RÍASE

risa

Me mandaron a reír. Luego de enviarle un sesudo comentario de actualidad por whatsapp a un buen amigo, en vez de enganchar me devolvió un video viral, sin importancia, de esos livianitos pero graciosos. Y junto con él, el mensaje: “ríete”.

Y tiene razón. Es cierto que hay demasiados frentes abiertos para mantener el ceño fruncido y serio el semblante. Convengamos además que la gravedad tiene ciertos aires de intelectualidad y la risa, usted sabe, abunda en la boca de los tontos. Por eso pareciera más auspicioso seguir en “modo denso” y continuar con un profundo análisis, de todo y de todos.

La chispa del chileno se ha perdido. El buen humor que nos caracterizaba ha ido quedando atrás. La nube gris nos persigue y nos está comenzando a teñir la mirada. Chile se nos fue a negro y en cada cosa vemos maldad, sospecha y suciedad. Y sobran los motivos. Porque vaya que hay temas por estos días. Como si fuera un presagio, una señal, hasta la basura se ha convertido en un asunto preocupante. La licitación también se fue al tacho de la desconfianza.

No se trata de minimizar lo que nos pasa, de tapar todo lo que ya se ha destapado ni de esconder debajo de la alfombra lo que ya fue descubierto. Chile está en problemas. Pero, ¡en problemas! No estamos asistiendo al final de sus días, ni al ocaso de un país, ni al despeñadero, ni a la nueva Cuba del siglo XXI, ni al far west. Estamos bailando con la fea, ¡pero seguimos bailando!

Lo que preocupa es que hoy la queja está ganando la batalla, ¡por lejos! Haga la prueba. Dispare a matar, a cualquier cosa, y le prometo que recibirá aplausos. Intente otra vez. Generalice en esta oportunidad. Diga que todo está mal, que todos son narcos, que todos son corruptos e incompetentes (menos usted) y que todos son ladrones y abusadores. Victimícese. Volverá a recibir elogios. Descalifique ahora. Tírele con fuerza al Gobierno. Volverán a aplaudirlo. Y si es del bando contrario, escúpale en la cara a la oposición. Le sobaran el lomo. Eso vende.

Se nos deprimió esta larga y angosta faja de tierra. Paradójicamente a un país rico en minerales, le está faltando el litio. Para equilibrar las cosas digo yo. La queja y los malos augurios más que un síntoma se están convirtiendo en nuestra enfermedad.

Estamos hechos una lata. Uno a uno nos hemos ido contagiando. Estamos cayendo como moscas en esta silenciosa epidemia. Nos estamos convirtiendo en ese indeseable personaje que siempre está “ahí no más”, pase lo que pase, preso de su malestar, sus excusas y circunstancias. ¿Cómo voy a estar bien si Chile se cae a pedazos? Difícil será sostenerlo con tanto pesimismo.

Por eso reír puede ser un buen consejo. Soltar una buena carcajada puede activar los músculos, oxigenar la sangre y devolvernos el alma al cuerpo. Seguramente, como un día después de la lluvia, volveremos a ver la cordillera. Los problemas seguirán ahí, pero atrás, majestuosa estará la cordillera, como recordándonos que a pesar de todo, siempre habrá cumbres, paisajes y horizontes que disfrutar y celebrar, más allá de esa pesada nube gris.


Por Matías Carrasco.

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CARENCIAFOBIA

bomba bencina

Bastó un rumor, una alarma instalada en las redes sociales para que varios salieran raudos a las estaciones de bencina a repletar los estanques. Cundió el pánico. Terror por quedarse, literalmente, vacíos.

Es que al parecer tenemos que estar llenos para sentirnos a salvo. Cueste lo que cueste. Y en eso cada cual se rasca con sus propias uñas. Si otros llegaron tarde a la repartición de combustible, ¡allá ellos!… yo sonrío con mi ración a cuestas, como un trofeo. Ese gustito por sentirnos ganadores.

Quedamos en evidencia. Sin darnos cuenta le contamos al mundo nuestra enfermedad y su categórico diagnóstico: carenciafobia.

No soportamos la carencia o “la falta de”. Aunque la necesidad sea minúscula, superficial, momentánea. No lo toleramos. Necesitamos sentirnos seguros hasta la médula.

Por eso tenemos farmacias en cada esquina. Por eso coleccionamos seguros de autos, de incendio, de vida, de viaje, de urgencias y accidentes.  Por eso el APV, para engrosar la canasta de una vejez que ni siquiera sabemos si vamos a llegar a vivir.

Y así, hebra a hebra vamos tejiendo la red de nuestra seguridad. Y cuando por alguna razón, un punto se nos corre, asistimos todos en masa, urgidos y desesperados para tironear con fuerza de los hilos, ponerlos de vuelta en su lugar y volver a sentirnos en paz, cobijados en nuestra propia telaraña.

