HAGAMOS UN TRATO

Trato-hecho

Estamos cansados. El aire está denso, el clima contaminado y todo parece estar patas para arriba.

Chile está en un nudo que nadie sabe cómo desatar. Hasta hace poco vivíamos en una tranquila taza de leche. Todo parecía estar en orden. Pero algo pasó, nos movieron la mesa, la taza se rebasó y la leche comenzó a derramarse.

Navegamos por aguas revueltas. Cuando pensábamos que íbamos a toda máquina directo al desarrollo, una tormenta inesperada y olas grandes y violentas rompieron la quilla, las velas y el timón. Parecemos ir a la deriva.

Estamos en problemas. Tantos que no sabemos por dónde empezar. Que la política, que el Gobierno, que la delincuencia, que las marchas, que las boletas, que los abusos, que las reformas, que los paros, que los empresarios. Ya lo sabemos. Y por eso vivimos agotados, confundidos, sin brújula y rumbo claro.

Andamos a saltos, como asustados y a la defensiva. Y cuando llega la amenaza, se levantan las murallas y el diálogo abandona la cancha. Comienza la violencia, las patadas, los insultos y la agresión. Es la única manera de sentirnos a salvo. Y en eso hemos estado el último año.

¿Quién podrá defendernos? Esa es la cuestión. Seguimos a la espera, ansiosos, de que surja un superhéroe o algún liderazgo que nos muestre el camino. Pero nada. No está anunciada lluvia todavía. Tendremos que seguir aguardando en días de emergencia ambiental.

Pero propongo un alto. Pongamos la pelota contra el piso y hagamos un trato. Sé que los desafíos que hoy enfrentamos parecen titánicos y que las esperanzas están puestas en otros y no en nosotros. Pero sé también que punto a punto se tejen chalecos. Lo que esté dispuesto a hacer usted y yo también es parte de la solución. Hagámoslo ahora, mientras estamos a la espera del mesías.

Baje la guardia, mida las formas, modere las palabras, sonría. Respire profundo, cuente hasta diez, abandone la trinchera y ábrase a la posibilidad que la razón también puede estar del otro lado. Opine, pero evite la sangre, las ofensas y la mala leche. No se ensañe. Compre Visine, échese un par de gotas en los ojos y limpie su mirada de tanto tinte ideológico. Verá con más claridad. Dé la pasada en el taco, estaciónese como corresponda y respete su turno en la fila. Espere a que bajen y luego suba. Pague su boleto del Transantiago. No evada. Dé el asiento. Regularice la ampliación de su vivienda. No altere el taxímetro. Evite las sociedades de papel. Compre libros, softwares y películas originales. No a la piratería. Dé boletas cuando corresponda, pague horas extras, cobre los justo y necesario. No mienta. Evite las licencias falsas y revisiones técnicas truchas. Si tiene algún “pituto” o conocido para sacar ventaja no lo utilice. Si ve la oportunidad de hacer un buen negocio o una «pasada», desista. Igualdad ante todo. Conduzca sin alcohol. Tolerancia cero. Acate la restricción, cumpla la ley, imponga lo que corresponda, pague lo que debe, hágale el quite a la trampa y a esas malas prácticas que con tanta facilidad condena. La ética viene en envases grandes, medianos y pequeños y a todos nos mide con la misma vara ¿Cómo andamos por casa? ¿Está limpio? Yo no.

No sólo el “rey” Arturo, los «Carlos», Peñailillo, Novoa, Moreira, Ena, Martelli, Velasco, Pizarro, Zalaquett, Dávalos, Campagnon y compañía deben dar el ejemplo. Nosotros también. Y entenderlo así ayudará a bajar los rifles, aquietar las aguas y recuperar el timón.

Anímese. Atrévase. Hagamos un trato.


Por Matías Carrasco.

* La ilustración que acompaña la columna es de Nico Pregelj.

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YO SOY MÓNICA

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Hace tiempo que en Chile le hacemos el quite a los problemas. Nos está costando un mundo asumirlos y abordarlos con la altura y seriedad que merecen los desafíos que hoy nos toca enfrentar. Y con esto no pienso en los enredos que tienen en vilo a nuestra elite, políticos y la clase dirigente. Me refiero más bien al nivel de la discusión que se genera en la calle, en la señora Juanita y en el ciudadano de a pie. A cómo usted y yo conversamos y confrontamos nuestras diferencias.

