UN INCENDIO SIN FIN

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Los incendios han iluminado a buena parte de Chile. Pero también han dado luz a lo que realmente somos.

El problema es serio. Se habla de la mayor emergencia de este tipo en la historia del país. La Conaf ha señalado que de un total de 131 siniestros, 53 han sido controlados, 55 se encuentran en combate y 23 han sido extinguidos. Más de 270.000 hectáreas han sido quemadas. Flora y fauna han muerto en una tierra prendida por quién sabe qué, por quién sabe quién. Viviendas y pueblos enteros han sido arrasados también por las llamas. Y lo más lamentable, la pérdida de vidas que lucharon por salvar otras vidas y otras tierras, sin conocer de ante mano sus historias. De pura entrega, gratuita como es la verdadera entrega, dejaron valientemente de existir. Ellos nos traen la esperanza.

Durante estos últimos años nos hemos quejado del nivel de nuestra clase política, dirigente y empresarial. Hemos apuntado, con justificada razón y evidencia concreta, contra nuestras instituciones y autoridades. Se les ha acusado de incompetencia, faltas a la ética y a la responsabilidad. Con facilidad, a varios les llaman ladrones, delincuentes, mentirosos, oportunistas y aprovechadores.

Pero el fuego que prende el infierno de Chile ha mostrado con claridad el otro lado de la moneda. Ese espacio donde habita la tribuna, los espectadores de siempre, los testigos de todo y de todos, los que avivamos la cueca, los de moral ejemplar, los que estamos ahí, a sol y sombra, listos para dar nuestros veredictos.

Las llamaradas nos alumbran. Sobre nuestras cabezas cae el calor, las cenizas y también la luz que ilumina, esta vez, nuestro propio espectáculo. Y así como queman las llamas, también queman las palabras. Basta darse una vuelta por las redes sociales, conversaciones en whatsapp y sobremesas de un día cualquiera, para conocer el nivel de quiénes vivimos en este lado del mundo.

Entiendo la desesperación, la impotencia y el miedo ante un fuego amenazante. Pero me asombra la irresponsabilidad y la insensatez de tanta cosa que se dice con vehemencia y odiosidad. Que la presidenta renuncie, que Piñera salga en su helicóptero a tirar agua, que la culpa la tienen las forestales o que son mapuches y colombianos los que tramaron este infierno. Se comparten videos de años atrás como si fueran recientes y cada cual, como un improvisado experto, saca apresuradas conclusiones. Y cuándo uno va en busca de argumentos, mayoritariamente solo encuentra respuestas titubeantes, sin contenidos que avalen opiniones destempladas que ya prendieron, otra vez, la pradera.

Querámoslo o no, en nuestras butacas también hay oportunismo, aprovechamiento, irresponsabilidad, mentiras y faltas graves a la rigurosidad y la ética. Y funcionan de un lado y del otro, dependiendo de quién queramos ver caer. No es solo nuestra elite quién ha dado muestras de debilidad, sino también nosotros que con nuestros juicios – y sobre todo pre juicios- intentamos apagar el fuego con bencina.

De todo lo que se ha dicho me quedo con las palabras de Marianne Müller, una mujer que ha combatido el incendio en terreno y comentó que “el fuego no se apaga con críticas ni agresiones. Se apaga con coraje, unidad, agua, recursos, organización y solidaridad. Con visión generosa y obsesiva por el bien común”.

Sugiero esperar, ayudar en lo que se pueda y traer calma. Luego será la Fiscalía, los especialistas y las autoridades pertinentes las encargadas de definir, con pruebas en mano, las responsabilidades de un incendio sin fin.


Por Matías Carrasco.

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LOS MISERABLES

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Es difícil ponerse del lado de los indeseables. Sobre todo en un país y en una época donde nos hemos acostumbrado a etiquetar con cuestionable y dudosa moral a quienes deben ser crucificados y diferenciarlos del resto: los buenos, los correctos, los que llenan de likes y aprobaciones las redes sociales.