Quizás sea la carenciafobia la que nos mantiene alejados. Estamos tan ocupados abasteciendo nuestras despensas y botiquines que así se hace imposible mirar al del lado. ¡No somos capaces de aguantar tan solo el rumor de quedarnos sin unos pocos litros de bencina y vamos a ser capaces de atender al vecino! Ni qué hablar de los más pobres. Tanta precariedad simplemente no nos cabe en la cabeza. Por eso vivimos en una sociedad que prefiere ni mirarlos, para ahorrarnos un cuadro crítico de angustia y ansiedad.

Pero hay una esperanza. En la carenciafobia – como en toda fobia- la reacción es exagerada, intensa e irracional hacia un estímulo que nos parece gigante e inabordable, pero que en realidad no lo es. Y si nos ponemos en el peor de los escenarios, ¿que nos hubiese pasado algunas horas sin octanos? No mucho. Tal vez un mal rato. Tendríamos que arreglárnosla de otra forma. Pedir ayuda. Bajarnos del auto. Caminar. Compartir un paradero. Relacionarnos con otros. Subirnos al Transantiago. Apretarnos. Transpirar. Tocarnos. Inevitablemente tocarnos. Priorizar. Dejar de hacer algunas cosas. Convertirnos en un ciudadano de a pie. Nada muy terrible. ¿Se da cuenta?

Con una buena terapia saldremos adelante. Pero antes debemos asumir nuestra enfermedad. Mientras tanto podemos estar tranquilos. La empresa ya desmintió cualquier desabastecimiento y las estaciones de servicio volvieron a estar vacías. Podemos seguir andando.


Por Matías Carrasco.

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¿SERÉ YO SEÑOR?

seré yo señor

En el suplemento Tendencias de La Tercera de este fin de semana, Mónica Stipicic relata en su columna una serie de infortunios en su historial con la Iglesia Católica. En un relato cercano y coloquial nos cuenta que en su ceremonia de bautizo estuvo el cura Tato, mismo sacerdote que años después celebró su Primera Comunión. Continúa diciéndonos que la Confirmación se la dio Julio Dutilh, el párroco de la Iglesia Santa María de Las Condes que fue removido hace algunos días por una denuncia de actos de connotación sexual en su contra. Su matrimonio lo bendijo el Obispo Francisco José Cox, acusado también de abusos, y sus hijos fueron bautizados por Francisco Tupper, quién dejó los hábitos hace poco tiempo.

Sin dudas es un testimonio real, y que puesto así, nos deja la sensación de que estamos rodeados de curas enredados en algún asunto cuestionable. O visto de otra forma, nos habla de una Iglesia que está en crisis, con una credibilidad puesta a prueba y una feligresía que se ha ido alejando decepcionada de tanto escándalo y de tanta mugre escondida debajo de la alfombra.

Y en parte tiene razón. Yo me compro la tesis de que estamos en una difícil crisis. Y que la Iglesia – la mía- tampoco lo ha hecho bien en la manera de enfrentar los casos que la han puesto en entredicho.

Pero honestamente no creo que todos los sacerdotes sean abusadores. Como tampoco pienso que todos los delitos se cometen en Vitacura, o que todos los políticos son corruptos, o que todos los empresarios son explotadores y “chupa sangre”. Esas son reducciones tentadoras, pero simplonas y tremendamente injustas.

Yo podría contarle a Mónica otra historia, tan real como la suya. Yo nací en un hogar católico y fui formado en el Colegio San Ignacio, rodeado de sacerdotes jesuitas. Tengo dos tíos abuelos de la Compañía de Jesús: Alfonso Vergara e Ignacio Vergara. El primero, “Poncho”, un cura extraordinario, cercano, distraído, genial y muy querido por la gente que lo conoció. Me bautizó y celebró mi postura de argollas. También presidió la misa de funeral de mi padre y estuvo muy cerca de mi familia en momentos duros. El segundo, “el “Nacho”, era un cura obrero. Aparecía por mi casa con su barba gigante y mi nana no le habría la puerta por pensar que era un sospechoso extraño. Con él visité el persa Bío Bío más de alguna vez en busca de un repuesto para sus labores de gasfitería en la población donde vivía. Aunque lo conocí poco recibo ocasionalmente sus historias de entrega, coherencia y amor por los más pobres.

Y así. Mi matrimonio también fue celebrado por un amigo y teólogo jesuita, participé de una comunidad ignaciana liderada por otro gran amigo de la Compañía y tengo además compañeros de generación que, aún en estos tiempos, se ordenaron en las filas de Ignacio de Loyola. Uno de mis hijos fue bautizado por un sacerdote diocesano que está haciendo buena pega en una parroquia del sector oriente y he visto en sacerdotes de otras congregaciones valentía, vocación y servicio a toda prueba.

