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Después del último debate presidencial televisado, muchos dieron por ganador a José Antonio Kast. Se dijo que tuvo un buen desempeño, que se mostró tranquilo y que le habló a su electorado sin ambages. Algunos analistas señalaron que el formato le acomodó, que pudo plantear sus ideas con soltura, y que incluso ha crecido desde el punto de vista del marketing político. Este domingo, las encuestas Cadem y Pulso Ciudadano lo ubicaron en el segundo lugar de las preferencias en la carrera presidencial. ¿Será su performance de las últimas semanas lo que tiene a Kast encumbrado?

Puede ser, pero yo tengo una opinión distinta. El José Antonio Kast del debate es el mismo que conocemos hace años. No ha cambiado ni su discurso, ni su posición, ni su estilo directo. Sigue siendo el mismo -católico practicante, conservador, a la derecha de la derecha- para bien o para mal. Lo que está cambiando es Chile y las prioridades de su gente.

Tras el estallido social, se instaló la necesidad de avanzar hacia un país más justo. Millones se sumaron al clamor de una tierra menos desigual, y por una mayoría abrumadora se escogió el camino hacia una nueva Constitución. Los chilenos querían (y quieren) cambios profundos. Hasta ahí ha existido un fuerte apoyo. Pero en el camino -movidos por el ímpetu o la rabia- algunos han buscado correr el cerco más allá. Se instalaron voces maximalistas que han querido desconocer las reglas del juego, inventar atajos, refundar Chile, y restringir la libertad de expresión. Se exacerbó -sin matices- un discurso antigobierno, antipolítico, antitécnicos, antiinstituciones, anticarabineros y antitodo lo que suene a un orden establecido, o lo que es más, al orden que prevaleció en los últimos treinta años. Es la mirada del “todo mal”, pesimista y depresiva. Esto, además, en un contexto local y global complejo, de fenómenos migratorios, una fuerte presencia de lo identitario, un duro cuestionamiento a las democracias, y un narcotráfico y delincuencia en escalada. Se incuba entonces una sensación (más que eso, en realidad) de desorden, y con ello el espacio para que Kast se asome, crezca y siga creciendo.

Es la izquierda -dogmática y revanchista- y una política chapucera la que ha permitido la arremetida de José Antonio Kast. Él no ha cambiado. Chile y la centro izquierda sí lo han hecho. Arrancaron. Se avergonzaron. Dejaron al centro despoblado, y sin centro, se pierde el equilibrio. La política – salvo excepciones- se trasladó a las redes sociales. Y allí todo ocurre de manera escandalosa, altisonante y agresiva. No hay ideas. No hay profundidad. No hay contraste. Hay confusión. Y allí, donde todo se enreda, ya sabemos, crece Kast.  

Una alternativa, tal vez, sea recuperar la virtud de la política. Asumirla como adultos y no como adolescentes. Abandonar el maniqueísmo. Cruzar veredas. Reivindicar el diálogo y los acuerdos. Darle espesura intelectual. Cumplir con la palabra empeñada. Cotejar las transformaciones que el país requiere, con los tiempos y límites que exige la difícil realidad. Y darle al orden, a la disciplina y a las reglas el valor que deben tener. ¿Será eso posible?

Sería un error pensar que lo de Kast es un fenómeno puntual o de un techo electoral acotado. De no mediar un giro en la manera que se está ejerciendo la política -en el Congreso, en el Gobierno, en la Convención- quien ofrezca orden, por sobre cualquier otra cosa, sea de izquierda o de derecha, se convertirá en presidente de Chile.  Y eso que para algunos puede ser una buena noticia, para muchos podría significar el fin de un proceso histórico, reparador y necesario, que llegó cargado de ilusión y de justicia.  

Por Matías Carrasco.

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