LA ESPERANZA

esperanza

Estamos en problemas. Estamos asistiendo al paso de Chile por una estrecha parte de su historia. Tan angosta y tan difícil que se nos aprieta el pecho y la garganta. Hasta la tiroides nos reclama.

Sabemos desde donde venimos pero no tenemos certezas de que es lo que nos depara el otro lado del trayecto. Algunos vaticinan el abismo, Cuba o Venezuela. Otros simplemente esperan alertas el avistaje de tierra firme. Nadie sabe muy bien a dónde iremos a parar.

Y como en todo paso algo dejamos atrás, algo soltamos, algo dejamos morir.

Y en este viaje, riesgoso y temerario, puede morir nuestra imagen de un país perfecto, de una nación próspera y bullante, del alumno estrella, del candidato al desarrollo.

Puede morir nuestra facha de hombres probos, autoridades íntegras y personas incorruptibles. Puede caerse el púlpito desde donde alguna vez dictamos cátedra y hablamos de moral.

Pueden morir nuestros referentes, nuestros pastores y guías espirituales. Puede morir la Iglesia que alguna vez adoramos. Pueden vaciarse los templos y escasear hábitos y sotanas. Puede quebrarse Jesús. Puede que nos quedemos definitivamente con Cristo roto.

Pueden morir nuestras seguridades. Puede escaparse la tranquilidad. Puede que se extinga a ratos la convivencia, el diálogo, el respeto y el buen vivir.

Puede morir la sensatez y la claridad. Puede que asome con fuerza el descriterio, abandonen el campo los argumentos y aparezcan los golpes, los arrebatos y la violencia. Puede que perdamos la razón. Puede que nos volvamos un poco locos. Puede incluso morir un poco el amor.

Pueden morir nuestros proyectos, lo que antaño soñamos ser. Pueden venirse abajo nuestros planes, puede que la tierra vuelva a temblar y caigan por el barranco lo que alguna vez construimos. Puede que haya otra vez que empezar.

Pero para todo aquel que ha pasado, para quienes han vivido ese tránsito, para los que han logrado sortear el estrecho, hay una cosa que no debemos nunca olvidar: todo puede morir, menos la esperanza.  Que no decaiga la esperanza.


Por Matías Carrasco.

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HACIENDO AGUAS

inundacion

Por segunda vez en menos de dos meses volvió a inundarse la ciudad. Primero fue la lluvia y las negligencias de la Costanera Norte y el Gobierno. Ahora la rotura de una matriz volvió a llenar de agua las calles de Providencia y parte del centro de Santiago.

En la última década hemos crecido. Somos más. Los edificios son más grandes, las carreteras amplias y modernas. Los autos se han multiplicado y los cerros se han llenado de grúas, construcciones y flamantes viviendas. Creció también el PIB, la producción, las exportaciones y el acceso a financiamiento. Nos llenamos de strip centers y malls.  Tanto crecimos que ingresamos triunfantes al exclusivo club de la OCDE y exhibimos con orgullo la torre más alta de Sudamérica. Somos campeones.

Pero también crecieron los problemas.  Creció el consumismo, las deudas y la angustia. Crecieron las filas y el hacinamiento en el Metro y el transporte público. Aumentaron los tacos, roces, garabatos y bocinazos. Creció la impaciencia y la ansiedad. Se incrementó el ruido y la violencia, y con ello, disminuyó la paz y la tranquilidad. Crecieron las ventas de Ravotril y Bromazepan.   Asomaron como callampas las redes sociales y, paradójicamente, creció  la soledad y el aislamiento.  Creció la imagen de un país exitoso, y en silencio, también creció la depresión. Crecieron los números…y la desigualdad.  Creció el acceso a la educación , y también, la mala educación. Y en un país rico y pujante crecieron las ambiciones, los sueños y las demandas de la gente. Con justa razón, todos querían su tajada.

Hace un rato ya vemos como aumenta amenazante el nivel de las aguas, pero soportamos el empellón en la misma, roída y vieja represa de hace años atrás. Las deficiencias de nuestra clase dirigente y la desconfianza y divisiones que todos hemos alimentado, trizaron la gran muralla y las filtraciones son pan de cada día. Chile gotea y estamos haciendo aguas.