Hoy se hace muy difícil el diálogo, el debate y el contraste de ideas. Si usted no piensa con radicalidad, simplemente será devorado por una turba de manifestantes que privilegian las caricaturas, los estereotipos y salidas simplonas. Hasta las cuestiones más complejas se reducen, se empaquetan y se presentan en color blanco o negro, para evitar pensar, cuestionarnos o incluso, dejarnos seducir por un buen argumento. No. Más bien se trata de montarme en el macho y defender mi punto de vista a como de lugar, aún a golpes, insultos o descalificaciones de alto y bajo calibre. Imponerse es la consigna.

El amor por las ideologías contribuye en parte a este fenómeno. Es sabido que el fanatismo nos pone ciegos y sordos como tapia. Nos impide abrirnos a ver y conocer otras verdades, aunque estén ahí, frente a nuestras narices, evidentes y gigantes como monumentos. Es tanta la devoción que sentimos por nuestro modelo que cualquier alternativa nos parecerá pequeña, estúpida, insignificante.

Es tal la falta de ideas y de un pensamiento crítico que la violencia ha ido ganando terreno como herramienta de defensa y los polos y extremos están floreciendo como callampas en medio de este valle crispado y agresivo. Y a lo lejos, marginados, huyen en estampida matices y colores por montón. Nadie los quiere por estos prados.

Por eso no sorprende que la periodista Mónica Pérez haya encontrado tanto repudio a su comentario sobre las marchas y la violencia. “La realidad no es blanco o negro. Todos somos víctimas de la violencia” – habría dicho en alusión al programa Informe Especial que emitió anoche TVN. Claro, por plantear un matiz –del porte de una catedral- y no ubicarse del lado de los “estudiantes-víctimas” fue troleada, como se dice en jerga de redes sociales.

Preferimos encasillar a pensar. Es más fácil el atajo al camino largo. A realidades complejas, soluciones básicas y estereotipadas. Son pocos los valientes que frente a discusiones calientes y de posiciones tan demarcadas se animan a plantear un punto mesurado. Hoy es más fácil sumarse a uno y otro bando y fondearse en la multitud a ponerse en el medio e intentar abrir una discusión inteligente y enriquecedora. Si lo hace lo harán bolsa, como a Mónica.

Y en parte es la falta de ideas, de diálogo, de respeto, de tolerar la diferencia lo que nos tiene marcados y enfrentados: pro vidas y pro muertes, allendistas y pinochetistas, izquierdas y derechas, liberales y conservadores, opresores y oprimidos, víctimas y victimarios, carabineros y estudiantes. Si nos sacáramos la capucha entenderíamos que somos tanto más diversos que todo esto. Si nos desasiéramos de nuestras anteojeras caeríamos en la cuenta de que Chile y el mundo tienen miles y miles de colores. Y si se decidiera a bajar las defensas y dejara entrar algunos vientos de humildad, entenderá que su verdad no es la única y santa verdad.

Por eso yo también “Soy Mónica” y, troleos mediante, solidarizo y me sumo a su cruzada.


Por Matías Carrasco.

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¿Y SI DIJERAN LA VERDAD?

bachelet

De pronto, en medio de tanto ajetreo, de tantas explicaciones, de tantas vocerías y puntos de prensa, de tanta declaración en la fiscalía, de tanta cuña en el Congreso, me surgió la pregunta: ¿y si dijeran de una vez por todas la verdad?

Claro, porque de ser cierto eso de que la verdad nos hace libres, quizás diciéndola logremos deshacernos del yugo de la desconfianza, soltar amarras y salir nuevamente a navegar en aguas más tranquilas.

Si hasta el mismo Yerko Puchento lo dijo esta semana: si existe el trabajo de preparto antes del nacimiento, si existen los preuniversitarios antes de entrar a la universidad, si existe el preámbulo antes de una relación sexual….¡cómo no va a existir una precampaña antes de una campaña electoral!

Lo peor es que a estas alturas todo el mundo lo sabe…menos el Gobierno. Es evidente. No hay que tener dos dedos…ni siquiera frente para entenderlo. Pero insisten con el jueguito del “no sabía”. No por que todos comamos huevos, somos todos huevones. Perdón el francés, pero se acabó la paciencia.

Si don “Jechu” decía ser la verdad, el camino y la vida, quizás si nuestras autoridades se decidieran a decir qué diablos fue lo que pasó, pero “en la dura”, Chile encuentre de nuevo el camino y la luz para salir de este enredo.

Es más. Decir la verdad significaría para el Gobierno un importante ahorro de tiempo y recursos. No tendría que gastar horas y horas en articular estrategias de blindaje, construir ideas fuerza y alinear a todos los presidentes de partido a un discurso común. Y no tendría que gastar millones en asesores que le recomienden qué decir, cómo decirlo y cuándo decirlo. La verdad los libraría de todo ese maquillaje.

