LOS ANTIVALORES DE LA POLÍTICA CHILENA

nicanor-parra1

No sé si es porque estamos celebrando los 100 años de nuestro gran antipoeta Nicanor o simplemente porque estoy algo cansado de la dinámica que estamos viendo. Pero lo cierto es que me he animado a enumerar algunos de los antivalores que la clase política actual nos enseña todos los días, a cada hora, en todos los formatos posibles. Siéntese y tome nota. Quizás alguno le haga sentido.

  1. Quédese en el pasado. Cada vez que pueda, vuelva al pasado. Aunque eso signifique echar la vista atrás 40 años. Es recomendable abrir las viejas heridas y enrostrarlas cuando se le presente la oportunidad. ¡No vaya usted a perdonar o a dejar los rencores de lado! Es más conveniente mantener esa carta bajo la manga y sacarla cada vez que necesite recordarle al otro que tiene tejado de vidrio. Eso le dará a usted cierta autoridad moral.
  1. Si alguien de su colectividad piensa distinto, anúlelo. Las cosas están demasiado enredadas para tener que tolerar, además, a gente rara o distinta al lado suyo. Usted procure mantenerse siempre alineado al discurso de los de su tipo Y si alguien osara pensar distinto y decirlo, encárguese inmediatamente de él. No se tiente con eso de aceptar la diversidad. Cierre filas con los de su clase e intente anular a quién se ha descarrilado. Llámelo al orden. Invítelo a “fijar su domicilio” o acúselo de “traidor” o “vendido al sistema”. Eso funciona. Ignórelo. Hágale la ley del hielo. Si es posible, expúlselo de su grupo. Así usted y los suyos se sentirán más seguros. 
  1. Si está cometiendo un error, no lo admita. Siga adelante. Nunca debe usted mostrar debilidad o indecisión. Mucho menos dejar entrever algún paso en falso. La palabra “equivocación” no debe estar en su diccionario. Si la está embarrando, si sabe en su fuero interno que no está haciendo las cosas bien, si se los están diciendo una y otra vez….no importa, no cese en su tozudez, ¡siga adelante! No se le ocurra por ningún motivo admitir el error. Total serán otros quienes pagarán las consecuencias. No usted.
  1. Si alguien lo abofetea en su mejilla, ¡no le ofrezca la otra! Sáquele la cresta. Olvídese de los gestos de grandeza y fraternidad. Usted sólo cumpla con su aporte mensual al Hogar de Cristo y manténgase firme como un soldado ante cualquier agresión. Si alguien le dice a usted que es feo, vaya a buscar a sus amigos y en patota salga a enfrentarlo. La tuya y dos más. Dígale que él es mucho más feo. Descalifíquelo, humíllelo si es posible. Invente. Exagere. ¡No importa! Lo que vale es verlo derrotado. Y usted se sentirá nuevamente un vencedor, ¡un campeón!
  1. No encuentre nunca una idea buena si viene del otro lado. Usted debe entender que los más grandes pensadores estarán siempre entre los de su especie. Nunca en la vereda del frente. Usted debe andar siempre con su autoestima bien arriba, porque usted es un genio. Por azar del destino siempre estarán en su lado de la cancha las más grandes ideas y los caminos más acertados para alcanzar los sueños de todos los chilenos. Y si por alguna extraña razón, si por esas cosas que nos regala de vez en cuando la vida, ve cierta “chispeza” o algún acierto en un grupo o colectividad distinta a la suya….¡no flaquee! Aunque usted y yo sepamos que la idea es un gran aporte, calle. No vaya usted a reconocer la ocurrencia.
  1. Evite los acuerdos. Defienda siempre su punto de vista ¡A rajatabla! Que no le importe a usted la mirada de quién tiene al lado. Si piensa distinto, ¡allá él! No es bueno buscar consensos, aunque eso signifique hacer mejor las cosas. Eso le hará perder terreno…y posición. Hacerlo es señal de debilidad. Sea prepotente, impóngase y hágase notar.
  1. Promueva la inconsistencia. Si bien la inconsistencia es parte esencial de todo ser humano, usted debe practicarla con más entusiasmo que el resto. Hágalo a vista y paciencia del mundo entero. A tal punto de irritar a las personas y de desafiar al sentido común. Condene a ultranza las dictaduras en su país y ensálcelas en otros. Eleve banderas a favor de la transparencia y defienda la reserva de sus gastos en campaña. Apunte con firmeza a los “poderosos de siempre” y siga viviendo como rey. Enaltezca la ley y ande por el borde, beneficiándose de las malas prácticas. Demonice al lucro y lucre. En fin. La lista es larga.