Quizás por eso fallan las matrices, la política, la empresa, la Iglesia, las familias y el Sename. Quizás por eso se cansan los ministros. Quizás por eso fallamos todos. El molde, nuestros estilos y formas, no dan para más.

No es necesario esperar a que se rompa la represa para vernos a todos con el agua hasta el cuello. Será más prudente abrir lentamente las compuertas y dejar que las aguas fluyan en su curso normal. Y en esa calma,  con especial cuidado y amor por Chile, comenzar a reparar las grietas por las que el país se nos va.

 


Por Matías Carrasco. 

 

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LOS PODEROSOS DE AHORA

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Mucho se habla de los poderosos de siempre. El concepto fue reinstalado con fuerza a inicios de este Gobierno y ha sonado cada vez que ha sido necesario excusarse, buscar explicaciones o crucificar a alguien por el gusto de ver correr sangre.   Ahí están los grandes empresarios, los políticos, los dirigentes, los jueces, los obispos, los de plata, los que siempre han estado arriba. Todos clavados en la cruz, en la punta del cerro, para que el pueblo pueda tirar sus lanzas, burlarse y hacer de ellos un masivo y lujurioso circo.

Pero nadie habla de los otros, de esa nueva raza que ha nacido al amparo de pendientes y dolores arrastrados hace años:  los “poderosos de ahora”. No son los de siempre. Son los nuevos. Los que habían sido relegados y que por estos días tienen la sartén por el mango. Ellos y ellas tienen la fuerza y la venia para destruir, hacer y deshacer a su antojo. Y lo saben, pero no lo han querido reconocer. Aún sentados en el trono, prefieren pasar piola y seguir pensando que siguen siendo víctimas, inocentes y desarmados.

¿No tienen acaso poder los twitteros que amparados bajo el anonimato de las redes sociales destruyen imágenes, siembran sospechas y humillan?  ¿No tienen poder los encapuchados que ocultos en la masa y a punta de violencia, piedrazos y bombas molotov, rompen la ciudad y  hacen daño sin miramientos disfrazados en viejas y podridas causas anarquistas y antisistema?  ¿No tienen poder los que queman, amenazan y atemorizan en la Araucanía a familias enteras? ¿No tiene poder hoy los estudiantes que deciden cuando y donde marchar aún sin la autorización del Gobierno? Lo tienen, y mucho.

Paradójicamente quienes despotrican contra el poder y sus vicios, tienen entre sus manos eso que tanto aborrecen y lo practican con igual o peor injusticia, con igual y peor violencia, con igual o peor atropello. Y lo hacen con la revancha, con la odiosidad, con la venganza que siembran los tiempos de silencio, desprecio y marginalidad. Dios nos guarde.

Pueden existir razones bien atendibles que nos ayuden a entender porque un muchacho cubre su rostro y destruye, porque otros gozan denostando en 140 caracteres y porque otros tanto incendian praderas y aterrorizan al sur de Chile. Pero más allá de eso, todos ellos y cada uno de nosotros debe aceptar que sus métodos pueden ser tan represores, tan oscuros y tan destructivos como la más poderosa de las dictaduras.

Los poderosos de siempre y algunas de sus viejas y sucias prácticas han quedado, en buena hora, en vitrina. Pero quienes miran la estantería, a veces con rabia y justificada razón, deberían honestamente aceptar que tienen también un revolver al cinto. Y ese poder, quiéralo o no, también abusa, mata y destruye. Habrá que hacerse responsable.

 


Por Matías Carrasco.

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ENFERMOS

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Chile está enfermo. Quizás el frío del último invierno o los helados vientos que arrastra la cordillera tienen al país resfriado y con un permanente malestar.

La fiebre es alta. La temperatura aumentó y no da tregua. Los ambientes están caldeados,  los bosques arden y en las calles arrecian los de sangre caliente.

Seguro hay una infección. Los síntomas están en el Estado, en el Gobierno, en el Congreso, en la empresa, en el Ejército y en la Iglesia. Pero las causas están más abajo, más profundo. Y algunas no las vemos. No las queremos mirar. Debe ser por miedo a los exámenes, a las agujas y, como no, al dolor.

Hace rato que estamos medios enfermos. Y es bueno saberlo. Un diagnóstico certero y a tiempo puede salvarle a Chile, a usted y a mi,  la vida.

