EL FEMINISMO Y UN OLEAJE OTOÑAL

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Voy a hablar de feminismo. Hasta ahora no había querido hacerlo. Quizás por miedo a ser reprendido o algo así. No sabemos bien a que atenernos. Los hombres, al menos, estamos acostumbrándonos a este nuevo mundo.

Debo reconocer cierta simpatía con el movimiento feminista.  Soy de los que piensa que debe existir una revolución cultural para que la mujer ocupe el lugar que se merece en nuestra sociedad. Debe abrirse para ellas la justa demanda de una sociedad mas equitativa en sueldo, trato, educación y oportunidades. Pero debo admitir que hay cierta radicalización de esta marea pro mujer que aún no logro entender del todo.

Adhiero a la teoría del péndulo. Pienso que todo grupo que ha sido vulnerado durante décadas o siglos, apenas vea un espacio arremeterá con inusitada fuerza y pasión. Como un tsunami generado tras un gran remezón de la tierra, cercano a la superficie, con epicentro desconocido. Entrará entonces una ola gigante, poderosa, buscando dibujar un nuevo cauce. Pero como todo tsunami, se mezclan allí,  espuma, rocas, sedimento y cuánta cosa encuentre en su camino. No discriminará con lucidez y claridad lo que lleve a su paso.

Comprendo la fuerza del péndulo, pero también creo que, en ocasiones, se pasa de rosca y terminará, mas tarde que temprano, equilibrando su peso y velocidad. Mientras tanto, observo con curiosidad y un montón de dudas el avance de esta nueva era.

A riesgo de parecer impopular, pienso que a veces se exagera. No en lo de un ingreso igualitario, no en el acoso de cualquier tipo y menos en la exclusión  de la mujer de ciertos grupos de poder en la empresa, la iglesia, la política, el gobierno y otras instituciones. Mucho menos en la violencia de la que muchos cobardes se sirven para maltratarlas. Incluso el cuestionamiento de los piropos me parece necesario para fijar las fronteras de la intimidad de cada cual. Todo eso debe cambiar.

Pero hay otras demandas que han surgido que, insisto, exageran. Me refiere al lengueje que pretende que heblemes tede con «e», para eviter cuelquier tipe de discreminecién per génere.  O también al petitorio de eliminar lecturas u obras de arte que hacen referencia a la mujer, según algunas, de manera despectiva. Los límites de un trato vejatorio hacia la mujer también se plantean difusos y, pienso, con una sensibilidad tan frágil como la escarcha. Hoy no parece una necedad pensar que regalarles una flor, abrirles la puerta del auto, darles la preferencia en un ascensor u ofrecerles pagarles la cuenta en un restorán resultará, para pocas o muchas (no lo sé), una afrenta a su dignidad. No somos nosotros, los hombres, quienes nos hemos inventado ese delirio. Son cosas que van naciendo en el mismo corazón que ha dado vida al movimiento.

El feminismo debe velar por la legitimidad y seriedad de la importante misión que tienen y tenemos por delante. Pero debe moderar la fuerza del péndulo que han empujado, que de no ser medida podría venir de vuelta y amenazar con destruir parte de lo que ya, con esfuerzo y valentía, se ha construido. Estamos todos adecuándonos a este nuevo paisaje y todos y todas – concedo este punto- debemos cuidarlo y protegerlo del bravo e inusual oleaje otoñal.

 


Por Matías Carrasco

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LA PALABRA

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La palabra puede salvar una vida. Puede sanar y reparar aquello que se ha roto. La palabra nos puede hacer soñar e imaginar mucho más allá de las fronteras que acordamos dibujar. La palabra puede hacer volar a una tortuga, hacer llorar a un tigre o resucitar a un muerto. “Había estado en la muerte, en efecto, pero había regresado porque no pude soportar la soledad” – le decía el viejo Melquiades a José Arcadio Buendía en Cien Años de Soledad.

La palabra nos puede vincular, transformar y recordar una historia antigua. La palabra nos permite nombrar al vino, al mar, al cielo, a las hojas y a la tierra mojada. Con la palabra ansiamos y queremos. La palabra nos hace más hombres, más mujeres, más humanos.

