PRESIDENTA, DEME BOLETA POR FAVOR.

michelle

Estimada Presidenta:

En septiembre del año pasado le escribí una carta abierta. Usted no se debe acordar. Probablemente ni siquiera la leyó. Le comentaba en esa oportunidad que yo había votado por usted. Le decía que yo me movía en el mundo de “los poderosos de siempre” y que no había sido fácil darle mi apoyo en un sector donde pocos la quieren y la respetan. Le decía también que estaba dispuesto a defender sus ideas de igualdad y de reformas para Chile, pero que necesitaba de argumentos y no de retroexcavadoras. Le imploré que no me dejara solo en este bastión del mundo y que me diera una mano.

Han pasado los meses y he querido volver a escribirle. Las cosas han cambiado y hoy, más que nunca, se necesita de usted, Presidenta. Ya se lo han dicho connotados viejos cracks de la política. Lo está pidiendo también la gente. Es cierto que no se puede gobernar por las encuestas. Pero es igualmente cierto también que no se puede gobernar de espaldas a la ciudadanía. Y con una alta desaprobación a su figura, al Gobierno, al Parlamento y a la oposición, lo que la gente pide a gritos es política de la buena.

Le hablo a usted Presidenta, y a nadie más, no porque sienta que es la responsable de esta crisis, sino porque pienso que es la responsable de sacarnos de ella. Es usted quién ostenta la más alta autoridad de nuestro país y el mayor de sus liderazgos. Déjeme confidenciarle algo. Cuando voté por usted intuí que mi voto caminaría en una delgada cuerda floja. A un lado, el abismo que tanto auguraban sus detractores. Al otro, la oportunidad de avanzar a ese Chile más justo que usted nos prometió. Y a pesar de todo, aún con los desaciertos, sigo pensando que todavía es tiempo de enmendar el rumbo.

No soy experto en política. No milito en ningún partido. Sólo veo lo que miles de chilenos ven, sienten y conversan a diario. Caen como gotera, todos los días, nuevos antecedentes de boletas ideológicamente falsas, de personeros de gobierno enredados en Soquimich, nuevas aristas del caso Caval y una Nueva Mayoría que no se cansa de sacudirse los vidrios que siguen cayendo del tremendo tejado que los cubrió durante años. Ya no más de esa superioridad moral de la que tanto usufructuaron. Hoy están todos en el suelo.

Presidenta, somos muchos quienes queremos un mejor país para todos, sin importar derechas, centros o izquierdas. Necesitamos un golpe de timón y señales claras para que nuestras autoridades vuelvan a ganarse la confianza y la legitimidad que se necesita para seguir gobernando. No puede ser de otra manera. No es bueno que un Ministro del Interior cuestionado por la entrega de boletas al administrador de su otrora campaña presidencial siga en su cargo. Aún cuando el famoso estudio se haya realizado o todavía siendo Peñailillo inocente, con lo agitado de las aguas, haga el tan aclamado cambio de gabinete. No estamos acostumbrados en Chile a tener autoridades cuestionadas en La Moneda. Eso no nos hace bien. No sólo hay que serlo, también parecerlo. Concédanos ese favor.

Presidenta, tiene usted por delante importantes reformas que impulsar. ¿Con qué legitimidad pretende avanzar? ¿Con qué credibilidad se puede legislar en reformas tan profundas como la laboral, educacional o constitucional? ¿Con qué cifras se discutirán estos cambios en el Congreso? ¿Con el 28% de aprobación a la Nueva Mayoría, el 16% de aprobación de la Alianza o el 75% de desaprobación de la Cámara y el 77% de desaprobación del Senado?*  Presidenta, antes de continuar es imperativo recuperar eso que llaman la confianza perdida. Perdón mi sospecha, pero no queremos que las reformas se conviertan en la excusa perfecta para desviar la agenda y tapar con la humareda los casos de corrupción e irregularidades que hoy tienen a varios contra las cuerdas. No queremos que se juegue con el futuro de Chile.

Presidenta, escuche. No sólo a los de su sector, también a los de la vereda del frente. Sacúdase de tanto prejuicio, frases hechas y estereotipos. Demostrará usted su inteligencia y liderazgo si logra romper con tanto molde ideológico y va en busca de lo que es mejor para Chile. La verdad no siempre está de ese lado de “La Moneda”. Descoloque a su adversario. Hable, dialogue, sea usted quién abra la puerta e incorpore las buenas ideas, vengan de donde vengan. No caiga usted en la tentación de demonizar a cualquiera que se anime a criticar sus reformas o su Gobierno. Eso sólo denota el miedo, vestido de soberbia y una prepotencia insoportable.

Presidenta, hace meses le pedí que no me dejara solo. Hoy le pido, con respeto, que me dé boleta por favor. Contra todo pronóstico le creo. Todavía le creo Presidenta. Y mi fe en usted me cuesta varias discusiones en mi oficina y sobremesas de fin de semana. En los tiempos que corren no es gratis seguir confiando. Tiene sus costos.

