EN SU PROPIA TRAMPA

Michelle-Bachelet

En la última encuesta Adimark Michelle Bachelet alcanzó una histórica aprobación de 24%. Tras cartón y aprovechando la oportunidad, la oposición pidió a la Presidenta que corrija el rumbo y abandone un programa que rechaza buena parte de la ciudadanía. Pero la Mandataria insistió que seguirá adelante con la reformas, “sin importar las trampas en el camino”. Y sin querer nos regaló una importante pista para entender al Chile de hoy: la trampa.

De acuerdo a Wikipedia, la trampa es un dispositivo o una táctica provista para dañar, capturar, detectar o incomodar a un intruso. La Real Academia de la Lengua nos dice que una trampa es un ardid para burlar o perjudicar a alguien. En otras palabras estaríamos hablando derechamente de un señuelo o un engaño para hacernos caer.

Pero el problema no estaría en la trampa, sino más bien en el convencimiento de nuestra Presidenta de que detrás de cualquier crítica o cuestionamiento a las reformas cabría sólo el interés de perjudicar o hacer daño. Puesto de otra forma los adversarios políticos de la Nueva Mayoría o los detractores del programa de Gobierno serían feroces lobos disfrazados de tiernas e inocentes ovejas. Y hay más. Cuando sólo se ve trampa y engaño a nuestro alrededor, la sensación de un mundo amenazante ya llegó a nuestra ventana. Y si pese a eso, estamos convencidos de seguir adelante, a pesar de las cortapisas que nos pongan, la imagen de mesías y salvador del mundo también tocó a nuestra puerta. Y eso no es bueno.

Es cierto que los anuncios de este Gobierno han encontrado reacciones destempladas, exageradas y muchas veces mal intencionadas. Pero también es cierto que ha existido un largo desfile de columnas, comentarios y reflexiones bien intencionadas, que sólo buscan mejorar las cosas atendiendo al bien común. Echarlo todo al mismo saco – el de la trampa- sólo puede llevarnos a equívocos, un diagnóstico errado y una mirada parcial, antojadiza e interesada de la realidad. Porque pensar que nuestras ideas están siendo presa de un boicot concertado es la mejor coartada para no ver nuestros propios errores y horrores. Y así nos libramos de la autocrítica y el fracaso. Al menos no nos damos por aludidos.

Pero para ser justos no es sólo la Presidenta quien cae en su propia trampa. Todos de alguna manera lo hacemos. Y la derecha también. Nuestra oposición ante cualquier cambio social o cualquier intento por modificar el status quo, huele dolo y engaño. Y no demora mucho en disparar. Que vamos derecho al abismo, que estamos al borde del precipicio, que se nos viene Cuba y Venezuela. Es tal el nivel de la amenaza y la teoría de la conspiración, que tampoco son capaces de ver en quienes empujan el cambio el interés genuino por ver a Chile mejor. Nadie escucha a nadie.

Y así. Es la trampa la que nos tiene en problemas. No podemos ver en todo una confabulación. Despejar la paja del trigo es un ejercicio poco común por estos días, pero comenzar a hacerlo nos puede entregar una visión más equilibrada, justa y ponderada de nuestra realidad. Por miedo, por desconfianza y por esa estúpida práctica de no aceptar las propias debilidades y nunca reconocer los aciertos de quién piensa distinto, nos estamos perdiendo la posibilidad de confrontar ideas, dialogar, encontrarnos y construir en conjunto mejores reformas, mejores políticas y, sobre todo, un mejor país.


Por Matías Carrasco.

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BAJARSE DEL MUNDO

mundo

De vez en cuando es bueno bajarse del mundo. Colgar los guantes, bajar la guardia, apagar los aparatos y retirarse un rato a la montaña.

Sobre todo ahora que las cosas andan enredadas. El griterío es pan de cada día, los combos van y vienen, las trincheras son parte del paisaje, abundan declaraciones violentas y a la galería y escasea el análisis serio, técnico y a la altura de tiempos complejos. Algunos ya advierten que estamos jugando con fuego, pero en vez de juntar agua y desenrollar las mangueras, otros insisten en volver a encender el prado.

Por eso en la mitad del caos es bueno pensar en bajarse del mundo. No es otra cosa que guardar silencio y desenmarcarse de tanta virulencia. Porque convengamos que la mayoría de los entusiastas soldados de esta batalla más que buscar la paz y empujar el carro a una solución sensata y ponderada, repiten como loros viejas consignas, frases hechas o cuánta estupidez encuentran en las redes sociales. Pero como están en mitad de la bataola, no se dan cuenta que están dando jugo. Y uno también.