Y a diferencia de la historia de Mónica, ninguno de ellos ha sido acusado de abuso. Todo lo contrario. A muchos de ellos les tengo un gran aprecio y un profundo agradecimiento.

Sé que no es muy popular salir en defensa de la Iglesia hoy. Yo también tengo una mirada crítica. Sin embargo he decidido quedarme. En parte por lealtad a quienes dan su vida con vocación y servicio de manera anónima y laboriosa en distintos rincones de Chile y el mundo; en parte por creer que desde adentro uno puede aportar en el camino hacia una Iglesia más humana, inclusiva y para todos y todas, sin excepciones; y como no, por fe, aún con dudas, por fe.

Al finalizar su columna, Mónica se pregunta con ironía “realmente, ¿seré yo Señor?”. Y yo creo que si y no. La Iglesia Católica es lo suficientemente ancha para que quepa la anecdótica vida de Mónica, la mía y muchas más. En ella habitan luces y sombras, como en todas partes. Hay historias tristes y felices, santos y malvados. Lo importante – espero- es que al final no se nos mida por cuántas reglas fuimos capaces de cumplir, sino por cuanto amor fuimos capaces de entregar. Y en eso caben todos. Mónica también.


Por Matías Carrasco.

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LA DELINCUENCIA Y UN PAÍS MÁS «SEGURO»

SEGURIDAD

Vivo en una tranquila calle de Vitacura. No deben ser más de treinta casas en toda la cuadra, adornada con liquidámbares, arbustos y antejardines perfectamente cuidados. Pero en el último año nos hemos visto afectados – como muchos- por el robo, la violencia y el temor.

Hace algunos meses encañonaron a unas señoras de edad que salían frente a mi casa para robarles su auto. Pocas semanas atrás pasó lo mismo con mi vecina, que salía entusiasmada a un viaje familiar. Tuvo que posponerlo. Y yo también caí. Dejé una noche mi vehículo afuera y con vidrios rotos y el tablero desencajado intentaron llevárselo. El cortacorrientes les impidió cumplir con su objetivo.

¿Conclusión? La delincuencia crece en nuestro sector y en las comunas de la zona oriente de Santiago. O al menos aumenta la percepción del delito. Ya lo hemos visto. Las historias corren velozmente por las redes sociales y la televisión. Son relatos que nadie quiere vivir porque violentan, nos exponen a nosotros y a nuestras familias y, más que mal, pueden fácilmente terminar en tragedia.

Y por eso buena parte de quienes vivimos por estos barrios nos hemos organizado. Afloraron grupos de vecinos en whatsapp, proliferan las rejas altas, alarmas y focos dirigidos y sensibles al movimiento. Aparecieron retenes móviles de la municipalidad y los motoristas de seguridad recorren las calles con más frecuencia. Los estilos de vida incluso han ido cambiando. Varios prefieren dejar el auto en la casa y salir en taxi, para evitar ser protagonistas de un injusto y violento despojo. Y los medios también han decidido tomar cartas en este asunto. El Mercurio se ha llenado de personas que cuentan sus propias experiencias, exigiendo a las autoridades medidas claras y contundentes que permitan terminar de una buena vez con esta situación. Algunos, desesperanzados, han dicho que la batalla ya está perdida.

¿Por qué reaccionamos? Simplemente por que la marea subió y el agua llegó sorpresivamente hasta la puerta de nuestra casa. La basura ya no está en la casa del vecino, está en nuestro propio jardín. Por eso la vemos, por eso nos molesta, por eso sabemos que existe y conocemos el feroz impacto que puede generar la delincuencia. Y una vez mojados los pies, decidimos levantar la voz, organizarnos, reclamar e incluso ponernos de acuerdo para golpear ollas y hacer sentir nuestra indignación. Y por eso los dueños y directores de medios de prensa también reaccionan. Porque seguramente viven en las comunas que hoy están haciendo noticia.

Pero para ser justos, Vitacura, Lo Barnechea y Las Condes no son las comunas de la Región Metropolitana más vulnerables al delito. Antes del ABC1 – de acuerdo al Estudio de Vulnerabilidad Socio Delictual de la Asociación de Municipalidades de Chile – otras comunas nos llevan la delantera. Santiago, Quinta Normal, La Granja, Estación Central, Cerrillos, Quilicura, San Miguel y Lo Espejo, nos preceden en el ranking de los sectores que ostentan los peores niveles de seguridad pública. Y si hablamos de robo con fuerza a viviendas, el nivel socioeconómico E también nos “gana”, conforme a los resultados de la última Encuesta Nacional Urbana de Seguridad Ciudadana.