Presidenta, no soy bacheletista, sólo un chileno más que necesita seguir creyendo en su más alta autoridad para salir de esta crisis y seguir soñando en un Chile más justo para todos. Ése que usted nos prometió.

Matías Carrasco.

*cifras Adimark, marzo 2015.

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LA FIESTA DE LA INCONSISTENCIA

FIESTA

Estamos viviendo tiempos revueltos. Por donde uno mire, se encontrará con algún lío. Hay mugre en cada rincón. Ya no somos los de antes. Ni jaguares, ni pulcros, ni un ejemplo para el barrio y la Región. Bienvenida realidad. Al fin nos estamos dando cuenta de que -como en el juego y en el amor- no siempre se gana.

Esta vez, estamos bailando con la fea. Y en la mitad del baile no sólo se ha perdido la confianza, sino también nuestro prestigio y reputación. Probablemente ya no puntearemos arriba en los rankings de transparencia y probidad. Lo siento.

Basta ya de mirar a nuestros vecinos por sobre el hombro. ¡Qué superioridad! ¡Qué aires de grandeza! Somos pencas. La inconsistencia, la madre de todos los corderos, la bendita inconsistencia ha atravesado como una espada el corazón de Chile. Nos pillaron. Tiraron fuertemente de la alfombra y aparecieron ahí todas nuestras pequeñeces y triquiñuelas. Por años tapamos el sol con un dedo, pero ya no más. Un eclipse inesperado se encargó de echarlo todo a perder.

Estamos desnudos. Como Adanes y Evas, avergonzados y en vitrina, intentando tapar como sea nuestra intimidad revelada en medio de un paraíso de codicia y ambición. Cuando pensábamos que íbamos como lanza al desarrollo, cuando creíamos que éramos la nueva vedette de los países de la OCDE, cuando soñábamos con ser la Finlandia de Latinoamérica, un aluvión de escombros y desechos se encargó de echarlo todo por la borda y volvernos a nuestro lugar.

Somos pencas. Y es bueno que lo asumamos de una buena vez. Es la única manera de agachar la cabeza, bajar la voz, echar abajo las barreras y disponernos a conversar. ¡Siéntanse todos invitados a la fiesta de la inconsistencia!. Y ahí estarán, reunidos, buena parte de Chile.

Llegarán quiénes aún teniéndolo todo, se coludieron, hicieron trampa o jugaron sucio por un poco más de dinero y poder. Estarán también aquellos que nos hablaron por años de democracia y financiaron sus campañas con platas del yerno de Pinochet. Tocarán la puerta los defensores de derechos humanos (sólo en Chile), incapaces de ver atropellos al otro lado del muro, en Cuba y Venezuela. Se dejarán caer los twitteros y asiduos a las redes sociales que disparan con ferocidad contra cualquier cosa, aún teniendo sobre sus cabezas los más finos y delgados tejados de vidrio. Entrarán bajo el umbral de la puerta católicos que acostumbran a apuntalar con el dedo tanta inmoralidad bajo las sábanas, pero callan frente a la inmoralidad que ocurre en sus propios bolsillos. Bailarán allí férreos defensores de la vida, pero sordos después ante el clamor de madres solteras por ser aceptadas en una sociedad que la excluye y discrimina. Reirán en un rincón ésos que crucifican a los acusados de tanta boleta ideológicamente falsa, aún cuando cargan con sus pequeños Caval y Pentagate. Y estarán sentados en la barra columnistas que escriben a diario cuanta cosa se les venga a la cabeza, tomando sus propios sorbos de inconsistencia y desfachatez. Ahí estaré yo.

Y así, suma y sigue. De uno y otro bando, de todos los colores, comparten sin saberlo, en la fiesta de la inconsistencia. Y usted también está invitado. Mírese con honestidad en el espejo y se dará cuenta que es parte de la misma celebración. ¡Bienvenido!

Se corrió el velo. Se destapó la olla. Se sacudió la alfombra. Somos pencas. Asúmalo. Asúmase. Y ayúdenos con ese gesto a soltar la piedra, bajar las luces y comenzar a trabajar, responsablemente, por recuperar la confianza perdida.


Por Matías Carrasco.

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LA CLASE DE CECILIA

cecilia

Le cree. Contra todo pronóstico Cecilia Morel le cree a Michelle Bachelet. “Le creo a la Presidenta. Yo tampoco sé en qué invierten mis hijos”, dijo en alusión a los negocios de Campagnon y Dávalos en las tierras de Machalí.