Hace un rato ya que en Chile se ha instalado una suerte de juicio público –a ratos liviano y simplón- que es benevolente con las corrientes y tendencias de moda, pero lapidario con quién plantee alguna opinión en sentido contrario, por muy razonable que ésta sea. Nadie está muy dispuesto a escuchar, indagar o hacer un doble click. Más bien arrecian los insultos y las descalificaciones apenas se asoma un contrapunto.

Por eso siempre será mejor negocio ponerse del lado de «los justos» que del lado de «los miserables». Haga el ejercicio. Tendrá buen rating si las empalma contra las AFP, las isapres, el sistema, los empresarios, los políticos, los curas, las tareas, el rodeo o el Alto Maipo, pero le aseguro piedrazos y un abucheo en masa si osa ponerse en la vereda del frente, esbozar una diferencia o un pequeño matiz – insisto- por muy razonable que parezca.

Por eso es que lo del sacerdote Fernando Montes y su empeño por dar un trato humanitario y civilizado a los enfermos terminales de Puntapeuco es particularmente digno de atención.

Probablemente en nuestros últimos 45 años deben ser los condenados de Puntapeuco los personajes más indeseables de nuestra historia reciente. Y, sin embargo, Montes insiste en darles a ellos – responsables de secuestros, torturas y asesinatos- un trato digno (no un indulto) en el ocaso de sus vidas.

El jesuita, otrora defensor de los derechos humanos de los perseguidos por la dictadura, hoy cruza a la acera contraria para pedir, con admirable consistencia,  el mismo resguardo para los derechos de los condenados por crímenes horrendos, superando nuestras lógicas de izquierdas y derechas y nuestros cerrados ghettos ideológicos.

Pero no solo cruza, sino que se adentra en sus vidas, los acompaña y levanta una voz firme por ellos, aún en medio del rechazo razonable de torturados, familiares de las víctimas y buena parte de los chilenos. Ha debido enfrentar duras críticas y emplazamientos.

Pero más allá de las legítimas posiciones que ha generado esta discusión, lo de Montes, y quiénes lo acompañan, es una raya sorprendente y necesaria en medio de las aguas fragmentadas, agresivas y beligerantes de nuestro Chile nuevo.

En el país de todos contra todos, donde cada uno defiende sus “verdades” con uñas y dientes, él levanta la mano en medio de una multitud azuzada y propone un alto al fuego para hablar de humanidad, dignidad y perdón, palabras que de tanto pelear hemos ido enterrando con la polvareda.

Más que enamorarse de una bandera, de una causa, de un partido o de una tendencia, propone llevar hasta el final lo que uno cree, sin miramientos ni cálculos de ningún tipo, arriesgando pellejo, prestigio y los sinsabores de un público rechazo.

Mariano Puga, sacerdote defensor de los derechos humanos, torturado y expulsado en dictadura, participó de la controvertida ceremonia ecuménica de perdón realizada esta mañana en Puntapeuco. “Recibo correos y para muchos soy un traidor y dicen que me he olvidado de los desaparecidos y torturados. Sé en qué me meto, porque estamos en un Chile herido” – dijo, sabiendo que lo suyo también tiene un alto costo por entrar en la tierra de los miserables, donde no hay aplausos, ni reconocimiento, ni aprobación.

Y para terminar, Puga se pregunta, “¿En qué parada estamos nosotros? ¿Queremos un mundo nuevo y estamos dispuestos a correr los riesgos o somos víctimas y espectadores?”.

Una buena inquietud para darle vueltas y reflexionar. Feliz Navidad.

 


Por Matías Carrasco

 

 

 

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FIN DE AÑO

primavera

Con el término del año, llegan las evaluaciones, los recuentos y las premiaciones. En las últimas reuniones de curso reconocen a los mejores y destacan a los de mayor desempeño, a los de un compañerismo a toda prueba y a quienes encarnan con entusiasmo y especial comportamiento el espíritu del colegio.