 Y así. Querámoslo o no, es lo que la clase política nos está enseñando todos los días. Y el tono de la discusión que vemos por televisión o en titulares de prensa, se transmite luego a la oficina y a sobre mesas de fin de semana, con la misma virulencia que nos han acostumbrado. Lo que sorprende es que son antivalores que están tan instalados que ya son parte del paisaje, invisibles a los ojos. Son las reglas del juego.

Pero en honor a la verdad, hay todavía política de la buena. En algunos rincones del Gobierno, entre las rendijas de la oposición, entre las butacas del Congreso, existen todavía destellos de eso que llaman la buena política. Esperemos que aparezca de una buena vez. Como dijo el viejo Nicanor: “la izquierda y la derecha unidas jamás serán vencidas”.

Estándar

CARDENAL, UNA PREGUNTA: ¿QUÉ HACEMOS CON LA DISCRIMINACIÓN EN LA IGLESIA?

Monse–or Ezzati

La Iglesia Católica salió nuevamente al ruedo de la Reforma Educacional. Esta vez fue el Cardenal Ezzati quién respaldó la iniciativa del Gobierno, señalando que “la Reforma es absolutamente necesaria” y que el fin al lucro es “una gran nueva noticia, si es que deja libertad de acción”. Bonito gesto. Sobre todo si lo que busca la Iglesia (y otros actores) es defender la libertad de enseñanza, de culto o de religión. Apoyo la moción. Libertad ante todo, libertad siempre. Interesante debate. Pero como no soy experto en temas de Educación y el asunto está más enredado que moño de vieja, prefiero dar un pie al lado y concentrarme en otra cuña que nos regaló hoy el Arzobispo.

El asunto es que Ezzati, en el mismo tema, dijo estar convencido de que “la no discriminación es una gran cosa, siempre que se entienda que en educación el principio fundamental es el de la confianza”.

Extraordinaria declaración. No puedo más que estar de acuerdo y celebrar los dichos del Cardenal. La discriminación, como dijo hace algunos meses el Ministro Eyzaguirre, “hiere el alma de Chile”. Como una estocada, daña y menoscaba.

Pero Cardenal, tengo una pregunta. Aprovechando que fue usted quién puso el tema: ¿Qué hacemos entonces con la discriminación en la Iglesia? ¡¡No, no!!…no se me escape….no me mal interprete. Mi intención no es molestar. Se lo comento en buena lid y sólo con la idea de tratar un tema que, al menos a mi, me mantiene despierto.

Y es que yo siento que, “en nombre de Dios”, se discrimina. Todos los días, a toda hora. Hay personas, que por su condición, se les margina de la mejor parte de la fiesta. Se les deja, literalmente, abajo de la mesa. No pueden comer el pan y el vino que usted, y tantos otros sacerdotes, preparan con tanto cariño y esmero. Y no son uno, ni dos, ni diez. Son miles los católicos que viven el rechazo y la exclusión. Y lo que más lamento, es que se trata de un grupo que ha sufrido… y mucho. Por lo mismo, a veces pienso que merecerían incluso ser los primeros de la fila. Pero no. Ni siquiera está reservado para ellos el último puesto. Lisa y llanamente no pueden comulgar. Y me refiero, por ejemplo, a separados que han decidido rehacer sus vidas con otra persona o a homosexuales que viven su sexualidad a plenitud. Todo, en busca de la felicidad.

Sé que se trata de un tema complejo y espinudo. También sé que hay cerros y cerros de papeles, documentos teológicos, concilios y una vieja doctrina que ampara los argumentos de la Iglesia para defender su postura y su sanción. También entiendo que la misma Iglesia ha creado instancias de apoyo y acompañamiento para estas personas. Y lo celebro. Pero aún así, no todos somos tratados de la misma forma. Y es bueno reconocerlo. Hace sólo algunos días una mujer separada (extraordinaria mujer) que rehizo su vida hace más de veinte años, me decía: “estas exclusiones y barreras que nos pone nuestra Iglesia hace que algunos de nosotros sienta tristeza en el alma”. ¡Después de veinte años!…hay todavía tristeza en el alma. ¿Se da cuenta?

