CARTA ABIERTA A LOS PADRES DE UNA NIÑA TRANS

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Es difícil comenzar esta carta. Lo he intentado varias veces, sin suerte. Es como querer tomar el mundo en una sola mano, pero de tan grande, de tantos surcos y caminos, se me escapa una y otra vez. Pero debo hacerlo.

Ustedes, los padres de una niña trans, merecen que se cuente su historia y los líos que han debido sortear. Han navegado por años en una realidad desconocida, oculta, llena de prejuicios, opiniones y miramientos de todo tipo. Ustedes han vivido en las fronteras, en las periferias de la vida donde se tejen otras vidas que solo algunos están dispuestos a mirar en toda su hondura.

De todo se dice de los trans y sus familias. Hay análisis políticos, sociológicos, clínicos, religiosos y juicios tremendamente injustos. Pero poco se dice de la historia humana, emocionantemente humana, que se escribe a cada paso y en cada sueño de pequeños niños y niñas que claman libertad y el derecho a ser lo que realmente quieren ser.

Ustedes, padre y madre, han vivido el duelo de dejar ir a quién querían que fuera. Solo ustedes saben cuánto duele. Ustedes, y no otros, han presenciado la semilla, la gestación y el nacimiento de una nueva niña como señal de esperanza y resurrección. Aún en otoño, no los había abandonado la primavera.

No ha sido fácil. Saben de incertidumbres, dudas, angustias y misterios. Han pasado por el desierto, por consultas, especialistas y variados diagnósticos. Sin certezas han caminado buena parte del sendero, abrazados, uno y el otro, sosteniéndose, avanzando todavía a tientas alumbrados solo con el firme propósito de hacer a su hija feliz.

No querían correr riesgos. El futuro era también borroso y sombrío. Saben, como nadie, que llegada la adolescencia y sin espacios de contención y verdadera aceptación, las tasas de suicidio son alarmantemente altas, alcanzando el 50% de la realidad de los trans. Ningún padre, ninguna madre, querría para sus hijos ese final.

Sabían que amar era una decisión, la única decisión. Y bastó que su niña mencionara el nombre que quería, para dar el paso y dejarla libremente crecer. Ya no era necesario el polerón sobre la cabeza como simulando una larga  cabellera. Ya no era un cuento lo de la varita mágica para convertirse en mujer. Ustedes, de puro amor, de sano y valiente amor,  aceptaron lo que por años ella fuertemente deseó.

Y tras el paso, el milagroso paso, brotó la alegría. Y ella, preciosa,  flamante y coqueta, se sintió como nunca protegida, acompañada y tranquila. Amada por sus padres, amada por sus hermanos, amada por su colegio, y que duda cabe,  amada entrañablemente por Dios. Ella, no está sola. Nunca lo estará.

Y para terminar esta carta, permítanme una reflexión. No debiera ser necesaria una ley o una circular del Ministerio de Educación para aceptar a los niños trans en nuestra sociedad. Esos niños y niñas necesitan a gritos amor y acogida. El rechazo puede marcar una vida entera. Por eso, incluirlos debe ser para todos – colegios, iglesias, apoderados, parlamentarios y ciudadanos – una convicción moral.

Me despido, del padre y de la madre y de la niña feliz.  Para ellos, y otros como ellos, todo mi apoyo, agradecimiento y admiración.

Matías Carrasco.

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ÁNGELA, SEÑORA ÁNGELA

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En los últimos años buena parte de los chilenos hemos festinado con la familia presidencial. Denuncias e investigaciones en el marco del Caso Caval  han puesto al hijo y a la nuera en una vistosa vitrina pública, de la cual se han nutrido sabrosamente la prensa, columnistas, matinales, humoristas y, sobre todo, ciudadanos y ciudadanas que en conversaciones de sobremesa y oficina han reído de buena gana con la situación judicial de Natalia y Sebastián.

El tema volvió a reflotar en marzo de este año cuando nos enteramos de que la hija menor de la Presidenta Michelle Bachelet compró un terreno de propiedad de su cuñada en la comuna de La Higuera, IV Región, muy cerca del cuestionado proyecto minero Dominga. Todas las alarmas se encendieron y las suspicacias – era que no- prendieron como pasto seco en la pradera. Los juicios, categóricos como siempre, llenaron nuevamente titulares, rutinas y volvieron a poner un manto de dudas sobre la familia de Michelle Bachelet.