También, tras la publicación de los puntajes de la Prueba de Acceso a la Educación Superior (PAES), los medios de comunicación hacen notas especiales con los jóvenes más sobresalientes y en La Moneda los celebran con un nutrido y mediatizado desayuno.

Para cada uno de ellos y de ellas, niños y jóvenes, hay méritos de sobra para recibir estos reconocimientos. Detrás de ellos y sus familias hay historias de esfuerzo, talento y disciplina que merecen su premio. Por eso lo festejan con justa emoción, alegría y un tremendo orgullo.

Pero estas líneas no son, esta vez, para ellos. Estas líneas son para quiénes no han recibido su galardón y, quizás, nunca lo recibirán. Estas palabras están dirigidas a los de puntaje exiguo, a los de mediana o mala conducta, a los de problemas de sociabilización, a los de trastornos del desarrollo, a los disruptivos, a los inquietos, a los que desafían la autoridad, a los indomables, a los de déficit atencional, a los que no encajan, a los diferentes, a los que tanto cuesta tratar en las salas de clases. Para ellos mis insignificantes pero sinceras palabras de aliento.

La vida entera es una oportunidad inagotable que hay que navegar con tenacidad, responsabilidad e inteligencia. Nada tan importante se juega en una universidad, en un colegio de renombre o en un brillante trofeo. Seguramente muchos de ustedes libran a diario sus pequeñas o grandes luchas que otros ni conocen o dimensionan. Tampoco la sociedad les da un lugar especial. Pero son sus historias, sus caminos propios e inigualables, sus sueños y limitaciones, las que hay que valorar y sopesar.

Aún invisibles, aún sin diplomas que colgar en la pared, deben saber siempre que a las personas no se le mide en resultados. Es tan amplia la vida, es tan grande, es tan ambigua y serpentera, que es imposible abarcarla con indicadores y rankings, aunque insistamos en ello. En la dificultad, sobre todo en la dificultad, hay pasos que nadie escucha y que nadie premia, pero que pueden cambiar la historia de un niño, de un joven o de una familia entera. Y eso lo ve solo quién ha recorrido el mismo camino, las mismas frustraciones, la misma desesperanza y el mismo dolor. Para ellos, mi admiración.

No. Definitivamente no. El autoestima, la valoración de sí mismos y los pronósticos de su propio futuro no pueden nublarse por un reconocimiento esquivo o por no alcanzar los puntos necesarios para una carrera que recién inician. Para todos ustedes hay anuncios de primavera. Tal como lo decía el poeta Pablo Neruda al viejo y feo cactus de la costa, golpeado por las olas contra el roquerío: “donde estés, donde vivas, en la última soledad de este mundo, en el azote de la furia terrestre, en el rincón de las humillaciones, hermano, hermana, espera, trabaja firme con tu pequeño ser y tus raíces. Un día para ti, para todos, saldrá desde tu corazón un rayo rojo, florecerás también una mañana: no te ha olvidado, no, la primavera”.

Para ustedes. Para sus padres. Aguanten. Persistan. Crean. No los olvidará la primavera.


Por Matías Carrasco

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LA VIDA DE LOS OTROS

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En su libro «La utopía nazi», el historiador y cientista político, Gotz Aly, trata de explicar cómo el pueblo alemán pudo aceptar la utopía nazi basada en el exterminio y el racismo. «¿Cómo pudo suceder?” – se pregunta. Su tesis señala que el silencio o la indiferencia de la gente – tácita o inconscientemente – fue a cambio de un mayor bienestar económico, social y un aumento del nivel de vida de los alemanes.

Es decir, a mayor bienestar personal, mayor adhesión y lealtad al Estado benefactor.

Pienso en esto cuando veo y leo las contradictorias opiniones tras la muerte de Fidel Castro. Para algunos sigue siendo un héroe. Para la Presidenta un líder que luchó por la dignidad y la justicia social. Y para otros un dictador que engañó a su pueblo y asfixió las libertades civiles y políticas de la isla.