Pero la palabra también daña. La palabra, la misma que canta a la alegría, tiene el filo suficiente para herir con hondura y despiadada precisión. La palabra puede humillar, denigrar, quebrar voluntades y enterrar la dignidad. La palabra puede ser también un demonio.

Hace poco nos ha conmovido la lamentable muerte de una adolescente que decidió quitarse la vida, aparentemente, empujada por el bullyng . En una reciente entrevista, su padre advirtió conmovido: “quiero transmitirle a este país a lo que puede llegar tan solo una palabra. Una palabra te puede destruir la vida”. Otra vez, la palabra.

Hoy los ojos están puestos sobre los colegios, los alumnos y el acoso escolar. Pero hay una mirada necesaria a la que no podemos hacerle el quite. Chile, de vez en cuando, se vuelve un hervidero. Los adultos, sobre todo los adultos, transitamos peligrosamente por los roqueríos y farellones del lenguaje, a punto de dejarnos caer. Nos hemos acostumbrado a zanjar nuestras diferencias – políticas, religiosas y valóricas- con insultos, descalificaciones, violencia, y a veces, golpes. ¿Qué ejemplo le estamos entregando a nuestros hijos? ¿Cómo exigirles respeto cuando no sabemos nosotros tratar nuestras propias discrepancias?

Chile se ha vuelto fanático. Y un fanático no ve más allá de sus propias narices. Un fanático solo está preparado para defender con exagerada pasión su propia verdad, sin respetar las ideas o creencias de los otros. Y donde no hay respeto, la palabra simplemente hiere y despedaza.

Estamos en un país que se está reordenando. Hay temáticas nuevas, complejas, a las que nos tenemos que acostumbrar. No es posible crear un Chile mejor sin diálogo, sin apertura, sin empatía y sin palabras que construyan puentes y conversación. Y si nosotros nos somos capaces, ¿qué esperar entonces de nuestros jóvenes? Queramos o no, debemos dar el ejemplo.

Y a ellos, a nuestros hijos, debemos heredarles la palabra, la buena palabra. La palabra afectiva y emocional. La palabra que libera y apacigua la rabia, la frustración y el dolor. La palabra inclusiva, que acompaña y acepta. La palabra que no busca más que ser dicha y abrazada.

Es bueno debatir y confrontar nuestros puntos de vista. No hay que tener miedo a hacerlo. Pero hay que cuidar las palabras. Como decía el poeta Huidobro, “inventa mundos nuevos y cuida tu palabra; el adjetivo cuando no da vida, mata”.

 


Por Matías Carrasco.

 

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HACE FALTA CARIÑO

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Hace años que trabajo asesorando a distintas empresas. Nuestra tarea, junto a mis socios y un buen equipo, es orientar y entregar las herramientas para construir cultura y fortalecer la propuesta de valor interna de distintas compañías. Aquello que los hace únicos y los diferencia de otras organizaciones.

Las problemáticas se van repitiendo. La fórmula del éxito de otros años ya no basta en los tiempos de hoy. La irrupción de nuevas generaciones, la transformación tecnológica y las nuevas demandas de empleados más informados y empoderados, ha puesto de cabeza a ejecutivos y directorios que intentan sortear las dificultades de un mundo distinto y desafiante.

Algunos buscan más eficiencia. Otros, mayor productividad, alineamiento estratégico y equipos de alto desempeño. Muchos están embarcados en la aventura de subirse al carro de la era digital y la omnicanalidad. Y algunos luchan por convertirse en buenos lugares para trabajar.

Con todo, independiente de la misión que se emprenda, aparece un elemento común, básico y primordial, para alcanzar cada uno de los objetivos propuestos. A las empresas les hace falta cariño. Así no más. Es una conclusión personal e intuitiva, pero fruto de mi experiencia con compañías pequeñas, medianas y de gran tamaño.

A todas ellas, unas más que otras, les falta cariño y una preocupación genuina por el ser humano. Incluso grandes firmas, de prestigio internacional, han declarado que ya no basta ser empresas admiradas, sino que desean también ser queridas. Y ahí está la madre de todas las batallas.

