CINCO COLUMNAS

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Tocó el citófono, nervioso. Se acomodó bien la camisa dentro del pantalón, echó un vistazo a sus zapatos y con las manos intentó ordenar su voluminoso pelo. Tocó el timbre, otra vez. Escuchó una voz femenina, dijo su nombre y entró.

– Francisco, ¿no?

Lo recibió un tipo amable y bien vestido. Le dio unos palmazos en la espalda que hicieron a Francisco encogerse unos centímetros y asegurar nuevamente la camisa, esta vez, bajo el calzoncillo.

El hombre lo guió hasta una sala de murallas blancas, con un par de sillas modernas y un escritorio limpio, con caballetes de madera y una cubierta de vidrio. Se sentaron uno frente al otro, separados por el cristal. Francisco puso sus manos sobre los muslos y juntó los pies sobre el parqué.

– Me llamo Atila.

Y el sujeto con nombre de rey antiguo, comenzó a repasar un par de hojas corcheteadas. Asentía con la cabeza, iba y volvía sobre el papel, mientras jugaba con un lápiz golpeando suavemente la mesa.

– Y bien. Cuéntame de ti. ¿Cómo supiste del trabajo?

– Fue mi mujer– respondió con toda seguridad Francisco-. Ella insistió en que viniera.

– Así son todas. Siempre están detrás de uno diciendo lo que tenemos que hacer. La mía hace rato que me viene jodiendo con la cuestión del cigarro. Pero yo no lo voy a dejar. ¡Primero la dejo a ella! – dijo Atila soltando una ruidosa carcajada.

Francisco, bien apoyado en el respaldo de la silla, sonrió por cortesía y miró por la ventana. Afuera había un pequeño patio, con una mesa roja en el centro. Las hojas en el suelo le recordaron la llegada del otoño. Tragó un poco de saliva.

– Háblame de tus fortalezas – preguntó el tipo mientras encendía un cigarrillo.

– Prefiero no hablar de eso – dijo Francisco, intentando disimuladamente desviar la humareda.

Se hizo un silencio extraño.

– ¿No quieres hablar de lo que haces bien, Francisco? En una entrevista de trabajo, ¿prefieres no hablar de ti? – inquirió Atila, inclinándose hacia delante, con sus brazos sobre el vidrio.

– Exactamente – respondió, impávido.

– No entiendo – resopló Atila agitando su cabeza y enterrando el pucho a medio terminar, en un cenicero.- Jamás me había pasado algo así. Además, tienes un gran currículo-. Lo dijo empujando el papel hacia Francisco.

– Es de mentira – indicó poniendo los ojos en el documento y con sus manos, aún bajo el escritorio-. Lo hizo mi esposa. Y nada de lo que allí aparece es verdad.

Atila escuchaba sorprendido, con una mezcla de rabia e interés. Quería mandarlo a la cresta, pero sentía unas ganas locas de seguir escuchando su historia. El ingreso de una señora gorda ofreciendo café, ayudó en algo a superar el momento.

– Ella lo decide todo por mí – retomó la palabra Francisco-. Hace más de un año que no tengo trabajo y es mi esposa quién se ha encargado de idear un plan y hacer un excel. Son cinco columnas. Una con el nombre de la persona por contactar. Otra con la fecha. La tercera recomienda la vestimenta adecuada para cada cita. La columna siguiente tiene los mensajes de lo que debo decir. Y la quinta, explicita lo que no tengo que hacer. Y el primer consejo, en cada una de las filas del excel, es no decir la verdad. Pero ya no aguanto-. Todo lo dijo de manera fluida y correcta.

– Conchasumadre – soltó Atila enfatizando en cada sílaba y echándose hacia atrás.

– ¿Ves esta camisa? Me la compró ella. A mí no me gusta. Además, me queda muy corta. Tengo que andar a cada rato metiéndomela dentro del pantalón. No tengo idea qué talla soy. Tampoco cuánto calzo. Todo está en sus manos. Cada inicio de estación llega con bolsas a la casa y unas cuantas tenidas para mí. Hoy seguro llega con las del otoño. Con esto te verás estupendo, me dice. Y yo le creo y obedezco.

Otra vez entró la señora, con una bandeja y un café. Dejó la taza sobre el escritorio y se retiró. Atila tomó un sorbo y escupió hacia el lado.

– ¡Puaj! ¡Esto está asqueroso! – dijo-. Y lo tuyo también.

– Soy profesor de historia. Comprenderás que no tengo nada que hacer en una inmobiliaria. Nunca pude armar un castillo en la arena y voy a hacer capaz de construir la catedral de Chiloé. Mi señora exagera. No sabe mentir. Le dije que lo sacara del currículo. Inventarme un título de arquitecto y un premio en Copenhague ya era demasiado. No era necesario lo de la catedral. Tampoco hago running. Es lo que quisiera ella, para parecerme a su padre, el gran Toro Gutiérrez. La única vez que corrí  fue cuando mi mujer me inscribió en la maratón de Santiago y tuve que ser auxiliado por una ambulancia en el kilómetro 16. No te burles Atila, el asunto es grave.

Al otro lado del escritorio Atila reía sueltamente y repitiendo en voz alta, “no lo puedo creer, no lo puedo creer”.

– Créelo – dijo Francisco poniendo ahora sus manos sobre el vidrio-. Es difícil vivir una vida sin saber quién carajo es uno. Imagina que ayer fui a una entrevista en Tronwell Institute. Buscaban un traductor. ¡Y yo no sé inglés! Ella lo arregló todo. Me inventó una nacionalidad canadiense, estudios en el British School y un master en Literatura Inglesa del Siglo XIX en la Universidad de Oxford. ¿Te das cuenta? Yo le insistí que era una locura. Pero ella me hizo callar con un corto y brusco “shhh” y esa frase de siempre, “deja que yo me encargue”. Me hizo vestir de europeo. Pantalones ajustados color azul, una camisa blanca, una corbata marrón y delgada y una chaqueta del mismo color del pantalón, con un pañuelo blanco bajo la solapa. Eso te da cierto aire, me aseguró. Me engominó el pelo y me aconsejó que me dejara una barba de tres días. Le creí y obedecí. No sabes la vergüenza que pasé.

– Esa mujer está loca – apenas pudo decir Atila, con los ojos aguados de tanto reír.

– Loca, pero insistente. Me fue a dejar a las puertas del Tronwell. Me recomendó decir cuatro frases: yes sir, I agree, It´s a beautiful place y I love translation. Y me ordenó que cuando me viera en apuros, dijera simplemente worslike. No significa nada –me aclaró- y por lo mismo ellos pensarán que el tuyo es un inglés tan sofisticado que no se atreverán a preguntar. Olvídate lo que fue eso. Le dije yes sir a la chica que me entrevistó y arrugó de inmediato la nariz. Incorporé el worslike para salir del paso y esta vez fue la boca la que tensó. Thanks for your time. Y salí corriendo de allí.

