JUGAR CON ARENAS

arenas

Siempre jugué con Arenas. Era la máxima entretención de todas nuestras vacaciones. Castillos, murallones, figuras humanas y largas pistas de carrera. De todo hacíamos en la playa con Arenas. El balde, la pala y el rastrillo eran también parte de ese entretenido panorama.

Pero algo pasó en este último verano. Jugar con Arenas ya no fue lo mismo. Definitivamente algo cambió. Ya no sólo dejó de ser divertido, sino que se convirtió en algo tedioso, aburrido y serio. Incluso algunos decían que hasta podía ser peligroso seguir jugando con Arenas. Pero yo no creía. Lo que si debo reconocer es que la Arenas se puso más caliente, a veces intolerable. Entonces debía andar con chalas, a saltos, con mucho cuidado, porque de lo contrario, me podía quemar.

Lo último que logré hacer con la Arenas fue dibujar un gran corazón. Lo hice medio a la rápida si, pero me quedó bien. Me sentí encachado y orgulloso. El único problema era que no se podía tocar. Y no porque yo no quisiera, sino porque la Arenas impedía hacerlo. Claro, porque era como blanda, entonces al mas mínimo contacto, el corazón que había hecho con tanto esfuerzo se derrumbaría.

Y así pasó un buen tiempo. Y el corazón continuó ahí, intacto. Pasaron los poderosos de siempre, la clase de al medio y la mismísima señora Juanita. Todos quisieron tocar la obra que había construido. Pero no hubo caso. La Arenas se encargaba siempre de impedir cualquier acercamiento. Bastaba sólo que alguien rondara a centímetros del corazón, para que los granos comenzaran a desprenderse, como una amenaza.

Hasta que un buen día de la semana recién pasada, decidimos hacer un acuerdo con todos mis amigos. Bueno, casi todos en verdad. A Rojo ni siquiera lo llamamos y a Udigoyen tuvimos que traerlo casi a la fuerza, porque no se animaba a venir. Y con ellos convenimos un trato: si no podíamos tocar el corazón de Arenas, al menos queríamos adornarlo, con guirnaldas y coronas….no, no para tanto. Pero sí enchularlo, para que no se nos fuera a derrumbar a la primera.

Y así lo hicimos. Y quedó lindo. Bueno, algunos decían que en realidad era mejor ni tocarlo, mientras otros se quejan todavía de que a pesar de todos los esfuerzos, nuestro corazón igual se vendría abajo.

En fin, lo importante es que volvimos a disfrutar como antes. ¡No es para revolcarme con la Arenas ni mucho menos! Pero volvimos a jugar juntos. Por ahora.

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