NI TAN PRO VIDA NI TAN PRO MUERTE

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Parto estas líneas celebrando el derecho de miles de chilenos de expresarse en contra del proyecto de ley del aborto terapéutico. Para muchas personas éste es un tema de primerísimo orden, donde se juega literalmente la vida y las convicciones más profundas de cada ser humano.

Asimismo, es bueno para Chile que la gente se movilice por sus propias causas, que levante banderas, que se organice y decida dejar su cómodo sillón de una tarde de domingo para salir a la calle y defender lo que consideran justo.

Es por eso que destaco las cartas al director, los debates que comienzan a aparecer en programas de televisión, las declaraciones de distintos movimientos y fundaciones contrarias al aborto, la opinión de médicos y especialistas, los testimonios de quienes han vivido estas situaciones en carne propia, los comentarios en las redes sociales y las marchas que, tarde o temprano, volverán a aparecer por nuestras avenidas.

Sin embargo, hay algo con lo que debiéramos tener cuidado y que se asoma con regularidad en esta discusión. Y es esa cierta arrogancia y autoridad moral que se instala desde quienes dicen “defender la vida” en contra de aquellos que buscarían “avalar un crimen” al apoyar el proyecto de ley.

¿Podemos catalogar de “pro vida” a quienes se oponen a la ley de aborto terapéutico? No. Al menos desde mi mirada la vida es mucho más que su concepción y alumbramiento. Hay todo un camino por delante donde esa misma vida debería ser defendida con la misma pasión, convicción y valentía. Y tengo la impresión de que son pocos, muy pocos, quiénes se dedican los 365 días del año a hacerlo y menos los que luchan todos los días por prevenir los abortos que ocurren a diario en Chile. Para el resto, colgarnos la chapa de “pro vida” sólo por mostrarnos contrarios al proyecto de ley, me parece presumido.

¿Y podemos catalogar de “pro muerte” a quienes apoyan el proyecto de ley? No. Es que no creo que quienes viven en carne propia un embarazo producto de una violación, clínicamente inviable o que pone en riesgo la vida de la madre y dudan,  sean “pro muerte”, sino más bien seres humanos que están en medio de una feroz encrucijada moral.

Imagino (aunque cuesta imaginárselo de verdad) el calvario que viven los protagonistas de situaciones como ésta. Cuando toda madre embarazada espera una fiesta, a muchas les toca un funeral. Lo de ellas es sencillamente una situación extrema, excepcional y horrorosa.

Y es por ellas que me quedo pensando. Y es por ellas que creo que esta discusión debe ser abordada con extremo cuidado y respeto. Imagino que esos padres ya tienen bastante con lo suyo, para además tener que bancarse la mirada acusadora de miles y miles de personas.

La vida no es blanca o negra, matices hay por montón. Y cuando esta discusión recién comienza, deberíamos evitar caer en la fácil práctica de encasillarnos en grupos “pro vida” y “pro muerte” o creernos mejores por levantar una bandera de lucha que, simplemente, no estamos ni cerca de conocer en toda su magnitud. Hay una gran tragedia en el medio que hay que saber pesar y empatizar.

Yo estoy en contra del aborto. Al final, cada uno fijará su posición, pero la invitación es a discutir en respeto y en voz baja, porque estamos en medio de un funeral.


Por Matías Carrasco.

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¿QUÉ ES VERDAD DE TODO LO QUE SE PUBLICA?

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No gustó. Sencillamente la designación del nuevo Obispo de Osorno, Juan Barros, encendió nuevamente las alarmas en algunos sectores de la Iglesia y de la sociedad ¿La razón? Su cercanía a Fernando Karadima (es uno de los cuatro Obispos formados por él) y las públicas acusaciones que le han achacado algunas de las víctimas del ex párroco de El Bosque.

Para que usted sepa, una vez conocida la noticia del nombramiento, las víctimas hicieron rápidamente sus descargos. James Hamilton acusó a Barros de destruir las primeras cartas de denuncia contra Karadima, y Juan Carlos Cruz señaló que el nuevo Obispo de Osorno “estaba parado al lado mío cuando Karadima nos tocaba y se besaba con él”.

Ha sido tanto el revuelo en Osorno, que ahora es un sacerdote de esa ciudad, Peter Kliegel, quién preocupado por la noticia envió una carta al Nuncio Apostólico de El Vaticano en Chile, solicitándole más información para entender una designación tan cuestionada en los medios de prensa. “¿Qué es verdad de todo lo que se publica?”– se pregunta.

Y nosotros, los laicos ¿debemos levantar la voz?

