GRACIAS

GRACIAS

Esto no es una columna, es un agradecimiento. A ustedes, hombres y mujeres que han seguido el rincón lento y sincero de las tortugas. El escritor Haruki Murakami se pregunta, ¿por qué escribo cuando escribo? Yo me pregunto lo mismo. No tengo una respuesta certera. Quizás por amor a la palabra, a las páginas vacías, por amor al hombre y su profundo sentido de ser humano. O tal vez sea por conocerme y conocerlos, establecer un puente en el aire, llegar a dónde nunca hubiese llegado. Les agradezco. Han habido acá textos rasantes y otros de más altura. He querido y he dañado. He tocado algunas heridas. He sido valiente y también cobarde. Ante todo, he buscado ser honesto y hablar desde las miserias que se me acercan de vez en cuando.

Les agradezco. A los que leen. A los que han hecho sentido mis palabras. A los que me han criticado. Los guardo, sentidamente, en mi caparazón.

Y hoy, nace algo nuevo. Nunca pensé que lo iba a ser en un Chile loco y en una tierra prometida que nunca llegó y que ahora nos reclaman con la luz del fuego. Pero acá está, mi primer libro de cuentos, “El loco paraíso”. Ha sido un camino largo, un pedaleo en pendientes empinadas. Lo he disfrutado. He sido libre y feliz. Apenas tenga novedad, les comentaré del lanzamiento y de su distribución en librerías.

Si las tortugas hablaran, abrirían su boca de pájaro y les dirían, otra vez, “gracias por la compañía”.


Por Matías Carrasco.

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YO, CONTIGO

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Se suspende la Apec y la Cop25. Se posterga el Simce y la PSU. Se suspenden actividades de fin de año en la empresa, los colegios y las familias. Se cancelan los eventos. Vivimos en un país suspendido.

Es una sensación que muchos no habíamos experimentado. La de estar flotando en el aire, sin un piso firme, sin un futuro claro. Se desdibuja la paz y la seguridad. Del mañana, no sabemos. A ratos tranquilidad, a ratos violencia. A veces la esperanza de un Chile más justo, a veces el abatimiento. Las emociones suben y bajan, en un largo desnivel. Algunos, quizás, estemos rozando lo que miles de familias viven a diario: el descampado, la incertidumbre, el miedo, la ausencia, una tierra vulnerable.

Escribimos una historia entre puntos suspensivos. Sabemos en qué estamos, pero ni idea de lo que nos espera a la vuelta de la página. Todo un territorio convertido en signo de interrogación. Largo e inclinado. ¿Hacia dónde vamos? La pregunta nos azota como el mar a las rocas y las certezas parecen haber huido hacia el horizonte. ¿Volverán algún día?

Nadie sabe, pero todos intentan una respuesta. Periodistas, políticos, historiadores, sociólogos, columnistas. Todos, en una larga fila, buscando un espacio para dar su opinión. Son manotazos en el aire. ¡Si estamos suspendidos! Pero ahí andamos, en medio del paréntesis, en una estridente palabrería.

Buena parte de Chile apretujado en una sala de espera. ¿Esperando qué? Ni idea, pero estamos ansiosos de que el doctor abra la puerta, nos haga pasar, nos diga qué cresta tenemos y nos de el jarabe para una tos que nos hace sangrar y no cesa. Pero no aparece.

Vamos quedando solo nosotros. Como los ciegos de Saramago en su “Ensayo sobre la ceguera”. Arrumados, temerosos en una “blanca oscuridad”, presos de una epidemia que azotó a todo un país, dejándolos sin poder mirar. Y en las miserias de un pueblo desesperado, en esa pérdida repentina, apareció lo peor del ser humano – la violencia, la muerte, la injusticia, la humillación-  pero también la solidaridad y la posibilidad del encuentro en medio de las pellejerías. “Tengo el monstruoso deseo de que no recuperemos la vista, para seguir viviendo así. Yo, contigo”- le decía un hombre viejo y tuerto, a la prostituta joven de la que se había enamorado en aquel infierno ciego.

Quizás sea lo que haya que hacer mientras seguimos en la sala de espera. “Yo, contigo”. Me refiero a eso de “nosotros”. A recuperar la comunidad perdida.

“Tú quieres vivir conmigo y yo quiero vivir contigo”, le respondió la muchacha al hombre que no creía lo que escuchaba. “No me lo dirías si me hubieras encontrado antes, un hombre viejo, medio calvo, el pelo que le queda blanco, con una venda en el ojo y una catarata en el otro” – replicó el tipo. “No lo diría la mujer que entonces era, lo reconozco, quien lo ha dicho es la mujer que ahora soy”.