Por eso es que echarse a un lado del camino ayuda a mirar las cosas desde otra perspectiva. Se convertirá en testigo de la media embarrada que estamos dejando, en vez de ser un protagonista más, ciego y tozudo, de un país que estamos echando a perder. Y si está a los pies del mundo, flotando en alguna parte del universo, podrá ver todos los ángulos, todos los océanos, islas y, por su puesto, tendrá una vista privilegiada de esta larga y angosta faja de tierra. Y con el mapa a su disposición seguramente se enterará – si es honesto y corajudo para aceptarlo- de que los suyos no son los únicos intereses que defender; que vive en un país diverso y, gracias a Dios, con personas que tienen el legítimo derecho a pensar diferente; que hay otros que patean piedras más grandes y mascan lauchas más feas que las suyas; que su verdad es sólo una estrella en la mitad de una constelación; que sin diálogo y encuentro no habrán puestas de sol; que mientras se junte con los que piensan igual a usted, se eduque con los que piensan igual a usted y se informe con los que piensan como usted, nunca, jamás, never, saldrá de su celda. Y entenderá, al fin, que hay otros como usted que, aunque no lo decidieron, fueron arrojados de este mundo y que merecerían ser devueltos a la caravana.

No hay duda de que el dolor, la pérdida y la muerte le ayudan a uno a bajarse del mundo. No por elección, sino simplemente porque por alguna razón el mal tiempo ayuda a poner las cosas en su lugar y en su justa medida. Hoy hay personas que están sufriendo, y mucho, y le aseguro que no están ni enterados ni menos entusiasmados con la guerra que estamos librando. Y no es necesario que a Chile le pase lo mismo. Ya han sido demasiado los golpes para tener que asumir una tragedia autoinflingida y darnos cuenta, sin remedio, de que torpemente le hicimos daño a nuestra tierra.

Aún estamos a tiempo. El sol de esta semana avizora que ya llega la primavera. Puede ser un buen momento para bajarse del mundo y ver a Chile otra vez florecer.


Por Matías Carrasco.

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UNA HISTORIA VIOLENTA

violencia

A muchos les encanta hablar de marxistas y fascistas. Y cada vez que pueden, cada vez que se abre una puerta o se da la oportunidad, vuelven a levantar sus banderas y desempolvar la hoz, el martillo o la esvástica, dependiendo de qué vereda venga.

Y lo que vimos ayer fue un ejemplo de eso. La marcha de los camioneros no sólo puso en pugna los intereses de los transportistas y el Gobierno, sino también a las izquierdas y a las derechas de los años setenta. Volvieron a sonar las viejas proclamas que tanto daño le hicieron a Chile hace décadas atrás. Por esa absurda odiosidad se enfrentaron a puños, piedrazos y patadas grupos de uno y otro bando frente a La Moneda. Por ese enfermizo amor a las ideologías, los que acostumbran a marchar en la Alameda y defienden la libertad de expresión, ahora invalidan la manifestación de los camioneros por tratarse de una reivindicación «fascista y pinochetista». Todo, absolutamente todo, puesto en blanco y negro, polos norte y sur, violentistas y violentados, opresores y abusados. Nuevamente, los viejos paradigmas nos nublaron la vista, se acabó el análisis y los matices emprendieron otra vez la huida.

Es triste que a 42 años del golpe militar, a 25 años de la caída del Muro de Berlín y a sólo semanas del reinicio de relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba -emblema de estas añejas discusiones- en Chile sigamos todavía clavados a una estúpida división que no merecemos y menos necesitamos por estos días.

Que asesinos, que fascistas, que allendistas, que pinochetistas ¡Córtenla! ¡Paren la lesera! Quédense ustedes con esos muertos. No se puede construir el mañana con las polvorientas consignas de medio siglo atrás.

Estamos cultivando una historia violenta. No sólo en las calles, en las marchas y en la Araucanía. El lenguaje sin duda construye realidades y por lo visto el último año, nuestra realidad ha ido creciendo en ofensas y agresiones. Cada uno se ha montado en su propia verdad y apretando bien las piernas, asegurados en nuestros estribos y espuelas de puntas filudas, las emprendemos contra quien piense distinto.

Terror. Horror. Espanto. Tanto miedo le tenemos a la diferencia, que ante cualquier discrepancia desenfundamos el puñal y damos el golpe. No podemos tolerar que alguien vea el mundo con otros ojos. Cuando ya encontramos la verdad, ¿para qué seguir buscando? ¿para qué abrirnos a nuevas ideas? ¿para que pensar que la razón pueda estar del otro lado? Y así nos ahogamos en nuestros encendidos discursos, nuestras creencias y en nuestras mentes pequeñas y estrechas como nueces.

