EL CIRCO

el circo

He seguido a la distancia la polémica por Baradit y la Teletón. Gonzalo de la Carrera, el hombre Evópoli, la voz de Agricultura, indignado con la invitación del escritor a la fundación. “Los libros de Baradit son una basura” – disparó. José Antonio Kast, el presidenciable, le avivó la cueca. “Una persona tan odiosa y con un historial misógino y sexista no debiera tener ese tipo de tribuna” – dijo. La izquierda lo defendió. “Mi profunda admiración por el trabajo realizado y el aporte que haces al país (…) no será esa jauría de fascistas y facinerosos el que lo cuestione” – sentenció Hugo Gutiérrez, el PC. Y así, suma y sigue. Finalmente la Teletón desistió del convite al que escribió sobre la historia secreta de Chile y se acabó el lío.

Es interesante analizar este capítulo – de un libraco largo, generoso en volumen y cantidad – respecto a otros episodios que reflejan el estado de la política actual.

A la derecha le importa que  no gobierne la izquierda y viceversa. Lo que digo es una obviedad, válida y real. El único problema – como viene sucediendo hace años- es que la política va perdiendo peso y su sentido más profundo de bienestar social. Y como lo que importa es echar abajo al contrincante, los políticos se han convertido en verdaderos comunicadores, furiosos influencers, que pelean a diario en las redes sociales, sumando likes, seguidores y también enemigos. A juzgar por sus comentarios, no se diferencian mucho de cualquier twitero pasado de rosca. Una lástima.

Quizás ellos y ellas, nuestros representantes, no se den cuenta. Están tan imbuidos en sus rencillas, tan ensalzados por su feligresía, tan palmoteados por sus asesores, que nadie les debe decir que, hace rato ya,  se les salió la cadena. Por eso siguen. Por eso continúan dando espectáculo, como el acróbata, el payaso o el domador de leones, sedientos de aplausos y reconocimiento. Y buena parte del público, les da en el gusto.

Se me viene a la cabeza la imagen de un almuerzo familiar. Conversaciones interesantes, otras triviales. Todo bien, hasta que uno de los comensales comienza a hablar del gobierno de turno. Lo hace trizas. Otro de los invitados engancha y comienza la discusión. La cosa se acalora, sube el tono, comienzan los insultos. La mesa, poco a poco, se vacía. Buena parte de la familia permanece recluida en el living, incómoda, al lado del comedor. Los niños hace rato ya que se fueron, un poco asustados. Y los dos protagonistas, permanecen en lo suyo, aportando una atmósfera tensa, inservible y dañina. Pero alguno de ellos sentirá orgullo. Habrá ganado la reyerta.

La de hoy – en buena parte- es una política agresiva. Se confunde lo frontal con embestida. Pareciera ser que mientras más belicosos seamos, más cerca estaremos de “la verdad” o de ser “personas con opinión”. Esa pobre y peligrosa asociación. Como dice la consigna, no importa que hablen bien o mal de ti, lo importante es que no dejen de hacerlo. En el lenguaje de nuestro tiempo, lo clave es estar en el ruedo, donde las papas queman, apostar a un trending topic y al mayor número de comentarios y retweets posibles. Y para eso un buen empellón da créditos, y muchos.

La política de la agresión tiene sus seguidores. Y lamentablemente, pienso, van en aumento. Pero yo quisiera otra cosa. Si en las organizaciones, privadas y civiles, se habla de un mundo que ha cambiado, de diversidad e inclusión, de sostenibilidad, de los desafíos de la era digital y de la necesidad de adecuarse a ese nuevo contexto, ¿no podrá actualizarse también la política? En los tiempos de la economía colaborativa, ¿no podremos remar también hacia una política de colaboración? La política debe volver a poner a las personas en el centro. Son ellos el verdadero sentido de cualquier quehacer público. No son los diputados, ministros, parlamentarios o alcaldes. No es su credibilidad. No son sus partidos. No es su coalición. No es su visibilidad o reconocimiento. No es la derecha o la izquierda. Son los ciudadanos – principalmente los que sufren- los que les deben quitar el sueño, los twits, las energías y su tiempo.

Seguro que hay políticos que están haciendo silenciosamente la pega, pero por no estar en las arenas del coliseo, dejan de “existir”. Como los que – una vez terminada la función- barren el circo, limpian las galerías, alimentan a las fieras, recogen la basura y dejan todo listo, para que al día siguiente, miles de trabajadores, hombres, mujeres y niños, disfruten y se sientan bien. A ellos mis respetos. En ellos, mi esperanza de una política mejor.


Por Matías Carrasco.

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2 comentarios en “EL CIRCO

  1. Luzma dijo:

    Buen artículo Matias , estoy de acuerdo en varias cosas q dices , los políticos de hoy (con contadas excepciones) son tan narcisistas que su egoísmo les impide ver las necesidades de la gente común, la gente de la calle y que sufre. !
    Que manera de degradarse la política ,lo que me produce una verdadera angustia.-

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