– Es la mejor historia que he escuchado – celebró Atila con las manos sobre su cabeza.

– Es buena oírla, pero es un calvario estar en mis zapatos. Ya ni sé lo que pienso. Conozco exactamente todos sus gustos, pero no sabría decirte los míos. Es una simbiosis particular. Me permite sobrevivir, pero me come por dentro. Lo dijo apretando las manos, con una voz temblorosa, como pidiendo auxilio.

– Sabes, a veces me siento como un salero – prosiguió-. Ahí, dispuesto para ella sobre el mantel, esperando ser agitado para darle gusto a su vida, mientras yo me vacío por dentro. Pero en el fondo, como evitando el vacío total, unos granos de arroz combaten la humedad. Pero a mí ni eso me queda – se echó atrás, hundiéndose en la silla, resignado.

Afuera comenzó a correr un poco más de viento y la mesa roja se llenó de hojas amarillas. Adentro, nada se movía.

De pronto sonó el celular de Francisco. El hombre lo sacó del bolsillo y dijo “es ella. Querrá saber si lo he conseguido”. Bajó la mirada.

– Contéstale y dile que el trabajo es tuyo –dijo Atila, con un dejo de ternura-. Aquí hace falta alguien que sepa hacer buen café.

Y Francisco, sonriente, le creyó y obedeció. Le contestó a su mujer.


Por Matías Carrasco.

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EL CIRCO

el circo

He seguido a la distancia la polémica por Baradit y la Teletón. Gonzalo de la Carrera, el hombre Evópoli, la voz de Agricultura, indignado con la invitación del escritor a la fundación. “Los libros de Baradit son una basura” – disparó. José Antonio Kast, el presidenciable, le avivó la cueca. “Una persona tan odiosa y con un historial misógino y sexista no debiera tener ese tipo de tribuna” – dijo. La izquierda lo defendió. “Mi profunda admiración por el trabajo realizado y el aporte que haces al país (…) no será esa jauría de fascistas y facinerosos el que lo cuestione” – sentenció Hugo Gutiérrez, el PC. Y así, suma y sigue. Finalmente la Teletón desistió del convite al que escribió sobre la historia secreta de Chile y se acabó el lío.

Es interesante analizar este capítulo – de un libraco largo, generoso en volumen y cantidad – respecto a otros episodios que reflejan el estado de la política actual.

A la derecha le importa que  no gobierne la izquierda y viceversa. Lo que digo es una obviedad, válida y real. El único problema – como viene sucediendo hace años- es que la política va perdiendo peso y su sentido más profundo de bienestar social. Y como lo que importa es echar abajo al contrincante, los políticos se han convertido en verdaderos comunicadores, furiosos influencers, que pelean a diario en las redes sociales, sumando likes, seguidores y también enemigos. A juzgar por sus comentarios, no se diferencian mucho de cualquier twitero pasado de rosca. Una lástima.

Quizás ellos y ellas, nuestros representantes, no se den cuenta. Están tan imbuidos en sus rencillas, tan ensalzados por su feligresía, tan palmoteados por sus asesores, que nadie les debe decir que, hace rato ya,  se les salió la cadena. Por eso siguen. Por eso continúan dando espectáculo, como el acróbata, el payaso o el domador de leones, sedientos de aplausos y reconocimiento. Y buena parte del público, les da en el gusto.

Se me viene a la cabeza la imagen de un almuerzo familiar. Conversaciones interesantes, otras triviales. Todo bien, hasta que uno de los comensales comienza a hablar del gobierno de turno. Lo hace trizas. Otro de los invitados engancha y comienza la discusión. La cosa se acalora, sube el tono, comienzan los insultos. La mesa, poco a poco, se vacía. Buena parte de la familia permanece recluida en el living, incómoda, al lado del comedor. Los niños hace rato ya que se fueron, un poco asustados. Y los dos protagonistas, permanecen en lo suyo, aportando una atmósfera tensa, inservible y dañina. Pero alguno de ellos sentirá orgullo. Habrá ganado la reyerta.

La de hoy – en buena parte- es una política agresiva. Se confunde lo frontal con embestida. Pareciera ser que mientras más belicosos seamos, más cerca estaremos de “la verdad” o de ser “personas con opinión”. Esa pobre y peligrosa asociación. Como dice la consigna, no importa que hablen bien o mal de ti, lo importante es que no dejen de hacerlo. En el lenguaje de nuestro tiempo, lo clave es estar en el ruedo, donde las papas queman, apostar a un trending topic y al mayor número de comentarios y retweets posibles. Y para eso un buen empellón da créditos, y muchos.

La política de la agresión tiene sus seguidores. Y lamentablemente, pienso, van en aumento. Pero yo quisiera otra cosa. Si en las organizaciones, privadas y civiles, se habla de un mundo que ha cambiado, de diversidad e inclusión, de sostenibilidad, de los desafíos de la era digital y de la necesidad de adecuarse a ese nuevo contexto, ¿no podrá actualizarse también la política? En los tiempos de la economía colaborativa, ¿no podremos remar también hacia una política de colaboración? La política debe volver a poner a las personas en el centro. Son ellos el verdadero sentido de cualquier quehacer público. No son los diputados, ministros, parlamentarios o alcaldes. No es su credibilidad. No son sus partidos. No es su coalición. No es su visibilidad o reconocimiento. No es la derecha o la izquierda. Son los ciudadanos – principalmente los que sufren- los que les deben quitar el sueño, los twits, las energías y su tiempo.

Seguro que hay políticos que están haciendo silenciosamente la pega, pero por no estar en las arenas del coliseo, dejan de “existir”. Como los que – una vez terminada la función- barren el circo, limpian las galerías, alimentan a las fieras, recogen la basura y dejan todo listo, para que al día siguiente, miles de trabajadores, hombres, mujeres y niños, disfruten y se sientan bien. A ellos mis respetos. En ellos, mi esperanza de una política mejor.


Por Matías Carrasco.

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DESOLACIÓN

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Desolación. Me gusta  esa palabra. Suena a tormenta, a agua, a azul, a noche, a suave, a alma, a algodón, a un canto, a nada, a soledad y a un aire fresco. Desolación es, en uno de sus significados, la sensación de hundimiento o vacío provocada por una angustia, dolor o tristeza grandes. En otra acepción encontrada en el diccionario, es ruina y destrucción completa de un edificio, un territorio, etc., de manera que no quede nada en pie.