Aún cuando tenía razones de sobra para quitarle el piso, la ex Primera Dama decidió prestarle ropa y lanzar un salvavidas a nuestra mandataria. Sorpresivamente abandonó la trinchera, salió al paso del fuego cruzado y puso en medio una vela de esperanza. ¡Todavía hay patria compañeros!. Hay gente que aún confía y actúa de buena fe.

Seguramente descolocó a muchos. A los de su sector y también a los de Gobierno. En un clima crispado, de agresión y descalificaciones a la orden del día, no es común ver a alguien salvándole el pellejo al adversario.

Pero Cecilia lo hizo. Como una especie en extinción fue capaz de ver luz al otro lado del camino. Era más fácil permanecer en el lugar común y unirse al coro de los pesimistas que piensan que Chile se convirtió, de la noche a la mañana, en un país corrupto, donde nadie se salva: ni empresarios, ni políticos, ni jueces, ni curas. Es la tesis del barranco. Vamos derecho al precipicio.

Y en honor a la verdad nadie hace mucho por salir de ahí. Todos colaboramos, en buena medida, a este ambiente de dimes y diretes, de la tuya y dos más, de combos que iban y combos que venían. Basta ver las noticias, abrir un diario o darse un corto paseo por las redes sociales para darse cuenta de aquello. El bullyng y las ofensas campean en twitter, whatsapp y mensajes en Facebook. Estamos prendiendo como pasto seco. Por eso lo de Cecilia es un bálsamo, un paréntesis, un minuto de silencio en medio de tanto griterío.

Estamos como parapetados. Cada uno resguardado en su cuartel. Asustados, a la defensiva, listos para la batalla. Pero cuando estamos en posición de combate, se hace muy difícil romper la inercia de la odiosidad y la desconfianza. Quizás por eso escuchamos para responder y no para entender, empatizar y lograr los acuerdos que tanto se extrañan. Por eso lo de Cecilia tiene mérito. Ella creyó cuando pocos creen.

Hoy escasean gestos de grandeza y fraternidad. Estamos en el terreno de los vencedores y vencidos. Los unos y los otros, Gobierno y oposición, se defienden y atacan, sin tregua. Quizás ahora, cuando ambos están acorralados en un rincón, con poco oxígeno, sea el momento para volver a creer. Contra toda lógica, creer. Salvarle el punto y la proposición a quién tenemos al frente. Quizás sea la fe la que nos saque de este agujero.

No le pido que cierre los ojos. Todo lo contrario. Manténgalos abiertos…¡pero abiertos! Se dará cuenta que, realmente, no estamos en Venezuela. Entenderá que no todos nuestros políticos son corruptos, ni todos los empresarios ladrones, ni todos los curas abusadores. Y convendrá que, al final de cuentas, sigue viviendo en un país serio que merece bajar las barreras y dejar las armas para sentarnos nuevamente a conversar.

Pero nuestra ex Primera Dama, visionaria y bien intencionada, ya lo entendió. Tal vez sin quererlo nos dio una clase magistral de política, modales y nobleza.


Por Matías Carrasco.

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ECHARON A MI AMIGO COCO

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Echaron al Coco. Despidieron a mi amigo jesuita Jorge Costadoat de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Católica. Hace unos días, nuestro Cardenal Ricardo Ezzati, le pidió que abandonara la sala de clases sosteniendo que existía una tensión entre dos libertades: la propia libertad del profesor para enseñar y la libertad de la Facultad para permitirle que siga enseñando.

Es tan vago el argumento, que el mismo Decano y el Consejo de la Facultad pidieron a Monseñor Ezzati reconsiderar la medida en dos oportunidades, sin suerte. Ahora es el Centro de Estudiantes de Teología quien han citado a una Asamblea General Extraordinaria para informarse, afectarse e involucrarse en esta discusión.

Aún cuando el Cardenal comentó que esta determinación no constituye un cuestionamiento de carácter doctrinal, es inevitable establecer una relación con lo que Costadoat ha planteado públicamente, en columnas y cartas en El Mercurio, respecto a la manera de ser Iglesia.

En este sentido, el jesuita ha evidenciado la necesidad de poner el dogma al servicio de una evangelización que atienda a los signos de los tiempos. Ha insistido en la conveniencia de poner a las personas como fines y las normas como un medio, y no al revés. Ha puesto sobre la mesa temas de moral sexual y familiar – costándole más de algún reproche- invitándonos a tener una mirada comprensiva y compasiva de aquellas parejas que, por ser divorciadas o vueltas a casar, quedan al margen de la eucaristía. Tanto revuelo han causado sus planteamientos, que más de alguno lo ha invitado a dejar esta Iglesia y buscarse otro templo. También, en ocasiones, han debido intervenir Obispos y Cardenales, para rayarle la cancha y ponerlo de vuelta en su lugar.

En varias oportunidades, el Coco nos ha invitado a vivir un cristianismo menos moralista y más misericordioso. Ha puesto sus esperanzas en la renovación de nuestra Iglesia y en la necesidad de que sean los laicos quienes asuman un mayor protagonismo, avivando un debate libre y abierto a la opinión de los demás.