Se trata de una montaña difícil de conquistar. Sobre todo porque no es un asunto de promesas y declaraciones, sino más bien un tema de convicciones profundas y que se viven y experimentan en la experiencia cotidiana del trabajador. Aún con todo el conocimiento, la metodología, los procesos y la literatura del mundo, es imposible fingir cariño.

Suena cursi, pero es real. Una empresa cariñosa, es aquella que cuida y se preocupa por sus personas. Es un lugar donde se respeta la diversidad y la opinión de todos. Allí escasea la voz autoritaria y de mando militar. Escuchar es una práctica que debe hacerse en forma periódica. Celebrar los logros debe ser un mandamiento y reconocer el trabajo bien hecho un acto de justicia. Habrá que estar atentos al bienestar de los empleados, de sus familias y sus necesidades. La honestidad y el respeto para decir lo que falta, será también crucial. Y en los momentos difíciles, la mirada humana debe estar, aún, más presente. Pero, principalmente, el cariño está en la superficie y en la hondura de las relaciones de todos los días: cercanas, horizontales y de confianza. El miedo y la amenaza, deben iniciar la retirada.

Yo hablo de cariño, pero hay algunos que van, felizmente, más allá. Josefa Monge, co fundadora y Directora de Cumplo, en el último Congreso Chileno de Marketing de ICARE, se refirió a la necesidad de crear empatía en las empresas, de ese imbatible poder de sintonizar con el estado del alma del otro. “La empatía construye comunidad”, dijo. Y donde no hay empatía, hay exclusión, enfatizó. Y donde hay exclusión, sugiero, nunca habrá vínculo, compromiso y, menos, cariño.

El desafío es enorme, pero fascinante. Se trata de un cambio cultural y, para muchos, generacional. Hay que echar abajo paradigmas y levantar una nueva manera de hacer empresa. El liderazgo también debe cambiar. Quizás más femenino, más afectivo y más humano. El cariño es hoy un asunto de sostenibilidad.

 


Por Matías Carrasco.

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LA IGLESIA QUE QUIERO

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Debo confesar que siempre me llamó la atención que los Obispos se decidieran a hablar después de que el Papa enviara esa pública carta a Chile, reconociendo los abusos sexuales y respaldando a las víctimas. Casi como un reflejo, varios de los religiosos que habían guardado santo silencio hasta entonces, mostraron su admiración por quienes habían sido abusados, nos hablaron de la importancia de escuchar las denuncias, de asumir los errores y corregirlos y de sentir dolor y vergüenza por no lograr que las heridas de los abusos sanaran. ¿Por qué no lo hicieron antes? ¿Por qué esperar a que el Obispo de Roma diera su veredicto para dar su opinión? ¿Por qué callaron durante tantos años?

Algunos pensarán que es solo oportunismo. Que entregar un punto de vista luego de que el jefe diera el suyo, es la manera de alinearse y aminorar el calibre de la reprimenda que, seguramente, hoy están recibiendo en el Vaticano. Puede ser. Pero yo me sumo a una tesis distinta.

Existe en la iglesia, de manera casi imperceptible, una atmósfera de amenaza y miedo. Seguramente es la misma de la que se sirve un abusador para manejar la conciencia de la víctima para quebrar su voluntad y dar el zarpazo. Esa santidad que envuelve a la iglesia es la que permite que prevalezca una excesiva alabanza, respeto y, a mi juicio, mal entendida veneración. Por eso es que cualquier opinión disidente dentro de la iglesia será percibida como una afrenta. Por eso es que una crítica, será leída como una deslealtad a nuestra propia madre. Por eso es que la diferencia dentro de la institución será recibida simplemente como una amenaza.

El deseo de uniformidad es una mala práctica en la iglesia. El pretender que todos pensemos lo mismo y actuemos de la misma manera, no es solo irreal sino tremendamente dañino para quienes formamos parte de ella. Esa obediencia rígida es la que nos tiene capturados en una fe infantil y perjudicial. Ese manto de miedo y amenaza es la que ha permitido la proliferación de delitos y abusos dentro de la iglesia. Por eso algunos señalan, y con razón, que sigue siendo un lugar inseguro para nuestros hijos.

