CUENTO: LA PROMESA

A veces uno se cruza con historias increíbles. Yo me topé con una de ellas hace algunos años, en un taxi camino al aeropuerto. Tenía una reunión en Buenos Aires. Era un lunes de diciembre, después del mediodía, con las calles atascadas de tráfico. Detuve el taxi justo bajo un enjambre de edificios de oficina. Entré con mi pequeña maleta por la puerta de atrás. El automóvil olía a silicona. Saludé al chofer y le indiqué el destino. Me aseguré de que el taxímetro estuviera en cero. Bajé la ventana.

A mi lado había un diario, de esos que entregan gratuitamente en los semáforos. Si quiere puede leerlo, me dijo el taxista con voz grave. Gracias, respondí. Le di una hojeada rápida. Nada nuevo. Lo dejé de vuelta en su lugar. En la radio dos tipos comentaban las barricadas de esa mañana en el centro de Santiago. Por esa época las cosas andaban medias revueltas. De todo se hacía un lío. Un grupo de escolares se había tomado unos colegios protestando en contra del sistema de educación. Comenzamos a hablar del asunto.

– ¿Y usted tiene hijos? –le pregunté.

– Uno, y está muerto. Pero ya vendrá –me dijo sin quitar la vista del camino.

– ¿Cómo ya vendrá? –respondí casi sin pensarlo. Me acomodé en el asiento.

– Ya vendrá. Eso dicen las escrituras –esta vez volteó algo la cabeza.

Por primera vez me fijé en él. Tenía la cabeza redonda, la nariz gruesa, una frente amplia y una barba cana. Era un tipo alto y de buena presencia. Me llamó la atención. No parecía un taxista común. Debió haber tenido unos sesenta años. La espalda estaba apoyada en un entramado de pelotas de madera y su trasero hundido en un cojín azul. En el tablero estaban pegadas una lámina con la figura de Cristo y la foto de un niño.

-Lo siento –atiné a decir.

-No se preocupe.

Apenas avanzábamos. Afuera, en una Santa Fe, una mujer encrespaba sus pestañas mientras hablaba por teléfono.

– ¿No es que a nuestros muertos los veremos después, en el paraíso? –me atreví a preguntar.

– No –bajó el volumen de la radio–. Eso es un invento. Mire. Yo leo harto. La biblia me la sé al revés y al derecho. Y si usted se fija bien en el evangelio, se dará cuenta de que Lázaro resucitó en la tierra, y de que Jesús también lo hizo. Esa es la promesa. No hay que ir a otro lado a buscar a los muertos.

Tragué algo de saliva. Él puso primera y avanzó unos metros. Se oyó el chirrido de los frenos.

– ¿Y cuánto tiempo lleva esperando?

– ¿Perdón? –parecía no escuchar. Había mucho ruido. Cerré la ventana.

– Qué cuánto lleva usted esperando la venida de su hijo.

– 25 años, mi amigo –esta vez se quedó con los ojos pegados unos segundos en el retrovisor. Tenían un brillo especial–. Si quiere le cuento mi historia. Tiempo hay. El taco está imposible.

Me puse al medio y me incliné hacia delante, como un niño curioso. Él me ofreció su mano derecha, estirándola hacia atrás con una contorsión extraña. Rufino, se presentó. Andrés, le respondí, y se la estreché torpemente. Entonces, comenzó con su relato.