Tal vez las zozobras de un Chile interrumpido nos traigan la lucidez de los ciegos: de ver lo que antes no vimos y de soñar, al fin, una vida juntos.


Por Matías Carrasco.

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QUE NOS DUELA

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No quiero seguir apuntando con el dedo. Ya están apuntados. Políticos, periodistas, presidentes, ex presidentes, empresarios, autoridades, carabineros, militares y “el sistema”. Ya está todo más o menos dicho. A veces en su justa medida, a veces de manera irracional y destemplada. Nadie está muy dispuesto a racionalizar por estos días.

Es fácil andar por la vida apuntalando. Incluso podemos correr la suerte de convertirnos en héroes, sobre todo si los acorralamos en televisión o en las redes sociales. Si los otros son los culpables, entonces somos víctimas. Y las víctimas, solo padecen. No recae en ellos ni en ellas ninguna responsabilidad. ¿Somos eso? ¿Hemos sido solo un montón de abusados, ciegos ante la maldad de los poderosos? ¿Vimos la luz, de repente, como una epifanía?

Prefiero, en cambio, devolver la mirada. Esto se resuelve en gran parte por lo que pueda hacer el Estado, los parlamentarios, las autoridades y las instituciones públicas y civiles. Pero también por lo que puedan hacer las personas. No estamos libres de pecado, ni de hipocresía, ni de la vehemencia que nos ciega.

Seamos honestos. En Chile existen los olvidados, pero también los que olvidamos. Están los invisibles y los que nunca vieron. Duela a quien le duela, la desigualdad la construimos entre todos. O casi todos (siempre hay humanos excepcionales). Esto no se trata solo de marchas o de beneficencia. Es algo más estructural. Tiene que ver con cuánto hemos estado dispuestos a perder por el otro. ¿Existe? ¿Realmente hemos sido conscientes del otro? ¿Hemos definido nuestras formas de vida, nuestros presupuestos, nuestros sueños, pensando en alguien que sufre y existe a kilómetros de distancia?

Si no nos ha dolido, no hemos sido justos. La justicia no es una fiesta. Es sencilla y silenciosa. Incomoda como una piedra en el zapato. ¿Hemos optado por una vida más incómoda pensando en el bienestar de todos? ¿o cada uno se rasca con sus propias uñas? Esto se da en todos los niveles.

De la noche a la mañana, el sistema nos parece cruel e injusto. Las concesiones, una mierda. La modernización, una basura. Un sistema que otros construyeron pero que hemos disfrutado como un banquete eterno. El consumo es el rey. ¿Quiénes le rinden pleitesía? ¿otra vez somos víctimas? ¿o reventamos internet en el Cyber Day (hace solo unas semanas) tiritando en un orgasmo capitalista? ¿Nos acordamos, entonces, de los descolgados?

Lo siento. Lo que estamos viviendo no es una hazaña ni un carnaval. Es una crisis dolorosa y violenta, que trae consecuencias para todo el país. Atrás de la esperanza de un Chile más justo, está el precipicio de la demagogia y el populismo, de las voluntades y de los discursos estridentes, pero vacíos.

Tal vez lo más lúcido que hemos visto en estas semanas difíciles, sea la carta de renuncia de Javiera Parada a su partido. Hizo algo inédito para la refriega que hemos protagonizado. Pensó. Se miró a sí misma y a su coalición. Se desafío. Se cuestionó. Vio las propias miserias. Y finalmente, renunció. Perdió. Entendió que también podía ser parte del problema y de la solución. Seguramente estará en su propio duelo.

Es tentador seguir apuntando. Es lo que dicta la intuición y la masa vociferante. Pero si lo hacemos, si solo disparamos al frente, perderemos la enorme oportunidad – casi como un llamado ético- de mirarnos con la honestidad que exigen los momentos duros de la vida.

Mirémonos y que duela. De otra forma, no habrá jamás verdadera justicia y paz.


Por Matías Carrasco.

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LA RAZÓN

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En otros años, cuando estudiaba en la universidad, un profesor de filosofía, viejo y de aspecto particular (parecía un duende o un alquimista), me enseñó de esas cosas eternas que nunca se escapan de la memoria. En una de sus clases, en una intervención cualquiera, un compañero comenzó diciendo “yo creo que…”. El maestro lo interrumpió y con una voz grave dijo algo así como: “creer es un acto de fe. Si lo que dices lo crees, entonces partes de una opinión inamovible. Lo correcto sería decir ´pienso que`. Así le das espacio a la razón”.

