EL RITO

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Hay dudas razonables sobre la conveniencia de caminar hacia una nueva Constitución. Se dice que no solucionará los problemas sociales que nos aquejan, que para eso están las leyes, que con las reformas es suficiente, que seguiremos reformando, que lo haremos de manera express, que nada bueno saldrá de una hoja en blanco, que generará un tiempo largo de incertidumbres, que eso frenará la economía, que las empresas no querrán invertir, que con violencia es imposible, que será un salto al vacío, que para qué.

Desde una mirada práctica, son aprehensiones atendibles y que tienen cierta lógica. Pero, en mi opinión, el deseo de una Constitución hecha en el siglo XXI, adquirió el carácter de un rito. Más allá de su sentido funcional (qué por supuesto lo tiene), una nueva Constitución parece convertirse en una ceremonia crucial, comunitaria y necesaria para lo que estamos viviendo.

El pragmatismo nos ayuda a ver las cosas en su justa dimensión. Nos permite evaluar condiciones, circunstancias, amenazas y oportunidades. Sería como poner las cartas ordenadamente sobre la mesa antes de tomar cualquier decisión. Es clave para enfrentar la vida. Pero el exceso de pragmatismo nos puede impedir ver la importancia de lo subjetivo, de las particularidades de cada persona, de ese cauce que fluye subterráneamente, casi imperceptible, pero que cada vez más, reclama y busca su espacio en la sociedad. Y para mí, el arriesgarse a una nueva Constitución tiene que ver más con eso que con un fin exclusivamente resolutivo.

Hay ritos que para muchos son importantes. Pienso en los religiosos. No resultan necesariamente prácticos, pero quienes participan de ellos, se nutren de algo profundo, íntimo, confortante, que trasciende mucho más allá de todo lo medible en este mundo. Algo parecido veo en la posibilidad de vivir un proceso constituyente. En un Chile en donde miles se han sentido excluidos y olvidados, quizás ésta sea la oportunidad de nutrirse de un encuentro, que por sobre su eficacia, regocije y dignifique el propio espíritu, como un misterio.

Es cierto que la aventura hacia una nueva Constitución presume un camino espinoso y no exento de riesgos. Como también lo tiene la opción de negarse a ella. Pero para un país convulsionado, herido, confrontado y tan distinto al que conocimos en las últimas décadas, sentarse a definir las bases del futuro, puede ser el mejor remedio que la democracia nos ofrezca.

El gran desafío (y la gran dificultad) será hacerlo de manera seria, abiertos al diálogo y a la razón, y con esa solemnidad, respetuosa y silenciosa, que merecen los ritos.


Por Matías Carrasco.

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