AGRADEZCO

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Agradezco a los que han levantado la voz. No a todos, en realidad. Principalmente a aquellos que lo han hecho con miedo y sintiendo el riesgo de ser acallados por la estampida. Opinar a favor de la corriente, no tiene mucha gracia. Ellos y ellas tienen el privilegio (es un privilegio) de tener, esta vez, el sartén por el mango. Los aplauden, los sobajean y los llenan de likes. Pero hacerlo en el sentido contrario, como lo hacen los salmones, tiene un mérito que merece ser destacado.

Lo digo sobre todo en los tiempos que nos toca vivir. La violencia que hemos visto en las calles es la más evidente. Es concreta. Vemos las piedras, el fuego, los vidrios rotos. Mucho más que eso. Pero existe la otra violencia, la abstracta, la invisible, la que sentimos pero es más difícil de asir con nitidez. Es la coerción del pensamiento y del lenguaje. Es la expulsión – a punta de funas, patadas y troleos- de quien proponga una mirada diferente a la que se busca imponer.

De un momento a otro, nos llenamos de fundamentalistas. Son más ortodoxos que la propia iglesia. Son los nuevos maestros de la ley, los que nos dicen qué decir, qué hacer, qué perdonar y qué condenar. Los que no creían en Dios se han convertido en sus propios dioses. Los que desdeñaban la religión, han escrito la suya, implacable y severa con quienes cantan fuera del coro.

Hay palabras u opiniones que, sencillamente, no se pueden dar. Tampoco es bien visto hacer distinciones de ningún tipo. En el plano más amplio, quienes hoy ponen la música (la izquierda y una mirada más progresista) se han erigido como el mesías. Levantan los ojos al cielo con la devoción de una santa. Increpan con esa soberbia y superioridad que yo creía de la derecha latifundista. Pero en grupos más pequeños – en el trabajo o en whatsapp de amigos o familiares- puede ocurrir algo distinto. Puede ser minoría o mayoría, dependiendo de que lado se encuentre.

Celebro a los disonantes y a los que son capaces de levantar una voz desafinada, incluso, en sus propios grupos de pertenencia. Su opinión nos recuerda de qué se trata la democracia: de respetar, de escucharnos, de convivir a pesar de las diferencias. Yo, al menos, me niego a vivir en el espejismo de lo igual, ese que achata y empobrece el espíritu. El otro, lo otro – en cambio- nos desafía, nos cuestiona y nos mantiene despiertos. Si lo desterramos, si lo ahogamos, se acaba la conversación y persiste la borrachera.

No hay ninguna ley que nos amordace. Pero la fuerza y la furia de una opinión estridente y en masa – en la calle, en las redes sociales, en el colegio, en la universidad o en un panel de televisión- puede ser más intimidante que una normativa legal. En este sentido, no es el gobierno ni los políticos los responsables de cuidar la democracia. Somos nosotros, ciudadanos de a pie, quienes debemos defender la facultad de pensar distinto y aprender a confrontarnos desde las ideas y no desde la imposición.

Si es cierto eso del amor por la libertad, la igualdad y los derechos, es momento de ser coherentes y ponerlo en práctica en el trabajoso y exigente terreno del pensamiento. De lo contrario, asumamos el doble estándar y una preocupante y peligrosa pereza intelectual.


Por Matías Carrasco.

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EL HOMBRE

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Escribo esta columna acompañado de una copa de vino. La misma que me ha asistido, de vez en cuando, en las últimas semanas. También volví al cigarro. Nada muy exagerado, pero fumo lo que antes no hacía. Supongo que no es extraño para el Chile de hoy. Intuyo que son varios quienes intentan sortear la angustia de una tierra incierta, atravesando sus propios atajos, sus propias trampas, aunque sepamos que no nos llevan a ninguna parte.

He pasado por todas. A las emociones, me refiero. Como la mayoría de los chilenos. Tristeza. Miedo. Alegría. Esperanza. Tristeza. Miedo. Calma. Culpa. Otra vez, esperanza. Pero hoy es distinto. Por eso el vino. Hoy es un poco de amargura.

En jerga evangélica, presencio la muerte, pero ni rastros de la resurrección. No soy un buen ejemplo para la iglesia. Yo que debería tener fe, siento que la estoy perdiendo. Estoy dejando de creer en los hombres. Y eso es grave. Para un amante de lo humano, es decepcionante. Pero es lo que aparece en estas letras sombrías. Un hombre despojado de pensamiento. Un hombre sin palabras. Un hombre animal.