A estas alturas, ¿vale la pena luchar por esta humilde cruzada? Honestamente, creo que ya hemos perdido varios adeptos que, decepcionados, han decidido largarse fuera de las fronteras de la Iglesia por sentirse discriminados. Sería una suerte de autoexilio. Y a ellos, por más que insistamos, ya los daría por perdidos. Pero hay otros por los que vale la pena dar la pelea. Por aquellos que aún están dentro y siguen sintiendo “tristeza en el alma” y por nuestros hijos, para que crezcan en una Iglesia más humana y compasiva.

El tema da para largo. Pero así como usted hoy defendió con decisión la “no discriminación” en la Educación, algunos católicos soñadores, idealistas o insurgentes (pensarán otros), esperamos algún día poder comer todos juntos en la misma mesa, sin que nadie quede abajo.

Arzobispo, con todo respeto y en medio del mes de la solidaridad, le dejo planteada esta «pequeña» inquietud.

Estándar

CARTA ABIERTA A ACCIÓN FAMILIA POR FIRMAS DE PROTESTA A FELIPE BERRÍOS

berrios

Estimado Luis Montes, Director de Acción Familia:

Por medio de las redes sociales he recibido una carta suya, en nombre de la Fundación Acción Familia, solicitando firmas para protestar contra el sacerdote Felipe Berríos por sus públicas declaraciones respecto al matrimonio homosexual y otras materias. La recolección buscaría respaldo entre el mundo católico para hacer llegar la misiva al Nuncio Apostólico y al Provincial de la Compañía de Jesús, pidiéndoles un pronunciamiento de su parte.

Al respecto, y con todo respeto, me gustaría comentar su entusiasta iniciativa.

  1. En primer lugar, celebro su derecho a plantear con firmeza y claridad su molestia y disconformidad a las autoridades eclesiásticas por las frases que nos regaló Felipe Berríos. ¡En todo su derecho está! Por lo demás, convengamos que este jesuita es harto insolente, puntudo y falta de tino, ¡Bien le vendría un tirón de orejas!…otro más, en realidad.
  1. Sin embargo, sospecho que aún sancionándolo, enviándolo a las mazmorras, atándole un bozal o incluso expulsándolo más allá de las fronteras de nuestra Iglesia, no se acabará la rabia. No. Aún muerto el perro, la rabia no se terminará. Lamento desilusionarlo, pero a mi entender Berríos es sólo la punta del iceberg de un puñado de católicos que añoran con esperanza una Iglesia más humana, inclusiva y compasiva. Y por eso muchos lo siguen y lo celebran, porque en el fondo de sus mensajes (a pesar de que pueda equivocar sus formas) algo hace sentido.
  1. Pueden ser decenas, cientos o miles. Honestamente no lo sé. Pero así como hay quienes están dispuestos a poner su firma en la carta que usted promueve con decisión, hay otros tantos viviendo bajo el techo de la misma Iglesia que preferirían escribir una carta distinta, en apoyo a las cuestiones que Berríos (y otros) ponen en la agenda pública. Y eso es porque agradecen que la lista de los denominados temas valóricos se ensanche más arriba de la cintura y que se promueva una Iglesia comprensiva de la dimensión humana, con todas sus pifias.
  1. Respecto a la causa que usted defiende (no al matrimonio homosexual) debo admitir que corre con ventaja. Sin ser un hombre letrado en cuestiones del evangelio, teólogo o experto en derecho natural, entiendo que la voz oficial de la Iglesia lo avala en su cruzada. Además no se puede omitir que es un tema complejo. Pero ¿sabe que?… hay una cosa que me gustaría destacar. Y es que honestamente y mirando de frente a un homosexual, no veo la maldad en sus ojos o, como usted cita, no siento que su unión sea “obra del maligno”. Para mi son, lisa y llanamente, obra de Dios. Y pienso que ellos, merecerían compartir el mismo pan y el mismo vino en la mismísima mesa en la que usted y yo comemos. Como dice un cura amigo, si el mensaje de Dios no es para todos, no es para nadie.
  1. Sé que en esta parte me dirá que lo que yo diga al respecto da lo mismo y que he desafiado a la doctrina… y eso no se hace. Además me citará textos, papers, concilios, el antiguo y el nuevo testamento para contrarrestar mi tesis. Y sé que esa es la doctrina de la Iglesia…pero no sé si es la de Jesús. Él desafió las leyes de su tiempo y por eso lo mataron. Algunos creemos, humildemente, que la doctrina puede ser, al menos, revisada….para que todos se sientan hijos de Dios, a pesar de su condición.
  1. Sinceramente no pretendo con esta carta abierta cambiar su posición ni menos la de la Iglesia. Pero si me parece justo constatar que en la misma Iglesia, la suya y la mía, al lado de la fila de personas que están firmando su carta de protesta, existimos otros católicos que, en recta intención, esperamos vientos de cambio. Y es bueno que el Nuncio Apostólico y el Provincial de la Compañía también lo sepan, para que el tirón de orejas a Berríos no sea para tanto.