Usted tiene razón. Es difícil opinar cuando no se tienen todos los antecedentes y cuando uno no conoce con lujo de detalles lo que pasó en el círculo más cercano a Karadima. Por lo tanto, lo aconsejable sería guardar silencio y esperar a que “algo” ocurra o a que otros pongan el pellejo y asuman toda la carga.

De hecho, ¿no fue eso lo que hicimos la mayoría de los católicos cuando explotó el bullado caso Karadima? Pienso que, en buena medida, fue eso lo que hicimos. Ellos hicieron la denuncia, se expusieron (sus vidas y sus familias), asumieron los costos (de todo tipo) y generaron la caída de Karadima, y con él, una historia de abusos, desidia y poder. Hicieron un gran favor a la Iglesia y a Chile. Y nosotros – al menos la mayoría- vimos el caso por televisión, como mudos testigos, sin levantar la voz. A estas alturas pienso que los dejamos solos…bien solos.

Y es que no es bien visto, por un amplio sector de la Iglesia, que algunos católicos se atrevan a cuestionar públicamente parte de sus enseñanzas, prácticas o decisiones. Y de los que se aventuran, cada vez que lo hacen, se les acusa de generar daño o división. Por eso, no es de extrañar, que cuando aparecen dentro de nuestra Iglesia irregularidades, delitos o designaciones cuestionables (como ésta), los católicos no comentemos mucho. Es como si pudiésemos hablar de cualquier cosa, pero menos de los problemas que sucedan dentro de nuestra Iglesia amurallada. Raro ¿no? A mi juicio, una mirada equivocada y una actitud, si me lo permite, que no nos está haciendo bien.

Si es cierto eso de que la Iglesia somos todos, entonces todos tenemos derecho a “hacer” Iglesia. Y eso significa también opinar de la designación de nuestros líderes.

¿Debemos entonces levantar la voz? Por supuesto que si. Tal como lo hacemos sin miramientos cuando se trata del nombramiento de un Ministro o Subsecretario de Gobierno que está en entredicho por conflicto de intereses u otras razones, también los católicos deberíamos apropiarnos el mismo derecho para, al menos, preguntar a nuestras autoridades eclesiásticas por la designación del obispo Barros. ¿Es cierto lo que se dice en los medios de comunicación? ¿Tenía el Papa todos estos antecedentes a la hora de inclinarse por su nombre para Osorno? ¿es prudente nombrarlo Obispo, a pesar de tantas dudas?

Esta vez, no dejemos que sea sólo el cura de Osorno o los mismos de siempre quienes vuelvan a poner el pellejo. No es bueno dejarlos solos. Los laicos también tenemos algo que decir…y preguntar. Y en eso no hay engaño ni ánimos de división, sólo el genuino interés de “hacer” una mejor iglesia.

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LOS QUE NO EXTRAÑAMOS A BERRÍOS

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Desde hace algún tiempo que Felipe Berríos vive a varios kilómetros de Santiago, en La Chimba, uno de los campamentos con pobreza más extrema del norte de Chile. Ya han pasado varios meses desde su última y comentada intervención en el programa El Informante de TVN. Y de ahí no hemos escuchado nuevas declaraciones del jesuita. No al menos del calibre que nos tiene acostumbrados.

El sacerdote durante años disparó en contra de la elite. Sus duros cuestionamientos han apuntado a nuestros estilos de vida, nuestra prácticas y la forma en que nos educamos y nos relacionamos. Como pocos, este cura tiraba con fuerza del mantel y sacudía con ganas la alfombra, para dejar al descubierto cuestiones que nadie quería ventilar. Usted debe recordar la famosa “cota mil” o sus dichos sobre lo “lícito y lo inmoral” respecto a la construcción de clínicas en el sector alto de Santiago. Por eso saca ronchas. Por eso algunos no lo quieren.

Ni su casa, la propia Iglesia, se ha librado de su puntería. Y es que el cura no se arrugaba para poner en entredicho a la propia autoridad, obispos y cardenales, el magisterio y las formas de hacer Iglesia. Ha cuestionado su secretismo, su pompa, su liderazgo y algunas “verdades” que pocos sacerdotes se han animado a desafiar públicamente. “Los homosexuales son hijos de Dios. Él los creo homosexuales y lesbianas y Dios está orgulloso que lo sean” – dijo. Vaya bombita, ¿se acuerda?

Pero ya van varios meses que no escuchamos a Berríos. Y a juzgar por lo que hemos visto en el Chile del último tiempo, muchos no extrañamos al jesuita. Felizmente, ya no lo echamos de menos. Le explico.

Antes había que esperar una de sus entrevistas para que esta tranquila taza de leche agitara sus aguas, al punto de rebalsarse. Sus dichos eran siempre una novedad– al menos encendía la discusión- y comenzaba tras sus declaraciones un nutrido debate valórico sobre lo humano y lo divino. Para algunos Berríos sólo generaba daño y división. Para otros, era una señal de esperanza, porque expresaba lo que muchos pensaban y no se atrevían a decir.