Y en esta semana santa, para muchos católicos, suena y resuena la palabra desolación. Los delitos, abusos, la doble moral y mentiras de nuestra iglesia,  tienen a varios confundidos y huérfanos de Dios. Pienso que quizás estemos sintiendo, como nunca, lo que vivieron los seguidores de Jesús cuando fue apresado, azotado y clavado en la cruz. ¿Dónde está?, ¿por qué no hizo el milagro?, ¿y la victoria?, ¿y las trompetas?, ¿y el paraíso que nos prometió? ¿se fue todo al carajo?

Tal vez nunca estuvimos tan cerca de lo que ocurrió en esos años. Una iglesia crucificada, una catedral en llamas, un éxodo de creyentes,  pedofilia, encubrimiento ¿qué más? ¿también se fue todo al mismísimo carajo? Si ellos se lo preguntaron, ¿por qué nosotros no? Está bien dudar, está bien pensar, está bien sentir la desolación.

Pienso ahora en mi perra, Luna. Con ella salgo a trotar. La subo a mi auto, llegamos hasta el borde del río, le suelto la correa y sale disparada, corriendo delante de mí. Pero cada cierto rato, después de unos 20 ó 30 metros, siempre mira atrás, como buscándome, cómo queriendo saber que sigo ahí. Y tras ese cruce de miradas, vuelve al galope, fascinada y libre. Esa es mi historia. Decepcionado, puedo correr, huir y alejarme, pero algo – cultura, tradición, fe, la vida misma, qué se yo- me hace mirar atrás y encontrar unos ojos misteriosos, íntimos, que me acompañan.

La consolación de los apóstoles llegó con la resurrección de Jesús. Pero no lo hizo arriba de un escenario o bajando desde el cielo con ángeles sosteniéndolo y con el sol anunciando su regreso. Pudiendo hacerlo – creo- prefirió ser descubierto. Así lo descifraron los caminantes de Emaús al partir el pan o Tomás, el incrédulo, al meter sus dedos en la herida del costado. Y aquí me quedo, con el que no creía. Imagino una herida infectada y mal oliente. Así lo reconoció. No en su catedral intacta, sino en sus escombros, entre las cenizas, en la gran aguja abatida en el suelo. Quizás ahí esté la esperanza, ahí esté Dios. Al fondo del dolor, enredado en los fierros torcidos de Nuestra Señora de París, en la pobreza acostumbrada, en las cárceles y en las mazmorras, las propias y ajenas.

Tal vez sea algo menos complejo que la defensa de “una verdad”, que amuralla y margina. Quizás se trate, simplemente, de no dejar nunca de mirar.


Por Matías Carrasco.

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QUIZÁS

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Azotea

El sol estaba pegando fuerte. Yo llevaba un short hasta más abajo de mis rodillas y una polera vieja de color rojo o burdeo, no lo recuerdo bien. Había decidido subir los diez pisos por las escaleras, con el objetivo de eliminar algo de colesterol y triglicéridos, aunque a esas alturas (35 metros, para ser más preciso), no tenía mucho sentido.

A Meléndez, el conserje, le dije que necesitaba ir hasta la azotea para tomar unas fotos, “imprescindibles para mi proyecto de título” –mentí. Meléndez, concentrado en un boleto de lotería y en un futuro próspero que nunca iba a llegar, levantó su vista y sentenció: -Al fin va a terminar una carrera mijo-. Vaya, vaya con Dios.

Y allá mismo iba, o al menos, esperaba ir. A encontrarme con Dios o con el diablo.

Cuando llegué arriba, caminé hasta el borde para observar la ciudad. Todo se veía mejor desde ahí. Las calles parecían los túneles de un hormiguero gigante y la vida se sentía más lenta y reposada. El ruido se suavizaba con la distancia y el viento tocaba ligeramente mi cara, como señal de que todo iba a estar bien.

Encendí un cigarrillo y empecé a ver con ojos nuevos el paisaje. Miré la cumbre del Manquehue, las casas a los pies del cerro, los andariveles muertos de Farellones, el hotel Marriott (¿cuántas soledades esconden esas habitaciones?), mucho verde, y una mujer gorda tumbada sobre un colchón rosado, achicharrándose bajo los rayos que bajaban a refrescarse en el agua de su piscina.

Percibí su paz, y por primera vez, también la mía. Respiraba con tranquilidad, sin peso en mi garganta, sin ese escalofrío repentino. Extrañamente, sin miedo. Era como la calma que le sigue a un terremoto, cuando todo ha terminado o cuando todo está por terminar. Aspiré lento y profundo, tiré el pucho al piso, apreté mis puños, tomé impulso y di el último salto de mi vida.

Piso 9

Es difícil decir cómo se siente. Sólo diría que me tragué el mundo entero en ese brinco. Algo me llenó los pulmones y el alma. Caía como un saco de papas, con mis brazos nadando en el aire y mis piernas flotando en el vacío.

Me arrepentí de haberle escrito tan escuetamente a la Cata. Tuve que haber sido más claro. Que no le quedaran dudas. Que la quise de la mejor manera que pude hacerlo. Amarla, no. Nunca fui capaz de amar a nadie. Que con ella intenté hacer una vida normal. Que sepa que sus hamburguesas en el microondas eran las mejores y que mis evasivas en la cama no eran más que el terror al deseo, al descontrol y al abandono. ¿Se lo dije?

Piso 8

Siempre le tuve miedo a los caballos. A los perros, a las polillas, a los ladrones, a los lagartos y a las ratas, también.

Cuando veraneábamos en el campo, mis primos salían a cabalgar y yo siempre encontraba una excusa para quedarme en casa. Terminaba saltando en un elástico o juntando las palmas al ritmo de una canción ridícula junto a mis primas. Con ellas me sentía seguro. Cobarde, pero a resguardo. En ese tiempo, pensaba en la fortuna de las mujeres de poder hacer ese tipo de cosas sin tener que dar explicaciones. Mi debilidad, en cambio, no tenía lugar en este mundo.

Piso 7

Mi madre nos dejó el 21 de enero de 1984. Estábamos en la playa de Zapallar, justo al lado de una gran roca, viendo las olas formarse atrás de una balsa de madera y reventar a unos metros delante de mí. Mi padre estaba reclinado sobre una silla, leyendo el diario, con un traje de baño azul corto y una polera blanca ajustada. Yo jugaba a su lado, con los baldes que habíamos comprado esa mañana al borde de la carretera.

Mi madre dijo que iba a caminar. Yo quise acompañarla, pero mi viejo me detuvo. La vi irse con sus pies hundiéndose en la arena. Nunca regreso. ¿Y si la hubiese seguido?