Es cierto. Los más altos personajes públicos y su entorno más cercano deben ser siempre motivo de especial revisión por parte de organismos fiscalizadores, medios y contribuyentes. Es igualmente cierto además que han existido motivos para presumir la existencia de delitos que están siendo todavía investigados. Pero es también justo decir que más allá de toda duda razonable y de toda legítima diferencia política,  ha existido un particular ensañamiento en contra de la Presidenta y de su círculo más íntimo, que muchos parecen disfrutar.  Por eso, cada traspié, cada nuevo antecedente, cada rumor respecto a la familia de gobierno, será un buen pretexto para debidamente investigar y fiscalizar, pero también, para volver a maltratar, burlarse y despedazar.

Por eso me parece prudente hoy, en medio de la batalla de Chile, destacar lo de Ángela Jeria, madre de Michelle Bachelet.

Por si no se ha enterado, el ministro en visita Mario Carroza declaró en estado de demencia, sobreseyó y ordenó la salida del Penal de Punta Peuco, del coronel en retiro de la Fuerza Aérea, Edgar Ceballos, uno de los condenados por torturas y la muerte del general de la Fuerza Aérea de Chile, Alberto Bachelet Martínez, padre de la presidenta y esposo de Ángela.

En atención a la noticia y consultada por los periodistas, Ángela respondió que “las personas que no están en condiciones buenas de salud, que en realidad ya no saben si quiera qué es de su vida, no tiene sentido que sigan presas”.  Agregó además que “todo lo que me pasó a mí fueron actos de deshumanidad, pero pienso que no tengo por qué tenerlos yo, eso es lo que sí rescaté siempre. No somos iguales».

En boca de la viuda de un torturado y asesinado, en los labios de una mujer detenida y vejada en los cuarteles de la DINA, en la voz de una exiliada, no hay palabras de odio y venganza. Frente a la libertad del verdugo, hay aceptación y paz, y la convicción de lo que corresponde es que el condenado muera, dignamente y acompañado, en su hogar.

Por mucho menos en Chile disparamos sin piedad. Livianamente, enjuiciamos y condenamos. ¡Hasta las muertes nos hemos acostumbrado a celebrar! Por eso lo de Ángela nos sorprende. Vino a traer un oasis en medio del desierto de Chile que de tanta ira, de roscas, pellizcos y descalificaciones, se nos va secando, dejando grietas difíciles de reparar.

Lo de Ángela, señora Ángela, es un ejemplo y una señal de esperanza que debemos alentar. Que se converse en las radios, en los medios, en estelares, en oficinas y plazas. Que se hable en almuerzos, matrimonios, convenciones y reuniones sociales. Que lo comenten hasta el hartazgo columnistas y periodistas. Mal que mal, Ángela también es parte de la familia presidencial.

 


Por Matías Carrasco.

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La teoría del charco de agua

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Siempre he pensado en la relación de los autos con la sensibilidad. Sí. Es cierto. Suena extraño, pero hace rato ronda en mi cabeza la idea de que mientras más grande el auto, más perdemos sensibilidad. Y me refiero a esa capacidad de sentir, de conectarse con lo que pasa allá afuera, tras la ventanilla, más allá del capó. Intuyo que mientras mas gruesa la carrocería, más lejos estamos de la realidad.

Es una tesis imprecisa, absurda, pero que al menos a mí, me invade de vez en cuando, de cuando en vez.

Y el asunto no solo  tiene que ver con el grosor de los fierros, sino también con la frecuencia y el tiempo que ocupemos instalados en las butacas del automóvil. De acuerdo a mi fórmula, más grosor y más frecuencia, significan irreductiblemente más distancia con un mundo que hemos dejado de mirar y escuchar, por estar solos y concentrados en semáforos, pistas, autopistas, bocinas y, como no, en adelantar, sobre todo, en adelantar.

Y el fenómeno se acentúa si incluimos en este  improvisado teorema, la velocidad. Si sumamos a la anchura de las puertas y el chasis, la periodicidad de la práctica y el hábito de acelerar siempre frente al volante, el abismo entre nuestras vidas y las vidas de otras vidas se hará aún más hondo.