Pero hoy las aguas ya están revueltas. Lo que antes comentaba Berríos en un programa de trasnoche o en alguna revista de fin de semana, otros lo dicen en otros medios, en otros canales y en otros formatos, todos los días. Por alguna razón, ya son varios “los Berríos” y no es necesario esperar a su próximo estreno para que comience la función. Son muchos los que se atribuyen el derecho a cuestionar lo que antes parecía incontrarrestable. Sacerdotes, laicos, twitteros, ateos, jóvenes y viejos se han sumado a la cruzada.

Y la elite – política, social, religiosa y económica- también ha hecho lo suyo para explicar el fenómeno. Los casos La Polar, Cascadas, Pentagate, el desprestigio de la política y abusos de toda índole, entre otros, han sumado al descrédito de este grupo que antes gozaba de un estatus especial y un poder a toda prueba. Y como su reputación va a la baja, lo que antes dictaban y predicaban, también. Se abrió entonces el espacio para cuestionar lo que antes ni si quiera poníamos en duda. Ya no hay reverencias a la autoridad. Y es bueno que así suceda.

Es cierto. A veces la crítica es injusta y desmedida. La indignación de muchos ayuda a que las formas no sean las más adecuadas. Pero imagino que es parte del aprendizaje. Con el tiempo iremos puliendo las palabras, la pasión y la manera de expresarnos.

Con todo, ya no es necesario esperar a que Berríos ventile buena parte de nuestros trapitos al sol. Otros ya lo están haciendo. Y por eso, simpatías aparte, ya no lo echamos de menos.

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A CHILE LE FALTA PERDÓN

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A Chile le falta perdón. Hace tiempo que no escuchamos por estos lados un arrepentimiento a secas. Es tal nuestra falta de costumbre y tan grande el miedo a equivocarnos, que los perdones ya no son los de antes.

Hoy se estudian, se planifican y acomodan. Se escribe un libreto, se lee una y otra vez, se analiza con asesores y abogados. Ninguna palabra saldrá de la boca sin haber sido antes sopesada y trabajada a más no poder. Por eso hoy los perdones son en conferencia de prensa, con discurso incluido, letra chica y sin aceptar preguntas. Sería una suerte de “perdón blindado”. No le entran balas, pero tampoco credibilidad y empatía. Por eso la gente ya está dejando de creer.

Escasean los perdones de otra época. Esos con la cara despejada, expresión compungida, frases entrecortadas, manos temblorosas y pecho a las balas. Esos perdones heroicos, dispuestos a perder si es necesario. Porque el perdón no calcula su impacto y su llegada. Y cuando aparece, sale como una catarsis, torpemente y sin amortiguadores. Por eso cuesta. Por eso duele. Por eso, lamentablemente, aparecen sólo de vez en cuando.

A Chile le falta perdón. No es bien visto hacerlo. No es aconsejable hoy mostrar debilidad. Mucho menos dejar entrever algún paso en falso. Si la embarró, si sabe en su fuero interno que no hizo las cosas bien…no importa. No se le ocurra por ningún motivo admitir el error, aunque sea “involuntario”.

Parece ser la historia de los últimos cuarenta años. Cuatro décadas llevamos ya enredados en nuestra propia reconciliación. Y vaya que ha costado encontrar palabras de perdón, de uno y otro lado. Y por no hacerlo, las heridas siguen abiertas hasta el día de hoy.

Así estamos. Es más rentable “no arrepentirse de nada” que admitir una caída. Y nos llenamos de valientes, orgullosos e infalibles hombres y mujeres que por no arrepentirse nunca de nada, nunca aprenden, nunca reflexionan, nunca cambian, nunca crecen y nunca permitirán que Chile mejore. El orgullo y la soberbia están ganando la batalla.

A Chile le falta perdón. Y no sólo a Ena y a sus amigos. A izquierdas y derechas,  a ministros, a parlamentarios, a “udistas” y comunistas, a sacerdotes, obispos, cardenales y laicos, a jueces, empresarios, famosos, padres e hijos, jefes y empleados, a usted y yo. A todos nos está faltando la humildad y el coraje de pedir perdón.

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EL AÑO DE LA ADOLESCENCIA

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Mucho se ha hablado del año que pasó. Y a juzgar por lo que uno ve desfilar por redes sociales, columnas y sobremesas de fin de semana, el diagnóstico no fue bueno. Se dice que la economía está paralizada, que los ánimos están crispados, el escenario político dividido y que tanta reforma está poniendo en riesgo el futuro del país. Se escucha que estamos cediendo terreno y que el desarrollo se nos escapa entre la punta de los dedos. Unos lo han denominado el año del desgaste y otros lo llamaron, sencillamente, el año de la mediocridad. Juzgue usted.