Después de todo no es tan grave lo de la famosa precampaña. Es mucho peor la sensación que va quedando entre la gente de que se están riendo en su cara, que se les engaña y que se les hace pasar, una vez más, gato por liebre.

Pero claro, decir la verdad no es gratis, tiene sus costos. En esta oportunidad, está el costo de tener que agachar el moño, ponerse al mismo nivel de quienes condenaban sólo hace unos meses atrás, mirarse en el espejo y aceptar las manchas en la piel. Y sobre todo, asumir que en La Moneda existe un tremendo y delgado tejado de vidrio haciéndose añicos.

Digan la verdad, pero díganla a secas, sin adornos ni apellidos. Peñailillo ya está demasiado solo para dejar que se hunda como el héroe que salvó a la Nueva Mayoría. Además no se ve muy bonito eso de dejar a los amigos abandonados cuando las cosas no andan bien. Y tampoco queremos ver inmolarse al partido Socialista. La inquisición terminó hace siglos ya. Y tampoco creen en eso.

No queda otra que decir la verdad. Los chilenos ya se hicieron una idea y más explicaciones, más estrategias, más manotazos sobre el agua, sólo agravan la falta. Ya va quedando sólo un raspado de credibilidad. No lo desaprovechen.

Digan que hubo precampaña, que todos sabían, incluso la Presidenta. Y para no dejar sin pega a sus asesores, digan también que se mueren de vergüenza, que eso no se hace y que no se volverá a repetir. Caerá bien.

Con eso ustedes se sentirán más libres, los chilenos menos estúpidos y con la cara despejada podremos sentarnos nuevamente en la mesa para recomponer los ánimos y volver a conversar.


Por Matías Carrasco.

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QUE CHILE NO SE RINDA

desanimo

Hay motivos de sobra para el desaliento. Por donde uno mire se encontrará con alguna razón para bajar la mirada, encogerse de hombros y sentir que no queda nada más que el desánimo.

Mire usted lo que pasa en política. Las cosas parecen no mejorar. Hay un sol de boletas, asesorías, financiamiento y prácticas irregulares que muchos insisten, majaderamente, en tapar con un dedo. Como nunca son varios, de lado y lado, los que hoy están contra las cuerdas. Y caen como gotas, una a una, nuevas denuncias que ponen en duda la probidad y ética de nuestras autoridades.

Incluso la Copa América, que prometía ser un oasis en medio de todo este desierto, acaba de salpicarse con acusaciones de corrupción y soborno al más alto nivel. La pelota también se manchó.

Y si para despejar la mente decide pasar unos días en el sur, ahí se encontrará con una violenta Araucanía. Camiones quemados, casas incendiadas y familias armadas son parte del paisaje. Mientras tanto, las reivindicaciones mapuches y una salida pacífica al conflicto parecen no ver la luz.

Hasta los indignados que deciden salir a marchar se han topado en la calle con un sombrío panorama. La muerte de dos estudiantes baleados en la Plaza Victoria de Valparaíso y un joven peleando por su vida luego de sufrir un TEC abierto en medio de las movilizaciones del 21 de mayo, han instalado tristeza y desazón en las veredas y cunetas de Chile.

Y cuando apesadumbrado por todo esto se acerca a la Iglesia para rezar por su país, ahí también encontrará un lugar accidentado. Los escándalos de abusos sexuales, el desprestigio de algunos curas y obispos, la falta de sintonía con la comunidad y algunas decisiones poco afortunadas, tienen a varios alejados del templo.

Es cierto. El cuadro parece ser desalentador. Pero una cosa es que Chile esté pasando por un momento difícil y otra distinta es que perdamos el ánimo, perdamos el alma.

Aunque la tarea le parezca titánica, a pesar de creer que por más que se empeñe nada cambiará, no se deje abatir. Tenemos por delante mucho por hacer.

Usted, ¡sí, usted! puede cambiar el mundo….bueno, ok….no “el” mundo pero sí esos pequeños mundos e historias que lo rodean. ¿Y luego que?…usted sabe que piedra a piedra se construyen catedrales.

No deje que la adversidad lo eche abajo. No permita que la tormenta le impida ver el amanecer. No deje que el mal momento lo desafecte y lo llene de apatía.

Luche por lo que quiera. Responsablemente dé la pelea por lo que considera justo. Hágase un espacio. Participe. Vote. Defienda sus ideas. Tire del mantel. Golpee la mesa. Opine. Salga de su zona de confort, levántese y ande. Marche, camine, corra si quiera. ¡Pero no se quede dormido!

Créame. Toda esta polvareda que se ha levantado es poca cosa si se le compara con una ciudadanía que por el desánimo se rindió, dejando que otros hagan y deshagan a su antojo. Ahí sí, ahí sÍ que sÍ, todo se va al carajo.

