Un buen amigo me ha recomendado no escribir todavía. Que guarde prudencia. Que aún se sabe poco de la acusación, por lo que vale la pena esperar. Le agradezco el consejo. Pero basta ya de prudencia. Son varios los sacerdotes que han dejado su cabeza en la guillotina, que le han puesto el pecho a las balas y que han arriesgado su honra, su posición, su comodidad e incluso su propia vida por decir lo que piensan y lo que consideran justo. No los dejaremos solos ahora.
Los laicos no podemos seguir criticando a nuestra Iglesia desde la tribuna, viendo como otros arriesgan el pellejo en la cancha. Si de verdad queremos cambios, debemos asumir más protagonismo y levantar la voz con más fuerza y decisión. Si no lo hacemos, nadie lo hará por nosotros. Llegó la hora de despertar de la letanía.
Soy laico, formado por nuestra Iglesia chilena. La misma del Cardenal Ezzati y tantos otros. Desde niño, me enseñaron a un Dios misericordioso, compasivo y querendón. Un Dios de brazos largos, anchos y fuertes, capaces de abrazar a todos, sin diferencias. Un Dios que quiere como un padre a un hijo: lo educa, lo regaña, lo castiga, le raya la cancha, pero que al final del día, lo perdonará siempre. Un Dios que espera, con paciencia, el regreso del hijo que había perdido, disponiendo una gran fiesta para darle la bienvenida. Un Dios que nos eligió primero, con todas nuestras pifias. Un Dios que se hizo carne en Jesús, el valiente profeta que impidió el apedreamiento de una prostituta, aún cuando la ley de esos tiempos lo permitía. Un Jesús que abrazó a los leprosos de la época y que nos enseño a hacernos cargo y responsables de quién estaba herido y sangrando invisible al borde del camino. El Jesús de los pobres y marginados . Un Jesús que no dejó a nadie debajo de la mesa, ni siquiera a quién sabía que lo iba a traicionar. Un Jesús que se atrevió a desafiar las reglas de su tiempo a tal punto que fue finalmente humillado y clavado en la cruz.
No fui yo quién dibujó esa imagen de Dios. Fue la misma Iglesia quién me la regaló. Y es por eso que ahora, cuando Felipe Berríos, Mariano Puga y José Aldunate son motivo de revisión por parte del Vaticano, me siento engañado. O al menos, confundido por tanta insensatez. ¿No son ellos acaso un ejemplo vivo de ese Dios que se declara, canta y recita cada domingo en las Iglesias de nuestro país? ¿No han dedicado ellos su vida a quienes más sufren?
Ya lo he dicho antes. Me da la sensación de que aún sancionándolos, enviándolos a las mazmorras, atándoles un bozal o incluso expulsándolos más allá de las fronteras de nuestra Iglesia, no se acabará la rabia. No. Aún muerto el perro (en este caso, tres perros) la rabia no se terminará. A mi entender, Berríos, Puga y Aldunate son sólo la punta del iceberg de un puñado de católicos que añoran con esperanza una Iglesia más humana e inclusiva, aunque eso signifique revisar su doctrina. Y por eso muchos los siguen, los celebran y hoy los defienden, porque en el fondo de sus mensajes algo hace sentido.
Lo siento mi amigo. No pude esperar. La prudencia no es lo mío. Me pareció justo que Monseñor Ezzati y la Congregación de la Doctrina de la Fe sepan cuánto pesan estos tres sacerdotes para un montón de chilenos y católicos. No vaya a ser cosa que en unos treinta años más veamos a los mismos que hoy firman y apoyan esta denuncia – acusando a estos curas de progresistas o comunistas- repartiendo chapitas de un Berríos, Puga o Aldunate afuera de la Iglesia, hablando con propiedad de su ejemplo de vida y santidad. ¿Le suena?