La prueba científica está en un charco de agua. Vea usted. El paso fugaz y presuroso de un auto sobre un pozo de agua estancada en un día de lluvia, salpicará imperceptiblemente sus pies de goma, pero empapará y estropeará el día de otras personas que andaban pasando a su lado. De nuevo, la distancia y la pérdida de sensibilidad. Entre los fierros, en nuestros protegidos ghettos de cuatro ruedas, petroleros o bencineros, ni nos enteramos de lo que va sucediendo afuera.

En Chile andan dando vueltas cerca de ocho millones de vehículos. La cantidad ha aumentado en más de un 40% en los últimos 15 años. Son ocho millones que transitan distanciados – centímetros más, centímetros menos- de miles de historias que andan esperando un encuentro. Perdemos, día a día, esa oportunidad.

Quiźas la creciente desconfianza en Chile no sea solo por el desprestigio de la política, las colusiones, la corrupción y los abusos. Quizás la desconfianza también tenga que ver con nuestra manera de andar por la vía…y por la vida.

No crea que lo mío es tan al azar. Yo ya lo medí. Mi vida está a 17 centímetros del resto y estoy empeñado en acortar la distancia. Mañana salgo, nuevamente, a caminar.


Por Matías Carrasco.

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Cuenta conmigo

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El próximo miércoles se realizará en todo Chile el Censo de Población y Vivienda.  Será una versión abreviada con 21 preguntas que permitirá saber cuántos somos e indagar en temas como sexo, edad y nivel de educación, entre otros asuntos.

Es un esfuerzo enorme. Son cientos de miles los voluntarios que se capacitaron y que recorrerán a mitad de semana las comunas, barrios, villas y poblaciones del país en busca de información que nos permita saber cómo vivimos y en qué cantidad. Al final del proceso tendremos el número, la anhelada cifra que por años hemos esperado.

Lo de este miércoles será un ejercicio cívico pero también una práctica llena de símbolos. Por primera vez en mucho tiempo todos sumarán. No habrá espacio para la resta o la división entre quienes habitamos estas tierras.

El país entero se dispone a abrir sus puertas y contribuir al hallazgo de un dato que más allá de la estadística hablará de un Chile que se construye entre todos. Ni uno menos, ni uno más.

Allí estarán, en el informe, en el resumen,  en el diagnóstico de toda una nación, los ricos, los pobres, la clase media, los presos, los delincuentes, los heterosexuales, los gays y los trans,  los creyentes, agnósticos y ateos,  los laicos y los religiosos, ciegos y clarividentes, trabajadores, sindicalizados y empresarios, ciudadanos, autoridades y parlamentarios, jueces y procesados, chilenos y migrantes, jóvenes y viejos, exitosos y fracasados, sanos y enfermos, cuerdos y locos, beatas y putas, anarquistas y seguidores del sistema.

Estarán también carnívoros irreductibles y veganos, amantes del rodeo y animalistas, mujeres de carreras prominentes y dueñas de casa, madres que paren anestesiadas y otras que dan vida sin dormir su cintura, personas que aborrecen las tareas y otras ni tanto, peinados a la gomina y chascones revolucionarios, feministas entusiastas y otros ni tanto, orejas perfectas y otras expandidas, misioneros y kamasutras,  los de tiro largo y los de corte alcance, los de cinturón al ombligo y los de calzoncillos a la vista, los de billings y los de amor libre, las de coqueta minifalda y las de polleras besando las canillas, machos alfa y travestis, familias numerosas y familias sin hijos, citadinos y campesinos,  fanáticos de Dylan, Calamaro, Mozart, Maluma y DJ Mendez,  seguidores de Warnken, Peña, Hermógenes y Gonzalo Rojas, lectores del El Mercurio y el The Clinic, auditores de Agricultura y Bío Bío, Laguistas y Guilleristas, siúticos y guachacas, futuristas y nostálgicos, los de uber y los de taxi con aroma a naftalina, los de amores fugaces y los que aman hasta que la misma muerte los separe.

No somos un país fácil. Como nuestro relieve, como nuestras montañas, nuestra gente es, felizmente, diversa.  Ni una es igual a otra. Sus historias, sus andares, sus contornos, sus texturas y colores, son diferentes. Cada cual se hace a su medida y cada cual vive la vida que libremente eligió vivir. Y Chile está hecho de cada uno de ellos.