Que no se rinda, que Chile no se rinda.


Por Matías Carrasco.

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ANDY

ANDY

Estoy con usted. Ver a un niño de cinco años convertido en una niña es fuerte. Nadie puede quedar indiferente. No estamos acostumbrados a conocer realidades de este tipo y menos a verlas con nombre y apellido, con la carita despejada y a todo color. Y lo presenciamos por primera vez con la impactante historia de Andy, en el programa Contacto de Canal 13.

Sigo con usted. También es fuerte que una familia decida acceder al deseo de su hijo a ser tratado como una niña a tan temprana edad. Seguramente las preguntas que uno se hace sean las mismas que Andrea y Víctor, padres de Andy, también se hicieron y se siguen haciendo. ¿Habrán elegido el camino correcto? ¿No estarán exponiendo a su hijo a más burla y discriminación? ¿No era más prudente esperar a que Baltazar, el niño antes de Andy, tomara con más consciencia esa decisión?

Sí, tiene razón: todo esto le puede parecer extraño, poco común…pero es también tremendamente humano.

Los rostros de esos padres no hablaban precisamente de un capricho por ver a su niño entre polleras, aros y muñecas. Más bien había allí un hondo sufrimiento y el legítimo sueño de todo padre y madre por hacer a su hijo feliz.

Imagino que Víctor y Andrea nunca desearon un niño transgénero. Pero aun así, lo aceptaron. Contra todo prejuicio, lo abrazaron. Todavía con dudas, decidieron vivir la vida que su hijo quería con tanta fuerza vivir.

El dolor de esos padres se nota y el miedo por el futuro también. Dejar partir al pequeño Baltazar no debe ser fácil. Su madre hablaba de un duelo difícil de superar. Y tomar la decisión de llamarlo, educarlo y vestirlo derechamente como una niña, tampoco. Su padre reconocía llorando cuánto le dolió comprar su primer vestido, pero también comentaba con alegría como vio “levitar” a su hija de felicidad tras recibir el regalo. ¡Y vaya qué regalo!

No es gratis su elección. Y ellos, mejor que nadie, lo saben. No sólo Andy sino también toda su familia está expuesta hoy al juicio social y a la crítica de buena parte de los chilenos. Serán tema de conversación y materia de análisis en varias sobremesas. Serán blanco también de juicios morales y exclusión. Serán apuntados con el dedo en su paseo por el mall, la plaza o el vecindario.

Pero por alguna razón, sabiendo de todo esto, Víctor y Andrea han decidido seguir adelante. ¿Por qué? Quizás porque saben que lo mejor que pueden hacer por su hijo es quererlo tal cuál es, sin condiciones. Quizás porque entienden que la acogida y la aceptación que a Andy le costará tanto encontrar en su colegio o en la sociedad, ellos sí pueden dársela en su propia casa. Quizás porque intuyen, a falta de certezas, que una pieza rosada sea para su hijo el mayor gesto de amor. Al final, lo único cierto, es que Andy debe estar sintiendo el apoyo y la convicción de que no estará sola, ni ahora ni nunca. Y hay en eso una gran enseñanza.

Andy ha obligado a su familia y a nosotros a viajar hasta las fronteras del ser humano. Ese lugar donde aparecen historias al límite y casos que, más allá del bien o del mal, simplemente existen y debemos aprender a respetar.

¿Estará la familia de Andy en lo correcto? No lo sé. Habría que estar en su lugar. Pero por lo visto la noche del domingo, y evitando todo juicio, aparecieron ahí tremendos pedazos de amor, entrega, sacrificio, valentía y humanidad. Aunque nos cueste entenderlo.


Por Matías Carrasco.

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¿QUÉ LE PASA A CHILE?

chile

Estoy de acuerdo con usted. Me adhiero al sentir popular y también a su preocupación. La pregunta resuena por todos lados: ¿qué le pasa a Chile? ¿qué le están haciendo a nuestro país? Pero acá tendremos una diferencia. Porque no me refiero a los casos Caval, Penta y Soquimich. No le hablo tampoco de tanta boleta ideológicamente falsa, financiamiento irregular de campañas ni de Peñailillo. Todo lo que ha pasado es grave y son cuestiones que merecen ser investigadas. ¡Qué las instituciones funcionen y la justicia haga su trabajo! Hay que estar atentos y fiscalizar. Que nada quede debajo de la alfombra. ¡No hay que dar espacio a la corrupción!