Piso 6

Un día cualquiera, mi padre me encargó ir a comprar una bebida. Vivíamos en una casona amplia, junto a mis abuelos, en Providencia. Salí serio y bien peinado, con el puño de mi polerón en mi boca. Crucé responsablemente la calle Pocuro y caminé rápido, con la vista fija en el suelo. Entré en el almacén de don Armando, tomé una Coca Cola de litro y pagué con un billete de mil. Don Armando me preguntó por mi padre y me dio un par de palmadas en mi cabeza.

De vuelta, en el semáforo, la botella resbaló por la transpiración de mis manos y se reventó en el piso. Me quedé congelado, con mis piernas tiritonas y un sudor que me hacía arder los ojos. Sentí miedo, y por primera vez, ese fantasma ahorcando mi cuello.

Con el envase roto, algo se volvía a quebrar – violenta y súbitamente- dentro de mí.

Piso 5

Con mi padre mi relación era neutral. Ni muy cerca, ni muy lejos. Era un terreno que a ambos nos permitía vivir sin arriesgar demasiado. Él no sabía muy bien qué hacer conmigo. Necesitaba a un hombre y no a un alfeñique como yo. Nunca conversamos demasiado. Eran diálogos cortos, en monosílabos, de preguntas hechas y respuestas que se fueron repitiendo con los años. Ambos fuimos olvidados y estábamos cruzados por la misma herida.

Piso 4

Fue en segundo básico cuando mi profesora me pilló con los dedos entre mis piernas. Me sacó fuera de la sala y en voz baja me pidió que fuera al baño a lavarme las manos y la cara. Le hice caso y volví a mi puesto. Al rato, estaba otra vez con las manos bajo el pantalón. Me mandaron al sicólogo y en una habitación fría y bien cuidada, un hombre joven me decía que aquello era normal y que procurara hacerlo en privado.

Pero yo sabía que no era normal. Diez, doce o quince veces al día, no podía ser normal. Fui creciendo y conmigo esa sombra. Miles de orgasmos y ni un solo encuentro. Aquello era una salida, un escape a una vida placentera, a una vida que nunca tuve. Ahí estaba mi salvación, pero también mi culpa y mi secreto.

Piso 3

Con mi abuelo era diferente. No era lo que me decía, sino cómo me miraba. En sus ojos claros, me sentía querido, sin expectativas. Podíamos pasar horas en silencio. Él, hundido en su sofá frente a la chimenea, agitando los hielos de su vodka tónica. Y yo, al frente, sentado sobre la alfombra, con los audífonos bien pegados a mis orejas, escuchando Pink Floyd o los Doors y escribiendo tonterías en las servilletas de papel.

– Cuéntame qué escribes –preguntaba.

-Nada nuevo, tata.

-Vamos, léeme. Quiero escucharte otra vez.

Y yo leía, y el viejo bajando sus párpados y su frente, escuchaba con atención.

-Bien rulo, bien –me decía con su voz calma y ronca-. Tienes talento.

Y de nuevo esa mirada, tierna, segura y chispeante como los palos crujiendo en el fuego de la chimenea.

Cuando murió, yo también fui desapareciendo de a poco.

Piso 2

Dormía con la Angélica de vez en cuando. La primera vez que lo hice debía haber tenido unos cinco años. Era gruesa y morena. Tenía el pelo liso y las mejillas hinchadas. Pasaba horas pegada al teléfono cuando no estaba mi papá. Ella también tenía un hijo, el Fabián, pero vivía en Antofagasta.

Me llamaba “chico”, y me hacía la pieza, el almuerzo y la comida. A veces me llevaba al dentista. Me bañó y me vistió hasta los nueve.

Decía que dormía con ella. No siempre, solo cuando estaba asustado. La Angélica sentía mis pies y me metía a la cama. “Chiquitito, chiquitito” – me soplaba al oído- apretándome contra sus enormes pechugas. Olía a humedad. Me acariciaba en el pelo, en mi guata y luego más abajo, en el lugar de mi secreto. Después, un beso mojado en mi boca y un dulce de anís. Nunca me gustó el anís.

Piso 1

Pensé en mi mamá. Recordé la calidez de su cuello, mi cabeza descansando en su barriga, su mano apretada sosteniendo la mía, su olor a perfume francés, su piel azabache, sus cosquillas bajo el mentón, su respiración en mi nariz y sus brazos sujetándome en el mar. ¿Por qué nunca la busqué? ¿Por qué no volé hasta California para encontrarme con ella? Quizás, hubiese entendido. Quizás, me querría. Quizás, habría podido arreglar esa botella hecha trizas sobre la vereda. Quizás…

Estaba en eso, cuando sentí el calor del pavimento y mis huesos quebrarse en un “crack” que se mantuvo por unos segundos en el aire.

Ambulancia.

Había alboroto a mi alrededor. El sonido de las sirenas se oía como al fondo de una cueva y un tipo encaramado arriba mío, oprimía mi pecho con insistencia. ¿Estaba vivo?

De pronto, el ruido de las bocinas me pareció más lejano y espaciado y mientras el enfermero se afanaba en mi corazón -ahora con más enjundia-, lo vi, lo pensé o lo imaginé (no lo sé del todo). Allí estaba, la imagen de mi abuelo, sonriente, como esperando.

Y yo me fui con él, perdiéndome en la profundidad de sus ojos brillantes.

 


Por Matías Carrasco.

*Quizás. Tercer lugar en el Concurso Literario Gonzalo Rojas 2019.

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¿LEER O NO LEER?

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Quiero hablar sobre la lectura. Las últimas declaraciones del ministro de Economía, José Ramón Valente, en un inofensivo “Manifiesto” del diario La Tercera, me animan a hablar sobre la lectura. El personero de gobierno confidenció no leer novelas. “Prefiero bajar libros para escucharlos cuando troto o voy en el auto” -dijo. Finalmente concluyó: “la vida es muy corta. Siento que si leo una novela, es tiempo que le estoy quitando a aprender algo”.

Me llamó la atención el comentario. Pero también vi en esa frase la oportunidad de indagar en un tema que pocas veces se discute. El ministro está en su derecho de optar por lecturas distintas a la no ficción. Seguramente verá allí – en ensayos, papers, columnas o estudios- un conocimiento más directo, más preciso y más documentado de la vida que habitamos. Reconozco haber pensado lo mismo hace algunos años. Tampoco leía novelas.

El gusto por escribir me obligó a leer. Si no leemos, se acaban las ideas y el vocabulario. Y en ese ejercicio aterricé en los libros, cuentos y novelas. De hecho, ahora es casi lo único que leo. Descubrí allí, en esas historias inventadas, un alimento crucial y un valioso refugio, sobre todo en estos días.