No nos engañemos. Los analgésicos no han servido de nada. Anestesian, ocultan, mantienen a raya la temperatura,  pero no curan la enfermedad. Y mientras no enfrentemos la verdad, por cruda que sea, no mejoraremos jamás.

Porque eso público que tanto aborrecemos, que tanto condenamos, que con tanta fuerza apuntalamos, no es más que el reflejo de la vida privada de buena parte de Chile. La infección, fea y hedionda, comienza por casa.

Si un hombre es capaz de sacarle los ojos a una mujer es porque nació, creció y vivió en una sociedad violenta, cobarde, golpeadora,  que no respeta a la mujer, que no la valora, que le cierra espacios de verdadera participación. La hombría alfa, esa maricona hombría,  ese machismo alcoholizado y agresivo, sigue siendo una patología estúpida y peligrosa, pero lamentablemente popular.

Si un joven  evidentemente enfermo es casi devorado por leones y encuentra entre la gente repudio y azotes, es porque está en una sociedad que perdió la sensibilidad, la compasión, la sensatez y esa práctica de ponerse en el lugar del otro. Por eso en Chile la depresión campea y el suicidio lidera rankings internacionales. Hay que conocer esa historia y ese dolor antes de dictar sentencia. Chile es todo menos un país contenedor. El éxito es la cumbre y el fracaso una miserable condición que conviene esconder bajo la alfombra. Tristemente, no hay espacio a los débiles.

Si cabros encapuchados queman, delinquen,  destrozan y matan es porque estamos en una sociedad que ya no habla, no dialoga, no escucha razones, no quiere conversar. Somos un país intolerante. En vez de persuadir buscamos aplastar y aniquilar al adversario. Más que argumentos se escuchan ofensas y garabatos. Más que puentes se han levantado murallas, teléfonos y tablets que aíslan, marginan y nos mantienen separados. Pocos, realmente, se miran a los ojos.

Chile está enfermo, pero no terminal. Hay tecnología, hay medicinas, hay especialistas. Sólo falta que el enfermo asuma su estado y se quiera mejorar. Yo me voy. Nos vemos en el hospital.


Por Matías Carrasco.

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CHILE DUELE

chile duele

Se va Hernán. Lo gritó a los cuatro vientos. Dice que le duele Chile, su incerteza jurídica, su hostilidad, la retroexcavadora, la inseguridad ciudadana, una nueva Constitución, nuevos criterios judiciales y un Gobierno que abandonó el progreso.

Pero para ser justos si Chile duele no es solo y únicamente por esta administración, su combo de reformas al galope y mal diseñadas y su mediocre desempeño. Chile sangra también por otras heridas.

Chile duele porque se destapó la olla y el aroma a sospecha, trampa, arreglines y corrupción nos defraudó y nos puso en vitrina. Se nos cayó la imagen de jaguares, modelo y un país probo y éticamente irreprochable.

La política pública, otrora motivo de orgullo y admiración, hoy es un espacio de condena y vergüenza. Aún pillados algunos de nuestros políticos, de derechas e izquierdas,  insisten en disfrazar las evidencias, justificar boletas truchas, salidas de madre,  campañas y pre campañas, jets privados, pagos de empresas y un financiamiento, al menos, irregular. Pocos han pedido perdón. Un golpe bajo para el país.

Chile duele porque algunos empresarios fallaron, se coludieron, estafaron e hicieron daño. Amparados en la creación de empleos, desarrollo y oportunidades, se arrogaron el derecho de repartir los trozos de la torta a su antojo, aunque millones quedaran sin pedazo. También dieron ellos su estocada.

Chile duele y llora porque se mueren sus niños y nadie marcha por ellos. Falla el Sename pero más fallamos nosotros que no podemos con niños golpeados, abusados y drogados por culpa de una sociedad clasista, injusta y brutalmente marginadora. Preferimos olvidarlos en centros y cárceles que no queremos ni mirar. Un hondo puñal en el alma de Chile.

Chile duele porque, literalmente, no logramos bajar los brazos de un puente que nos una. Y en vez de ponernos de acuerdo para  arreglar las cosas y volver a encontrarnos, nadie parece dispuesto a hacerse cargo. El endoso de responsabilidades, el cálculo pequeño y la ventaja política siguen siendo deporte nacional.