Pero más allá de todo eso, me refiero a usted y a mí. A tanto pesimismo instalado entre la ciudadanía. A ese derecho que nos arrogamos para descalificar a diestra y siniestra, para denostar a cualquier autoridad, empresario, cura, carabinero, militar o personero público que se nos ponga por delante. A esa costumbre que hemos ido tomando, cínica e hipócrita, de encontrar a todos unos ineptos, estúpidos, incompetentes, ladrones y mentirosos. A la liviandad con qué disparamos, sin tregua. Ya no hay cuero que resista.

De la noche a la mañana nos convertimos todos en twitteros, tenga o no una cuenta en twitter. Me refiero al deporte de opinar de todo y de todos, pero con rabia, sin filtro, sin responsabilidad, apostando al bullyng en masa. Todos escondidos tras la muchedumbre tiramos la piedra. Y usted piensa que lo suyo no dará en el blanco. Pero uno, más uno, más otro que se va sumando, hacen fuerza y logran generar, sin que usted se entere, un huracán tan destructor que logra su objetivo: hacer daño.

En sólo un chasquido nos unimos al coro de los pesimistas, al más amargo de los coros. Hagan lo que hagan, digan lo que digan, todo andará mal y peor. Estamos tan metidos en esta vorágine que ya no creemos en nada, o más bien, queremos dejar de creer. Es más fácil desacreditar a quién tengo al frente, a quién piensa distinto, para en el contraste sentirme más grande, más seguro y más orgulloso de mis propias ideas y convicciones. Al final del día, yo y los míos, tendremos siempre la razón. ¡Puaj!

Tiramos mierda, contra todo tiramos mierda. Perdóneme usted la expresión, pero a estas alturas no hay ninguna más clara y honesta para transmitir lo que hoy le pasa a Chile. Escasean por estos días obreros y albañiles dispuestos a construir, a recogerse las mangas y empeñosamente aportar a un mejor país. Por el contrario, saltan a la vista miles de retroexcavadoras dispuestas a echarlo todo abajo. Y aparecen del lado de quienes las promovieron y también del lado de quienes las criticaron con tanta fuerza en su momento. Hoy buena parte de los chilenos, de derecha e izquierda, conducen una de ellas.

No se pregunte tanto qué es lo que el Gobierno, los parlamentarios y empresarios le han hecho a nuestro país. Pregúntese usted mismo qué es lo que hace por Chile y cómo usted puede ayudar a mejorar las cosas. Necesitamos sacar esto adelante, ¿se une? ¿quiere estar?

No le digo que no critique, no le pido que no levante la voz, no le estoy diciendo que deje de expresar su sentir y malestar, ¡hágalo!, pero intente hacerlo con respeto, argumentos, responsabilidad y altura de miras. Póngale freno a la descalificación, a la mala onda y al ventilador de usted sabe qué.

La Presidenta ha anunciado en las últimas horas lo que tantos han venido pidiendo: un golpe de timón. La solicitud de renuncia a todos sus ministros es una medida tan llamativa como categórica. ¿Solucionará todos los problemas? Por supuesto que no, pero es una señal clara de querer mejorar todo este entuerto. Y acá usted y yo tenemos dos alternativas: o lanza la serie de improperios que acostumbra en contra de Bachelet y toda la clase dirigente, o aprovecha la ventana para bajar las luces y ser parte de la solución, desde el oficialismo, la oposición, la incredulidad, la indiferencia, o desde el lugar que a usted mejor le parezca.

¿Qué le pasa a Chile? Que nos ha ido ganando la amargura. Y tenemos que hacer algo para dar vuelta la tortilla y volver a ser la copia feliz del Edén.


Por Matías Carrasco.

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LA ESPERANZA QUE CHILE GANÓ EN LA HAYA

BULNES

Hoy comienzan los alegatos del equipo chileno ante la Corte Internacional de Justicia de la Haya por la conocida demanda boliviana en contra de nuestro país. No se preocupe. No le voy a dar la lata en este tema que, por lo demás, poco conozco y menos manejo. No le voy a hablar tampoco de derecho internacional, de fronteras y latitudes ni de tratados de principios del siglo pasado. Pero sí hay un detalle, con nombre y apellido, que vale la pena destacar: Felipe Bulnes.

Y es que en tiempos donde todos contra todos, en un clima de desconfianza generalizado, en un ambiente de polarización política y donde Gobierno y Oposición fijan sus posturas sin dar espacio ni tregua al adversario, el tener a un ex Embajador y ex Ministro del Gobierno de Sebastián Piñera (dos veces, de Justicia y Educación) como responsable de defender los intereses de un Chile gobernado por Bachelet y la Nueva Mayoría es, en sí mismo, una noticia, una buena noticia.