Pero, ¿ podemos aprender con las novelas? ¿qué? ¿o estamos simplemente perdiendo el tiempo?

Leer una buena novela es como ver una buena película, asistir a una gran obra de teatro o simplemente escuchar una pieza musical capaz de erizarlo todo. Es extraño. Es más que entretención. Mucho más que eso. Es como navegar en aguas desconocidas, o que al menos, habíamos olvidado en el ajetreo cotidiano. El novelista japonés, Haruki Murakami, señala que el fundamento de todo escritor es “penetrar en la parte más profunda de la conciencia. En cierto sentido es sumergirse en la oscuridad del corazón”. Coincido. Algo se transforma al final de una novela que nos interpela.

Pienso en el Chile de hoy, de posiciones extremas y argumentos simples. Los buenos son buenos y los malos, que se pudran en el infierno. Hay cierta moralina instalada y categorizaciones certeras. Por eso siento que las novelas adquieren, más que nunca, una importancia necesaria. En ellas encontramos la libertad para decir las cosas de otro modo y abrirnos a realidades lejanas u olvidadas. Se plantea, generalmente, una mirada del ser humano más compleja de la que vemos por las redes sociales o la televisión. En un libro se dibujan personajes contradictorios, como nosotros, aunque insistamos en negarlo. En esas páginas se pueden escribir y leer cosas que, en una corrección política como la nuestra, ya no se dicen. Una novela nos puede hacer más humildes, más humanos.

Y la fantasía. ¡Cuánta falta hace la fantasía! La ficción permite soñar y pensar el mundo desde otra perspectiva. En un cuento o en una historia podemos encontrarnos con una monja que no cree en Dios, con un tipo muerto que resucita tres veces o con un mendigo convertido en rey. Si es cierto eso de que el lenguaje crea realidades, podemos encontrar en las palabras infinitos paisajes, mares y planetas.

El comentario del ministro de Economía pone sobre la mesa la discusión de lo útil, lo instantáneo, lo observable y lo rentable, versus aquello que sucede pero que no necesariamente nos entrega números a la vista. Por eso quizás piensa que leer una novela le impide aprender algo nuevo.

Hoy la novela y el arte de lo “inútil” compite en la sociedad de los likes, donde se premia lo rápido, lo fácil y lo que se desnuda en un solo segundo, como en un acto pornográfico. Por eso pienso que la complejidad, misterios, intimidad, erotismo, ilusión, ritmo y hondura que nos puede ofrecer un buen libro, es justo, urgente y necesario.


Por Matías Carrasco.

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VEINTINUEVE

cuento

Una mujer a la salida de un banco.

Dos hombres a unos cuántos metros, mirándola de reojo.

Tres veces le dijo su madre que no saliera sola, que fuera acompañada, que la gente está mala.

Cuatro millones traía la mujer en su cartera, atados con un elástico color carne. Los cobró en caja, después de hacer una fila larga, con su vista fija en una pantalla que ofrecía créditos de consumo y una vida mejor.

Cinco muchachas conversaban animadamente en la terraza de una cafetería en la vereda contraria.

Seis autos permanecían detenidos a la espera de la luz verde. El del escarabajo tenía sus dedos en la nariz. El tipo del Nissan Marubeni hablaba animadamente por teléfono. El hombre del furgón tiró un papel afuera y cerró su ventana. La mujer del Fiat tenía su mano izquierda afirmando el manubrio y su mano derecha tiritando en la palanca de cambio.

Siete metros avanzaron los sospechosos en dirección a la tipa del banco.

Ocho grados hacían esa fría mañana y Lorena, la chica, acomodaba la bufanda alrededor de su cuello.

Nueve y media y todavía no aparece ningún solo taxi.

Diez segundos antes de que los hombres la abordaran, Lorena los miró a los ojos. Primero a Octavio, el moreno de mostachos puntiagudos, y después a Ramiro, el flaco parecido a Fito Páez.

Once palabras cruzaron ellos y ella. Le advirtieron de su pañuelo en el suelo. Lorena se agachó para recogerlo, se levantó y agradeció a los muchachos. Ellos sonrieron y siguieron de largo. Ella, finalmente, tomó un colectivo.

Doce cambios tenía la bicicleta que llegó hasta el semáforo. Un joven punk la conducía con destreza entre los vehículos. Llegó hasta la puerta del piloto del furgón, recogió el papel del pavimento, golpeó la ventanilla y soltó un par de garabatos.

Trece puntos sobre la ceja llevaba el tipo que estaba siendo fastidiado. Debía estar cerca de los cincuenta, tenía un pelo voluminoso y un aspecto irritable.

Catorce engranajes se movieron cuando el sujeto abrió la puerta.

Quince centímetros menos de estatura tenía el cabro del mohicano.

Dieciséis veces se sacaron la madre.

Diecisiete aletazos se dieron con furia, con miedo.

Dieciocho gritos soltaron las chiquillas del café.

Diecinueve gotas de sangre cayeron sobre el capó del furgón.

Veinte autos estaban atascados en la esquina, testigos de una lucha sin tregua.

Veintiún centímetros recorrió el puño antes de caer entre los ojos del ciclista. Fue un derechazo certero.

Veintidós imágenes rápidas se vinieron a su cabeza antes de desplomarse sobre la calle.

Veintitrés segundos se demoró el automovilista en subir al furgón y escapar de la escena.

Veinticuatro minutos faltaban para las diez, cuando se acabó la pelea.

 

Veinticinco peldaños subió la mujer del banco antes de llegar a su departamento.

Veintiséis uvas echó en un plato, se sacó los zapatos y se tiró sobre un sofá viejo

Veintisiete veces movió la cabeza de lado a lado mientras escudriñaba en su cartera. No estaban allí sus millones.

Veintiocho maldiciones.

Veintinueve lágrimas

y un sollozo ahogado contra un cojín de flores rojas.


Por Matías Carrasco

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UTOPÍA

cementerio

Todo estaba en orden. No era precisamente el paraíso, pero las cosas funcionaban en estas tierras lejanas. Había de comer, dónde echarse a descansar, consultorios a disposición, un transporte decente, templos vacíos, verdulerías con cucarachas, cines rotativos, bares de buena y mala muerte, y un tráfico de mierda. Sobraban las plazas y abundaban los árboles y jardines. Pobres también había, por eso era un lugar normal. Y con ello bastaba.

Pero el 21 de diciembre de aquel año que no es importante recordar, algo comenzó a crujir bajo las pieles de ese país sin nombre. Urselino Taborga llegaba al poder después de una elección reñida, que tenía a la república partida en dos y hecha un hervidero.