Chile duele porque se ha perdido el diálogo y una conversación amable y más profunda. El coloquio se ha vuelto fome, previsible y monótono. Las opiniones, violentas. No hay mucho espacio para pensar y compartir argumentos con respeto y espíritu republicano. Chile está más hueco y vacío.

Y Chile duele porque la gente – usted y yo-  está más dispuesta a criticar y pontificar que animarse a dar un paso adelante e intentar hacer algo por esta tierra quejumbrosa.

Pero a pesar del dolor, Chile sanará. Porque al lado de la sala de embarque donde Hernán espera su salida, hay otros políticos, empresarios, jóvenes, viejos, hombres y mujeres, que religiosamente, con cuidado y especial cariño, seguirán trabajando para curarle a Chile sus heridas.

 


Por Matías Carrasco.

 

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EL CIRCO

LUKSIC

Si creía que antes nadie lo conocía, ahora Andrónico Luksic debe pensar justamente lo contrario. Su video, su rostro y sus declaraciones han sido ampliamente difundidas y comentadas en redes sociales, televisión, radio y prensa escrita. Ha sido también criticado y motivo de burlas, memes y toda esa faramaña que ya conocemos.

Como hombre público y empresario influyente – hoy en el ojo del huracán por el caso Caval y el proyecto Alto Maipo- debiera dar las mayores señales de transparencia para una sociedad que cambió y desconfía – con razón – del hermetismo y el silencio.

Por eso lo mejor habría sido dar una entrevista como Dios manda. Pero, para bien o para mal, este fue un primer y sorpresivo paso. Ojalá dé uno más y acceda a enfrentar todos los temas en terreno neutral, con preguntas, contra preguntas y periodistas de verdad.

Pero, para ser justos, esta es la segunda parte de la historia.

Porque este cuento parte con un diputado que en mitad del hemiciclo, histriónico y enérgico, acusó al empresario de delincuente y lo llamó, simplemente y sin ambages, un hijo de puta. De puro entusiasmo, Gaspar Rivas le sacó la madre a colación. Pero hoy parece ser más rentable pegarle al empresario  que echarle un vistazo a la conducta del “honorable” que originó todo este entuerto.

¿Es valiente el diputado? No, de ninguna manera. No tiene coraje alguno su aventura. Decir lo que dijo sentado en la butaca del Parlamento y con un grueso fuero cubriéndole el pellejo no tiene mérito. Menos si lo que recibirá a cambio es una reprimenda de la Comisión de Ética de un alicaído Congreso. Para eso me quedo con  los humoristas del Festival de Viña del Mar que abusaron del recurso del insulto obteniendo de vuelta una brillante gaviota y la ovación de un público sediento de sangre fresca.

¿Es responsable el diputado? Menos. Un diputado está llamado a investigar y fiscalizar y de ninguna forma a ofender como lo haría un twitero pasado de rosca o un irascible encapuchado. Sea a quién sea y venga de donde venga. Si Rivas tiene pruebas que inculpen a Luksic como un delincuente, que las presente, investigue y lo demuestre. Seré el primero en aplaudirlo. De lo contrario, lo demás es música y de la mala.

¿Es populista el diputado? Sí. No se explica de otra manera. Hizo lo que pedía la galería. Ofendió a quién hoy es popular hacerlo. Avivó el juego fácil y simplón de los poderosos de siempre versus una sociedad hastiada de abusos y escándalos. Y de pasada, se hizo famoso.

Pero aún así, la embestida de Rivas encontró eco en alguna parte de Chile que lo celebra, azuza y proclama como el nuevo paladín de la justicia.

¿Por qué?

Porque lamentablemente nos estamos acostumbrando en la política, en la oficina, en la calle y en la casa a tomar el camino corto, a encasillarlos a todos, a quedarnos con el título, sin tiempo ni ganas de pensar, informarnos y contrastar ideas, y simplemente tirar a matar. Peligroso.

Por su peso e importancia en el desarrollo de Chile le pido más a Andrónico Luksic y a los grandes empresarios del país. Pero no puedo dejar pasar – no al menos yo- la triste y pobre intervención que levantó toda esta polvareda. Chile merece mucho más que circo.

 


Por Matías Carrasco

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UN PAÍS MEJOR

AYLWIN

La muerte siempre nos propone una tregua, un espacio vacío y una pausa profunda. Cuando llega,  golpea, sacude, nos saca del camino y nos deja mirando en otra dirección. Por eso la muerte del Presidente Aylwin y el duelo nacional de tres días pusieron a Chile en un paréntesis, en una necesaria, oportuna y corta espera.