Para quienes aún confiamos en que renazca de las cenizas la buena política y prevalezcan las necesidades de Chile por sobre las de un partido o coalición, ésta es una pequeña señal de esperanza que no se puede dejar pasar. Probablemente la respuesta a mi entusiasta optimismo sea que en asuntos de defensa nacional es costumbre cerrar filas, sin importar el color político. Dicho de otra manera, frente a una amenaza a la seguridad del país, todos se cuadran y entonan como hermanos las estrofas del himno nacional. Bien, le concedo el argumento.

Pero a mi parecer, los temas pendientes de Chile en educación, salud, el mejoramiento de las condiciones laborales, la disminución de la brecha de la desigualdad y aires frescos para nuestra constitución, si usted quiere, pueden ser una amenaza gigante para el desarrollo de Chile y su gente si no se les aborda unidos, tal como lo hacen por estos días nuestro agente en La Haya, militante de Renovación Nacional, con Heraldo Muñoz, Canciller PPD. Literalmente, como un equipo. ¿Me sigue?

La Comisión por la Probidad, en discusión por estos días, constituye también una nueva y minúscula luz en medio de la oscuridad. Aún cuando el anuncio de un “proceso constituyente” nubló las conclusiones de 16 profesionales volcados durante semanas a plantear medidas contra la corrupción, hubo allí un preciado intento por restablecer el diálogo y creer que el presente y futuro de Chile se puede y debe construir entre todos. La presencia de Rossana Costa, sub directora del reconocido think tank de la derecha, Libertad y Desarrollo, y ex Directora de Presupuesto del gobierno de Piñera, apunta también en la dirección correcta.

Está bien, usted tiene razón, una golondrina no hace verano, pero son al menos pasos, algunas huellas, que nos pueden mostrar un nuevo camino. Quizás sea el momento de sacudirse de tanta ideología, vender la retroexcavadora, abandonar la soberbia y sentarse a trabajar con todos los sectores. La envergadura de las reformas que hoy se pretenden ameritan participación, representatividad y apertura a todas las ideas y miradas, de uno y otro bando. No se puede ser tan terco para creer que la verdad estará siempre de nuestro lado. Hay que sentarse a conversar.

Quizás esté pidiendo mucho. Tal vez mis amigos tengan razón y lo mío es pura y sana ingenuidad. Pero lo de Bulnes es un hecho, un sólido y probado hecho, que enciende la esperanza. Chile ya ganó en La Haya. Algo al menos ganó en el famoso tribunal.


Por Matías Carrasco.

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ADMIRACIÓN

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Ya es un éxito de taquilla. La película “El Bosque de Karadima” recibió a más de 40.000 espectadores durante el fin de semana, demostrando el interés de miles de chilenos por desempolvar la historia de abusos y poder que estremeció a nuestro país hace cinco años.

Y mientras los cines han debido aumentar el número de funciones para satisfacer la demanda, la Iglesia Católica ha hecho circular un instructivo recomendando a obispos, sacerdotes y laicos algunos puntos para hacer frente al impacto que la película pueda tener en la opinión pública y entre sus fieles. Se sugiere no criticarla, aprovechar la coyuntura para condenar los abusos y utilizar columnas y artículos de opinión para fijar su postura en los medios de prensa.

Soy católico y, honestamente, más que sumarme al legítimo interés de la Iglesia por instalar su propia mirada, prefiero gastar estas líneas en los denunciantes de Karadima. Admiro lo que ellos hicieron por la Iglesia y por Chile.

Pocas veces he visto hombres quebrados. Menos llorando. Mucho menos en televisión. Tampoco uno está acostumbrado a verlos avergonzados, narrando sus miedos y sus culpas. Creo haberlo visto por primera vez en Informe Especial el 23 de abril de 2010, cuando James Hamilton, José Andrés Murillo y Juan Carlos Cruz, entre otros, denunciaron públicamente a Fernando Karadima, el otrora “Santo”, dueño y señor de la parroquia de El Bosque por más de 24 años.

Es difícil olvidar esas imágenes. Sobre todo cuando la verdad se hacía tan evidente en ojos brillantes, voces cortadas y testimonios que realmente lo dejaban a uno inmóvil, callado, perplejo. Hombres serios, profesionales, inteligentes, abusados durante años, en silencio. No era un cuento. Era real y ocurría en nuestro propio país y en el corazón de la elite social y católica de Chile.

Hoy ya nadie lo pone en duda. Ellos dijeron la verdad y Karadima fue declarado culpable de abusos sexuales en contra de menores por el Vaticano. Pero en esos años no. Pocos les creyeron. Antes ya habían realizado la denuncia, pero no encontraron el apoyo que buscaron en su propia Iglesia. Más que palabras de aliento, escucharon sólo eco, un hondo, largo, secreto y doloroso eco.