– Mi hijo, Gonzalito, murió a los ocho años de leucemia. Cuando falleció, Mercedes, mi esposa, se tendió boca arriba en la mitad del living de la pequeña casa en que vivíamos. Estuvo así tres días. Sin comer. Sin dormir. Sin pronunciar palabra.  Yo me arrodillaba junto a ella con un pañuelo mojado y le humedecía su boca. Lo enterramos en un cementerio a la salida norte de Santiago. Lo despedimos con globos blancos y girasoles de colores. A Mercedes la tuve que llevar en silla de ruedas. No pudo ponerse de pie. Cuando volvimos, ella se metió en la cama y ahí se quedó dos meses, en silencio. Yo dormía sin soltarle la mano. En las mañanas me levantaba, me daba una ducha tibia y lloraba allí con la cabeza apoyada en unas cerámicas blancas. Luego revolvía unos huevos en el sartén, hacía café con leche y le llevaba a mi mujer una bandeja. Encendía el televisor, le corría a Mercedes los rulos de la frente, le daba un beso y salía a trabajar el taxi.

– ¿De verdad estuvo dos meses sin hablar? – pregunté ahora con mis manos afirmadas en los asientos delanteros.

-Dos meses, caballero, sin soltar ni una sola letra -me contestó, mientras señalizaba para cambiarse de fila–. Después de ese tiempo, en la mitad de una noche lluviosa, Mercedes me despertó sacudiéndome por los hombros. Rufino, Rufino, se lamentaba, se murió, nuestro niño se murió. Y comenzó a llorar como una cañería rota. Con fuerza. Con presión. Dejando pozas sobre las frazadas. Fueron dos días y dos noches de llanto ininterrumpido. Yo le llevaba una olla y ella dejaba caer sus lágrimas, que eran como goterones. Llenaba la olla, yo la vaciaba y se la volvía a traer. Parece increíble, pero le juro por todos los santos, que así fue. Tras ese episodio, recuperó en parte su vida. Volvió a la cama, pero solo de vez en cuando. El cumpleaños de Gonzalo fue el día más triste que recuerdo. Esa mañana, y esa tarde, los dos nos quedamos enterrados bajo las sábanas, cada uno con una fuente repleta de agua salada. La primera navidad comenzó a crecer mi fe y a desaparecer la fe de Mercedes. Yo no tengo nada que celebrar, me dijo mientras planchaba, con los ojos llenos de rabia. Si mi hijo murió, también murió el hijo de Dios. ¿No es él el padre? Que se vaya a la mierda. Yo solo atiné a mirar por la ventana que daba al pasaje. Afuera una niña paseaba en bicicleta. Va a regresar, Mercedes, va a regresar, con su cabeza calva y sus brazos pinchados, como Jesús y sus heridas. Mercedes tiró la plancha al suelo y se metió a la pieza dando un portazo que me dio miedo.  

Escuchaba con una mezcla de incredulidad y compasión. Me rasqué la barbilla.

– ¿Y por qué estaba tan seguro de que su hijo volvería? ¿Usted cree que va a …?

– …a resucitar. Sí. En eso creo –comenzó a doblar hacia la autopista–. Está escrito. Al tercer día resucitará de entre los muertos. Y al tercer día, una mañana de domingo, Cristo resucitó, corrió la roca del sepulcro y se le apareció a los suyos. Entonces entendí lo que debía hacer. Ir a su tumba, todos los domingos, a esperar su llegada. No sé como explicárselo, pero desde ese día yo también renací. Era otro, amigo mío. El sufrimiento se hizo más liviano. Volver a verlo, era para mí, lo que más deseaba en el mundo – su rostro se iluminó–. No sabe cuánto he esperado ese abrazo. No lo voy a soltar. Lo pondré contra mi pecho y lo dejaré ahí, horas y días. Le besaré la boca y aplastaré mi nariz en su cuello. Luego correré a la casa para que la Mercedes lo vea y me crea, y lo hunda contra sus enormes pechugas. Lo he soñado tantas veces, caballero, que así será. Cada mañana de domingo es para mí una ceremonia. Me despierto a las ocho, me ducho, me visto con una camisa blanca, un pantalón gris, una chaqueta de cuero y unos zapatos que lustro los sábados por la noche. Tomo la mochila de Gonzalo, con su muda de ropa y un chocolate trencito. Quizás aparezca pilucho y con hambre. Agarro una pequeña silla plegable, me subo al taxi y parto al cementerio. Allí ya me conocen. Me saludan las floristas, los guardias, los jardineros y los que cavan tumbas. Buenos días, don Rufino. Que aparezca Gonzalito. Y yo sonrío y levanto la mano, como una reina de belleza. Es mi lugar, caballero. Ese inmenso parque lleno de muerte, de cadáveres, de ataúdes y de cruces, me da esperanza y vida. Más que ninguna otra parte de la tierra. Han sido más de veinte años de una esperanza invencible y perpetua. ¿Cuántos pueden decir eso?  Y allí me siento, frente a su pequeña lápida, a esperar, en los días de lluvia y en los días de sol… ¿a qué hora sale su vuelo, señor? Esto sigue muy apretado.