Atentamente,

Matías Carrasco

 

PD: para quienes quieran ver la carta de protesta ir a http://www.accionfamilia.org/decadencia-occidente/ay-de-aquel-que-escandalice/

 

 

Estándar

EL CUENTO DE LA SEÑORA NORMA Y DOÑA DOCTRINA

VIEJA

La señora Norma vive en la Iglesia hace varios años ya. Ordenada y disciplinada, Norma sabe bien lo que quiere y se lo hace saber también a quienes la rodean. Su firmeza y claridad lo heredó de su madre, Doña Doctrina, una mujer de armas tomar, docta y preparada. De aspecto serio y reflexivo, Doña Doctrina disfruta hablándonos de lo humano y lo divino. Y lo hace en un lenguaje elevado (porque ella es muy culta), pudiendo sólo algunos pocos privilegiados comprender el verdadero sentido de sus palabras.

La Señora Norma y Doña Doctrina nos han dicho durante más de dos mil años lo que es correcto y lo que no. Lo que podemos y no podemos hacer. Lo que es del gusto del mismísimo Dios y lo que nos hace alejarnos de Él, por estar en falta. Y así se han hecho de un grupo grande de seguidores, que acatan a pies juntillas lo que las señoras dicten. No importa si tiene o no sentido, si genera o no daño, pero si lo dijo Norma o Doctrina, es palabra y se cumple. Así no más. ¡Y vaya uno a desobedecer a Norma!… lo mandan a uno contra la pared. ¡Para qué decir levantarle la voz a Doctrina!…corre el riesgo de ser expulsado a las mazmorras.

Pero no son malas personas. Es sólo que a veces las traiciona su avanzada edad, la fuerza de sus argumentos, su resistencia al cambio y la interpretación que algunos de sus fieles discípulos hacen de sus palabras (como hablan en difícil, cada cual interpreta lo que quiere).

La cosa es que un puñado de honestos feligreses han querido reunirse en los últimos días con la Señora Doctrina, pero sin suerte. Ahí aparecen sus escuderos, hombres y mujeres que la protegen de cualquier acercamiento.

– Hola. ¿Está la Señora?
– No, no está na ¿Qué quiere?
– Quería conversar una palabrita con ella. Es que las cosas han cambiado un poco allá afuera. Y hay gente, buena gente, que la apuntan con el dedo sólo por vivir alejado de lo que manda a decir la Señora Doctrina, o sus mensajeros ¿No tendrá un minutito?
– No, ya le dije que no. Y no vuelva a molestar.
– ¿Y me daría su email?….es que quería contarle de Daniela y Carlos, una pareja que después de pasarlo mal y pelearla harto terminaron por separarse, rehaciendo sus vidas. Y hoy sufren por no poder comulgar. O de Gustavo y Óscar, dos cabros que están descubriendo su condición y le han dado rienda suelta a su pasión. Y también sufren, porque algunos consideran que son «admisiblemente inmorales». O de los Gutiérrez, que han optado por métodos anticonceptivos para ejercer su paternidad responsable. ¿Qué hago con ellos? ¿qué les digo? ¿los mantengo fuera de la ciudad amurallada? ¿los dejo abajo de la mesa?…es que perdóneme, pero no veo dejos de inmoralidad en sus ojos…
– ¡Basta ya!, la Señora Doctrina ya dijo lo que tenía que decir y ya está.

Y así no más. Es difícil hablar con Doctrina. Su guardia real lo impide. Sus razones tendrán. Pero también las tienen quienes insisten en tomarse un café con ella. Y no es por flojera o por querer hacer de este mundo un antro de pécoras e inmorales, para disfrutar sin trabas de la orgía. No, para nada. Sólo quieren hablar con la Señora para sugerirle revisar sus enseñanzas y ponerlas al servicio de una Iglesia más cercana, humana e inclusiva. Así todos gozarán alegres del banquete, sentados en la misma mesa.