Por eso el Censo, más allá del número, nos recuerda que todos contamos. ¡Todos! Y es bueno saberlo, principalmente en tiempos donde más que sumar algunos preferirían restar o dividir. Es bueno tenerlo presente, para evitar las reducciones, los atajos, los juicios simples o la tentación – de derechas e izquierdas, progresistas y conservadores – de imponer modos de pensar o estilos de vida simplemente para no tener que bancarnos la diferencia.

Por eso, este miércoles de abril, donde esté, donde viva, prepare un buen café y abra su puerta para comenzar a contar – como dijo el poeta Benedetti – “no hasta cinco o hasta diez, sino contar conmigo”. 

 


Por Matías Carrasco.

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LAS VOCES FUERA DEL CORO

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El domingo 19 de marzo El Mercurio publicó a página completa, una entrevista a los Obispos de la Iglesia Católica, Fernando Ramos y Santiago Silva, sobre las conclusiones del encuentro que sostuvieron cerca de 29 prelados con el Papa Francisco en Roma.

En esa oportunidad ambos monseñores actuaron como voceros e intérpretes de la postura de Francisco en distintos temas, pero principalmente en aquellos que más han generado ruido y discusión en las alas conservadoras y liberales de nuestra iglesia.

Fue un mensaje tranquilizador para quienes no quieren cambios. Que el objetivo del último sínodo de la familia no era autorizar la comunión a los divorciados. Que el celibato voluntario no está en la agenda. Y que la ordenación de mujeres como sacerdotes “no pasará”. Todo eso se dijo.

Nada nuevo para una jerarquía eclesiástica que, intuyo, no quiere reformas, aunque el mismo Papa haya dado señales públicas (no privadas) en sentido contrario.

Pero lo que más llama la atención es lo que destacado en un apartado del mismo artículo se refería a “las voces que cantan fuera del coro”. Era una advertencia clara y dirigida a quienes, me sumo, han planteado la necesidad de ajustes en nuestras maneras de hacer Iglesia.

“Hay un núcleo teológico y moral claro, desarrollado y preciso, quién se sale de este riel tendrá que cuestionarse si está siendo fiel a su propia identidad de ministro de la iglesia o de laico católico si promueve algo en directa confrontación con la fe” – dicen los obispos. Y esto, detalla la nota, “se refiere a las discrepancias doctrinales que manifiestan abiertamente algunos sacerdotes chilenos y que, afirmó (el Papa), preocupan en Roma”. Y concluyen esta idea – ambos obispos- con un consejo que habría entregado el mismo Francisco en atención a estos temas: “tener siempre actitud de diálogo y actuar siempre si las advertencias no son acogidas”.

Lamentablemente he escuchado antes esta “sugerencia”. La invitación a cuestionarse la pertenencia a la Iglesia Católica a quienes proponen posturas diferentes en términos doctrinales o de disciplina eclesiástica no es una novedad. Y viene de obispos, sacerdotes, religiosas y laicos. Lo he visto y me lo han hecho sentir cada vez que he planteado, por ejemplo, mi deseo de que separados y homosexuales que deciden llevar adelante una vida de pareja con todas las de la ley puedan comulgar. Y tras el anuncio viene rápidamente de vuelta la respuesta: el catecismo es claro, la doctrina también, si no te gusta esta iglesia, búscate otra.

Suena sensato. Pero a mi siempre me ha parecido más a miedo y a chantaje. Miedo a la diferencia. Miedo a hacerse cargo de una realidad difícil y compleja. Miedo a cuestionarse. Miedo a dejar los textos y la ley para adentrarse en los dolores del ser humano, donde ahí todas las preguntas y todos los desiertos caben.

Y chantaje, porque siento que la invitación a preguntarse por “la fidelidad” a la iglesia es mal intencionada y lo único que busca es aplacar la disonancia y amedrentar al que alza su voz fuera de un coro, aparentemente, ordenado y correcto.

Hablo como un laico católico que quiere a su iglesia y se compromete con ella. Pero también como un laico convencido del aporte de las diferencias y admirador de quienes cantaron y seguirán cantando fuera del orfeón.

Yo, con la esperanza de una iglesia más abierta, inclusiva y humana, seguiré desafinando.