– Estoy a tiempo. No se preocupe por la hora – dije mirando la foto del niño. Tenía el pelo bien ruliento, unos cachetes gruesos y la piel azabache–. ¿Y ha logrado verlo? – pregunté con un gallito en la voz.

-No todavía, pero he tenido señales. Imagínese. Tantos años. A veces me acuesto sobre la tumba y pongo mi oreja contra el mármol frío. Y escucho pasos, mi amigo. Pequeñas pisadas. Por ahí debe venir Gonzalito. Pero solo Dios sabe cuán largo es el camino. A veces pienso que todos me hablan de él. El viento, los árboles, los caracoles, el pasto, la tierra húmeda, los mosquitos, las raíces y los cortejos. ¿Sabe cuántos cortejos he visto en veinticinco años? Conozco la marcha de la muerte y sus ruedas pisando el maicillo. Son como caballos viejos regresando a su corral después de un día de trabajo. En fila. La cabeza gacha y un paso lento y resignado. No los conozco. No me conocen. Pero estamos cruzados por la misma lanza negra de la ausencia. Una vez, se me acercó una niña, mientras yo esperaba, sentado y con la biblia sobre mis piernas. Debió haber tenido unos nueve años. Era preciosa, morena y con los ojos achinados. Parecía una india. Me dijo que venía a ver a su hermano. Él murió apenas nació, me contó. Le hicimos un gran mural de grullas en la entrada de la casa. Dicen que si uno logra doblar mil grullas de papel, se le cumplirá un deseo. Estiró su mano y me regaló un delgado pájaro verde, hecho de papel lustre.

Rufino se detuvo en su relato, se inclinó hacia su izquierda y metió la mano en el bolsillo de su chaqueta. Sacó de allí un papel verde, doblado, con la figura imperfecta de una grulla.

-Siempre la llevo conmigo – me dijo. Luego volvió a meterla en el bolsillo –.  A la niña la llamaron de lejos y se fue corriendo por una loma. Volví ese día a casa con el entusiasmo de los descubridores.  ¡Mil grullas, Mercedes, mil grullas! No tardará mucho tiempo. Tonterías, me respondió concentrada en hilos, una aguja y un pedazo de tela. Deja ya esa estupidez. Y mientras yo me encendía como un cirio pascual, Mercedes se apagaba como una vela derretida, con apenas un pedacito de mecha. Ella también esperaba, pero esperaba morir. Tal vez me lo pille en las nubes, en un pozo negro o en la garganta de un volcán. No creo en tu Dios, ni en el cielo ni en el infierno. Pero la muerte, sea quizás, mi última esperanza. Así me lo dijo. Esa era la fe de Mercedes. Una fe atea e inquebrantable. Ella también, a su manera, sabía que lo volvería a ver.  ¿Se puede vivir de otra forma?  Yo la sigo queriendo como el primer día, aunque su genio se ha puesto de mil demonios. Ya no toma sus pastillas. El colesterol y la hipertensión la van a matar. Envejece rápido. Tiene la cara trizada como la greda seca, el pelo como una escoba y se va encorvando de a poco. Arrastra los pies y solo mira el piso. No hay cielo para ella. No le voy a decir que es infeliz, pero sus ojos tienen un destello que no desaparece. Son como dos lagos que brillan con el reflejo del sol. Transmiten paz, pero también una tristeza honda que se deja ver como las aguas cristalinas.  