No obstante los datos, y a juzgar por lo que uno ve día a día en los diarios, la radio o noticiarios de televisión, el mayor problema se concentraría en nuestras propias narices y comunas.

No se enoje conmigo. No estoy minimizando lo que está sucediendo en nuestros barrios, plazas y lugares de esparcimiento. Comparto que es un tema grave. Yo no quisiera ver a ningún extraño haciéndole daño a mi familia o a mis hijos. Y por eso también me preocupo, reacciono y me movilizo.

Pero sí me parece interesante constatar que la delincuencia, de alguna manera, nos acerca a mundos desconocidos. La delincuencia nos hace vivir lo que otros viven con más fuerza y a diario a kilómetros de distancia, en otros lugares y en realidades que ya nos quedan, sencillamente, gigantes. Al menos nosotros tenemos los medios, la influencia, las alarmas, los cercos y la seguridad privada para poder protegernos. Ellos no.

La delincuencia no es sólo un fenómeno que nos debe hacer reaccionar. Si lo vemos de otra forma, también puede ser un “buen” provocador que nos permita abrir los poros, sensibilizarnos, empatizar y conectarnos con otros que ya ni siquiera vemos ni conocemos. Sólo estableciendo puentes lograremos entendernos y construir un país más seguro, en el más amplio y justo de los sentidos.

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HAGAMOS UN TRATO

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Estamos cansados. El aire está denso, el clima contaminado y todo parece estar patas para arriba.

Chile está en un nudo que nadie sabe cómo desatar. Hasta hace poco vivíamos en una tranquila taza de leche. Todo parecía estar en orden. Pero algo pasó, nos movieron la mesa, la taza se rebasó y la leche comenzó a derramarse.

Navegamos por aguas revueltas. Cuando pensábamos que íbamos a toda máquina directo al desarrollo, una tormenta inesperada y olas grandes y violentas rompieron la quilla, las velas y el timón. Parecemos ir a la deriva.

Estamos en problemas. Tantos que no sabemos por dónde empezar. Que la política, que el Gobierno, que la delincuencia, que las marchas, que las boletas, que los abusos, que las reformas, que los paros, que los empresarios. Ya lo sabemos. Y por eso vivimos agotados, confundidos, sin brújula y rumbo claro.

Andamos a saltos, como asustados y a la defensiva. Y cuando llega la amenaza, se levantan las murallas y el diálogo abandona la cancha. Comienza la violencia, las patadas, los insultos y la agresión. Es la única manera de sentirnos a salvo. Y en eso hemos estado el último año.

¿Quién podrá defendernos? Esa es la cuestión. Seguimos a la espera, ansiosos, de que surja un superhéroe o algún liderazgo que nos muestre el camino. Pero nada. No está anunciada lluvia todavía. Tendremos que seguir aguardando en días de emergencia ambiental.

Pero propongo un alto. Pongamos la pelota contra el piso y hagamos un trato. Sé que los desafíos que hoy enfrentamos parecen titánicos y que las esperanzas están puestas en otros y no en nosotros. Pero sé también que punto a punto se tejen chalecos. Lo que esté dispuesto a hacer usted y yo también es parte de la solución. Hagámoslo ahora, mientras estamos a la espera del mesías.

Baje la guardia, mida las formas, modere las palabras, sonría. Respire profundo, cuente hasta diez, abandone la trinchera y ábrase a la posibilidad que la razón también puede estar del otro lado. Opine, pero evite la sangre, las ofensas y la mala leche. No se ensañe. Compre Visine, échese un par de gotas en los ojos y limpie su mirada de tanto tinte ideológico. Verá con más claridad. Dé la pasada en el taco, estaciónese como corresponda y respete su turno en la fila. Espere a que bajen y luego suba. Pague su boleto del Transantiago. No evada. Dé el asiento. Regularice la ampliación de su vivienda. No altere el taxímetro. Evite las sociedades de papel. Compre libros, softwares y películas originales. No a la piratería. Dé boletas cuando corresponda, pague horas extras, cobre los justo y necesario. No mienta. Evite las licencias falsas y revisiones técnicas truchas. Si tiene algún “pituto” o conocido para sacar ventaja no lo utilice. Si ve la oportunidad de hacer un buen negocio o una «pasada», desista. Igualdad ante todo. Conduzca sin alcohol. Tolerancia cero. Acate la restricción, cumpla la ley, imponga lo que corresponda, pague lo que debe, hágale el quite a la trampa y a esas malas prácticas que con tanta facilidad condena. La ética viene en envases grandes, medianos y pequeños y a todos nos mide con la misma vara ¿Cómo andamos por casa? ¿Está limpio? Yo no.