Me acuerdo de esto cuando veo las opiniones sobre lo que está ocurriendo en Chile en las redes sociales. La mayoría de los comentarios parten de un acto de fe. Aún ateos o agnósticos, se aferran a sus creencias como si fueran cruces o altares. Son juicios que se instalan con la rigidez de una estaca en los cerebros y no hay nadie ni nada que los pueda sacar de ahí. Y así, todos los argumentos o posteos se van acomodando a la tesis que – tácita o explícitamente- buscan defender.

Es natural. El ambiente crispado cede paso a las pasiones y en ese acalorado round cada cual anda diciendo lo que se le venga en gana. El simplismo se apodera de todo, crecen los estereotipos, las caricaturas se van dibujando y el pensamiento se mantiene preso y con la boca amordazada. Más que entender, importa creer en las catedrales que nos hemos inventado, que nos protegen y nos dejan con la conciencia quieta.

Lo que vemos son posturas rígidas como faros, pero que no alumbran a nadie. Más bien dictan y sentencian. O se es malo y fascista o se es bueno y revolucionario. No existen aquí las hendiduras y los matices que exigen la realidad y la razón. Se pretende ver todo desde una superficie plana, pura y sin relieves. El mundo como una llanura y no como una intrincada cordillera.

Hay una pobre y fea batalla en las redes sociales por imponer las propias posturas. Es cierto. Puede usted ganar su pequeña lucha ideológica. Tal vez sienta hasta un regocijo cuando sus seguidores (iguales a usted, por eso lo siguen) lo llenen de likes y corazones. Y después, ¿qué? Como un globo, todo se desinfla.

No solo debemos exigirles a nuestras autoridades y políticos un nivel a la altura de los momentos difíciles que estamos viviendo. No es solo en el Congreso donde se ha visto un debate vergonzoso, violento e inútil. Nosotros, simples ciudadanos, también tenemos que dar el ancho y hacer un esfuerzo por aportar a un Chile más justo, pero también más abierto y dialogante. Enfriar las cabezas. Mirar. Escuchar en silencio. Pensar.

Gabriel. Así se llamaba mi profesor. Entiendo que ha muerto. Quizás se haya convertido definitivamente en un duende o en un ángel hechicero. Era un tipo de buen humor. Ojalá nos esté susurrando, desde alguna parte, “la razón, la razón, la razón”…


Por Matías Carrasco.

Foto, emol.

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DAN GANAS DE LLORAR

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Dan ganas de llorar. Es el sentimiento que tengo. No es rabia. No es indignación. Es una tristeza honda e inesperada. Es extraño. Había tenido otras tristezas, pero no una como ésta. Debe ser la violencia, pienso. Eso me pone mal. Es el ímpetu y esa fuerza abrumadora que quema, destruye y mata. Chile se fracturó por una patada bien fea.

Dan ganas de llorar. Ver a otros celebrar, sonreír o fotografiarse frente a la tragedia, es para llorar. ¿No entienden la derrota de un país? Es la ira desatada. Es la revancha que soñaron. Es la réplica furiosa a una desigualdad inmoral. Aún si ganaran. Todavía si quemaran toda esta tierra. ¿Qué queda? ¿Cuál es la victoria? Tal vez sea la venganza y el sabor de ver al poder de rodillas. ¿Qué más? ¿Qué nos deja un país en llamas y sus muertos? Chile se levantó, pero pisoteando, y fuerte, esa dignidad que con justicia dice reclamar.

Dan ganas de llorar. No conocía hasta ahora el odio de Chile. Motivos habrán, pero ver el rostro del desprecio, su palabra destemplada, sus ojos idos, sus piedras y sus armas, me abate. El ser humano contra el ser humano, es la escena más feroz. Se enfrentan como si fueran animales, jaurías furiosas, enemigos. Pero son personas. Seguramente al milico lo espera en su casa una mamá angustiada, parecida a la madre del cabro que anda prendiendo fuego en las estaciones. Familias similares, sencillas, que padecen los mismos males de la marginalidad y la pobreza. Pero ahí están, midiéndose, azuzándose, jugando con la muerte.

Dan ganas de llorar. Ver a un país quebrarse de la noche a la mañana, nos deja perplejos. A pesar del ruido, de las sirenas, de los helicópteros, del estruendo, de las cacerolas y bocinazos, siento silencio. El silencio de tantos que no saben qué decir, qué explicar, qué esperar. El silencio de la impotencia. La boca muda que nos deja el miedo. Ya sabemos. Nos lo han dicho. Fallamos. Durante décadas no vimos lo que hoy nos están enrostrando con la luz del fuego. Falló la política, la elite y quienes gozamos de privilegios. Nunca lo quisimos ver. Como dice un buen amigo, habrá que hacerse cargo.