Aún conocida la noticia, muchos defendieron a brazo partido al “Padre Fernando”. Otros tantos cuestionaban la acusación catalogando a los denunciantes de “tipos raros” y homosexuales. Y Juan Carlos Cruz debió llevarse la peor parte. Por su conocida condición sexual incluso le achacaron, según él mismo cuenta, el haber seducido a Karadima. De todo hay en la viña del Señor.

Tuvieron que haberlo pasado muy mal. No solo ellos, también sus familias, su entorno más cercano y para algunos, incluso sus hijos. Pusieron su pellejo a disposición de Chile. A cara descubierta, cada uno arriesgó su honra, su carrera, su prestigio y su dignidad. No tuvo que haber sido fácil enfrentarse al poder, carearse con él, soportar la calle y miradas a veces curiosas, a veces acusadoras. Fueron apuntalados injustamente por causar daño y división a la Iglesia, la misma a la que tanto quisieron y pensaron servir años atrás.

¿Cómo se atrevieron? ¿Cómo lograron levantarse luego de ser anulados, rotos y humillados? ¿Cómo aguantaron la presión, la culpa y el miedo? Seguramente los animó la sed de justicia, pero también la responsabilidad de ayudar a otros con su ejemplo.

No tengo dudas de que muchas personas que fueron abusadas sintieron alivio y compañía al ver en televisión a tres hombres ultrajados como ellos contando valientemente su verdad. Felizmente, ya no estaban solos.

Hamilton, Cruz y Murillo nos enseñaron a todos a gastar la vida, a levantar la voz por lo que consideramos justo, a postergarnos si es necesario hacerlo, a vivir con coraje, a luchar por una Iglesia menos santa y más humana, y sobre todo, a creer que es posible salir adelante a pesar de nuestras propias muertes. Con sus historias, corrieron el velo y propusieron a Chile un cambio de mirada.

Ellos lo hicieron y aún no se detienen. Los seguimos viendo liderando su causa y la de cientos de niños abusados en Chile, a través de la Fundación para la Confianza, de sus libros, apariciones públicas, entrevistas y tantas otras conversaciones y acciones privadas que uno ni siquiera conoce.

Por eso, en medio del bosque de Karadima que vuelve a florecer por estos días, aparecen luces de esperanza, agradecimiento y admiración, una tremenda admiración.


Por Matías Carrasco.

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LA FÁBULA DE LA IGLESIA DE BARROS

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Cuenta la historia que hace algún tiempo en una ciudad del sur de Chile se levantó, entre gallos y media noche, una Iglesia de Barros. No fueron más de tres los encomendados en esa tarea. Era una Iglesia grande, solemne y elegante. De techos altos, un altar de mármol y detalles enchapados en oro. Su puerta, eso sí, era angosta y pequeña, y las ventanas apenas dejaban entrar algunos rayos de luz.

La hicieron tan rápido como pudieron, pues sabían que buena parte de los hombres y mujeres del pueblo se oponían a tener entre sus campos un templo de un material ligero, endeble y que, lamentablemente, no les daba confianza. Ya lo habían dicho. Lo gritaron a los cuatro vientos. Pero los encargados de la tarea siguieron adelante. No quisieron escuchar. Estaban ciegos y obstinados con su Iglesia de Barros.

Pero la oscuridad y la velocidad con que se ejecutó la tarea les mostró al amanecer una gran sorpresa. Sin quererlo, sin darse cuenta, habían construido su Iglesia de Barros en medio de la ciudad, dividiéndola en un solo acto y armando un alboroto de tal magnitud que ya nadie – muy pocos en verdad- querían acercarse al santo lugar.

“No queremos más Barros” – decían feligreses apostados en la plaza del pueblo. Y es que estaban acostumbrados a venerar a su Dios en una Iglesia construida entre todos, con la participación de los viejos, padres, jóvenes y niños de esa pequeña comunidad. No se resignaban a tener que adorar a sus santos en un lugar que no les pertenecía, una iglesia obligada, majaderamente impuesta.

Mientras tanto, los albañiles responsables de la obra intentaban dar explicaciones y calmar las aguas que ellos mismos habían agitado. Pero no había caso. La Iglesia que ilegítimamente se había instalado tendría su legítimo rechazo.

La Iglesia de Barros debió cargar con Cruz…perdón…con su cruz, digo. Una cruz imponente, valiente y consciente de la misión que debía liderar. Y como un vía crucis, miles salieron a las calles a su encuentro. Del norte, del centro y del sur del país, laicos, sacerdotes, creyentes y no creyentes, siguieron el camino de la cruz. Como nunca antes, el crucifijo sintió el apoyo, el mismo que años atrás nunca recibió. Y como un yugo, la Iglesia de Barros sintió su peso y su verdad.