Esa misma noche, en el pasaje 2365 de la calle Los Laureles, las cosas se vivieron más o menos así. Los Garrido, bajo el umbral de su puerta, destaparon una botella de champaña y celebraron extasiados el ascenso del nuevo gobernante. Cecilia, la señora del fondo, se asomaba por la ventana con su cabeza casi calva, sin saber muy bien lo que estaba aconteciendo. El de la casa C salió con un par de cervezas bajo el brazo y compartió con los Garrido el sabor del triunfo y de la cebada. Sus vecinos mantuvieron las persianas sin abrir. Edmundo deambulaba a toda prisa en su triciclo y tras él, las pequeñas mellizas del Tuco Carvajal, que corrían con gracia, entre brincos y risotadas. Ana, la joven Ana, bailaba frente al espejo en su habitación del segundo piso, bella y ligera como una nube, ausente del mundo y sus tribulaciones. Esteban, en el sofá de su living, bebía algo de vino, perplejo y ensimismado. “Nos fuimos al carajo” –pensó. Y un chico, delgado, de tobillos firmes, orejas sucias y espinillas nacientes, miraba fijo las piruetas de Ana, apoyado sobre el sillín de su bicicleta. Ése, era yo.

De aquel enjambre, Esteban estaba en lo cierto. Ese día comenzamos a irnos al mismísimo carajo.

Urselino Taborga había hecho una carrera mediocre, pero suficiente para hacerse del poder. Hijo de campesinos, aprendió las artes de la política adentro de un gallinero. Alimentaba las aves, las engordaba, echaba mano a sus huevos, y cuando ya no servían, les agarraba el cogote y lo estiraba hasta su último adiós. Luego, disfrutaba de una cazuela calentada con leña, mientras en el corral lloraban a sus muertas.

Se acordaba de su infancia cuando cruzó las puertas de la casa de gobierno. Lo recibió la guardia del palacio, con los fusiles en alto, el trasero bien firme y la mirada puesta en algún horizonte. Saludó con su mano en la frente y pasó camino al despacho presidencial, “grande como un potrero”.

Su primer discurso lo hizo de corrido y sin errores. El bigote le brillaba en televisión y sus ojos se encendían cada vez que decía “pueblo” y “justicia”. Habló de Dios y de los mortales. También de lealtad y traición. Afuera, una gran muchedumbre enarbolaba banderas y vociferaba a coro el nombre del estrenado mandatario. Otros tantos hacían barricadas, prendían fuego, echaban a correr un cerdo con la cara dibujada de Taborga y se tragaban con gritos los palos de la policía.

Urselino comenzó a cambiar las cosas desde el primer momento. Mandó a construir una estatua con su imagen que dispuso en la plaza central. Era una obra inmensa y atemorizante. El bronce brillaba con los rayos del sol, y como un designio, sobre el espeso mostacho, cayeron las heces de una paloma agorera.

La nueva autoridad estaba empeñada en hacer del país sin nombre su propio reino. Se puso cabrón, montó un ejército bien pagado y armado hasta los dientes, se rodeó de matones y holgazanes, barrió con los opositores, fusiló a unos cuantos, encarceló a cientos, derogó todas las libertades, gobernó con la Biblia y el Corán (era un hombre devoto, pero ambiguo), se hizo de todas las empresas y creó, a mucho orgullo, la Corporación Estatal de Huevos Taborga, un gallinero de mil hectáreas, con modernos sistemas de calefacción y regadío.

Los que pudieron, arrancaron de estas tierras quejumbrosas y los de siempre, quedaron rezagados en la hambruna, la enfermedad y la violencia.

Los Garrido cambiaron de auto, y a los pocos años se mudaron a una casona en los cerros de la ciudad. A esas alturas, doña Cecilia no contaba con ningún solo cabello sobre su cabeza y casi ya no se asomaba por su ventana.

A Esteban nunca más lo volví a ver. Las mellizas Carvajal crecieron y me parecían insoportables. En la casa D, las persianas permanecían cerradas. Y Ana, la hermosa Ana, iluminaba -ahora más grande, más voluptuosa, más rebelde y llamativa- el pasaje de Los Laureles. Yo la observaba– también más grande, también más grueso- tímidamente, como en un sueño.

El pueblo parecía dormido. Tanto despotismo había aplacado ahora la esperanza. Ni el hambre, ni la prisión, ni la mordaza en los labios, despertaban el alma de un suelo moribundo. Hasta que sucedió aquello.

Uno a uno los cementerios comenzaron a cerrar sus puertas. Los administradores – migrantes de épocas más gloriosas- se convencieron de que éste no era un buen lugar para vivir ni para cavar tumbas. Hicieron sus maletas y salieron del país. Taborga no le dio mayor importancia. Estaba preocupado de otras materias – la estatal de huevos rendía- y pensó que los muertos podrían ser lanzados al río o enterrados bajo la nieve de la cordillera.

Estas tierras no tenían nombre, pero sí dignidad. El pueblo se alzó, luchó y se ofreció por sus difuntos. El problema aumentaría. Si antes no había espacio para enterrar a cientos, ahora eran miles. La refriega fue cruenta. Las iglesias colaboraron. Allí se amontonaban la carne y los huesos. Los templos, antes vacíos, ahora lucían un lleno total, inmóvil, pero lleno al fin.

Un grupo de voluntarios se armó de palas y chuzos para improvisar sepulturas en las orillas de la ciudad. Mientras unos escudriñaban la tierra, otros armaban cruces de palo para decorar a los muertos. Allí, estaba yo.

Recibíamos decenas de infortunados cada día. Los envolvíamos en sacos viejos, los cargábamos de a tres y los acostábamos cuidadosamente, uno a uno, en sus reposeras eternas. Los cubríamos de tierra, clavábamos el crucifijo y guardábamos silencio.

En la ciudad la batalla no cesaba. Los muertos resucitaron el espíritu y la libertad. Los soldados también tenían sus caídos, pero no tierras donde despedirlos. No tardaron en unirse a la revolución. Urselino sintió miedo y el ahogo de la soledad. Ya no le brillaban los ojos ni el bigote. Su estatua, estaba en el suelo.