Dan ganas de llorar. La política, tan importante, aún con todas sus pifias, tan relevante para la democracia, ha mostrado su cara más mezquina. No podría decir que son todos, pero he visto en estos días declaraciones cargadas de ideología, de oportunismo y que solo buscan llevar agua a sus propios molinos. Autoridades, incapaces de condenar la violencia. Otros que apoyan el alzamiento, sin distinción. Algunos, caradura, que buscan culpar al gobierno de turno de este embrollo, exculpándose ellos como si fueran impolutos, como si esto se tratara de una historia reciente. Malas noticias. Izquierda y derecha, han sido vencidas.

Dan ganas de llorar. Por la convivencia quebrada. Por los chilenos. Por nuestros hijos. Por el país. Tal vez haya que hacerlo. Llorar un buen rato, para que después llegue la calma y la reflexión, muy necesaria en estos días.


Por Matías Carrasco.

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ALGO MÁS QUE MALESTAR

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Es cierto. Chile es un país tremendamente desigual. Se ha dicho hasta el cansancio. Es una olla a presión, se advertía, que en algún momento va a explotar. Y explotó. El destacado columnista Carlos Peña explicaba hace un par de años -a propósito de la disminución en las cifras de pobreza en Chile- que las sociedades en donde la inequidad es peligrosa e intolerante, son aquellas que distribuyen recursos en base a factores adscriptivos (como la cuna o las diversas formas de estatus) y no al mérito o al esfuerzo. Para evitarlo, planteaba Peña, algunas sociedades tratan que el sistema escolar sea independiente del ingreso de las familias; distribuyen con mayor igualdad bienes básicos, desde la vivienda y la salud al consumo cultural; y sancionan la discriminación (por ejemplo, la distribución de niveles salariales en base al aspecto o el linaje). Finalmente concluía: “hay que alegrarse de que los pobres disminuyan; pero ello no debe hacer olvidar que la sociedad chilena está todavía lejos  de los ideales que animan a una sociedad democrática concebida como una sociedad de iguales. Iguales no porque cada uno tenga lo mismo que cualquier otro, sino iguales porque cada uno tiene tanto como, a la luz de su esfuerzo, merece”.

Adhiero a su mirada y también percibo que la injusticia social en Chile está a la base de la violenta y desatada jornada de ayer. ¿Pero será solo eso? Pienso que no. De ser así, todos quienes se han sentido vulnerados, agobiados y oprimidos, reaccionarían de la misma forma: quemando, destruyendo, sin sopesar las graves consecuencias que esos actos causarían a millones de chilenos. Una mujer sencilla, en la caja de un almacén, me comentaba con rabia lo que vio en las calles: “los que nos sacamos la cresta trabajando, no actuamos así”. ¿Qué es lo que marca la diferencia? ¿Unos son apáticos a la desgracia humana y otros serían la versión moderna de un Robin Hood capitalino, a quién deberíamos agradecerle su violenta lucidez? ¿Será así de simple?

Sumo al malestar social, una suerte de malestar ético que nos afecta a todos. “Ética” es una palabra jodida porque nos suena a normas y costumbres que deben regir nuestro actuar. La prefiero entendida como el instrumento para discernir el uso de nuestra libertad, apuntando siempre a tener un “buen vivir”, como le decía el escritor español, Fernando Savater, a su hijo de 15 años en el libro “Ética para Amador”.

En un mundo complejo como el nuestro, la ética, lamentablemente, ha perdido su espacio y su valor. Hace rato ya y en todos los sectores. Y no hablo de reglas, sino más bien del entrenamiento del pensamiento para que cada cual decida qué hacer, pero tomando plena consciencia de la responsabilidad de lo que se hace, con uno mismo y con los otros. Pero no hemos dado el ancho. La ética se nos extravió. Ha fallado la clase política, empresarial, las iglesias, las instituciones de orden, y una montonera de organizaciones que antes gozaban de cierto prestigio y hoy han perdido confianza. Es lo que sabemos. Pero nosotros. Usted y yo, señor lector. ¿Cómo andamos por casa? ¿Actuamos realmente con honestidad o evadimos y hacemos el atajo cada vez que podemos?

Nadie sabe bien dónde está la brújula para volver a encontrar el norte de la ética. Quizás por eso algunas autoridades políticas – adultas, educadas, bien informadas- avalan los disturbios, dudan al momento de condenar los hechos vandálicos o prefieren, simplemente, sacar provecho político de la situación culpando al bando contrario. Es triste y preocupante el nivel.