Por Matías Carrasco

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LA CIUDAD DE LA FURIA

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Una buena pareja de amigos me contó que habían decidido cambiar de vida e irse al sur. Su sueño es construir una nueva historia entre bosques, lagos y volcanes. Su deseo es dejar atrás la capital y encontrar en otros aires y en otras tierras la quietud y la paz que aquí ya no se asoma. Tras el anuncio, brindamos y festejamos la decisión.

Y es que Santiago se ha vuelto un hervidero. Marzo nos deja en evidencia. Agendas copadas, compromisos, la competencia, la prisa, el sin sentido y la mala onda, sobre todo, la mala onda.

Estamos siendo testigos y protagonistas de una ciudad enfurecida. La agresividad se ha tomado las calles, la política, el trabajo y los medios. Abunda la intolerancia y la prepotencia. El bullyng ya no es solo cosa de niños o adolescentes. Se ven peleas más cruentas, ofensas más crueles y jugadas más sucias entre adultos, dicen, de educación privada y criterio formado.

Odio hay por todas partes. Algunos odian a Bachelet. Otros odian al candidato. Odiar se ha vuelto un gusto y una práctica amarga, de pronóstico desconocido. Hasta el humor, otrora bálsamo a nuestros avatares del día a día, hoy se ha convertido también en una vitrina para el odio y la descalificación. Denostar a personajes públicos es la panacea para arrancar sonrisas y carcajadas. Burdo y simplón, pero efectivo.

Santiago se ha vuelto una ciudad sospechosa. Nadie confía en nadie. Cualquiera se atribuye el derecho a echar a correr la bolita del descrédito, sin importar si lo que dice, comparte o repite es cierto o no. Cualquier cosa, hasta la más insignificante, puede encender todas las alarmas. Nos hemos convertido en un pueblo copuchento, lleno de rumores y conventilleo. Y en eso hacemos daño. Sin querer, hacemos daño.

La furia también está acunando cobardía. Es tanta la vehemencia y tan fuerte la resaca que se desata tras un contrapunto que pocos son los que se animan a decir realmente lo que piensan. He visto, en reiteradas veces, personas que dicen una cosa en privado y callan cuando frente a un whatsapp masivo o una conversación social llega su turno para decir lo que siente en su cabeza o corazón. Pocos están dispuestos a exponer su diferencia. Y eso no es bueno para Chile.

Santiago está gris y fome. Las mismas frases se repiten en las mismas esquinas. Las mismas opiniones se acumulan en los mismos lugares. Las mismas radios se escuchan de un lado. Los mismos diarios se leen del otro. Escasean verdaderos espacios de reflexión y el ánimo de compartir con respeto y altura de miras nuestras preguntas y convicciones más profundas. Hoy somos tan predecibles como el día después a una noche de lluvia. Algo tiene que cambiar.

Es cierto. No es solo Santiago quién aviva la cueca de un Chile alocado. Quizás en la capital se acentúen todos sus males. Tal vez el deseo de arrancar al sur sea la fantasía de encontrar allá el alma de un país que hemos perdido. Ojalá mis amigos la encuentren a la orilla de un lago, acurrucada en los brazos de un coihue desconocido.

 


Por Matías Carrasco.

 

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UN INCENDIO SIN FIN

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Los incendios han iluminado a buena parte de Chile. Pero también han dado luz a lo que realmente somos.

El problema es serio. Se habla de la mayor emergencia de este tipo en la historia del país. La Conaf ha señalado que de un total de 131 siniestros, 53 han sido controlados, 55 se encuentran en combate y 23 han sido extinguidos. Más de 270.000 hectáreas han sido quemadas. Flora y fauna han muerto en una tierra prendida por quién sabe qué, por quién sabe quién. Viviendas y pueblos enteros han sido arrasados también por las llamas. Y lo más lamentable, la pérdida de vidas que lucharon por salvar otras vidas y otras tierras, sin conocer de ante mano sus historias. De pura entrega, gratuita como es la verdadera entrega, dejaron valientemente de existir. Ellos nos traen la esperanza.

Durante estos últimos años nos hemos quejado del nivel de nuestra clase política, dirigente y empresarial. Hemos apuntado, con justificada razón y evidencia concreta, contra nuestras instituciones y autoridades. Se les ha acusado de incompetencia, faltas a la ética y a la responsabilidad. Con facilidad, a varios les llaman ladrones, delincuentes, mentirosos, oportunistas y aprovechadores.