No sólo el “rey” Arturo, los «Carlos», Peñailillo, Novoa, Moreira, Ena, Martelli, Velasco, Pizarro, Zalaquett, Dávalos, Campagnon y compañía deben dar el ejemplo. Nosotros también. Y entenderlo así ayudará a bajar los rifles, aquietar las aguas y recuperar el timón.

Anímese. Atrévase. Hagamos un trato.


Por Matías Carrasco.

* La ilustración que acompaña la columna es de Nico Pregelj.

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YO SOY MÓNICA

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Hace tiempo que en Chile le hacemos el quite a los problemas. Nos está costando un mundo asumirlos y abordarlos con la altura y seriedad que merecen los desafíos que hoy nos toca enfrentar. Y con esto no pienso en los enredos que tienen en vilo a nuestra elite, políticos y la clase dirigente. Me refiero más bien al nivel de la discusión que se genera en la calle, en la señora Juanita y en el ciudadano de a pie. A cómo usted y yo conversamos y confrontamos nuestras diferencias.

Hoy se hace muy difícil el diálogo, el debate y el contraste de ideas. Si usted no piensa con radicalidad, simplemente será devorado por una turba de manifestantes que privilegian las caricaturas, los estereotipos y salidas simplonas. Hasta las cuestiones más complejas se reducen, se empaquetan y se presentan en color blanco o negro, para evitar pensar, cuestionarnos o incluso, dejarnos seducir por un buen argumento. No. Más bien se trata de montarme en el macho y defender mi punto de vista a como de lugar, aún a golpes, insultos o descalificaciones de alto y bajo calibre. Imponerse es la consigna.

El amor por las ideologías contribuye en parte a este fenómeno. Es sabido que el fanatismo nos pone ciegos y sordos como tapia. Nos impide abrirnos a ver y conocer otras verdades, aunque estén ahí, frente a nuestras narices, evidentes y gigantes como monumentos. Es tanta la devoción que sentimos por nuestro modelo que cualquier alternativa nos parecerá pequeña, estúpida, insignificante.

Es tal la falta de ideas y de un pensamiento crítico que la violencia ha ido ganando terreno como herramienta de defensa y los polos y extremos están floreciendo como callampas en medio de este valle crispado y agresivo. Y a lo lejos, marginados, huyen en estampida matices y colores por montón. Nadie los quiere por estos prados.

Por eso no sorprende que la periodista Mónica Pérez haya encontrado tanto repudio a su comentario sobre las marchas y la violencia. “La realidad no es blanco o negro. Todos somos víctimas de la violencia” – habría dicho en alusión al programa Informe Especial que emitió anoche TVN. Claro, por plantear un matiz –del porte de una catedral- y no ubicarse del lado de los “estudiantes-víctimas” fue troleada, como se dice en jerga de redes sociales.

Preferimos encasillar a pensar. Es más fácil el atajo al camino largo. A realidades complejas, soluciones básicas y estereotipadas. Son pocos los valientes que frente a discusiones calientes y de posiciones tan demarcadas se animan a plantear un punto mesurado. Hoy es más fácil sumarse a uno y otro bando y fondearse en la multitud a ponerse en el medio e intentar abrir una discusión inteligente y enriquecedora. Si lo hace lo harán bolsa, como a Mónica.

Y en parte es la falta de ideas, de diálogo, de respeto, de tolerar la diferencia lo que nos tiene marcados y enfrentados: pro vidas y pro muertes, allendistas y pinochetistas, izquierdas y derechas, liberales y conservadores, opresores y oprimidos, víctimas y victimarios, carabineros y estudiantes. Si nos sacáramos la capucha entenderíamos que somos tanto más diversos que todo esto. Si nos desasiéramos de nuestras anteojeras caeríamos en la cuenta de que Chile y el mundo tienen miles y miles de colores. Y si se decidiera a bajar las defensas y dejara entrar algunos vientos de humildad, entenderá que su verdad no es la única y santa verdad.

Por eso yo también “Soy Mónica” y, troleos mediante, solidarizo y me sumo a su cruzada.


Por Matías Carrasco.

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¿Y SI DIJERAN LA VERDAD?

bachelet

De pronto, en medio de tanto ajetreo, de tantas explicaciones, de tantas vocerías y puntos de prensa, de tanta declaración en la fiscalía, de tanta cuña en el Congreso, me surgió la pregunta: ¿y si dijeran de una vez por todas la verdad?

Claro, porque de ser cierto eso de que la verdad nos hace libres, quizás diciéndola logremos deshacernos del yugo de la desconfianza, soltar amarras y salir nuevamente a navegar en aguas más tranquilas.