¿Qué puede marcar las diferencias entre unos y otros? ¿Cómo es posible transitar del cielo al infierno cuando hablamos de la misma persona y de la misma historia? Para mí la respuesta estaría, justamente,  en el beneficio.

Seguramente aquellos que se vieron, por una u otra razón, beneficiados por el régimen castrista lo adoran, lo defienden y lo seguirán añorando. Los que compartieron su ideología y su odio yankee,  los que festejaban en las grandes casas de La Habana, los que consiguieron algún cargo, los que hicieron negocios, los que recibieron buena salud y educación, los que fueron acogidos por su régimen, los que recibieron entrenamiento militar   o los que simplemente se enamoraron de los discursos y la figura de Fidel. Ellos y ellas, los beneficiados, lo seguirán adulando.

Y en Chile pasa lo mismo. Aquellos que defendieron y defienden la dictadura militar son también los que se vieron beneficiados de ella. Ya sea porque vieron restaurado el orden, por que hicieron riqueza, por que mejoraron sus condiciones, porque se acabaron las colas, porque les facilitó su carrera política, porque consiguieron un mejor trabajo, porque adherían al discurso antimarxista o porque también se enamoraron de la enigmática figura de Pinochet. Otra vez el beneficio.

Pero, ¿no es una obviedad todo lo que digo? ¿no es normal mostrar agradecimiento, apoyo o incluso lealtad a quién nos beneficia? Si, pero no a costa de la libertad y de la vida de los otros.

Los amantes de Fidel, los del beneficio, no vivieron la vida de los otros: de los cubanos ejecutados, de los oprimidos, de los exiliados, de los contrarrevolucionarios, de los acallados, de los que huyeron de la isla.

Y buena parte de los seguidores de Pinochet tampoco vivieron la vida de los chilenos expulsados, de los torturados, de los asesinados, de los desaparecidos y de sus familias.

Ni los unos ni los otros se imaginan lo que pasa al otro lado del beneficio, al otro lado del muro.

Quizás por eso es que las nuevas generaciones (a excepción de los de ideología pesada)  – que no lo vivieron y por tanto no tienen en sus retinas la frescura del beneficio- logran una mirada más libre y objetiva de ambas realidades y son capaces de llamar dictadura a la dictadura y condenarla, sea en la mitad del océano o en el ultimo rincón del mundo.


Por Matías Carrasco.

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HOMBRES DE VERDAD

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Desde muy niños nos han enseñado a hacernos hombres. Porque un macho no nace, ¡se hace! La exigencia es cultural, ancestral y el grito se escucha fuerte y en todas direcciones: ¡hazte hombre! Y hacerse hombre no es cualquier cosa. Para ser un alfa debemos cumplir con las tablas de la ley.

Lo primero es no llorar. Un hombre nunca debe mostrar debilidad. Por algo somos el sexo fuerte y no nos está permitido botar una lágrima, aunque tengamos la tiroides estrangulada por el nudo que aprieta fuerte la garganta. Por eso es que usted ve raramente a un hombre llorar. Por eso es que cuando ocurre, sólo de vez en cuando, emociona.

Otra cosa es demostrar siempre poder. Si tiene plata, muéstrela. Si tiene un cargo, hágalo notar. Si logró un buen título, cuélguelo en la pared. Y si no tiene nada de eso, un buen auto también lo empodera. Pero el alfa, como sea, debe ser un cabrón. Hemos sido formados para competir, exhibir pergaminos y sentirnos siempre surfeando en la cresta de la ola.

Lo tercero es ser un toro en la cama. Porque la virilidad está en el sexo y lo que llevamos colgando entre las piernas. Nacimos para ser un semental. Los más machos, putean. Los infieles suben a otra categoría. Y como un acuerdo implícito, los hombres no fallamos sobre el colchón. Por eso escuchará siempre historias de heroísmo entre las sábanas y nunca confesiones de derrota, ansiedad y frustración. Nunca nos mostramos en pelota.