Es esto lo que tiene que cambiar. Da lo mismo si salen algunos obispos del escenario si no somos capaces de cambiar el guión. Debemos actuar de otra manera. Los seminaristas, novicios, religiosas y laicos deben ser formados con libertad y pensamiento crítico. Debemos atrevernos a levantar la voz, hablar en público, dudar, confrontar ideas y dar paso incluso a las preguntas más feroces. ¿Existe realmente Dios? Como le escuché a algún sacerdote alguna vez, la duda es la antesala a la fe adulta.

Por eso no hablaron los obispos. Y no solo ellos. Por eso tampoco lo hicieron buena parte de los curas y laicos. Por miedo y una falsa prudencia. Y por eso también ese lenguaje alambicado y como caído del cielo. Mucha “vergüenza”, “perdón”, “oración”, “conversión”, “caridad” y, sobre todo, mucho “pueblo de Dios”. ¿Por qué no hablar las cosas como son? ¿Por qué no referirse a nuestra iglesia de la misma manera con que cuestionamos, sin asco, a políticos y empresarios? Por miedo y una lealtad equívoca que nos nubla la vista y el corazón.

Este año mi hijo hace su primera comunión. Y no quiero que sea una oveja mansa y sumisa. Quiero que sea la oveja que él elija ser. Ojalá inquieta y preguntona . Ojalá diferente, extraviada y traviesa. Ojalá alegre, justa y valiente. Ojalá adulta. Esa es la iglesia que quiero para él y para Chile. Ojalá así sea.

 


Por Matías Carrasco.  

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EL DÍA DE LA MADRE

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El día de la madre debe ser un día importante. No para regalar, comprar o llenar los restoranes de brindis y celebración. Puede ser un día importante, sencillamente, para decir cuánto queremos y cuánto sentimos por nuestras madres y las madres de nuestros hijos.

No debemos esperar a un funeral para decir cuánto amamos en una carta póstuma. Si lo decimos en vida tendrá más efecto. Debe ser un acto de justicia. Es bueno que ellas sepan lo que han hecho en nosotros, cuánto nos han dado y cuántas cicatrices han curado. Es bueno que se enteren que uno valora su esfuerzo, sus sacrificios y su entrega.

Todas las madres cargan con ellas, como un sello, fortaleza y coraje. Basta ver parir a una mujer para entender cuánta valentía traen en sus entrañas. En Chile hay miles, millones, sosteniendo vidas y hogares contra viento y marea. La mía luchó por nosotros una vida entera.

Vale la pena decir cuánto las queremos. No basta con sentirlo. Es necesario expresarlo mirándolas, en una carta, en un mail o de la manera más cómoda que encontremos. Decirlo ahora puede también sanar heridas, propias y ajenas.

Seguro que hay, en muchos, distancias, deudas, rencillas y dolores atrapados por la historia. Ellas son imperfectas. No son santas. Son madres, que aprendieron a serlo en el camino. Por eso los errores, los silencios, las faltas y los rasguños que nos fueron quedando con los años. Entender, aceptar y perdonar es también una tarea pendiente que podemos comenzar, ahora, a realizar.

El domingo puede ser un día importante. Si nos animamos a decir lo que sentimos, puede ser imborrable. Agradecerles a todas. A las que sin parir, son madres. A ellas, generosas y arrojadas, las que han decidido adoptar otras vidas. ¡Cuánto amor hay en ellas! ¡Cuánta entrega! Ellas saben, solo ellas, lo que un parto del alma significa.

A todas las madres, sobre todo a las que sufren y siguen sufriendo. A las del dolor inmenso de la pérdida de un hijo y las que pelean todos los días por los suyos, los enfermos, los diferentes y los incomprendidos. A ellas decirles, cuánta admiración se siente porque son, simplemente, de otra galaxia.

Y a las que no están, a las que ya partieron, imaginarlas con la esperanza de que algún día volverán, otra vez, a abrazarse.


Por Matías Carrasco. 

