
El día en que se acaben las preguntas, se acaba el pensamiento. Detrás de una interrogante hay posibilidades y exploración. La pregunta abre, desafía, interpela. La respuesta cierra, define, asegura. Algunos prefieren las certezas porque necesitan la estabilidad de una realidad concreta, sin ambigüedades. Otros disfrutan de las preguntas porque aún no llegan a destino y se sienten cómodos en el terreno de la ausencia.
Para quienes gustan del pensamiento, la pregunta no puede ser esquivada. Ninguna debería tener la boca prohibida. Ni las más feroces. Sin embargo, le tememos. Percibimos en la pregunta un precipicio y no un puente a un mundo nuevo.
En estos días ha generado escándalo en las redes sociales un texto escolar de sexto básico que pregunta a los alumnos por aspectos positivos y negativos de la dictadura militar en Chile. Algunos ya pusieron cara de espanto: que cómo es posible; que cómo cresta preguntan por las bondades de una dictadura; que eso es relativizar la violación a los derechos humanos; que es una apología a los crímenes de Estado; etc. Inmediatamente, la institución a cargo del material salió a aclarar el entuerto y terminó por “agradecer la retroalimentación” y que lo tomarían “como una oportunidad de mejora”.
Y yo que la había encontrado una pregunta interesante. Me gustaría que mis hijos lo pensaran. ¿Puede haber algo positivo en una dictadura? Me encantaría que se informaran, que leyeran, que buscaran en internet y que llegaran a casa a preguntarme a mí, a su mamá o a sus abuelos por esa parte de la historia. ¿Es posible la luz en la oscuridad? Los imagino despiertos, curiosos, intentando dar con sus propias respuestas. Seguramente preguntarán por lo que pasó. Les respondería a mi manera. ¿Y qué se hizo en todos esos años, papá? Quizás tendría que abrir los naipes y hablar de distintos ángulos. La vida tiene ángulos (aunque algunos insistan en verla sin repliegues). Comentaría de la economía, de los Chicago Boys, de la infraestructura, de la pobreza, del progreso, de la crisis del 82, de la sociedad de los setenta y de los ochenta, de la privatización de las empresas y sus irregularidades. Les hablaría de Allende y del golpe. Tendría que referirme al marxismo y al capitalismo. Algo les diría de la guerra fría. Bajaría la voz y les contaría de los muertos, del odio, de las torturas, de los grupos armados, de los detenidos desaparecidos, de los hombres y mujeres arrojados al mar o a los hornos de Lonquén, de los ejecutados, del Informe Rettig, de la Vicaría, del atropello a los derechos humanos, del atentado a Pinochet, de las libertades amordazadas, de los exiliados, de los que nunca más volvieron. También les hablaría de aquellos que lucharon pacíficamente contra la dictadura.
Intentaría narrarlo con neutralidad, escogiendo los hechos más significativos. Pienso que luego arremeterían con otra pregunta. ¿Y hay algo positivo en todo eso, papá? Su cuestionamiento me abre la cabeza. Opto por conversarlo. ¿Qué piensan ustedes? Y ahí nos quedaríamos, sentados en el sofá, intentado líneas en el amplio océano de una pregunta jodida. Confío en que llegarán a sus propias conclusiones. Esperaría que volvieran con nuevas encrucijadas.
Tal vez hubiese sido más fácil cerrarlo como acostumbran los amantes de las certezas. ¡De eso ni hablar! ¿Quién carajo les manda esa pregunta? Nada bueno salió de allí. Ellos se quedarían atrapados en una verdad irrefutable, de esas que se imponen no por sus argumentos, sino por el peso de la voz firme y autoritaria. Yo me hubiese evitado tanta cháchara y podría haber seguido leyendo el diario con tranquilidad.
Pero no. Prefiero el filo de las preguntas y el riesgo de la intemperie. Ahí se saborea el pensamiento y la libertad.
Por Matias Carrasco.