Pero déjeme hacer un alcance. A pesar de todo, aún con los peores vaticinios y con toda la polvareda levantada el 2014, me parece que no fue un mal año. Más que desgaste y mediocridad yo lo llamaría el año de la adolescencia, aunque sus primeros síntomas aparecieron a principios de esta década. Es tiempo de cambios, preguntas, rebeldía, despertar y búsqueda de la propia identidad ¿le suena?

Y la adolescencia no es buena ni mala, simplemente es un paso obligado para quién quiera transitar a la adultez… o al desarrollo. Le guste o no, es el costo que debemos pagar por querer ser mejores personas y un mejor país.

Y Chile tuvo el 2014 una buena cuota de hormonas. Fue el año donde gran parte de los chilenos se rebeló contra el status quo. Lo que hasta ahora parecía normal, hoy nos resulta inaceptable. Peleas más o peleas menos, ya nadie pone en duda la necesidad de hacer cambios profundos a la educación y otras materias. Y ese consenso es una buena noticia.

Lo importante es hacerlo bien. Y ahí seguimos entrampados. La tozudez y las desavenencias llegan también con esta etapa. Nuestras autoridades, Gobierno y oposición, deberían dar un ejemplo de unidad y sensatez. Una separación no es aconsejable para esta fase crucial del crecimiento.

Por su parte, las Cascadas, las colusiones y los Pentagate ya no pasan inadvertidos. Hasta la utilización de un palacio municipal para festejar al sobrino es motivo de alarma y reproche. Felizmente, ya no va quedando nada debajo de la alfombra.

Y las instituciones que antes nos cobijaban y adoctrinaban sin más, tampoco se salvaron del Chile adolescente. Hoy se levantan voces críticas desde la misma Iglesia Católica promoviendo vientos de cambio y prácticas más inclusivas y transparentes. La autonomía y el pensamiento crítico también llegan con la pubertad.

Asimismo, la discusión a plena luz del día de los temas valóricos y el avance de las minorías son parte del paisaje adolescente y su mirada abierta y acogedora. Los homosexuales que han debido lidiar con una larga historia de discriminación, hoy están a punto de anotarse un gran triunfo a la espera de la aprobación del AVP. Un justo ganador.

Con todo, ¿es esto bueno para Chile? Pienso que sí. Este 2014, aún con sus bemoles, tropiezos y economía a la baja, Chile despertó, reclamó y, en este sentido, también creció.

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SOMOS WINNERS: RECTIFICACIÓN

En relación a la columna que escribí hace algunos días con respecto al caso de Martín Larraín, quisiera hacer una breve aclaración:

  1. El escrito generó discusión en las redes sociales, recibiendo buenos, malos, medidos y desmedidos comentarios. Pero hubo un punto de vista, quizás el más minoritario, que me hizo pensar y querer rectificar sobre la columna. Y es que algunos planteaban que no era correcto cimentar mi reflexión sobre este único caso, atribuyendo culpabilidad a Martín Larraín, aún cuando los tribunales dictaron su absolución. Y tienen razón.
  1. Recojo el guante y asumo que me equivoqué en este punto, sin ser el centro ni el interés de mi reflexión. A la luz de la información pública con la que contamos gran parte de los chilenos en este proceso yo me formé una opinión. Sin embargo, y con la cabeza más fría, admito que eso no me da el derecho a presumir su culpabilidad, por muy extraño que me haya parecido el fallo. Martín Larraín también tiene derecho a que se presuma su inocencia. Lo pude haber planteado de otra forma.
  1. Tampoco mi interés era sumarme a la seguidilla de mensajes y comentarios destemplados que corrieron a toda velocidad por las redes sociales, sino más bien hacer una reflexión sobre las lecciones que nos dejaba este caso (y sus públicas repercusiones) a un sector de la sociedad. Pero es cierto también que no es sólo por este juicio puntual que en Chile se está incubando una sensación de impunidad e injusticia. Una nueva e equivocada imprecisión de mi parte.
  1. Por tanto, creo justo reconocer lo que a estas alturas me parece un error en el planteamiento de la columna y lamento que eso haya ensuciado el mensaje central que buscaba transmitir.
  2. Con todo, retiré la columna de circulación durante un par de semanas. Sin embargo, para que se entienda de qué estoy hablando y a solicitud de algunos respetuosos lectores,  repongo más abajo el escrito, sólo con pequeños ajustes en su tercer párrafo. El fondo se mantiene.