El hombre bien hombre es rudo. Ante todo debe estar bien preparado para la pelea. A golpes deberá defender su territorio. No está permitido flaquear y mucho menos tener miedo. Siempre hay que demostrar fuerza y valentía. Si no la tiene, el alcohol puede ayudarle a suplir todos sus defectos.

Pero estamos en problemas. El lastre de tantos años nos tiene realmente enfermos. El llanto acumulado, la vulnerabilidad disfrazada, las mentiras en la cama y nuestra obsesión por el podio nos convirtió en seres disociados, lejos de lo que somos realmente. Basta ver a un hombre con fiebre para saber que somos frágiles como la escarcha.

En tiempos donde las mujeres marchan y levantan la voz, debemos ponernos a la altura y hacernos realmente hombres: honestos, miedosos, sensibles, frustrados, inseguros, ansiosos y llorones. Hombres delicados, cariñosos, capaces de tratar con suavidad. Hombres que acompañen, que empaticen y contengan. Hombres que acaricien. Hombres femeninos. Hombres de verdad.


Por Matías Carrasco.

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EL MIEDO

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Chile tiene miedo. La diferencia nos tiene aterrorizados. Tal como en el cuento de Hans Christian Andersen, no aceptamos al patito feo…ni al patito gay, ni al patito pobre, ni al patito migrante, ni a nadie que parezca distinto. Hoy nos escandalizamos con las muertes en el Sename, pero si somos honestos nunca los quisimos ver. En décadas el miedo los hizo invisibles. ¿O nos vamos a escandalizar también cuando nos cuenten que en las cárceles de Chile se drogan, se viola, se mata y se vive hacinado y en condiciones inhumanas? A ellos también les tenemos miedo.

Los mal llamados progresistas parecen más abiertos a la diversidad. Pero no es cierto. Solo abrazan banderas que flamean con onda y estilo, pero basta que aparezca una opinión más tradicional para que la hagan añicos. Y eso no es precisamente respeto a la diversidad.  Así acaba de pasar con la carta de los mineros publicada en El Mercurio en contra del proyecto de despenalización del aborto en tres causales. ¿No tienen ellos derecho a expresar su opinión aunque a usted no le parezca?

Y los etiquetados como conservadores también tienen lo suyo. Tan anclados están en la tradición que cualquier punto divergente será siempre tomado como una amenaza. Y donde hay amenaza huele a peligro. Y donde existe el peligro convive también el miedo. Y asustados se hace imposible incorporar la diferencia. Por eso importará más defender la tradición, la norma y la doctrina,  que  abrirnos a entender las honduras  e insospechados caminos del ser humano.

Hace días dos hermanos homosexuales fueron atacados brutalmente en la mitad de la noche. Su madre dijo: “siempre esperé esa llamada”. Ella sabía que vivía en un país que no soporta la diferencia. Intuía que tarde o temprano un grupo de cobardes y maricones saldrían a la calle para castigar a un joven distinto, amanerado, que de niño prefirió el rosa a los colores convencionales reservados solo para los machos. El diferente, literalmente, quiso ser aniquilado.

Chile y todos debemos dar un paso adelante y tratar nuestras diferencias con respeto y valentía. No es posible que personas sigan siendo violentadas por su condición  sexual o su color de piel o que otros sean acallados y troleados en redes sociales simplemente por dar una opinión distinta a la mayoría.

En la diversidad está la riqueza, la originalidad y la creatividad. Pensar igual, creer igual, vivir igual, votar igual, opinar igual, no es solo sospechoso,  sino también una verdadera y soberana lata.

Al final del cuento, el patito feo se convierte en un hermoso cisne y pudo regresar feliz a la misma comunidad que lo había expulsado. Yo hubiese preferido otro desenlace. Que el pato haya sido feo hasta la muerte y aún así hubiera sido aceptado y querido por los demás pajarracos. De nosotros depende cambiar esta historia.


Por Matías Carrasco.