En medio de la bataola, nos dimos un respiro. Cambiamos ofensas por homenajes. Gritos por silencio. Euforia por reflexión. Divisiones por encuentros. La guerra de todos los días por una paz pasajera pero sincera.

Cambiamos puñales por abrazos. Desprestigio por admiración. Descalificaciones por respeto. Iglesias encendidas por una catedral repleta de sentido, cariño y oraciones por Chile. Cambiamos crisis por esperanzas. Mentiras por honestas condolencias. Rabia por gratitud. Por sólo unos días fuimos un país mejor y conmovedoramente republicano.

El luto trajo calma a una tierra agitada, intolerante, atribulada y quejumbrosa. La muerte nos regaló sensatez y nostalgia. Miramos atrás y recordamos con una mezcla de orgullo y añoranza el tiempo en que fuimos capaces de ponernos de acuerdo, abandonamos odios y aceptamos nuestras diferencias para construir juntos, vencedores y vencidos, nuestra democracia.

Esta semana echamos de menos la buena política, a servidores de otra época, algunos dispuestos a arriesgar y sacrificarse por Chile y el bien común. Revivió por un instante ese pueblo que hablaba de perdón y reconciliación. Extrañamos también una sociedad distinta: comprometida, haciéndose cargo, consciente de su derecho y su deber, capaz de devolverle cívicamente a Chile su libertad.

Chile, en su paréntesis, se vio bien. Lució amable, diverso, sensible y tolerante. Vimos a un país mayoritariamente emocionado. No debemos olvidar los gestos que generosamente nos mostró.

Adversarios y enemigos políticos presentes en el funeral del ex Mandatario. Una histórica y dura derecha haciéndole guardia y honores al féretro del líder de la otrora Concertación. El ex Congreso, símbolo de una política hoy difamada, abierto a una pública, ciudadana y solemne despedida. Miles de hombres y mujeres en las calles a la espera del paso de la carroza para despedir entre flores y pañuelos a un hombre bueno. Y la familia Aylwin, sencilla y gentil, entregando a su esposo, padre, hermano y abuelo a un adiós popular.  Un país unido, como hace tiempo no lo hacía.

Por eso, ahora que se acabó el entierro y todo vuelve a la normalidad, ahora que entramos de nuevo a la pelea chica, estridente y mezquina, no debemos olvidar: Chile puede ser mejor. 


Por Matías Carrasco.

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RESPETO, EN LA MEDIDA DE LO POSIBLE

Patricio Aylwin Azócar

Pido respeto por la muerte del Presidente Aylwin. No caridad ni complacencia, sino simplemente respeto.

Al lado de las muchas declaraciones, homenajes, sentidas palabras y críticas también, se escuchan a lo lejos destempladas ofensas para el líder de la transición a la democracia. A ellos,  a los de sangre caliente y gatillo fácil, les pido respeto.

Sé que es difícil hacerlo hoy. El horno no está para bollos. Hace tiempo ya que perdimos la capacidad de mirar la realidad con todos los elementos puestos arriba de la mesa. Hoy vende mas una frase violenta, categórica y encendida que un análisis de medido calibre.

Uno podrá estar de acuerdo o no con la gestión del Presidente Aylwin. Hay espacio para alabanzas y también para justificadas diferencias y cuestionamientos. Pero las acusaciones de cobarde, traidor y otros epítetos de mayor tonelaje están de más. Son, a mi juicio, el reflejo de personas que ya levantaron sus murallas y se resisten a bajarlas para mirar la realidad con todos sus surcos y honduras.

La historia no puede ser juzgada sino en su real y verdadero contexto. Obviar la realidad política y social del Chile de principio de los noventa, la importancia y el peso de Pinochet  como Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, las heridas recientes, una sociedad polarizada y la parte que al propio Salvador Allende le cupo en toda esta trama, es querer tapar el sol con un dedo o simplemente no querer mirar.

La vida y la política no son solo entusiasmo, voluntarismo y buenas intenciones. Y a Patricio Aylwin le tocó liderar una época  compleja, dónde hubo que aceptar dolorosas derrotas, principalmente para los familiares de las víctimas, para asegurar otras victorias y, como dice Ascanio Cavallo, devolverle la paz a Chile.