Si hasta el mismo Yerko Puchento lo dijo esta semana: si existe el trabajo de preparto antes del nacimiento, si existen los preuniversitarios antes de entrar a la universidad, si existe el preámbulo antes de una relación sexual….¡cómo no va a existir una precampaña antes de una campaña electoral!

Lo peor es que a estas alturas todo el mundo lo sabe…menos el Gobierno. Es evidente. No hay que tener dos dedos…ni siquiera frente para entenderlo. Pero insisten con el jueguito del “no sabía”. No por que todos comamos huevos, somos todos huevones. Perdón el francés, pero se acabó la paciencia.

Si don “Jechu” decía ser la verdad, el camino y la vida, quizás si nuestras autoridades se decidieran a decir qué diablos fue lo que pasó, pero “en la dura”, Chile encuentre de nuevo el camino y la luz para salir de este enredo.

Es más. Decir la verdad significaría para el Gobierno un importante ahorro de tiempo y recursos. No tendría que gastar horas y horas en articular estrategias de blindaje, construir ideas fuerza y alinear a todos los presidentes de partido a un discurso común. Y no tendría que gastar millones en asesores que le recomienden qué decir, cómo decirlo y cuándo decirlo. La verdad los libraría de todo ese maquillaje.

Después de todo no es tan grave lo de la famosa precampaña. Es mucho peor la sensación que va quedando entre la gente de que se están riendo en su cara, que se les engaña y que se les hace pasar, una vez más, gato por liebre.

Pero claro, decir la verdad no es gratis, tiene sus costos. En esta oportunidad, está el costo de tener que agachar el moño, ponerse al mismo nivel de quienes condenaban sólo hace unos meses atrás, mirarse en el espejo y aceptar las manchas en la piel. Y sobre todo, asumir que en La Moneda existe un tremendo y delgado tejado de vidrio haciéndose añicos.

Digan la verdad, pero díganla a secas, sin adornos ni apellidos. Peñailillo ya está demasiado solo para dejar que se hunda como el héroe que salvó a la Nueva Mayoría. Además no se ve muy bonito eso de dejar a los amigos abandonados cuando las cosas no andan bien. Y tampoco queremos ver inmolarse al partido Socialista. La inquisición terminó hace siglos ya. Y tampoco creen en eso.

No queda otra que decir la verdad. Los chilenos ya se hicieron una idea y más explicaciones, más estrategias, más manotazos sobre el agua, sólo agravan la falta. Ya va quedando sólo un raspado de credibilidad. No lo desaprovechen.

Digan que hubo precampaña, que todos sabían, incluso la Presidenta. Y para no dejar sin pega a sus asesores, digan también que se mueren de vergüenza, que eso no se hace y que no se volverá a repetir. Caerá bien.

Con eso ustedes se sentirán más libres, los chilenos menos estúpidos y con la cara despejada podremos sentarnos nuevamente en la mesa para recomponer los ánimos y volver a conversar.


Por Matías Carrasco.

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QUE CHILE NO SE RINDA

desanimo

Hay motivos de sobra para el desaliento. Por donde uno mire se encontrará con alguna razón para bajar la mirada, encogerse de hombros y sentir que no queda nada más que el desánimo.

Mire usted lo que pasa en política. Las cosas parecen no mejorar. Hay un sol de boletas, asesorías, financiamiento y prácticas irregulares que muchos insisten, majaderamente, en tapar con un dedo. Como nunca son varios, de lado y lado, los que hoy están contra las cuerdas. Y caen como gotas, una a una, nuevas denuncias que ponen en duda la probidad y ética de nuestras autoridades.

Incluso la Copa América, que prometía ser un oasis en medio de todo este desierto, acaba de salpicarse con acusaciones de corrupción y soborno al más alto nivel. La pelota también se manchó.

Y si para despejar la mente decide pasar unos días en el sur, ahí se encontrará con una violenta Araucanía. Camiones quemados, casas incendiadas y familias armadas son parte del paisaje. Mientras tanto, las reivindicaciones mapuches y una salida pacífica al conflicto parecen no ver la luz.

Hasta los indignados que deciden salir a marchar se han topado en la calle con un sombrío panorama. La muerte de dos estudiantes baleados en la Plaza Victoria de Valparaíso y un joven peleando por su vida luego de sufrir un TEC abierto en medio de las movilizaciones del 21 de mayo, han instalado tristeza y desazón en las veredas y cunetas de Chile.

Y cuando apesadumbrado por todo esto se acerca a la Iglesia para rezar por su país, ahí también encontrará un lugar accidentado. Los escándalos de abusos sexuales, el desprestigio de algunos curas y obispos, la falta de sintonía con la comunidad y algunas decisiones poco afortunadas, tienen a varios alejados del templo.