Hay que recuperar la ética y subir la vara de nuestro actuar. No es fácil. Existen encrucijadas morales que se hacen difíciles de resolver y exigen abrir la cabeza, ponerse a pensar (otra práctica que lamentablemente está en retirada) y sobre todo perder. Algo queda atrás en cada decisión.

Vuelvo a la “Ética para Amador”, un texto que recomiendo por su importancia hoy y por su prosa campechana y profunda. El padre, le enseña a su hijo adolescente: “ningún orden político es tan malo que en él ya nadie pueda ser ni medio bueno: por muy adversas que sean las circunstancias, la responsabilidad final de sus propios actos las tiene cada uno y lo demás son coartadas”.

Siempre existirá, en alguna parte, por estrecha que sea, el poder de decidir.


Por Matías Carrasco.

 

 

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LA PREGUNTA Y LA INTEMPERIE

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El día en que se acaben las preguntas, se acaba el pensamiento. Detrás de una interrogante hay posibilidades y exploración. La pregunta abre, desafía, interpela. La respuesta cierra, define, asegura. Algunos prefieren las certezas porque necesitan la estabilidad de una realidad concreta, sin ambigüedades. Otros disfrutan de las preguntas porque aún no llegan a destino y se sienten cómodos en el terreno de la ausencia.

Para quienes gustan del pensamiento, la pregunta no puede ser esquivada. Ninguna debería tener la boca prohibida. Ni las más feroces. Sin embargo, le tememos. Percibimos en la pregunta un precipicio y no un puente a un mundo nuevo.

En estos días ha generado escándalo en las redes sociales un texto escolar de sexto básico que pregunta a los alumnos por aspectos positivos y negativos de la dictadura militar en Chile. Algunos ya pusieron cara de espanto: que cómo es posible; que cómo cresta preguntan por las bondades de una dictadura; que eso es relativizar la violación a los derechos humanos; que es una apología a los crímenes de Estado; etc. Inmediatamente, la institución a cargo del material salió a aclarar el entuerto y terminó por “agradecer la retroalimentación” y que lo tomarían “como una oportunidad de mejora”.

Y yo que la había encontrado una pregunta interesante. Me gustaría que mis hijos lo pensaran. ¿Puede haber algo positivo en una dictadura? Me encantaría que se informaran, que leyeran, que buscaran en internet y que llegaran a casa a preguntarme a mí, a su mamá o a sus abuelos por esa parte de la historia. ¿Es posible la luz en la oscuridad? Los imagino despiertos, curiosos, intentando dar con sus propias respuestas. Seguramente preguntarán por lo que pasó. Les respondería a mi manera. ¿Y qué se hizo en todos esos años, papá? Quizás tendría que abrir los naipes y hablar de distintos ángulos. La vida tiene ángulos (aunque algunos insistan en verla sin repliegues). Comentaría de la economía, de los Chicago Boys, de la infraestructura, de la pobreza, del progreso, de la crisis del 82, de la sociedad de los setenta y de los ochenta, de la privatización de las empresas y sus irregularidades. Les hablaría de Allende y del golpe. Tendría que referirme al marxismo y al capitalismo. Algo les diría de la guerra fría. Bajaría la voz y les contaría de los muertos, del odio, de las torturas, de los grupos armados, de los detenidos desaparecidos, de los hombres y mujeres arrojados al mar o a los hornos de Lonquén, de los ejecutados, del Informe Rettig, de la Vicaría, del atropello a los derechos humanos, del atentado a Pinochet, de las libertades amordazadas, de los exiliados, de los que nunca más volvieron. También les hablaría de aquellos que lucharon pacíficamente contra la dictadura.

Intentaría narrarlo con neutralidad, escogiendo los hechos más significativos. Pienso que luego arremeterían con otra pregunta. ¿Y hay algo positivo en todo eso, papá? Su cuestionamiento me abre la cabeza. Opto por conversarlo. ¿Qué piensan ustedes? Y ahí nos quedaríamos, sentados en el sofá, intentado líneas en el amplio océano de una pregunta jodida. Confío en que llegarán a sus propias conclusiones. Esperaría que volvieran con nuevas encrucijadas.

Tal vez hubiese sido más fácil cerrarlo como acostumbran los amantes de las certezas. ¡De eso ni hablar! ¿Quién carajo les manda esa pregunta? Nada bueno salió de allí. Ellos se quedarían atrapados en una verdad irrefutable, de esas que se imponen no por sus argumentos, sino por el peso de la voz firme y autoritaria. Yo me hubiese evitado tanta cháchara y podría haber seguido leyendo el diario con tranquilidad.