Pero el fuego que prende el infierno de Chile ha mostrado con claridad el otro lado de la moneda. Ese espacio donde habita la tribuna, los espectadores de siempre, los testigos de todo y de todos, los que avivamos la cueca, los de moral ejemplar, los que estamos ahí, a sol y sombra, listos para dar nuestros veredictos.

Las llamaradas nos alumbran. Sobre nuestras cabezas cae el calor, las cenizas y también la luz que ilumina, esta vez, nuestro propio espectáculo. Y así como queman las llamas, también queman las palabras. Basta darse una vuelta por las redes sociales, conversaciones en whatsapp y sobremesas de un día cualquiera, para conocer el nivel de quiénes vivimos en este lado del mundo.

Entiendo la desesperación, la impotencia y el miedo ante un fuego amenazante. Pero me asombra la irresponsabilidad y la insensatez de tanta cosa que se dice con vehemencia y odiosidad. Que la presidenta renuncie, que Piñera salga en su helicóptero a tirar agua, que la culpa la tienen las forestales o que son mapuches y colombianos los que tramaron este infierno. Se comparten videos de años atrás como si fueran recientes y cada cual, como un improvisado experto, saca apresuradas conclusiones. Y cuándo uno va en busca de argumentos, mayoritariamente solo encuentra respuestas titubeantes, sin contenidos que avalen opiniones destempladas que ya prendieron, otra vez, la pradera.

Querámoslo o no, en nuestras butacas también hay oportunismo, aprovechamiento, irresponsabilidad, mentiras y faltas graves a la rigurosidad y la ética. Y funcionan de un lado y del otro, dependiendo de quién queramos ver caer. No es solo nuestra elite quién ha dado muestras de debilidad, sino también nosotros que con nuestros juicios – y sobre todo pre juicios- intentamos apagar el fuego con bencina.

De todo lo que se ha dicho me quedo con las palabras de Marianne Müller, una mujer que ha combatido el incendio en terreno y comentó que “el fuego no se apaga con críticas ni agresiones. Se apaga con coraje, unidad, agua, recursos, organización y solidaridad. Con visión generosa y obsesiva por el bien común”.

Sugiero esperar, ayudar en lo que se pueda y traer calma. Luego será la Fiscalía, los especialistas y las autoridades pertinentes las encargadas de definir, con pruebas en mano, las responsabilidades de un incendio sin fin.


Por Matías Carrasco.

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LOS MISERABLES

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Es difícil ponerse del lado de los indeseables. Sobre todo en un país y en una época donde nos hemos acostumbrado a etiquetar con cuestionable y dudosa moral a quienes deben ser crucificados y diferenciarlos del resto: los buenos, los correctos, los que llenan de likes y aprobaciones las redes sociales.

Hace un rato ya que en Chile se ha instalado una suerte de juicio público –a ratos liviano y simplón- que es benevolente con las corrientes y tendencias de moda, pero lapidario con quién plantee alguna opinión en sentido contrario, por muy razonable que ésta sea. Nadie está muy dispuesto a escuchar, indagar o hacer un doble click. Más bien arrecian los insultos y las descalificaciones apenas se asoma un contrapunto.

Por eso siempre será mejor negocio ponerse del lado de «los justos» que del lado de «los miserables». Haga el ejercicio. Tendrá buen rating si las empalma contra las AFP, las isapres, el sistema, los empresarios, los políticos, los curas, las tareas, el rodeo o el Alto Maipo, pero le aseguro piedrazos y un abucheo en masa si osa ponerse en la vereda del frente, esbozar una diferencia o un pequeño matiz – insisto- por muy razonable que parezca.

Por eso es que lo del sacerdote Fernando Montes y su empeño por dar un trato humanitario y civilizado a los enfermos terminales de Puntapeuco es particularmente digno de atención.

Probablemente en nuestros últimos 45 años deben ser los condenados de Puntapeuco los personajes más indeseables de nuestra historia reciente. Y, sin embargo, Montes insiste en darles a ellos – responsables de secuestros, torturas y asesinatos- un trato digno (no un indulto) en el ocaso de sus vidas.

El jesuita, otrora defensor de los derechos humanos de los perseguidos por la dictadura, hoy cruza a la acera contraria para pedir, con admirable consistencia,  el mismo resguardo para los derechos de los condenados por crímenes horrendos, superando nuestras lógicas de izquierdas y derechas y nuestros cerrados ghettos ideológicos.

