LA PALABRA

la palabra

La palabra puede salvar una vida. Puede sanar y reparar aquello que se ha roto. La palabra nos puede hacer soñar e imaginar mucho más allá de las fronteras que acordamos dibujar. La palabra puede hacer volar a una tortuga, hacer llorar a un tigre o resucitar a un muerto. “Había estado en la muerte, en efecto, pero había regresado porque no pude soportar la soledad” – le decía el viejo Melquiades a José Arcadio Buendía en Cien Años de Soledad.

La palabra nos puede vincular, transformar y recordar una historia antigua. La palabra nos permite nombrar al vino, al mar, al cielo, a las hojas y a la tierra mojada. Con la palabra ansiamos y queremos. La palabra nos hace más hombres, más mujeres, más humanos.

Pero la palabra también daña. La palabra, la misma que canta a la alegría, tiene el filo suficiente para herir con hondura y despiadada precisión. La palabra puede humillar, denigrar, quebrar voluntades y enterrar la dignidad. La palabra puede ser también un demonio.

Hace poco nos ha conmovido la lamentable muerte de una adolescente que decidió quitarse la vida, aparentemente, empujada por el bullyng . En una reciente entrevista, su padre advirtió conmovido: “quiero transmitirle a este país a lo que puede llegar tan solo una palabra. Una palabra te puede destruir la vida”. Otra vez, la palabra.

Hoy los ojos están puestos sobre los colegios, los alumnos y el acoso escolar. Pero hay una mirada necesaria a la que no podemos hacerle el quite. Chile, de vez en cuando, se vuelve un hervidero. Los adultos, sobre todo los adultos, transitamos peligrosamente por los roqueríos y farellones del lenguaje, a punto de dejarnos caer. Nos hemos acostumbrado a zanjar nuestras diferencias – políticas, religiosas y valóricas- con insultos, descalificaciones, violencia, y a veces, golpes. ¿Qué ejemplo le estamos entregando a nuestros hijos? ¿Cómo exigirles respeto cuando no sabemos nosotros tratar nuestras propias discrepancias?

Chile se ha vuelto fanático. Y un fanático no ve más allá de sus propias narices. Un fanático solo está preparado para defender con exagerada pasión su propia verdad, sin respetar las ideas o creencias de los otros. Y donde no hay respeto, la palabra simplemente hiere y despedaza.

Estamos en un país que se está reordenando. Hay temáticas nuevas, complejas, a las que nos tenemos que acostumbrar. No es posible crear un Chile mejor sin diálogo, sin apertura, sin empatía y sin palabras que construyan puentes y conversación. Y si nosotros nos somos capaces, ¿qué esperar entonces de nuestros jóvenes? Queramos o no, debemos dar el ejemplo.

Y a ellos, a nuestros hijos, debemos heredarles la palabra, la buena palabra. La palabra afectiva y emocional. La palabra que libera y apacigua la rabia, la frustración y el dolor. La palabra inclusiva, que acompaña y acepta. La palabra que no busca más que ser dicha y abrazada.

Es bueno debatir y confrontar nuestros puntos de vista. No hay que tener miedo a hacerlo. Pero hay que cuidar las palabras. Como decía el poeta Huidobro, “inventa mundos nuevos y cuida tu palabra; el adjetivo cuando no da vida, mata”.

 


Por Matías Carrasco.

 

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