IMPOSIBLE

imposible

Era un embarazo muy esperado. A Camila y Rafael les había costado hacer de sus encuentros una vida. Estuvieron años intentándolo. Trataron en la cama, debajo de ella, en la bodega del edificio, en la cima del cerro que veían desde la ventana, y encaramados arriba de la lavadora, esperando que el centrifugado ayudara en la tarea de despertar al óvulo, al espermio o al Dios que anima las almas.

Incluso, aconsejados por un buen amigo, probaron suerte en una iglesia en el centro de la ciudad, justo frente al lugar donde Santa Rita de Casia, la mujer de los imposibles,   permanecía convertida en yeso, dispuesta a cumplir los deseos de quienes confiaran en ella.

Y allí, cuando el sol ya se había ido, hicieron de las suyas, tapados con un chal y encogidos sobre un viejo banco de madera que no paró de crujir hasta que terminaron con su encomienda. No pasaron inadvertidos. Algunos fieles los vieron y, aparentemente, también la santa, que un mes después permitió que el milagro se realizase y que los avezados amantes celebraran con unas copas de champaña la noticia de una nueva existencia.

En adelante fue todo un imaginario sobre la vida que se gestaba en el misterio de las entrañas. Fueron tardes enteras conversando sobre lo que sería para ellos el futuro, tanteando nombres, adivinando el sexo, tomando medidas de la habitación del nuevo invitado y fotografiando todos los días la barriga que crecía tanto como la felicidad de Camila.

Eso, hasta que el doctor diagnosticó pérdida del cuello uterino y mandó a la joven madre a guardar reposo para evitar un nacimiento prematuro.

Ella obedeció y Rafael estuvo siempre cerca y muy atento para que el descanso fuera absoluto. Debían llegar, al menos, hasta la semana número 38 y por eso pusieron a rezar a toda la parentela para que no se le ocurriera a la cría – ¡era una niña!- asomar su nariz antes de tiempo.

Y las cosas se fueron dando. Camila se mantuvo en cama durante tres meses, entreteniéndose con los bordados y leyendo libros sobre apego, niñez y autoestima, lactancia y el reciclaje del calostro, una tesis extraña pero que se estaba poniendo de moda. Y así lograron la meta propuesta.

Llegó el día del parto, pero no la que esperaban que naciera. Fue una semana en el hospital, pero no hubo caso. Ni el tacto, ni las caminatas, ni la ocitocina lograron que la creatura saliera iluminada por la luz que Camila iba dejando en el oscuro camino hacia la vida. Y cuando intentaron con la cesárea, como un hechizo la panza se puso dura cual caparazón de tortuga, impidiendo el paso del bisturí que llegó a partirse en dos.

Mientras los médicos se golpeaban la cabeza intentando explicar las razones de una guagua caprichosa, la pareja regresó a su hogar exhausta y atenta a cualquier señal de alumbramiento. Pero nada.

Al cumplirse los diez meses, el caso ya era noticia en el país. Cuando se cumplieron doce, el hecho se había convertido en un tema de interés mundial. Era un asunto obligado en noticiarios, comunidades científicas, círculos religiosos y agrupaciones veganas, que aseguraban que esto era producto de la ingesta desmedida de carne en las últimas décadas.

Todos estaban expectantes, menos Camila y Rafael, que a estas alturas sufrían por la desgracia.

Después de un tiempo, la madre decidió tomar el toro por las astas y comenzó a correr. Pensó que el ejercicio ayudaría a que la vida anidada en su vientre se convenciera de que ya era hora de salir a tomar aire fresco.

Compró zapatillas con un alto nivel de amortiguación, de pisada neutra y colores bien chillones. Se aperó con calcetines cortos y antitranspirantes, un short que le caía hasta la mitad del muslo y una polera de marca que dejaba ver su ombligo doblado hacia afuera.

Empezó tímidamente, con un trote suave por la manzana de su casa. Luego avanzó unas cuadras más allá, hasta completar los ocho kilómetros. El entusiasmo fue ganando terreno y terminó aplanando cuadras y cuadras, hasta correr quince kilómetros diarios. Pero a pesar de todo el ajetreo, ni una sola contracción.

