Estoy con usted. Ver a un niño de cinco años convertido en una niña es fuerte. Nadie puede quedar indiferente. No estamos acostumbrados a conocer realidades de este tipo y menos a verlas con nombre y apellido, con la carita despejada y a todo color. Y lo presenciamos por primera vez con la impactante historia de Andy, en el programa Contacto de Canal 13.
Sigo con usted. También es fuerte que una familia decida acceder al deseo de su hijo a ser tratado como una niña a tan temprana edad. Seguramente las preguntas que uno se hace sean las mismas que Andrea y Víctor, padres de Andy, también se hicieron y se siguen haciendo. ¿Habrán elegido el camino correcto? ¿No estarán exponiendo a su hijo a más burla y discriminación? ¿No era más prudente esperar a que Baltazar, el niño antes de Andy, tomara con más consciencia esa decisión?
Sí, tiene razón: todo esto le puede parecer extraño, poco común…pero es también tremendamente humano.
Los rostros de esos padres no hablaban precisamente de un capricho por ver a su niño entre polleras, aros y muñecas. Más bien había allí un hondo sufrimiento y el legítimo sueño de todo padre y madre por hacer a su hijo feliz.
Imagino que Víctor y Andrea nunca desearon un niño transgénero. Pero aun así, lo aceptaron. Contra todo prejuicio, lo abrazaron. Todavía con dudas, decidieron vivir la vida que su hijo quería con tanta fuerza vivir.
El dolor de esos padres se nota y el miedo por el futuro también. Dejar partir al pequeño Baltazar no debe ser fácil. Su madre hablaba de un duelo difícil de superar. Y tomar la decisión de llamarlo, educarlo y vestirlo derechamente como una niña, tampoco. Su padre reconocía llorando cuánto le dolió comprar su primer vestido, pero también comentaba con alegría como vio “levitar” a su hija de felicidad tras recibir el regalo. ¡Y vaya qué regalo!
No es gratis su elección. Y ellos, mejor que nadie, lo saben. No sólo Andy sino también toda su familia está expuesta hoy al juicio social y a la crítica de buena parte de los chilenos. Serán tema de conversación y materia de análisis en varias sobremesas. Serán blanco también de juicios morales y exclusión. Serán apuntados con el dedo en su paseo por el mall, la plaza o el vecindario.
Pero por alguna razón, sabiendo de todo esto, Víctor y Andrea han decidido seguir adelante. ¿Por qué? Quizás porque saben que lo mejor que pueden hacer por su hijo es quererlo tal cuál es, sin condiciones. Quizás porque entienden que la acogida y la aceptación que a Andy le costará tanto encontrar en su colegio o en la sociedad, ellos sí pueden dársela en su propia casa. Quizás porque intuyen, a falta de certezas, que una pieza rosada sea para su hijo el mayor gesto de amor. Al final, lo único cierto, es que Andy debe estar sintiendo el apoyo y la convicción de que no estará sola, ni ahora ni nunca. Y hay en eso una gran enseñanza.
Andy ha obligado a su familia y a nosotros a viajar hasta las fronteras del ser humano. Ese lugar donde aparecen historias al límite y casos que, más allá del bien o del mal, simplemente existen y debemos aprender a respetar.
¿Estará la familia de Andy en lo correcto? No lo sé. Habría que estar en su lugar. Pero por lo visto la noche del domingo, y evitando todo juicio, aparecieron ahí tremendos pedazos de amor, entrega, sacrificio, valentía y humanidad. Aunque nos cueste entenderlo.
Por Matías Carrasco.