Lo veo. Aunque cierre los ojos, lo veo. Estamos ciegos, como el ensayo de Saramago. Ciegos de ideología, de poder, de oportunismo, de clasismo y de venganza. Veo a hombres y mujeres, inteligentes, pero absolutamente cegados. Es como si estuviesen jugando Fortnite o un juego de guerra. Se les acelera el corazón. Celebran. Levantan el puño. Critican la “guerra” de Piñera pero se inventaron una propia. Contra el gobierno. Contra los pacos. Contra los militares. Contra el sistema. Comparten contenido falso. Todo lo convierten en absoluto. Dicen que estamos en dictadura. Pintan a carabineros como si se tratara de la DINA. A Piñera como si fuese Pinochet. Lo quieren en el suelo, justo cuando estamos viviendo el momento más crítico de la democracia. Afuera, los violentistas, anarquistas, barristas, ¡qué se yo! siguen quemando y destruyendo Chile.

Hasta el pensamiento está capturado. Ya no se puede decir mucho. Incluso los que antes levantaban las banderas de la diversidad, no toleran una opinión, ¡qué digo!, un matiz distinto. Todo en blanco o negro. ¿Cómo no voy a estar amargado? A los que nos gustan las palabras, los verbos, los adjetivos, el análisis, poner a prueba la cabeza, nos estamos quedando solos, aislados. Chile se convirtió en un pobre binomio. Asesinos y justicieros. Víctimas y victimarios. Impolutos y pecadores. Pero todo eso es mentira. Al menos, para quienes seguimos creyendo en el poder de la razón. El mundo, por más que insistan, no es un pañuelo, es un cartón corrugado, lleno de repliegues. ¿Cómo cresta no lo ven?

¡Se nos ha perdido el hombre!. Se embisten como animales. Se tocan, se clavan, se apedrean, se torturan, se disparan, se queman, se matan, pero no se ven. Conviene no mirarse a los ojos. ¿Para qué? Eso puede detener el juego y el odio. Es mejor sentirse héroe que sentirse humano.

¡Qué nos traigan al hombre! Autoridades, iglesias, filósofos, artesanos, ateos, antropólogos, músicos, escritores y poetas, traigan otra vez al ser humano. ¡Háblennos de él! ¡Ábrannos los ojos! ¡Ahora! Que lo veamos entre el humo, más allá de las consignas, detrás de las capuchas y los uniformes. Si lo olvidamos a él, toda justicia será injusta y toda dignidad terminará siendo atropellada.

Vuelvo a tomar un trago. Persiste el pesimismo. Ahora, algo de esperanza. Ya lo advertí. Esto es un vaivén. El mismo hombre que se me desdibuja, también me devuelve la fe. La vida vence a la muerte, me dicen. Y yo, con algo de vino en la sangre, me repito, como un mantra o como un consuelo, que Chile puede ser mejor, que Chile puede ser mejor. Mientras, la esperanza y la amargura siguen bailando su tango, perdidos en la noche.


Por Matías Carrasco.

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SOMOS MÁS

 

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Vengo a hacer un anuncio. No es nada nuevo, simplemente algo que sabemos pero que hemos olvidado en el calor de la refriega. A veces ocurre. Es común quedarse dormido después de un golpe certero. Inconscientes, quizás. Pero ahora que han pasado los días, es importante recordar y dar testimonio de este mensaje extraviado: somos más. Aunque no lo parezca, somos muchos más.

Somos más quienes queremos un Chile en orden y en paz. No el mismo de antes, otro distinto, más justo. El que reclamó la marcha pacífica más grande de nuestra historia. No tengo recuerdos de un consenso tan amplio, tan transversal, para la construcción de un país más digno. Nadie sabe muy bien en qué consistirá, pero son millones los que están dispuestos a transitar este camino. ¿Quién hubiese imaginado la posibilidad de una nueva Constitución, de una nueva reforma tributaria, o de una nueva reforma de pensiones, entre otros tantos proyectos que se están barajando, solo semanas atrás? El fuego despertó a Chile y también a sus conciencias. Son miles –políticos, empresarios, ciudadanos- los que hoy se cuestionan y se replantean su rol en la sociedad.

Algunos quisieran buscar atajos a la democracia. Son vociferantes. Hacen ruido. ¡Pero somos más! Quienes queremos una salida en la estabilidad de las instituciones, somos muchos más. El senador Alejandro Guiller salió a exigir elecciones presidenciales y parlamentarias anticipadas. Pero líderes de la misma oposición se desmarcaron de sus palabras y lo tildaron de “populista” e “irresponsable”. El mismo día, el presidente de la Cámara de Diputados, Iván Flores (DC, otro de oposición) valoraba el llamado del gobierno a una nueva carta fundamental. “Es un tremendo paso”, dijo. De pronto, cuando nadie lo espera, aparece la sensatez.

