LOS OTROS

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Cuando joven, siendo un escolar, eran comunes las peleas en la plaza que estaba al lado del colegio. Cualquier encontrón (casi siempre sin importancia), podía servir de excusa para desafiarse y darse cita en el lugar donde era costumbre demostrar la hombría. Apenas pactado el encuentro, la noticia se esparcía entre los alumnos que enfilaban hacia la plaza cuando finalizaba el horario de clases. Y allí, frente a frente, con más miedo que otra cosa, los dos cabros se lanzaban combos (cornetes, les decíamos) y se trenzaban en una lucha ridícula, pero extrañamente necesaria.

Ampliando el cuadro, más allá de los pequeños gladiadores, había siempre una muchedumbre (dispuesta en círculo) azuzando la refriega. Incluso, cuando los muchachos se negaban a pelear, los de atrás les daban empujones y los animaban a iniciar la contienda que ya estaba programada. ¡Que no se cancelara el espectáculo! Eran verdaderas barras bravas. Muchos daban gritos, levantaban las manos y celebraban cada golpe encajado. Otros, más en silencio, disfrutaban la batalla. Mientras tanto, los del centro, rodaban entrelazados sobre el maicillo.

Me acuerdo de esto en el Chile de hoy. Por distintas razones, algunos decidieron darse cita para pelear todos los días. También con el afán de imponerse y ver al otro derrotado. Testosterona pura y dura. Lo hacen salvajemente, sin miramientos, como animales. Son adictos, pienso. La violencia seduce, atrae y se viste, tristemente, de cierto heroísmo. Y, de nuevo, si ampliamos la escena, veremos a los de siempre incitando, aplaudiendo y disfrutando. Algunos, derechamente excitados. Otros, discretamente, con apenas una mueca.

Sin embargo, a pesar del tiempo, de las plazas de antes y de las de ahora, hay algo que no ha cambiado. Los azuzadores lo hacen siempre a resguardo, a metros del zafarrancho u ocultos en las oscuras cuevas de las redes sociales. Ningún efecto de esa violencia que animan, caerá cerca, ni meridianamente cerca de sus pies. Y lo saben. No serán ellos ni ellas los heridos, ni los muertos, ni los afectados. Tampoco sus familiares y más cercanos. Es como si estuviesen viendo una película de Tarantino desde la comodidad de sus butacas, hurgueteando en un paquete de cabritas.

Los violentos, son una minoría. Con ellos y ellas, no se puede razonar. Tienen la cabeza hirviendo y están en la lógica de la lucha, de la primera línea, del vencer o morir o del salvataje a la patria. Muchos actúan desde una herida profunda, producida por la humillación, el olvido, la marginalidad y una vida violenta que arrastran desde hace años.

Pero los otros son más. Y están con la cabeza fría. Y pueden, si quieren, entrar en razón. Aún así, varios insisten en soslayar o validar la violencia que asistimos, sobre todo si es funcional a sus propios intereses (prácticos o ideológicos), o convencidos de que la violencia es una medida lícita para combatir la injusticia o generar cambios. Los hay en la calle, en el trabajo, en el mundo de las artes y la cultura, en la academia, en el Congreso, en la derecha y en la izquierda. ¡En cualquier parte encontrará alguno! Siempre protegidos, siempre a una distancia calculada, justificando una violencia que no sufrirán, que no lamentarán, que no les llegará ni a los tobillos.

Varias veces estuve en la plaza, junto a los otros, alentando cobardemente una pelea de la cual, sabía, saldría ileso. Pero en esa imagen, algo loca y perversa, alguien daba un paso e intercedía entre los dos contendores para dar fin a la pelea. Aún con unas cuantas pifias sobre sus hombros, alguien, quitado de toda bulla, finalizaba un juego despiadado, consciente quizás de lo absurdo de la gresca y de la pequeñez de quienes la animábamos desde lejos.


Por Matías Carrasco.

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