Algunos pensarán que ha ido demasiado rápido. Sin embargo, para otros, es fuente de inspiración para seguir creyendo en una Iglesia más humana, sencilla e inclusiva. Es un hombre apasionado, sin dudas. Pero él nunca ha desconocido la doctrina de la Iglesia u omitido parte de sus enseñanzas. Lo único que ha hecho es, respetuosamente, hacer ver la necesidad de revisar ciertos asuntos. Y no es para hacerle la vida más fácil a los católicos – como acusan algunos- sino más bien para hacerlos parte de una comunidad que los quiere y acepta tal cual son. Como bien dice Costadoat, si el mensaje de Jesús no es para todos, no es para nadie”.

Hace algunos meses, el Papa Francisco instó a la Iglesia a elegir entre “ser una casta” o superar los prejuicios y el miedo para acoger a los marginados. Y podríamos agregar también, a quienes piensan distinto. Debo reconocer, como católico, que existen ciertas espiritualidades y congregaciones que no me gustan. Pero aunque me costó aceptarlo, he aprendido que bajo el techo de la misma Iglesia existen diversas miradas que deben ser respetadas. Más que amordazadas, deben ser debidamente respetadas. No hay otra manera.

Echaron al Coco. Y aunque el Monseñor Ezzati diga que esto no es una sanción o una condena, después de veinte años haciendo clases en la PUC, ¿cómo deberíamos interpretar la medida? Si no es en la universidad donde se puede discutir con libertad, entonces ¿dónde?

Felizmente la Iglesia se está moviendo y los laicos están asumiendo un nuevo rol. Evidencia por estos días hay bastante. Ánimo a la Facultad de Teología y a sus estudiantes, que tienen por delante una bonita causa que defender. Y fuerza a nuestro amigo Coco. Somos muchos los que estamos contigo.


Por Matías Carrasco.

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A DOS DÍAS: BARROS DEBE RENUNCIAR

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Hay que «prestar ropa». A dos días de que Barros asuma, hay que insistir y levantar la voz. Es bueno que la comunidad de Osorno y los directamente involucrados sepan que no están solos.  No ha bastado con la inédita  intervención de dos congregaciones: Jesuitas y Sagrados Corazones. Tampoco han sido suficientes las valientes declaraciones de los sacerdotes Pedro Klieguel, Percival Cowley, Alex Vigueras, Gabriel Roblero, Felipe Berríos y la carta de rechazo enviada por una treintena de curas de Osorno. La Nunciatura  insiste y el nuevo Obispo no da pie atras.

Es una decisión tan incomprensible y tan injusta que se hace muy difícil quedarse al margen y simplemente obedecer, como se nos pide a los católicos, a la jerarquía y a la autoridad de la Iglesia. Perdóneme. Mi conciencia me dicta otra cosa.

No es justo para Juan Carlos Cruz, José Andrés Murillo y James Hamilton, quienes ya pusieron algo más que sus cabezas para generar la caída de Karadima, y con él, una historia de abusos, desidia y poder. Hicieron un gran favor a la Iglesia y a Chile. Pero no fue suficiente. Ahora deben seguir dando la pelea. Y ahí los tenemos, poniendo el pecho nuevamente, cansados de andar pero conscientes de la causa que están liderando. Quizás la gran diferencia de años atrás es que hoy, felizmente, no están solos.

No es justo para la comunidad de Osorno, que ha recurrido respetuosamente a los canales institucionales para hacer ver el dolor y el revuelo generado por la cuestionada designación. Pero aún así, no fueron considerados. Sus sospechas y razones, merecían al menos una explicación. Pero nunca llegó. Sólo escuchamos las declaraciones del Cardenal, de la Conferencia Episcopal y del mismísimo Obispo electo, cuando la mesa ya estaba servida. Más que una respuesta cordial a las preguntas de los fieles, pareció como una acción comunicacional e interesada para intentar apaciguar la presión ya instalada en la opinión pública.

No es bueno tampoco para la Iglesia, que ha persistido tozudamente en una determinación que pocos logran entender y que la ha puesto en entredicho. A tal punto que es la figura del mismo Papa la que comienza a teñirse con todo lo que este caso ha salpicado. Los avances que se han logrado en materia de mayor transparencia, hoy se ven enredados en un nudo que la misma Iglesia se encargó de atar.

