas que están divorciadas y casadas nuevamente”.

4. Refiriéndose a la ceremonia de la confirmación: “Cuando llega el momento de la comunión, la mayoría de los miembros de las familias espontáneamente se acercan al altar para recibir la comunión. No me puedo imaginar lo que significaría para los niños y para su futuro lazo con la comunidad de la Iglesia si les rehusara la comunión en ese momento a sus padres, abuelos y a otros miembros de la familia que se encuentran en situaciones matrimoniales ‘irregulares’. Sería fatal para la celebración litúrgica y principalmente para el desarrollo posterior de la fe de los niños involucrados”.

Y así. Soy de los que cree que este tema debe ser revisado a consciencia. Y no para “acomodar” el mensaje o hacerle la vida más fácil a otros -como se defienden algunos- sino para hacer de esta Iglesia un lugar más humano, compasivo y para todos, sin exclusiones.

Sé que es un asunto complicado, donde hay teología, documentos, encíclicas y un montón de argumentos que pueden avalar la tesis actual respecto a la situación de los separados. Sin embargo, una mirada más humana, nos invita a hacer el esfuerzo para disponernos a un diálogo más abierto, sincero y fraterno. Por eso muchos esperamos con esperanza el resultado del Sínodo de la Familia del próximo 5 de octubre. Hay que dar esa pelea.

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MICHELLE, NO ME DEJE SOLO

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Estimada Michelle:

Yo voté por usted. Y no vaya a creer que fue fácil. Me muevo en el mundo de los que algunos de sus compañeros llaman “los poderosos de siempre” y por aquí no se le quiere mucho. Le cargan a usted todas las penas del infierno: la desaceleración, el desempleo, la incertidumbre, la delincuencia, el clima crispado, y ahora los bombazos. Por estos lados, muchos no la pueden ni ver. Y por eso algunos pocos que la apoyaron en diciembre pasado, simplemente le hacen la desconocida, para evitarse el bullyng y el mal rato.

Pero yo igual voté por usted. Me convenció con la idea de hacer cambios profundos para emparejar la cancha y asegurar que el desarrollo de Chile tocara la puerta de todos los hogares. Me creí el cuento. Y me lo sigo creyendo. Y aquí estoy, al pie del cañón. Como un náufrago en este bastión del mundo. Soportando el oleaje, el sol a toda hora, el viento pegando fuerte. ¡Haciendo patria compañera!…perdón, me excedí.

Por estos lados nadie habla su idioma y yo he tratado de evangelizar con su mensaje, pero sin resultados. Me he quedado sin argumentos. Usted me ha dejado sin argumentos. Me voy quedando solo. Tiene que ayudarme, darme una mano.

Y es que yo voté por usted, no por los Quintana, los Rossi y los Girardi. Me sedujo su discurso conciliador, constructivo y su “Chile de Todos”. Pero en estos meses casi no la he oído hablar. Resuenan más las excavadoras, las frases cargadas de viejas ideologías, palabras que invitan a la confrontación, caudillos que salen en patota a hacer valer su “inmensa mayoría”, como atribuyéndose sin más la mismísima voz del pueblo. Salga usted a marcar el territorio. Desempolve el discurso de diciembre pasado y renueve su mensaje de unidad.

Yo adherí a su invitación a un Chile más igualitario, pero no a cualquier manera de hacerlo. Aborde las reformas con el tiempo, la seriedad y la participación que ameritan. Reformas chicas, soluciones chicas. Reformas grandes, ¡grandes acuerdos! Sacúdase con fuerza y sáquese de encima los “enclaves ideológicos” y conforme mesas de trabajo amplias y representativas. Reedite la Mesa de Diálogo en una gran Mesa de Educación. Invite a técnicos, expertos, actores relevantes, exponentes de Gobierno y oposición. Lidere usted el mejor de los acuerdos y hágase famosa. Repita la fórmula para los cambios en el frente laboral, constitucional y de salud. No vaya usted a equivocarse, dándole la razón a tantos malos augurios que le desean todos aquellos que la quieren ver enredada en un nuevo Transantiago.