Esta rectificación que puede parecer a estas alturas impopular, tardía o innecesaria, nace por iniciativa propia y nadie me la ha pedido o me ha invitado a hacerla.

COLUMNA: SOMOS WINNERS

Vivo en Vitacura, la comuna más rica de Chile. Estudié en un colegio particular pagado, de los mejores del país, y mis hijos, por supuesto, también están matriculados en otro de los mejores. Me he hecho de un buen grupo de amigos, y con ello, también de una importante red de contactos. Tengo un trabajo estable, gano bien y disfruto de una vida sin mayores sobresaltos. Pertenezco al grupo de los privilegiados. Y en otros tiempos, podría haber sido yo Martín Larraín o uno de sus acompañantes la tarde del accidente.

Y por eso miro el comentado fallo del Tribunal de Cauquenes con pudor. Porque siento que, matices más o matices menos, soy parte del mismo grupo del hijo del Senador. Porque siento que la indignación de miles de chilenos apunta directamente en esta dirección. Porque creo que la rabia y desazón de la familia del fallecido me interroga y me interpela.

Más allá de este caso, se está incubando una peligrosa odiosidad en Chile ¿Por qué? En parte porque somos nosotros quienes, desde esta vereda, hemos ayudado a alimentar una cultura clasista, simplemente por no querer soltar la teta del privilegio y la seguridad.

Somos pocos, pero a pesar de la pequeña muestra, lo tenemos prácticamente todo asegurado. Gozamos de acceso a la salud privada, sin filas, sin esperas, con servicios de hotelería cinco estrellas. Nos educamos en colegios de elite, con los mismos de nuestra “especie”, sin nada ni nadie que altere el paisaje. Vivimos en las mismas comunas, en los mismos barrios. Compartimos los mismos servicios de alarma e intercambiamos los números de contacto de seguridad ciudadana, para sentirnos a salvo.

Estamos protegidos. Tanto, que incluso la justicia nos pasa por el lado.  Al menos es la sensación que va quedando, evidencia en mano, entre la gente. Y eso no es bueno, no es sano, no es justo, no es, si a alguien le importa a estas alturas, cristiano.

Somos winners. A pesar de tenerlo, lo queremos seguir teniendo todo e inventamos trampas y triquiñuelas para no ceder ni un solo centímetro de nuestra acomodada posición. Vea usted lo que pasa con los impuestos. No nos gusta pagarlos. Simplemente porque no lo encontramos “justo”. Entonces recurrimos a la vieja y generalizada práctica de crear sociedades con el único fin de eludir con elegancia la carga impositiva. Y así, ganamos de nuevo.

Hasta a las nanas les regateamos el sueldo. Ahí también aparece otra de esas malas prácticas, compartidas de generación en generación, de imponerles por el mínimo. Así no más. Ganamos otra vez.

Y cuando uno intenta hablar de estos temas, lo acusamos de resentido o de promover la lucha de clases. Y así triunfamos una vez más y evitamos tocar asuntos que no nos gusta ver porque nos incomodan , nos ponen en evidencia, nos muestran en nuestra cara el amargo sabor de la inconsistencia ¿Alguien podría hacerse el indiferente?

Debo reconocer que sospecho que este apacible nido, que este rincón de seguridades, debe comenzar a dar ciertas concesiones. Algo tiene que cambiar. Nosotros tenemos que cambiar. La sociedad ya no tiene aguante para seguir tolerando un desfile de decisiones injustas que siguen privilegiando a unos pocos. No podemos seguir siendo absueltos sin pagar ninguna consecuencia. De lo contrario, la convivencia entre unos y otros se hará cada vez más difícil, más hostil y violenta.

No sé cómo se hace. Pero hay prácticas que debemos dejar atrás. Miradas que debemos evitar. Murallas que tenemos que comenzar a demoler. Lenguajes que tenemos que cuidar y estilos de vida que revisar. Y lo más importante: entender que la única manera de crear una sociedad más justa es comenzar por ceder parte de nuestros privilegios…y aprender a perder. No hay otra salida.

Feliz Navidad (aunque hoy no sea para todos).

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CASO O´REILLY Y LA HORA DEL SERMÓN

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Cuando el Gobierno anuncia un proyecto de ley para despenalizar el aborto terapéutico en Chile, los católicos reaccionamos de inmediato. Ahí literalmente nos jugamos la vida, gastando todas las balas, sin miramientos de ningún tipo. Es la madre de todas las batallas.  Se organizan movilizaciones, marchas y nuestras autoridades eclesiasticas salen proactivamente a fijar su postura.

Cuando a un movimiento homosexual se le ocurre escribir un libro de un tal Nicolás y dos Papás y recomendar su lectura para niños de entre 4 y 6 años, también los católicos levantamos la voz. Condenamos duramente la conducta homosexual, la enmarcamos dentro del rango de la inmoralidad y fustigamos el intento del lobby gay por educar a nuestros hijos en la diversidad sexual.