Y no es bueno para el Obispo Barros. La Nunciatura y su determinación personal de seguir adelante, lo exponen al escrutinio público y ofensas que no siempre son justas. No necesitamos mártires ahora, menos cuando no hay persecusión. Sólo necesitamos gestos que permitan devolver la paz y la unidad a la Iglesia chilena y particularmente a la diócesis de Osorno. Porque aún salvándole la proposición al Monseñor y creyéndole que él nada supo o vio de Karadima, todavía así, no es prudente que asuma. Bastan las sospechas, las dudas razonables y el haber pertenecido al círculo de confianza de una fraternidad disuelta por el mayor escándalo de abuso sexual de nuestra historia reciente, para que lo más conveniente sea dejar el cargo.

Sé que muchos católicos piensan que es el espíritu santo el que está detrás y que solo hay que confiar, aunque nos parezca incomprensible. Respeto esa mirada. Pero respeten también una perspectiva diferente. Porque hay otros que creemos que el espíritu santo no es propiedad de un Obispo, una Nunciatura o de lo mas alto de la pirámide de la Iglesia, sino que también se regala como gracia a todas las personas, y en este caso en particular, a los corazones de los osorninos que han manifestado su malestar, y que por supuesto, tienen algo que decir.

Si usted es de los católicos que siempre se ha quejado de su propia Iglesia porque quiere ver en ella una mirada mas abierta, inclusiva y humana, pues bien, éste es un buen momento para, responsablemente,  “prestar ropa” y levantar la voz.  Como usted quiera, como a usted más le acomode. No es gratis. Le dirán que hace daño, que siembra división, que le falta paz de espíritu y lo invitarán a dejar esta Iglesia y buscarse otro lugar. Pero usted no se amilane y dígale que lo hace por cariño a la misma madre Iglesia, aunque ellos no lo logren entender.

A dos días de la toma de posesión, y porque no es bueno ni justo para nadie, Barros debe renunciar.


por Matías Carrasco.

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AIRES DE MONARQUÍA

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Éste fue un fin de semana noticioso. Una nueva jornada judicial del bullado caso Penta, el clásico de fútbol universitario y los incendios en Valparaíso, se tomaron la agenda mediática del país. Pero hubo un hecho que pasó, para la mayoría de lo chilenos, inadvertido y que, a mi juicio, merecería de toda nuestra atención: la Nunciatura Apostólica en Chile, representante del Vaticano, en una breve declaración renovó su “confianza y apoyo” a Juan Barros, Obispo electo de la Diócesis de Osorno.

Ni las cartas enviadas al Nuncio. Ni las acusaciones de encubrimiento realizadas por las víctimas de Karadima. Ni las marchas y manifestaciones. Ni el descontento de sacerdotes, diáconos y laicos. Nada sirvió. ¡Lo de Barros va! Tanto así, que nuestro Cardenal Ezzati hizo un llamado a “adherir a lo que el Santo Padre ha decidido”.

Y algunos adherirán, confiados en que es el Espíritu Santo quién ha guiado la decisión del Papa en este nombramiento. Sin embargo, habremos otros que nos resistiremos a adherir con tanta facilidad, pensando que es el mismo Espíritu Santo quién ha animado a la comunidad de Osorno a levantar la voz y hacer ver su genuina preocupación. ¿Por qué no?

No conozco al Obispo Juan Barros. Tampoco tengo nada personal en su contra. No tengo idea si lo que se dice de él es cierto. Pero lamentablemente su designación está contaminada, querámoslo o no, con el caso de abusos sexuales más escandaloso de la historia de nuestra Iglesia. Y basta que existan dudas y una comunidad alerta para que, prudentemente, se hubiese tomado una determinación distinta. ¿No habrá otro candidato más idóneo para el cargo?

Es muy difícil entender esta ratificación. A muchos, tristemente, nos deja un gusto amargo, de una Iglesia que más que escuchar las dudas y aflicciones de sus fieles, simplemente se impuso, sin explicación alguna. Apareció su poder y el peso de su jerarquía.

Lamentablemente nos muestra una cara que, a muchos católicos, no nos gusta ver. El rostro de una Iglesia que dicta, norma y exige a sus ovejas, pero que no las toma en cuenta seriamente cuando, sólo de vez en cuando, balan en medio del rebaño. Ésta debe ser la primera vez, en los últimos años, en que una comunidad plantea reparos a la designación de una autoridad eclesiástica antes de que asuma. Y aún así, a pesar de la excepción, no fueron considerados. ¿Habría pasado lo mismo si el revuelo se hubiese generado en una diócesis de mayor tamaño, como Santiago o Concepción? Es más, ¿habrían propuesto a Barros ahí? Le dejo la inquietud.

Es confuso además porque es una decisión que pareciera ir en la dirección contraria a lo que el mismo Papa ha enseñado con su ejemplo: una Iglesia más humana, sencilla, cercana a las necesidades de las personas, inclusiva y transparente. Pero acá poco o nada hubo de todo eso. Más bien, como en otros planos, apareció la retroexcavadora y aires añejos de monarquía.