¿Se pudo haber hecho más? Vaya a saber uno y vaya a saber con qué costos para el país. Uno podrá mantener siempre en lo alto un ideal, pero intentar alcanzarlo de un sopetón puede ser peligroso y terminar mal. Ejemplos de eso en la historia hay por montón. Los verdaderos ideales – democracia incluida- se logran paso a paso, sobre todo después de una sangrienta dictadura de 17 años, un país de posiciones encontradas y cuarteles alertas y vigilantes.

Ojalá en el Chile de hoy existiesen políticos y ciudadanos más dispuestos a conversar, lograr acuerdos, generar espacios de encuentro y reconciliación y anteponer por sobre intereses personales o partidistas el bien de todo un país.

Sé que es difícil hacerlo. Sé que estamos a la defensiva, cada uno en sus trincheras, ansiosos de dar una nueva estocada y abanicándonos con nuestras propias verdades. Por eso lo pido en la medida de lo posible. Respeto por la muerte del Presidente.

 


Por Matías Carrasco.

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UN NUEVO TRATO

Papa-Francisco-Eucaristia

No estaban tan locos. No eran activistas ni debían ser expulsados de la Iglesia. Quienes han promovido públicamente la posibilidad de la comunión a separados vueltos a emparejar tenían algo de razón. Lo suyo no era una pelea perdida. Había entre la gente, había en el Vaticano, se alojaban entre Obispos y Cardenales, pequeñas brasas que prendieron una luz de esperanza. Al menos para quienes creemos que la mesa está servida para todos.

Así lo dice el Papa en Amoris Laetitia, la Exhortación PostSinodal donde Francisco resume las enseñanzas que dejaron dos Sínodos (2014 y 2015) sobre la familia y asuntos de moral sexual. Jorge Bergoglio enfatiza en el documento que las personas divorciadas o que viven una nueva uniónno sólo no tienen que sentirse excomulgados, sino que pueden vivir y madurar como miembros vivos de la Iglesia, sintiéndola como una madre que les acoge siempre, los cuida con afecto y los anima en el camino de la vida y del Evangelio”.

Así las cosas el Papa insinúa – sin plantearlo expresamente- el acceso a la comunión de los matrimonios “irregulares”, centrando la decisión en el discernimiento personal y pastoral, caso a caso, sin normas canónicas generales. “Su participación puede expresarse en diferentes servicios eclesiales: es necesario, por ello, discernir cuáles de las diversas formas de exclusión actualmente practicadas en el ámbito litúrgico, pastoral, educativo e institucional pueden ser superadas (…) Sólo cabe un nuevo aliento a un responsable discernimiento personal y pastoral de los casos particulares” – dice.

No es para hacer una fiesta, pero para los tiempos de la Iglesia es un avance. Allí donde había una puerta celosamente cerrada, hoy queda entreabierta. La Iglesia de ninguna manera baja su ideal de matrimonio, pero plantea una mirada más comprensiva y amable con quienes han fracasado. “Hay que reconocer que hay casos donde la separación es inevitable. A veces puede llegar a ser incluso moralmente necesaria, cuando precisamente se trata de sustraer al cónyuge más débil, o a los hijos pequeños, de las heridas más graves causadas por la prepotencia y la violencia, el desaliento y la explotación, la ajenidad y la indiferencia”. No es una declaración menor. Habla de una Iglesia que decidió sacarse sus zapatos de suela gruesa y poner los pies en el barro.

Algunos, cansados y decepcionados, ya abandonaron el buque. Se fueron. Otros pensarán que la Iglesia llegó tarde o que lo aquí planteado resulta insuficiente. Y en parte comparto esa opinión. Personalmente hubiese preferido una apertura mayor y una inclinación expresa y clara a la comunión de separados que han decidido rehacer sus vidas. Pero, a pesar de mi entusiasmo, no puedo desconocer una historia de más de 2.000 años, una doctrina fundamentada y férreamente instalada y la existencia de distintas posturas al interior de la misma Iglesia. Lo que para muchos nos parece una buena noticia, para otros es motivo de escándalo y el triunfo del relativismo postmoderno. De todo hay en la viña del Señor.