Pero no solo cruza, sino que se adentra en sus vidas, los acompaña y levanta una voz firme por ellos, aún en medio del rechazo razonable de torturados, familiares de las víctimas y buena parte de los chilenos. Ha debido enfrentar duras críticas y emplazamientos.

Pero más allá de las legítimas posiciones que ha generado esta discusión, lo de Montes, y quiénes lo acompañan, es una raya sorprendente y necesaria en medio de las aguas fragmentadas, agresivas y beligerantes de nuestro Chile nuevo.

En el país de todos contra todos, donde cada uno defiende sus “verdades” con uñas y dientes, él levanta la mano en medio de una multitud azuzada y propone un alto al fuego para hablar de humanidad, dignidad y perdón, palabras que de tanto pelear hemos ido enterrando con la polvareda.

Más que enamorarse de una bandera, de una causa, de un partido o de una tendencia, propone llevar hasta el final lo que uno cree, sin miramientos ni cálculos de ningún tipo, arriesgando pellejo, prestigio y los sinsabores de un público rechazo.

Mariano Puga, sacerdote defensor de los derechos humanos, torturado y expulsado en dictadura, participó de la controvertida ceremonia ecuménica de perdón realizada esta mañana en Puntapeuco. Recibo correos y para muchos soy un traidor y dicen que me he olvidado de los desaparecidos y torturados. Sé en qué me meto, porque estamos en un Chile herido” – dijo, sabiendo que lo suyo también tiene un alto costo por entrar en la tierra de los miserables, donde no hay aplausos, ni reconocimiento, ni aprobación.

Y para terminar, Puga se pregunta, ¿En qué parada estamos nosotros? ¿Queremos un mundo nuevo y estamos dispuestos a correr los riesgos o somos víctimas y espectadores?”.

Una buena inquietud para darle vueltas y reflexionar. Feliz Navidad.

 


Por Matías Carrasco

 

 

 

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FIN DE AÑO

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Con el término del año, llegan las evaluaciones, los recuentos y las premiaciones. En las últimas reuniones de curso reconocen a los mejores y destacan a los de mayor desempeño, a los de un compañerismo a toda prueba y a quienes encarnan con entusiasmo y especial comportamiento el espíritu del colegio.

También, tras la publicación de los puntajes de la Prueba de Acceso a la Educación Superior (PAES), los medios de comunicación hacen notas especiales con los jóvenes más sobresalientes y en La Moneda los celebran con un nutrido y mediatizado desayuno.

Para cada uno de ellos y de ellas, niños y jóvenes, hay méritos de sobra para recibir estos reconocimientos. Detrás de ellos y sus familias hay historias de esfuerzo, talento y disciplina que merecen su premio. Por eso lo festejan con justa emoción, alegría y un tremendo orgullo.

Pero estas líneas no son, esta vez, para ellos. Estas líneas son para quiénes no han recibido su galardón y, quizás, nunca lo recibirán. Estas palabras están dirigidas a los de puntaje exiguo, a los de mediana o mala conducta, a los de problemas de sociabilización, a los de trastornos del desarrollo, a los disruptivos, a los inquietos, a los que desafían la autoridad, a los indomables, a los de déficit atencional, a los que no encajan, a los diferentes, a los que tanto cuesta tratar en las salas de clases. Para ellos mis insignificantes pero sinceras palabras de aliento.

La vida entera es una oportunidad inagotable que hay que navegar con tenacidad, responsabilidad e inteligencia. Nada tan importante se juega en una universidad, en un colegio de renombre o en un brillante trofeo. Seguramente muchos de ustedes libran a diario sus pequeñas o grandes luchas que otros ni conocen o dimensionan. Tampoco la sociedad les da un lugar especial. Pero son sus historias, sus caminos propios e inigualables, sus sueños y limitaciones, las que hay que valorar y sopesar.

Aún invisibles, aún sin diplomas que colgar en la pared, deben saber siempre que a las personas no se le mide en resultados. Es tan amplia la vida, es tan grande, es tan ambigua y serpentera, que es imposible abarcarla con indicadores y rankings, aunque insistamos en ello. En la dificultad, sobre todo en la dificultad, hay pasos que nadie escucha y que nadie premia, pero que pueden cambiar la historia de un niño, de un joven o de una familia entera. Y eso lo ve solo quién ha recorrido el mismo camino, las mismas frustraciones, la misma desesperanza y el mismo dolor. Para ellos, mi admiración.