Cuando se discute en el Congreso el proyecto de Acuerdo de Vida en Pareja o comienza a instalarse el debate por el matrimonio igualitario, laicos, curas y obispos también presentan sus reclamos. Levantan banderas en defensa de la familia e insisten en el carácter único e inequívoco de que el vínculo es entre un hombre y una mujer. No debemos confundirnos.

Y si un sacerdote se aventura a reflexionar sobre la conveniencia de revisar nuestra doctrina en temas de moral sexual a la luz de los nuevos tiempos, los católicos nos levantamos indignados, llenando de cartas la sección editorial del diario El Mercurio e invitando al “cura progre” a dejar esta Iglesia y construir su propio templo.

Incluso cuando otros presbíteros expresan públicamente opiniones que puedan parecer contrarias a la doctrina oficial de la Iglesia, algunos católicos entusiastas también reaccionan. Apuntan su disconformidad y hacen llegar su queja al mismísimo Nuncio Apostólico.

También, en el último tiempo los laicos hicieron guardia ante el Sínodo de Obispos realizado en Roma donde se discutieron temas referentes a la familia y se abrió la puerta para, al menos, conversar sobre la posibilidad de que separados vueltos a casar puedan comulgar. Ahí un buen número de católicos salió rápidamente al paso de los rumores para desmentir que había cambiado en algo la doctrina de la Iglesia y que esta reunión de obispos era sólo para reflexionar y en ningún caso para generar modificaciones a la “ley de Dios”. Estaban preocupados de que nada fuera a pasar.

Pero cuando un sacerdote es condenado por abuso de menores, los católicos no tenemos la misma reacción. No hay cartas al director, no hay marchas, no hay acusaciones al señor Nuncio. El silencio se instala, o más bien, sólo hacemos algunos comentarios en voz baja. Pero en ningún caso respondemos con el mismo ímpetu, las mismas ganas y la misma convicción. Más que condenas encendidas, reina una incómoda pasividad.

Soy católico y me parece justo que nuestra Iglesia y sus miembros abracen las causas que le parezcan. Cada uno está en su derecho de expresar su punto de vista y defender lo que consideran bueno para el hombre y la sociedad.

Lo que no me parece correcto es que utilicemos una vara larga, telescópica y puntuda para medir el pecado ajeno y ocupemos una varilla frágil y pequeña, casi imperceptible, para medir el propio.

Y no comento esto sólo por O´Reilly, sino por todos los que han pasado antes y los casos que vendrán en el futuro. Los católicos –principalmente los laicos- debemos reaccionar. Aún con el dolor que significa, debemos reaccionar. No es para hacer leña del árbol caído -como creen algunos-  sino más bien para reconocer que en nuestra propia casa se cometen delitos muchas veces más graves, muchísimo más graves, de los que acostumbramos a apuntar fuera de ella. Y eso nos convertirá, a fin de cuentas, en una Iglesia más humana, humilde y cuidadosa a la hora del sermón.

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UN ABORTO, UN FUNERAL

UN FUNERAL

Esta semana el caso de una niña de 13 años, violada y con un embarazo inviable volvió a instalar en la agenda pública la discusión de uno de los asuntos de la corta lista de los denominados “temas valóricos” más espinudos y acalorados que se puedan debatir: el aborto terapéutico.

Una vez oficializado el proyecto de ley- allá por el 21 de mayo- nuestras autoridades eclesiásticas salieron rápidamente a fijar su invariable postura:  “Los obispos de Chile lo hemos dicho muy claro, la vida es el valor fundamental y es el valor que hay que proteger en todos los ámbitos”- dijeron. Sacerdotes, monjas y laicos unidos en la misma cruzada.

Y si el rugido del aborto nos despertó es porque significa para la Iglesia, y tantos otros, un asunto valórico de primerísimo orden, incuestionable, incontrarrestable. Ahí literalmente nos jugamos la vida y vale la pena levantar la voz con fuerza y energía, gastando todas las balas, sin miramientos de ningún tipo. Es la madre de todas las batallas.  Y está bien querer dar esa dura pelea.

Estoy consciente que como católico debería sumarme a la corriente, escribir “si a la vida” en mi pecho y salir a marchar con entusiasmo en contra de la medida.

Pero…perdón. No puedo. Simplemente, no me nace. Y es aquí donde como católico flaqueo, dudo y muestro la hilacha. Más que marchar, me quedo confundido a un borde del camino…pensando.

Y no es que esté a favor del aborto. No, nada de eso. Es sólo que caigo en la tentación de ponerme en lugar de quién sí tiene la guitarra entre sus manos (como dice el dicho, otra cosa es con guitarra). Y me pongo en su pellejo.