Más allá de la nostalgia de unos pocos, mucho más allá de esas convicciones ciegas, radicales y autocomplacientes, lejos de esas luchas de antaño que muchos parecen todavía querer librar, existen nuevas generaciones que sólo sueñan con construir un mejor país. Es tiempo de darles esa oportunidad.


Por Matías Carrasco.

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PAÍS DE MIERDA

la moneda

Mientras esperaba mi turno en una farmacia, entró una elegante señora e intentó girar plata del cajero automático pero sin suerte. Se acercó al mesón y preguntó al farmacéutico: «¿no tiene plata el cajero»?. El hombre distraído en otra tarea pareció no escuchar. La mujer impaciente insistió. Y al ver la escena sugerí: “si no le salió plata debe ser por que no tiene, señora». Y la mujer enfurecida exclamó: «¡país de mierda!», se dio media vuelta y se fue.

Y son muchos los que sienten estar viviendo en un «país de mierda». A la más mínima provocación disparan la frase. Y en ese trance buena parte de las miradas apuntan hacia La Moneda. Bachelet y sus boys serían los culpables de tener a Chile en una sucia e indeseable cloaca.

Este gobierno ha hecho las cosas mal. Muy mal. Pésimo si usted quiere. A mi juicio se ha farreado la oportunidad de hacer reformas necesarias y urgentes para el país. De hacerlas bien me refiero. Pudo haberlo hecho con diálogo, el tiempo necesario, la gradualidad que hoy tanto resuena y con la participación de todos los sectores. Pero se enredó en la ideología, revanchas mezquinas y retroexcavadoras de otra época.  Las correcciones a la reforma tributaria y las idas y vueltas del proyecto de ley de educación son la prueba más clara de la tosudez y la porfía de este «primer tiempo» de Nueva Mayoría. A Dios gracias existe el interés por corregir.

Pero ¿es esta administración la responsable de estar hundidos en un «país de mierda»? La respuesta para muchos puede ser tentadora, pero en mi opinión no. Al menos no del todo.

A Bachelet le podremos cargar la incertidumbre generada a nivel interno, su indefinición en temas claves para el país, su falta de liderazgo para sacarnos de la crisis política, reformas mal diseñadas y al galope, su ambigüedad y parte de la caída de la economía, entre otros asuntos. No es poco para un año y medio de gestión.

Pero me temo que no basta con apretar los dientes y esperar que pasen dos años de chaparrón para que todo vuelva a la normalidad. Porque aún con nuevo presidente, con Ossandón, Piñera, Lagos, Velasco o el que usted quiera en La Moneda, las nubes podrán disiparse un poco, pero en el fondo, allá abajo, donde nadie le gusta mirar, se seguirá juntando mierda si no hacemos nada para evitarlo.

Para decepción de varios, no sería la solución vender el sofá de Bachelet para evitar sentirnos engañados por vivir en un país que nos cambiaron. El peligro estaría en creer que en un Chile sin Michelle volvería a florecer la primavera.

Porque mientras muchos siguen apuntando a la Casa de Gobierno, el malestar campea  en sectores donde no hay oportunidades, la plata no alcanza, la educación no cumple con la promesa de un mejor futuro, la salud es indigna y dolorosa, no hay clínicas ni farmacias a la vista, la delincuencia arrasa, la droga se toma las esquinas, las balaceras suenan a menudo, escasean plazas y áreas verdes, el transporte aprieta, agota y asfixia, hay hacinamiento, el trabajo no siempre es bien compensado y donde, todavía, hay hogares sin luz ni agua potable. Y esas personas – viejos, adultos, jovenes y niños- siguen mirando desde el fondo como una exclusiva minoría permanece enchufada a la teta del privilegio, la buena vida y un mundo de oportunidades garantizadas y amarradas de generacion en generación. Y es ese contraste, esa fisura, esa herida abierta y profunda la que nos tiene convertido en un “país de mierda”.

Es ilusorio pensar que Bachelet encarna todos nuestros demonios. Es tentador, pero engañoso. Hay desafíos pendientes que requieren más de un gobierno, más de un sector y más de un sólo mesías para poder superarlos. Y en eso se necesita de buenas políticas públicas, buenas reformas, buenos dirigentes y, sobre todo, chilenos y chilenas dispuestos a asumir el costo de abrir espacios de justicia y verdadera integración social. No hay otra manera.