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UN INFARTO AL ALMA

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Camino todos los días de mi casa a la oficina y viceversa. Son treinta minutos a paso tranquilo, acompañado de buena música. Algunos amigos me han preguntado por qué no hacerlo en bicicleta. ¿Para qué caminar si es más rápido en dos ruedas? Y esto que parece una simple inquietud, es para mi un síntoma de lo que el ensayista y filósofo coreano, Byung-Chul Han ha denominado la sociedad del rendimiento. Avanzar con velocidad. Cumplir. Romper récords.

Otros ya han escrito sobre esto, pero el interés sobre el tema y su impacto en nuestra vida diaria, me anima a hacer mi propia reflexión.

Chile está inmerso también en esta misma lógica. Y ya son varias las generaciones que han sido formadas para rendir y destacar por su buen desempeño. Lo llevamos en el chip. Sin darnos cuenta está grabado en nuestro adn cultural. Por eso desde muy pequeños nos exigen y exigimos dejar de gatear, caminar a tiempo, pronunciar palabras, hilar frases y dejar atrás los sucios pañales. Y mientras antes suceda, mejor.

Aún siendo niños nos someten y sometemos a exámenes para medir nuestras competencias a las puertas de la etapa escolar ¡A los cuatro años! Y ahí estamos, nerviosos, ansiosos, dándolo todo para que nuestros hijos entren al colegio que, esperamos, nos augure una vida de buenos resultados.

Y comienzan las calificaciones. Ahora importa pintar dentro del círculo, aprender a escribir, luego en bailarina, comenzar a leer y ojalá de corrido. Y si no lo logramos, nos piden y aceptamos refuerzo escolar para que el mocoso nos se nos vaya a quedar atrás. Comenzó, hace rato, la carrera.

Y más tarde las miradas están puestas en la PSU y los rankings de los mejores puntajes, de los mejores colegios, de las mejores universidades. Los diarios, noticieros y matinales cubren su agenda con los testimonios de los de mejor desempeño y el Presidente de turno invitará a un nutrido desayuno en La Moneda a quienes obtuvieron puntuación nacional.   En la sociedad del rendimiento, llegar a lo más alto, tiene su premio.

Y ya de adultos la cosa no cambia. Los de agenda apretada, los 24/7 y los “no tengo tiempo”, gozan de estatus y dudosa importancia. Sabrosos bonos están indexados a nuestro desempeño y las metas a nuestra capacidad de producción. Otra vez la sociedad del rendimiento. E incluso lo que con esfuerzo ganamos, lo hacemos rendir con la esperanza de abultar el turro y verlo crecer. Invertir es la consigna.

Y cuando llega el tiempo libre, no sabemos muy bien qué hacer. Más bien no podemos “dejar de hacer”. También tenemos una agenda que cumplir. No es bien mirado el ocio, “mirar el techo” o “tirarse” en la cama a  descansar. Que las tareas de la casa, que los compromisos sociales, que las actividades de los niños. Y cuando providencialmente aparece un “tiempo muerto”, con sospechosa inercia nos enchufamos a nuestros celulares “inteligentes” para seguir rindiendo, esta vez, en las redes sociales. ¿No son acaso la manera de relacionarnos en la sociedad del rendimiento? Comunicaciones rápidas, instantáneas y eficientes. Algo vacías, pero rendidoras.

Pero el problema no está en los niños aventajados, en los de buen desempeño, en los de mejores notas, en los de buen curriculum, en los empleados del mes y en los de exitosa inversión. Tampoco en celebrarlos y premiarlos. El problema está en que no somos conscientes de la carga que llevamos en la espalda y de que estamos más preocupados de rendir como esclavos de nosotros mismos – como advierte Byung-Chul Han – que de vivir la vida que libremente queremos vivir.

Y hay más. La sociedad del rendimiento es generosa y benevolente con quién alcanza el podio de los mejores, pero cruel e indiferente con quienes no adquieren relevancia ni visibilidad, fracasan o dejaron ya de rendir. Por eso la mirada es triste e injusta hacia personas con capacidades diferentes, niños con dificultad de aprendizaje o de sociabilización, pobres, alcohólicos, drogadictos, depresivos, enfermos mentales y tantos más.