Porque no creo que quienes viven en carne propia un embarazo producto de una violación, clínicamente inviable o que pone en riesgo la vida de la madre y dudan,  sean “pro muerte”, sino más bien seres humanos que están en medio de una feroz encrucijada moral.  Y yo, en sus zapatos, no sabría bien qué hacer.

Y si alguna de mis hijas fuera violada, ¿debería esperar de brazos cruzados para ver si el espermio del violador logra fecundar el óvulo de la víctima? ¿o correría de inmediato a la clínica más cercana para eliminar cualquier vestigio de esa brutal agresión, incluso la propia vida? Honestamente, creo que sería exactamente eso lo que haría. ¿No es eso un aborto o un asesinato en potencia? Me uniría entonces a quienes están hoy en el banquillo de los acusados. Dios me perdone.

Imagino (aunque cuesta imaginárselo de verdad) el calvario que viven los protagonistas de situaciones como ésta. Cuando toda madre embarazada espera una fiesta, a muchas les toca un “funeral”. Lo de ellas es sencillamente una situación extrema, excepcional y horrorosa.

Y es por ellas que me quedo pensando. Y es por ellas que creo que esta discusión debe ser abordada con extremo cuidado y respeto. Imagino que esos padres ya tienen bastante con lo suyo, para además tener que bancarse la mirada acusadora de miles y miles de personas.

La vida no es blanca o negra, matices hay por montón. Y cuando esta discusión recién comienza, deberíamos evitar caer en la fácil práctica de encasillarnos en grupos “pro vida” y “pro muerte” o creernos mejores por levantar una bandera de lucha que, simplemente, no estamos ni cerca de conocer en toda su magnitud. Hay una gran tragedia en el medio que hay que saber pesar y empatizar. Esa niña de 13 años y su familia lo deben saber muy bien.

Al final, cada uno fijará su posición, pero la invitación es a discutir en respeto y en voz baja, porque estamos en medio de un funeral.

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NICOLÁS, ORGULLO Y HOMOSEXUALIDAD

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Soy heterosexual. Siempre lo fui. Desde niño que me gustan las mujeres. Y mucho. Todavía me gustan. Aunque ya elegí la mía y soy feliz. Pero nunca me he sentido orgulloso por ser heterosexual. Siento orgullo por mis logros, por mi trabajo, por los obstáculos que he ido dejando en el camino, por la familia formada o por la casa propia. Pero no por ser heterosexual. No podría sentirlo porque nunca he hecho un esfuerzo por serlo. Nací así. Y donde no hay esfuerzo, no puede haber orgullo.

Imagino que para un homosexual debe ser distinto. Ellos y ellas si podrían sentir orgullo por su condición. El homosexual sí ha hecho esfuerzos por hacerse de un espacio en la sociedad y eso, le guste o no, tiene un mérito. A diferencia de uno, ellos sí han debido remar contra la corriente, aguantar el chaparrón, enfrentar la adversidad, soportar el bullyng, vivir el rechazo y la exclusión. Y todo por tener una orientación sexual diferente a la mayoría.

Por un rato me pongo en su lugar. Imagino que desde muy pequeños, en el colegio, comienza una historia difícil, de burlas y humillación en masa. Yo también participé de esa barbarie.

Imagino por un instante lo que debe ser la adolescencia y comenzar a reconocerse distinto al resto en una sociedad mayoritariamente conservadora, machista y que castiga con fiereza la diferencia. Pienso en el miedo y en la angustia que podrían llegar a sentir.

Vuelvo a ponerme en sus zapatos. Imagino ahora el momento de asumir su condición. Lo que coloquialmente llamamos “salir del closet”. El enfrentar a sus familias, a sus amigos, a su entorno social. Sentir que decepcionan, que no son necesariamente los que sus padres soñaron para ellos y ellas y deber cargar muchas veces con la incomprensión o la desilusión de quienes más quieren.

Pienso también en los espacios de acogida. La Iglesia debía ser un lugar para ellos. Pero ahí tampoco han sido recibidos con todas las de la ley. Al menos no quienes deciden vivir su sexualidad a plenitud. Ellos quedan debajo de la mesa. Imagino ahora el sentimiento de culpa y marginación que deben evidenciar. Ahí, donde son todos bienvenidos, ellos no lo son del todo.

Y en fin. No vaya a pensar usted que está frente a un hombre de mente abierta y de un progresismo a toda prueba. No. Estaría usted en un error. Honestamente no sé si saldría a comprar el libro de Nicolás para leerlo esta noche junto a mis hijos de 6 y 4 años. Tampoco sabría con toda claridad si estoy de acuerdo con la adopción para familias homoparentales. Estoy abierto, informándome, conversando, para fijar una postura.