  • “¿Qué quería la señora?” – me preguntó el dependiente de la farmacia.
  • “Nada” – le respondí. “Sólo quería vivir en un país mejor”. Ojalá le resulte.

Por Matías Carrasco.

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TOLERANCIA… ¡¡CERO!!

villegas

No estoy de acuerdo con Fernando Villegas. No creo que haya “pasado la vieja” en materia de derechos humanos. Pienso que, tarde o temprano, las cosas se irán sabiendo, los pactos de silencio tendrán que romperse y la verdad aparecerá para, junto con ella, hacerse justicia. Y espero que así sea en el caso de Carmen Gloria Quintana y Rodrigo Rojas de Negri, que vuelve a tener a buena parte de Chile horrorizado por un macabro crimen. El sinceramiento del ex conscripto Fernando Guzmán después de 29 años y el presuroso avance en la investigación por parte del juez Carroza, parecen ser una señal de esperanza.

Pero tampoco estoy de acuerdo con la destemplada reacción que generaron los dichos del panelista de Tolerancia Cero en las redes sociales y la opinión pública. De todo le dijeron al escritor y columnista. Lo menos, que era miserable, desalmado e inhumano. Si hasta una conocida librería de Providencia, en señal de repudio, decidió sacar sus libros de las vitrinas y devolverlos a la editorial. Y aunque están en todo su derecho, me parece que se equivocan.

Si uno revisa el programa emitido el pasado domingo en Chilevisión, se dará cuenta que lo que plantea Villegas más que un deseo de que “pase la vieja” es más bien una crítica al sistema, a las instituciones y una lectura poco auspiciosa sobre la verdadera reconciliación y el perdón en el país.

Su tesis parte por reconocer que “lamentablemente” las instituciones en Chile, la militar incluida, no están interesadas en conocer la verdad sino que en asegurar su propia supervivencia. Continúa criticando el gobierno de la transición y los que siguieron a la dictadura, por privilegiar el orden social por sobre el esclarecimiento de casos de violaciones a los derechos humanos. Porfía en su argumento y enfatiza que ve difícil que se revele toda la verdad y que las personas no se guían por la decencia y la compasión, sino por sus propios intereses. Y en este contexto es donde larga la ya famosa frase: “Pasó la vieja. Chile está en otra”. Más que su voluntad por querer enterrar este tema, me pareció una crítica a nuestra sociedad.

No conozco a Villegas. Nunca he leído alguno de sus libros. He intentado seguir sus columnas, pero no logro descifrar tanta densidad. Reconozco que su pluma y opinión han caído en ese lugar común tan instalado en el Chile de hoy donde “todo está mal”. Pero me parece que en esta oportunidad se le ha cargado la mano. Porque uno podrá encontrarlo pesimista (se lo dijo la propia Carmen Gloria Quintana); podrá refutarle sus ideas (lo hizo también Matías del Río por comparar los gobiernos de la Concertación con la dictadura); e incluso podrá pensar que lo que dice es una soberana estupidez. Pero no veo mala intención en sus palabras. Sólo una mirada negativa de la realidad y una honestidad brutal para decirlo sin desparpajo. Pero no había allí – desde mi punto de vista- ninguna desacreditación a la justa lucha que está dando Carmen Gloria y la familia de Rodrigo Rojas por encontrar la verdad que por tantos años han buscado.

Nunca sabremos cuántas de las miles de personas que descargaron toda su ira en contra de Villegas vieron realmente el programa o se dieron el tiempo de revisar sus declaraciones en su debido contexto. Tampoco sabemos todas las razones que llevaron al dueño de la librería a, velozmente, eliminar los escritos del sociólogo de sus estantes. Lo único cierto es que por estos días, de tolerancia ¡cero!


Por Matías Carrasco.

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CHILE HERIDO

chile herido

Es tentador tirar a matar. Me refiero a la tendencia ya generalizada de descalificaciones y ofensas al Gobierno, a la Presidenta, a políticos y parlamentarios.

Y digo tentador porque se hace muy difícil restarse a una masa que avanza con tanta fuerza y tan decididamente a dispararle a su adversario. Si asesta un golpe, será celebrado y levantado en andas. Si intenta ponerse en el camino, lo empapelarán con palabrotas y saludos a su madre.

Es tentador además porque día a día conocemos nuevos antecedentes que nos vuelven a dar razones para tomar el revólver y poner un certero balazo. Que los viáticos, que las reformas, que la economía, que todos x Chile, que Pinto Durán, que las campañas, que el financiamiento, y toda esa vaina que ya conocemos. Tenemos rabia, mucha rabia acumulada, y eso parece motivo más que suficiente para querer verlos a todos mordiendo el polvo y pidiendo perdón.