La sociedad del desempeño nos mide (y nos medimos) con la vara del rendimiento y no del amor y la libertad. Por eso, como dice el filósofo coreano, es “un infarto al alma”.

Desoigo a mis buenos amigos. Yo seguiré caminando a mi trabajo con la esperanza de que en cada paso, en cada aire fresco, en cada encuentro casual y en ese insignificante andar de todos los días, vuelva a encontrar mis pausas, mis dudas, mis sueños, mi alma y mi libertad.


Por Matías Carrasco.

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LA AMENAZA

LAS AMENAZA

Se instaló el tema del matrimonio igualitario y tras él declaraciones a favor y en contra de esta nueva unión.

De todo se ha dicho, pero me quedo con una frase del obispo de San Bernardo, José Ignacio González: «muchas de estas reformas (…) son una expresión muy fuerte de una involución social  que está corroyendo a nuestro país y sobre todo a la familia». Y en honor a la verdad es una opinión que no es solo suya sino que se repite cada vez que llega este debate.

Pero mas allá de esta discusión y la legítima posición que puede tomar la Iglesia Católica, laicos y sacerdotes, vale la pena hacerse una pregunta:  ¿son los homosexuales y una posible institucionalidad matrimonial lo que tiene en ascuas a las familias chilenas?

Honestamente, no. No son dos hombres amándose bajo las sábanas ni dos mujeres besándose en una estación del metro quienes tienen contra las cuerdas la suerte de las familias. No. No. Y no.

Si los hogares están en zona de riesgo es por otras razones.

Soy hijo de padres separados y ya a mis 40 he sido testigo de parejas que fracasan, rupturas violentas y escandalosas y también de familias que se mantienen unidas, pero en casas que huelen a soledad y tristeza. Y en ninguno de esos casos he visto al diablo gay inmiscuir su intrusa cola.

Lo que he visto más bien es que las familias se quiebran porque hemos perdido nuestra capacidad de encuentro con el otro.  Somos protagonistas de una sociedad cansada y sin tiempo, ni siquiera para el amor y el deseo.

En vez de mirarnos a los ojos preferimos mirar nuestras tablets y smartphones y establecemos entusiastas conversaciones virtuales con cualquiera, menos con quien le juramos amor eterno.  Falta cuidado, dedicación y cariño.

El exceso de trabajo y ese empeño por buscar el éxito, nos tienen agotados y fuera de foco. Y así no dan ganas.

El individualismo y el ímpetu por perseguir sueños propios y no compartidos, hiere y mata. Y el miedo al compromiso, al sacrificio y a darse a otros, también pone su estocada.

No logro convencerme. Aún siendo católico no veo maleficio alguno en dos personas del mismo sexo casadas civilmente. Veo más maldad en tantas otras historias. No es justo cargarles a ellos la cruz de la corrosión de Chile.

Sugiero dejar a los homosexuales en paz de una buena vez, devolver la mirada y preguntarnos cómo andamos por casa. Seguramente ahí encontraremos realmente las causas de nuestro malestar.  Aunque revisarse supone siempre una nueva y molesta amenaza.


Por Matías Carrasco.

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LA ESPERANZA

esperanza

Estamos en problemas. Estamos asistiendo al paso de Chile por una estrecha parte de su historia. Tan angosta y tan difícil que se nos aprieta el pecho y la garganta. Hasta la tiroides nos reclama.

Sabemos desde donde venimos pero no tenemos certezas de que es lo que nos depara el otro lado del trayecto. Algunos vaticinan el abismo, Cuba o Venezuela. Otros simplemente esperan alertas el avistaje de tierra firme. Nadie sabe muy bien a dónde iremos a parar.

Y como en todo paso algo dejamos atrás, algo soltamos, algo dejamos morir.

Y en este viaje, riesgoso y temerario, puede morir nuestra imagen de un país perfecto, de una nación próspera y bullante, del alumno estrella, del candidato al desarrollo.