Es cierto. El cuadro parece ser desalentador. Pero una cosa es que Chile esté pasando por un momento difícil y otra distinta es que perdamos el ánimo, perdamos el alma.

Aunque la tarea le parezca titánica, a pesar de creer que por más que se empeñe nada cambiará, no se deje abatir. Tenemos por delante mucho por hacer.

Usted, ¡sí, usted! puede cambiar el mundo….bueno, ok….no “el” mundo pero sí esos pequeños mundos e historias que lo rodean. ¿Y luego que?…usted sabe que piedra a piedra se construyen catedrales.

No deje que la adversidad lo eche abajo. No permita que la tormenta le impida ver el amanecer. No deje que el mal momento lo desafecte y lo llene de apatía.

Luche por lo que quiera. Responsablemente dé la pelea por lo que considera justo. Hágase un espacio. Participe. Vote. Defienda sus ideas. Tire del mantel. Golpee la mesa. Opine. Salga de su zona de confort, levántese y ande. Marche, camine, corra si quiera. ¡Pero no se quede dormido!

Créame. Toda esta polvareda que se ha levantado es poca cosa si se le compara con una ciudadanía que por el desánimo se rindió, dejando que otros hagan y deshagan a su antojo. Ahí sí, ahí sÍ que sÍ, todo se va al carajo.

Que no se rinda, que Chile no se rinda.


Por Matías Carrasco.

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ANDY

ANDY

Estoy con usted. Ver a un niño de cinco años convertido en una niña es fuerte. Nadie puede quedar indiferente. No estamos acostumbrados a conocer realidades de este tipo y menos a verlas con nombre y apellido, con la carita despejada y a todo color. Y lo presenciamos por primera vez con la impactante historia de Andy, en el programa Contacto de Canal 13.

Sigo con usted. También es fuerte que una familia decida acceder al deseo de su hijo a ser tratado como una niña a tan temprana edad. Seguramente las preguntas que uno se hace sean las mismas que Andrea y Víctor, padres de Andy, también se hicieron y se siguen haciendo. ¿Habrán elegido el camino correcto? ¿No estarán exponiendo a su hijo a más burla y discriminación? ¿No era más prudente esperar a que Baltazar, el niño antes de Andy, tomara con más consciencia esa decisión?

Sí, tiene razón: todo esto le puede parecer extraño, poco común…pero es también tremendamente humano.

Los rostros de esos padres no hablaban precisamente de un capricho por ver a su niño entre polleras, aros y muñecas. Más bien había allí un hondo sufrimiento y el legítimo sueño de todo padre y madre por hacer a su hijo feliz.

Imagino que Víctor y Andrea nunca desearon un niño transgénero. Pero aun así, lo aceptaron. Contra todo prejuicio, lo abrazaron. Todavía con dudas, decidieron vivir la vida que su hijo quería con tanta fuerza vivir.

El dolor de esos padres se nota y el miedo por el futuro también. Dejar partir al pequeño Baltazar no debe ser fácil. Su madre hablaba de un duelo difícil de superar. Y tomar la decisión de llamarlo, educarlo y vestirlo derechamente como una niña, tampoco. Su padre reconocía llorando cuánto le dolió comprar su primer vestido, pero también comentaba con alegría como vio “levitar” a su hija de felicidad tras recibir el regalo. ¡Y vaya qué regalo!

No es gratis su elección. Y ellos, mejor que nadie, lo saben. No sólo Andy sino también toda su familia está expuesta hoy al juicio social y a la crítica de buena parte de los chilenos. Serán tema de conversación y materia de análisis en varias sobremesas. Serán blanco también de juicios morales y exclusión. Serán apuntados con el dedo en su paseo por el mall, la plaza o el vecindario.

Pero por alguna razón, sabiendo de todo esto, Víctor y Andrea han decidido seguir adelante. ¿Por qué? Quizás porque saben que lo mejor que pueden hacer por su hijo es quererlo tal cuál es, sin condiciones. Quizás porque entienden que la acogida y la aceptación que a Andy le costará tanto encontrar en su colegio o en la sociedad, ellos sí pueden dársela en su propia casa. Quizás porque intuyen, a falta de certezas, que una pieza rosada sea para su hijo el mayor gesto de amor. Al final, lo único cierto, es que Andy debe estar sintiendo el apoyo y la convicción de que no estará sola, ni ahora ni nunca. Y hay en eso una gran enseñanza.

Andy ha obligado a su familia y a nosotros a viajar hasta las fronteras del ser humano. Ese lugar donde aparecen historias al límite y casos que, más allá del bien o del mal, simplemente existen y debemos aprender a respetar.