PD: Por estos días se celebra en Roma el Sínodo de la Familia, donde 191 Obispos se reúnen en torno a los grandes temas que atraviesan a las familias del mundo entero: el matrimonio, el divorcio, métodos de anticoncepción, uniones del mismo sexo, entre otros asuntos. Algunos confiamos que, en esta oportunidad, Doña Doctrina y sus escuderos  abran la puerta y se dispongan a escuchar. El Obispo belga, Johan Bonny, ya ha planteado algunas reflexiones en este punto (http://www.sinodofamilia2015.wordpress.com/). También lo hizo el Cardenal alemán, Walter Kasper (http://www.reflexionyliberacion.cl/articulo/3785/cardenal-kasper-algunos-cardenales-temen-que-todo-colapse-si-se-cambia-algo.html) y últimamente el teólogo vasco José Antonio Pagola (http://www.periodistadigital.com/religion/espana/2013/05/29/pagola-creo-que-francisco-sera-el-ultimo-jefe-de-estado-del-vaticano-religion-iglesia-libros-ppc-jesus-evangelio.shtml).

Sé que este es un tema espinudo, complejo y difícil para nuestra Iglesia. Sobre todo porque existen fundamentos teológicos e históricos que sustentan muchas de las decisiones de Doña Doctrina. Sin embargo, quienes golpean a la puerta de la Señora, también tienen lo suyo: son historias, sufrimientos, testimonios y pedazos de humanidad que merecen, al menos, ser escuchados y revisados en un diálogo sincero, abierto y fraterno.  Sin miedo, sin prejuicios, sin condena.

Estándar

JUGAR CON ARENAS

arenas

Siempre jugué con Arenas. Era la máxima entretención de todas nuestras vacaciones. Castillos, murallones, figuras humanas y largas pistas de carrera. De todo hacíamos en la playa con Arenas. El balde, la pala y el rastrillo eran también parte de ese entretenido panorama.

Pero algo pasó en este último verano. Jugar con Arenas ya no fue lo mismo. Definitivamente algo cambió. Ya no sólo dejó de ser divertido, sino que se convirtió en algo tedioso, aburrido y serio. Incluso algunos decían que hasta podía ser peligroso seguir jugando con Arenas. Pero yo no creía. Lo que si debo reconocer es que la Arenas se puso más caliente, a veces intolerable. Entonces debía andar con chalas, a saltos, con mucho cuidado, porque de lo contrario, me podía quemar.

Lo último que logré hacer con la Arenas fue dibujar un gran corazón. Lo hice medio a la rápida si, pero me quedó bien. Me sentí encachado y orgulloso. El único problema era que no se podía tocar. Y no porque yo no quisiera, sino porque la Arenas impedía hacerlo. Claro, porque era como blanda, entonces al mas mínimo contacto, el corazón que había hecho con tanto esfuerzo se derrumbaría.

Y así pasó un buen tiempo. Y el corazón continuó ahí, intacto. Pasaron los poderosos de siempre, la clase de al medio y la mismísima señora Juanita. Todos quisieron tocar la obra que había construido. Pero no hubo caso. La Arenas se encargaba siempre de impedir cualquier acercamiento. Bastaba sólo que alguien rondara a centímetros del corazón, para que los granos comenzaran a desprenderse, como una amenaza.

Hasta que un buen día de la semana recién pasada, decidimos hacer un acuerdo con todos mis amigos. Bueno, casi todos en verdad. A Rojo ni siquiera lo llamamos y a Udigoyen tuvimos que traerlo casi a la fuerza, porque no se animaba a venir. Y con ellos convenimos un trato: si no podíamos tocar el corazón de Arenas, al menos queríamos adornarlo, con guirnaldas y coronas….no, no para tanto. Pero sí enchularlo, para que no se nos fuera a derrumbar a la primera.

Y así lo hicimos. Y quedó lindo. Bueno, algunos decían que en realidad era mejor ni tocarlo, mientras otros se quejan todavía de que a pesar de todos los esfuerzos, nuestro corazón igual se vendría abajo.

En fin, lo importante es que volvimos a disfrutar como antes. ¡No es para revolcarme con la Arenas ni mucho menos! Pero volvimos a jugar juntos. Por ahora.

Estándar