“Sus razones habrá tenido el Santo Padre” – me dirá usted. Y seguramente las tiene. Pero sería pertinente, por lo delicado de este tema, que se dieran a conocer. Pero nadie entrega información. Sólo el espaldarazo al Obispo y el llamado a “prepararse mediante la oración” para recibir al Monseñor. Raro, ¿no?

¡Lo de Barros va! Contra todo pronóstico, el próximo 21 de marzo tomará posesión del nuevo cargo en la Catedral de Osorno, la misma que ha congregado manifestaciones en su contra.

Incomprensible, triste y decepcionante. Por el bien de nuestra Iglesia, ojalá se revierta la medida.


Por Matías Carrasco.

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EL GUSTO POR OLERNOS EL POTO

perro

Sí. Los chilenos tenemos la costumbre de olfatearnos el poto cada vez que podemos. Igual que los perros. Ellos lo hacen para recolectar información sobre el otro animal. Y nosotros también (perdón por lo de animal).

Cuando le pregunten cuál es su apellido, de qué colegio salió o en qué comuna vive, sepa usted que lo que están haciendo es olerle su trasero, sin siquiera pedirle permiso. Somos expertos. Estamos entrenados para posar nuestras narices sobre colas ajenas y extraer información valiosa sobre quién tenemos en frente, saber cuánto pesa y si es gente común o gente como uno. ¡No se vaya a confundir!

Está tan arraigada esa costumbre entre nosotros que ni siquiera nos damos cuenta del importunísimo. Es tal la tentación de inclinarnos y hurguetear allí, que pocas veces nos resistimos. Y quién responde, inevitablemente, muestra también sus plumas y credenciales.

Y es que en Chile no es lo mismo salir del Villa María que del Compañía María. No es comparable entrar al Saint Georges que al San Jorge. No es igual estudiar Ingeniería Comercial que Ingeniería Comercial en la Católica. Y no es ni parecido apellidarse Ruiz que Ruiz-Tagle. ¿Me sigue?

Es todo un rito. Es parte de nuestra cultura clasista y arribista. Una práctica generalizada que está enquistada en toda la sociedad. Nadie se salva. Muy pocos en realidad. Y quienes gozamos de un buen currí-culo (quizás venga de ahí el origen de la palabra), gozaremos también de estatus, mejores oportunidades y un mejor futuro. Y es que en nuestro país un buen apellido o un buen colegio abren puertas…y muchas.

La manía por encontrar parentela también es parte del mismo juego. Cuando le pregunten si usted es pariente de mengano o fulano, también le están intrusiando sus partes más íntimas. Otra vez sin su permiso. Y si logran encontrarle algún lazo sanguíneo usted avanzará dos niveles. Si no hay coincidencias, corre en desventaja.

Es como estar inmersos justo ahí, en el medio. Tanto que perdemos toda perspectiva. Con una mano en el corazón, creo que hasta el colegio de nuestros hijos lo elegimos pensando más en nosotros y en los potos que allí encontraremos.

“No. Yo elijo el colegio pensando en la formación y los valores que imparten”- me dirá usted.

Bien. Le creo. Pero le apuesto que la gran mayoría de los apoderados del colegio que usted eligió para sus niños tienen el mismo ph justo ahí, donde termina la cintura. Y no creo que sea coincidencia.

¿Es bueno seguir oliéndonos el poto?

Reconozco haber olido varios en mi vida y seguir haciéndolo. Pero en un país que está cambiando y que reclama por más espacios y oportunidades para todos, pienso que es justo y prudente terminar con esta práctica hedionda. Debemos dejar de darnos ese gusto. Chile merece más, mucho más, que sólo olor a poto.


Por Matías Carrasco.

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¿POR QUÉ NO SE CALLAN?

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Ya está bueno. No hay guata que resista más declaraciones y discursos vacíos. Lo que la clase política nos ha regalado en las últimas semanas ya es suficiente. No queremos más pan ni circo. ¿Por qué no se callan?

Señor Dávalos y Señora Campagnon, ¿por qué no se callan? Después del numerito que se mandaron renunciar en silencio a su partido habría sido una buena decisión. No era justo ni necesario que un país entero deba escuchar, una vez más, sentidas y trabajadas palabras en una extensa carta filtrada a la prensa. A estas alturas que usted Sebastián “enfrente estos duros momentos con tranquilidad” a nadie le importa.

Señor Rossi, ¿por qué no se calla? Deje que la opinión pública se forme su propia impresión de este caso. Que usted considere que lo de Dávalos y Campagnon fue un acto de “grandeza” y “generosidad” es a lo menos de mal gusto para un país que espera una condena clara más que espaldarazos de partido. Da hasta vergüenza ajena tanto sobajeo entre camaradas.