 

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CURAR UNA VIDA

victimas

Hace algunos años, en el inicio de mi carrera profesional, un jefe me dijo que no tenía valores. Me lo comentó en su oficina amplia, junto a su socio, recriminándome por haber encontrado un nuevo trabajo en uno de los clientes a los que ellos asesoraban. “Pensé que tenías valores, pero descubrí que no los tienes” – insistió. Echado sobre su cómodo sillón, remató diciendo que no hablaría bien de mí.

Fue una reunión dura. Fue la primera y la única vez que me he sentido humillado. El dueño de la compañía donde trabajaba se metía sin permiso en el cuidado mundo de mi intimidad. Él se atribuyó el derecho a cuestionar mis principios, declararme un hombre vacío y advertirme, en tono amenazante, que de su boca, la de un connotado ejecutivo, no saldría nada bueno sobre mí.

Sentí asco, rabia y ganas de vomitar. Tenía impotencia y miedo. Me sentí culpable y menospreciado. Tuve que seguir en esa oficina algunas semanas más. Les escribí un mail a ambos socios, disculpándome, avergonzado y pidiendo perdón. La historia termina el día en que comienzo mi nuevo trabajo, cuando mis antiguos empleadores hacen llegar – el mismo día de mi debut- una carta a los dueños de la compañía –grandes empresarios- poniendo fin al contrato de asesorías por la mala práctica que traía mi contratación. Ellos hicieron sentir su poder. Yo, otra vez, sentí rabia, impotencia y miedo. Tuve que dar explicaciones.

No sé si fue un abuso, pero sí siento que, al menos, alcancé a rozar sus fronteras. El tiempo y la experiencia me han convencido que me equivoqué y que cometí un error al aceptar una oferta de un cliente de la compañía. Debí, antes, haberlo conversado con ellos. Pero fue solo eso. Una falta de aprendiz. No merecía, en ningún caso, la humillación, la advertencia y el peso del poder. Nadie, absolutamente nadie, lo merece.

Si con esta sencilla historia yo sentí mis rodillas flaquear, ¿qué sentirán las víctimas de abusos sexuales? ¿qué sensaciones vivirán quiénes han sido vejados o violentados? ¿cuántas vidas puede quebrar un abusador? ¿cuántas culpas puede acarrear el abuso? ¿cuántas historias continúan hoy silenciadas, queriendo ser olvidadas?

Cuando en Chile se habla de estos temas, descubro que el abuso, en cualquiera de sus formas, es sutil y a veces, casi imperceptible. Por eso se hace difícil encontrar pruebas. Por eso el testimonio es la mayor evidencia. Por eso se hace necesario creer.

Pienso en las víctimas. El abuso las parte y las neutraliza. El miedo las paraliza. Se deben sentir culpables, sucias, indefensas, solas e incomprendidas. Están rotas por dentro. ¿Será por eso que algunas demoran tanto en denunciar?¿ ¿Será por eso que varias nunca lo harán? Algunas no lo soportan y no viven para contarlo. Otras deben volver a armarse, pieza a pieza, para volver a la vida. Por eso se habla de sobrevivientes.

Tras el encuentro con el Papa, las tres víctimas de Karadima han dicho que decidieron aceptar esta invitación “en nombre de miles de personas que han sido víctimas de abuso sexual o de encubrimiento por la Iglesia Católica. Ellos le han dado sentido a nuestra visita”. Quizás se quedaron cortos. Su lucha ha sido una guía para quién sabe cuántas personas que han visto en ellos y en otros como ellos, un faro y una estrella mucho más allá de los límites de la Iglesia.

Lo suyo es una buena historia de cómo curar una vida. Ellos eligieron, valientemente,  sanar la suya. Y ahí está el verdadero valor de su testimonio y de su ejemplo.

 


Por Matías Carrasco 

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EL DAÑO

daño

Cada vez con más frecuencia nos enfrentamos a cuestiones valóricas que debemos resolver. La modernidad y el desarrollo nos han traído distintos temas que nos proponen una problemática compleja, situaciones límites de la vida, historias que se tejen en las fronteras y que hemos debido abordar.