Puede morir nuestra facha de hombres probos, autoridades íntegras y personas incorruptibles. Puede caerse el púlpito desde donde alguna vez dictamos cátedra y hablamos de moral.

Pueden morir nuestros referentes, nuestros pastores y guías espirituales. Puede morir la Iglesia que alguna vez adoramos. Pueden vaciarse los templos y escasear hábitos y sotanas. Puede quebrarse Jesús. Puede que nos quedemos definitivamente con Cristo roto.

Pueden morir nuestras seguridades. Puede escaparse la tranquilidad. Puede que se extinga a ratos la convivencia, el diálogo, el respeto y el buen vivir.

Puede morir la sensatez y la claridad. Puede que asome con fuerza el descriterio, abandonen el campo los argumentos y aparezcan los golpes, los arrebatos y la violencia. Puede que perdamos la razón. Puede que nos volvamos un poco locos. Puede incluso morir un poco el amor.

Pueden morir nuestros proyectos, lo que antaño soñamos ser. Pueden venirse abajo nuestros planes, puede que la tierra vuelva a temblar y caigan por el barranco lo que alguna vez construimos. Puede que haya otra vez que empezar.

Pero para todo aquel que ha pasado, para quienes han vivido ese tránsito, para los que han logrado sortear el estrecho, hay una cosa que no debemos nunca olvidar: todo puede morir, menos la esperanza.  Que no decaiga la esperanza.


Por Matías Carrasco.

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HACIENDO AGUAS

inundacion

Por segunda vez en menos de dos meses volvió a inundarse la ciudad. Primero fue la lluvia y las negligencias de la Costanera Norte y el Gobierno. Ahora la rotura de una matriz volvió a llenar de agua las calles de Providencia y parte del centro de Santiago.

En la última década hemos crecido. Somos más. Los edificios son más grandes, las carreteras amplias y modernas. Los autos se han multiplicado y los cerros se han llenado de grúas, construcciones y flamantes viviendas. Creció también el PIB, la producción, las exportaciones y el acceso a financiamiento. Nos llenamos de strip centers y malls.  Tanto crecimos que ingresamos triunfantes al exclusivo club de la OCDE y exhibimos con orgullo la torre más alta de Sudamérica. Somos campeones.

Pero también crecieron los problemas.  Creció el consumismo, las deudas y la angustia. Crecieron las filas y el hacinamiento en el Metro y el transporte público. Aumentaron los tacos, roces, garabatos y bocinazos. Creció la impaciencia y la ansiedad. Se incrementó el ruido y la violencia, y con ello, disminuyó la paz y la tranquilidad. Crecieron las ventas de Ravotril y Bromazepan.   Asomaron como callampas las redes sociales y, paradójicamente, creció  la soledad y el aislamiento.  Creció la imagen de un país exitoso, y en silencio, también creció la depresión. Crecieron los números…y la desigualdad.  Creció el acceso a la educación , y también, la mala educación. Y en un país rico y pujante crecieron las ambiciones, los sueños y las demandas de la gente. Con justa razón, todos querían su tajada.

Hace un rato ya vemos como aumenta amenazante el nivel de las aguas, pero soportamos el empellón en la misma, roída y vieja represa de hace años atrás. Las deficiencias de nuestra clase dirigente y la desconfianza y divisiones que todos hemos alimentado, trizaron la gran muralla y las filtraciones son pan de cada día. Chile gotea y estamos haciendo aguas.

Quizás por eso fallan las matrices, la política, la empresa, la Iglesia, las familias y el Sename. Quizás por eso se cansan los ministros. Quizás por eso fallamos todos. El molde, nuestros estilos y formas, no dan para más.

No es necesario esperar a que se rompa la represa para vernos a todos con el agua hasta el cuello. Será más prudente abrir lentamente las compuertas y dejar que las aguas fluyan en su curso normal. Y en esa calma,  con especial cuidado y amor por Chile, comenzar a reparar las grietas por las que el país se nos va.

 


Por Matías Carrasco. 

 

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