EL ABUSO

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Busco en internet la palabra “abusar”. Inmediatamente, me aparecen dos acepciones: “hacer uso excesivo o inadecuado de una cosa en perjuicio propio o ajeno” y “aprovecharse de forma excesiva de una persona, o de una facultad o cualidad de alguien en beneficio propio”. Los sinónimos también aportan: atropellar, forzar, maltratar y explotar.

Se ha dicho -con evidencia en mano- que en Chile se ha abusado, y mucho. Las empresas, los políticos, carabineros, militares, las iglesias, entre otras instituciones, han utilizado su poder y su autoridad persiguiendo sus intereses, en desmedro de la comunidad. Mientras unos pocos se benefician, buena parte de la ciudadanía es vulnerada en sus derechos más básicos, afectando su vida diaria. Contra eso se ha levantado Chile. Contra los abusos y contra prácticas que aplastan y asfixian el alma y los bolsillos de los chilenos.

Es la demanda de un país sin abusos lo que ha conseguido un apoyo transversal. Son muchos los que quieren ver una tierra en donde el sometimiento y las humillaciones desaparezcan y todos puedan acceder a una vida digna.

Sin embargo, un grupo – minoritario, pienso- está queriendo combatir el abuso con más abuso. Lo leí en alguna parte y me hizo sentido. Se trata de aquellos que, volviendo al diccionario, “hacen uso excesivo o inadecuado de una cosa en perjuicio ajeno” . Son los que boicotean la PSU, los que interrumpen el libre tránsito en las calles, los que amenazan con parar el país, los que retienen los cadáveres a sus familiares y los que se organizan en turbas para funar, saquear o quemar. El miedo también otorga poder, y a través de él, van imponiendo sus ideas.

Algunos defienden estas acciones en la legitimidad de las demandas que persiguen. Habría, entonces, objetivos tan nobles que merecen ser defendidos a costa de la libertad, de los derechos y del bienestar del resto de las personas. ¿Será razón suficiente? El surgimiento de la Alemania nazi –guardando las proporciones- se explica por el injusto tratado de Versalles y las bombas de Hiroshima y Nagasaki se cuentan como un ajusticiamiento de las muertes de Pearl Harbor y de las cruentas batallas del Pacífico. ¿Basta el sabor de la injusticia para propiciar un abuso?

Hay quienes legitiman estas prácticas amparados en el tamaño de la causa que se busca reivindicar. Si pensamos que la PSU es un sistema segregador, entonces hay que impedir que se realice, aunque sean otros quienes paguen las consecuencias. Sería algo así como impedir que los viejos reciban sus pensiones por las deficiencias del sistema previsional o quemar los hospitales por una salud precaria. Hay algo que no calza en todo esto.

No solo en la política, en la empresa, en el gobierno o en carabineros se pueden cometer abusos. Todos –hay evidencia- nos podemos convertir en abusadores, a veces sin notarlo o sin querer admitirlo. El problema del abuso es que va creando un círculo que se alimenta a sí mismo: humillación, odio y revancha. Y así – aún con todas las constituciones del mundo- no vamos a construir nunca un país mejor.


Por Matías Carrasco.

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