Es tentador denostar porque, misteriosamente, nos deja un gusto dulce en la boca. Es como si encontrar imbécil al del frente nos pusiera a nosotros a la altura de Stephen Hawking y su afición por el universo, las galaxias y hoyos negros. Es como si en el contraste se nos hinchara el pecho y nos jactáramos de lo macanudos que somos frente a una tropa de  incompetentes. Ellos y nosotros. Cuestión de falso y triste ego, creo yo.

Con todo, es tentador sumarse a este deporte nacional. Pero ciertamente, no trae ningún beneficio. Todo lo contrario.

Es evidente que Chile hoy vive momentos difíciles. Pero podría ser harto peor si echamos abajo las instituciones que sostienen y garantizan nuestra democracia.

Lo sabemos. Otros ya han dado la primera estocada y han hecho daño. Y mucho. Pero el lenguaje también construye realidades y aunque no lo crea, como usted se refiera a las autoridades en su casa, en su oficina o en redes sociales, influirá finalmente en la imagen, credibilidad y confianza del país.

Por eso insistir en decirle «guatona» tal por cual a la Presidenta (perdóneme el sinceramiento de esta práctica), no aporta ni ayuda en nada. Más bien debilita la institucionalidad presidencial y aumenta los niveles de violencia e intolerancia en la sociedad.

Lo mismo sucede cuando trata de ladrones a políticos y parlamentarios, sin distinción. Lo único que logra es avivar el fuego que amenaza con hacer arder a los Partidos, la Cámara y el Senado.

«¿Y qué importa?» – pensarán algunos – «si lo merecen». Importa, y mucho. Porque de tanto disparar, de tantos memes retwiteados, de tantas ofensas destempladas, terminaremos por hacerle creer a todo Chile que efectivamente estamos siendo liderados por imbéciles, sinvergüenzas y delincuentes. ¡Todos! Y cuando eso ocurra, según auguran los expertos, estaremos ad portas del arribo de un nuevo y flamante caudillo. Esos con oratoria, buen verso, lejos de los partidos e instituciones que nosotros mismos ayudamos a desprestigiar y enterrar.

Y ahí sí, definitivamente, estaremos en problemas.

Por eso es bueno que cada uno le tome el peso a la responsabilidad que tiene entre sus manos o en la punta de su lengua. Levante su descontento, haga ver su disconformidad, sea crítico y duro si quiere, pero hágalo con respeto, altura de miras, análisis y, sobre todo, matices. Le aseguro que parecerá más inteligente y creíble que si intenta desenfundar nuevamente su arma.

Es tentador tirar a matar, ¡pero cuidado! que alguien podría resultar herido: usted, yo o Chile.


Por Matías Carrasco.

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RÍASE

risa

Me mandaron a reír. Luego de enviarle un sesudo comentario de actualidad por whatsapp a un buen amigo, en vez de enganchar me devolvió un video viral, sin importancia, de esos livianitos pero graciosos. Y junto con él, el mensaje: “ríete”.

Y tiene razón. Es cierto que hay demasiados frentes abiertos para mantener el ceño fruncido y serio el semblante. Convengamos además que la gravedad tiene ciertos aires de intelectualidad y la risa, usted sabe, abunda en la boca de los tontos. Por eso pareciera más auspicioso seguir en “modo denso” y continuar con un profundo análisis, de todo y de todos.

La chispa del chileno se ha perdido. El buen humor que nos caracterizaba ha ido quedando atrás. La nube gris nos persigue y nos está comenzando a teñir la mirada. Chile se nos fue a negro y en cada cosa vemos maldad, sospecha y suciedad. Y sobran los motivos. Porque vaya que hay temas por estos días. Como si fuera un presagio, una señal, hasta la basura se ha convertido en un asunto preocupante. La licitación también se fue al tacho de la desconfianza.

No se trata de minimizar lo que nos pasa, de tapar todo lo que ya se ha destapado ni de esconder debajo de la alfombra lo que ya fue descubierto. Chile está en problemas. Pero, ¡en problemas! No estamos asistiendo al final de sus días, ni al ocaso de un país, ni al despeñadero, ni a la nueva Cuba del siglo XXI, ni al far west. Estamos bailando con la fea, ¡pero seguimos bailando!