Así han aparecido en el último tiempo discusiones como el aborto en tres causales, el proyecto de identidad de género, el matrimonio igualitario, la adopción homoparental y últimamente algunas propuestas para debatir sobre la eutanasia. ¿Cómo abordar este tipo de conversaciones en una sociedad como la nuestra?

Para algunos las respuestas son muy claras. Existen convicciones, paradigmas o enseñanzas religiosas que hacen fijar posiciones inamovibles. Ahí estarán quienes defienden la vida desde la concepción hasta la muerte natural o miran al ser humano desde una única verdad, donde solo ciertas cosas son posibles. Y también estarán quienes defienden los derechos individuales y sienten que desde ahí cualquier práctica es admisible. Dirán que la mujer tiene derecho sobre su propio cuerpo, por tanto tiene la libertad de abortar a quién crece dentro de ella.

Pero existimos otro grupo que frente a estas situaciones, duda. Sentimos estar delante de verdaderas encrucijadas morales o laberintos humanos donde no es difícil perder la orientación y la salida. Pero he descubierto una brújula que, al menos a mi, me ha ayudado a encontrar el camino o a visualizar algunas huellas, más allá de toda ideología: el daño.

Cada vez que se debate sobre estos asuntos, me pregunto por el daño. Donde no hay daño a otros, la ley debe entregar libertad. ¿Por qué restringir el matrimonio entre personas del mismo sexo en un Estado laico como el nuestro? ¿A quién hacen daño dos hombres o dos mujeres que deciden casarse y comenzar una vida juntos?

Pero donde existe daño, la ley debe poner restricciones. Es el caso, por ejemplo, del aborto libre. Querámoslo o no, existe un evidente daño, en este caso la muerte de una vida que está en gestación. ¿Es suficiente el argumento del derecho de la mujer sobre su cuerpo para justificar una legislación de aborto sin límites de ningún tipo? Pienso que no, porque existe daño.

Pero hay otras situaciones donde, aparentemente, el daño puede ocurrir en dos direcciones. Es en estos casos donde se busca evidencia científica, documentación y se consulta la opinión de especialistas. Es lo que está sucediendo hoy con el proyecto de identidad de genero que se debate en el Parlamento. Algunos piensan que el cambio de sexo registral puede generar un daño tremendo a un niño que aún está en pleno desarrollo de su identidad. Pero para quienes viven en carne propia estas historias, señalan que la falta de aceptación social es un motivo suficiente para llevar a niños y a adolescentes a atentar sobre sus cuerpos y sus propias vidas. O lo que sucede también con la adopción homoparental. Unos piensan que los niños pueden salir perjudicados y otros señalan que pueden crecer íntegramente con dos papás o dos mamás. Y los expertos no tienen abundantes pruebas para entregar un veredicto claro. Entones, ¿qué hacer?

En estos casos, lo recomendable es disponerse a conocer. Deshacerse de los pesados paradigmas, prejuicios, creencias y aventurarse a ponerse en los zapatos de quienes viven situaciones como éstas. En ellos y ellas estarán buena parte de las respuestas que buscamos. Y así, no serán otros quiénes nos dirán qué pensar, sino que será nuestra propia certeza o intuición, la que nos darán las pistas para fijar una postura.

La difícil ecuación del daño nos puede ayudar a resolver, en parte, estas encrucijadas morales y el ejercicio de conocer otras realidades, también aportará en este desafío, pero lo que es más importante, promete hacernos más humanos.

 


Por Matías Carrasco

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EL BRAMAR DE LAS OVEJAS

A woman dressed as a character from the nativity scene puts a lamb around the neck of Pope Francis as he arrives to visit the Church of St Alfonso Maria dei Liguori in the outskirts of Rome

Soplan vientos de cambio. Tras la pública carta enviada por el Papa a los obispos chilenos, se pronostican para este rincón angosto y alejado del mundo, movimientos al episcopado local. Algunos hablan de terremoto. Otros de reforma. Varios hablan de una intervención histórica y ejemplificadora. Es difícil aventurar conclusiones todavía.