Me incliné hacia atrás y comencé a mirar afuera. El tráfico había cedido. Me fijé en un parque que recorría el río y luego en unas chozas, si se pueden decir chozas, que parecían caer al cauce.

-No se ponga triste – me dijo, otra vez por el retrovisor–. Todos tienen sus nubarrones. Yo soy un hombre feliz. Usted está viajando, en estos momentos, con la mismísima esperanza –soltó una carcajada corta–. Sabe, la próxima semana santa será especial. Gonzalo tendrá 33 años, la misma edad del Cristo vivo. Ese es el día, mi caballero. El domingo de resurrección. Voy a convencer a la Mercedes para que me acompañe. Que sea su primera y última vez. Que vea el milagro. Llevaré la mochila, la muda, el trencito y la grulla en mi bolsillo. Le haré a Mercedes un termo con café para que no se me enfríe. Le llevaré una silla para la espera. Y allí, entre los árboles, el viento, los caracoles y los cortejos, aguardaremos su llegada.

De pronto, Rufino comenzó a tantear con su mano en la guantera, sacó un papel cuadrado y me lo ofreció, sin dejar de mirar al frente.

-¿Se animaría, caballero? Yo le voy explicando cómo. Todo suma. Punto a punto se tejen los chalecos.

Tomé el papel sin tener idea de qué hacer. Rufino comenzó con las instrucciones. Que junte una punta con la otra…así, como un triángulo. Que lo haga otra vez, con la punta contraria. Ahora abra la hoja…dóblela por la mitad…ahora lleve las dos esquinas de los lados hacia el centro y hacia abajo…no, lo está haciendo al revés – todo lo decía mirando por el espejo o girando la cabeza hacia atrás en movimientos rápidos. De pronto el auto se fue hacia un lado y se oyó un fuerte bocinazo. Un camión pasó muy cerca. El taxi llegó a temblar. Déjelo así, me dijo. De verdad, no se preocupe, me repitió con una sonrisa. Ya me dejó el camino avanzado.

Se me apretó la garganta. Puse el papel con sus dobleces a un lado. Seguí el resto del camino en silencio. Llegamos hasta la rampla del aeropuerto, en donde se recogen y dejan pasajeros. Rufino se estacionó tras un furgón blanco. Apoyó su mano derecha sobre el asiento del copiloto y miró hacia atrás. Un gusto, mi amigo -dijo con un gesto amable en su rostro. Le pagué la carrera y le di un par de palmotazos en el hombro. Lo hubiera abrazado. El gusto es mío, Rufino. Ojalá algún día regrese su hijo. Yo me acordaré de usted. Me bajé. Cerré la puerta y vi el auto irse echando un poco de humo.

Entré al aeropuerto, arrastrando la maleta. Me acerqué hasta una pantalla gigante. Mi vuelo estaba confirmado. Saldría en una hora. Ya no quería viajar. Quería volver a casa.

Después de unos años de ese encuentro, mi madre murió. Llevaba enferma varios meses. La enterramos en un cementerio a la salida norte de Santiago. La despedimos con homenajes, discursos y una canción de Frank Sinatra. Luego de unas semanas, un domingo, fui a verla al camposanto. Atravesé una explanada. Caminé unos minutos en medio de una arboleda y llegué hasta su tumba. Me senté frente a ella con las piernas cruzadas. Estuve así, un buen rato. Con los ojos aguados y la pera tiritona, muerto de pena. Me acosté boca abajo. Puse mi oreja contra la piedra fría. Y ocurrió. Escuché unos pasos, o algo así como unos pasos, viniendo hacia mí. 

Por Matías Carrasco.

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