Lo que preocupa es que hoy la queja está ganando la batalla, ¡por lejos! Haga la prueba. Dispare a matar, a cualquier cosa, y le prometo que recibirá aplausos. Intente otra vez. Generalice en esta oportunidad. Diga que todo está mal, que todos son narcos, que todos son corruptos e incompetentes (menos usted) y que todos son ladrones y abusadores. Victimícese. Volverá a recibir elogios. Descalifique ahora. Tírele con fuerza al Gobierno. Volverán a aplaudirlo. Y si es del bando contrario, escúpale en la cara a la oposición. Le sobaran el lomo. Eso vende.

Se nos deprimió esta larga y angosta faja de tierra. Paradójicamente a un país rico en minerales, le está faltando el litio. Para equilibrar las cosas digo yo. La queja y los malos augurios más que un síntoma se están convirtiendo en nuestra enfermedad.

Estamos hechos una lata. Uno a uno nos hemos ido contagiando. Estamos cayendo como moscas en esta silenciosa epidemia. Nos estamos convirtiendo en ese indeseable personaje que siempre está “ahí no más”, pase lo que pase, preso de su malestar, sus excusas y circunstancias. ¿Cómo voy a estar bien si Chile se cae a pedazos? Difícil será sostenerlo con tanto pesimismo.

Por eso reír puede ser un buen consejo. Soltar una buena carcajada puede activar los músculos, oxigenar la sangre y devolvernos el alma al cuerpo. Seguramente, como un día después de la lluvia, volveremos a ver la cordillera. Los problemas seguirán ahí, pero atrás, majestuosa estará la cordillera, como recordándonos que a pesar de todo, siempre habrá cumbres, paisajes y horizontes que disfrutar y celebrar, más allá de esa pesada nube gris.


Por Matías Carrasco.

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CARENCIAFOBIA

bomba bencina

Bastó un rumor, una alarma instalada en las redes sociales para que varios salieran raudos a las estaciones de bencina a repletar los estanques. Cundió el pánico. Terror por quedarse, literalmente, vacíos.

Es que al parecer tenemos que estar llenos para sentirnos a salvo. Cueste lo que cueste. Y en eso cada cual se rasca con sus propias uñas. Si otros llegaron tarde a la repartición de combustible, ¡allá ellos!… yo sonrío con mi ración a cuestas, como un trofeo. Ese gustito por sentirnos ganadores.

Quedamos en evidencia. Sin darnos cuenta le contamos al mundo nuestra enfermedad y su categórico diagnóstico: carenciafobia.

No soportamos la carencia o “la falta de”. Aunque la necesidad sea minúscula, superficial, momentánea. No lo toleramos. Necesitamos sentirnos seguros hasta la médula.

Por eso tenemos farmacias en cada esquina. Por eso coleccionamos seguros de autos, de incendio, de vida, de viaje, de urgencias y accidentes.  Por eso el APV, para engrosar la canasta de una vejez que ni siquiera sabemos si vamos a llegar a vivir.

Y así, hebra a hebra vamos tejiendo la red de nuestra seguridad. Y cuando por alguna razón, un punto se nos corre, asistimos todos en masa, urgidos y desesperados para tironear con fuerza de los hilos, ponerlos de vuelta en su lugar y volver a sentirnos en paz, cobijados en nuestra propia telaraña.

Quizás sea la carenciafobia la que nos mantiene alejados. Estamos tan ocupados abasteciendo nuestras despensas y botiquines que así se hace imposible mirar al del lado. ¡No somos capaces de aguantar tan solo el rumor de quedarnos sin unos pocos litros de bencina y vamos a ser capaces de atender al vecino! Ni qué hablar de los más pobres. Tanta precariedad simplemente no nos cabe en la cabeza. Por eso vivimos en una sociedad que prefiere ni mirarlos, para ahorrarnos un cuadro crítico de angustia y ansiedad.

Pero hay una esperanza. En la carenciafobia – como en toda fobia- la reacción es exagerada, intensa e irracional hacia un estímulo que nos parece gigante e inabordable, pero que en realidad no lo es. Y si nos ponemos en el peor de los escenarios, ¿que nos hubiese pasado algunas horas sin octanos? No mucho. Tal vez un mal rato. Tendríamos que arreglárnosla de otra forma. Pedir ayuda. Bajarnos del auto. Caminar. Compartir un paradero. Relacionarnos con otros. Subirnos al Transantiago. Apretarnos. Transpirar. Tocarnos. Inevitablemente tocarnos. Priorizar. Dejar de hacer algunas cosas. Convertirnos en un ciudadano de a pie. Nada muy terrible. ¿Se da cuenta?

Con una buena terapia saldremos adelante. Pero antes debemos asumir nuestra enfermedad. Mientras tanto podemos estar tranquilos. La empresa ya desmintió cualquier desabastecimiento y las estaciones de servicio volvieron a estar vacías. Podemos seguir andando.