Aunque hemos visto la fuerza de la intolerancia, somos más quienes queremos un país dialogante y capaz de acordar un nuevo pacto social. La Asociación Nacional de Municipalidades está llevando adelante un proceso de consulta ciudadana en las 330 comunas que representa. Instituciones públicas y privadas se han unido para llevar adelante diálogos ciudadanos. Las plazas, recintos deportivos, universidades y lugares de trabajo se han organizado también para generar conversaciones que permitan soñar juntos el Chile que queremos. Por estos días el Pleno de la Corte Suprema reconoció “en el diálogo de los actores sociales e instituciones y de todos los chilenos, la forma y el procedimiento para obtener las mejores soluciones para nuestro país”. Gobierno y oposición acaban de firmar “el marco de entendimiento” por la ley de presupuestos del año 2020, lo que se suma al acuerdo por la reforma tributaria.   A casi un mes del estallido, enhorabuena, algunos están queriendo hacer POLÍTICA (con mayúscula), abandonando la cloaca en la que otros persisten. Seguramente saben las gravísimas consecuencias que supone perder la democracia.

Hemos visto la violencia. Una que asusta y abate. Una que ha dejado muertos, cientos de heridos y denuncias por violaciones a los derechos humanos y el uso excesivo de la fuerza pública. A ratos, encapuchados y violentistas se hacen de las calles y queman, destruyen e infunden miedo a los transeúntes. Pero son una minoría. ¡Somos más! Los que queremos un movimiento pacífico somos muchos más. También los pequeños comerciantes que quieren volver a abrir sus negocios y los trabajadores que quieren recuperar el Metro y la locomoción colectiva para no tener que demorar tres horas en sus trayectos cotidianos. Las personas están comenzando a distinguir entre una causa justa y una violencia que solo ha traído desgracias, cesantía y pobreza.

Podrán seguir los saqueos, los actos violentos, el bloqueo de las calles y el matonaje, pero no debemos olvidar que, aunque parezcan gigantes, somos más y tenemos que elevar la voz con la fuerza que traen las ideas y la razón.


Por Matías Carrasco.

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NO LO VIMOS VENIR

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No lo vimos venir, se repite. Sabíamos que había un malestar, pero nunca previmos que explotaría de esta manera, han dicho algunas autoridades. Por no haberlo visto, por no haber hecho nada para evitarlo, estamos pagando los costos de una justicia postergada durante décadas.

En su despertar Chile gritó, cantó y bailó. El pueblo silencioso se convirtió en un colorido carnaval. Está ahí, ahora más que nunca, la posibilidad de una tierra digna y de una vida mejor para ellos, para sus hijos y para sus viejos. Por eso la emoción y las ganas de no soltarse jamás.

Pero en este nuevo amanecer, Chile también despertó mal genio. Ha dado tumbos y manotazos que han causado mucho daño. Varios hemos quedado perplejos. Miles han quedado sin metro, con su negocio saqueado, con un entorno destruido, viviendo con miedo. Hay muertos, abusados, torturados y cientos de heridos. Ni que hablar de la economía y el efecto que tendrá en la vida de las personas.

Ya van más de veinte días y la violencia no cesa. No es solo lo que se ve en la calle, sino también en las conversaciones cotidianas, en redes sociales y whatsapp. Ya están apareciendo – lamentablemente- grupos de civiles que se están organizando para defender sus barrios y negocios. Nada bueno puede salir de ahí.

¿Vamos a repetir otra vez la misma historia? ¿Diremos, luego, que tampoco lo vimos venir?

Se escuchan tantas cosas. Cada cual defendiendo la verdad que ya se tragó. Que el gobierno, que Piñera, que “la guerra”, que los militares y carabineros, que Cuba y Venezuela, que los vándalos y anarquistas. Todos apuntándose con el dedo. Y, mientras tanto, el agua sigue hirviendo.

Es cierto. Son principalmente los políticos y parlamentarios, empresarios, líderes de opinión, autoridades gremiales e institucionales, quienes debieran hablarnos, con su ejemplo, de la importancia de una sana convivencia y de las graves consecuencias que puede significar perderla. Pero no todos han estado a la altura. Hay varios que ven en este río revuelto la oportunidad de sacar sus propias tajadas o de congraciarse con la vociferante masa, aún a costa del presente y del futuro de Chile. Después dirán que no lo vieron venir.

Pero eso que criticamos y desdeñamos, no nos libra de la enorme responsabilidad de cuidar la paz social y evitar echar más bencina a un fuego que se está tornando peligroso. Algunos parecen estar en una plaza de toros. Mostrándose la capa, azuzándose, con mensajes provocativos y desafiantes. Es la estocada y la venganza. La venganza y la estocada. ¿Cuándo termina este espiral?