Pero no. Prefiero el filo de las preguntas y el riesgo de la intemperie. Ahí se saborea el pensamiento y la libertad.


Por Matias Carrasco.

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DEMASIADO

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Busqué el significado de la palabra “demasiado”. Indica una cantidad, número, intensidad o grado mayor del necesario, del que se esperaba o del que se considera conveniente. Esa es la respuesta. Hay otras, pero apuntan a lo mismo. Y pienso que Chile se ha vuelto «demasiado». Quizás el mundo. Hay cierta perplejidad flotando en el aire. Nadie sabe muy bien para dónde va la micro, qué hacer o qué diablos decir. Mi hipótesis es que estamos haciendo las cosas «demasiadamente». Es decir, con una fuerza y un volumen desmedido.

Todo se ha vuelto «demasiado». Demasiado ruido, demasiada virulencia, demasiada liviandad, demasiada tecnología, demasiada corrección, demasiada seriedad, demasiado patriarcado, demasiado feminismo, demasiada exhibición, demasiada rigidez, demasiada pulcritud, demasiado consumo, demasiado.

Demasiado es excesivo y lo excesivo, según la RAE, se sale de la regla. Es la piscina desbordada. Y cuando estamos llenos, no cabe nada más en nosotros. Ni siquiera el deseo. ¿Qué podemos desear si estamos saciados en abundancia? Demasiada información, demasiados estímulos, demasiados whatsapp, nos tienen con el alma a punto de rebasarse.

Es importante volver a las medidas. Un dosificador podría arreglar el problema. Pero no se ve mucho en el horizonte. Los líderes también actúan “demasiadamente”. Basta verlos discutir en el Congreso o intercambiar declaraciones – siempre subidas de tono, siempre descuadradas- a través de las redes sociales o de los medios de comunicación. Demasiada ideología, demasiado populismo, demasiado cálculo mezquino.

Incluso las causas, varias nobles y justas, también se asumen con el ímpetu y la vehemencia de la demasía. Algunas, tanto se han pasado de rosca, que solo giran sobre sí mismas, sin dejar espacio a la divergencia, a los matices y al pensamiento.

¿Cómo combatir tanta demasía?

Vuelvo al diccionario. Esta vez en busca del antónimo. Me encuentro con la escasez. Existencia limitada e insuficiente de algo, especialmente si se considera necesario. Sin duda la ausencia y la privación nos enseña. A extrañar, a valorar, a desear, a crear. Pero es dura. Puede que la escasez también sea una solución exagerada.

Quizás se trate de intentar vivir “menosmente”. Menos ruido, menos virulencia, menos tecnología, menos whatsapp, menos rigidez, menos fanatismo, menos estímulos, menos.

Pero eso no lo encontraremos en la mitad de un país que se ha vuelto «demasiado». Habría que buscar en el silencio, en los ojos de un niño que duerme, en un abrazo largo, en un perro moviéndonos la cola, en un beso que nos ciega, en el aroma de las fogatas, en la mano de un hijo apretando la nuestra, en una mirada que se queda contigo, en una carcajada, en alguien que recuerda tu nombre y pregunta por tus desvelos, en el agua de todas las mañanas o recolectando piedras frente al mar.

Tal vez, en ese hallazgo, en esa intimidad extraviada, descubramos que en lo poco ya tenemos demasiado.


Por Matías Carrasco.

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POR ESO LLORAN

Cata Vidaurre

Lloran los medallistas de los Juegos Panamericanos. Es que han sido años de esfuerzo y sacrificio, repiten con la voz quebrada. Por eso lloran. Porque al fin, después de tanto, de las madrugadas, del frío, de las lesiones, de sentirse solos, de saberse ignorados, del fracaso, de las pellejerías, de los viajes, de la exigencia y de un persistir monótono y porfiado, han recibido su premio. Por eso acarician sus medallas, mientras les tiembla la pera. Saborean el triunfo, el logro, el éxito, pero sobre todo, la felicidad.

Lo suyo no es un chispazo ni un azar. Es la cosecha de una siembra que debió lidiar con la tierra, el clima y los pájaros pedigüeños. Seguro lloraron antes. Pero de rabia, de frustración y de injusticia. ¿Cuántas veces habrán pensado en abandonar sus carreras? ¿Cuánto aguantaría uno dando vueltas en un circuito que nadie ve, que nadie reconoce y sin ningún solo like? Pero allí estuvieron los que patinan, los que reman, los de las bicicletas, los que andan sobre el agua, los que luchan, los que golpean una pelota, los de buena puntería y los que levantan decenas de kilos, porque saben cuánto pesa la vida. Han caminado mucho antes de llegar al podio. Por eso lloran.