¿Estará la familia de Andy en lo correcto? No lo sé. Habría que estar en su lugar. Pero por lo visto la noche del domingo, y evitando todo juicio, aparecieron ahí tremendos pedazos de amor, entrega, sacrificio, valentía y humanidad. Aunque nos cueste entenderlo.


Por Matías Carrasco.

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¿QUÉ LE PASA A CHILE?

chile

Estoy de acuerdo con usted. Me adhiero al sentir popular y también a su preocupación. La pregunta resuena por todos lados: ¿qué le pasa a Chile? ¿qué le están haciendo a nuestro país? Pero acá tendremos una diferencia. Porque no me refiero a los casos Caval, Penta y Soquimich. No le hablo tampoco de tanta boleta ideológicamente falsa, financiamiento irregular de campañas ni de Peñailillo. Todo lo que ha pasado es grave y son cuestiones que merecen ser investigadas. ¡Qué las instituciones funcionen y la justicia haga su trabajo! Hay que estar atentos y fiscalizar. Que nada quede debajo de la alfombra. ¡No hay que dar espacio a la corrupción!

Pero más allá de todo eso, me refiero a usted y a mí. A tanto pesimismo instalado entre la ciudadanía. A ese derecho que nos arrogamos para descalificar a diestra y siniestra, para denostar a cualquier autoridad, empresario, cura, carabinero, militar o personero público que se nos ponga por delante. A esa costumbre que hemos ido tomando, cínica e hipócrita, de encontrar a todos unos ineptos, estúpidos, incompetentes, ladrones y mentirosos. A la liviandad con qué disparamos, sin tregua. Ya no hay cuero que resista.

De la noche a la mañana nos convertimos todos en twitteros, tenga o no una cuenta en twitter. Me refiero al deporte de opinar de todo y de todos, pero con rabia, sin filtro, sin responsabilidad, apostando al bullyng en masa. Todos escondidos tras la muchedumbre tiramos la piedra. Y usted piensa que lo suyo no dará en el blanco. Pero uno, más uno, más otro que se va sumando, hacen fuerza y logran generar, sin que usted se entere, un huracán tan destructor que logra su objetivo: hacer daño.

En sólo un chasquido nos unimos al coro de los pesimistas, al más amargo de los coros. Hagan lo que hagan, digan lo que digan, todo andará mal y peor. Estamos tan metidos en esta vorágine que ya no creemos en nada, o más bien, queremos dejar de creer. Es más fácil desacreditar a quién tengo al frente, a quién piensa distinto, para en el contraste sentirme más grande, más seguro y más orgulloso de mis propias ideas y convicciones. Al final del día, yo y los míos, tendremos siempre la razón. ¡Puaj!

Tiramos mierda, contra todo tiramos mierda. Perdóneme usted la expresión, pero a estas alturas no hay ninguna más clara y honesta para transmitir lo que hoy le pasa a Chile. Escasean por estos días obreros y albañiles dispuestos a construir, a recogerse las mangas y empeñosamente aportar a un mejor país. Por el contrario, saltan a la vista miles de retroexcavadoras dispuestas a echarlo todo abajo. Y aparecen del lado de quienes las promovieron y también del lado de quienes las criticaron con tanta fuerza en su momento. Hoy buena parte de los chilenos, de derecha e izquierda, conducen una de ellas.

No se pregunte tanto qué es lo que el Gobierno, los parlamentarios y empresarios le han hecho a nuestro país. Pregúntese usted mismo qué es lo que hace por Chile y cómo usted puede ayudar a mejorar las cosas. Necesitamos sacar esto adelante, ¿se une? ¿quiere estar?

No le digo que no critique, no le pido que no levante la voz, no le estoy diciendo que deje de expresar su sentir y malestar, ¡hágalo!, pero intente hacerlo con respeto, argumentos, responsabilidad y altura de miras. Póngale freno a la descalificación, a la mala onda y al ventilador de usted sabe qué.

La Presidenta ha anunciado en las últimas horas lo que tantos han venido pidiendo: un golpe de timón. La solicitud de renuncia a todos sus ministros es una medida tan llamativa como categórica. ¿Solucionará todos los problemas? Por supuesto que no, pero es una señal clara de querer mejorar todo este entuerto. Y acá usted y yo tenemos dos alternativas: o lanza la serie de improperios que acostumbra en contra de Bachelet y toda la clase dirigente, o aprovecha la ventana para bajar las luces y ser parte de la solución, desde el oficialismo, la oposición, la incredulidad, la indiferencia, o desde el lugar que a usted mejor le parezca.

¿Qué le pasa a Chile? Que nos ha ido ganando la amargura. Y tenemos que hacer algo para dar vuelta la tortilla y volver a ser la copia feliz del Edén.


Por Matías Carrasco.

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