LA PANDEMIA Y UN MUNDO MEJOR

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Para muchos, nada termina con la muerte. Es solo un paso a una vida plena, elevada y eterna. Las mejores palabras se reservan para los difuntos y no para quienes seguimos animando la historia. Afectados por la muerte, por el dolor del deceso o por el terror a la propia, algo nos transfigura, cambiamos el lenguaje, hablamos del alma y del espíritu, y confiamos en que tras el velo de la debacle se asoma el paraíso. Hay una esperanza que nos sostiene en el derrumbe.

Hoy, cuando la muerte se viraliza, también surge el deseo de un mundo mejor. Se escucha, cada tanto, que nada será igual tras la pandemia. Hay una nostalgia por volver a casa, por aquietarnos y por estar con los nuestros. De pronto, con la muerte subiéndonos por los tobillos, hablamos en otra lengua y todo lo que veneramos lo ponemos en entredicho: el exitismo, el rendimiento, el consumo, las agendas copadas, el exceso, la velocidad, el dinero y ese hacer inagotable. Transitaremos, se especula, de un individualismo despiadado a un colectivismo comunitario. Seremos una sociedad nueva. Otra vez, en medio de la catástrofe, clavados en la esperanza.

Y, quién sabe. Ojalá las agitadas mareas de este tiempo nos arrojen a orillas paradisiacas. Pero es importante constatar, que al lado de los buenos augurios y de quienes arriesgan el pellejo por detener la peste, vemos imágenes de acaparamiento, personas que no respetan la cuarentena, barricadas en distintas ciudades para impedir el paso, individuos que lucran inescrupulosamente con la tragedia, el cierre de fronteras y países que se salvan solos. Tampoco sabemos si quienes están en casa, han estrechado sus relaciones, o más bien, permanecen aislados en sus aparatos electrónicos.

En una reciente columna publicada por el diario El País de España, el filósofo coreano alemán, Byung-Chul Han, plantea que este virus nos aísla e individualiza, sin generar ningún sentimiento colectivo fuerte. Cada uno se preocupa solo de su propia supervivencia. La solidaridad consistente en guardar distancias mutuas no es una solidaridad que permita soñar con una sociedad distinta, más pacífica, más justa. No podemos dejar la revolución en manos del virus. Confiemos en que tras el virus venga una revolución humana. Somos NOSOTROS, PERSONAS dotadas de RAZÓN, quienes tenemos que repensar y restringir radicalmente el capitalismo destructivo, y también nuestra ilimitada y destructiva movilidad, para salvarnos a nosotros, para salvar el clima y nuestro bello planeta”- dice.

Esta pandemia, su muerte y su sombra, no supone en sí misma un viraje obligado a un estado superior. Habrán cosas que cambiarán, pero no necesariamente nuestras maneras de ser humanos. Eso es harina del propio costal. Si no existe una mirada crítica y honesta de la propia vida, ningún vergel aparecerá en la ventana.

En su libro El arte de escuchar, Erich Fromm plantea – en relación al sicoanálisis y su carácter terapéutico (de cambio)- que todo conocimiento de sí mismo será ineficaz si no se acompaña de cambios en la forma de vida. Asimismo, señala que no se puede esperar la revolución con el sueño de que aparezca el hombre nuevo. “Esto es completamente absurdo, porque si viene la revolución y nadie ha cambiado, esa revolución no hará más que repetir las mismas calamidades, puesto que la traerán unos hombres sin la menor idea de lo que pueda ser una vida mejor” – concluye.

La revolución de esta pandemia no abrirá el mar ni nos llevará a la tierra prometida. Tampoco nos convertirá, sin más, en seres elevados. Eso no es asunto del virus. Él solo ataca lo pulmones. De nosotros depende cómo queremos seguir respirando.


Por Matías Carrasco.

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