Además, convengamos que renunciar antes de que lo echen no tiene mérito, gracia ni heroísmo alguno. Es la mejor opción. Ellos dan un pie al lado, escriben una sentida carta de renuncia, sufren, sufren mucho y el PS evita tomar una decisión incómoda que golpearía el corazón de Bachelet y de la Nueva Mayoría. Un buen guión. Todo preparado al más mínimo detalle. Pero Chile cambió y ya no aplaude como antes actuaciones mediocres en tablas añejas y a punto de ceder.

Y usted señor Hasbún, ¿por qué no se calla? Intentar minimizar su propio Pentagate señalando que “una cosa es el enriquecimiento personal y otra muy distinta es el financiamiento de campañas políticas” es mirar en menos a un país que piensa, interpreta y entiende más de lo que creen… mucho más de lo que creen. No es un buen negocio por estos días entrar en el estéril juego de que es peor: si utilizar el poder para enriquecerse o utilizar el poder para financiar su campaña y enriquecerse al fin. Créame, así como están las cosas, no conviene.

Somos varios quienes estamos hastiados de tanta conferencia, oportunismo y revanchismo político de corto alcance. A la luz de lo que hemos visto en los últimos días nadie estaría pensando en el bien de Chile. Cada cual, Gobierno y oposición, estarían pataleando para salvar su propio pellejo, aunque eso signifique dejar el terreno libre y abierto para que el populismo se corone presidente de la patria en las próximas elecciones. Háganse responsables.

Sinceramente es triste ver cómo nuestra política, nuestros partidos y la institucionalidad se ha deteriorado en el último tiempo. Y quizás no es el hecho puntual – Penta y Nueragate- lo que más preocupa, sino cómo se han ido enfrentando ambos casos: sin perdón, sin claridad, sin autocrítica, sin sanción y sin liderazgos que ofrezcan confianza, credibilidad, altura de miras y un rumbo claro que seguir.

Cierren las salas de conferencia. Apaguen los micrófonos. Boten los discursos. Desháganse de algunos asesores de prensa. Eviten la televisión, la radio y los diarios por unas semanas y pónganse a trabajar por Chile y no por sus partidos y ambiciones de poder. Le aseguro que quién lo logre recuperará buena parte de la honorabilidad y el respeto perdido. ¿Alguien se ofrece?


Por Matías Carrasco.

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SEPARADOS Y PROCESOS DE ADMISIÓN

SEPARADOS

Llegó marzo. Y con ello el nerviosismo y ansiedad de aquellos padres que están enfrentando por primera vez el proceso de admisión al colegio que siempre soñaron para ellos y sus hijos. Están puestas en esa elección buena parte de nuestras esperanzas y el futuro de lo que más queremos. Son muchos quienes postulan y escasas las vacantes. Hay estrés. Y en general los padres sufren. Lo pasan mal.

Pero hay algunos que lo pasan peor. Y me refiero a las “otras” familias. Esas que no entran en el selecto grupo de las “bien constituidas”. Hablo de separados vueltos a casar o emparejar. Aunque sea políticamente incorrecto reconocerlo en público, ellos corren, generalmente, en desventaja. Su curriculum está “manchado” y competir contra nosotros, los “casados para siempre”, se hace muy difícil. Particularmente en algunos colegios católicos, donde por su condición de “adúlteros” y la ausencia de un certificado religioso, no son siempre bien vistos.

No quiero ser injusto. No se puede echar en el mismo saco a todos los colegios católicos. Hay algunos que han abierto sus puertas a matrimonios que han fracasado y personas que han decidido rehacer sus vidas. Pero hay otros que aún se resisten a ello. Hay avances, pero falta. Urge un cambio de mirada.

Pero ¿esto ocurre en realidad?

Lamentablemente no hay datos públicos que ayuden a entender esta realidad en los colegios católicos, pero a juzgar por lo que uno ve y escucha es una práctica que persiste y un sentir que se percibe en las parejas que, en esta situación, participan del proceso. El temor a ser rechazados sólo por su condición existe. Y la sensación de pertenecer a una categoría distinta, también.

Para que usted sepa, en octubre del año recién pasado la Corte de Apelaciones de Concepción ratificó una condena en primera instancia por discriminación emitida contra un colegio católico de esa ciudad, luego que el establecimiento negara la reincorporación de una alumna porque su madre convivía con una persona distinta al padre de la menor.

“Una golondrina no hace verano” – dirá usted. Si, tiene razón. Pero la intuición me dice que hay más de una sola golondrina dando vueltas por ahí. Sería interesante conocer cifras y estadísticas de la selección de padres separados que rehicieron sus vidas en los colegios de Iglesia. ¿Alguien se anima?

Hace algunas semanas atrás el Papa Francisco instó a la Iglesia a elegir entre “ser una casta” o superar los prejuicios y el miedo para acoger a los marginados. Bonita elección. Es un desafío para buena parte de los colegios católicos el avanzar hacia una educación más inclusiva, donde todos tengan cabida, pero especialmente quiénes más sufren,  fracasan, los relegados y excluidos, que son quiénes más lo necesitan.