Hágale caso a Don Ricardo, tome usted una decisión política y no se deje tironear. Se olfatea a distancia que está en una posición complicada. La tironean los partidos de la Nueva Mayoría, le cobran la palabra los comunistas, le enredan la pita los DC, la joden los estudiantes, la calle y las encuestas. Tanta promesa que hizo en campaña le está pasando hoy la cuenta. Pero no piense usted en las cuentas por cobrar. Piense usted en lo que es mejor para el país y para todos los chilenos.

En el mes de la patria asuma una actitud republicana, recurra a su buena fe y ábrase a incorporar la opinión de quienes piensan distinto. El azar no es nunca tan azaroso para dejar sólo en su coalición las más grandes ideas y los caminos más acertados para alcanzar los sueños de todos los chilenos. En la vereda del frente se ven también aires de “chispeza” y aciertos que pueden ser un tremendo aporte para el mejoramiento de los proyectos que están en marcha. Enaltezca eso que llaman la buena política y que escasea por estos días.

Presidenta, en sus manos está el presente y buena parte del futuro de Chile. De usted depende el éxito de las reformas que está emprendiendo. Y ¿sabe qué?, tengo la intuición (compartimos ese don) de que las cosas van a terminar bien. Pero no me deje solo. Dele usted una manito a mi intuición. Eso puede ayudar.

Feliz 18 Presidenta, y ¡viva Chile!

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DESCONFIAR DE LA DESCONFIANZA

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Un buen amigo decía: “prefiero confiar y asumir el riesgo, a tener que vivir desconfiando de la gente”. Bonita reflexión. Un hombre optimista. Pero por estos días, lamentablemente, su propuesta tendría escaso apoyo. Sería algo así como una isla solitaria en medio del océano o si usted lo quiere, una aguja de confianza en un enorme pajar de desconfianza y recelo.

Y es que hoy campea la desconfianza. Desconfiamos de la Iglesia y sus abusos. Desconfiamos del empresario, sus cascadas y colusiones. Desconfiamos de los políticos, de sus prácticas y promesas incumplidas. Desconfiamos de Isapres y Afps. Desconfiamos de la licencia médica de un empleado. Desconfiamos de la nana, sus excusas y su honestidad. Desconfiamos de ricos y pobres. Desconfiamos de izquierdas, centros y derechas. Desconfiamos del homosexual. Desconfiamos de los jóvenes y sus apariencias. Desconfiamos del mapuche. Desconfiamos del ateo, el agnóstico y del creyente. Desconfiamos de gobernantes y opositores. Desconfiamos de las reformas. Desconfiamos, incluso, de los acuerdos. Desconfiamos de la mujer que se embaraza al tiempo de iniciar una nueva pega. Desconfiamos de un bulto en el metro. Desconfiamos del taxista y su taxímetro. Desconfiamos de la ceguera del limosnero. Desconfiamos de quién carga la bencina. Desconfiamos de los nuggets de pollo. Desconfiamos del obrero. Desconfiamos del cuidador de autos. Desconfiamos de las encuestas. Desconfiamos de la justicia. Desconfiamos, desconfiamos, desconfiamos.

Llevamos tantos años ejercitando la desconfianza que ya nos hemos acostumbrado a ella. En su nombre, hemos levantado grandes murallas, hemos tomado distancia y hemos ido construyendo millones de ghettos que nos mantienen a salvo del resto, seguros en medio de nuestros cercanos y de nuestras propias convicciones.

Y sí. Hay razones de sobra para desconfiar. Pero lo que no hemos intentado todavía es desconfiar de la desconfianza. Si usted se fija, entenderá que la práctica de la sospecha nos ha dejado en un estado de alerta tan grande que estamos perdiendo la posibilidad de creer. Creer en la amabilidad de las personas. Creer en quién nos ofrece ayuda. Creer en las buenas intenciones. Creer en la buena fe. ¿Se da cuenta?La desconfianza ya tiñó nuestra mirada.

Si nos propusiéramos desafiar a la desconfianza, nos daríamos cuenta que hay curas admirables, que Óscar Schindler no es el único empresario loable en el mundo y que todavía hay entre los rincones de La Moneda, las rendijas de la oposición y las butacas del Congreso, política de la buena. Nos convenceríamos que los mapuches, en su gran mayoría, no son flojos ni violentistas y que las nanas son un ejemplo de servicio, esfuerzo y sacrificio para miles de hogares chilenos. Nos abriríamos a aceptar que hay jueces valientes e intachables y que muchos de los jóvenes con tatuajes, pantalón a medio izar y piercing, tienen mucho que aportar. ¿Me sigue?