No es la felicidad de una buena selfie o de un tweet compartido. No es la rápida ni la instantánea. Es la que se recorre, la que se anda a pie pelado, la que se empina y la que cae, a la que cuesta llegar. Es el deseo que debe ser conquistado. Como decía el fallecido siquiatra, Ricardo Capponi, en el libro Felicidad Sólida, es la felicidad que se pedalea.

Es una mala noticia. Al menos, una nota agria para quienes piensan que la felicidad puede ser transitada en una autopista pavimentada y sin desvíos. Pero la felicidad es con llorar. Ahí está la prueba. En los medallistas de ojos aguados.

Vale la pena leer a Capponi. Pone un contraste en una sociedad que no quiere ver contrastes. Solo por eso es importante tomárselo en serio.   De acuerdo a su mirada, la felicidad no estaría en el lado brillante de la luna – en donde muchos buscamos (tal vez porque hay luz)- sino en la oscuridad de nuestras emociones negativas. Quien logre lidiar, elaborar y depurar la rabia, la tristeza, el miedo, la angustia, la culpa, la repugnancia y el aburrimiento, estaría más preparado para la vida y la felicidad. Por el contrario, quienes intenten ignorar o negar los achaques de la existencia, correrían el riesgo de perder la carrera, el podio y las medallas.

Ellos y ellas lo saben. Mascaron lauchas antes de mascar el oro, la plata y el bronce. Por eso lloran. Pero también lo hacen por gratitud. Agradecen a sus familias y a quienes estuvieron alentando, inclaudicables, en lo luminoso y en las penumbras. Y ahí hay que estar. Abrazando al cabro pataletero. Conteniendo los embistes del adolescente. Acogiendo el malestar de quien amamos. Enseñando, al fin, que la noche también alumbra y que aún con ira, dolor, frustración o miedo, hay algo, hay alguien, hay un vínculo inquebrantable. ¿Qué más se puede pedir?

Es difícil pensar en esto en la época de lo inmediato, de los atajos y en la ilusión de una vida sin repliegues. Quizás por eso el llanto de los campeones aparece como una flor en el desierto. Como advirtiéndonos de algo. Como un anuncio que debemos atender: también llora la felicidad.


Por Matías Carrasco.

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Papá

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El mismo día que mi padre perdió el trabajo, comenzó a escribir. Rescató de la bodega una máquina Olivetti y levantándola sobre sus hombros la mostró como un trofeo. Ésta nos dará de comer, prometió. Mamá lo miró con ternura. Y con esa misma ternura despejó la pequeña mesa al fondo del comedor, justo bajo la ventana. Entonces necesitarás un lugar donde inspirarte, dijo dando unas palmadas sobre la cubierta. Se abrazaron, sintiéndose más vivos que nunca.

Lo de papá era como un rito. Se levantaba a las seis, desayunaba un vaso de agua y dos tostadas bien quemadas. Volvía a la habitación, despertaba a mamá con un beso en la frente, se daba una ducha corta y se vestía con sobriedad. Un pantalón de cotelé grueso, una polera oscura, un chaleco beige con botones café, calcetines grises y los viejos zapatos de cuero negro y gastado. A veces, solo a veces, cambiaba su polera por una camisa blanca o una camiseta azul de manga larga. El resto, a excepción de los calzoncillos, supongo, se repetía como se repiten los amaneceres. Después, se instalaba en su silla, ponía una hoja en el rodillo de la Olivetti y comenzaba el “tic, tic, tic” de todos los días. Lo recuerdo interminable. Es la única imagen que tengo en mis oídos. El “tic, tic, tic” dibujado como una sombra eterna.

Papá pasó meses sentado delante de las teclas. Yo le veía su espalda. Parecía la de un orangután encorvado sobre alguna presa, con sus hombros subiendo y bajando, en una reñida lucha con las palabras. De repente, levantaba su cabeza y se ponía a mirar hacia afuera. Podía pasar horas así. Al mediodía, mamá le dejaba un plato de comida y a eso de las cuatro, una taza de té. En las noches cenábamos juntos y papá nos entretenía con las historias que iba inventando. Mamá nunca perdió el asombro. Siempre le sonreía.

Ocasionalmente, papá salía para hacer algún trámite. Yo aprovechaba esos momentos para acercarme al escritorio y echar un vistazo. Había allí todo un mundo imaginado. Papeles vacíos. Papeles rotos. Papeles repletos. Papeles ordenados y en el suelo. También letras. Letras juntas y letras solitarias. Siempre pensé que la Olivetti, tan quieta y tan intacta, estaba viva. A mí no me engañaban. Ella y papá tenían un trato. Ella vivía para él y él se desvivía por ella. Seguro por las noches, cuando mamá dormía, él la llamaba Olivia y tecleaba su nombre con el silencio de los amantes.