Es bueno que compartan en el mismo lugar aquellos que han logrado mantener un matrimonio en pie, con otros que han vivido el fracaso, sufrieron bastante y hoy se levantan con una nueva vida. Hay mucho que conversar y aprender. Aprender de la familia de Sergio y Ángeles, dos separados que hoy conviven, con los tuyos y los nuestros, y que han vuelto a intentarlo, buscándose una segunda oportunidad, a pesar de las heridas. Aprender de Cristina, una mujer abandonada por su marido, pero que decidió seguir adelante, criar a sus tres hijos sola y ahora rehace su vida con un nuevo amor. Aprender también de Rafael, un hombre soltero que acogió sin prejuicios a Luz María y sus hijos y hoy forman una gran familia.  ¿No es eso el cristianismo? ¿No es encuentro y perdón? ¿no es resucitar después de la muerte y volver a empezar? ¡Tenemos tanto que aprender!

Jesús no los dejaría afuera. No lo hagamos nosotros.


Por Matías Carrasco.

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LA IGUALDAD DE SEBASTIÁN

sebastiandavalos

Se equivocó Sebastián. Metió las patas el hijo de la Presidenta. Su madre no debe estar contenta. Mientras ella ha enarbolado con convicción y entusiasmo la bandera de la igualdad, su primogénito va y concerta una reunión con el controlador y Vicepresidente de uno de los bancos más importantes de Chile. Tras cartón, la sociedad de su señora recibe un crédito de $6.500 millones a días de que Bachelet se coronará, por segunda vez, flamante mandataria del país.

¿Es delito? No. Hasta el momento nada se le ha comprobado a Sebastián. Pero no es muy bien visto que el hijo de la Presidenta se reúna con el dueño de un banco para gestionar un préstamo para su propio negocio mientras el resto de los chilenos lo debe hacer con su ejecutivo de cuentas, con todo el trámite, papeleo, tiempo, frustración y desgaste que eso significa. Convengamos entonces que no estamos compitiendo en igualdad de condiciones ni en una cancha pareja con Sebastián. De alguna manera su privilegiada reunión con Andrónico lo ubica en el grupo de “los poderosos de siempre”, ese clan tan denostado por la actual administración. ¿Me sigue?

Mientras, en el Chile de la señora Juanita, el ciudadano de a pie y la tan manoseada clase media, ¿qué pensará ese esforzado microempresario que hace meses viene tramitando un crédito para hacer crecer su almacén y aún no tiene respuesta de su banco? ¿Qué cree usted que le han rechazado su crédito hipotecario más de alguna vez por no contar con todos los requisitos que exige su institución bancaria? Seguramente pensará lo mismo que yo. Y es que a Sebastián le prestaron los diez millones de dólares, para una naciente pyme con $6 millones de patrimonio, sólo por ser el hijo de la Presidenta Bachelet. Y eso no es precisamente meritocracia. Y eso no es bueno para Chile. Y eso, paradojalmente, aumenta la sensación de desigualdad.

¿Es ilegal? No, hasta ahora no existe ilegalidad alguna probada en contra de Sebastián. Sin embargo, hace tiempo que en Chile, y en buena hora, se está comenzando a hacer la distinción entre lo lícito y lo ético y moral. Aún cuando no se verifique delito o ilegalidad, lo de Dávalos es, a mi juicio, reprochable. Y lo es porque un personero público –ad honorem o no- debe ser y parecer un servidor probo e intachable. Y ese encuentro con Luksic, y la posterior aprobación del crédito y la compra de las 44 hectáreas en Machalí despiertan, al menos, suspicacias. ¿Tenía Sebastián información privilegiada del proceso del cambio al plan regulador? ¿Es prudente que el hijo de la Presidenta participe de un negocio cuya rentabilidad depende en gran medida de la aprobación de un cambio normativo que el mismo Gobierno de su madre debe, en parte, aprobar o rechazar? Y no son preguntas que me hago sólo yo. Se la están haciendo ahora mismo miles de personas.

Se equivocó Sebastián. Y se equivoca el Gobierno en bajarle el perfil a la situación. Y se equivoca también la derecha al tratar de empatar su propio Pentagate con este caso. Hay millones de chilenos allá afuera que no les interesa si son de derecha, centro o izquierda. Tampoco les importan las rencillas políticas y peleas de poder a las que nos tienen acostumbraros personeros de Gobierno y oposición. Lo único que queremos una buena parte de chilenos y chilenas es política de la buena, verdaderos servidores públicos, menos excusas y explicaciones y autoridades capaces de pedir perdón, reconocer sus errores y rectificar, cueste lo que cueste y venga de donde venga. Todo, por el bien de Chile y la tan anhelada igualdad.


Por Matías Carrasco.

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