Permítame usted desconfiar de la desconfianza. Tengo la sensación que hoy es más fácil ponerlo todo en duda, bajo la lupa de la sospecha. Es la coartada perfecta para seguir protegidos en nuestros ghettos y en nuestras formas de pensar. Dejar la desconfianza de lado, significaría salir afuera, ir al encuentro de otros, conversar y reestablecer, al fin, eso que llaman relaciones de confianza. Pero ya hemos perdido esa costumbre.

Haga usted el experimento, asuma el riesgo y acompáñeme a desconfiar de la desconfianza. Quizás demos vuelta la tortilla y le demos a mi amigo la razón.

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PERDÓN QUE ME META EN SU CAMA

cama

Probablemente usted no lo sabe. Incluso le podrá parecer un asunto anacrónico o, a estas alturas, irrelevante. Pero por estos días en las páginas del diario El Mercurio se generó una nueva discusión respecto a la moral sexual católica y al uso de anticonceptivos artificiales en el control de la natalidad. Fue el sacerdote jesuita, Jorge Costadoat, quién tiró la primera piedra al invitar a revisar la doctrina en función de la realidad y de los cambios que hoy viven las familias del mundo entero (muy lejos de lo que mandata la voz oficial de la Iglesia, por cierto).

El cura plantea, entre otras alternativas, la posibilidad de que la Iglesia se abra en el próximo Sínodo de la Familia a aceptar el uso de medios artificiales, o bien, dar mayor importancia a la libertad de conciencia de cada persona, pareja o matrimonio. Dicho sea de paso, la Iglesia acepta sólo métodos naturales de anticoncepción: billings o abstinencia sexual. Le puede gustar o no, pero es lo que dicta, al día de hoy, el magisterio.

Pero no es primera vez que Costadoat insiste en este punto. Ya lo había hecho meses atrás en la misma vitrina. Y allí encontró una férrea oposición: lo invitaron a “tener el coraje de formar su propia Iglesia, para acomodarla a sus gustos y a la sociedad actual”. Con ironía lo tildaron de “idealista ilustrado”, de “sacerdote innovador” y le enrostraron la ley natural, para intentar convencernos de la supuesta inmoralidad de éstos y otros actos afines al ejercicio de nuestra sexualidad.

Y todo porque los métodos anticonceptivos atentarían contra el plan de Dios y promoverían un “acto conyugal” infecundo. Pero, perdón que me meta en su cama, pero ya se metieron en la mía, ¿no son los medios naturales también un método que interviene el Plan de Dios? ¿no está pensado el Billings para, deliberadamente, controlar el nacimiento de una nueva vida? ¿no existe ahí un seguimiento consciente de la fertilidad para poder garantizar – al menos en un altísimo porcentaje- relaciones sexuales infecundas? Para ser justos, un condón cerraría la puerta, pero el Billings la dejaría junta, no abierta. Al final es un tema de probabilidades, casuística o efectividad del método. Pero ambos buscarían el mismo fin: controlar la natalidad, controlar el Plan de Dios… ¿o no?

Soy partidario de que cada pareja viva su intimidad como le parezca, de acuerdo a su realidad y su propio discernimiento. Para muchos la sexualidad es crucial, transversal y parte fundamental de nuestra vida, en toda su dimensión. Y por eso es sano que se viva plenamente. Como católico, tengo la sensación de que la fe no se juega en lo natural o artificial del método.

Lo que no me parece justo es que a los amigos del sombrerito y las píldoras se les ponga en el confesionario, y al resto, en un altar. Es esa cierta autoridad moral la que molesta, irrita y nos inspira, a algunos católicos, a levantar la voz y  escribir estas letras.

Es por eso que comparto la cruzada de Costadoat y la necesidad de, al menos, revisar estos temas. Le haría bien a la Iglesia y a quienes se sienten excluidos o marginados de ella. Ya veremos.

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