Ya ha pasado tiempo de aquel día en la ciudad. Y el templo de Barros sigue en el mismo lugar que ustedes lo conocieron. Un poco más agrietado, trizado por la luz del sol, medio vacío, dividiendo todavía a la sureña localidad. Nadie sabe muy bien qué sucederá. Ni los brujos y ancianos del pueblo se animan a aventurar una respuesta. Pero lo cierto es que mientras más pasan los días, más unida y viva está la ciudad y mas vacía y sombría la incomprendida Iglesia de Barros.

MORALEJA: A un mes de asumido el nuevo Obispo de Osorno, y porque no es bueno para él, para la Iglesia, para la comunidad y para las víctimas de Karadima, Juan Barros debe renunciar.


Por Matías Carrasco.

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NO SABÍA

no sabia

Le cuento. Dávalos no sabía que la compra de terrenos en Machalí era el negocio más importante de Caval. La misma Presidenta dijo ayer que no sabía el rol que jugó Giorgio Martelli en su última campaña. Ena Von Baer tampoco sabía que Carlos Alberto Délano era militante de la UDI. Andrés Velasco no sabía que el famoso almuerzo fue cancelado a través de una boleta enviada a Penta. Iván Moreira no sabía qué hacía Hugo Bravo con las boletas que él le enviaba como gastos de campaña. Y la nuera de Chile, Natalia Campagnon, juró a raja tabla que su suegra nada sabía de las “pasadas” de su pujante empresa. Así, suma y sigue. No son inventos. Son frases reales. Búsquelas en Google y allí las encontrará. Nadie sabe nada.

Y el “no sabía” se ha convertido en el más repetido slogan de campaña en el último tiempo. Y a decir verdad a estas alturas yo tampoco sé qué de todo lo que se dice es cierto o no. Probablemente algunos nos estén diciendo la verdad, pero por lo generalizada y reiterativa de esta práctica, están pagando justos por pecadores. Ya se hace difícil distinguir, aunque yo tengo mis apuestas.

Al igual que usted, estoy mareado, absolutamente mareado. Tanta negación da para pensar dos cosas: o estamos asistiendo a la mayor y más orquestada conspiración en contra de la clase política o varios, equivocadamente, han caído en la tentación de negarlo todo, esperanzados en que dé resultados el “niega, niega, que algo queda”.

Algunos ya molestos con todo esto, han dicho sencillamente que se nos está tratando como imbéciles. Qué se nos pintan las cosas color de rosa, que nos adornan al muerto y nos venden la pomada. Pero lo único claro es que explicaciones sobre explicaciones solo agravan la falta.

Porque una cosa es que a uno lo pillen. Todos hemos caído alguna vez en desgracia. Pero otra cosa muy distinta es la reacción que podamos tener frente a la caída. Y hasta ahora más que poner el pecho a las balas, sólo hemos visto un desfile de potos arrancando hacia las moras. Perdón por el chilenismo.

No nos hagamos los lesos. El financiamiento irregular de campañas tiene ya larga data. Probablemente todos conocíamos también el intenso affaire que siempre ha existido entre la empresa, el dinero y la política. No vengamos nosotros, simples ciudadanos, a decir ahora que tampoco sabíamos que esto ocurría frente a nuestras propias narices. Simplemente no lo quisimos ver, ni menos denunciar. Era parte del paisaje. Y así lo aceptamos todos, por acción u omisión.

Pero tengo la sensación de que lo grave no está en la ilegalidad del financiamiento – cuestión que debe ser regularizada, por cierto- sino más bien en la reacción que han tenido nuestras autoridades en esta crisis, probablemente una de las más hondas y transversales de los últimos años.

Si no son ellos quiénes saben qué es lo que está pasando, ¿entonces quién? Si no son nuestras autoridades las llamadas a asumir responsabilidades en todo este entuerto, ¿entonces quiénes? Si no hay nadie dispuesto a hacerse cargo de la solución, ¿quién podrá defendernos?

No queremos chapulines ni superhéroes, sólo políticos que den la cara y asuman con valentía y coraje que se equivocaron, que metieron las patas y que estén dispuestos a pagar las consecuencias. Les aseguro que con eso ganarán más honorabilidad, respeto y admiración que con un nuevo “no sabía”, de esos que ya nadie más soporta escuchar.

Yo seguiré esperando, crédulo y optimista, a que eso suceda. Tarde o temprano sucederá.


Por Matías Carrasco.

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