ADVERTENCIA

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En el Chile de estos tiempos, vociferante y excitado, ha surgido una nueva clase de personas: los buenos. A ellos y a ellas los podrá encontrar en todas partes. En un bar, silbando en la calle, escribiendo esta columna, comentando esta columna, en la televisión, en la radio, en las redes sociales y en los diarios. También en el Congreso, en las iglesias, en el estadio, en una marcha, haciendo barricadas, en una sala de clases, en una comisaría, quemando una comisaría, o fumándose un pitito en el recreo. Los hay ateos y creyentes, de derecha e izquierda, viejos y jóvenes. Da igual. Seguro que conoce más de alguno.

Los hombres buenos y las mujeres buenas, se caracterizan por ser una especie lúcida, como venida de otro planeta. Son vehementes, apasionados y de convicciones inclaudicables. El bueno tiene la verdad por el mango y sabe exactamente cómo se deben hacer las cosas. Además, nos enseña qué decir y qué callar. Son como el maestro chasquilla del siglo XXI. Conoce y opina de todo, como si fuese un experto, aunque finalmente solo repare cañerías gastadas.

Los buenos son la única raza sin conflictos ni contradicciones. Por eso se espantan frente a las miserias y pellejerías del hombre moderno. Ellos y ellas, sufren por esta sociedad – maloliente y en picada- que otros han construido. Porque el bueno tiene que encontrar siempre algo putrefacto, una causa que levantar, porque si no, ya no es bueno.

Pero traigo malas noticias. Los buenos no son tan buenos. Lo descubrí hace un tiempo, mientras alimentaba los peces de mi acuario antes de salir a marchar por las gallinas. Pensaba que estaba salvando al mundo, pero con suerte alcanzaba a salvar mi propio ego. Es bueno sentirse bueno. Uno se va llenando la cabeza de fantasías salvíficas y otros te adulan por ser algo así como el mesías.

Se anda más suelto por la vida cuando uno se ubica del lado brillante de la luna. Allí, hay luz y no sombra. Como en un escenario, te maquillas, te enfocan y te aplauden. La sangre corre como en una arritmia y el corazón se infla. El bueno se eleva y como un globo se va dejando llevar por los vientos del otoño.

Pero los buenos no son tan buenos. Perdone que le embarre el día, pero es la noticia que he venido a traer. Ni usted ni yo, amigo lector, somos Gandhi. Tampoco él, era tan bueno. Ni los ecologistas, ni los activistas, ni los feministas, ni los columnistas, y tampoco los defensores del pingüino de Humboldt, son los hombres y mujeres justos y cándidos que juran ver frente al espejo. Cruzar a un ciego en la calle o abrigar a un quiltro en un día de lluvia, no nos libra de ser, simplemente, humanos.

Está bien luchar. Está bien manifestarse. Está bien creer. Está bien dar la vida por lo que consideramos justo. Pero no estaría nada de mal, que de vez en cuando, los buenos se miraran a sí mismos, no para fotografiarse o celebrarse (otra vez), sino para buscar entre sus ropas perfectas, alguna hilacha suelta o algún botón descosido. ¿A quién no le ha pasado?

Cuentan que, en la Antigua Roma, cuando un general regresaba de una batalla y caminaba victorioso por las calles, entre vítores y alabanzas, tras él un siervo le soplaba en el oído:“Respice post te! Hominem te esse memento!“. Algo así como: “mira tras de ti y recuerda que eres un hombre y morirás”.

Quizás, los buenos debieran encargarle a su sombra, que les diga suavemente – cada tanto- “recuerda que también vas al baño, como los hombres buenos y malos”.

Insisto. No se enoje conmigo. Yo solo vengo a hacer esta advertencia. Me la encargó un tipo normal, quitado de bulla, que está cansado de sentirse malo, inmoral y mediocre, bajo la sombra gigante del hombre bueno.


Por Matías Carrasco.

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3 comentarios en “ADVERTENCIA

    • Martin dijo:

      Matias, en forma análoga a cómo escribiste el hombre bueno, podrías escribir para las instituciones buenas” Muy aplicable al legislativo, carabineros, poder judicial, iglesia, …. etc

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