CUENTO: SIMPLEMENTE

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¿Qué hace esa mujer tan guapa con un tipo feo como un espanto? No se ve algo así todos los días. Al menos, a mí me parece curioso. Que una muchacha de buen aspecto ande con un hombre bien parecido, es un paisaje habitual. Pero que un esperpento como ése, esté allí con una pierna al suelo y la otra cruzada sobre su rodilla, charlando con soltura con algo así como la octava maravilla del mundo, es raro. No me convenzo. Intento leer el diario, pero no logro dejar de mirarlos por sobre los titulares de la primera plana.

Deben ser amigos. Sí. Eso siempre sucede. La amistad es más generosa. Uno por los amigos hace cualquier tontería. Incluso, pasearse en una tarde de octubre con un espantapájaros. Eso hacen los amigos. Seguro se conocieron en el colegio. Ella, era una chica linda y estudiosa. Él, también. Digo, también tenía buenas notas, porque ya en esa época la belleza le era esquiva. La profesora los sentaba juntos y juntos fueron creciendo. Compartían apuntes y resolvían ejercicios de álgebra, acompañados de un vaso de leche y galletas hechas en un horno viejo. Las hacía la madre de él, que tenía un caracho aún más desgraciado. La primera vez que ella la vio, sintió que la vida era injusta. Después, se fue acostumbrando. A él, le parecía que su familia, pequeña como era, estaba bien. Le gustaba sentirse único en los ojos hundidos de mamá, hacer con ella huevo batido, pasarse a su cama cuando la noche dormía y ayudar levantando la mesa y planchando su uniforme en los últimos respiros de cada domingo. En su casa se sentía como en casa. Es una estupidez, pero así lo sentía. Por eso no le gustaba ir a la casa de Valentina. Sí. Pienso que su nombre es Valentina. Con esas piernas largas, el cuello estirado y el vestido ceñido, no se iba a llamar Laurita o Magdalena. Y en la casa de ella, él se sentía como en un estadio inmenso y vacío. Ella era una niña rica y Nemesio (tiene que llamarse Nemesio), apenas tenía para la micro. Y entre el estudio, recreos y disertaciones, fueron escribiendo su amistad. Se hicieron confidentes. A los 17, ella le contó que tiritó de amor por primera vez con el Negro Marambio, el tipo más apuesto de la clase. Él, entre risas nerviosas, le soltó, al fin, que era gay. Valentina, lo sabía. Lo que no sabía era que también le tenía ganas a Marambio. Rieron, tomaron cerveza y terminaron esa noche abrazados. Así, tal cual como estaban ahora, envueltos arriba de la banca de madera. Pero, no. Hay algo extraño. Los amigos no se besan. No al menos en la boca. No así, con ese ritmo, con esa suavidad, con los labios bailando como pájaros. Los gay tampoco lo hacen. Digo, no a una mujer. Entre ellos, claro, lo que sea. Tiene que haber alguna explicación

Quizás, él esté enfermo. Si la amistad es generosa, la misericordia puede ser absolutamente gratuita. A él le detectaron cáncer testicular apenas entrado los diecinueve años. Iniciaba sus estudios de arte en la universidad, cuando sintió una pequeña molestia justo debajo del abdomen. Fue al médico. Se bajó los calzoncillos y se quedó tieso, mientras el doctor palpaba como si se tratara de huevos o nueces. Estos tipos estudian para joderle a uno las pelotas, pensó. Estaba en esas divagaciones cuando el facultativo apretó y él dejó escapar un agudo “¡ay!”. Ahí estaba el tumor. Y ahí estaba él, asustado y solo. No veía a sus padres desde que murieron y su abuela, apenas respiraba. Después de la operación, lo visitó una enfermera para meterle una fina manguera por la uretra. Otra vez, “¡ay!”. Hasta que llegó ella. Magdalena (ahora sí, se llamaba Magdalena), entró a la pieza como un ángel, montada en una nube, con un rosario de marfil entre sus dedos. Así al menos la imaginó él, mientras salía de la morfina. Ella, era creyente. Más que eso. Devota. Desde pequeña viajaba con su familia al norte a misionar en las perdidas aldeas del desierto. Era de misa diaria y confesión dominical. Soñaba con ser monja, mientras visitaba a los enfermos para llevarles la comunión. Cuando vio a Luis Pedro (es como el nombre de un sujeto acontecido), dio un paso atrás. ¿Cómo tanta fealdad?, pensó. Con un suave murmullo maldijo a Satanás y se preguntó qué haría Cristo en su lugar. Se quedó allí, como una virgen a los pies del madero. A la extirpación del testículo derecho, siguió una radioterapia larga para eliminar las células cancerosas que se habían propagado a los ganglios linfáticos. Magdalena, aumentó las visitas y Luis Pedro, diestro en el dibujo, la embobaba con retratos de Jesús, la última cena, el monte de los olivos y la resurrección de Lázaro. Algún día yo también me levantaré, le dijo muy cerca de su oído. Ella, no supo qué decir. La mañana del alta, caminaron hasta la pequeña capilla que estaba a un costado del hospital. Luis Pedro se arrodilló frente al altar y agradeció por su recuperación. Magdalena se hincó junto a él y juró en silencio cargar por siempre con la cruz que el Padre le había encomendado. Y así se contó la historia de un hombre pavoroso y de una muchacha bella como una mañana después de la lluvia. Pero, qué diablos. Una niña de Dios no se deja manosear debajo del vestido de esa manera. ¡Por la cresta! ¡Es un lugar púbico! ¿No pueden esperar? ¡Parecen animales! Un manatí entrándole a una sirena. ¡Qué es esto!