La mañana de la victoria, Taborga se encontraba solo en su despacho. La casa de gobierno estaba sitiada y un cielo gris se instaló como testigo de una jornada libertaria pero triste. Yo amanecí en la periferia, en una pampa llena de cruces y cuerpos apilados esperando su último viaje. Urselino estaba escribiendo una nota a su madre, cuando entró una horda iracunda. Yo miraba la carreta repleta de cadáveres que se acercaba por el camino, levantando una polvareda. Urselino desenfundó su revólver y dio un grito que se perdió entre el piquete amenazante. Yo me disponía a cargar otra vez a los muertos cuando descubrí entre el montón a una mujer de pañuelo rojo. Ana yacía con su cuerpo doblado y su hermoso rostro mirando las nubes donde ella bailaba. Taborga no alcanzó a disparar. Antes que lo hiciera, la turba se le fue encima y en un parpadeo lo mandaron al edén o al infierno. Eso nunca se sabe.

Llevé a Ana sobre mis hombros, la puse bajo la sombra de un pino, cavé casi sin fuerzas, la dejé en la fosa, me incliné y la besé en su boca de hielo.

En el pasaje de Los Laureles, los de la casa D abrieron sus persianas y una tenue luz cayó justo sobre los ojos de una mujer sonriente. Abajo, en las baldosas, las personas se asomaban con timidez, como a tientas.

Yo, mientras tanto, caminé entre los crucifijos con la pala a rastras, lamentando la muerte de mi dulce utopía.

 


Por Matías Carrasco

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HASTA EL INFINITO Y PARA SIEMPRE

libertad

La libertad de expresión ha estado en entredicho por estos días. La discusión del proyecto de ley que busca sancionar a quienes justifiquen, aprueben o nieguen las violaciones a los derechos humanos ocurridas durante la dictadura, ha abierto un debate respecto a los límites sobre lo que podemos o no decir. Por lo tanto, también de lo que se puede o no escuchar.

Asimismo, en las últimas horas se ha generado por las redes sociales otra interesante polémica respecto a uno de los cuentos premiados en el concurso Santiago en 100 Palabras, acusado – por algunos- de ser una apología al femicidio. La narración, titulada “Día de los enamorados”, dice así:

«Lista de compras. 2 copas. Vino blanco y cerveza. Frutillas y crema. 1 chocolate marmolado o Sahne-Nuss. 2 sándwiches de queso azul y rúcula. 3 flores rojas. Canasto y mantel. Preservativos. Cuerda y cinta de embalaje. Guantes de goma. Bolsa de plástico grande. Palo. Bencina blanca, encendedor. Quitamanchas» . Juzgue usted.

 Cuando escribo estas líneas, me acuerdo de la decisión de un liceo de hombres de la comuna de Independencia, de negarse a leer el libro “La esquina es mi corazón” del escritor chileno, Pedro Lemebel, por considerarlo “asqueroso” debido a su condición homosexual. ¿Es válido oponerse a una lectura por motivos de género u orientación sexual? ¿pueden esos padres y apoderados ejercer su derecho a leer lo que consideren apropiado para ellos?

A inicios del 2016, los entonces diputados UDI Gustavo Hasbún, Ignacio Urrutia y Jorge Ulloa, presentaron un proyecto de ley que busca sancionar con presidio menor y una multa de 5 UTM a quienes enaltezcan, nieguen o minimicen los hechos de gobiernos que hayan transgredido la constitución política, dando como ejemplo la administración del Presidente Salvador Allende. Esto, en respuesta a una iniciativa similar que había postulado antes la parlamentaria comunista Karol Cariola, pero en sentido contrario: prohibir toda actividad de carácter público que tenga por objetivo la exaltación u homenaje de la dictadura militar.

Sé que estoy mezclando cosas. Algunas propuestas buscan sancionar ciertas expresiones referidas a nuestra historia con penas de cárcel y otras situaciones se referirían a la tentación de limitar la creación o el acceso a obras literarias o artísticas por considerarlas ofensivas.

Pero en la intersección de estos dos mundos está la libertad de expresión. ¿Hasta dónde? ¿Hasta cuándo?

Un buen amigo me había advertido hace algún tiempo que pronto llegaría a Chile la tendencia de amordazar a las personas por su pensamiento o manera de ver el mundo. Debo confesar que no le creí. Pero ahora veo con preocupación una corriente creciente por intentar acallar opiniones que, en general, se sitúan en grupos minoritarios y en desventaja, en lo que a pensamiento se refiere.

Esto ha partido de manera casi inadvertida. Existe en los medios y en redes sociales una suerte de policía omnipresente, una voz predominante, que atemoriza y trolea a quien plantea un contraste o derechamente una cuestión distinta a la mayoría.

Pero ahora, sin tapujos, algunos pretenden poner a los díscolos tras las rejas y fondear en las oscuridades del sótano, manifestaciones artísticas contrarias a “nuestra moral”.

Libertad de expresión. ¿Hasta dónde? ¿Hasta cuándo?

Hasta el infinito y para siempre. No debe haber ningún otro rincón en el planeta, más íntimo, más insondable y más libre que nuestra propia conciencia. Allí, en las soledades de nuestros secretos, podemos interpretar el mundo de infinitas maneras. No existe otro lugar.

¿Y qué hay de aquellos que buscan justificar, aprobar o negar las violaciones a los derechos humanos? ¡Allá ellos! Habrá que refutar con argumentos. Ni si quiera mucho más. Evidencia hay por montón. Pero hay algo interesante. ¿Qué significa justificar? Hablar de las causas que llevaron a la dictadura, ¿es justificar? Hay que tener mucho cuidado de querer eliminar, también, la interpretación y los matices. Allí, se acaba la inteligencia.

¿Y qué pasa con aquellos que se niegan a leer a Lemebel por lo que hace en la cama? En su derecho están. Pero – desde mi mirada- se pierden la oportunidad de saborear esa mezcla de poesía y marginalidad que escurre en cada texto. Se farrean la posibilidad de conocer otras fronteras y abrir el mate. ¿Por qué en vez de negarse, no debatir sobre Lemebel y su obra? ¿No puede salir de ahí una conversación interesante?

La libertad de expresión no debe ser nunca acallada, ni en una ni en otra dirección. La diferencia – en la política, la religión, el arte o la historia- es siempre una oportunidad para desafiar, provocar y ampliar el pensamiento.

Nada es más fome, rígido y pobre que la uniformidad de lo igual.


Por Matías Carrasco.

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MANDARINA

mandarina

Estaba sentado y con mis pies colgando del titular. No sabría bien sobre qué letra me encontraba. Desde allá arriba se hace muy difícil mirar con nitidez. Es como hacer un gol sin ángulo. No tenía perspectiva.

El asunto es que estaba metido en el mismo texto. Justo en el tope de una página escrita para ser leída. Toda letra se dibuja para ser interpretada. Y ahí fui a parar yo, en medio de vocales y consonantes.

