32 DE AGOSTO

ACER

El 32 de agosto era el día de los imposibles. La noche iluminada, las ratas flotando en el aire, el vigía dormido, las palabras mudas, el fuego congelado, los huecos repletos y personas reales que sin embargo no existían, anunciaban la jornada en donde las cosas se iban dando fuera del tiempo y de todo mundo conocido.

La derrota cantaba victoria y la muerte, esa sombra permanente, se sacudía de sus tumbas para volver a la vida. En el día de lo inimaginable, los cementerios abrían sus puertas mucho antes del amanecer. Cientos iban siguiendo el olor a los huesos que añoraban. Unos traían botellas de vino; otros, guitarras y tambores, como celebrando una romería; varios llevaban colgando del cuello una cámara de fotos para inmortalizar a los mortales. Ninguno, cargaba flores.

Los despojos y las cenizas se reunían como el mercurio. Aparecían como topos desde la tierra, bajaban como arañas de los mausoleos. Los muertos ya no estaban muertos y festejaban con abrazos eternos el reencuentro con los que dejaron atrás. Era una fiesta imposible.

En el último respiro de agosto, las cárceles crujían con el primer susurro de la mañana. Asesinos, ladrones, sicópatas, narcotraficantes y violadores hacían filas silenciosas que cruzaban los pasadizos oscuros en donde solían rumiar sus pecados. Ordenadamente se situaban uno tras del otro, con la vista pegada en el piso y algún pertrecho colgando de la mano, esperando ansiosos la ilusión de una libertad pasajera. Ante el silbido de un gendarme, se abrían las macizas rejas de fierro para dar paso al desfile de presos sonrientes. Y como una escena de fin de guerra, se sucedían las imágenes de hombres abatidos llegando a casa. Pero todo se detenía, las bocas y el viento, las horas y las arenas, cuando la madre cautiva volvía a acurrucar a su hijo acostumbrado a las ausencias.

Más allá, en los bosques, en las montañas y en los desiertos donde se libran las batallas más cruentas, una paz se instalaba con la delicadeza de una mujer elegante. Los soldados dejaban los fusiles y las bayonetas, los tanques y las trincheras, y salían al encuentro del enemigo que también caminaba desarmado y con aires de tregua. Compartieron las petacas de whisky, las latas de comida, chocolates en barra, sus nostalgias, sueños y el horror de la guerra. Rieron de buena gana, lloraron como niños y entonaron marchas militares balanceándose bajo un sol imposible.

El 32 de agosto, Berta me recibió como cada año. Los ojos chispeantes, el pelo tomado, los aros de perla, la pollera gris y ese ademán alegre que me daba la bienvenida. Más adelante, el sendero de maicillo, los ciruelos y el jardín desmemoriado. Yo llevaba puesto mi chaquetón verde oliva, como la revolución, una barba a medio andar y mis zapatos cafés de caña alta. En el bolsillo, el libro que tanto le gustaba.

Crucé la huerta, crucé el rosal y crucé con la mirada otras miradas que también estaban allí para batirse a duelo con el olvido. Y debajo de un acer japónico, sentada sobre una banca de madera, estaba ella.

– Gustavo -me dijo, como dando un pequeño salto.

Me nombró y sentí otra vez el corazón agitarse, otra vez el agua en la pupila y otra vez esa emoción como de mil esperanzas. Sus besos llovieron como la miel y sus cariños como la resina de un árbol resucitado. Me pellizcó las mejillas con sus manos viejas, me preguntó por la Mercedes, por Manuel y la Tamarita. También por el asunto de la casa, los clientes, mi diabetes y las siembras del campo.

– Leamos, vieja – le propuse sacando las preguntas de Neruda que traía en el bolsillo.

Y ahí, como en una pausa de oro, cubiertos por las hojas anaranjadas, el poeta nos regaló un momento sagrado.

– ¿Qué distancia en metros redondos hay entre el sol y las naranjas?.

– Mil quinientos zorzales – respondió mi madre.

– ¿Cómo se llama la tristeza en una oveja solitaria?

– No hay ovejas solitarias – me advirtió, como si hubiese hecho un descubrimiento.

– ¿Cuántas preguntas tiene un gato?

– Las mismas que sus siete vidas.

– ¿Si se termina el amarillo, con qué vamos a hacer el pan?

– Con azul, Gustavo. Ese con que hacemos la mantequilla – lo dijo entre carcajadas.

– ¿En qué ventana me quedé mirando el tiempo sepultado?

Y una brisa como traída de otra parte, nos dejó en silencio.

Esa tarde comimos almendras, jamón y manzanas rojas. Con el primer viento frío, nos despedimos en el calor de dos cuerpos enredados.

Cuando cayó la noche, también cayó ese soplo pesado y fúnebre que precede a todo final que no quiere sucumbir. Como un hechizo roto, se fue desvaneciendo el día de los imposibles. Los muertos volvían a abrigarse con sus lápidas, mientras sus deudos abandonaban la tierra difunta con una mezcla de resignación y melancolía.

Con la fuerza de un imán, los prisioneros fueron arrastrados hasta sus celdas fétidas, amontonados como perros, aullando sus condenas. Las madres volvían sigilosas, como sin voz ni alma. Solo bajo las frazadas de sus colchones húmedos, se les escuchaba bramar de pena.

Un huracán arrancó a los batallones de su paz, lanzándolos en sus escondites, entre los helechos de la selva, en lo alto de una cima bombardeada y en las cuevas donde cargaban sus armas. Los tanques iniciaron la contienda con sus bolas de fuego y los hombres volvieron a sentir el absurdo miedo de la guerra.

Yo, caminaba de regreso a casa por las mismas calles de todos los días, con mi chaquetón verde y el libro en el bolsillo. Mi vieja, sentada sobre su cama, masticaba las últimas almendras, ahora con la mirada extraviada, las palabras perdidas y el olvido habitando en su cabeza.


Por Matías Carrasco.

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