Leo el obituario y no puedo dejar de pensar en ellos. Chuta. Se murió el Manano Ramírez. Lo dejé de ver hace tanto tiempo, que ya ni me acuerdo de su cara. La delantera no más nos lleva. Ojalá que a mí la muerte me agarre desprevenido y ni me entere. Así no me asusto. ¿Cómo a ella no le da terror mirarlo? Hasta un alarido tiene más melodía. ¿Qué hacen allí besuqueándose la cizaña y el más bello trigo de la tarde?

Tiene que ser puta. Ella es una muchacha de provincia, que conoce las dificultades de la vida. Muy joven se vino a la capital, a buscar algo mejor de lo que le ofrecía Curacautín. Tomó el tren en Temuco, arrastrando una maleta negra y una bolsa de nylon verde bajo el brazo donde llevaba los sándwiches que su madre le preparó para el camino. Viajó mirando el paisaje. Pasó por el puente del Malleco, lo encontró harto lindo, y se quedó dormida. Buscó una pieza cercana a la Estación Central. Encontró una habitación para los pocos pesos que tenía. Abrió la maleta, que ya venía con el cierre malo, ordenó su ropa arriba de una mesa diminuta, olió la bolsa con los sándwiches y se echo a llorar. Rápido encontró trabajo de mesera en un restorán de mariscos del mercado. Los garzones, dicharacheros como son los garzones, la apodaron como la “Lady D”. Era hermosa y elegante. Y la Lady D iba y venía con su bandeja a cuestas, recibiendo pedidos y piropos. De allí, saltó a atender en un café de calle Amunátegui, con una minifalda más corta que un orgasmo y un escote invisible. Le ofrecieron ser puta. Accedió. Necesitaba plata y fama. Le fue bien. Arrendaba un amplio departamento en avenida Providencia, donde recibía el ímpetu de hombres solos. Cogiendo conoció a Eleuterio (es como el nombre de un tipo feo). La primera vez que lo vio, le dio lástima. Era buena, como la gente de provincia. Él, que nunca tuvo buena suerte con las mujeres, encontró en el puterío algo más que una salida. Se enamoró. Se obsesionó. Se volvió loco por la Lady D. Lo que ganaba como abogado, lo gastaba en ella. Comenzó los viernes. Luego, sábado y domingo. Terminó por visitarla cinco noches a la semana. Ocasionalmente, tiraban. Largamente, conversaban. Eleuterio, se sentía a salvo y la Lady D, aumentando las arcas para su futuro. Habían estado juntos la noche anterior. Despertaron al medio día. Ella le dijo que se fuera y él le pidió un poco más. Negociaron una vuelta por el parque. Y ahí estaban, el jorobado y la princesa, acurrucados bajo la sombra de un nogal. ¿Y ese niño? ¿Y ese niño y el abrazo? Una puta no anda por ahí jugando a la familia. Y un cliente, no lanza por los aires al hijo de una puta.

Tal vez, simplemente, se trate de un hombre feo y de una mujer sublime unidos por el azar de un destino imperfecto. Así, tal como se ven. Yéndose. Ellos de la mano, y el pequeño delante, chuteando una pelota.


Por Matías Carrasco.

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