Fue por más. Se hizo asidua a las maratones. Participó primero de las competencias locales y luego cruzó las fronteras para recorrer las calles de Buenos Aires, Sao Paulo, Boston, Nueva York, Londres, Montreal, Berlín, Tokio y Johannesburgo. Se convirtió en la primera mujer embarazada en finalizar las principales maratones del planeta y la única con 96 meses de gestación.

Y mientras Camila recorría ciudades, Rafael organizaba conferencias de prensa, entrevistas y apariciones en programas de deportes, farándula y ciencia. Hicieron de su vida un espectáculo.

Los controles de rutina eran su único cable a tierra. Cada seis meses visitaban al doctor para echar un vistazo a la diminuta rebelde, que se agitaba en la enorme barriga con la ingenuidad de un bebé y la obstinación de una mula.

Cuando se oían sus latidos, Camila soltaba una lágrima, que caía por el borde de su pequeña nariz y luego resbalaba por su mejilla, rodaba por su cuello, entraba en su escote y se alojaba en sus pechos rellenos que también lloraban. Entonces, Rafael apretaba su mano y contenía con ridícula hidalguía su propia tristeza. El médico, sin despegar la vista del monitor y restregando la gelatina helada sobre el abdomen de Camila, señalaba con voz clara: – todo normal.

Y esa normalidad continuó durante años. Camila abandonó las maratones por un artritis que tenía sus rodillas hechas añicos y los medios la abandonaron a ella cuando se enteraron de una muchacha que había parido un gato. “Eso sí que es extraño” – pensó la mujer.

La pareja se recluyó en su pequeño departamento de techos altos, piso de parqué y un balcón que daba a la avenida. Allí la mujer pasaba sus mañanas recostada sobre una silla de playa y sus pies apoyados en un piso de madera, tejiendo vestidos y chalecos que luego arrimaba en la pieza de servicio. Por las tardes salía a caminar a la plaza tomada del brazo de su esposo. Se sentaban en una banca frente a la pileta, ella con sus manos sobre la panza y él con su brazo largo cubriendo su espalda. Y allí veían morir los días. Y en las noches, tendidos sobre la cama, enredaban sus dedos y pedían por su sueño inconcluso. – llega pronto chiquitita – decían juntos y juntos se dormían.

Pero una mañana Camila no despertó. Rafael gimió como un perro viejo y después de hacerlo, inició los preparativos para el entierro. La cubrió con un vestido ancho que le llegaba hasta más abajo de sus rodillas, la perfumo con la colonia de todos sus amaneceres, cruzó a la plaza, arrancó unas flores del jazmín e hizo con ellas una pequeña corona que puso suavemente sobre su vientre.

Lo del cajón fue una anécdota aparte. En la funeraria debieron improvisar un ataúd más ancho y con una altura que doblaba la de los féretros normales. Así Camila, todavía con su barriga invicta, descansaría holgadamente bajo tierra.

Pero cuando comenzaba el descenso, se oyó un llanto ahogado, tembloroso e interrumpido.

– ¡Mi niña, mi niña! – exclamó Rafael, que detuvo la marcha hacia los cielos y se abalanzó sobre el sarcófago para abrirlo de un solo manotazo.

Y ahí, en medio de la muerte, apareció la porfiada cría, preciosa, con su boca clamando victoria y su piel arrugada, como de término.

El sacerdote, abrumado por el milagro, la tomó en brazos, la elevó por sobre su cabeza y la bautizó, dándole por nombre Rita, como la santa de los imposibles.

Y en el cajón, Camila, con una pequeña mueca, parecía sonreír.


Por Matías Carrasco.

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3 comentarios en “IMPOSIBLE

  1. Luzmaria dijo:

    Que intrigante tu cuento Matias , no podía parar ni un minuto de leer ….. qué humor negro!! ……esta muy bien escrito y te mantiene en alerta todo el rato .
    Me gusto mucho y me reí mucho también!
    Felicitaciones!!

    Me gusta

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