No. Definitivamente no. El autoestima, la valoración de sí mismos y los pronósticos de su propio futuro no pueden nublarse por un reconocimiento esquivo o por no alcanzar los puntos necesarios para una carrera que recién inician. Para todos ustedes hay anuncios de primavera. Tal como lo decía el poeta Pablo Neruda al viejo y feo cactus de la costa, golpeado por las olas contra el roquerío: “donde estés, donde vivas, en la última soledad de este mundo, en el azote de la furia terrestre, en el rincón de las humillaciones, hermano, hermana, espera, trabaja firme con tu pequeño ser y tus raíces. Un día para ti, para todos, saldrá desde tu corazón un rayo rojo, florecerás también una mañana: no te ha olvidado, no, la primavera”.

Para ustedes. Para sus padres. Aguanten. Persistan. Crean. No los olvidará la primavera.


Por Matías Carrasco

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LA VIDA DE LOS OTROS

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En su libro «La utopía nazi», el historiador y cientista político, Gotz Aly, trata de explicar cómo el pueblo alemán pudo aceptar la utopía nazi basada en el exterminio y el racismo. «¿Cómo pudo suceder?” – se pregunta. Su tesis señala que el silencio o la indiferencia de la gente – tácita o inconscientemente – fue a cambio de un mayor bienestar económico, social y un aumento del nivel de vida de los alemanes.

Es decir, a mayor bienestar personal, mayor adhesión y lealtad al Estado benefactor.

Pienso en esto cuando veo y leo las contradictorias opiniones tras la muerte de Fidel Castro. Para algunos sigue siendo un héroe. Para la Presidenta un líder que luchó por la dignidad y la justicia social. Y para otros un dictador que engañó a su pueblo y asfixió las libertades civiles y políticas de la isla.

¿Qué puede marcar las diferencias entre unos y otros? ¿Cómo es posible transitar del cielo al infierno cuando hablamos de la misma persona y de la misma historia? Para mí la respuesta estaría, justamente,  en el beneficio.

Seguramente aquellos que se vieron, por una u otra razón, beneficiados por el régimen castrista lo adoran, lo defienden y lo seguirán añorando. Los que compartieron su ideología y su odio yankee,  los que festejaban en las grandes casas de La Habana, los que consiguieron algún cargo, los que hicieron negocios, los que recibieron buena salud y educación, los que fueron acogidos por su régimen, los que recibieron entrenamiento militar   o los que simplemente se enamoraron de los discursos y la figura de Fidel. Ellos y ellas, los beneficiados, lo seguirán adulando.

Y en Chile pasa lo mismo. Aquellos que defendieron y defienden la dictadura militar son también los que se vieron beneficiados de ella. Ya sea porque vieron restaurado el orden, por que hicieron riqueza, por que mejoraron sus condiciones, porque se acabaron las colas, porque les facilitó su carrera política, porque consiguieron un mejor trabajo, porque adherían al discurso antimarxista o porque también se enamoraron de la enigmática figura de Pinochet. Otra vez el beneficio.

Pero, ¿no es una obviedad todo lo que digo? ¿no es normal mostrar agradecimiento, apoyo o incluso lealtad a quién nos beneficia? Si, pero no a costa de la libertad y de la vida de los otros.

Los amantes de Fidel, los del beneficio, no vivieron la vida de los otros: de los cubanos ejecutados, de los oprimidos, de los exiliados, de los contrarrevolucionarios, de los acallados, de los que huyeron de la isla.

Y buena parte de los seguidores de Pinochet tampoco vivieron la vida de los chilenos expulsados, de los torturados, de los asesinados, de los desaparecidos y de sus familias.

Ni los unos ni los otros se imaginan lo que pasa al otro lado del beneficio, al otro lado del muro.

Quizás por eso es que las nuevas generaciones (a excepción de los de ideología pesada)  – que no lo vivieron y por tanto no tienen en sus retinas la frescura del beneficio- logran una mirada más libre y objetiva de ambas realidades y son capaces de llamar dictadura a la dictadura y condenarla, sea en la mitad del océano o en el ultimo rincón del mundo.


Por Matías Carrasco.

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