Pero lo cierto es que Francisco reaccionó. Después de mucho tiempo, de infortunios y algunos desaguisados, el Obispo de Roma despertó. La pregunta que se repite por estos días es, ¿quién le mintió al Papa? Pero me parece que hay otra interrogante más interesante: ¿Quién lo despertó? ¿Quién lo hizo reaccionar? ¿Qué lo hizo cambiar de opinión?

Aparentemente no fue la jerarquía de la Iglesia. No como cuerpo, al menos. El Nuncio tampoco estuvo a la altura. No fueron los solideos, las sotanas ni grandes cruces doradas colgadas al cuello las que, mayoritariamente, motivaron el remezón en la Iglesia.

Esta vez fue una comunidad indignada quién levantó la voz durante años para hacerse escuchar. Fueron principalmente las víctimas de abuso las que valientemente enfrentaron el poder, el silencio y la desidia. Fueron laicos quienes organizadamente – desde Osorno y otros rincones de Chile- hicieron ruido. Los medios de prensa también hicieron su parte, exhibiendo en vitrina una historia de abusos y encubrimiento. En definitiva, fue el bramar de las ovejas la que despertó al pastor.

Y esto es un hecho que merece ser destacado. Sobre todo en una Iglesia que castiga la disonancia, que enjuicia a quienes “cantan fuera del coro” y que celebra la uniformidad de sus fieles, esa que ahoga la conciencia y el discernimiento personal. Por eso este es un antecedente muy importante. ¡Los laicos deben ser protagonistas! ¡Los laicos deben hacerse un espacio! ¡Las ovejas deben seguir bramando, incansablemente, sin miedo, porque también son comunidad y son Iglesia!

Una Iglesia en aprietos, apuntada por graves delitos y a autoridades cuestionadas por su labor, nos regala la oportunidad de abrirnos a la dimensión humana. Las pifias, los crímenes, nuestras faltas, nos hacen ver más humanos. Los laicos, inspirados en la figura de Jesús, estamos llamados a pensar y a actuar confiados en el propio espíritu, adulto y capaz. Debemos abandonar esa fe infantil, que espera órdenes, acata y obedece, sin más.

No sabemos que pasará en mayo próximo, tras la visita de los obispos al Vaticano. Pero sí sabemos que llegó el tiempo de los laicos. Habrá que saber tomar esa oportunidad.

 


Por Matías Carrasco.

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SEGUIR CREYENDO

EZZATI copia

Hace un año tuve la suerte de conocer a los padres de una niña trans. No fue un encuentro fortuito. Fue una conversación que busqué tras enterarme de que un colegio católico había aceptado que la niña de solo siete años viviera con libertad su decisión.

Tras conseguir los nombres de sus padres, me contacté con ellos y generosamente me invitaron a su casa a escuchar, de primera fuente, su historia. Eran personas normales. Una pareja común y corriente, católicos como yo, sencillos y acostumbrados a una vida tradicional. No eran activistas y menos portadores de la ideología de género. Eran más bien personas centradas, tranquilas, que solo querían darle una vida feliz a su pequeña hija. Se notaba el rastro del dolor y la angustia, pero también un amor inmenso frente a lo que para ellos era un misterio.

No solo salí emocionado de ese afortunado encuentro, sino también con la idea de que me podría haber tocado a mí. La cita, íntima y conmovedora, cambió mi mirada, me acercó a las fronteras de un mundo distinto y me permitió entender que la vida, querámoslo o no, tiene más laberintos que lo que insistentemente llamamos “normal” o “natural”. Esa noche no dormí.

Por eso es que cuando escucho las desafortunadas palabras del Cardenal Ricardo Ezzati, pienso que a quienes guían los pasos de nuestra iglesia les hace falta disponerse a conocer. Estoy seguro que el Obispo no quiso hacer daño. Pero estoy convencido que detrás de sus palabras existe desconocimiento de lo que habita en el alma, en el fondo más lejano, de quienes sufren de esta condición. De lo contrario, no hubiera dicho lo que dijo.

En las últimas décadas la iglesia chilena ha preferido detener la historia, atrincherarse y defender un legado de más de dos mil años. Y una vez levantado el fuerte y los escudos, lo único que ven al frente son enemigos, confabulaciones e ideologías que no siempre resultan ser tales. Y al pasar, sin quererlo, van haciendo daño.