Algunos insisten en la política y un nuevo pacto. Muchos persisten en la renuncia de Piñera (y después, ¿qué?… ¿adiós democracia?). Otros plantean más represión policial. Y un montón piensa que deben recuperar el orden por las propias manos. ¿En qué momento nos volvimos locos?

Puedo ser ingenuo. Pero yo prefiero seguir confiando en las instituciones y en los buenos políticos – todavía quedan- que están poniendo a Chile por delante y avanzando en nuevas leyes, impensadas hace solo tres semanas. Pero sobre todo, espero que entre nosotros, simples ciudadanos, prevalezca la sensatez y la razón, la calma y la prudencia. Es hora de abandonar las provocaciones y llamados incendiarios. Incluso de la posibilidad- impopular, por cierto- de restarse de las marchas que sirven de sombra para los violentistas. ¿Cómo no va a haber otra manera de manifestarse? Pero para esto debe haber un consenso amplio, un llamado transversal de parte de todos los liderazgos y autoridades.

Chile despertó. Ojalá que el malestar de una larga pesadilla no empañe los sueños y las esperanzas que se abrieron, para muchos, en este nuevo y largo amanecer.


Por Matías Carrasco.

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EL MATIZ

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Un matiz, según el diccionario, es la variación leve de tono o grado de luminosidad que pude presentar un mismo color. En música, el matiz es cada uno de los distintos grados o niveles de intensidad o de ritmo en que se realizan uno o varios sonidos. Es decir, el matiz nos enseña que una cosa, por clara que la veamos ante nuestros ojos, puede graduar a algo distinto. Dependerá de las mezclas que hagamos o de los ángulos que utilicemos para descifrar un hecho.

Pero nos han enseñado que lo importante es tomar una postura clara, sin contrastes ni ambigüedades. De lo contrario, correrá el riesgo de parecer un tipo blando, difuso, una jalea que no termina nunca de cuajar. Pero en los tiempos que corren, en el Chile interrumpido, en un país que se nos polarizó, el matiz puede ayudarnos a cuidar la convivencia y la democracia.

No es fácil matizar. Hay que estar dispuesto a hacerlo. Eso requiere de apertura y de pensamiento. A veces duele la cabeza. ¿Cómo diferenciar en medio del caos y la incertidumbre? ¿Cómo discernir cuando la vehemencia marca el ritmo de la discusión? Lo que sigue, es plantear el matiz. Decirlo. Atreverse a decirlo. Lo pueden acorralar e intentarán llevarlo a los extremos. No hay espacio a los puntos intermedios. Si plantea un “pero” lo podrán acusar de tolerar la violencia o los saqueos, o bien, de propiciar las violaciones a los derechos humanos.

Es tentador quedarse en la trinchera, disparando, con la cara rayada, gritando en la embestida. Allí se vive el calor de la refriega, la adrenalina, el gozo de sentirse bueno y parte de la historia. Pero en los hoyos de guerra, a ras de piso, no se tiene ni la calma ni la perspectiva para ver todo el campo de batalla. Entonces los matices, más fomes, menos estridentes y decididamente más impopulares, se hacen importantes.

El pensamiento rígido y absolutista no se moverá. Antes, adecuará toda la realidad, aunque parezca una locura, aunque sea mentira, a la idea que ya se fijó en su cabeza. Es la dinámica del todo o nada, de lo blanco o lo negro. Lo que se busca es imponer una mirada. Es la interpretación más simple de la vida. Las cosas son o no. Es intentar resolverlo todo en un solo tweet. Es lanzar un grito y taparse los oídos.

El matiz, en cambio, ofrece algo distinto. No persigue la victoria, sino el entendimiento. Puede hacernos modificar nuestra opinión. Las cosas son y no son. El victimario puede ser también víctima. El violento puede ser también violentado. Es la búsqueda de respuestas complejas para un mundo confuso. Los matices no se muestran en un tweet o en una consigna que aleona, sino en una novela larga e intrincada que hay que saber leer. Es plantear un punto y sentarse a escuchar.

No conviene seguir cultivando un Chile de posiciones inamovibles. El lenguaje y el pensamiento también pueden ser una piedra, una bala o una bomba de fuego. No acabará así la pelotera. Debiéramos hacer el ejercicio, siempre a la mano, de abrirse al diálogo y a las miradas del otro. No con el escudo de quién se prepara para una contienda, sino con el cuerpo echado atrás y las manos sobre la cabeza, ojalá con una botella de tinto, como quién se dispone a una larga y animada conversación.


Por Matías Carrasco.

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