Por Matías Carrasco.

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¿SERÉ YO SEÑOR?

seré yo señor

En el suplemento Tendencias de La Tercera de este fin de semana, Mónica Stipicic relata en su columna una serie de infortunios en su historial con la Iglesia Católica. En un relato cercano y coloquial nos cuenta que en su ceremonia de bautizo estuvo el cura Tato, mismo sacerdote que años después celebró su Primera Comunión. Continúa diciéndonos que la Confirmación se la dio Julio Dutilh, el párroco de la Iglesia Santa María de Las Condes que fue removido hace algunos días por una denuncia de actos de connotación sexual en su contra. Su matrimonio lo bendijo el Obispo Francisco José Cox, acusado también de abusos, y sus hijos fueron bautizados por Francisco Tupper, quién dejó los hábitos hace poco tiempo.

Sin dudas es un testimonio real, y que puesto así, nos deja la sensación de que estamos rodeados de curas enredados en algún asunto cuestionable. O visto de otra forma, nos habla de una Iglesia que está en crisis, con una credibilidad puesta a prueba y una feligresía que se ha ido alejando decepcionada de tanto escándalo y de tanta mugre escondida debajo de la alfombra.

Y en parte tiene razón. Yo me compro la tesis de que estamos en una difícil crisis. Y que la Iglesia – la mía- tampoco lo ha hecho bien en la manera de enfrentar los casos que la han puesto en entredicho.

Pero honestamente no creo que todos los sacerdotes sean abusadores. Como tampoco pienso que todos los delitos se cometen en Vitacura, o que todos los políticos son corruptos, o que todos los empresarios son explotadores y “chupa sangre”. Esas son reducciones tentadoras, pero simplonas y tremendamente injustas.

Yo podría contarle a Mónica otra historia, tan real como la suya. Yo nací en un hogar católico y fui formado en el Colegio San Ignacio, rodeado de sacerdotes jesuitas. Tengo dos tíos abuelos de la Compañía de Jesús: Alfonso Vergara e Ignacio Vergara. El primero, “Poncho”, un cura extraordinario, cercano, distraído, genial y muy querido por la gente que lo conoció. Me bautizó y celebró mi postura de argollas. También presidió la misa de funeral de mi padre y estuvo muy cerca de mi familia en momentos duros. El segundo, “el “Nacho”, era un cura obrero. Aparecía por mi casa con su barba gigante y mi nana no le habría la puerta por pensar que era un sospechoso extraño. Con él visité el persa Bío Bío más de alguna vez en busca de un repuesto para sus labores de gasfitería en la población donde vivía. Aunque lo conocí poco recibo ocasionalmente sus historias de entrega, coherencia y amor por los más pobres.

Y así. Mi matrimonio también fue celebrado por un amigo y teólogo jesuita, participé de una comunidad ignaciana liderada por otro gran amigo de la Compañía y tengo además compañeros de generación que, aún en estos tiempos, se ordenaron en las filas de Ignacio de Loyola. Uno de mis hijos fue bautizado por un sacerdote diocesano que está haciendo buena pega en una parroquia del sector oriente y he visto en sacerdotes de otras congregaciones valentía, vocación y servicio a toda prueba.

Y a diferencia de la historia de Mónica, ninguno de ellos ha sido acusado de abuso. Todo lo contrario. A muchos de ellos les tengo un gran aprecio y un profundo agradecimiento.

Sé que no es muy popular salir en defensa de la Iglesia hoy. Yo también tengo una mirada crítica. Sin embargo he decidido quedarme. En parte por lealtad a quienes dan su vida con vocación y servicio de manera anónima y laboriosa en distintos rincones de Chile y el mundo; en parte por creer que desde adentro uno puede aportar en el camino hacia una Iglesia más humana, inclusiva y para todos y todas, sin excepciones; y como no, por fe, aún con dudas, por fe.

Al finalizar su columna, Mónica se pregunta con ironía “realmente, ¿seré yo Señor?”. Y yo creo que si y no. La Iglesia Católica es lo suficientemente ancha para que quepa la anecdótica vida de Mónica, la mía y muchas más. En ella habitan luces y sombras, como en todas partes. Hay historias tristes y felices, santos y malvados. Lo importante – espero- es que al final no se nos mida por cuántas reglas fuimos capaces de cumplir, sino por cuanto amor fuimos capaces de entregar. Y en eso caben todos. Mónica también.


Por Matías Carrasco.