La alternativa sería destruir las murallas, bajar los puentes y decidirse a meterse en el mundo de hoy. Sin el miedo de tener que defender un tesoro que nadie les quiere robar. Tal como lo hace un verdadero pastor: meterse en medio del rebaño. No para cazar o esquilar sus ovejas, sino solo para conocerlas e impregnarse de su olor.

¿Estoy diciendo con esto que los obispos deben estar de acuerdo con la ley de identidad de género que se tramita en el Congreso? Por supuesto que no. Ellos y la Iglesia Católica son libres de pensar lo que quieran. Están en su legítimo derecho. Pero si en sus hombros cargan con la tarea de orientar a millones de fieles con el mensaje de Jesús, un hombre justo, misericordioso y caritativo, tendrían que, al menos, bajar de la torre y sumergirse en aguas que por muy desconocidas que les parezcan, pueden darles a ellos y a otros, una vida nueva.

No es solo Ezzati quién, a mi parecer, ha equivocado el camino. Son nuestros líderes eclesiásticos y buena parte de los laicos quienes han querido, muchas veces, enseñar a un Dios inmóvil, lejano, frío y al margen de la historia. No como a ese que a mí me mostraron: humano, amigo, bueno, acogedor y empapado de la sangre de las heridas más profundas de nuestro mundo. En ese creo y, espero, seguir creyendo.

 


Por Matías Carrasco.

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COMPARTIR LA VIDA

facebook

Compartir la vida se ha transformado en una costumbre rutinaria. En Facebook e Instagram exhibimos nuestras historias, trofeos, días de vacaciones, viajes, premios, medallas, diplomas y el orgullo de ver a nuestros hijos crecer. Nos juramos amor eterno, celebramos nuestros aniversarios, el primer día de clases, la entrada a un esperado concierto o simplemente compartimos con otros nuestra última tenida. Y tras la publicación, vienen los likes, comentarios y la aprobación de un montón de ansiosos espectadores.

Todos quienes habitamos en las redes sociales somos parte, en mayor o menor medida, de este circo. Nos hemos transformado en adictos a la imagen, al reconocimiento público, al egocentrismo y al vértigo de ver nuestras vidas navegar rápidamente por internet. Algo detrás de ese sospechoso click o de ese comentario al pasar nos hace sentir mejor. Y como cualquier droga, su efecto es placentero, pero corto y fugaz.

Es lo que Mario Vargas Llosa, en su libro “La civilización del espectáculo”, comenta como parte de una cultura que ha puesto al entretenimiento en un sitial especial, como un valor supremo, en desmedro de otras formas de mirarnos y relacionarnos. “Con la desaparición del dominio de lo privado, muchas de las mejores creaciones y funciones de lo humano se deterioran y envilecen, empezando por todo aquello que está subordinado al cuidado de ciertas formas, como el erotismo, el amor, la amistad, el pudor, las maneras, la creación artística, lo sagrado y la moral” – dice.

Pero el problema no está en querer compartir nuestra vida, sino en dejar de hacerlo de manera real. Porque al otro lado de lo público, del espectáculo, del mundo de los simpáticos emoticones, está la intimidad. Y es justamente en ese rincón tranquilo, apacible, único y propio donde podemos generar relaciones genuinas. Lo íntimo vincula, aún sin un solo like.

Porque en la intimidad no podemos filtrar nuestras fotos. Aparecemos tal y cual somos. Allí, en la cercanía de lo privado, se descubre todo aquello que mantenemos oculto en el mundo virtual. Estarán ahí también nuestros fracasos, dolores,   desamores y pifias. En la intimidad, solo cuando somos cómplices, podemos mostrarnos en pelota.

En una sociedad ruidosa como la nuestra, hay que buscar la intimidad. En medio de la trampa de la imagen y la aprobación, hay que buscar intimidad. En una ciudad atareada, presurosa y agresiva, hay que insistir, con porfía, hasta encontrar la intimidad. Y en ese silencio, compartir con nuestros hijos, parejas y amigos, la vida… la vida real.

 


Por Matías Carrasco.

 

 

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