Lo importante, creo yo, es el cambio de tono y de mirada. La roca se corrió. Al menos se removieron algunos obstáculos que nos impedían vernos con más empatía y cariño. Y lo revelador es que por muy pequeño o minúsculo que parezca este paso, se puede. No sé en cuánto tiempo, con cuántos esfuerzos y cuántas batallas, pero se puede. Es posible soñar con una Iglesia menos santa, más inclusiva y humana. Hay que insistir. Sobre todo los laicos, tenemos que insistir.

Ojalá no sean sólo los diarios quienes informen sobre las conclusiones de Amoris Laetitia. Sería deseable que las mismas autoridades de nuestra Iglesia se encarguen de comunicarlo con entusiasmo y apertura. Es, para muchos, motivo de alegría. En las iglesias de todo Chile, a la hora del sermón o de la eucaristía, podría ser un buen momento para compartir con laicos y laicas las enseñanzas y esperanzas de este nuevo trato. Sería justo, dignificante y tremendamente necesario.

 


Por Matías Carrasco.

 

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YO SOY UBER, PERO…

Person using the Uber app

Yo soy Uber. Así están todos. Es la bandera que flamea por estos días. Aparecen como callampas nuevas columnas, twits, opiniones y cerradas defensas a la aplicación que llegó para mejorar el transporte público y que hoy se ve amenazada por una tropa de taxistas indignados. ¡Claro! Ellos pagan un permiso especial, fijan sus precios, deben estar inscritos en el registro nacional de servicios de transporte de pasajeros, tienen que contar con un seguro y someter sus vehículos a revisión dos veces al año. Uber, no.

Y yo también soy Uber. Celebro el emprendimiento, la innovación y el aporte de las nuevas tecnologías. Es una idea bien pensada: mejora la movilización, descongestiona la ciudad, genera nuevas fuentes de trabajo y entrega al usuario una solución cómoda, segura y de calidad.

Pero – siempre hay uno – no es legal, según acusa el Ministerio de Transportes. Al menos en Chile no existe una normativa para regular este genial invento. Y por más que la compañía se defienda diciendo que no son un servicio de transporte sino una “solución tecnológica”, basta asomarse a la calle para darse cuenta que es la misma cosa. Algunos acusan competencia desleal y el mismo Gobierno ha enfatizado en la ilegalidad de la actividad.

Pero – aquí lo interesante – no nos importa. Esta vez hacemos vista gorda a la irregularidad. Ahora da igual si andamos por la cornisa de la ley o en el límite de lo permitido.

¿Por qué?

Simplemente porque nos conviene y nos beneficia. La oportunidad está al alcance de la mano. Ahora sí nos tocó. Está frente a nuestras narices y huele bien. No la podemos dejar pasar.

Cuando son políticos, ponemos el grito en el cielo. Los queremos ver caer, arando el piso, desfilando en tribunales, afligidos, sin cordones y tras las rejas. Cuando son empresarios, rasgamos camisas, pantalones, chalecos y todas las vestiduras. Exigimos las penas del infierno. Clamamos justicia. Y con razón.

Pero cuando se trata de nosotros, no. Ahí si que es distinto. Mejor ni mirar, para no enterarnos. Quizás por eso es que utilizamos y defendemos un servicio que, nos están diciendo, es ilegal. Y razones encontraremos montones: que las malas prácticas de los taxistas, que se lo merecen, que más que un ilícito es el aprovechamiento de un vacío legal y que debemos adecuarnos a un nuevo mundo. Tal vez argumentos parecidos que llevaron a nuestra clase política a financiar sus campañas irregularmente, a empresarios a acordar precios o a distintas personas a poner sus platas en los ya famosos paraísos fiscales. Situaciones diferentes pero con denominador común: en beneficio de mis propios intereses, bypass a la ley.

Al final no son solo ellos, somos también nosotros. Si nos medimos con la misma vara nos daremos cuenta que nos transportamos al margen de lo legal, navegamos en softwares piratas y disfrutamos con nuestros hijos de una película descargada sin pagar en una salita acogedora, recién ampliada y sin regularizar. Así no más es. ¿Le suena? Ahí está el poncho.

No hay que sacar a Uber de circulación. Hay que buscar una norma que le permita existir y convivir en buena ley. Esa misma que, cuando nos conviene, dejamos simplemente pasar.

 


Por Matías Carrasco.

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