ALGO MÁS QUE MALESTAR

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Es cierto. Chile es un país tremendamente desigual. Se ha dicho hasta el cansancio. Es una olla a presión, se advertía, que en algún momento va a explotar. Y explotó. El destacado columnista Carlos Peña explicaba hace un par de años -a propósito de la disminución en las cifras de pobreza en Chile- que las sociedades en donde la inequidad es peligrosa e intolerante, son aquellas que distribuyen recursos en base a factores adscriptivos (como la cuna o las diversas formas de estatus) y no al mérito o al esfuerzo. Para evitarlo, planteaba Peña, algunas sociedades tratan que el sistema escolar sea independiente del ingreso de las familias; distribuyen con mayor igualdad bienes básicos, desde la vivienda y la salud al consumo cultural; y sancionan la discriminación (por ejemplo, la distribución de niveles salariales en base al aspecto o el linaje). Finalmente concluía: “hay que alegrarse de que los pobres disminuyan; pero ello no debe hacer olvidar que la sociedad chilena está todavía lejos  de los ideales que animan a una sociedad democrática concebida como una sociedad de iguales. Iguales no porque cada uno tenga lo mismo que cualquier otro, sino iguales porque cada uno tiene tanto como, a la luz de su esfuerzo, merece”.

Adhiero a su mirada y también percibo que la injusticia social en Chile está a la base de la violenta y desatada jornada de ayer. ¿Pero será solo eso? Pienso que no. De ser así, todos quienes se han sentido vulnerados, agobiados y oprimidos, reaccionarían de la misma forma: quemando, destruyendo, sin sopesar las graves consecuencias que esos actos causarían a millones de chilenos. Una mujer sencilla, en la caja de un almacén, me comentaba con rabia lo que vio en las calles: “los que nos sacamos la cresta trabajando, no actuamos así”. ¿Qué es lo que marca la diferencia? ¿Unos son apáticos a la desgracia humana y otros serían la versión moderna de un Robin Hood capitalino, a quién deberíamos agradecerle su violenta lucidez? ¿Será así de simple?

Sumo al malestar social, una suerte de malestar ético que nos afecta a todos. “Ética” es una palabra jodida porque nos suena a normas y costumbres que deben regir nuestro actuar. La prefiero entendida como el instrumento para discernir el uso de nuestra libertad, apuntando siempre a tener un “buen vivir”, como le decía el escritor español, Fernando Savater, a su hijo de 15 años en el libro “Ética para Amador”.

En un mundo complejo como el nuestro, la ética, lamentablemente, ha perdido su espacio y su valor. Hace rato ya y en todos los sectores. Y no hablo de reglas, sino más bien del entrenamiento del pensamiento para que cada cual decida qué hacer, pero tomando plena consciencia de la responsabilidad de lo que se hace, con uno mismo y con los otros. Pero no hemos dado el ancho. La ética se nos extravió. Ha fallado la clase política, empresarial, las iglesias, las instituciones de orden, y una montonera de organizaciones que antes gozaban de cierto prestigio y hoy han perdido confianza. Es lo que sabemos. Pero nosotros. Usted y yo, señor lector. ¿Cómo andamos por casa? ¿Actuamos realmente con honestidad o evadimos y hacemos el atajo cada vez que podemos?

Nadie sabe bien dónde está la brújula para volver a encontrar el norte de la ética. Quizás por eso algunas autoridades políticas – adultas, educadas, bien informadas- avalan los disturbios, dudan al momento de condenar los hechos vandálicos o prefieren, simplemente, sacar provecho político de la situación culpando al bando contrario. Es triste y preocupante el nivel.

Hay que recuperar la ética y subir la vara de nuestro actuar. No es fácil. Existen encrucijadas morales que se hacen difíciles de resolver y exigen abrir la cabeza, ponerse a pensar (otra práctica que lamentablemente está en retirada) y sobre todo perder. Algo queda atrás en cada decisión.

Vuelvo a la “Ética para Amador”, un texto que recomiendo por su importancia hoy y por su prosa campechana y profunda. El padre, le enseña a su hijo adolescente: “ningún orden político es tan malo que en él ya nadie pueda ser ni medio bueno: por muy adversas que sean las circunstancias, la responsabilidad final de sus propios actos las tiene cada uno y lo demás son coartadas”.

Siempre existirá, en alguna parte, por estrecha que sea, el poder de decidir.


Por Matías Carrasco.

 

 

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