Una tarde, papá se levanto repentinamente de la silla, giró, nos miró con los ojos excitados y dio por terminada su andanza literaria. ¡Ya está!, dijo. Alguien tendrá que leer tanta cosa escrita, remató. Mamá dio un grito, como aliviada. Esa noche los escuché gimiendo de alegría. Ella le decía “Borges” y él le celebraba su piel “suave como el hielo”. Yo hundí mi cabeza bajo la almohada.

A pesar del optimismo, las cosas se fueron dando de otra manera. Papá cambió la lucha con las palabras por una agónica batalla con las editoriales. Sus textos fueron rechazados, una y otra vez. Ni siquiera le respondían sus mensajes. Se fue acabando su entusiasmo, y con él, las formas de ganarse la vida. Fue entonces cuando volvió a su promesa. “Ésta, nos dará de comer”.

Reconozco que fue extraño. Sobre todo al principio. Si mascar un papel es dificultoso, el sabor de la tinta resulta aún más desafiante. Pero el hombre es un animal de costumbres. Y nosotros, nos fuimos acostumbrando. Desayunábamos, almorzábamos y comíamos los apuntes de papá. La primera vez que lo hicimos, nos miramos como cómplices a punto de cometer un atraco. Con dudas, con miedo y con sospecha. Pero ya está. Lo hicimos. Y el sabor de los textos se fue adecuando a nuestro paladar. Mejor dicho, nuestras lenguas fueron amansando las palabras.

Después, se transformó en un vicio. Casi como una droga, nos volvimos adictos. Cuando comíamos los versos de papá, se posaba sobre nosotros una atmósfera tranquila. Estábamos como idos, engullendo lentamente. Eso ocurría los lunes y martes. Así lo definió mamá, en un menú improvisado con lápiz mina pegado en el refrigerador.

Los miércoles y jueves eran mis preferidos. Tocaba cuentos. Y papá escribía con ritmo, ágilmente. Vi a mamá atragantarse más de alguna vez con una coma. A mí me costaban los puntos suspensivos. Tenía que sacármelos de entre los dientes. Los ánimos podían cambiar en una misma comida. Era como esos lugares con un microclima, donde aparece el sol, luego la lluvia, otra vez el sol. ¡Imprevisible! Eso tenía papá. Podía ser una montaña rusa. Reíamos devorando los primeros párrafos y podíamos terminar llorando, abrazados, masticando el final.

Los sábados y domingos eran tiempos de novela. Ahí la cosa se alargaba. A mí me parecía todo muy lento. Y cuando me quejaba de la comida, papá se ponía triste y mamá le acariciaba el lomo, mirándome con cara de enojada, pero como de mentira. Solo podía levantarme al final de un capítulo. Pero habían capítulos inacabables. No me gustaban las novelas. Sabían a champiñones.

Los viernes eran especiales. A mí me servían cuentos, solo para dejarme tranquilo. Pero papá y mamá comían otra cosa. Lo fui descubriendo de a poco. A mamá se le ponían rojas las mejillas y papá le acariciaba la pierna por debajo del mantel. A veces, con el plato a medias, salían corriendo como un par de adolescentes a la pieza. Yo aprovechaba de mirar los restos que dejaba mamá y encontrar allí algunas palabras enredadas en el tenedor. “…usted y su mar, usted y su orilla, deme permiso para varar como una ballena despistada y hundirme de a poco en sus arenas”. Los viernes dormía, otra vez, con la almohada sobre la cabeza.

Cuando faltaba la comida, volvía el “tic,tic,tic” (como una sombra eterna) y aparecían unos sonetos de aperitivo o un ensayo que lo tragábamos como crema por su espesura. Y, obvio, también lo de siempre: poemas, cuentos y novelas. Engordamos con las letras de papá.

Hasta, que encontró trabajo.

Debo aceptarlo, le dijo a mamá. Ella lo abrazó. Esta vez, como una derrota. El rito se convirtió en otro rito. Las seis, el agua y las tostadas, el beso en la frente, la ducha corta, la ropa sobria, el bolso al hombro y la manilla. Volvimos a la carne, a las legumbres, al arroz, al pescado, a los tomates y a la lechuga.

En la mesa, papá contaba de su jornada. Mamá escuchaba, aún con asombro. Yo los seguía con los ojos bien abiertos, mientras echaba disimuladamente a mi boca los pedazos de un cuento olvidado bajo la ventana.

 


Por Matías Carrasco.

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