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LA DELINCUENCIA Y UN PAÍS MÁS «SEGURO»

SEGURIDAD

Vivo en una tranquila calle de Vitacura. No deben ser más de treinta casas en toda la cuadra, adornada con liquidámbares, arbustos y antejardines perfectamente cuidados. Pero en el último año nos hemos visto afectados – como muchos- por el robo, la violencia y el temor.

Hace algunos meses encañonaron a unas señoras de edad que salían frente a mi casa para robarles su auto. Pocas semanas atrás pasó lo mismo con mi vecina, que salía entusiasmada a un viaje familiar. Tuvo que posponerlo. Y yo también caí. Dejé una noche mi vehículo afuera y con vidrios rotos y el tablero desencajado intentaron llevárselo. El cortacorrientes les impidió cumplir con su objetivo.

¿Conclusión? La delincuencia crece en nuestro sector y en las comunas de la zona oriente de Santiago. O al menos aumenta la percepción del delito. Ya lo hemos visto. Las historias corren velozmente por las redes sociales y la televisión. Son relatos que nadie quiere vivir porque violentan, nos exponen a nosotros y a nuestras familias y, más que mal, pueden fácilmente terminar en tragedia.

Y por eso buena parte de quienes vivimos por estos barrios nos hemos organizado. Afloraron grupos de vecinos en whatsapp, proliferan las rejas altas, alarmas y focos dirigidos y sensibles al movimiento. Aparecieron retenes móviles de la municipalidad y los motoristas de seguridad recorren las calles con más frecuencia. Los estilos de vida incluso han ido cambiando. Varios prefieren dejar el auto en la casa y salir en taxi, para evitar ser protagonistas de un injusto y violento despojo. Y los medios también han decidido tomar cartas en este asunto. El Mercurio se ha llenado de personas que cuentan sus propias experiencias, exigiendo a las autoridades medidas claras y contundentes que permitan terminar de una buena vez con esta situación. Algunos, desesperanzados, han dicho que la batalla ya está perdida.

¿Por qué reaccionamos? Simplemente por que la marea subió y el agua llegó sorpresivamente hasta la puerta de nuestra casa. La basura ya no está en la casa del vecino, está en nuestro propio jardín. Por eso la vemos, por eso nos molesta, por eso sabemos que existe y conocemos el feroz impacto que puede generar la delincuencia. Y una vez mojados los pies, decidimos levantar la voz, organizarnos, reclamar e incluso ponernos de acuerdo para golpear ollas y hacer sentir nuestra indignación. Y por eso los dueños y directores de medios de prensa también reaccionan. Porque seguramente viven en las comunas que hoy están haciendo noticia.

Pero para ser justos, Vitacura, Lo Barnechea y Las Condes no son las comunas de la Región Metropolitana más vulnerables al delito. Antes del ABC1 – de acuerdo al Estudio de Vulnerabilidad Socio Delictual de la Asociación de Municipalidades de Chile – otras comunas nos llevan la delantera. Santiago, Quinta Normal, La Granja, Estación Central, Cerrillos, Quilicura, San Miguel y Lo Espejo, nos preceden en el ranking de los sectores que ostentan los peores niveles de seguridad pública. Y si hablamos de robo con fuerza a viviendas, el nivel socioeconómico E también nos “gana”, conforme a los resultados de la última Encuesta Nacional Urbana de Seguridad Ciudadana.

No obstante los datos, y a juzgar por lo que uno ve día a día en los diarios, la radio o noticiarios de televisión, el mayor problema se concentraría en nuestras propias narices y comunas.

No se enoje conmigo. No estoy minimizando lo que está sucediendo en nuestros barrios, plazas y lugares de esparcimiento. Comparto que es un tema grave. Yo no quisiera ver a ningún extraño haciéndole daño a mi familia o a mis hijos. Y por eso también me preocupo, reacciono y me movilizo.

Pero sí me parece interesante constatar que la delincuencia, de alguna manera, nos acerca a mundos desconocidos. La delincuencia nos hace vivir lo que otros viven con más fuerza y a diario a kilómetros de distancia, en otros lugares y en realidades que ya nos quedan, sencillamente, gigantes. Al menos nosotros tenemos los medios, la influencia, las alarmas, los cercos y la seguridad privada para poder protegernos. Ellos no.

La delincuencia no es sólo un fenómeno que nos debe hacer reaccionar. Si lo vemos de otra forma, también puede ser un “buen” provocador que nos permita abrir los poros, sensibilizarnos, empatizar y conectarnos con otros que ya ni siquiera vemos ni conocemos. Sólo estableciendo puentes lograremos entendernos y construir un país más seguro, en el más amplio y justo de los sentidos.

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