Descubrí una “I”, fina y alargada. No lo estaba pasando bien arriba. Sufro de vértigo. Cuando estoy en las alturas siento que pierdo el control y me desespero. Me entran unas ganas locas de lanzarme al vacío.

La cosa es que me armé de valor y con mis brazos abiertos (para equilibrarme) fui brincando de letra en letra hasta llegar a la “I”. Luego, me abracé fuertemente a ella, crucé mis piernas y comencé a deslizarme. Cuando estuve seguro, me solté y caí en el primer párrafo.

Allí caminé hasta la mayúscula del inicio. Era una “Q”. Avancé ordenadamente hacia la derecha y, de vez en cuando, asomaba mi cabeza para intentar descifrar el manuscrito. Apostaría de que se trataba de una carta. Lo primero que leí fue “Querida Mandarina”. Lo de “Mandarina”, pensé, era un apodo.

El escritor – ella o él, no lo sabía a esas alturas- decía algo así como que había descubierto en ella esa paz que por años le fue esquiva. Le contaba que en sus ojos encontró un mar en calma y en los pliegues de su cuello, la calidez de un consuelo redentor.

Entendí que estaba husmeando en una carta romántica. Sentí cierta incomodidad. Nunca he sido un fisgón y lo de estar hurgueteando en la vida del resto, me hacía parecer superficial. De todos modos, continué. Me colgué del punto aparte y descendí hasta el próximo reglón.

En las líneas siguientes, el muchacho – aposté por un muchacho- reconocía sus errores. “Sé que no soy un tipo perfecto” – confesaba. Le habló de su mal genio, de esas veces que se transformaba en un demonio y de las noches que pasó de largo, acurrucado en los brazos de otra mujer. Le pedía perdón. Allí se notaba la punta del lápiz presionado sobre el papel. Me pareció una disculpa sincera.

Ya estaba bien metido en la historia. Saqué un pucho de mi bolsillo para matar la ansiedad. Pero de inmediato descubrí que no era una buena idea. El fuego podría quemar la hoja, las palabras y con ellas, mi propia existencia. Guardé el cigarrillo y seguí adelante.

De pronto, el autor estaba desatado. Como que le entró el indio y pasó del remordimiento a un ataque furtivo. Qué nunca más lo hagas, qué no te lo voy a permitir, qué no soy un perro para dejarme por ahí tirado, qué junta miedo, que te voy a dejar ciega, que te van a llegar a rechinar los dientes.

Sentí terror y me oculté detrás de una “o”. La violencia me congela y me deja sin aire. Me flaquearon las piernas. Se me encogió el alma y el trasero. Luego descubrí que estaba a salvo. No era a mí a quién quería sin ojos, sino a Mandarina. Me dio pena por la mujer con olor a fruta. ¿Sería por eso que le llamaba Mandarina? Respiré hondo, me sequé la transpiración y salí de mi refugio.

La cosa seguía áspera allá afuera. El texto estaba relleno de motes y palabras tachadas. Imaginé al hombre escribiendo, hablando en voz alta, hecho un energúmeno, dando vueltas en una habitación pequeña, volviendo sobre el papel para redactar otra vez, rayar encima y echarse a la boca unos sorbos de un destilado barato.

Decidí arrancar hasta el próximo párrafo, pero en el intento tropecé con una coma y me lastimé las rodillas. Adolorido llegué hasta un paréntesis y me detuve ahí, a descansar unos minutos.

 

 

Era un tipo inestable. No hay dudas. Después del zafarrancho, se puso meloso y le volvió la nostalgia. Bajó un par de cambios y escribía con suavidad. Lo noté en la caligrafía. Era menos honda y corría fácil. “Vuelve cariño” – le rogaba a Mandarina. Y bajo la sombra de una “t”, hundí mis zapatos en pozones de agua que se repetían desordenadamente en el papel.

Insistía en que regresara. Le suplicaba. Le imploró que lo hiciera.

– “O me voy a matar, me voy a matar. ¿Acaso no me crees?…”.

Y ahí me quedé yo, helado, al borde de esos puntos suspensivos. Los pasé de uno en uno, con elegancia. Miré hacia abajo y solo había ausencia. “¿Lo habría hecho?” – pensé.

Di un salto hasta el final de la página. Todo en silencio. Blanco y en silencio. Entonces, sentí el olor a pólvora.

Lo lamenté y juré por mi madre no volver a meterme en una carta de amor.

 


Por Matías Carrasco

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NOCHE DE PAZ

nochebuena

Para muchos esta navidad no será feliz. ¿Quién dijo que tenía que ser feliz? Sí. Los dicen los jingles, los malls, el árbol adornado de luces tintineantes, los abultados catálogos de fin de semana, los trineos colgando desde el techo, los duendes y los comerciales que vemos por televisión.

El lenguaje también aporta lo suyo. No es “navidad”, a secas. Es, “feliz”. No es cualquier “noche”. Es, “buena”. Y el viejo pascuero no anda por ahí repartiendo regalos con el ceño fruncido. Lo hace a carcajadas: jo-jo-jo .

No es por ser aguafiestas, pero no todos sonríen en navidad. Como en la vida misma, hay lágrimas en la mitad del festejo. Personas que han perdido a un hijo, a un padre, a una pareja, a un hermano, a un amigo o a una madre, lloran en estas fechas. También los enfermos, los de una ruptura reciente y los que habitan sus propias soledades. Otros han recibido una mala noticia y no hay ánimo ni para cortar el pavo.

Y el contraste de una noche buena, de una alegría obligada, lo debe hacer más difícil. Hace un tiempo, un siquiatra me comentaba que su consulta se repleta por estos días. “Hay gente que lo pasa muy mal” – dijo.

Pienso en ellos en navidad. ¿Cómo no hacerlo? Quizás el único consuelo es que hoy celebramos el nacimiento de un hombre justo en medio de los sinsabores e infortunios de una pobreza cruda. Algo bueno puede nacer de la muerte, el miedo, el abandono y la derrota. Esa es la estrella que debe iluminarnos.

Es para ellos y ellas esta navidad. No la absurda, la del ajetreo, la de la repartija a destajo ni la desquiciada. Sino la milenaria, la sencilla, la de un amanecer tranquilo, sin más deseos que la propia espera.

Quizás pienso en los que sufren navidades, para recuperar la que se me había perdido. Entre el tumulto, los tacos, el frenesí, cintas y pliegos de papel, se me escabulló la navidad.

Pero acordándome de ellos, de sus nombres y sus pesares, vuelvo a tocarla. Imaginando sus silencios, sus quejidos y sus despedidas, otra vez la siento cerca. Ellos sí necesitan una noche de amor y de paz. Ojalá así sea.


Por Matías Carrasco.

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