De lo que sí estoy convencido es que los homosexuales merecen todo mi respeto y aceptación. Y aunque no los conozco a todos – muy pocos en realidad- todo quién sufre injustamente es para mi motivo de admiración y orgullo. Y desde esa mirada se hace mucho más fácil abrir espacios de inclusión en nuestra sociedad.

No sé si es Nicolás y sus dos papás la manera más idónea o si serán otras las formas más adecuadas de hacerlo, pero pienso que tenemos el deber de formar a nuestros hijos en la diversidad, mostrándoles que es bueno ser diferente y que hay más de un camino para llegar a Roma, para llegar a Dios, para amar y para ser familia. Eso sí me pondría orgulloso.

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BERRÍOS, PUGA Y ALDUNATE: CHAPITAS DE SANTIDAD

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Un buen amigo me ha recomendado no escribir todavía. Que guarde prudencia. Que aún se sabe poco de la acusación, por lo que vale la pena esperar. Le agradezco el consejo. Pero basta ya de prudencia. Son varios los sacerdotes que han dejado su cabeza en la guillotina, que le han puesto el pecho a las balas y que han arriesgado su honra, su posición, su comodidad e incluso su propia vida por decir lo que piensan y lo que consideran justo. No los dejaremos solos ahora.

Los laicos no podemos seguir criticando a nuestra Iglesia desde la tribuna, viendo como otros arriesgan el pellejo en la cancha. Si de verdad queremos cambios, debemos asumir más protagonismo y levantar la voz con más fuerza y decisión. Si no lo hacemos, nadie lo hará por nosotros. Llegó la hora de despertar de la letanía.

Soy laico, formado por nuestra Iglesia chilena. La misma del Cardenal Ezzati y tantos otros. Desde niño, me enseñaron a un Dios misericordioso, compasivo y querendón. Un Dios de brazos largos, anchos y fuertes, capaces de abrazar a todos, sin diferencias. Un Dios que quiere como un padre a un hijo: lo educa, lo regaña, lo castiga, le raya la cancha, pero que al final del día, lo perdonará siempre. Un Dios que espera, con paciencia, el regreso del hijo que había perdido, disponiendo una gran fiesta para darle la bienvenida. Un Dios que nos eligió primero, con todas nuestras pifias. Un Dios que se hizo carne en Jesús, el valiente profeta que impidió el apedreamiento de una prostituta, aún cuando la ley de esos tiempos lo permitía. Un Jesús que abrazó a los leprosos de la época y que nos enseño a hacernos cargo y responsables de quién estaba herido y sangrando invisible al borde del camino. El Jesús de los pobres y marginados . Un Jesús que no dejó a nadie debajo de la mesa, ni siquiera a quién sabía que lo iba a traicionar. Un Jesús que se atrevió a desafiar las reglas de su tiempo a tal punto que fue finalmente humillado y clavado en la cruz.

No fui yo quién dibujó esa imagen de Dios. Fue la misma Iglesia quién me la regaló. Y es por eso que ahora, cuando Felipe Berríos, Mariano Puga y José Aldunate son motivo de revisión por parte del Vaticano, me siento engañado. O al menos, confundido por tanta insensatez. ¿No son ellos acaso un ejemplo vivo de ese Dios que se declara, canta y recita cada domingo en las Iglesias de nuestro país? ¿No han dedicado ellos su vida a quienes más sufren?

Ya lo he dicho antes. Me da la sensación de que aún sancionándolos, enviándolos a las mazmorras, atándoles un bozal o incluso expulsándolos más allá de las fronteras de nuestra Iglesia, no se acabará la rabia. No. Aún muerto el perro (en este caso, tres perros) la rabia no se terminará. A mi entender, Berríos, Puga y Aldunate son sólo la punta del iceberg de un puñado de católicos que añoran con esperanza una Iglesia más humana e inclusiva, aunque eso signifique revisar su doctrina. Y por eso muchos los siguen, los celebran y hoy los defienden, porque en el fondo de sus mensajes algo hace sentido.

Lo siento mi amigo. No pude esperar. La prudencia no es lo mío. Me pareció justo que Monseñor Ezzati y la Congregación de la Doctrina de la Fe sepan cuánto pesan estos tres sacerdotes para un montón de chilenos y católicos. No vaya a ser cosa que en unos treinta años más veamos a los mismos que hoy firman y apoyan esta denuncia – acusando a estos curas de progresistas o comunistas-  repartiendo chapitas de un Berríos, Puga o Aldunate afuera de la Iglesia, hablando con propiedad de su ejemplo de vida y santidad. ¿Le suena?

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